Personajes secundarios

Joyce Johnson · Capítulo 4 de 18

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Personajes secundarios

Uno

La fotografía sale en un libro. Cuatro jóvenes en el campus de Columbia un día de 1945. Tal vez sea a principios de primavera, porque tres llevan el abrigo desabrochado y el árbol del fondo está pelado. No son más que chicos.

A medida que envejezco, las figuras de la foto rejuvenecen. Visten con esa rara formalidad de la época que tan inocente nos parece hoy: cabello corto, abrigos largos. Burroughs lleva incluso un bombín negro que le da un aire de banquero inglés; es un disfraz deliberado. Quiere desaparecer tras el traje. Hal Chase, a quien nunca conocí —el que les presentó a todos a Neal Cassady—, parece el típico chico listo que, con una broma, es capaz de salvar cualquier situación. Allen es puro desgarbo y amargura adolescentes. Ha cerrado los ojos, como si el acto mismo de sacarle una fotografía le resultara una intrusión intolerable. Y en el centro está Jack. Sin abrigo, sólo lleva un traje demasiado grande con el que sus espaldas de estrella de fútbol americano parecen enormes y una corbata chillona y torcida. Con los brazos abiertos, agarrando a Chase y Allen, toca el hombro de Burroughs con la punta de los dedos. De la boca le cuelga un cigarrillo; parece un pianista de jazz o uno de esos periodistas curtidos y trasnochadores de las películas. Le dedica una sonrisa cálida y directa al fotógrafo mientras el obturador se cierra. De los cuatro, él es el único que, de verdad, está ahí.

 

En este retrato de grupo faltan dos personas. Lucien Carr, que a sus diecinueve años es una belleza rubia y demoníaca, está cumpliendo condena por lo que los periódicos del verano anterior habían descrito como un «crimen de honor». En la confluencia de la 116 y Riverside Drive, en la estrecha lengua de césped que se extiende entre West Side Highway y el río, había matado al hombre que quería hacerle el amor ahí mismo, que había ido pisándole los talones, que desde sus días de infancia en Saint Louis lo perseguía y lo asustaba. Con su navaja de boy scout, Lucien le asestó a Dave Kammerer dos puñaladas en el pecho, le ató las manos y los pies con cordones de zapato y, tras lastrar el cuerpo con piedras, lo empujó a las sucias aguas del Hudson. Unas horas más tarde fue a buscar a Jack y juntos enterraron las gafas de Kammerer en Morningside Park y tiraron la navaja por una alcantarilla. El resto del día lo pasaron como si el tiempo se hubiera detenido, en el extraño limbo que suele suceder a la catástrofe: vagaron por la ciudad y fueron a ver Las cuatro plumas antes de que Lucien se entregara.

Los periódicos insinuaron que Lucien había actuado bajo el influjo de la literatura. En el Journal-American aparecieron referencias a Una visión, de Yeats y a Una temporada en el infierno, de Rimbaud. Diez años más tarde, cuando el acto gratuito se puso de moda, en los relatos apócrifos del incidente que me llegaron ya se advertía cierto regusto a Gide. «Si no me amas, mátame», cuentan que dijo Dave Kammerer mientras se arrodillaba en la hierba, y Lucien le «hizo la gracia» de matarlo.

Por lo que respecta a las dos chicas, Edie Parker y Joan Vollmer, nunca he visto fotos suyas. Eran amigas íntimas, compartieron piso durante un tiempo y ejercieron de hilo conductor entre Jack y Burroughs, y Allen y Lucien. Desde 1941 Jack y Edie habían vivido juntos a temporadas. Fue Edie quien le pidió dinero a su familia y pagó la fianza de Jack cuando lo detuvieron como presunto cómplice de Lucien; alegó que estaba embarazada y que iban a casarse ese mismo día. Salieron corriendo hacia el ayuntamiento, y en una hora, y con el permiso de la policía, celebraron la ceremonia de matrimonio. Más adelante terminaron instalados en la casa de los padres de Edie en Grosse Point, Michigan, mientras Jack saldaba su deuda con los Parker trabajando en una fábrica de cojinetes. En enero de 1945, sin embargo, ya no quedaba nada entre ellos, y Edie se esfuma —o al menos eso cuentan las fuentes literarias— tras escribirle a Allen Ginsberg una carta patética en la que le suplica que le envíe una lista de libros «como los primeros que leíste», como si convirtiéndose en una réplica intelectual de Allen pudiera demostrarse digna de Jack y recuperarlo. Su dolor es tan desesperado, que incluso amenaza a Allen con poner al descubierto su homosexualidad en caso de que no la ayude.

A pesar de la carta, siempre he imaginado a Edie como a una de esas chicas que se esfuerzan tanto por mostrarse comprensivas, que su empeño termina resultando casi contraproducente. Y sin embargo, no puedes evitar que te guste. Seguro que incluso es mona, tendrá aquella gracia que las chicas de hoy han perdido: una chica con jersey ceñido, zapatos de golf y el cabello rubio recogido en un tupé. Hay algo decididamente valiente en su manera de enfrentarse a circunstancias insólitas, como si se enfundara un vestido, el de la vida, que no acaba de sentarle bien. ¿Qué se habrá hecho de Edie? Ya han pasado treinta y cinco años; se habrá recuperado, espero.

Sí que sé lo que se hizo de Joan Vollmer. En 1944 y 1945 su apartamento de la calle 115 era un prototipo de lo que en la generación siguiente se conocería como un «agujero». Un apeadero entre el Village y Times Square o entre el distrito universitario de Morningside Heights y los bajos fondos de Gorki marcado en el mapa mental de todos los que se conocieron, vivieron, hicieron el amor, sufrieron y experimentaron con las drogas en aquellas seis habitaciones enormes en las que Joan vivió sola con un bebé hasta que Edie le presentó a Jack. Y Jack —que advirtió la afinidad entre el ingenio agudo y brillante de Joan y el de Bill Burroughs— le presentó a Bill. Y Burroughs, que se había quedado sin piso, se mudo allí. Se instaló en una de las habitaciones; en ocasiones prefería dormir acompañado. Luego llegaron Allen, Hal y Jack, y también Edie, poco antes de que su matrimonio se viniera abajo.

Joan igualaba a Burroughs en ingenio, y también en otras cosas. Según parece, se había convertido en una ávida lectora de Korzybski —y de Spengler, y de Kafka…— que, para desconcierto de los hombres, era capaz de participar en sus discusiones sin amilanarse. También compartía con Burroughs un creciente interés por las drogas. Andaba todo el día colocada con la bencedrina que impregnaba el algodón de los inhaladores nasales. Quizá fue Bill quien le enseñó a cascar el tubo del inhalador como una nuez para extraer un algodoncillo que podría tragarse con el primer café de la mañana para transformar la grisácea luz de invierno que llegaba del patio, y la cocina llena de basura, y el llanto agotador del bebé mojado.

Allí, en la calle 115, en las habitaciones que antes de que Bill y los otros llegaran no habían sido más que seis conchas vacías, reinaba ahora una eterna intensidad mágica, un fulgor que se reflejaba en otro fulgor. En ocasiones, la electricidad de Joan debió de parecer casi palpable, su resplandor interno debió de desbordarse; incluso a un desconocido como Herbert Huncke —un drogadicto que rondaba por aquellos bares de la calle 42 que Bill acababa de descubrir y que se había llevado al apartamento— le impresionó aquel resplandor. Más tarde recordaría a Joan como «una de las mujeres más bellas que he conocido jamás».

Huncke también se convirtió en un miembro de la familia que Joan creó en aquel legendario apartamento, en el cicerone de una forma de vida subterránea que a todos les fascinaba cada vez más. En aquel traicionero mundo de camellos y drogadictos, de ladrones y putas, tenía que esconderse, por fuerza, alguna verdad fundamental a la que no se llegaba leyendo a Dostoievski o a Céline; había que experimentarla de primera mano.

Burroughs, el aristócrata del grupo, el heredero de los millones de la Burroughs Adding Machine Company, se sumergió en aquel mundo hasta unas profundidades que ni Jack ni Allen alcanzaron jamás. Se compró una metralleta y comenzó a trapichear con cápsulas inyectables de morfina. Se casó con Joan en enero de 1945. Por entonces la bencedrina ya la había dejado un poco paranoica, y es posible que también hubiera comenzado a pincharse morfina. Habría secundado a Bill en cualquier cosa. Y lo hizo.

Murió en 1951, mucho antes de que yo hubiera ni siquiera oído hablar de ella. Su muerte, sin embargo, vino precedida de otra: la de su antiguo esplendor. Un invitado al rancho de New Waverly, Texas, en el que en 1950 Bill y Joan Burroughs vivían y cultivaban marihuana, recuerda a una Joan desaliñada, renqueante, sin sujetador, con el cabello ralo recogido hacia atrás de cualquier manera. Parecía, según él, una ama de casa dejada, y también, en cierto modo, una niña. No podía pasar sin ocho inhaladores al día, y como conseguirlos en Texas era difícil, se mudó con Bill a Ciudad de México pocos meses antes de morir.

La muerte de Joan Vollmer Burroughs es mucho más famosa que su protagonista. Como la historia de Lucien, forma parte de la prehistoria de los beats. Y aun descontextualizándola, sigue siendo la típica anécdota macabra y extravagante que, cuando te la han contado —a mí me llegó a través de ciertos círculos de la Universidad de Columbia a mediados de los cincuenta—, no la olvidas jamás. Como en la historia de Lucien, había algo fríamente estilizado en el relato; una falta de compasión rayana en un humor negrísimo.

¿Te han contado la del hombre que se puso a jugar a Guillermo Tell con su mujer y falló?

Quizá fue el antiguo espíritu ingenioso y arrojado de Joan el que brilló por última vez en Ciudad de México aquella calurosa tarde de septiembre. Bill y Joan habían pasado varias horas bebiendo ginebra en su piso con dos nuevos amigos, dos veteranos expatriados. ¿Le recordaría aquella reunión a la calle 115 y a los viejos tiempos, muchísimo más felices? De repente, aquella gris ama de casa se puso el vaso encima de la cabeza y, juguetona, desafió a Bill a que diera en el blanco con su calibre 38. Era un experto tirador, y quizá ya habían hecho el número de Guillermo Tell en otras ocasiones. O quizá no. Quizá aquél fue un acto suicida clarividente e intencionado por parte de Joan, un último juego nacido de la desesperación más absoluta.

Pero mirémoslo de otro modo. También pudo haber sido una prueba de su entrega y de su confianza, de su fe y adoración ciegas. Un último regalo para Bill, al que aquella noche le falló la puntería.

 

Todo esto lo supongo porque es muy probable que, de haber conocido a Joan, la hubiera querido. Me resulta tan familiar como otra mujer que se le parecía mucho y a la que hace tiempo conocí y quise; tan extraña como la persona que todavía vive en lo más profundo y peligroso de mi interior.

Busco en el índice del libro en el que sale la foto de Jack y Allen y los demás, y encuentro: Joyce Glassman. Y media docena de números de página que remiten a más o menos una vigésima parte de mi vida, entre 1957 y 1959, cuando yo me llamaba así.

Mil novecientos cuarenta y cinco fue el año en el que nos mudamos a Manhattan, no demasiado lejos del apartamento de Joan Vollmer. La calle 116, en la que crecí, es una calle amplia y ventosa flanqueada por edificios de apartamentos que baja hacia Riverside Drive. Mirando hacia arriba se ve el Barnard College en una esquina, y cruzando hacia Broadway, la alta verja de hierro de la universidad, la biblioteca, con su bóveda y sus columnas de templo romano, y los caminos enladrillados que tan poco se parecen al pavimento de la zona.

Solía entrar en el campus e imaginar a la gente preguntándose lo que yo, tan sólo una niña de diez años, estaría haciendo allí. ¿Me tomarían por una genio que se había matriculado en algún curso? A veces, de nuevo niña, patinaba entre las fuentes de la biblioteca. Qué lástima que me perdiera su poética metamorfosis en manantiales de vino cuando, cerca de un año antes, Allen Ginsberg había echado colorante rojo en el sistema de cañerías.

A veces patinaba por Riverside Drive o me sentaba por allí, en un banco, a leer Ivanhoe, Mujercitas, Hombrecitos, a llorar con Belleza negra. Nunca me dejaron ir sola hasta las escaleras de piedra que conducían a los parajes más agrestes del parque, descuidados y llenos de maleza, a los que mi madre —seguro que se había enterado del asesinato cometido el año anterior cerca del río— llamaba «Allá Abajo», el mismo nombre que empleaba para referirse a una, por lo demás anónima, parte de mi anatomía.

Pero lo que me atraía del parque de Allá Abajo era, precisamente, lo poco que se parecía a un parque. Y un día me salté las reglas. Bajé corriendo por las colinas de hierba alta, trepé por una verja baja de madera, esquivé el tráfico de West Side Highway y llegué al río. Lo que encontré me decepcionó. No había más que unas rocas planas y grisáceas, y una lenta corriente de agua parduzca, y un olor dulzón muy penetrante que me recordaba al de un sótano. Pero disfruté de mi hazaña secreta. Tardé mucho en volver por ahí.

Resulta extraño pensar que todos vivíamos en el mismo barrio; pensar en el apartamento de la 115, mucho más cerca de lo que mi madre podía imaginar, en la posibilidad de que nos cruzáramos cientos de veces en nuestras idas y venidas cotidianas. En que Joan es la mujer delgada y aturdida que empuja un cochecito de bebé por Broadway; en que aquél es Jack, comprando cerveza y cigarrillos en Gristedes cuando mi madre me manda a por zumo de tomate; en que ese otro es Allen, con el cuaderno de sus primeros poemas en el bolsillo llamando a la puerta del célebre profesor Lionel Trilling, un hombre tan anticuado como su nombre que vive en la planta baja de nuestro edificio.

 

Aunque no resulta más extraño, supongo, que estar en un avión entre Londres y Nueva York unos treinta años más tarde formulando teorías subversivas acerca del deprimente conservadurismo de la juventud mientras observo al chico del asiento de al lado —un chico de cara atontada con dos cámaras carísimas al cuello, de punta en blanco con un tres piezas de tweed que, salta a la vista, se ha comprado en Inglaterra —, para descubrir que este mismo chico saca un libro que resulta ser Lonesome Traveler, de Jack Kerouac.

 

Simultaneidad. Como el West End, por ejemplo: todavía está allí, ahora que lo pienso, en la esquina de Broadway con la 113. En aquella época era una mezcla de bar y cafetería. Cubetas de acero con comida barata. Carne en conserva con col, salchichas con puré de patata. Una sencilla barra de madera oscura sin gracia alguna, filas de botellas en los estantes de vidrio. Un suelo de baldosas blancas por el que se ha esparcido serrín. Uno de esos lugares anónimos de cuando no se estilaban las paredes blancas ni las macetas de helechos ni las lámparas modernistas de imitación y que, no sé muy bien por qué, siempre resultaban los mejores para reunirse.

En 1944 a Edie Parker le gusta dejarse caer por ahí. Jack, que se ha enrolado en la marina mercante, suele pasar varios meses en el mar, y Edie no tiene nada que hacer. Al bar va cada noche un joven estudiante de Columbia tan guapo que ella no puede sacarle los ojos de encima. Es un niño mimado, un borracho con el cabello lacio y rubio que le cae por la frente hasta los ojos, verdes y achinados. Hay en él algo salvaje que Edie reconoce. Quizá algo en Lucien Carr le recuerda a Jack. En todo caso, es a Lucien a quien Edie escoge de entre todos los congregados en el West End, y es de él de quien se empeñará en hacerse amiga. No se enamora de él. Se diría que se guarda esta amistad para regalarla más tarde. «Jack, tienes que conocer a este chaval, Lucien». (A fin de cuentas, ella es algo mayor que Lucien, tiene su propio apartamento y un par de años de experiencia: el tono maternal se lo ha ganado).

En junio, cuando Jack ya está de vuelta, Edie hace que la acompañe una noche al West End. Él no está muy convencido, quizá sienta celos de este Lucien al que no conoce, de este niño rico de Saint Louis, de este deslenguado al que ya han expulsado de Bowdoin y de la Universidad de Chicago y que a sus diecinueve años arrastra todo un historial de vida disoluta. Pero Lucien quizá sea lo que está buscando, el amigo que, como un espejo, le devuelva una imagen más oscura. Edie no le basta. Probablemente Edie lo sabe; ésta es una pena que ella se calla. Por mucho que sueñe con el matrimonio, por muchos «viviremos unos años de bohemia y luego sentaremos la cabeza y él escribirá sus libros y nos querremos para siempre» que imagine, Jack es inaprensible. Pero Edie es una mujer de recursos, incluso ha vivido sus propias aventuras trabajando de estibadora y vendiendo cigarrillos en la calle 42 mientras Jack estaba embarcado. Si envuelves a un hombre en una atmósfera suficientemente estimulante, no será capaz de adivinar que ha quedado atrapado en ella.

Edie estaba en lo cierto con Lucien.

Jack Kerouac y Lucien Carr se reconocen el uno en el otro y, como fuegos de artificio, estalla la amistad. Ocultan su vergüenza con insultos: Lucien es «el aristócrata, querido mío», Jack, un «deportista paleto» y un «torpe campesino canadiense». Así se tratarán durante los próximos veinticinco años. En esto Lucien es el auténtico genio: rápido cuando se trata de localizar los puntos más débiles, ducho en el arte de hacer sangrar al adversario. ¿Está torturando a Jack o delatando sus complejos secretos?

Al principio, una incrédula Edie pensará que estos dos acabarán peleándose, armando una de aquellas broncas del West End que siempre terminan con todo el mundo fuera del local, en la calle. ¡Dios!, ¡nada más tonto que un hombre!

La cabeza de Jack cede bajo el aluvión de epítetos. Pero él no oye lo que oye Edie. En las palabras de este chico perverso, Jack ha detectado una especie de música que le hace reír, maravillado. Levanta la cabeza, todavía riendo, y le canta a Lucien —y no a Edie— la última canción de moda: «You Always Hurt the One You Lo

ve»[3].

«Vamos a casa ya, Jack». Edie ve aquí algo poco claro, pero es probable que

todavía no esté celosa. Quién sabe si «Oh, Take me Home Again, Kathleen»[4] es la canción que Lucien le dedica a voz en grito, desafiante.

Johnny el camarero se acerca a título profesional y dice: «¡Cállate la boca, hijo!». Sin embargo, le dedica una sonrisa a Jack, con el que sostiene unas conversaciones sobre fútbol magníficas; hay que ver la de cosas que recuerda el chico, cada pase, cada jugada. A la próxima ronda invita la casa.

Ya es casi de día cuando Lucien Carr y Jack Kerouac salen del West End tambaleándose, es de suponer que seguidos de Edie Parker. Pero esto no lo cuentan los libros; a partir de este momento los hechos dejarán paso a la leyenda, parca en detalles. A fin de cuentas, se trata de un acontecimiento trascendental para el futuro de los beats, de un encuentro que propiciará la aparición inminente de otros personajes principales. Allen Ginsberg, el poeta de Paterson que está en su primer curso en Columbia y al que Jack también conocerá esa misma semana. Burroughs, que resulta ser uno de los pintorescos conocidos de Saint Louis de Lucien. El crimen de Lucien del 14 de agosto. La literatura y la química de influencias mutuas y la saga de Duluoz/Kerouac, en la que todos aparecerán y reaparecerán y se reencontrarán bajo nombres inventados. Recuerdo que Jack dijo en una ocasión que escribía libros para tener algo que leer cuando fuera viejo. Nunca llegaría a viejo, por supuesto; quién sabe si lo presintió.

No obstante, todo esto lo puso en marcha la pequeña Edie Parker, que aquella noche de junio de 1944 todavía tenía la esperanza, vana e inútil, de quedarse con Jack.

Una noche Lucien Carr encontró un barril vacío y, con Jack metido dentro, lo hizo rodar hasta su casa; éste es un hecho documentado. Mientras el barril va rodando por las calles calurosas y desiertas de Broadway y Lucien trata de empujarlo cada vez más deprisa, imagino a Edie Parker corriendo rezagada, apartándose un poco hacia un lado. Se convence a sí misma de que se lo está pasando de miedo mientras, por encima del hombro, vigila por si aparece la policía.

 

Algunas tardes de verano ociosas y claras paseaba con mi padre por Broadway hasta el quiosco de la 110. Era el mismo paseo que él solía dar después de cenar, cuando se fumaba el puro del día a una distancia prudencial de la sala de estar de mi madre y se entregaba a su único vicio: las apuestas. Apuesta con moderación, con la misma moderación que imprime en todo lo que hace, confiando los dos dólares diarios al quiosquero. Esto yo no tendría que saberlo, pero lo sé. Y siempre que pregunto «¿Has ganado, papi?», me responde que ni ha ganado ni ha perdido. Nunca parece ocurrir nada espectacular, nunca he visto a papi tirar la casa por la ventana y comprar regalos para todos o perder hasta la camisa. A veces va a las carreras con la comida en una bolsa y luego dice con aire triste: «Bueno, he recuperado mis gastos». Con todo, esta parte de la vida de mi padre parece teñida de glamour: algo vaguísimamente ilícito que, de forma misteriosa, le pertenece. ¡Es tan emocionante que la comparta conmigo! Me cuelgo de su brazo, orgullosa: la hija del jugador. Observo con un interés lleno de admiración la transacción que tiene lugar en el quiosco: la inocente compra del Daily News, las discretas instrucciones de papi, los billetes que van a parar al bolsillo del delantal de lona del corredor de apuestas. «¿Quieres un helado?». Mi padre me guiña un ojo y me da una moneda de diez centavos.

Un día —y nunca se lo cuento a mi madre ni a mis tías—, de vuelta a casa, hace un alto en el West End Bar y me pide que me espere fuera. «Éste no es un lugar para las niñas pequeñas». Miro por la ventana: se ve oscuro, grande, con mesas sombrías llenas de hombres en mangas de camisa y ni rastro de niños, y un olor a cerveza frío y húmedo que se escapa a través de la puerta abierta por la que mi padre desaparece. Y al instante me siento mucho más cohibida que en el campus, como si en el momento menos pensado pudieran llamarme a declarar para justificar mi presencia en la puerta de un lugar en el que, de tan malo, no puedo ni entrar. «Estoy esperando a mi padre», explicaría, pero tengo la sensación de que esta respuesta no es del todo buena, de que papi ha ido demasiado lejos dejándome aquí afuera; se ha convertido en alguien a quien no conozco. Pasados unos minutos está de vuelta, como prometió. «¿Ya te has terminado el helado?», me pregunta cariñoso mientras doblamos Broadway y caminamos en dirección a casa.