Personajes secundarios
Nueve
A ocho millas de la costa africana, ante una ardiente puesta de sol tropical, Jack me escribió por primera vez. Confiaba en llegar a puerto antes del anochecer. Por si todavía me sentía decepcionada a causa de su repentina marcha, Jack observó que había hecho bien en no acompañarle al Slovenia: de Brooklyn se había dirigido a Perth Amboy para repostar en unos enormes tanques de fuel.
Diez días en el mar estudiando historia y Kierkegaard habían abierto «nuevas grietas» en su mente. Había dormido mucho, caminado al sol en la cubierta, respirado el aire fresco del mar y «ahora vuelvo a ser yo mismo (el Jack saludable que tú nunca viste)». Hablaba de Tánger como de la Ciudad del Vicio, la Perla Azul de las Hespérides. Ardía en deseos de llegar.
Durante toda la travesía había cenado en silencio con el otro único pasajero, una misteriosa Mata Hari yugoslava. El Slovenia por poco se fue a pique en medio de una espantosa tormenta, a unas quinientas millas de donde estaba ahora. En todos sus años de marino, nunca había visto unas olas tan descomunales; el barco había ido cabeceando como un bote de remos. Pero en aquel duro trance, un instante de calma luminosa le permitió oír las palabras:
TODO ES DIOS
NUNCA NADA SUCEDIÓ EXCEPTO DIOS
Lo había creído, y todavía lo creía. Yo también podría creerlo, si lo intentaba. Jack me animó a que leyera a Kierkegaard. Temor y temblor era el libro adecuado, pensaba, y no La enfermedad mortal, una exploración de la desesperación demasiado abstracta. Temor y temblor hablaba de Abraham e Isaac y le hizo llorar.
Y a continuación, escribió esta frase: «A veces me ponía triste al recordar tus lágrimas». «Volveremos a vernos», prometía.
La posdata la garabateó en Tánger; en cuanto llegó, Burroughs lo llevó a la kasba para que viera pasar a las mujeres veladas, y Jack iba tan colocado que pensaba que eso ya lo había visto antes. Fumar marihuana en público era legal, podías fumar hasta en los cafés. Aquella ciudad antigua y salvaje lo entusiasmó. Alquilaría una habitación para escribir. Era de mañana, lucía un sol resplandeciente y los vendedores ambulantes árabes gritaban. «Esta noche volveré a la misteriosa kasba y a esa música resonante». Escribe pronto, se despedía. Quería estar al corriente de lo que pasaba en Nueva York.
El sobre azul de correo aéreo había viajado hasta Nueva York sin sello. Cuando llegué del trabajo a casa, encontré un aviso en el buzón: tenía una carta sin entregar. A la mañana siguiente, muy temprano, corrí a la oficina de correos, pagué los veinte centavos que faltaban y, allí mismo, rasgué el sobre y leí la carta varias veces. Hasta aquel momento, nunca había creído del todo que volviera a mí. «A veces me ponía triste —había escrito— al recordar tus lágrimas…». Era una carta maravillosa, delicada y distante.
Le contesté de inmediato y le puse al corriente de todas las novedades que esperaba; le mandé un recorte del artículo del Village Voice y otro de un tono parecido que había publicado The Nation. Llamé a Allen y le anuncié que tenía noticias de Jack. En mi carta le escribí: «Te echo de menos, pienso en ti todo el rato». Y era verdad. Se diría que me había desdoblado y que ahora caminaba por aquellas calles deslumbrantes en la otra punta del mundo. Pero le contesté a Jack que no sabía qué decirle acerca de sus visiones de Dios; yo no podía creer en Dios.
En su siguiente carta Jack me sermoneaba un poco: «Cuando hablaba del “Dios” de mi visión en el mar, no me refería al hombre barbudo del Paraíso; quería decir EL QUE LO ATRAVIESA TODO». Y añadía: «Lo que, pronunciado ante un auditorio de universitarios, les entraría por un oído y les saldría por el otro, como debe ser».
Pero yo tampoco creía en este Dios budista; cuando se trataba de estas cosas, me bloqueaba. Lo único que yo veía era el aquí y el ahora. Y quería ser feliz en el aquí y el ahora para un día, si podía, arrastrar a Jack conmigo.
Mi buzón tiene un motivo perforado, y a través de los agujeritos que forman una estrella puedo ver los sobres blancos normales y corrientes y los sobres color mostaza de la factura del teléfono. El azul es el color del correo aéreo. Cuando al final del día abro la pesada puerta de la calle y entro en el vestíbulo, lleno de polvo, busco el fugaz destello azul; vengo del metro jugando al «Azul sí, azul no». En algunas ocasiones, la convicción de que encontraré una carta hace que ésta se materialice. En otras, mi sistema falla; se produce una grieta en el vínculo invisible que me une a Jack y lo pierdo en el Vacío del que tanto habla. Debo convertirme en un malabarista para, a fuerza de concentración, mantenerlo suspendido en el aire.
Me he hecho amiga de un hombre que siempre me pregunta por Jack. «¿Y qué sabes del señor Kerouac?». Tiene gracia, llamar «señor» a un forajido. Odia MCA tanto como yo, es la ironía lo que nos mantiene a flote. Nos reímos de las paredes revestidas de madera y de los grabados ingleses de escenas de caza que decoran los ascensores, y de la lujosa encuadernación en cuero de clásicos como la Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano que no son más que tapas, sin libro dentro; y de las normas que regulan el vestuario de los empleados y que obligan a las mujeres a llevar medias de nailon y vestidos de cuello cerrado en verano y que a los hombres les permiten llevar chaquetas deportivas los viernes. Toda esta respetabilidad, me asegura él, no es más que fachada. «¿Y qué dice tu amigo Jack de Tánger?». Hay algo ávido y melancólico en su interés. Se ha leído todos los artículos sobre Jack y quiere arrancarme la promesa de que, cuando Jack regrese a Estados Unidos, le organizaré una cita con él. Me invita a su despacho cada día. Cierra la puerta y se pasa horas hablándome de su deprimente vida sin quitarme los ojos de encima, como si en mi interior se alojara la clave de los secretos del universo y un buen día, cuando por fin cayera en la cuenta de mis poderes, fuera a revelársela. Siempre lleva unos trajes marrones horribles y camisas blancas, y tiene el aspecto apagado de los que no son queridos. A veces, cuando termina la jornada y vuelve a su casa, con su mujer y sus hijos, me dice que me acercará a casa en su taxi. Le manda al taxista que lo espere y me da un beso de buenas noches en la puerta. Siento tristeza en sus besos.
Había sido un héroe de guerra en el Pacífico y luego, antes de casarse, vivió una época salvaje en el Village parecida a la de Jack; por aquel entonces escribió una novela sobre la guerra que un crítico famoso, después de leer algunos fragmentos, le alabó. Un día me dice que ha decidido contarme un secreto suyo, el peor, el más vergonzoso. No quiere que me haga ilusiones acerca él. Resulta que es el rey de los escritores de la revista True Confessions, nada más y nada menos. Se dedica a escribir por las noches, después del trabajo. Firma esos humillantes y sensibleros relatos con varios seudónimos, y le cuesta tan poco escribirlos que —y eso es lo más gracioso— sospecha que son algo natural en él, ha llegado a pensar que no es capaz de escribir otra cosa. «Eso no puede ser», le digo. Pero la mirada que me lanza desde su escritorio es tan triste, tan interrogadora —la clave, dame la clave…— que me siento terriblemente culpable, como si estuviera negándole una absolución dostoievskiana, y termino yendo a tomar una copa con él y luego acostándome con él en la media hora que le queda antes de volver a casa con su mujer. Tengo la extraña sensación de que si alguna vez le contara esta historia a Jack, él me entendería, no le daría mayor importancia.
A finales de marzo Jack parece inquieto. No ha encontrado lo que esperaba. «Pocas buenas vibraciones en Tánger, los árabes son muy tranquilos, no mandan vibración alguna», escribe.
Dentro de unos días Allen y Peter atracarán en Tánger y Jack y Burroughs remarán en un bote para ir a buscarlos al barco. Remar en la bahía era una de sus principales actividades. Jack también estaba escribiendo a máquina un manuscrito de Burroughs titulado El almuerzo desnudo. Jack solía dar largos paseos para evitar a los aburridos expatriados que poblaban los cafés. Contemplaba el parsimonioso baile de los viejos pescadores recogiendo las redes, o se quedaba pensando en la habitación del hotel. Todo le parecía demasiado lento, incluso el correo; acababa de recibir una carta que le había enviado cuatro semanas atrás. Era como si en Tánger no pudiera escribir, pero aquello podría esperar. «Lo que de verdad hago aquí es pensar en Frisco con nostalgia».
Viajaría a París a primeros de abril, los otros podrían reunirse con él más adelante. Encontraría una buhardilla barata y luego continuaría su viaje hacia Bretaña, Londres, Dublín; entonces se enrolaría en un carguero para volver a casa. Quizá nunca debió marcharse. El ambiente del Viejo Mundo no le interesaba en absoluto. Tenía cosas más importantes que hacer en Estados Unidos; probablemente nos encontráramos en julio en Nueva York. Confesó que tenía ganas de verme. Ninguna de las chicas a las que había conocido hablaba inglés, y ya estaba cansado de las putas. «En esta siniestra y cosmopolita colmena de reinas abundan los maricas».
Con Burroughs ejerciendo de cicerone, había probado todos los vicios de Tánger: había fumado opio, había comido hachís. Ahora cavilaba en la oscuridad de su habitación, de donde, él lo sabía, más le valdría no salir. La luna, el mar y las límpidas luces de los barcos anclados en la bahía le bastaban.
Deberían haberle bastado, pero no lo hicieron. La energía de los viejos escritores viajeros americanos, de Twain y Muir, lo avergonzaba, como si él no hubiera escrito una línea en su vida. Lleno de amargura, Jack comparaba su «nuevo desaliento apático, la falta de interés por donde estoy, por lo que hago» con el entusiasmo de sus predecesores.
Pero al final resultó que a él y a Burroughs les habían envenenado con hachís rociado de arsénico. «Así que esto explica mi, hasta el momento, descorazonadora visita a Tánger y la impresión de no captar vibración alguna…».
Ángeles de desolación recoge el día que Jack compró el pasaje a Tánger. Primero, Allen le acompañó al centro, a la oficina de pasaportes del Rockefeller Center. Allí, en el gran vestíbulo, saludándolos, se les acercó Elise. Estoy segura de que le dio vergüenza encontrárselos, debió de sonrojarse de placer y bochorno con la inesperada visión de Allen llenándole los ojos; aquello era un regalo que le había robado al inminente vacío del tiempo, al tiempo que ella pasaría sin él. Se detuvo, musitó un par de palabras ya olvidadas y salió por la puerta giratoria hacia la Quinta Avenida.
De hecho, ellos habían estado hablando de Elise. «No quiero esposas judías que me griten por encima de los platos», había dicho Allen, y cambió de tema enseguida señalando a una extraña mujer: «Fíjate en esa asqueada cara que acaba de pasar… Tenía una expresión de disgusto y desesperanza, perdida para siempre, ¡uj!». «¿No la ama Dios?», había preguntado Jack.
Elise es un personaje secundario en la ficción de Jack. En la página siguiente realiza una última aparición inesperada: aquella misma tarde los saluda de lejos otra vez desde la esquina de la calle Doce. En esta ocasión, Allen y ella se quedan un rato riendo, muertos de risa como niños por algún chiste oscuro y misterioso que Jack no termina de entender; una «controversia en yiddish», lo llama, advirtiendo al instante el cómico parecido de este par, de estas «damas ociosas de Manhattan».
No vi mucho a Elise después de que Allen y Peter se marcharan. Dejó el apartamento de Yorkville y se mudó a otro sin teléfono en las afueras del Lower East Side. Trabajaba de noche y dormía de día. Sheila y ella se habían distanciado mucho. Sheila me contó que estaba harta de ver cómo Elise se postraba ante Allen. Si invertías en amor, obtenías beneficios, ¿no? Si no, desistías de tu inversión. ¿Tan difícil era de entender? Ella no estaba dispuesta a perder más tiempo en Nueva York esperando a que Elise recuperara el sentido común; empezó a buscar un trabajo de secretaria en el extranjero. Leo se fue a vivir con ella una temporada.
Lo único que me dijo Elise fue que Sheila no entendía que ella necesitaba estar sola. El trabajo de noche le convenía: mecanógrafa en una empresa que hacía copias de guiones de televisión. Descubrió que podía aliviar el aburrimiento bebiendo vino o fumando marihuana antes de ir a la oficina y que aquello no le impedía escribir a máquina. Se levantaba de la mesa y bebía más vino en el servicio de señoras, aun a riesgo de que la pillaran.
Lo que le gustaba era salir de madrugada. A veces hacía todo el camino a casa andando, contemplando cómo la luz pálida y fría iba tomando color sobre las azoteas negras. En su edificio había una panadería abierta toda la noche que hacía bagels; Elise solía parar para comprarse uno caliente, recién salido del horno… Bueno, aquello también era vivir, supongo.
De vez en cuando quedábamos para vernos en una cafetería antes de que entrara a trabajar, pero Leo aparecía muy a menudo, y la conversación no resultaba fácil. Siempre tuve la sensación de que Leo se mantenía a cierta distancia, observándonos a Elise, a Sheila y a mí como si fuéramos especímenes de algo, tipos de chica de los que quizá podría echar mano en sus escritos. Se diría, casi, que él era el orgulloso propietario de Elise, como si ella fuera un objeto de su invención. Incluso los errores de Elise eran, exactamente, los que él le habría atribuido al personaje. Sheila, tan burguesa, provocaba en él raptos de placer. A mí —estoy convencida— me había clasificado como «la ambiciosa». La ambición de Allen Ginsberg era censurable, sin duda, pero en una mujer aquel rasgo resultaba todavía más inadmisible. Leo me observaba mientras, a punta de tecla, yo subía los peldaños de la escalera de la avenida Madison, dispuesta a encaramarme a un éxito que mi trabajo en la Agencia Literaria MCA —sesenta dólares a la semana— ya prometía.
Una gran editorial cuya sede estaba enfrente de MCA anunció en primavera una vacante para un puesto de secretaria editorial. Fue el puro desasosiego el que me impulsó a presentar mi solicitud. Una mujer con el pelo blanco suelto y el busto exuberante de cantante de ópera entró en la sala de espera, me examinó con los labios prietos y me acompañó a su oficina.
—¿Qué hace usted aquí?
Había visto el anuncio, contesté, y le entregué mi currículo. Le echó una mirada y me lo devolvió.
—Se equivoca usted, señorita Glassman. No tenemos vacantes en este momento. —Me quedé mirándola, algo perpleja—. Y tampoco es probable que vayamos a tener ninguna que se ajuste a su perfil. No creo que encuentre ninguna en otra editorial. De hecho, le aconsejo que deje el campo de la edición. Pruebe en otros sectores —me dijo con la franqueza de una orientadora laboral mientras me acompañaba a la puerta.
Pasé días pensando en aquel desconcertante encontronazo, preguntándome qué habría hecho o dicho para ofender a aquella experta en jovencitas. ¿Estaban manchados los guantes blancos que me reservaba para las entrevistas? ¿Se me había caído el moño? Resolví que, como casi no había hablado, el problema debía de radicar en mi aspecto. Algo habría visto en mí —¿qué?—, algo tan sumamente inaceptable como para convencerla de que ningún editor me contrataría jamás. ¿Habría detectado con su ojo experto algo que desmintiera la recatada fachada que yo creí mostrarle? ¿Algo, quizá, que no fuera propio de una señorita? Hacía muy poco que había descubierto, extrañada, que en el mundo laboral la clase importaba más que la inteligencia. Y que a las chicas jóvenes los que podían ser sus jefes las juzgaban como si fueran candidatas a matrimoniar con el tipo de hombre, precisamente, que menos me interesaba.
Tardé mucho en darme cuenta de que era mi apellido el que me había descalificado. Mi madre lo habría adivinado de inmediato, pero ella me había educado para que me olvidara de que yo era judía, y su educación había surtido el efecto deseado. Por lo que respecta al refinamiento, ahora me parecía ridículo, lamentable incluso. No lo veía más que como una máscara necesaria.
La vida en la oficina y la vida real tendrían que permanecer separadas. Entre semana, cuando salía de casa por las mañanas, encerraba bajo llave a mi yo inaceptable, y luego, a las cinco, lo dejaba salir. Yo sabía que aquélla era la condición con la que tenía que vivir. Pero sólo por el momento. Yo contenía la respiración y aspiraba a mucho más. Algún día, esos editores que nunca me darían trabajo de secretaria serían mis editores. Y como escritora, mi inaceptable yo viviría la vida al límite, como habían hecho Jack y Allen. Ya me encargaría yo de escribir acerca de chicas muy distintas de las que aparecían cada semana en las páginas del New Yorker. Escribiría sobre habitaciones amuebladas y sexo. Debía tratar el sexo muy seriamente. No caería en la estratagema femenina de cerrar el capítulo con un discreto fundido en negro. Esto ya lo había decidido antes de conocer a Jack o leer Aullido. Era la escritura misma la que me empujaba en aquella dirección. A veces me detenía asustada y me preguntaba «¿Esto lo puedo decir?», y luego pensaba «Sí que puedo» y seguía. Por la noche solía llamar a Elise a su oficina para leerle las nuevas páginas de mi novela, y también me las llevaba a la clase de Hiram Haydn, donde parecía que a todos les gustaban tanto como a Elise. Embriagada por estas modestas muestras de aprobación, me quedaba despierta varias noches seguidas y seguía escribiendo; y me presentaba en MCA dormida y con el vestido sin planchar, y cometía un millón de faltas al mecanografiar las cartas, pero ¿y qué? Aunque — desoyendo el consejo de Jack— seguía reescribiendo todos los párrafos, las hojas de papel que guardaba en la caja de cartón verde de la máquina de escribir se convirtieron en cincuenta. Ya nadie podría confundir la novela que tenía en marcha con un simple relato corto.
Un día ventoso de finales de marzo me sujeté el moño con más agujas que de costumbre y solicité un trabajo en otra editorial, Farrar, Straus and Cudahy, en la que ya trabajaba una amiga de la clase de Hiram Haydn. Esta vez me contrataron enseguida. Era la secretaria de John Farrar. Y mi jefe era amigo del director editorial, Robert Giroux.
Había oído hablar mucho del señor Giroux incluso antes de entrar en Farrar, Straus. Era el editor que había descubierto a Jack, que había publicado La ciudad y el campo en Harcourt Brace y que había conseguido que revisara la novela y la acortara. Era alguien de quien Jack siempre hablaba con admiración. «Un gran caballero francés», decía, que sólo comía en los mejores restaurantes. Una vez que estaba un poco borracho Jack describió a Giroux, enigmáticamente, como «un gran panda blanco». Habían tenido un encontronazo que se remontaba a seis años atrás, al día en que Jack terminó En el camino. Después de pasar dos semanas escribiendo sin parar en el enorme rollo de papel de teletipo que Lucien le había dado presa de una energía incontenible y espontánea, Jack lo enroscó, se lo metió bajo el brazo y lo llevó enseguida a la oficina de Giroux. Allí lo desenrolló, triunfante: «¡Aquí tiene su novela!». Pero por lo que parece, Giroux no reaccionó con la alegría que la ocasión merecía. Contemplando con asombro y consternación el río de palabras que inundaba su despacho, se preguntó en voz alta si resultaría posible reescribirlo. Ofendido, Jack le gritó que no cambiaría ni una sola palabra. Enrolló el manuscrito, se lo llevó y no volvió a aparecer por ahí.
Si bien aun a mi pesar, entendía la postura de Giroux, con veintiún años mis simpatías estaban con Jack. El exuberante Jack, el escandaloso Jack de quien sólo tenía noticias de vez en cuando. El loco de Jack, el imposible de Jack. El joven moreno que salió disparado con su manuscrito con rabia en los ojos, caminando aturdido por las aceras de la ciudad en las que la gente normal y corriente iba pensando en sus cosas. Jack Kerouac era su peor enemigo, eso es lo que cualquier persona razonable habría dicho. Tendría que haberlo reescrito todo como es debido, a doble espacio en papel de carta blanco de buena calidad, y luego, sólo luego, habérselo llevado a su editor después de concertar una cita de antemano, teniendo en cuenta el cansancio, los ojos enrojecidos, el sopor que, después de comer, se instala en las oficinas de los editores.
Pagó aquella tarde de errores con seis años de rechazos de editores mucho menos imaginativos que Giroux y, en su orgullo herido, incluyó a Giroux entre los que habían desestimado En el camino. Pero en 1957 la pelea ya había quedado suavizada por el paso del tiempo: ya era el remedo de un choque heroico entre el artista salvaje y el caballero. Cuando le escribí a Jack sobre mi nuevo empleo y le dije que había conocido a su antiguo editor, incluyó en la carta de respuesta saludos cordiales para Giroux, como si nunca hubieran perdido el contacto.
Fue la última carta que Jack me mandó por correo aéreo. La envió el 3 de abril, justo antes de embarcar en un paquebote rumbo a Marsella y poner fin, varios meses antes de lo previsto, a su visita a Tánger. «No dejo de cantar “Abril en París” (POR FIN)». Por si yo todavía albergaba ideas románticas acerca de su aventura norteafricana, aquella carta fue un auténtico jarro de agua fría: «La Medina está llena de callejuelas estrechas y húmedas, árabes con túnicas, puestos de verduras, humo de pescado frito y Allen Ginsberg rondando por ahí en busca de espárragos».
«Nos vemos en Nueva York antes del Cuatro de Julio», me decía en su carta al final de la hoja azul antes de escribir «besos».
De repente, el tiempo se encogió como un acordeón. «Antes del Cuatro de Julio». ¿En junio, entonces? Intenté descifrar el significado oculto de aquel «Nos vemos», que, en cierto modo, parecía más una ocurrencia que una promesa. Supuse que quería decir que volveríamos a estar juntos, pero ¿durante cuánto tiempo? ¿Se quedaría conmigo en Nueva York o se marcharía a algún otro lugar? ¿Y me llevaría con él esta vez? Yo ya estaba lista para que se me llevaran, sin duda. No tendría ningún reparo en abandonar mi «vida-sin-Jack» en Nueva York cargando tan sólo con el manuscrito de mi novela.
Aquellas primeras semanas de primavera, mientras en el ailanto nacían capullos rojos y pegajosos, mientras los escaparates de las floristerías de Broadway se llenaban de narcisos, mientras escribía a máquina docenas de cartas a desafortunados escritores y rechazaba sus manuscritos con elocuencia distinguida y, en las tardes en las que la oficina estaba más tranquila, colaba en la máquina de escribir fragmentos de mi novela. Mientras comía sándwiches en Schrafft’s con las chicas que había conocido en Barnard o pasaba en el Village más tiempo que nunca desde los dieciséis años, deseosa de disfrutar de la noche en un mundo cuyo centro había vuelto a desplazarse al Village —se había recuperado, lo decía todo el mundo, había entrado en una fase todavía indefinida; durante aquellas límpidas tardes, las calles se llenaban de más gente de la que recordaba haber visto jamás, jóvenes como yo que habían llegado en metro y caminaban y miraban y, en domingo, abarrotaban aquella plaza a la que todavía iban los cantantes—, pasé aquella primavera contando los días que faltaban, uno menos, uno menos, y pronto sería junio.
«Escríbeme a la oficina de American Express», me había dicho, y lo hice, pero nunca recibí respuesta. El abril en París lo había atrapado, o quizá los de American Express habían perdido todas mis cartas, o quizá había conocido a otra chica en Montmartre, dura y sofisticada, cool, morena como Tristessa. Aquello era lo más probable, no me quedaba más remedio que admitirlo.
Abril se disolvió en mayo. Una noche volví del Village tarde y en casa encontré un telegrama que alguien había deslizado bajo mi puerta. ZARPO HOY EN EL NIEUW AMSTERDAM. ¿PUEDO QUEDARME EN TU CASA? JACK.
Corrí al teléfono y llamé a la Western Union. ¿Podían enviar un telegrama a un barco? ¿Llegaría al momento? Recuerdo el mensaje que le dicté al operador: PUERTAS ABIERTAS DE PAR EN PAR.
No regresó por mí, sino porque extrañaba profundamente su hogar. Él quería América, un tazón de cereales al lado de la ventana de la cocina; quería Lowell, no Nueva York.
Al otro lado del Atlántico no había encontrado el Viejo Mundo, sino uno nuevo a cuya creación él estaba contribuyendo sin saberlo. A través de una perpetua neblina de marihuana había observado a la colonia de expatriados como un anciano consternado, advirtiendo una frialdad y una indiferencia más gélidas y muertas que cualquier fatalismo hipster, una pose que no expresaba nada. Se vio imitado, y aborreció lo que vio. ¿Era aquella hastiada indiferencia la suya? Aquellos nuevos jóvenes, con su calculada inercia y su lenguaje lacónico (que básicamente consistía, como observó con sorna, en la palabra «¿no?»), tenían la uniformidad de un ejército. Habían invadido Tánger y, cual enjambre, revoloteaban alrededor de Burroughs; cuando Jack fue a París, también los encontró. Se marchó rumbo a Londres, pero no se quedó en la ciudad ni siquiera una semana. Justo antes de embarcar, dio con el árbol genealógico de su familia en el British Museum y leyó, por primera vez, la
emblemática divisa de los Kerouac: [13] Aimer, travailler, souffrir.
Cinco días después de que le enviara el telegrama, llamó a mi puerta. Se quedó en el pasillo, sonriendo con aire tímido, con la mochila a sus pies. Había estado esperándolo desde muy temprano, había llamado a la oficina para decir que estaba enferma, había querido ir hasta el muelle para ver cómo atracaba el barco, pero ¿y si no le hubiera visto bajar? Ahora estaba aquí, y en un primer momento pensé: ¿Quién es? Pero le besé en la puerta y él entró conmigo. Dejó la mochila en el suelo y nos tumbamos en el sofá. El gato se paseó por encima de nuestros cuerpos con un desdén absoluto. «Ti Gris, Ti Gris», lo llamaba Jack para atraer su atención, y entonces supe que había vuelto.
Sin embargo, resultó que no había vuelto del todo. Estaba de paso por unos días nada más —tres o cuatro, a lo sumo— para recoger algo de dinero que el editor le debía. Luego tomaría el autobús a Orlando, Florida, donde estaba su madre ahora. Quizá regresaría en otoño, cuando Viking publicara En el camino. Parecía un poco avergonzado.
—Tienes que dejar que me marche y me convierta en un ermitaño —me dijo, como si confiara en que yo lo entendería.
Recuerdo que fui al baño y lloré y me eché mucha agua fría en la cara antes de salir. Me armé de valor y dije, muy alegre:
—¿Y si te quedas una semana?
Pero sacudió la cabeza y dijo que no podía.
¿No había sido yo, me recordó, la que le había dicho que lo que necesitaba era un hogar? ¿No le había dicho exactamente aquello antes de que se embarcara en aquel viaje que, de haber tenido un poco más de sentido común, nunca habría hecho? Pues bien, ahora, por fin, tendría un hogar. En California. Berkeley era el lugar… una preciosa casita de madera con árboles y arbustos en flor en el jardín, donde podría tumbarse en el césped y escribir haikus como Li Po y adonde Neal Cassady y Gary Snyder irían a visitarlo; pero la mayor parte del tiempo estaría solo. Pero en aquella casa no había sitio para mí, porque su soledad incluiría a su madre, trasteando con los cacharros en la cocina, mirando con una copa de vino tinto en la mano los concursos en el televisor que él le compraría. Siempre había soñado con cumplir la promesa que le había hecho a su padre: instalarse en una casa con Mémère, la que había trabajado en fábricas de zapatos para que Jack pudiera quedarse en casa escribiendo sus libros; la que, aun sin entender al vago, al desastre de su hijo, siempre lo había perdonado; la que no sentía ninguna simpatía por Allen; la que nunca había visto con buenos ojos a ninguna de sus esposas. Y no se había equivocado. Mémère era la mujer hacia la que Jack corría ahora.
—Pero tú me gustas mucho, Joycey —dijo.
Y por primera vez le pregunté a Jack:
—¿Yo le gustaría a Mémère?
—Puede ser. Sí, podrías gustarle. Aunque no aprueba el sexo antes del matrimonio —contestó.
Pues claro que no. Y mis padres tampoco. De repente, el problema estaba aclarado.
Volvía con Mémère igual que había viajado a Tánger, fantaseando con la aventura antes de llegar a su destino. Parecía que el poder de su imaginación lo dejara indefenso. Olvidaba cosas que cualquier otro habría recordado. Como, por ejemplo, cuánto se aburriría en la casa de Mémère, lo solo que se sentiría. Quizá Mémère no tenía ni siquiera intención de mudarse. Yo estaba convencida de que a las ancianas les gusta quedarse en un lugar fijo, y no ir dando tumbos de un lado para otro con todas sus cosas metidas en cajas, atravesando el país en autobuses de la Greyhound.
Pero también sabía que no podía decirle nada de esto, aunque él me recordara constantemente lo práctica que yo era y me tratara como a una persona de mundo, como a una autoridad en el campo editorial. Por muchas dudas que uno tenga, vapulear los sueños más profundos de la gente no está bien. Comparada con Jack, pensé, yo estaba muy curtida.
—Tendrías que buscarte un maridito —me dijo con una generosidad algo triste.
Le contesté que eso no era lo que yo quería.
—Bueno, pues entonces termina tu libro y viaja con Elise.
—¿Y si viajara a San Francisco? —pregunté.
Sentí un fogonazo de euforia al darme cuenta de que podría hacerlo. No necesitaba que Jack me llevara consigo, él sólo tenía que estar ahí cuando yo llegara. Le conté que empezaría a ahorrar enseguida y que, cuando estuviera en California, cobraría el subsidio de desempleo hasta que encontrara un trabajo. Que tendría mi apartamento en la ciudad y que podría venir a verme. Estaba harta de Nueva York, de todos modos, le dije. Había pasado veintiún años, todos los que tenía, en un solo lugar; era demasiado tiempo, él estaba en lo cierto.
A Jack no se le había ocurrido jamás que pudiéramos arreglar así nuestra relación. Había vuelto a sorprenderle.
—Haz lo que quieras, Joycey —me dijo—. Haz siempre lo que quieras.
Y, sin embargo, que te concedieran aquella libertad resultaba desconcertante. Se suponía que los hombres tenían que preguntar, que poseerte; no podías contar con que te dejaran tranquila. Yo quería que me quisieran. A diferencia de Alex, Jack tomaba lo que le dabas sin exigir más. Jack no quería que tú fueras otra cosa que lo que eras: Ti Gris el gato era sólo Ti Gris, y debía ser admirado en toda su incorregible, su redomada «tigrisicidad». A veces era Jack el que le daba de comer a Ti Gris. En cuclillas, inmóvil a una distancia prudencial del cuenco de plástico, observaba con afectuosa atención cada pequeña ingestión de comida. ¿Sería aquello, que te dejaran tranquila, una especie de amor?
Dos días más tarde, cuando Jack se fue a Florida, sólo pensaba en que cuando me bajara del autobús en San Francisco a finales de verano lo encontraría en la terminal de autobuses de la Greyhound esperándome, listo para cargar mi maleta por las calles de North Beach hasta que me hubiera encontrado una habitación bonita y barata en alguno de los hoteles en los que Allen había vivido, y allí haríamos el amor en la cama nueva. Y esa misma noche me llevaría a todos los clubes de jazz y me presentaría a todo el mundo; seguro que a Neal Cassady le encantaría, porque le recordaría de inmediato a su primera mujer, una pilluela rubia de dieciséis años llamada Luanne.
Aunque parezca mentira, la única mujer a la que Jack se llevó de viaje no fue ni Edie Parker, ni Carolyn Cassady, ni ninguna de las bellas fellaheen morenas por las que tanto suspiró, sino Gabrielle L’Evesque Kerouac, de sesenta y dos años, con un moño de pelo gris, gafas redondas y un rosario en el viejo bolso negro.
Mientras Jack se lamenta de lo deprimentes que son las estaciones de autobús, de lo terriblemente interminables que son las autopistas transcontinentales, de las noches que le ha hecho pasar a su madre, durmiendo sentada soportando el traqueteo, Mémère mira contenta por la ventana: las llanuras de Texas, el valle del Río Grande, el desierto de Mojave. Para que ni Jack ni ella desfallezcan se ha llevado, con muy buen criterio, unas aspirinas que los dos van alternando con coca-colas. Compra souvenirs y, en un restaurante en el que pide ostras, coquetea con un anciano y le anota su dirección en un menú. Mémère está encantada; la parada nocturna en un hotel cochambroso cuya vulgaridad humilla a Jack le parece una pequeña aventura. Para ella todo son alegrías y lujos, y no adversidades. Con su Jackie a su lado, por fin está viendo mundo. ¿Qué había conocido ella sino trabajo y pobreza y la misa del domingo? De niña, a los catorce, había entrado en la fábrica de zapatos; se había casado a los diecisiete, había tenido tres hijos. Una vida entera cosiendo y zurciendo, enjabonando y ahorrando. En materia de ahorro, superaba incluso a mi madre: guardaba los últimos centímetros del hilo de un carrete, media patata, un cuarto de cebolla, una caja de alfileres de 1910. Las cajas que Jack había embalado para que Mémère se las llevara a California estaban llenas de lo que a alguien con dinero no le parecería más que basura. Quizá aquellos días en el autobús de la Greyhound le parecieron el viaje de novios que nunca pudo hacer.
Pero no había ninguna casa esperando a Jack y Mémère. Tan sólo un apartamento de tres habitaciones sin los muebles necesarios. Y cuando iban al supermercado, tenían que mirar hasta el centavo. Mémère odiaba Berkeley, odiaba las colinas y la neblina matutina que impedía que la colada se secara, odiaba a aquellos desconocidos locos que continuamente se dejaban caer por ahí para arrebatarle a su Jack, odiaba el sonido de la máquina de escribir de Jack que salía de detrás de la puerta cerrada de su habitación. Echaba de menos a su hija y a sus vecinos y el maravilloso sol de Orlando. ¿Por qué no podía Jack vivir con ella en Orlando, en una casa bonita? ¿De qué servían todos aquellos traslados estúpidos?, le preguntaba.
«Ahora espero tu llegada ansioso», me escribía Jack en su carta del 11 de junio, y añadía que tanto él como Neal me suplicaban que me diera prisa y llevara a Elise y a Sheila conmigo para que pudiéramos prepararnos para una nueva temporada. Berkeley estaba tranquilo y lleno de flores; San Francisco, más salvaje que nunca. Los periódicos iban cargados de noticias y artículos acerca de Aullido: acababan de prohibirlo por obscenidad, y la policía local había retirado los ejemplares de las librerías.
El tablón de anuncios de The Place, el local más popular de North Beach, estaba lleno de recortes de noticias sobre Aullido, y también de cuadros de artistas del lugar y de notas de recados telefónicos y de cartas que el propietario les guardaba a sus clientes. «Te encantará este lugar tan loco», escribió Jack. «En Nueva York no hay nada que se le parezca». Una noche se enzarzó en una pelea ridícula en The Place que me describió con regocijo: un hombre bajito y con gafas había estado pegándole a su mujer. Cuando Jack intervino, el hombre había intentado darle un puñetazo. Agarrando de los brazos a su agresor, Jack se había limitado a «dejarlo sentado» en el suelo.
Pero la carta se cerraba con un triste y desconcertante: «Esto es el final de la tierra, nena, te sientes solo – SÉ que, al final, terminaré regresando a N. Y. para vivir. Jack el loco».
En cuanto leí la carta quise ir a comprar el billete de autobús, pero llegar a San Francisco sin un centavo me daba miedo. Tenía que ahorrar doscientos dólares como fuera. Dejé mi apartamento y me instalé en casa de mi amiga Connie, que había trabajado para Robert Giroux. El cambio fue demasiado para Ti Gris, que se las ingenió para abrir una ventana y salir por fin de mi vida. «Bueno, supongo que Ti Gris está de camino a China, donde se convertirá en un inmortal y se alejará cabalgando a lomos de un dragón», escribió Jack.
Mientras tanto, intentaba convencer a Elise de que me acompañara a California. ¿No habíamos planeado siempre embarcarnos juntas en una aventura? Lo único que tenía que perder era su horrible trabajo de mecanógrafa. De Tánger, Allen se había ido a París con Peter, y no volvería hasta la siguiente primavera. Y, de todos modos, esperarle resultaba peligroso. En Berkeley Elise podría estudiar un postgrado; sería muy fácil, decía Jack. Todo era fácil en California, tierra de cielos azules y calles arboladas y un millón de lugares y personas nuevos e interesantes.
«Espero que cuando llegues —me escribió Jack, inquieto— me dejes estar un poco preocupado en general, ya no sé qué hacer ni qué pensar. Por cierto, me gustaría dibujarte o pintarte, con calma…».