Personajes secundarios

Joyce Johnson · Capítulo 10 de 18

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Personajes secundarios

Siete

Un grupo de mujeres de mediana edad, señoras, matronas, están de pie alrededor de una mesa dispuesta sobre el césped, delante de la residencia del decano de Barnard. Llevan etiquetas identificativas pegadas al pecho con sus nombres de soltera y de casada. De vez en cuando, dos mujeres se acercan, se miran las caras con expresión dubitativa y luego, al leer la etiqueta, sueltan: «¡Oh, Dios mío! ¡Hola!».

Estoy buscando a la promoción de 1955, a la que vi por última vez, con toga y birrete, el día de mi no graduación. Una procesión de chicas que veinticinco años atrás salían en fila del gimnasio para reunirse con unos padres que las esperaban con el abrazo listo y cámara en mano. Mi padre hizo acto de presencia en aquella ambigua ocasión y me sacó fotos, una sola y otra con Sheila. Elise no había venido. Ni a ella ni a mí nos iban a dar el diploma, pero Elise no quiso participar en la ceremonia y pasó la tarde sentada en el bar West End emborrachándose, volvió al Yorkshire y se metió en la cama.

Me acerco a la mesa y me sirvo vino en un vaso de plástico. El tiempo no se ha mostrado benévolo con la promoción del 55: ha orlado de arrugas los ojos de aquellas chicas de cutis terso, ha ensanchado sus cuerpos. Ha despachado sus canalladas biológicas al por mayor. No era muy difícil de prever.

—¿A qué te dedicas? —Una de mis compañeras de clase está saludando a otra.

—Vivo en Scarsdale.

Una ocupación como cualquier otra, imagino.

—¡Estoy tan contenta de estar aquí! —dice.

Yo no estoy contenta. ¿Qué siento, entonces? Una curiosidad subversiva. El tiempo ha convertido mi pelea con Barnard en una comedia. Pasando por alto un par de detalles meramente técnicos, podría decirse que soy una auténtica ex alumna. Me llegan los boletines de la asociación, las colectas de fondos, las invitaciones a las reuniones anuales.

A los diecinueve, cuando conseguí mí primer trabajo a tiempo completo, le dije a mi jefa: «Espere; antes de contratarme tiene que saber algo». Era una agente literaria británica, una mujer afectuosa de una franqueza aplastante; no quería engañarla. «No me he licenciado —confesé—. Suspendí educación física». Hizo un esfuerzo por adoptar la solemnidad que las circunstancias requerían. «Eso a mí no me preocupa, la verdad», contestó.

Aquélla fue mi auténtica ceremonia de graduación. Nunca recuperé las clases que me faltaban.

Siempre me he mostrado reacia a volver a los lugares de los que una vez me marché; me resisto a los aniversarios, a las vacaciones en familia, a peregrinar a los cementerios o a visitar las oficinas en las que trabajé. Mi vida adulta ha sido una vida de interrupciones. Al pasar por delante de una casa en la que he vivido noto un tironeo en las entrañas: siento que podría abrir la puerta, subir por las escaleras, sacar la llave del bolsillo y deambular por unas habitaciones que siguen exactamente igual que el día antes de la mudanza. Por eso evito algunas calles. Si voy a ver a mi madre al apartamento en el que, veinte años después de la muerte de mi padre, todavía vive, me asalta un sopor inmenso. Tiene un gato que araña los muebles. Una noche vomitó sobre la tapa del piano y estropeó el barniz de la caoba. Mis partituras siguen en el cajón, bajo llave.

Mi madre atesora el pasado con fruición, como algunas de mis compañeras de clase que asisten a las reuniones de la asociación de antiguas alumnas y se esfuerzan por no perder el contacto. Están al día, coleccionan noticias de matrimonios, nacimientos, muertes, divorcios y ascensos. Los de Barnard fueron, obviamente, sus mejores años. Algunas habían llegado en avión desde la otra punta del país para asistir a esta reunión; con ellas habían viajado los maridos, que al día siguiente las acompañarían a la cena de gala en el Club 21.

Francamente, he olvidado a la mayoría de estas mujeres. Si observo una cara durante un tiempo prudencial, el rostro empieza a rejuvenecer y el nombre me viene a la cabeza antes de que me haya fijado en la etiqueta. Recuerdos vagos de cuando me sentaba al lado de su fantasma adolescente en clase de Psicología I, del sol que entraba por la ventana, de aquel maravilloso olor de tiza y madera vieja y reseca de la universidad. Cruzamos una sonrisa educada, la situación no da para más. Hasta este momento, cada una había dejado de existir para la otra, y enseguida volveremos a perdernos de vista.

Observo la puerta por la que, desde Broadway, entran las rezagadas. En el momento menos pensado aparecerá Elise columpiando el bolso, con el pelo entreverado de gris, más corto que nunca, justo como solía amenazar que lo llevaría cuando hubiera cumplido los treinta. Pero quizá haya cambiado de opinión y lo lleve largo, recogido en un moño. Nos reiremos de cuan absurdo resulta haber terminado ahí, de la locura de habernos encontrado, tan adultas, en esta reunión.

«Me estoy dando perfecta cuenta de que no llevas la etiqueta identificativa», le digo, y despego la mía y me la meto en el bolsillo. «Escucha, Elise, hay un verso de Eliot perfecto para esta reunión…».

Seria, que no triste, me mira a través de sus gafas y dice, con su voz baja y cortante: «Date prisa, ya es la hora».

Me fui de la calle 116 el Cuatro de Julio de 1955; no había escogido aquella fecha por su carácter simbólico, sino porque era el primer día de un fin de semana largo. Había alquilado una diminuta habitación de servicio en un apartamento de la avenida Amsterdam, a cinco manzanas de casa. Pensaba llevarme ahí todas mis cosas con el carrito de la compra de mi madre; tendría que hacer muchos viajes.

Aquella mañana me levanté temprano y empecé a meter los libros en bolsas de la compra. Cuando creí que mis padres ya se habrían despertado, entré en su cuarto. Estaban durmiendo cada uno en su cama, separados por el zumbido del ventilador. «Tengo algo que deciros. Hoy me marcho de casa». Me entraron náuseas, como si acabara de matar a aquellas dos personas tan dulces. Hasta veía la sangre en las colchas de verano de color beis.

Había encontrado la habitación dos semanas atrás. Con las primeras pagas de mi nuevo trabajo había comprado una mecedora de madera sin barnizar, un pequeño escritorio, dos juegos de sábanas y un póster del niño azul de Picasso: el decorado de mi recién adquirida libertad. Los niños, eso lo sabía, no tenían muebles propios.

Todo se había llevado cabo en secreto, como los preparativos de un golpe de estado. No diría nada hasta que hubiera llegado la hora de marcharme. No había nada que discutir. Me daba un miedo atroz que lograran convencerme de que cambiara de idea.

—Necesito tu carrito para mi ropa y mis libros —le dije a mi madre.

—Ni se te ocurra —respondió—, ni se te ocurra pensar que puedes presentarte a comer cuando te venga en gana.

Pasé el día entero arrastrando el carrito por las aceras de ladrillo rojo del campus de Columbia. Nadie gritó. Nadie corrió a la puerta de la calle 116 para cerrarme el paso. En el silencio de su casa, mis padres deambulaban lentamente por las habitaciones como sí los hubieran herido.

Terminé antes de que anocheciera. Antes de salir de mi casa por última vez anoté mi dirección en un trozo de papel y lo dejé encima de la mesa de la cocina. Ya en mi piso, llamé a Elise y a Sheila, que compartían habitación en el Yorkshire. «Ya está hecho, supongo».

 

En los años cincuenta todo el mundo sabía por qué se iba de casa una chica de buena familia. Los motivos que la empujaban a sustraerse de la autoridad paterna estaban muy claros, y lo que haría cuando viviera sola, también.

En la calle 116 el portero lo sabía. Me había visto ir y venir con el carrito. Les contó a los vecinos que la hija de los Glassman era «mala». Llegó a fabricar un embarazo y, para que constara, les escribió una carta a mis padres. Mi madre me llamó por teléfono, llorando, para preguntarme si eso era cierto.

El crimen del sexo era como la «culpa por asociación»: aunque a ojos del observador el delito era invisible, resultaba muy fácil de imaginar. Sus consecuencias se encargarían de ponerlo al descubierto.

Yo también sabía, y mejor que nadie, por qué me había ido de casa: para estar con Alex. Él era la encarnación concreta de un deseo mucho más abstracto: el deseo de ser «libre». Y con «libre» quería decir —si hubiera tenido que admitirlo— «sexualmente libre». En aquella libertad quedaban subsumidos todos mis anhelos. Para alcanzarla, estaba dispuesta a aventurarme en el mundo a mis diecinueve años, aun a riesgo de que mis cincuenta dólares a la semana me condenaran a vivir en la calle. En realidad, como nunca había llevado más de diez dólares en el bolsillo, cincuenta me parecían una suma considerable. Abrí una cuenta en Lord and Taylor.

No pensaba quedarme en mi habitación por mucho tiempo, sólo hasta que Alex y yo nos casáramos. No tenía más que demostrarle lo distinta que sería a partir de ese momento, ahora que ya no vivía bajo el techo paterno. Le demostraría lo independiente que era, lo poco que, en realidad, esperaba de él. Según mi peculiar esquema mental, la independencia era un requisito esencial para el matrimonio. Y sin embargo, era Alex, y no yo, el beneficiario de mi independencia.

Durante las noches que pasaba en mi habitación —situación que fue volviéndose cada vez más frecuente— me tumbaba en la cama con los ojos abiertos y esperaba a que llegara la hora de irse a dormir. No era añoranza de mi antigua casa lo que sentía, sino más bien abandono, como si yo fuera un abrigo que Alex hubiera colgado después de quitárselo.

Por la mañana volvía a sentirme bien: me levantaba para ir a la oficina y cogía el metro en hora punta. Cuando emergía en la calle Cinco dejaba que me engullera un formidable ejército de secretarias que avanzaba, implacable, hacia la avenida Madison. Aquello me reconfortaba, sentía que dejaba a mis espaldas a la chica de la cama. En las filas de aquel ejército, yo escribía a máquina, leía manuscritos, contestaba al teléfono y almorzaba sándwiches de huevo con ensalada en la cafetería de abajo (aprendí enseguida a identificar el plato más barato del menú).

Mi jefa, Naomi Burton —que, a pesar de mi licenciatura inconclusa, me había contratado—, se interesó por mí. Me dijo que yo tenía talento. Si trabajaba para ella durante unos cuantos años, podría convertirme en agente literaria. Me convenció de que le enseñara un relato que había escrito en Barnard y publicado en la revista literaria de la universidad. «Eres escritora —anunció—. Tendrías que atreverte con una novela». Telefoneó a un amigo suyo, un editor llamado Hiram Haydn que dirigía un célebre taller de novela en la New School for Social Research, y le pidió que me admitiera en su curso.

Era emocionante pero terrorífico; se diría que corría el peligro de cumplir el destino que mi madre había soñado y que tanto me había esforzado por esquivar. Aquello parecía estar sucediéndole a otra persona. Siempre procuré que mi madre no descubriera el relato que ahora Naomi Burton le mandaba a Hiram Haydn, un relato que había empezado en el instituto y que había escrito y reescrito de mil formas distintas. La protagonista era una niña de trece años a quien un buen día su madre le confiesa que su matrimonio ha sido una amarga decepción.

 

Aquel año la publicación de Bonjour tristesse en Estados Unidos causó sensación. Trataba de la pérdida de la inocencia de una jovencita francesa que mantiene una aventura con un hombre mayor, el marido de una mujer que la ha ayudado mucho. Su autora, Françoise Sagan, sólo era un año mayor que yo. Su prosa era un elegante mohín de indiferencia gala y arrepentimiento sofisticado. La cara de colegiala de Sagan, perspicaz y algo melancólica bajo su corte de pelo a lo garçon, invadió durante una temporada revistas y periódicos. El pulgar le rozaba la comisura de los labios en un gesto entre infantil y provocativo. Con todo, parecía haberse acostumbrado a la fama con mucho aplomo. Se lo pasaba en grande, como se suponía que se lo pasaban los jóvenes escritores famosos. Una de las cosas que más le gustaban era conducir a toda velocidad deportivos de lujo; ahora estaba en una fiesta literaria, ahora se iba de fin de semana a un castillo francés, ahora se sentaba en un café para que la fotografiaran con su famoso pulgar. O eso me parecía a mí. Era la chica que F. Scott Fitzgerald podría haber inventado para torturar al pobre Dick Diver. Mis compatriotas le perdonaban su amoralidad porque era francesa.

Cuando Sagan pasó unas semanas en Estados Unidos, Alex devoró todas las entrevistas que le hicieron. Aquella chica tenía algo frenético y descarado que le resultaba totalmente nuevo. No paraba de decirme cuánto le gustaría conocerla. Aquél no era un encuentro muy probable, afortunadamente. Yo quería tanto a Alex que estaba segura de que Sagan lo encontraría irresistible.

En abril Alex se enamoró de una chica llamada Bobbie Weintraub que no se parecía a Sagan en absoluto. Se la robó a Antón, su compañero de piso, un estudiante de postgrado de Física que vivía con Alex para compartir gastos y al que Bobbie solía visitar falsificando los pases de salida de la residencia de Barnard. Era pequeña y decidida. Siempre iba impecable, y quería ser asistente social. Solía ordenar el salón de la calle 112; lo hacía mucho mejor que yo. Las afirmaciones de Alex solían despertar su asombro o su indignación, efecto este último que a Alex también parecía complacerle. Una noche se presentó en el piso cuando Antón estaba en la biblioteca y Alex y ella se acostaron. Antón pasó semanas enteras amenazando con suicidarse.

No me sentía capaz de superar aquella violentísima angustia. Era una angustia que me desgarraba cuando, cada mañana, me levantaba y recordaba que ahora Alex ya no me quería y que quería a Bobbie Weintraub. Yo sabía que, como ya no podría querer a nadie nunca más, me quedaría sola toda la vida. «Quiero que seamos amigos», insistía Alex, pero sólo hablábamos por teléfono. Con un tono invariablemente cortante, apresurado, dejaba claro que, si se reunía conmigo, Bobbie también vendría.

«Ve a terapia —insistía—. Prométeme que irás a terapia».

En junio no me vino la regla. Al principio se retrasó un poco, luego mucho, pero siempre confié en que la cosa terminaría solucionándose. Esperé, y algunas veces incluso sentí que estaba al caer. Pero al final no me vino. Aquél era un hecho tangible e increíble. Mi destino estaba escrito.

Iba a tener un hijo. Pero no podía tener un hijo.

El padre no era Alex. El padre era un chico de mi edad, un pobre desgraciado de Columbia que ya tenía problemas con el alcohol y que lo único que hacía era vivir con sus padres en Connecticut. No le quería. A veces te acostabas con alguien casi por error al final de una de aquellas noches imprecisas que duraban tanto que ya nada importaba; se trataba de no volver a casa. En aquellas noches no tenía cabida la premeditación, no podías tomar precauciones; debías confiar en la prudencia de un desconocido. El chico me había prometido que pararía antes de que fuera demasiado tarde, pero no lo hizo. Y aunque yo había estado a tiempo de recordarle su promesa, tampoco lo hice. Cuando recordé que estaba en la mitad del ciclo, que estaba en una habitación de la calle 96 este que olía a humo y a ropa sucia en la que se colaban, a través de la puerta cerrada, las voces de los últimos invitados, ya era demasiado tarde.

En aquella época ya tenía terapeuta. Cobraba 7,50 dólares la hora y había sido novio de la propietaria del apartamento al que me había mudado. Le conté mi problema. «Ya veo», musitaba, frotándose su gran mentón con la vista perdida en Central Park West.

Sobre la mesita danesa de estilo moderno que me quedaba cerca de la cabeza había un paquete de clínex. Había distribuido estratégicamente cajas de pañuelos en varios puntos del despacho. Pero yo nunca lloré.

Le expliqué al terapeuta por qué creía que no podía convertirme en madre. Dejando de lado que sólo tenía veinte años, vivía con cincuenta dólares a la semana y había perdido el contacto con mi familia. Antes me moría, le dije. Y luego hice lo que Elise me había dicho. «¿Podría prescribirme un aborto terapéutico?». (La primera vez que oí la expresión fue cuando Elise me explicó qué significaba).

«En absoluto, esto queda totalmente descartado», contestó.

Nunca se me ocurrió que lo descartaría.

La vida era, al parecer, algo sagrado. La independencia, sin embargo, podía castigarse con la muerte. Y como no podía ser de otra forma, el castigo reservado al sexo era de naturaleza sexual.

 

En aquella época algunas mujeres conservaban trocitos de papel, cual talismanes contra el mal de ojo, con los nombres de médicos que practicaban abortos ilegales. Ni Elise ni yo conocíamos a ninguna. Se trataba de ir preguntando. Les preguntabas a tus amigas y ellas les preguntaban a sus amigas, y la onda expansiva iba creciendo hasta que alguien cuyo rostro no llegarías a ver jamás desvelaba la misteriosa información que podía salvarte. Aquello llevaba tiempo, pero sólo tenías dos meses, según decían, y uno ya lo habías perdido con las dudas iniciales.

El terapeuta llamó a mi compañera de piso y le sonsacó el nombre del chico que me había dejado embarazada. Luego telefoneó al chico y le amenazó con contárselo todo a sus padres a menos que se hiciera cargo de los costes de un aborto ilegal. El chico me llamó a mí, borracho y muerto de miedo. Yo sólo esperaba una cosa de él: que cuando fuera a abortar me acompañara; necesitabas estar con alguien conocido, pensaba. Pero nunca le culpé. Sentía que, en cierto modo, yo había permitido que aquello me sucediera. Había sido un momento, en la calle 96, un instante de suspensión temporal durante el cual no me importó vivir o morir. Ahora me parecía vital no perder de vista aquel momento. Ahora sabía que el chico nunca me acompañaría.

Fui a ver al terapeuta por última vez para decirle que lo que había hecho estaba muy mal.

—Sí —asintió con aire avergonzado—. Probablemente me he equivocado.

—No voy a volver. Le debo treinta y siete con cincuenta. Atrévase a cobrarme.

 

Al final alguien dio con una persona que conocía a un médico en Canarsie. Cuando llamara a la agencia de publicidad donde trabajaba no me daría el nombre del doctor, sino que me invitaría a tomar una copa en el Rainbow Room, y entre Martini y Martini accedería a acompañarme al médico. Aquella persona no era una alma caritativa: era un joven con una afición peculiar, la de hacer de acompañante de chicas que abortaban. Me preguntaría si quería recuperarme en su casa de Fire Island. Lo más aconsejable era rechazar la oferta.

Las citas a ciegas eran una actividad social bastante popular en los años cincuenta. Sentada en el cocktail lounge del Rainbow Room, observando a través de las puertas con cristalera a los jóvenes de pelo cortísimo y traje de cloqué que salían del ascensor sin la pajarita roja que era mi santo y seña, me di cuenta de que, a pesar de aquel momento en la habitación de la calle 96 este, yo no debía de querer morirme; a fin de cuentas, estaba haciendo un esfuerzo enorme por seguir con vida. Si después de todo resultaba que me moría, habría sido por accidente.

Se presentó con media hora de retraso y un traje azul con rayas blancas. «¡Vaya, eres guapa!», observó complacido. Me dijo que le gustaban las rubias. Cuando nos hubieron traído las copas fue a hacer una llamada; volvió a la mesa y me dijo que el doctor nos atendería aquella misma noche. «Espero que no tengas planes», dijo.

En el metro a Canarsie me ofreció chicles de menta. Aunque había oído chistes acerca de la gente de Canarsie, no había estado en aquella zona de Brooklyn en mi vida.

Canarsie se componía de filas de casitas de ladrillo con escalinatas de cemento y jardines llenos de ropa tendida y santos de escayola. Los niños jugaban al béisbol en la penumbra. En Canarsie uno podía desaparecer.

Al médico pareció irritarle que hubiéramos venido, pero cuando llamamos al timbre nos dejó entrar y encendió la luz de la sala de espera. Era gordo, con los antebrazos poblados de pelo duro y gris. Llevaba una camisa blanca, sudada y arrugada, que le tiraba en la barriga. Aquella sala de espera tenía pinta de no haber alojado más que a gente muy pobre. De la pared colgaban diplomas enmarcados tras un cristal lleno de polvo. Intenté leer el latín. Me miró y me dijo que quería que supiera que él hacía operaciones de amígdalas; lo «otro» —no dijo «abortos»— le repugnaba. Intenté asentir, educada. Mi acompañante tomó la palabra.

—¿Qué le parece la semana que viene?

—Muy bien. El miércoles.

La idea del miércoles me aterrorizó. ¿Y si mi madre llamaba a la oficina y se enteraba de que estaba enferma e iba a verme a mi apartamento?

—No —protesté—. Viernes. Tiene que ser el viernes.

—En viernes cobro un suplemento —dijo el médico.

 

Aquella noche llamé a Alex y le pedí que, por favor, me acompañara el día del aborto.

«Con la condición de que tú y yo y Bobbie nos tomemos una copa».

 

Conseguí que una amiga mayor, de casi treinta años, me prestara quinientos dólares. Ella se los había pedido a un hombre casado muy rico que era su amante. Aquel viernes, con los billetes en un sobre cerrado metido en el bolso, pasé una hora entera delante de un estanco de la calle Catorce esperando al joven ejecutivo. Empecé a pensar que no vendría y me asusté muchísimo. ¿Sería capaz de encontrar la casa del médico yo sola entre todas aquellas hileras de casas prácticamente idénticas?

La neblina que flotaba sobre la calle Catorce hacía que incluso el aire cálido pareciera gris. Miré hacia la acera de enfrente, hacia los almacenes Klein’s, donde mi madre me llevaba a comprar saldos, y me imaginé muriéndome un par de horas más tarde, con el rótulo —klein’s— convertido en la última imagen que recordaría antes de perder la conciencia.

Pero al final el joven se bajó de un taxi e hizo acto de presencia. «Siento haberte hecho esperar». Llevaba números atrasados del New Yorker; había pensado que, mientras me operaban, podría ponerse al día.

 

El médico que operaba las amígdalas tenía una habitación en el piso de arriba donde sólo practicaba abortos. Era una habitación recién pintada, con todas las superficies cubiertas con toallas blancas. Él se puso una mascarilla y una bata blanca de cirujano. Se diría que el blanco era el color de su miedo.

«¡No se quite los zapatos!», me ordenó cuando me subí a la mesa de operaciones más vestida que desnuda. ¿Tendría que echar a correr si la policía llamaba a la puerta a mitad de la intervención? Me gritaba que hiciera esto y lo otro, y cuando vio que las piernas me temblaban se puso furioso. ¿Cómo quería que hiciera lo que tenía que hacer? Claro que si yo no quería que lo hiciera, no lo haría, a él le daba lo mismo. Le dije que sí, que quería que lo hiciera. Estaba llorando. Pero él no quería coger el dinero hasta que me hubiera puesto la anestesia local. Antes de acercarme el bolso me concedió un minuto, por si quería cambiar de opinión.

La cosa duró un par de horas, pero con el dolor se me hicieron mucho más largas. Tenía la impresión de que, con todo su miedo, aquel médico estaba siendo extremadamente cuidadoso, de que, después de todo, había tenido suerte al conocerlo. Cuando terminó me dio unas pastillas y me dijo que sólo debía llamarle si algo iba mal. «Pero ¡no quiero volver a verla por aquí, jovencita!».

Bajé la escalera de cemento de la entrada tambaleándome. Ya era mediodía en Canarsie, uno de tantos días de julio. Mi acompañante decía que nos costaría mucho encontrar un taxi y que deberíamos caminar hacia el metro. En una calle llena de tiendas, me apoyé en el escaparate de un supermercado hasta que paró un taxi. El mundo parecía haber recobrado su color. Ante mí desfilaban amas de casa con vestidos de nailon floreados, y en los parabrisas de los coches centelleaban diamantes de sol.

Mientras cruzábamos en el taxi el puente de Manhattan, el joven publicista me puso la mano en el hombro.

—Tengo una casa en Fire Island —se dispuso a tantearme—. Había pensado que este fin de semana…

—No, gracias —le respondí—. Estaré bien en la ciudad.

Retiró la mano y me pidió que le dejara en su oficina. «A menos que prefieras que te acompañe a casa».

Le dije que ya iría sola.

En el estado de Washington hay una montaña que se llama Pico de la Desolación, aunque la desolación no se eleva, sino que, más bien, es una fuerza que tira hacia abajo. Aquel julio Jack Kerouac viajó a la montaña para enfrentarse con el Vacío en una cabaña de vigilante de incendios en la sierra del Hambre. Tenía treinta y cuatro años; era un peregrino zen vestido con ropa del Ejército de Salvación y unas botas de montaña nuevas cuyas suelas, al cabo de sesenta y tres días de soledad, quedarían reducidas a la mínima expresión. En la mochila llevaba sobres de sopa de guisantes Lipton y un ejemplar de The God That Failed. Subía por el camino empinado que le había descrito un amigo, el poeta y estudioso del budismo Gary Snyder, que había pasado el verano anterior en la misma cabaña. Solo en la montaña, con el lacónico chisporroteo de las voces que, como inmateriales contactos humanos, le llegaban por la radio del puesto de vigilancia, Jack estaba listo para enfrentarse de una vez por todas con la sensación de mortalidad que cíclicamente lo abrumaba, aquella conciencia terrible de todos-vamos-a-morir, que lograba apartar momentáneamente gracias al sexo o al vino o a la frenética camaradería que buscaba en los poetas y los intelectuales de la ciudad, o a sus enormes esfuerzos por recordar, por dejarlo todo sobre el papel, para que no se esfumara sin dejar rastro. Escribía en hoteles de mala muerte de Ciudad de México, en el ático de Neal Cassady, en la monástica casita de madera que Gary Snyder tenía en la avenida Hillegass, en Rocky Mount, en el porche de la casa de su hermana, donde tenía que escribir en la cama con la máquina encima de las piernas, sobre una tabla; padecía flebitis, unas piernas con venas hinchadas que anunciaban su lenta marcha hacia la muerte.

Él lo sabía, contaba con algo más que señales. Estaban las muertes de su hermano Gerard, de su padre Leo Kerouac, de Joan Burroughs, con cuyo fantasma Jack todavía hablaba. A principios de año había sucedido algo que lo inquietaba más de lo que estaba dispuesto a admitir: el suicidio de Natalie Jackson. Era una de las chicas de Neal, «pelirroja, delgada, guapa, una tía verdaderamente pasada de vueltas y amiga de todos los que contaban en la playa». Así la recordaba Jack en Los vagabundos del Dharma. Según parece, Natalie se volvió loca de la noche a la mañana y se hizo un tajo en los brazos con un cuchillo, torturada por la visión de todos sus amigos cazados en una redada de la policía, una policía que llegaba al Greenwich Village e incluso a París. Se tiró desde el tejado pocas horas después de que Jack la dejara sola, incapaz de convencerla de que la vida sólo era una ilusión. Natalie era como el resto de personas a las que él conocía: no había entendido que ni la muerte ni el sufrimiento existían porque nada existía. En el periódico salió la foto de una X pintada con tiza en la acera que señalaba el lugar en el que había caído; ella no era más que un sueño en la película, acelerada, incansable, de la vida de Jack.

Pero en el Pico de la Desolación reinaba el gran silencio deshabitado de la naturaleza; la ciudad había quedado atrás. Allí tan sólo la naturaleza alimentaba su visión. El monte Hozomeen se alzaba sobre la cabaña de Jack. Roca negra, implacable. Era el Vacío que había ido a buscar, aunque si se ponía cabeza abajo la visión aparecía bajo una luz más benigna, las montañas parecían «burbujas en el vacío». A veces la ciudad se deshacía en otra burbuja, «todo cabeza abajo en el vacío». Era un espacio negativo, todo él, frío e intimidante, que lo anulaba. O una Eternidad Dorada, como el sueño de un bebé en el que podía fundirse en una felicidad absoluta. «¡Soy yo quien ha cambiado y hecho todo esto, ido y venido, quejado y lastimado, y alegrado y gritado, no el Vacío!», exclamó Jack en el monte Hozomeen.

Por la noche, en su cabaña, como si estuviera en la cocina de su madre en Lowell, jugaba a un juego de baloncesto que se había inventado de pequeño. O pensaba en San Francisco, neón y ladrillo rojizo, en los bares de North Beach, en una chica de jersey blanco y escote redondo y seductor, en una botella de oporto Christian Brothers que se había bebido en el cine chino de Broadway al atardecer y en el paseo por Chinatown que dio después, un paraíso terrenal con patos dorados que colgaban bocabajo en los escaparates. Pero luego llegó el horror insondable de «Chinatown al amanecer cuando tiran las latas con basura y pasas asqueado y borracho y avergonzado. Horror sin fondo en todas partes». Ante lo que Joan Burroughs, susurrando desde su tumba después de una vida entera de ironía, asintió: todo es absolutamente deplorable, absolutamente prescindible.

No había respuestas concluyentes para esta pregunta. Como un prisionero, contaba los días que faltaban para su descenso. En el espejo veía la cara adormilada y sin afeitar del aburrimiento. Un hombre que, más que por el amor, suspiraba por un helado de cucurucho. Y también un asesino que había ahogado un ratoncito inofensivo en una palangana.

Aquel verano un oso negro gigante rondó por la montaña. Aunque encontró sus rastros, Jack no lo vio nunca. Lo llamó Avalokitesvara, bodhisattva de misericordia y compasión. Y lo esperó.

Cuando hubieron pasado los sesenta y tres días ya era septiembre y Jack bajó de la montaña. Pasó por Seattle y luego se dirigió a San Francisco por carretera. Era el otoño del «Renacimiento de San Francisco».

Cuando Jack Kerouac ya era famoso, hablaba a menudo de su deseo de vivir en las montañas como un ermitaño.

Velada poética de celebración de los buenos tiempos. O vuelves a casa fastidiado o vuelves iluminado del todo. Allen Ginsberg toca hot, Gary Snyder toca cool, Philip Wahlen sopla la lacónica tuba… La única y definitiva aparición del Apocalipsis actual.

Es una tarde de mayo de 1956. Un pequeño teatro improvisado en Berkeley. El público ha sido convocado con una postal de invitación. Casi todos son jóvenes: poetas y estudiantes, esposas y novias de los poetas y estudiantes. El teatro está oscuro, pero en la pared hay unos extraños dibujos pegados. Si te acercas y los miras con atención, verás a dos hombres desnudos, Allen Ginsberg y Peter Orlovsky, haciendo el amor.

El público permanece imperturbable, igual que el joven flaco y apasionado de jersey negro y arrugado que sube al escenario para leer su manuscrito, todavía inédito. «Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura…». Si se produce algún impacto, es el impacto de una identificación que se activa en una serie de sinapsis eléctricas. «… hambrientas histéricas desnudas, arrastrándose por las calles de los negros al amanecer en busca de un colérico pinchazo, hipsters con cabezas de ángel».

El poeta lee con aquella voz baja y extrañamente persuasiva que ya tenía cuando, a los diecisiete años, conoció a Jack Kerouac en el campus de Columbia; aquella voz que, en su timidez, alberga un poder oculto. «¡Moloch!», grita, y el poder emerge a la superficie. «¡Moloch cuyo amor es aceite y piedra sin fin! ¡Moloch cuya alma es electricidad y bancos! ¡Moloch cuya pobreza es el espectro del genio!».

Cada carga contra Moloch desencadena abucheos y silbidos. Cual profeta de una revolución inminente, Allen cautiva al público y termina en una apoteosis cromática, en un arco iris de focos, en una avalancha de poetas que se acercan a darle la mano y en el abrazo de Kerouac.

Jack, que le puso el título al poema de Allen, está borracho otra vez, igual que la primera vez que Allen leyó Aullido en público; aquella noche de octubre en la que la Six Gallery dio a luz al Renacimiento de San Francisco. Entonces Jack también hizo el payaso, rió a carcajada limpia, regó al público con generosas jarras de vino. Desde 1951 lleva escritos once libros. Allen está decidido a mencionarlos todos en la dedicatoria de Aullido, que dentro de poco editará City Lights con la observación irónica: «Todos estos libros están publicados en el Cielo».

Cosa curiosa: esta lectura, a pesar de las apariencias, no es un punto de partida, sino una recreación. Los poetas son los mismos, pero esta vez el público ya sabe qué esperar y, por lo tanto, participa en la performance. Es el ritual de un movimiento que apenas ha cumplido un año pero que está madurando muy rápidamente.

Atraído por lo que ve, Richard Eberhart, un poeta que ha llegado de la Costa Este, escribe un artículo para el New York Times Book Review. Algo nuevo se cuece en San Francisco, una revolución de la conciencia. Relegando a poetas de la Costa Oeste como Kenneth Rexroth, Robert Duncan y Michael McClure —y sembrando así las semillas de la discordia— dedica buena parte de su artículo, que se publicará a principios de septiembre, a Allen Ginsberg.

Cuando Jack Kerouac bajó de su montaña, un fotógrafo de Mademoiselle ya se había instalado en la ciudad con la intención de reunir a todos los poetas del Renacimiento de San Francisco para un retrato de grupo. Michael McClure y Kenneth Rexroth, que no quieren salir en la foto con Ginsberg y su círculo, acuerdan con el fotógrafo una sesión independiente. «O vamos todos de la mano, o nada», insistió Allen. Empezaba a dudar entre salir de escena o llevarse la revolución a otra parte.

 

En el otoño del 56, tras haber sobrevivido por los pelos a mis veinte años, estaba a punto de cumplir veintiuno. Aquel curso intensivo de experiencia humana que había seguido hacía que, en ocasiones, me sintiera extremadamente mayor. No era una sensación del todo desagradable, sino nueva y extraña, como pasearse enfundada en una prenda rara, exótica, que te hacía invulnerable a todo y, a la vez, te aislaba de casi todas aquellas personas con las que compartías el día a día. ¿Qué ibas a temer si ya habías tocado fondo? Me sentía sola, pero no tenía miedo. La vida me parecía gris, pero no imposible.

Había encontrado trabajo en otra agencia literaria y ganaba algo más. Me mudé a otro apartamento; estaba a dos pasos del de Alex. Trabajaba en la novela sobre Barnard que había empezado en el taller de Hiram Haydn. Alex y Elise salían en mi novela; al transformar a Alex en un personaje, le despojé de su poder para herirme. Como yo, mi heroína se embarcaría en una relación con el personaje inspirado en Alex y acabaría sola. Según la recreación ficticia a la que había sometido mi vida, sería ella, la heroína, la que le dejaría después de que pasaran una única noche juntos. La premié con un viaje a París. Cada día escribía a máquina cuarenta cartas y soñaba con poder largarme, igual que ella.

Todos mis amigos parecían poseídos por una extraña inquietud. Los viajes estaban al caer. Un día, a la hora del almuerzo, Elise y Sheila fueron al Rockefeller Center para solicitar el pasaporte; se hicieron fotografías, rellenaron los impresos… Ni la una ni la otra, sin embargo, tenían un centavo.

El domingo que salió publicado el artículo de Allen, Elise me llamó y me lo leyó por teléfono con una voz agudísima. Aquello desplazó nuestras fantasías viajeras hacia San Francisco, ciudad de poetas a la que se podía llegar en el autobús de la Greyhound y cuyas empinadas calles adquirieron, en nuestra mente, un perpetuo halo dorado. Pensaba en San Francisco igual que, a los trece años, sin haber siquiera estado allí, había pensado en el Village. ¿Sería de verdad tal y como decían? Imaginaba una comunidad en la que, por fin, encajaría. Porque yo no encajaba en el resto del país, aunque me las apañaba mejor que Elise. Me esforzaba por presentarme en las oficinas de la avenida Madison con el cabello bien recogido, enrollado en un moño que sujetaba en una especie de donut de goma. Mi identidad laboral era tan precaria como mi peinado. Un día de éstos me descubrirían. Había infringido la ley, me había acostado con hombres, sentía un profundo desprecio por los libros que la Agencia Literaria MCA intentaba venderles a las editoriales. Más que envidiable, la vida de mis superiores me parecía vacía. Tan sólo la publicación de mi novela podría transformar mi existencia y convertirla en lo que yo quería que fuera.

Aunque ella no lo admitiría jamás, los motivos que empujaban a Elise hacia San Francisco eran románticos. Aquello me preocupaba. ¿Y si Allen Ginsberg no se alegraba tanto de verla? Hacía ya tres años de aquella noche en la calle Siete este de la que Elise todavía hablaba. Yo veía en el olvido un instrumento utilísimo para seguir adelante. Los amantes a los que no podías olvidar eran peligrosos. Y Allen Ginsberg, en cierto modo, siempre había sido legendario, incluso antes de que el New York Times le hiciera famoso.

Una amiga de Barnard trabajaba en Mademoiselle. Un día fui a verla a la redacción y me enseñó las pruebas del artículo sobre el Renacimiento de San Francisco que pensaban publicar. Había una foto de Allen con otros tres hombres: un matón angelical llamado Gregory Corso, un intelectual de nombre Philip Whalen y un escritor con un crucifijo al cuello y una maraña de pelo negro pegado a la frente, como si le hubiera sorprendido la lluvia. Tenía algo salvaje y triste que no resultaba en absoluto adecuado para la ocasión. Era Jack Kerouac, por aquel entonces una celebridad subterránea. Como sus compañeros de foto, frecuentaba North Beach, un barrio venido a menos que, de repente, se había visto invadido por cafeterías, clubes de jazz y bares; allí también había abierto una librería magnífica llamada City Lights que se había convertido en el centro de operaciones de los poetas del lugar. Fue así como a varios miles de jovencitas de edades comprendidas entre los catorce y los veinticinco se les entregó el mapa de una revolución. Mademoiselle se preciaba de estar al día.

Recuerdo al hombre de rostro sombrío y angustiado cuyo apellido, de tres ásperas sílabas, no se parecía a ningún otro. Poco después volví a leer aquel apellido en un libro de mi oficina. En la estantería en la que terminaban las obras que la agencia ya había retirado de la circulación reposaba un ejemplar muy estropeado de La ciudad y el campo. Cuando pregunté qué hacía ese libro en MCA, me dijeron que se trataba de la obra de un escritor muy prometedor pero absolutamente intratable; no habían logrado colocar ninguna de sus novelas, y aquello le enfurecía. A veces parecía actuar bajo los efectos del alcohol. O de algo peor, quizá. Un buen día, un tal Ginsberg, igual de chiflado, se había presentado en la agencia sin cita previa exigiendo que le devolvieran los tres manuscritos, anunciando que él era el agente de Kerouac. ¡Hasta nunca!

Pregunté si podía tomar prestado el libro de Kerouac. Me lo llevé a casa y nunca lo devolví.