Paria Z
Capítulo 29
—No puedo creerme que estés pensando en tenerlo —dijo Alan, tratando de parecer lo más razonable y objetivo posible.
—¿Y por qué no?
—¿Que por qué no? —Alan tenía tantos motivos a su disposición que le costaba encontrar las palabras. ¿Cómo podía ser posible que pensara en llevar su embarazo a término? Incluso le sorprendía que hubiera podido quedarse embarazada. Además, cabía la posibilidad de que el niño ni si quiera fuera suyo, aunque ¿qué coño importaba eso? Fuera suyo, de Mike o de quien fuera, no era el momento oportuno de traer un bebé al mundo. Él se daba golpecitos en la rodilla con la prueba de embarazo casera—. ¿Que por qué no? A ver, quiero expresarlo con claridad. No quiero ser condescendiente ni ofensivo ni nada por el estilo, porque eres una mujer inteligente y…
—Ya estás siendo condescendiente. Si vas a darme el coñazo con lo terrible que es la situación ahí fuera, ahórratelo. Ni estoy ciega ni soy estúpida. Soy completamente consciente del estado en el que se encuentra el mundo.
—Entonces, ¿cómo puedes justificar un acto tan egoísta? ¿Cómo eres capaz de pensar ni siquiera mínimamente que tener un bebé es una buena idea? Anda, explícamelo. De verdad, estoy deseando escuchar tus pretextos, porque eso es lo único que van a ser, pretextos. ¿Qué coño estoy diciendo? Lo siento, pero no tiene ninguna justificación, ninguna. Olvida lo que te acabo de decir, no quiero oírlos, porque seguro que tendrán que ver con el irracional deseo femenino de procrear. ¿Acaso necesitas que alguien te quiera de una forma incondicional? Es el colmo del egoísmo.
—¿Quién ha dicho nada de eso? ¡No empieces a tergiversar mis palabras!
—Entonces explícamelo. Lo siento, quizá esté totalmente equivocado. Por favor, acláramelo.
Ellen le dio un bofetón en la cara.
—Me estás tratando con una total condescendencia, gilipollas.
—No era mi intención —dijo Alan, mientras se frotaba la mejilla por el escozor y reprimía la tentación innata de contraatacar—. Es un momento muy tenso. Anda, tranquilicémonos.
Ellen se sentó, nerviosa, mientras miraba a Alan con un desprecio hasta entonces desconocido. Estaba claro que él consideraba que ella estaba bien para follar, pero, como para la mayoría de los hombres, solo si el polvo no tenía consecuencias. Alan no parecía haber puesto ninguna objeción a la hora de metérsela sin condón. ¿Qué pasaba?, ¿es que creía que ella estaba tomando precauciones? ¿Acaso no hacían la mayoría de los hombres que fueran las mujeres las que cargaran con esa responsabilidad? Al principio, Alan le había parecido muy distinto a los demás, pero en ese momento comenzaba a dudarlo. Desde que Alan recuperara comodidades como el vídeo, había estado menos pendiente de las necesidades de Ellen. Había veces que el sexo le resultaba tan coñazo que ella lo tenía que convencer, ya que Alan prefería ver películas y programas de humor.
Y con respecto a Mona, por el momento estaba posando vestida, pero ¿cuánto duraría eso? Al principio, sería una modelo «inocente» y completamente cubierta, como dicen los artistas, pero luego, cuando se acostumbrara a posar, llegaría la proposición de sesiones sin ropa. Entonces, el artista (Alan había desarrollado su propia teoría acerca de la extrema obsesión por el sexo de los artistas, durante una de sus charlas en la cama después de un coito) intentaría seducir a su presa y listo; Alan se follaría a Mona. ¿Cómo sería en pleno orgasmo? ¿Podría si quiera sentir pasión? ¿Se convertiría de repente en una cotorra? ¿No sería para partirse de risa? ¿O se quedaría allí tumbada como un cadáver? Quizá a Alan le gustara eso.
—Tú no tienes ni idea de lo que se siente —dijo Ellen, con cierto misterio.
—Tienes razón, no la tengo.
—¡Perdí a una hija! ¿Sabes lo que eso significa?
Es probable que el hecho de que Alan hubiera vivido tres abortos no contara, así que no dijo ni pío.
—No, por supuesto que no.
Ni a Mike, el padre de su bebé, le había afectado psíquicamente su muerte tanto como a Ellen. Sencillamente, los hombres no podían sentir ese vínculo que sienten las madres. Para los hombres, la procreación se reducía a eyacular y punto.
—¿Es que la raza humana va a tirar la toalla? —gritó Ellen—. Como decía Peggy Lee en su canción, ¿es eso todo lo que hay? No me lo puedo creer. Esas criaturas de ahí fuera no pueden seguir en movimiento eternamente con el estómago vacío. Algún día empezarán a caer, y ese será el momento de construir algo nuevo y repoblarlo. Alan, la misión de todo ser vivo es perpetuar su especie, ¿tan malo es eso?
—No es que sea malo, pero ¿hasta qué punto estás dispuesta a arriesgarte? ¿En qué te basas para ser tan optimista? ¿Ves a esos monstruos como algo transitorio? Es probable que tengas razón, y confío en que así sea, pero desde su llegada no han mostrado indicio alguno de que vayan a desaparecer. Está claro que se están pudriendo, ¡coño, el hedor es evidente!, pero no se mueren, a no ser que se emplee la fuerza. Quizá viera de otra manera lo que pretendes hacer, si estuvieran desplomándose ahí fuera, pero no lo están. No lo están. ¿Es que no puedes esperar? ¿Acaso no sería un compromiso razonable? Podría hacerme a la idea de ser padre con mayor facilidad si no pensara que tener un hijo en este momento supone la forma más deleznable de maltrato infantil.
—¿Y quién te ha dicho que tú seas el padre? Quizá el niño sea de Mike, en cuyo caso, es lo único que me queda de él. Además, ¿cómo voy a deshacerme del bebé?
Alan no sabía qué contestar, además no tenía sentido seguir discutiendo. Se inclinó y le dio a Ellen un tierno apretón en la rodilla. ¿Se estaba rindiendo en silencio o la estaba animando a seguir adelante? Ellen se reclinó en el sofá y comenzó a cantar en voz baja:
—«¿Es eso todo lo que hay, es eso todo lo que hay…?».
—No pueden durar eternamente —dijo Abe, en un tono de voz suavizado por las pastillas.
Alan caminaba de un lado para el otro en casa de Abe, asomándose de vez en cuando por la ventana para observar a la muchedumbre.
—Pues díselo a ellos —dijo el más joven, quien estaba nervioso debido a la conversación que había mantenido con Ellen—, porque tengo la impresión de que no se han enterado.
—Al final, se quedarán en nada. Es probable que yo no esté para verlo, pero…
—Te vuelvo a decir lo mismo: díselo a ellos. No tienen pinta de que vayan a marcharse a ninguna parte. ¿Quién dice que vayamos a durar más que ellos? Llevan meses en movimiento con el estómago vacío. Exceptuando a Mike, ninguno de nosotros ha alimentado al rebaño. ¿Acaso crees que nos van a hacer el favor de caer muertos así por las buenas?
—Pues he visto a algunos hacerlo —dijo Abe—. No pueden seguir en movimiento para siempre. Además, si duramos más que ellos, podremos abandonar este edificio y marcharnos a otro lugar.
—¿Adónde?
—A cualquier sitio, eso ahora carece de importancia, pero tienes que tener esperanza y ser optimista —dijo Abe.
Alan miraba al anciano desconcertado. Aunque no estaba dispuesto a revelar la noticia bomba del embarazo de Ellen, Alan había acudido allí para acompañar en el sentimiento al cascarrabias de su vecino y apoyar su oscura visión del mundo, sin embargo, era como estar conversando con el eterno optimista. Abe estaba sentado en su sillón, con la camisa abierta, enseñando un poco de su redondeada barriga por encima de sus pantalones desabrochados. La expresión de su rostro era artificialmente beatífica, parecía un esquelético Buda judío.
—Me vas a hacer reír —dijo Alan, completamente sorprendido—, pero no estoy seguro de que esté preparado para eso.
—¿Por qué?, ¿por qué te haría reír? La esperanza es la mayor baza con la que contamos. Es lo único que, como seres humanos, hemos tenido siempre y la única razón que nos hace salir de la cama cada mañana.
—No te reconozco.
—Tienes que tener esperanza —contestó el anciano.
—Como empieces a cantar, me pongo a gritar.
—Es por lo que me estoy tomando, pero no me importaría hacerlo.
—¿Lo que te estás tomando?
—Mona es una farmacéutica cojonuda. —Abe cerró los ojos, riéndose por dentro —. Una farmacéutica cojonuda.
—Así que la he mandado a por un poco más de cuerda y algunas cosas más — dijo Eddie, con una artera sonrisa.
—¿Por qué? —le preguntó Dave.
—Se me han ocurrido algunas actividades para ocupar el tiempo libre, pero sobre todo quería que se quitara de en medio un rato, porque quiero echar un vistazo a su apartamento y cotillear un poco para ver si averiguo su secreto.
—¿Todavía sigues con esas? —preguntó Dave en tono de queja, al tiempo que reflexionaba acerca de lo turbias que podían ser las «actividades para el tiempo libre» que Eddie tramaba.
—Coño, pues claro que sigo con esas. Acabará yéndose de aquí, Einstein, abandonará esta residencia, solo está aguantando, colega. Lo sé, lo presiento.
A Dave no le apetecía discutir, así que sorbió ruidosamente otra rodaja de melocotón en almíbar de la lata y empezó a darle vueltas con la lengua y los labios, con la esperanza de que la provocativa escena desbaratara el plan que Eddie se traía entre manos, pero lo único que consiguió es que Eddie le diera un bofetón por comer como un cerdo y saliera del apartamento. Dave se bebió de un trago el resto del almíbar, siguió a Eddie al pasillo y ambos bajaron las escaleras. Dos plantas más abajo, Eddie se puso una pequeña linterna entre los labios, apuntó con ella al cilindro superior de la cerradura de Mona y comenzó a manipularla con algunas herramientas alargadas y finas.
—¿De dónde las has sacado? —le preguntó Dave.
—Las tenía —dijo Eddie, arrastrando un poco las palabras, al tener la linterna en la boca—. Habla en voz baja, no quiero que el resto de gilipollas del edificio me pillen con las manos en la masa. —Y tras decir eso, la cerradura se abrió—. Jodidas cerraduras Yale —dijo Eddie con una sonrisa de suficiencia, mientras se quitaba la babeada linterna de la boca—. Si hubiera sido una Medeco, no habría conseguido abrirla.
Abrió la puerta y ambos se colaron dentro. Dave no se sentía como un delincuente experto y profesional, sino rematadamente tonto, o algo aún peor. El apartamento estaba prácticamente igual que antes de que Mona lo hubiera ocupado, la única diferencia era que había trasladado el sillón reclinable del Señor Spiteri a la ventana izquierda que daba a la calle. También había por esa zona varios cedés desparramados, algunos en sus cajas y otros sueltos. En el alféizar de la ventana, se podían ver varios ordenados al azar, algunos incluso con la cara de lectura hacia arriba. Eddie dijo burlándose:
—Estas zorras no saben cuidar los cedés. —Levantó uno del alféizar y observó la cara grabada—. Mira qué mierda. Está lleno de muescas y huellas. ¿Te acuerdas de Gina Copaseti? Nunca trataba bien estas movidas. Le dejé mi colección de cedés de los Bee Gees y me la devolvió como si se la hubiera metido a un elefante por el culo. Yo, por añadidura, le metí otra cosa por el suyo para devolvérsela con creces.
—Pero ¿qué es lo que estás buscando, Eddie? —le preguntó Dave, en un tono de nerviosismo e impaciencia.
—Oye, no tienes por qué estar aquí —le soltó Eddie con brusquedad—. No tengo ningún problema en llevar a cabo esta investigación yo solo. Si quieres ayudarme, genial, pero si vas a darme el coñazo como si fueras una mujer, pírate, ¿vale? No me hace ninguna falta que me des el rollo.
Tras un par de rápidos recorridos por el apartamento, Eddie comenzó a explorar a fondo, abriendo cajones, hurgando en ellos y cerrándolos decepcionado, al ver que no encontraba nada fuera de lo normal. Aunque nunca había estado allí, tenía la ligera sospecha de que todo seguía igual a como Spiteri lo había dejado, aunque ni siquiera sabía nada de él, porque su edificio tenía otro portero. Aparte de las herramientas propias de un portero y la ropa de la familia Spiteri, entre otros trastos típicos de las clases más bajas, no encontró nada más en los cajones.
—Venga, Eddie, Mona volverá pronto.
—¿Y tú cómo coño lo sabes? A veces, no vuelve en horas o hasta al día siguiente. Pero si no hace ni una hora que se ha marchado. Una queja más y El Cometa te manda a la mierda para siempre, colega. Te lo digo en serio, o me ayudas o te abres, tú eliges.
Eddie abrió uno de los armarios del pasillo y empezó a hurgar en él, diciendo palabrotas por lo bajo, cuando una pequeña avalancha de cajas de zapatos le aporreó la cabeza.
—¡Tu puta madre! —gritó, antes de taparse la boca y maldecirse por haber montado tanto escándalo. Después de abrir numerosas cajas, no encontró nada fuera de lo normal—. Solo hay zapatos —refunfuñó, mientras las volvía a colocar en la estantería de arriba. Juegos de mesa para los estúpidos de los extranjeros, un balón de fútbol viejo, un horno eléctrico hecho polvo, dos bolsas de basura llenas de ropa raída; solo había mierdas, pero estaba claro que ninguna de ellas pertenecía a Mona.
Eddie entró en el dormitorio y encendió la linterna solar de camping. La cama estaba perfectamente hecha, con las esquinas tan estiradas como las de los hospitales, lo que quería decir o que Mona tenía habilidades para las labores domésticas, algo que parecía poco probable, o que no dormía en su cama. Quién podía saberlo, quizá la rarita ni siquiera se echara un sueñecito. Con menor entusiasmo, Eddie abrió los cajones del tocador para husmear, pero lo único que encontró fueron cosas innombrables y ropa de diario del inquilino anterior. Había una caja de condones requetecaducados, pero Eddie se los agenció. Qué derroche de…
—Oye, Eddie —dijo Dave con un susurro—. Echa un vistazo a esto.
Eddie entró en la pequeña cocina y se encontró a Dave subido en la encimera con una movida rugosa y brillante en las manos. Se trataba de un blíster con pastillas.
—¿Medicamentos? —preguntó Eddie, mientras se le las arrebataba de las manos a Dave.
—Sí, son medicamentos —dijo Dave, en voz baja—. Pero mira esto —abrió el armario de arriba y estaba plagado de blísteres idénticos y otros parecidos, así como de tarros de distintos tamaños. Eddie dirigió su mirada al mogollón de fármacos, consciente de que sus sospechas quedaban confirmadas, pero enfadado al mismo tiempo por no haber encontrado antes la mercancía.
—¿Ves?, te lo dije —le espetó—. ¿Lo ves?
—Lo que veo son muchos medicamentos, Eddie, pero ¿qué nos dice eso acerca de Mona? ¿Que es adicta? Eso explicaría lo colgada que va siempre, pero…
—Pero, pero, pero, pareces una puta Vespa. Quizá nos lo diga todo acerca de ella, colega. Podría…
Los dos intrusos se quedaron helados, al oír el radioteléfono casero que anunciaba la llegada de Mona.
—¡Coño, qué rapidez! —dijo Eddie furioso, mientras se metía las pirulas en los pantalones.
—¿No deberíamos volver a dejarlas en su sitio?
—Y una mierda. Quiero saber qué coño es esto. Ni que las fuera a echar de menos.
—Pero…
—Déjate de peros. Tendremos que escondernos, mientras la estén ayudando a subir, ¿cómo vamos a salir de aquí sin que nos vean?
—No podemos quedarnos aquí esperando a que vuelva —dijo Dave, sudando.
—¿No me digas?, pero ¿qué te acabo de decir?
Dave apoyó la oreja en la puerta y, cuando el ruido de las pisadas dejó de oírse, se asomó por la mirilla y se giró hacia Eddie con los dedos pulgares hacia arriba. Al abrir la puerta un poco, Dave se sintió como un ladrón de esas antiguas comedias de cine mudo. Al parecer, todos se encontraban en el apartamento vecino, y pudo oír cómo Alan llamaba a Mona. Dave y Eddie salieron al pasillo.
—¿Qué estáis haciendo en casa de Mona? —les preguntó Karl, quien estaba plantado en la parte del rellano que se encontraba fuera del campo de visión de la mirilla, agarrando con fuerza su Biblia. Eddie tuvo la tentación de arrebatársela, darle un buen cocotazo a la puntiaguda cabeza de Karl y gruñir: «¿Y a ti qué coño te importa, enano?», pero luego se lo pensó mejor y se inclinó sobre Karl, a fin de dejarle clara la diferencia de altura y fuerza muscular (Eddie había descubierto que la intimidación física era a menudo más eficaz que la verbal), esbozó una sonrisa burlona y dijo con tono de matón:
—Bajo ningún concepto hemos estado aquí, capisce? —Karl asintió con la cabeza—. Bene —dijo Eddie, mientras él y su compatriota subían las escaleras—. Moltobene.