Paria Z
Capítulo 12
—Estás malgastando las velas —refunfuñó Ruth.
—Quiero leer.
—¿Con esta luz? Te vas a estropear la vista. Además, ¿desde cuando eres tú un lector empedernido?
—Desde que no hay nada en la televisión, que yo sepa, desde que no puedo dormir y desde que me he cansado de verme la parte interior de los párpados. Nunca es tarde para mejorar, ¿no? Así que considérame como una persona que está mejorando por segundos.
—Pff. Muy bien, pero ¿de verdad necesitas encender cuatro velas?
—¿Quieres que se me cansen los ojos? Eres la responsable de que hable como un paleto.
—¿Y eso es culpa mía?
—Solías decir que no leía lo suficiente, que la lectura me haría mejorar, pues aquí estoy, leyendo, y ahora vas y me dices: «no leas, te vas a estropear la vista». Primero me dices una cosa y luego me dices otra, y viniendo de esa boca seca y dentuda me resulta particularmente repugnante.
—¿Por qué eres tan cruel?
—Es lo único que me queda. Bah. Necesitas un sueño reparador, muy bien, me voy al salón, su majestad.
Cuando Abe cogía la bandeja en la que había colocado las velas y salía de la habitación, un trueno de tormenta seca se burló de ellos. No quería problemas. El chaval del 3A le había prestado un par de libros, de los cuales uno era una fantasiosa novela de ciencia ficción, aunque bastante entretenida. El escritor, un tipo llamado Philip K. Dick, parecía empeñado en infligir a sus personajes la mayor tortura posible. Abe disfrutaba indirectamente de que el sufrimiento de los demás fuera incluso peor que el suyo propio. Al menos, él sabía dónde demonios se encontraba y era consciente de su miseria, sin embargo, el pobre desgraciado del libro de Dick no sabía ni adónde iba; su realidad era cambiante. Menudo marrón, era un desmadre.
El ruido de otro trueno lo escoltó hasta el vestíbulo.
—A ver si llueve de una vez —refunfuñó él—. Ya está bien de pitorreo.
Mezclados los truenos, se oyeron ruidos de otra procedencia. Un estrépito, seguido de los impactos de los fragmentos del cristal de seguridad al caer contra el suelo, así como los lamentos de los innumerables zombis.
—Los indígenas nunca se cansan —dijo Abe con una sonrisa—. Ahí fuera, están siempre de celebración.
En el dormitorio, Ruth miraba al infinito. Abe no era siempre una persona fácil de llevar, pero al menos tampoco era siempre tan hijo de puta. Ella cayó en la cuenta de que su vida había sido un camino de rosas, porque durante años Abe tuvo que ausentarse para ir al trabajo. Durante su juventud, Ruth había tenido algunos empleos por aquí y por allá, pero por lo general de media jornada y para miembros de la familia. Estaba claro que se trataba de nepotismo, pero por esos cochinos dólares ¿quién iba a poner el grito en el cielo? Había trabajado un tiempo en una agencia de viajes (tío Judah), en un taller gráfico (primo Sol), en una sala de catering (primo Moshe) y en una agencia de talentos de poca monta (primo Tobias), pero cuando Abe llegó a su vida, se convirtió en ama de casa a tiempo completo y, con el paso del tiempo, en madre. Crio a tres hijos prácticamente sin ayuda.
¿Acaso eso no era trabajar?
Abe quería hacerle creer que vivía entre algodones y como una reina, por el hecho de no tener que darse una caminata hasta un lugar de trabajo oficial. Era cierto que el que llevaba el beicon a casa era Abe. Bueno, en realidad no era beicon, dado que, más o menos, seguían comiendo de acuerdo con las leyes judías. No obstante, Ruth también trabajaba como una burra, aunque considerando la exigua paga que le daba Abe, se trataba de una especie de esclavitud remunerada. Hasta cuando les iba bien, ella rezaba por ser liberada. ¿Dónde estaba su Moisés personal que la llevaría a la Tierra Prometida? Tres niños, pero solo Dios sabía dónde se encontraban o cuáles habían sido sus destinos. ¿Era demasiado pedirle a Dios saberlo al menos? ¿Permanecían Miriam, Hannah y David entre los vivos? En su cabeza cabía esa posibilidad, pero en su corazón y, de una forma más insistente, en lo más profundo de su ser, lo dudaba, lo que quería decir que sus nietos también habrían muerto.
Cuando Dios imponía un castigo, cargaba demasiado las tintas, aunque a pesar de eso seguía siendo creyente.
Ruth creía debido a la absolutidad del destino de la humanidad. Durante las primeras semanas del desastre, antes de que la televisión y la radio dejaran de funcionar, los científicos tenían sus propias teorías, pero estas no tenían respaldo alguno. Biotoxinas, guerra bacteriológica, terrorismo, la enfermedad degenerativa de Creutzfeldt-Jakob, provocada por una mutación genética, la encefalopatía espongiforme antropoide.
No.
Eso era obra de un dios vengativo, de un dios que ya se había hartado, pero ¿quién podía culparlo? Desde que los seres humanos aparecieran en escena, no habían dejado de hacer fechorías y, durante sus años de vida, la cosa había ido de mal en peor, hasta llegar a unos límites inimaginables. Los políticos eran cada vez más falsos, más avariciosos y menos dignos de confianza. Las guerras no estallaban por una noble causa, sino meramente por intereses económicos. Las generaciones más jóvenes eran cada vez más estúpidas, más egoístas y deshumanizadas. La cultura popular se había ido por la taza del váter, los tacos eran de uso común, las escenas de pornografía manifiesta se habían infiltrado en los canales de televisión a los que todos tenían acceso y, con respecto a la televisión por cable, no disponía de información de primera mano, pero había oído que era como la versión televisada de Sodoma y Gomorra.
Una locura.
Todos los valores fundamentales se habían perdido. Las personas de su generación eran rechazadas por la sociedad. Los únicos que se preocupaban por ellos eran los políticos, pero solo porque los más mayores continuaban yendo a votar, y lo mismo pasaba con las compañías farmacéuticas. El resto de las personas esperaban el momento en el que todos los de la tercera edad cayeran muertos y dejaran libres un apartamento como el suyo. La geriatría y el aburguesamiento no siempre se llevaban bien, pero eso era una queja a nivel personal. Donald Trump y los de su calaña no habían erigido los bienes raíces que realmente importaban. La Torre de Babel se había construido de nuevo, al menos metafóricamente, pero en esta ocasión Dios se lo había tomado en serio.
El Todopoderoso se había hartado de sus descarriados hijos.
Ruth sentía que la muerte estaba cerca. Abe iba a estar aviado ante la desagradable sorpresa, cuando descubriera que su alma seguía existiendo, después de que su cuerpo dejara de hacerlo. En el otro mundo, Olam HaEmet: «el mundo de la verdad», tendría que rendir cuentas por todas sus salidas de tono, cuando volvieran a proyectarle todas las escenas de su vida. Abe no era mala persona, puede que algo mezquino, pero no era malo, aunque estaba claro que su falta de fe no sería vista con buenos ojos. El Gehenom aguardaba a Abe. No era una condena al infierno eterno, podría acabar en otro lugar, aunque tendría que llevar a cabo un profundo examen de conciencia a fin de purificar su alma.
En la Tora, no se representaba de manera explícita la vida después de la muerte. En ese aspecto, los gentiles lo tenían más fácil, dado que no había vuelta de hoja: si se portaban mal, se las verían con el fuego del infierno y el azufre y, si se portaban bien, con las puertas del cielo y el paraíso. Sin embargo, la Tora era más enigmática. Como buen judío, se suponía que uno tenía que centrarse en el mundo material, y la recompensa eterna constituía un aliciente vago, aunque eficaz, para seguir por el buen camino. De lo único que Ruth estaba segura era de que el alma existía eternamente, y con eso le bastaba. Solo albergaba la esperanza de que Abe se pusiera las pilas e hiciera las paces con Dios, para poder reunirse con él en esa nebulosa vida eterna.
Y con sus hijos y nietos.
Y quizá con Cary Grant.
Estaba claro que no era de ascendencia judía, pero ¡madre mía!
Abe sujetaba el libro cerca de la vela, mientras forzaba la vista para poder leer esa letra tan pequeña. A pesar de que disfrutaba del hecho de que Dick hiciera sufrir de lo lindo a los pobres desgraciados de sus cuchitriles subterráneos de Marte, que iban drogados hasta las cejas y se entretenían con los accesorios de las muñecas Perky Pat, el dolor de sus globos oculares anulaba el placer. Además, en realidad sentía envidia de esos personajes de ficción. Estaba claro que habían sido obligados a vivir en Marte, que era un agujero asqueroso, pero al menos podían colocarse hasta la trancas y tener esos fantásticos viajes colectivos, por cortesía de una extraña droga alucinógena llamada Can-D, ¿o era Chew-Z? Eran las dos. En cualquier caso, se trataba de una locura de libro, pero Abe se había enganchado a esa laberíntica trama. Dick era un chiflado, pero un chiflado con mucha imaginación.
Bajó el libro, cerró los ojos y se los restregó con fuerza. Con motas y diminutos diseños de jeroglíficos orgánicos danzando en sus órbitas, Abe se reclinó en su asiento junto a la ventana para disfrutar de sus particulares fuegos artificiales. Continuó restregándoselos un poco más, a pesar de que se suponía que era perjudicial hacerlo. Cuando retiró las manos y volvió a abrir los ojos, unos destellos de luz se unieron a sus motas e indescifrables y microscópicas pictografías. El distante estruendo de un trueno retumbó en toda la aletargada ciudad, seguido de un coro de estúpidos gemidos por parte de los zombis. Abe comenzó a parpadear e imaginó que estaba colocado con las milagrosas drogas de Dick.
—Estoy en Marte —susurró—. En mi cuchitril. ¿Dónde está mi muñequita?
Cuando las motas y las runas desaparecieron, Abe cayó en la cuenta de que la luz no había sido autoinducida. ¿Habría sido un relámpago? No, ese destello de luz había cruzado su techo de lado a lado desde la calle. ¿Qué demonios era? Abe se descruzó con las manos sus dormidas piernas, se levantó de su sillón y se dirigió renqueando a la ventana, al tiempo que sentía un hormigueo en sus entumecidos miembros. Justo al asomar la cabeza, una franja de luz cruzó por encima de todas las cabezas de chorlito en dirección sur. ¡Se trataba del haz de luz de una linterna!
—¡Por Dios santo! ¡Por Dios santo! —dijo Abe jadeando, antes de volver a meter la cabeza y gritar:
—¡Ruth! ¡Oye! ¡Ruth! —Otro pequeño trueno amortiguó su hilo de voz—. ¡Maldita sea! ¡Ruuuuuth!
—¿Qué? ¿Qué te pasa ahora? —chilló Ruth desde el dormitorio—. ¡Vas a despertar a todo el mundo!
—¡Pues mejor! ¡Ven aquí! ¡Date prisa!
—¿Qué pasa?
—¡Ven aquí!
A Abe le temblaba todo el cuerpo. Volvió a asomarse por la ventana y gritó al haz de luz que se alejaba. A medida que avanzaba por la avenida York, la horda parecía dispersarse a su paso para abrirle camino.
—¡Oye, espera! —gritó él, pero el estruendo de otro trueno amortiguó su frágil tono de voz. Debido a la conmoción que sentía, sufrió un convulsivo ataque de tos, al tiempo que sus húmedos ojos siguieron la luz hasta que desapareció de su vista. En ese momento, las lágrimas provocadas por las toses se mezclaron con las producidas por la desesperación.
—¿A qué viene este jaleo? —preguntó Ruth en tono de queja. A pesar de la oscuridad que la envolvía, Abe pudo imaginar su expresión de amargura e incredulidad—. ¿Para qué me has sacado de la cama? —Su imagen mental de Cary Grant se había desvanecido.
—¡Había una luz ahí fuera! —dijo Abe, al tiempo que señalaba hacia la calle de abajo y se limpiaba los ojos.
—Una luz.
—Una luz, por el amor de Dios. ¡Una luz! ¡Una luz!
—Abe, ahí fuera está tronando. ¿Has oído hablar alguna vez de una cosita que se llama relámpago?
—No ha sido un relámpago. ¡Venía de ahí abajo! ¡De ahí abajo! ¡No de ahí arriba! ¡De abajo!
Ruth suspiró como lo hubiera hecho un mártir con un prolongado sufrimiento a cuestas y volvió como un pato mareado al dormitorio, dejando a Abe con la duda de si lo habría soñado todo, dado que era posible que su mente se hubiera visto influenciada por los efectos literarios y transcendentales del Can-D.
O del Chew-Z.