Paria Z
Capítulo 27
Esto no es normal, pensó Alan, pincel en mano y a medio trazo sobre un lienzo de tamaño estándar. Al otro lado de la habitación, se encontraba Mona reclinada en un diván de terciopelo de estilo vintage y completamente vestida, pero a pesar de ello, allí estaba él con una insistente erección.
La postura de Mona no era particularmente sexi. Su expresión, como de costumbre, era vacía y algo huraña, y tenía los ojos ligeramente cerrados. Sobre su regazo, tenía agarrada la mochila de Hello Kitty, como si se tratara de un gatito de verdad. Estaba completamente inmóvil, lo que en una modelo suponía una gran ventaja, a excepción de su cabeza, que se meneaba de una forma prácticamente imperceptible al ritmo de sus trilladas canciones.
Entonces, ¿por qué estaba empalmado?
Iba vestida con sus habituales pantalones bermudas largos y negros, sus botas Doc Martens y una camiseta sin mangas. No era un atuendo especialmente sensual. ¿Sería por el pedazo de barriga que enseñaba? Su estómago era una suave e impoluta extensión de una piel ligeramente convexa, y su ombligo un delicado hoyo vertical. Era agradable a la vista, de eso no había duda.
Mona tenía la pierna derecha colgando por encima del borde del diván y la izquierda flexionada a la altura de la rodilla, con el pie apoyado en el cojín. Entre la parte superior de sus botas y el dobladillo de sus bermudas, se encontraban sus pantorrillas. Vaya momento de encapricharse con algo, pero allí estaban, redondeadas y firmes. Las pantorrillas. En el pasado, Alan ya se había fijado en ellas, pero, por lo general, cuando iban acompañadas de tacones, lo que las hacía parecer firmes y exuberantes, pero, aparte de eso, no le habían fascinado nunca. Los pechos, sí, el culo, sin duda, pero ¿las pantorrillas? Además, Mona no llevaba tacones. Sin embargo, después de fijarse en ellas, sobre todo en la izquierda, la cual sobresalía por tener la rodilla flexionada y el pie apoyado en el cojín, no podía dejar de mirarlas.
Alan dio un trago a una lata de refresco tibio, eructó y reanudó su trabajo. Había sombreado la figura y se encontraba intensificando las áreas desnudas, mientras la ropa era plasmada como un espacio negativo en negro. Pensó en si debía añadir o no los detalles, como las arrugas y los pliegues de la tela, pero optó por mantener un tratamiento más gráfico. Entonces se concentró en su rostro y apartó su mirada de esas seductoras pantorrillas. Comenzó a analizar sus labios, siempre fruncidos formando una ligera mueca. Los rayos del sol de primeras horas de la tarde se reflejaban en ellos y, de vez en cuando, sacaba la lengua para mantenerlos húmedos. Concéntrate en la obra. Alan empapó el pincel en la paleta e hizo una mezcla a fin de lograr un rosa sutil y lo suficientemente sensual para esos labios.
Mientras aplicaba pequeñas pinceladas de un tono rosado, sintió un leve toquecito en el hombro y se asustó, lo que provocó que deslizara el pincel por la superficie del lienzo, estropeando el trabajo que había hecho.
—¡Jesús! —gritó, mientras giraba sobre sus talones para comprobar quién había sido el responsable de ese accidente.
Y allí estaba Ellen, con aspecto de sentirse culpable y mirando al suelo. Luego se mordió el labio inferior, con una expresión conciliadora, hasta que notó el bulto en los pantalones de Alan, lo que provocó que su mirada se endureciera tanto como el órgano sexual de Alan.
—Gilipollas —dijo ella con un bufido.
—¿Qué te pasa? —le preguntó—. ¿Qué te pasa? Soy yo el que debería estar enfadado. Me acabas de… —Una vez más, sus palabras se fueron apagando, cuando Ellen levantó su mirada y se quedó mirándolo fijamente. Él señaló el lienzo tímidamente, el cual tenía una raya en diagonal en el rostro de Mona, al estilo de Francis Bacon—. Quiero decir —empezó a tartamudear, antes de adoptar la misma expresión conciliadora y de culpabilidad que había tenido Ellen hacía escasos segundos.
—Debería habérmelo imaginado —le dijo Ellen con brusquedad.
—Solo estoy haciéndole un retrato —dijo Alan, poniéndose a la defensiva.
—Sí claro, con una puta erección.
—Eso pasa —balbuceó Alan—. A veces, es una acto reflejo, como respirar o los latidos del corazón. Es algo involuntario. Ni siquiera estaba pensando en sexo. Sencillamente ha pasado, de verdad.
Mona, con los ojos cerrados y ajena al intercambio de palabras, seguía a lo suyo, escuchando sus canciones.
—Sí claro, con una modelo jovencita.
—Con toda la ropa puesta —añadió Alan—. ¡Con toda la ropa puesta!
—Sí, por ahora, pero todo llega.
—No seas tonta, solo estoy pintando.
—¿Te empalmas cuando pintas a los zombis de fuera? Si lo haces, entonces olvida todo lo que te acabo de decir, pero mírame a los ojos y dime que se te pone dura cuando los pintas. Venga, atrévete a decirme eso.
—No, no me pasa, pero eso es diferente.
—Claro, como que no te apetece follártelos. Muy bien, genial. Perfecto. Adelante, fóllate a esa jovencita del diván. Déjala preñada también, me tiene sin cuidado.
—Eras tú la que querías que volviera a pintar —dijo Alan en tono de queja, mientras ella salía por la puerta—. ¿Qué pasa? ¿Es que solo puedo pintar a los zombis y a ti? —Ellen salió indignada de la habitación y cerró la puerta de un portazo. La habitación retumbó, lo que provocó que Mona abriera los ojos.
—¿Qué pasa? —preguntó mirando a Alan.
—Nada, no te preocupes.
—Ah, vale. —Mona volvió a cerrar los ojos y Alan comenzó a corregir la raya rosa.
Espera un momento.
¿Que la deje preñada también?
—Lo único que pasa es que me jode que ella pueda salir y nosotros estemos confinados en este lugar de mala muerte para siempre —dijo Eddie—. Además, me pone enfermo su manida respuesta: «Supongo que no les caigo bien» —continuó, fingiendo una voz nasal y afeminada—. ¿Qué coño quiere decir con eso? No, lo que pasa es que trama algo, pero es demasiado egoísta para compartir su secreto con nosotros. Se cree que es más lista que nadie.
—Eso es una locura —dijo Dave—. ¿Qué te lleva a pensar algo así? No parece de esa clase de persona. Lo encuentro demasiado, no sé, enrevesado.
—Todas las zorras son enrevesadas, colega, no se libra ni una. No me trago la pose esa de disminuida psíquica que nos está intentando vender, con esa actitud de vegetal. Sabe muy bien lo que hace y eso no me gusta. Todos los que estamos en este puto edificio deberíamos estar sonsacándole cómo coño lo consigue.
—Ella es nuestra salvadora, colega —dijo Dave.
—Sí, es nuestra salvadora, colega, y nosotros somos sus putos niños mimados. Sale y va por ahí como si nada, ¿qué pasa? ¿La protege un ángel o algo así? Sí, vale, es una persona, igual que nosotros, pero esconde algún puto secreto y estoy dispuesto a averiguarlo.
—¿Y cómo propones hacerlo?
—¿Sabes?, a veces eres tan arrogante que me dan ganas de machacarte, Mallon. Otra vez me vienes con el cuento ese de abogado de poca monta, otra puta vez, pero un día te voy a noquear de un puñetazo, puedes estar seguro.
—Dios mío, Eddie, ¿qué te jode tanto?
—Desde luego tú no, antes me la casco con dos piedras. Mira, sal de una puta vez de aquí, ¿vale? Quiero estar solo un rato y arreglar algunas movidas.
—Muy bien.
—Muy bien.
—Y así acaba el constante fastidio —dijo Abe, sentado al borde de la cama, al tiempo que le cogía la muñeca a Ruth, quien no tenía pulso ni respiraba. Estaba muerta. Abe suspiró, la agarró de la mano, entrelazó sus dedos con los de ella y relajó su postura. No la miraba a la cara, solo al espacio que tenía entre los pies, mientras formaba pliegues en la moqueta con la puntera de sus zapatillas y los alisaba con la suela—. Ay, yaaaaaaahvé —volvió a suspirar, alargando la palabra. Le apretó la mano. Llevaba años sin ni tan siquiera cogérsela. Hubo un tiempo en el que siempre iban de la mano, incluso tenían sus correspondientes posiciones. A él no le gustaba cogerle la mano izquierda, porque le daba la sensación de que le faltaba el equilibrio. Con la mano que tenía libre, se acarició su recién afeitada barbilla, en la que tenía un pedacito de papel higiénico pegado junto a una gotita de sangre. Tiró de él y lo colocó con cuidado sobre la mesita de noche.
—Ay, Ruthie —dijo Abe, antes de volver a suspirar, algo que no dejaba de hacer, pues no era demasiado dado a mostrar sus sentimientos, a pesar de que no hubiera nadie delante, bueno, en cualquier caso, nadie con vida. Reticente, dirigió su mirada al rostro de Ruth, quien continuaba con los ojos abiertos, y, sin demasiado convencimiento, intentó cerrárselos con las puntas de los dedos, pero, a diferencia de lo que se ve en las películas, se le volvían a abrir. Incluso muerta, seguía llevando la contraria. La tapó con la sábana, sin saber qué debía hacer a continuación. ¿Decírselo a los demás? Se supone que debía hacerlo. No parecía probable que Ruth volviera a la vida, o a la no vida, eso queda a vuestra elección. Había muerto a la antigua, sin la intervención de los zombis. Estaba limpia, bueno, más o menos. Abe arrugó la nariz. Ruth se había, dicho de manera eufemística, vaciado, impregnando el aire de otro mal olor y las sábanas de algo peor. Qué poco típico de Ruth—. Ay, Ruthie, Ruthie, Ruthie.
Después de tanto hablar del panteón familiar, pensó él. Ruth había dado mucho el coñazo con su deseo de ser enterrada junto a sus padres y hermana. Además, había imaginado que él moriría antes que ella. Menuda idiotez lo de la intuición femenina. ¿Qué se suponía que debía hacer en ese momento? A ella le hubiera gustado un discurso panegírico o algún otro tipo de oficio religioso. Ella tenía la esperanza de que le recitaran el kaddish del Doliente, en hebreo, nada menos, pero él, desde su ceremonia Bar Mitzvá, se había olvidado de casi todo. ¿Tendría Ruth algún libro de oraciones guardado por algún sitio? Era probable, porque creía recordar que la vio birlar uno en el funeral de su hermana. Ojalá se tratara de una transcripción fonética. En fin, luego lo buscaría. Si quería respetar sus deseos, lo que parecía ser lo correcto, por estúpido que pareciera, absurdo incluso, así tenía que ser. Él no recitaría los cinco rollos completos, pero haría todo lo posible por tener en cuenta sus peticiones. Abe dirigió su mirada al otro lado del dormitorio, para ver su reflejo en el espejo del tocador de Ruthie.
—Avel, ¿qué puedes hacer? —dijo Abe con una graciosa mezcla de acentos. En el judaísmo, el doliente recibe el nombre de avel. Tenía que admitir que se había tratado de un juego de palabras poco ingenioso que no le proporcionó consuelo alguno—. Otro cheque de la Seguridad Social desperdiciado. —Una vez más, el chiste no le sirvió de gran ayuda. Estaba bombardeando con sus chistes a un público inexistente. Ellen, Hannah y David nunca se habían reído de ellos, ni tampoco sus hijos varones, y a Ruth rara vez le habían hecho gracia. Llevaba siglos sin hacerse el gracioso, con la excepción del chiste malo del camarero que contó en la festiva cena de la azotea. Todos los demás del edificio habían vuelto a oír música y a ver vídeos, pero a él esas pequeñas pantallas le hacían daño a la vista. La mayoría de la música que tenía Abe eran discos de vinilo, pero haría lo que fuera por poder escuchar algunos de los de humor, la mejor medicina que hay.
Con las piernas temblorosas, Abe se dirigió con dificultad al salón, se dejó caer en su raído sillón tapizado y abrió las sucias cortinas con motivos florales y las polvorientas persianas venecianas. Un déjà vu detrás de otro, aparte de sentirse hecho polvo e invadido por el cansancio y un profundo dolor.
Otro déjà vu.
Ver algún número del cómico Myron Cohen estaría bien.
La puerta del apartamento 2B estaba siempre abierta, ya que Mona entraba y salía del edificio a través de él. Desde que eligiera como residencia el 2A, tenía la costumbre de cerrar la puerta con llave, sobre todo cuando se ausentaba para hacer los recados. Todo el mundo estaba de acuerdo en que tenía derecho a su intimidad y seguridad, además, los demás tenían siempre las suyas cerradas con llave, así que ¿por qué no iba a hacerlo ella?
Los nudillos de Karl apenas rozaron la puerta de Mona. Sus golpes eran tan débiles que incluso a él le costaba oírlos. Tenía la barbilla clavada en el hueco de su clavícula y el labio inferior le temblaba por el asco que sentía hacia su persona. Le costaba tanto armarse de valor para acercarse a ella. Bueno, claro, ¿quizá sea porque creo que es una especie de ser divino o de ángel terrenal o, al menos, algún tipo de santa o qué se yo qué más? Era algo absurdo, no que Mona pudiera poseer algunos poderes sobrenaturales, sino el hecho de quedarse petrificado. Mona es una persona apacible, se dijo Karl. La verdad es que era la encarnación de la tranquilidad y nada parecía perturbarla, ni siquiera las criaturas de fuera.
A Karl se le pusieron los pelos de punta.
Ni siquiera las criaturas de fuera.
Había un aspecto que nunca había tenido en cuenta. Era probable que los monstruos del exterior se apartaran de su camino, no porque tuviera la gracia del Espíritu Santo, sino por ser una enviada de Lucifer, y que sus subalternos supieran que no debían bloquearle el camino ni, mucho menos, devorarla. Tenía sentido. Todos los del edificio se encontraban a las puertas de la muerte. Estando hambrientos, deshidratados y debilitados, y de repente llega esta bella e inmaculada joven, la tentación hecha carne, ofreciendo toda clase de comodidades profanas. Era probable que en las últimas horas de sus vidas, los habitantes del número 1620 hubieran encontrado la forma de volver a reconciliarse con Dios, pero allí estaba esa serpentina intrusa, que había sido enviada para ensombrecer un posible momento de claridad espiritual.
Vestía de negro.
Hasta llevaba las uñas pintadas del mismo color. Para colmo, lo que más le gustaba era el heavy metal. Ay, Jesús, pensó. Ay, Dios mío. ¿Cómo se le podía haber pasado por alto algo así? Todos estaban tan cegados por sus regalos que no se daban cuenta de quién era en realidad ni para qué había venido: ¡Era Lilith!, la reina de los demonios, y si no con letras mayúsculas, pues en minúscula, lilith, que significa viento, aunque eso no mejoraba las cosas. Hasta su apellido era sospechoso: Luft. Luft significa aire en alemán, un nombre peliagudo. Sin embargo, la personalidad de Mona parecía más ligera que dicho elemento. El aire era un sustentador de vida. Los estaba manteniendo a todos, vivos físicamente, pero muertos desde un punto de vista espiritual.
Por fin había descubierto su engaño. ¡Había visto la luz!
Y ahora era su cometido contárselo a los demás.