Paria Z
Capítulo 19
Abe terminó otro libro de Dick, Tiempo desarticulado, y lo colocó entre su esquelético muslo y el brazo del sillón. Era una novela menos mareante que Los tres estigmas, aunque continuaba siendo bastante extravagante. En ella, el protagonista principal descubría que las cosas no eran lo que parecían. Un puesto de refrescos era sustituido por un papel en el que se podía leer: «Puesto de refrescos». Lo mundano había dado un impresionante vuelco, y desde ese momento todo comenzó a tomar una dirección dickiana. Real o no, a Abe le apetecía tomarse un refresco en ese preciso momento. Aunque era dos de agosto y una tímida brisa aparecía de manera intermitente, seguía haciendo un calor de mil demonios y un Nehi de uva helado sería lo ideal. Pero ¿continuaban fabricándolo? La rápida respuesta fue que ya nadie preparaba nada, aunque no desde hacía mucho tiempo. ¿Lo habían hecho días, semanas o meses antes de que comenzara el desastre? Solo la idea de una botella bien fría de cuello largo de treinta y tres centilitros de ese dorado néctar carbonatado le hizo esbozar una nostálgica sonrisa.
Abe acercó ligeramente su sillón a la ventana abierta y se asomó para observar a la muchedumbre.
—Estoy harto de este espectáculo —refunfuñó—. ¿Acaso no es siempre lo mismo? ¿Qué os parece otro accidente tipo NASCAR? ¡Haced algo distinto, cabezas de chorlito! ¡Lo que sea!
Cuando los gritos de Abe cobraron intensidad, un puñado de zombis levantaron perezosamente la cabeza y alzaron la vista. Uno sin nariz gimió al cruzar su mirada con la de Abe, pero no hubo ninguna otra reacción. Abe sacó el libro de donde lo había guardado, lo lanzó por la ventana y le dio un mamporrazo al que le faltaba la tocha.
—¿Qué te ha parecido eso? —gritó Abe, antes de hacer una mueca, al caer en la cuenta de que acababa de lanzar el libro de Zotz—. Ay, mierda. —Fuera o no el fin del mundo, Abe pensó que no estaba nada bien no devolver algo que le habían prestado—. Ay, jopé —masculló Abe, mientras se reía por la palabra que había empleado—. Va por ti, Norman —dijo, antes de ponerse de pie y abrirse la cremallera. El abundante chorro de pis de color ámbar le escocía a medida que salía, al tiempo que Abe hacía una mueca y balanceaba sus chirriantes caderas de lado a lado, tratando de rociar al mayor número posible de sacos de pus vivientes—. ¡Que os den por culo a todos, hijos de puta! —Cuando la última y punzante gota salió de su uretra, Abe abrió unos ojos como platos, pero no por el escozor. Allí abajo estaba ocurriendo algo muy extraño, pero esta vez no se trataba de ningún fantasma nocturno y perezoso. Estaba teniendo lugar a plena luz del día.
Desde el sur, una silueta diminuta se dirigía hacia el norte en medio de la multitud, de la misma forma que hizo Moisés en el Mar Rojo. A medida que la solitaria figura avanzaba, los zombis cerraban filas detrás de ella, haciendo desaparecer el hueco que acababan de abrir. ¿Se trataba de algún maníaco, machete en mano, en un viaje hacia la muerte? Y, de ser así, ¿cómo es que estaba durando tanto? ¿Llevaría una armadura? ¿Qué estaba pasando? Abe entrecerró los ojos y se sacó sus sucias gafas del bolsillo de la camisa. La silueta estaba a una manzana de distancia en dirección norte, pero seguía estando demasiado lejos como para verla bien. Sin embargo, incluso a esa distancia, era evidente que no estaba teniendo lugar ningún episodio violento. La figura no blandía ningún arma, solo parecía pasearse tranquilamente entre la multitud. Era probable que se tratara de un espejismo. Hacía un calor de justicia, como de costumbre. Abe se quitó las gafas y las limpió lo mejor que pudo.
La silueta avanzaba lentamente, pero era real, no se trataba de ninguna alucinación.
—¡Oye! ¡Oye! ¡Oye! —le gritó Abe—. ¡Oye, aquí arriba!
No hubo reacción.
Abe continuó chillando a pleno pulmón, pero la figura seguía avanzando sin levantar la vista. Con el escándalo que estaba montando, ¿dónde estaba Ruth? Lo más probable es que estuviera pasando de él, convencida de que el viejo la estaba volviendo a liar sin motivo. Que le den. Abe trató de gritar unas cuantas veces, pero fue en vano. Intentaba moverse, pero estaba petrificado ante esa situación verdaderamente anómala que estaba teniendo lugar. La figura se encontraba ya a media manzana de distancia en dirección sur, pero Abe seguía sin poder distinguir ni su sexo ni su edad. Los zombis se alejaban de ella y algunos emitían ruidos de desagrado. Parecía completamente imperturbable, mientras caminaba tan plácidamente como si fuera un monje tibetano.
—¡Oye! ¡Oye! ¡Oye! —volvió a gritar Abe—. ¡Oye, aquí arriba! ¡Por favor!
Cuando la figura se aproximó al edificio, Abe pudo comprobar que se trataba de una mujer. No, no era una mujer; era una chica, probablemente adolescente. Desde la quinta planta, resultaba difícil estar seguro, pero era muy joven, por lo que podía ver, e iba vestida de negro con ese calor, en cualquier caso, llevaba una camiseta negra sin mangas. Él solo podía verla de cintura para arriba, porque los cabezas de chorlito le tapaban la visión. Tenía que contárselo a los demás, pero cuando pudo verla con absoluta claridad, a Abe se le secó la boca y se quedó sin habla. Con un esfuerzo herculano, Abe se recompuso para abandonar la habitación. Entró tambaleándose en la cocina y dio un trago a la botella de agua. Con la boca lubricada, se aventuró a salir al pasillo y, tras algunos graznidos inaudibles, logró gritar:
—¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡Venid todos, rápido! ¡Ayuda!
Una vez más, Eddie fue el primero en aparecer, pero como no le habían interrumpido ningún polvo, solo se mostró ligeramente hostil.
—¿A qué coño viene este escándalo, viejo?
—¡Hay una persona ahí fuera!
—¿Algún otro loco al volante en plan Dale Earnhardt? Lo habría oído.
—La última vez te lo perdiste. De todas formas, ¡no! ¡Es una chica! ¡Una persona! ¡No es ningún coche!
—Sí, vale.
Karl salió al descansillo, cuando Abe repetía su última frase.
—¿Qué pasa? —tartamudeó Karl—. ¿Qué persona? ¿De qué estás hablando?
Ellen y Alan se unieron a los demás, al igual que Dave. Ruth no estaba entre ellos.
—¡Por el amor de Dios, venid a mi apartamento! ¡Rápido! ¡Está ahí fuera! ¡Rápido!
—¿Es una mujer? —preguntó Karl, algo aturdido.
—Esto es una gilipollez. Al Abuelo Monster se le ha ido la olla.
—¡Escucha, gorila descerebrado, sé lo que he visto, pero si no me crees, tú mismo! ¡Haz lo que te dé la gana! Pero todos los demás, ¡por favor, por favor, por favor, venid a verlo!
—Si no fueras tan viejo… —comenzó a decir Eddie, pero todos ignoraron su conato de amenaza y siguieron a Abe hasta su apartamento. Cuando se arremolinaron alrededor de las dos ventanas que daban a la calle, todo había vuelto a la normalidad y lo único que se veía era el habitual mar No Muerto. Abe asomó la cabeza y recorrió con la mirada la avenida de arriba a abajo. Nada. Ruth se acercó arrastrando los pies y soltó un gruñido de exasperación.
—¿No te parece suficiente que me metas a mí a tus locuras? —preguntó con un lamento—, ¿también a los demás? Déjalos en paz, Abraham.
—¿Acaso me imaginé aquel coche? ¿Es que se trató de una alucinación fantasmagórica? No, no lo fue, ¿no es cierto? —Abe estaba muy alterado. ¡La había visto! Estaba allí hacía solo un momento—. Habéis sido todos demasiado lentos — refunfuñó—. ¡Estaba allí, lo juro! Estaba allí. Ha debido meterse en algún sitio.
Los demás permanecieron junto a las ventanas durante algunos minutos más y empezaron a salir en fila del apartamento de Fogelhut. Entonces Alan le dio a Abe un apretón en el hombro y le dijo:
—No te preocupes, Abe, que aquí no ha pasado nada.
—Que te den por culo, «que aquí no ha pasado nada». No me trates con condescendencia. Estoy seguro de lo que he visto y, si tuvieras algo de cerebro, me ayudarías a llamar su atención. Es probable que fuera sorda, porque he montado un escándalo que no veas y ni siquiera se ha dado cuenta. Estaba avanzando por entre la multitud como un tiburón. Por la forma en que se apartaban de su camino y luego cerraban filas tras su paso, parecían una cremallera abriéndose y cerrándose. Te aseguro que ha ocurrido.
—De acuerdo, te creo. —Alan se giró hacia Ellen, quien estaba plantada junto a la puerta al lado de una mortificada Ruth, y le dijo:
—Enseguida bajo. Solo quiero darle a Abe el beneficio de la duda.
—Otra vez mostrando condescendencia —refunfuñó Abe—. Muy bien, me da igual. Deja que esos vagos hagan lo que les dé la gana, pero tú demuestra algo de sentido común y otórgame «el beneficio de la duda». —La última frase fue pronunciada en un tono cortante, pero a Alan no le importó. Cada uno se posicionó en una ventana y comenzaron a observar la calle. Ruth volvió lentamente al dormitorio y cerró la puerta, harta de las alucinaciones de Abe. Transcurridos unos quince minutos, el mismo Abe comenzó a dudar de lo que había visto. Se secó su sudorosa frente con un pañuelo completamente descolorido, al tiempo que su rostro adoptaba una expresión que estaba a caballo entre la tristeza y la vergüenza.
—Quizá esté perdiendo la cabeza —dijo Abe en voz muy baja.
—¿Y quién no? —le dijo Alan, con la esperanza de no parecer condescendiente.
Alan se alejó de la ventana y, ni hecho a propósito, la chica salió del Food City con una bolsa de la compra en cada mano. Más tarde, las puso en el suelo para colocarse algo en los oídos. ¡Unos auriculares! ¡Llevaba auriculares!
—¡Allí! ¡Allí! —gritó Abe, al tiempo que le daba la vuelta a Alan. La mandíbula de Alan casi toca el suelo. Mientras la chica permanecía de pie en la puerta del supermercado, los muertos vivientes comenzaron a retroceder entre siseos y gemidos. Una vez que se alejaron de ella, la chica salió a la calle que conducía a la zona sur. Abe masculló:
—¡No puede oírnos porque lleva unos articulares de esos! —Alan se dirigió apresuradamente al pasillo, bajó corriendo a la cuarta planta y comenzó a aporrear todas las puertas, sin dejar de gritar:
—¡Abe tenía tazón! ¡Bajad a la segunda planta, Abe tenía razón!
Los demás se unieron rápidamente a Alan en el apartamento 2A que estaba vacío. Entonces Abe dijo en tono de queja:
—Claro, a él sí que lo creen.
Todos se arremolinaron junto a las ventanas y comenzaron a gritar con todas sus fuerzas cuando la silueta, que en ese momento era evidente que pertenecía a una joven, comenzó a caminar en dirección sur.
—No podemos permitir que se marche —gritó Ellen.
Tras redoblar sus esfuerzos, continuaron gritando a garganta partida:
—¡Ayúdanos! ¡Ayúdanos! ¡Ayúdanos!
Mientras la chica permanecía de espaldas al número 1620, se detuvo, se quitó uno de los auriculares e inclinó la cabeza como hace un perro cuando oye un sonido desconocido. Aprovechando la ocasión, aumentaron su clamor y siguieron gritando:
—¡Estamos aquí! ¡Estamos aquí! ¡Estamos aquí! —Parecía una versión de pesadilla de los duendes de Horton y el mundo de los Quién. La chica miró de un lado al otro, pero sin darse la vuelta. Sin embargo, cuando se disponía a volverse a poner el auricular, se giró y los vio. ¡Los vio! Con los corazones a punto de salirse del pecho, todos soltaron un grito ahogado, antes de empezar a agitar los brazos frenéticamente. A medida que la chica se iba aproximando al edificio, los zombis se apartaban de ella, emitiendo unos gemidos de desdén que revolvían el estómago. La chica avanzaba sin prisas, como si no tuviera ni una sola preocupación. Ahora que habían logrado su atención, observaban cómo se iba acercando con un silencioso sobrecogimiento. Sin duda alguna, se trataba de lo más extraordinario que hubieran presenciado nunca. Jamás.
Cuando estaba justo debajo de ellos, los zombis se dispersaron a su alrededor, haciendo que ella pareciera una pupila y la zona de la calle que había quedado despejada el blanco del ojo. La chica los miró fijamente y se quitó los auriculares. Incluso con el ruido de las protestas de los zombis de fondo, pudieron oír el pum pum pum de la machacona música de percusión que emitían los diminutos altavoces.
—¿Qué pasa? —preguntó con el tono de alguien que se hubiera encontrado por casualidad con un antiguo conocido. Su despreocupación hizo que a todos los que se encontraban junto a las ventanas se les pusiera la piel de gallina, se les erizaran el vello de la nuca y de los brazos y se les movieran las nueces de tanto tragar saliva. Era probable que la enajenación de Abe les hubiese afectado a todos, porque nadie de este mundo ni del más allá había mostrado nunca tal placidez, y menos aún en tales circunstancias.
Ni siquiera Jesucristo.
—Necesitamos tu ayuda —logró articular Ellen, haciendo tal esfuerzo para sacar cada palabra que parecía que tuvieran el tamaño de un puño.
—Ajá, de acuerdo. —Hubo un largo silencio, antes de que la chica se metiera un dedo en una oreja y lo sacudiera—. ¿Qué queréis?
—Para empezar, estamos muertos de hambre.
—Ajá.
Y tras decir eso, se dio la vuelta y se dirigió al Food City, mientras los zombis cerraban la cremallera tras ella, después de darse algunos golpes. Todos permanecían junto a las ventanas, inmóviles y sin habla. En la avenida York, la escena volvió a su monótona normalidad, sin huecos entre la putrefacta muchedumbre y sin señal alguna de que hubiera ocurrido algo diferente. Ellen parpadeó, saliendo al fin de su estupor, y susurró en voz muy baja:
—¿Es verdad lo que acabamos de ver?