Personajes secundarios

Joyce Johnson · Capítulo 8 de 18

Páginas del PDF

Personajes secundarios

Cinco

Hice una redacción, un ejercicio de descripción para Exposición, Estructura y Estilo, asignatura en la que me matriculé en segundo.

ESCENARIO : La habitación de una amiga. AMBIENTE : Sórdido, dejado; refleja el asco y la apatía de la propietaria. DETALLES RELEVANTES :

Colillas en el suelo.

Pintura azul chillón un poco descascarillada; por debajo asoma la pintura

blanca sucia.

Asiento de la butaca lleno de bultos, los muelles empiezan a salirse; en

algunos lugares, el estampado de flores de la funda se ha descolorido y se ve de

un amarillo indefinido.

En la pared que queda sobre el quemador de gas oxidado hay manchas

parduzcas.

Espejo barato que distorsiona todas las imágenes; cerca del marco, el cristal

está casi negro.

Fotos pegadas a la pared con celo; una, pegada sólo por una esquina, se

balancea sin entusiasmo.

DETALLES SIN IMPORTANCIA :

Edredón rosa sobre la cama.

Máquina de escribir portátil en una esquina.

Foto de la madre y el padre en Miami sobre la cómoda.

Era un profesor de la vieja escuela; a su apellido compuesto le seguía un numeral romano, y vestía trajes de tweed de un curioso gris rosado que resaltaba con chalecos de terciopelo de botones plateados. En los márgenes de nuestras redacciones escribía: «¿Es que la vida no te da alegrías? ¿Te crees que eres una pequeña existencialista, o qué?».

La escena que describí se desarrollaba en el último piso de una pensión de la calle 108. Aquél era el lugar al que Elise acababa de mudarse. Mi concepto de la «relevancia» —ahora me doy cuenta— no estaba del todo formado: nada más relevante que la foto de los señores Cowen.

La habitación de Elise significaba para mí más que asco y sordidez. Simbolizaba una valentía que yo envidiaba. Las chicas de diecinueve años sólo salían de casa derechas a la residencia de estudiantes o al matrimonio. Si querías una vida libre, lo que no podías esperar era que también fuera cómoda. Ingresabas en un mundo en el que los conserjes se negaban a darte sábanas limpias y las putas puertorriqueñas chillaban en el patio. Corrías el riesgo de celebrar el día de Acción de Gracias con un triste «Especial de pavo» en la cafetería Bickford’s de Broadway.

En la calle 108 Elise fue sumiéndose en un estado amorfo, como si sus ensoñaciones hubieran absorbido la realidad cotidiana y no fuera capaz de despertar sin realizar un esfuerzo sobrehumano. Parecía perder días enteros; se saltaba las clases, se olvidaba de reunirse conmigo para comer en Chock Full o’ Nuts, se olvidaba de las estanterías que tenía que atender en la biblioteca de Columbia, trabajo con el que iba a tener que pagarse la comida y el alquiler de 7,50 dólares a la semana.

El cuarto de Alex era el lugar más seguro para encontrarla. Se acostaban juntos, pero aquélla no era una historia de amor. Eran como amigos que a veces se acurrucaban juntos para entrar en calor. También había otros hombres; me hablaba de ellos, pero yo nunca los vi. Recién conocidos que descubría en el West End o en otros bares de Broadway y a los que se llevaba a su piso de la calle 108 porque se sentía sola, sobre todo.

Columbia había dado lugar a una población de marginados muy numerosa: estudiantes que habían cortado sus vínculos oficiales con la universidad —algunos desde hacía años— pero no eran capaces de abandonar la zona. Vivían en pensiones baratas como la de Elise, o en inmensos hoteles de apartamentos como el Yorkshire, que quedaba en la esquina de Broadway y la calle 113. Tenía habitaciones pintadas de color azul eléctrico y luces fluorescentes y una mugrienta cocina común en cuya nevera cada litro de leche tenía un nombre distinto escrito en el cartón. Carl Solomon, el amigo de Alex, vivía en el Yorkshire. Era un hombre grande y de una amabilidad alarmante que en una ocasión, en una de las fiestas de Alex, se me acercó y me preguntó «Dime, ¿cuánto pesas?» como si aquélla fuera una cuestión de vital importancia. Había publicado unas impresiones de la temporada que pasó en el psiquiátrico en una revista llamada Neurótica, que Alex nos enseñó a Elise y a mí. Cuando empezaba a acercarse la primavera, Carl intentó conseguir un trabajo de vendedor de helados ambulante, pero le rechazaron. Poco después, sufrió un ataque de locura en su habitación y se lo llevaron al Hospital Rockland. A partir de entonces, el Yorkshire me aterrorizó. Era el lugar al que la gente iba a derrumbarse, a suicidarse o a abandonarse a la derrota. Juré que nunca viviría ahí, pasara lo que pasase. Sin embargo, aunque al fin había conocido el lado oscuro de mi barrio, en mi vida la emoción y las aventuras brillaban por su ausencia.

No llegué a pertenecer, ni por asomo, a la pandilla del charlestón. Estudiaba mucho, con voracidad, vivía en casa de mis padres y jamás pasé una noche fuera. El chico reprimido al que escogí para enamorarme nunca fue más allá de cogerme de la mano y besarme con más ceremonia que pasión cuando, por la noche, nos despedíamos. Aquel joven que nunca se atrevía a tocarme el pecho ni siquiera durante un segundo me desconcertaba. Yo tenía miedo de animarle, por si pensaba que era una guarra. Los padres de Frank parecían más entusiasmados que él con nuestra relación; eran ellos los que me colmaban de invitaciones para que fuera a cenar a su casa. Empeñados en demostrar que me aceptaban, me hacían preguntas acerca de mi «fe judía», que debía de resultarles más pintoresca que la suya. Vivían en un apartamento enorme de Park Avenue, y siempre llamaban a una empresa de limusinas para que un chófer me condujera de vuelta a la calle 116.

Un sábado por la noche la limusina nos llevó a Frank y a mí al Village. Nuestro destino: Renzi’s, una cafetería de la calle MacDougal donde servían espressos. Hacía meses que no me pasaba por ahí; me resultaba extraño caminar por aquellas calles tan familiares con mis zapatos de tacón y mi sofisticación de universitaria. En la esquina con Waverly Place un hombre con un abrigo negro y polvoriento que le llegaba a los tobillos rebuscaba en un cubo de basura. Lo había visto en la cafetería Waldorf; era un trapero de cierta fama al que todos conocían como «Rata de Pantano». Levantó la vista y me sonrió a través de la barba enmarañada. «¡Hola, hola!», soltó, jovial.

«Vaya, hola», mascullé.

Frank, que me había soltado el brazo, estaba ya a media manzana de distancia. «¿Lo conoces?». Había algo desagradablemente retórico en su pregunta, como si siempre hubiera sospechado que me relacionaba con gente de esa clase.

Rompimos después de que lo llevara a una fiesta en casa de Alex. Nos quedamos discutiendo en una isleta en medio de Broadway mientras los coches pasaban zumbando a lado y lado. «A mí me interesa el Crecimiento —dijo, palabra por palabra—. A ti, la Decadencia y la Corrupción».

Aquella acusación tan injusta y despectiva me hizo llorar, pero me di cuenta de que encerraba una verdad. Si la decadencia eran personas como Alex y Elise, entonces a mí me atraía. La respetabilidad me merecía muy poco respeto. Estaba convencida de que sólo la cobardía me impedía desviarme del camino recto.

 

Aquel otoño Elise se volatilizó durante una semana. Le dejé notas en la pensión y la busqué en casa de Alex, pero ni siquiera él la había visto. Una mañana, bien temprano, me salté la primera clase y bajé hasta la calle 108.

Se veía luz bajo la puerta. No paré de llamar. Al final, oí sus pasos y me dejó entrar. Llevaba un pijama de franela con un estampado de rositas azules. Una de las mangas tenía una mancha de sangre.

—¿Qué te ha pasado en las muñecas? —le pregunté. Las llevaba vendadas.

Me contó que había resbalado en un baño y que se había cortado con unos cristales rotos. Todo muy estúpido, la verdad. Habían tenido que darle puntos. Todo esto lo dijo en un tono acelerado e impaciente. Parecía una segunda voz.

—El médico pensó que había sido un intento de suicidio. Quería llamar a la policía. ¿Te imaginas? ¿No te parece increíble que el suicidio sea ilegal en una sociedad en la que la vida humana importa tan poco?

Asentí. Me parecía increíble.

Antes de que yo llegara había estado durmiendo, dijo, pero en aquella habitación azul todas las luces estaban encendidas. El estor, rasgado, golpeteaba contra el alféizar de la ventana. Me preguntó qué tiempo hacía fuera. El suelo estaba lleno de ropa; con movimientos lentísimos, recogió unos vaqueros, un jersey y la ropa interior. Así que levantarse en aquella casa era esto. «Lástima que no fumes, Glassmangirl», suspiró. Si quería, bajaba a comprar cigarrillos, me ofrecí; no quería. Rebuscó en un par de ceniceros y al final escogió una colilla larga. «Alex siempre lo hace», me dijo con una sonrisa que delató fugazmente su dolor.

Cuando estás colada por alguien no paras de repetir su nombre, como si fuera un punto de referencia que, aun menor, siempre está ahí. Trate de lo que trate, en la conversación siempre se colará el dichoso nombre. Si alguien a quien quieres no te quisiera, ¿desearías morir?

Elise y yo habíamos hablado del suicidio hacía poco y habíamos coincidido en que, en algunos momentos de la vida, podía considerarse una alternativa honorable. La muerte podía ser tu orgullosa negativa a aceptar una existencia que te había sido impuesta. También habíamos recordado lo que dijo Alex en una ocasión: la autodestrucción podía considerarse lo contrario de la apatía, la prueba final de que todavía eras capaz de demostrar iniciativa. Fuimos recordándonos citas de Dorothy Parker, los distintos métodos de suicidio que proponía, riendo nerviosas.

Mi abuela había muerto un año antes. Fue entonces cuando me enteré de que en mi familia había habido un caso de suicidio. Mi abuelo no había muerto de enfermedad: un día, a los treinta y cinco años, metió la cabeza en el horno. En Varsovia había sido un poeta, un intelectual. En este país no había encontrado identidad alguna, tan sólo trabajos de peón, y no se le daban bien. Hacia 1908 se lastimó las manos, quizá a propósito. Entonces se suicidó y dejó a mi abuela a cargo de cuatro niños.

Mi madre y mis tías siempre me decían: «Eres igual que tu abuelo. Era muy artístico». Pero pasaron cincuenta años avergonzándose de su muerte. Quemaron todos los papeles del difunto que mi abuela había conservado. Eran «privados», comentaron. Y, de todos modos, estaban en yiddish y hebreo. Para saber qué decían tendrían que consultárselo a un desconocido.

Después de aquello pensé mucho en mi abuelo; pero más que a un abuelo, era a uno de los jóvenes trágicos que rondaban por Columbia a quien veía. El misterio de su muerte llegó a parecerme un regalo: era como si hubiera heredado un poema.

Sin embargo, no estaba preparada para creer en la realidad del suicidio. Quería mantenerlo en el terreno de la literatura: un acto lejano y prohibido del que no te llegan más que noticias vagas y que sólo un desconocido podría cometer.

Fuimos a Broadway y nos metimos en Chock Full o’ Nuts. Invité a Elise a un café porque a ella sólo le quedaban siete centavos. Le presté un dólar, todo lo que llevaba encima.

Dijo que tenía algo que contarme: dejaba Barnard una temporada y se mudaba a Washington Heights; necesitaba algunas cajas y recoger todas sus cosas, porque su padre pasaría a buscarla aquella misma tarde con el coche. No podía soportar la idea de que Elise se rindiera así, como si sus padres, convencidos de que terminaría derrumbándose, hubieran tenido razón desde el principio. «¿Volverás, verdad?».

«Antes tengo que hacer una cosa. Voy a psicoanalizarme. Me lo pagan mis padres. Pero sólo si vuelvo a casa. Ellos quieren una hija; no voy a culparles por eso», dijo con aquella sonrisa fugaz y dolorosa.

 

«¡Lo que deben de estar pasando sus padres!», exclamó mi madre cuando le conté que Elise iba a psicoanalizarse. Y es que, aunque en círculos como el de Alex el psicoanálisis había alcanzado la categoría de culto, la mayoría de la gente lo veía como algo vergonzoso, como algo que no podías contar a los vecinos.

«Muy bien del todo no está, esa chica. Espero que ahora seas lo bastante sensata como para hacer nuevas amigas».

«¿Qué quieres decir con lo bastante sensata?», le grité. Y me encerré en mi habitación dando un portazo. Ni siquiera sabía por qué se lo había contado. ¿No estaría intentando, indirectamente, decirle algo acerca de mí misma? Había tan poco de verdadero en nuestra relación que me sentía huérfana.

 

Durante las primeras semanas que Elise pasó en casa de sus padres, no la vi. Un día se acercó al centro en metro y fue a recogerme a clase. Había engordado en Washington Heights, y tenía la cara llena de granos. Fuimos andando hasta el piso de Alex, donde más tarde se quedaría cuidando al niño, y entramos. El apartamento estaba oscuro y vacío. Buscamos tazas limpias en la cocina y nos preparamos un café instantáneo.

Alex tenía una cita con alguien, dijo como si fuese la cosa más natural del mundo. Pero no pasaba nada. De verdad. Él le prestaría todos los libros que le hicieran falta. Elise quería leerse todas las obras de Freud. ¿Había algo mejor que hacer en Washington Heights? Por las tardes trabajaba en el despacho de su padre. Iba al psicoanalista tres veces a la semana. Se entendía bien con su madre, «pobre mamaíta». Me contaba todo aquello con la distancia del paciente que observa su propia recuperación acercando las manos a una luz para examinarlas, buscando en el espejo los huesos bajo la carne.

La clínica tenía una lista de espera, pero la habían aceptado de inmediato. «Debí de convencerles de que soy una paciente interesante». Cada sesión costaba exactamente lo mismo que el alquiler semanal de su antiguo cuarto. Elise no estaba muy entusiasmada con el analista que le habían asignado, pero sabía que esa clase de pensamientos no eran constructivos. Y de todos modos estaba decidida a estudiar a Freud por su cuenta: aquello compensaría la falta de perspicacia del analista.

Recuerdo que le dije algo de lo que me arrepentí al instante: «Algún día, sólo por hacerme una idea, me gustaría ir a un par de sesiones».

Estaba siendo sincera. Yo nunca iría más allá. Hacerme una idea de la cosas, eso era lo que siempre había querido. Así me protegía de ellas.

Se puso colorada, le temblaba la voz: «No puedes “hacerte una idea”, es imposible. Esto no funciona así, Glassmangirl». Saber a qué se parecía la vida. La vida auténtica. Hasta mí nombre me parecía una metáfora de lo que, a mis diecisiete

años, consideraba mi única característica distintiva. [9] Glassman, Glassgirl.

Tiempo después, mi hijo de diez años me impresionó al describirme lo que había sentido durante una excursión en autocar con los niños de su clase. Había pasado algo raro, me dijo, difícil de contar. Más que afectado, parecía desconcertado.

—Todos los de la clase estaban alborotando, haciendo el tonto, ¿sabes? Pero yo me quedaba mirando. Era como si mirara por una ventana y ellos estuvieran al otro lado.

—Eso le pasa a mucha gente —lo tranquilicé.

—¿A mucha? —contestó, con la misma inquietud y la misma intranquilidad que yo habría sentido en su lugar.

La primera vez que leí las palabras generación beat estaba en el salón de mis padres. Era la mañana del 16 de noviembre de 1952. Mi padre había salido a por el Times, como todos los domingos; esta vez también trajo un bizcocho que había comprado en la panadería para el desayuno. Y, como siempre, me apresuré a coger la revista y a hojearla tan rápido como pudiera antes de que él se la quedara y, armado de atlas y diccionario, se dispusiera a hacer el crucigrama, actividad a la que solía dedicar la mañana entera y, en ocasiones, parte de la tarde. A mi padre le procuraba un placer especial contar con mi colaboración en aquella tarea. Como hija universitaria que era, hacía las veces de asesora literaria. «¿Predecesor de Otelo en el gobierno de Chipre? Tiene una o».

Aquel domingo, el artículo de un escritor llamado John Clellon Holmes me llamó la atención de inmediato. Titulado «Ésta es la generación beat», era un acto de fe en un espíritu que, aunque nuevo según el autor, me resultaba tremendamente familiar. «Todos mis amigos —escribía Holmes— sentían, de un modo u otro, aquel afán reprimido de hablar, de experimentar el júbilo, de sensaciones y verdades nuevas. Por el motivo que fuera, todas las personas de mi edad tenían una mirada impaciente y expectante que delataba un amor todavía no concedido, un éxtasis que no había sido liberado, la existencia de un mundo enterrado». Huelga decir que Holmes se refería a gente de la edad de Alex, por lo menos, que hacía cosas que ni Elise ni yo haríamos jamás —como rondar por la calle 42—; además, todos eran hombres. Pero ¿no era precisamente «afán reprimido» lo que nosotras sentíamos? ¿Y si, más que a la generación silenciosa, la que nos correspondía por criterios cronológicos, perteneciéramos a la generación beat?

El extraño uso de la palabra beat me fascinó de inmediato. Para empezar, se

trataba de un error de gramática garrafal. ¿Quería decir [10] beaten ? ¿Apuntaba acaso a la existencia de una generación que respondía a la vibración de algún ritmo en particular, a un nuevo tipo de música, quizá, como el bebop que Alex iba a escuchar a veces al Birdland? Los jóvenes a los que Holmes describía eran perdedores, derrotados —hasta «la raíz misma de la conciencia»— que habían alcanzado una belleza desesperada parecida a un extraño triunfo. Holmes no se arrogaba la autoría de la expresión: se la atribuía, muy escrupuloso, a un amigo escritor y hipster llamado Jack Kerouac.

 

La primavera anterior, el mismo John Clellon Holmes había publicado una novela titulada Go. Alex corrió a comprarla en cuanto salió. Pasó una noche en vela, leyéndola, y luego se la prestó a varios amigos, Elise incluida. Resultaba que él había conocido a un par de personajes: el poeta David Stofsky era Allen Ginsberg en la vida real, y también estaba Agatson, álter ego de un hombre que ya había muerto. Se trataba de Cannastra, célebre por sus fiestas salvajes en las que bailaba sobre cristales rotos, y que en 1948, sin que nadie supiera por qué, quiso salir por la ventana de un vagón de metro en marcha y murió decapitado. Alex nunca nos dijo si había conocido al joven escritor al que Holmes bautizó como Gene Pasternak.

Para Alex, Go era mucho más que una novela en clave; algunos libros hacen las veces de espejos en los que vislumbrar reflejos de uno mismo. Confesó que se había identificado con el narrador, Paul Hobbes, un joven intelectual insatisfecho con una vida burguesa a la que se ve incapaz de renunciar, fascinado y, a la vez, amenazado por Stofsky y Pasternak. Y también por un trasunto de Neal Cassady llamado Harte Kennedy que, al parecer, rechaza todos los valores tradicionales. Al final del libro, Hobbes está solo con su mujer en la cubierta de un ferry de Staten Island; acaba de enterarse de la absurda muerte de Agatson. Apoyado en la barandilla, contempla la orilla oscura y las luces infinitas de Manhattan y se pregunta: «¿Dónde está nuestro hogar?». Era la misma pregunta que torturaba a Alex; una pregunta para la que ni la generación beat ni las que la siguieron lograron encontrar respuestas válidas.

Quizá a rebufo del estimulante efecto que Go había obrado en él, Alex —siempre a la cabeza de la pandilla de Columbia— había planeado una insólita aventura para la primavera siguiente, en la que también participarían algunos amigos.

Tras ser convocados al apartamento de Alex, Elise y otros más, muy solemnes, se pasaron delgados cigarrillos de marihuana que apuraron hasta la colilla atragantándose en las caladas más profundas. Cuando hubieron terminado, Alex les llevó de excursión al parque de atracciones de Palisade, donde se subieron a la montaña rusa y la noria. Luego regresaron a la calle 112 y la hierba volvió a circular. A aquello siguió una discusión sobre qué comer. Se decidieron por una sopa de tomate Campbell’s, pero pasó mucho rato antes de que alguien se levantara para ir a la cocina y prepararla, hecho que suscitó un comentario de uno de los invitados: «La sopa Campbell’s tarda horas en hacerse»; la frase gozó de gran popularidad en Columbia durante una temporada. Más tarde, Elise me explicó muy seria que aquel comentario recogía a la perfección una característica de la marihuana: su extraordinaria y, en ocasiones, divertida facultad de ralentizar el tiempo.

El experimento no se repitió. Fue otra de tantas experiencias que sólo conocí a través de otros.

La memoria es extraña. Si pienso en la primavera de 1953, no soy capaz de recordar con precisión ninguna de mis salidas de sábado por la noche. Y en cambio, me viene a la mente una cita que tuvo Elise. Incluso recuerdo lo que llevaba: un vestido rojo de algodón, largo, sin mangas y de cintura ceñida. Era su vestido favorito, aunque las connotaciones de su color no se le escapaban: «del rojo de los ladrillos de un urinario». Todavía tenía el pelo largo y, por una vez, no lo llevaba recogido.

Había conocido a un chico en una fiesta en casa de Alex. Un poeta. Todos aquellos preparativos tan poco usuales eran por él.

En la cubierta de los diarios que Allen Ginsberg publicó hay una fotografía suya de aquella época. Hace poco vi la obra en una librería y me di cuenta de algo que no había advertido hasta entonces: podrían haber nacido en la misma familia, hermano y hermana. Se parecían muchísimo. La misma frente ancha, la misma cara en forma de corazón, la misma vulnerabilidad que asomaba en las comisuras de los labios, el mismo aire sombrío. Incluso las gafas de pasta negra a través de las que sus ojos, grandes y castaños, absorbían miopemente el mundo eran idénticas.

Él no va a recogerla al centro. Es ella quien coge el metro hasta el Village, donde él la espera, y luego recorren esas calles que antaño conformaron el mapa de mis anhelos adolescentes rumbo al San Remo, donde una asombrosa cantidad de gente parece conocerlo. Allí están los subterráneos, dice Allen con la erudita amabilidad de un guía. Fue allí donde se llevó una decepción con un Dylan Thomas que sólo andaba buscando chicas, demasiado borracho para hablar de poesía con un jovenzuelo. Pero ahí no se acaba la visita turística. Luego van al Fugazi’s, en la Sexta Avenida, mucho más oscuro y tranquilo; músicos y hipsters sentados en taburetes, impasibles y drogados. Todas las mujeres del lugar son guapas, advierte Elise, de una impasibilidad tan elegante que nunca hablan, jamás; son meras presencias. Sin embargo, lo que a ella la atormenta es su propio silencio. ¿Es que no puede hablar más? ¿Qué va a pensar Allen de ella? Se asfixia dentro del vestido rojo, la emoción la paraliza. La sofisticación le queda muy lejos, lejísimos, cuando enfilan hacia el este, hacia la calle Ocho, mucho más al este de lo que ella ha estado nunca. Cruzan la calle Bowery, una especie de oscura frontera del Village donde la calle Ocho cambia el nombre a Saint Mark’s Place y se convierte en una pequeña Europa de edificios de apartamentos de alquiler. Él vive por algún lugar de esta zona ignota.

El año anterior, Allen Ginsberg había escrito en su diario una biografía condensada y autoparódica:

Una novela

A los 14 era introvertido, ateo, comunista y judío, y aún quería ser presidente

de los Estados Unidos.

A los 19, con la virginidad ya perdida, era un chupapollas y creía en una

realidad suprema, ¡era anarquista, un reichiano hipster y totalmente apolítico! Lo

que ahora quería era ser un gran poeta.

A los 22 era un místico alucinado que creía en la Ciudad de Dios y quería ser

santo.

A los 23, un año después, ya era un criminal, un pecador desesperado, un

drogata; quería palpar la realidad.

A los 24, después de pasar por la trena y por el loquero, follé, chicas y me

psicoanalicé.

A los 26 soy tímido, salgo con chicas, escribo poesía, soy agente literario por

cuenta propia y estoy afiliado al Partido Demócrata; quiero encontrar trabajo.

¿Y a quién le importa?

 

Conoció a Elise justo cuando su vida, ya muy rica en cambios, estaba a punto de cambiar de nuevo. Iba a cejar en su empeño de ser «normal», iba a dejar el psicoanálisis, iba a abandonar sus intentos de encontrar un trabajo serio y de vivir una sexualidad decente. Estaba a punto de marcharse a México y luego a San Francisco, donde se enamoraría de un rubio de dieciocho años llamado Peter Orlovsky y donde rompería con la tradición literaria y descubriría, al escribir Aullido, su propia voz poética.

Y, sin embargo, algo hay entre Allen y mi amiga Elise, ese reconocimiento instantáneo que sólo se manifiesta como una misteriosa corriente entre dos personas. Él acepta a la Jane la Loca que hay en ella, la arropa, de algún modo; Alex, en cambio, se había limitado a observar.

«Él cree que soy muy profunda, parece», comentó Elise más tarde con cierta ironía y sin darle demasiada importancia: quizá le convenía más no creerle.

Como si siguieran una lenta espiral descendiente en su viaje del San Remo al Fugazi’s y luego hacia el este, hace un alto en el Sagamore, una infame cafetería de la calle Bowery abierta toda la noche; un lugar que, como el Waldorf, pronto dejará de existir. Una cafetería para los pobres de verdad. No hay nada intencionado en la miseria de los vagabundos y los viejos que integran el grueso de la clientela, y tampoco en la furtiva desesperación de los delincuentes de poca monta que se pasan por ahí, revientapisos y traficantes de medio pelo.

Allen descubre que Elise conoce a Carl Solomon y le cuenta cómo conoció a Carl tres años antes, en un pasillo del Instituto Psiquiátrico de Nueva York, donde ambos estaban internados. «¿Quién eres tú?», le había preguntado Carl Solomon. «Soy Mishkin», respondió Allen. Carl se presentó como Kirilov.

La locura nunca le ha resultado extraña a Allen. Su madre, Naomi —otrora bella, otrora comunista convencida, una mujer que tocaba el piano a sus hijos—, ha estado entrando y saliendo de psiquiátricos desde que él era un niño; le han aplicado tratamientos de choque, la han lobotomizado. «Mi madre está en Loquilandia», dice Allen, como si Loquilandia fuera un lugar como Brooklyn o la calle 42, un destino que nunca debes descartar. Quizá ve a Naomi en Elise. «Siempre me han atraído las locas intelectuales», confiesa en su diario seis años más tarde incluyendo a Elise en esta categoría.

Aquella primera noche él se la lleva a su piso de la calle Siete este y hacen el amor, acción que el analista de Allen habría aprobado y que al de Elise no le habría gustado nada. Volvía a caer en el desenfreno, volvía a caer en la falta de amor propio, volvía a caer, incluso, en tendencias autodestructivas; esta desnudez precipitada, esta entrega a un desconocido. Ya lo ha hecho muchas veces, y nunca ha encontrado el amor, tan sólo la confirmación de lo poco que vale.

Pero esta vez es diferente.

 

Unas semanas más tarde, Elise se refiere a Allen de un modo sorprendente: «Allen es mi intercesor».

En boca de una judía atea, aquélla era una afirmación extraordinaria. Seguía influenciada por T. S. Eliot, aunque faltaba poco para que renegara de él; últimamente también había estado leyendo a un poeta provenzal para quien la figura intercesora era la amada en lugar de la Virgen María. Allen se convirtió para Elise en la figura sagrada que podía interceder en su favor con un Dios encolerizado. En pleno siglo XX, parecía una forma peligrosa de pensar en alguien.

Y sin embargo… intercesor. Ese fue, desde el principio, el papel de Allen en la vida de Elise.

Ella había leído Go, por supuesto. Quizá con ese libro, con Stofsky, germinó la idea que se había formado de Allen:

¡Una visión! ¡Una visión! Las palabras iban aguijoneándole la conciencia como

oleadas de fiebre cada vez más violentas. A medida que avanzaba, casi corriendo

ahora, se veía perseguido por el extraño arrebato de lástima y rabia que le había

asaltado en la librería. ¡Era amor!, gritó en su interior. ¡Un ectoplasma molecular

que lo atravesaba todo como una luz desenfrenada y brillante! Lo había visto con

claridad en un instante de lucidez pura: el cálido amor químico que buceaba bajo

su terror.

Para Elise, con su terror a que no la amen, con su miedo a no llegar a ser aceptada nunca, a no encajar jamás, a ser una marginada entre los marginados; para Elise, que se cree una sombra, una Nada, un ser sin voz, toparse con este párrafo al pasar página en la soledad de una medianoche es como sentir que una ventana se abre en su interior; sentir una iluminación de esperanza. Si existe un Stofsky, es que ella tiene dobles. Dobles que también se odian y se desesperan; y estos sentimientos constituyen, extrañamente, el germen de sus visiones.

¡Él había tenido visiones! Sabía, por fin, lo que su madre, la triste y loca, «la que Seis

se había acostado con el diablo», había intentado contarle. ¡Había tenido una

revelación! Y de repente sintió miedo de quedarse solo, como si estuviera

percibiéndose por última vez. Tener que estar solo ahora le dolía mortalmente, y

recuperó parte de su consciencia habitual. A nadie le importaba que un hombre se

volviera loco, pensó absurdamente, tristemente; pero no paraba de reír mientras se

vestía.

¡Que justo cuando uno parece totalmente acabado, la balanza se incline por fin hacia la vida! ¡Leer aquello y luego conocer a Allen! Elise debió de engañarse, sin duda, cuando sintió que la distancia inicial entre dos desconocidos desaparecía; como un desfase horario del espíritu. Si avanzas demasiado deprisa, puedes terminar desorientado.

Allen Ginsberg veía en la desnudez la mejor defensa contra el mundo. Una desnudez tan pura e indiscriminada, tan absoluta, que no dejara lugar a interpretaciones. La leyenda tan sólo tenía cabida en la realidad del instante efímero.

Así, Elise fue un momento en la vida de Allen. En la de Elise, Allen fue una eternidad.