Personajes secundarios

Joyce Johnson · Capítulo 9 de 18

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Personajes secundarios

Seis

Una «carta sueño» que John Clellon Holmes le escribió a Allen Ginsberg en 1954 contiene las siguientes palabras: «La forma social natural del artista es la pandilla de chicos». A lo que Allen, despertándose de repente, añadió severamente en su diario: «Y no el perfumado matrimonio que bendice la sociedad».

Los mensajes del Holmes real no contradecían a los del Holmes onírico. Incluso en 1977, después de años de matrimonio —el segundo— estable y valioso, después de que las consignas del movimiento feminista sacudieran la conciencia de los años setenta, Holmes escribió en el prefacio de una nueva edición de Go: «¿Nos parecíamos de verdad a estos jóvenes febriles y a estas mujeres descentradas que intentaban, torpemente, alcanzar el amor y la esperanza, comprender sus vidas y el tiempo que les había tocado vivir?». Y, si bien detalla escrupulosamente los modelos reales en los que se inspiran los personajes masculinos de su novela en clave, las «chicas» no son más que «amalgamas de gente diversa»; «tipos, más que individuos». No las recuerda muy bien; no eran sino pasajeras anónimas del gran autobús de la experiencia. Desprovistas de centro, ¿cómo iban a arder con la fiebre que consumía a sus jóvenes héroes? Lo que ellas hicieron, supongo, fue ocupar los asientos vacíos.

 

Es una mañana fresca de septiembre, el comienzo de otro curso. El profesor — canoso, rostro curtido, un aire a lo Lincoln que quizá resulte premeditado— entra en la pequeña clase donde sus estudiantes le esperan. Reina un silencio absoluto mientras se sienta tras la mesa de roble de principios de siglo y dispone sus lápices afilados, la lista de las alumnas matriculadas a su asignatura, sus dos delgados volúmenes de esto o lo otro; el último grito en crítica literaria, sin duda. Intimidadas desde hace ya rato, las alumnas estudian los seductores rasgos de este hombre — puritanos, severos, tremendamente americanos— a la caza de humor o compasión. ¿Podrán engatusarlo? Las juzgará este profesor X, el pez gordo de un estanque bastante pequeño, el del Departamento de Inglés de Barnard.

Imaginaos a este hombre de mediana edad que, sin duda, desearía estar en una aula de Harvard; eso sí que tendría mérito. No serán grandes satisfacciones para el espíritu, y no digamos para la vista, las que le depare enseñar a esta pandilla de chicas sin gracia alguna, pálidas y amorfas, que habrán escarbado en la bolsa de la ropa sucia en busca de algo que ponerse para ir a clase. Sólo una lánguida belleza de cabello rojizo y pecas deliciosas —y rodillas sensacionales, acaba de darse cuenta— podrá, quizá, salvar el semestre.

Desvía la vista de su objetivo y comienza. ¡Ajá! A ver si esto lo responden, piensa. Se levanta; su metro ochenta añadirá más dramatismo al momento.

—Bien. —Su tono es tan árido como el semillero cultural estadounidense—. ¿Cuántas de ustedes quieren ser escritoras?

Observa, entre sardónico y divertido, mientras una mano se levanta, vergonzosa, y luego otra, hasta que ondean quince. Aquí y allá refulge algún que otro anillo de compromiso.

En el aire flota la incomodidad de las alumnas. ¿Por qué les preguntará esto el profesor X? Sabe que su asignatura es obligatoria para todas las estudiantes que han escogido la especialización de Escritura Creativa.

—Lo siento mucho por ustedes —dice el profesor X, el experto en Melville y Hawthorne—. Muchísimo, porque, para empezar —ahora hay un destello de acero en sus ojos—, si quisieran ser escritoras no se habrían matriculado en mi asignatura. Ni siquiera se habrían matriculado en la universidad. Estarían viajando en trenes de carga, recorriendo el país.

El dogma de fe de 1953.

Las jóvenes aspirantes a escritora del aula acaban de entender que, por supuesto, no tienen nada que hacer. Una a una, todas las manos han ido bajando.

Yo era una de las que la habían levantado.

 

«La forma social natural del artista es la pandilla de chicas».

¡Esto es ridículo, vamos, a quién se le ocurre!

 

En enero de 1954 Allen Ginsberg ya vaga por Yucatán. Primero va a Chichen Itzá; tumbado en una hamaca en las ruinas de El Castillo, colocado de paracodeína, contempla la noche maya y ve «la cara de Naomi, joven y morena, sentada al piano en una fiesta, cerca, mirándome, esbelta y llena de vida». El pasado desfila bajo la forma de sueños mientras el presente se despliega en las junglas y en las solitarias carreteras de montaña y en las pirámides medio desmoronadas de antiguas ciudades donde cada mirada es completamente nueva. En Tacalapán, el sueño de una fiesta en Nueva York, una «reunión de almas» —Jack, Lucien, Bill y otros— «en la que todos posan, terriblemente alegres o trágicos». En Acá vaina, una visión de «la palabra Tiempo, como una inmensa pared de plata que tapia el cielo», y el fugaz recuerdo de un joven chapero rubio al que conoció en el Astor Bar, cerca de Times Square.

Sin blanca en Salto de Agua a mediados de mayo. Un jardín lleno de barro donde gotea la carne colgada de ramas de árboles en flor. Y sigue adelante, atravesando el paisaje lunar de Coatzacoalcos rumbo a una Ciudad de México, huérfana ahora de Bill Burroughs y Joan, tan ingeniosa y muerta. La sensación de que Joan ha quedado abandonada allí. Allen camina por la calle Orizaba buscando a su fantasma. En esta fusión germinan nuevas imágenes.

Cuando cruza la frontera hacia California en junio —escribe: «entro en Estados Unidos solo, desnudo con mochila, reloj, cámara de fotos, poema, barba»—, se diría la encarnación misma del arquetípico vagabundo y escritor que el profesor X imagina; sólo sobra una palabra, angelical y andrógina: desnudo.

En la primavera de 1954 yo tenía dieciocho años y escribía un diario para la clase del profesor X. Llené muchas de sus páginas con descripciones de Alex Greer y de su círculo, al que me refería con el nombre de «la comunidad». La fascinación que había despertado en mí a los dieciséis años empezaba a dar paso a una impresión menos favorable:

Los miembros de «la comunidad» tienen mucho miedo. Tienen miedo a los

cheques devueltos, a los manuscritos rechazados, a las jerarquías institucionales, a

su pasado burgués, al fracaso sexual y a la esquizofrenia. Creo que la

esquizofrenia es lo que más les asusta; esta amenaza les parece más inminente que

ninguna otra. Están convencidos de que es perfectamente posible que, un buen

día, alguno de ellos «se vuelva esquizo».

«¿Te has enterado de que D. era esquizo? Su madre también lo era.

Cuando él tenía cuatro años ella prendió fuego a las cestas que hacía en terapia ocupacional y quemó la casa entera. ¿No es fabuloso?». La habitación vibra con risas incómodas y alguien dice: «¡Dios, hoy casi se me va la chaveta!».

En otra entrada, declaro:

No quiero involucrarme demasiado en «la comunidad». La gente me atrae, pero,

en cierto modo, todos se están muriendo lentamente, y yo no me quiero morir. Sí,

me limitaré a observar. Elise, sin embargo, quiere integrarse. Siempre ha

necesitado pertenecer a algo. Elise observa, mira mientras se entregan a sus

juegos peligrosos, matando el rato entre el ahora y el desastre final.

El papel de observador tiene sus ventajas. Puedes participar en el grupo

tanto como quieras, pero cuando ves que estás implicándote demasiado basta decir: «Bueno, a fin de cuentas sólo soy una observadora» y retirarte otra vez a un lugar seguro.

Hacía algunos meses que salía con un chico que no pertenecía a «la comunidad»; tenía dieciocho años, igual que yo. Parecía que nos pasáramos el rato en los pasillos con las manos metidas en la ropa del otro, atentos al ruido del ascensor.

Como amantes, nuestro mayor problema se reducía a la falta de un lugar adonde ir. Al lado de esta tragedia, hasta la contracepción nos parecía sencilla. Steven, estudiante de Biología de Columbia, se había puesto a investigar la eficacia de los condones, la extraordinaria capacidad de la goma para resistir presiones elevadísimas. Me parece que quería casarse conmigo cuando nos hubiéramos licenciado. No creo que yo pensara casarme con él, aunque en ocasiones sí que me lo planteé. El matrimonio se me antojaba una evolución completamente inevitable: un buen día, sin darte cuenta siquiera, te levantabas y te encontrabas en un piso deprimente en Iowa o Indiana, afuera llovía, y eras la esposa de un licenciado.

Al final, con el pretexto de quedarnos cuidándole el niño, nos acostamos en casa de Alex. No engañamos a nadie. Esta solución se me ocurrió tras comentarle la situación a Elise. ¿Qué pensaría Alex? Quizá me preocupaba demasiado lo que Alex pudiera pensar. En cierto modo, deseaba que quedara constancia de que ya no era la niña por la que me tomaba. Dentro de mí, en algún lugar, a punto de salir, estaba la persona que yo era realmente.

La noche que Steven y yo llegamos a la calle 112 Elise me esperaba con Alex. Qué oportunidad tan magnífica para ir al cine, dijo Alex. Fuera rugía una tormenta de dimensiones monzónicas. No sabía cómo darnos las gracias. Pasamos unos minutos charlando, formales y nerviosos. Aquello se parecía a la típica charla con los padres: «No llegaremos antes de medianoche», nos dijo Alex al salir de casa. Elise me abrazó y susurró: «Hemos puesto sábanas limpias».

Nunca había visto el cuarto de Alex tan ordenado; era como si esperaran invitados. Al otro lado del pasillo su niño dormía profundamente. Steven cerró la puerta y apagó la luz, y nos desnudamos a oscuras. «No tengas miedo», dijo. Sacó un condón de la cajita que traía y se empeñó en hincharlo hasta formar un enorme globo pálido para que yo pudiera comprobar de forma empírica que no había nada que temer.

Nos exploramos entre las sábanas y él se tumbó encima de mí, como en el parque. Pero ahora la cama y la desnudez de los cuerpos lo revestían todo de un halo solemne. «¿Ahora?», preguntó. Le dije que sí y se introdujo en mí, moviéndose y empujando con una energía que me sorprendió. Y de repente me puse a pensar en Bodas de sangre, de Lorca, que acababa de leer, y en las sábanas manchadas de sangre colgadas de la ventana para que el pueblo entero las viera. Se apoyó en mí, se estremeció, gritó un poquito y ahí terminó todo. Tumbada en la cama, me asaltó una duda completamente nueva: ¿aquello era todo?

 

Aquel verano de principios de julio Nueva York se quedó vacía. «La comunidad» se había dispersado. Se diría que todos tenían un lugar fuera de la ciudad adonde ir. Steven se había marchado a Woods Hole a estudiar Biología Marina. Me escribía cartas de amor con caras de perro triste dibujadas debajo de su nombre. Elise también se había ido, estaba haciendo de tutora en un campamento femenino en el norte del estado; se tomaba un respiro de Washington Heights. Nos escribíamos mucho. Recuerdo que las dos estábamos leyendo a Henry James: Los embajadores. Elise perdió su ejemplar y yo le mandé otro por correo para que pudiéramos mantener correspondencia sobre la renuncia de Lambert Strether a madame Vionnet, suceso ficticio que nos emocionó a las dos. La idea de renunciar a una pasión, el éxtasis moral del sacrificio por la «causa justa», nos parecía exquisitamente cautivador. A medida que avanzaba el verano, estaba cada vez más convencida de que el mensaje de James revestía para mí una importancia especial.

Encontré un trabajo de verano en la sucursal de la IBM de la calle 114. Copiaba cifras en formularios que luego se introducían en máquinas perforadoras. Era una oficina de mujeres de mediana edad que llevaban el almuerzo en una bolsa. Te pagaban por horas. Tomé la costumbre de pasar por casa de Alex, que también se había quedado varado en la ciudad. Nunca había estado a solas con él. De vuelta en la IBM me descubría arrebolada e incrédula, maravillada, en el espejo del baño de mujeres. Me sentaba a la mesa a duras penas consciente de los números que, bajo mi lápiz, nadaban de un formulario al otro mientras el reloj avanzaba arrastrándose rumbo a las cinco.

Mis almuerzos eran cada vez más largos. Sumida en una agonía jamesiana, pasaba horas con Alex hablándole de mis padres, de lo que escribía, de mi ambivalencia respecto a la música; ésta le resultaba particularmente fascinante, y siempre ponía varios discos, como si quisiera dar con uno que pudiera curarla. «¡Escucha!», decía. Hacía un gesto de director de orquesta con la mano, y luego la apoyaba en mi hombro para que me fijara en algún pasaje de Shostakovich o Stravinski. Y yo me esforzaba, de verdad, por escuchar exactamente como él me había indicado; en el fondo, sin embargo, me ahogaba en sus ojos grises, en su boca fina y divertida. A veces me llevaba a dar largos paseos sin rumbo fijo. Caminábamos hasta más allá de Columbia, pasábamos bajo las vías elevadas del metro y llegábamos a la frontera de Harlem.

—Tenemos una relación —bromeó una vez mientras esperábamos para cruzar Broadway— como la de Tennessee Williams y Carson McCullers.

De repente me sentí confusa y decepcionada.

—¿Y qué clase de relación es ésa?

Tiró de mí para tenerme más cerca.

—Ya lo sabes, ¿no? Nos entendemos a la perfección… en algunas cosas.

Un día el almuerzo se prolongó hasta las cuatro; después de fichar me despidieron.

Procuré recordar que estaba enamorada de Steven. Era amiga de Elise, y aunque ahora ella vivía de las crípticas postales que le enviaba Allen Ginsberg, yo tenía la impresión de que Alex todavía le pertenecía. Y, además, Alex tenía veintinueve años, seguía casado, tenía un hijo y no era judío: una combinación de todas las cosas que a mis padres les parecerían inaceptables. Por no mencionar mis dudas acerca de él, que se colaron en un relato que empecé a hilvanar al final del semestre pero que nunca llegué a comenzar. En él, un personaje inspirado en Alex llamado Michael se veía obligado a ejercer una autoridad casi divina ante un grupo de personas bastante desesperadas; con todo, él sabía que no era capaz ni de mantener su vida a flote.

Jane ama a Michael y cree en él. Es ella quien, más que nadie, logra que se sienta

«Dios». Ella se ha vuelto responsable de los aspectos más rutinarios de su vida.

Adopta, de hecho, el papel de madre. Él, sin embargo, se ve como una figura

paterna.

A finales de agosto el Hotel Yorkshire se incendió en plena noche. Todos abandonaron sus habitaciones tosiendo y salieron a la calle mientras las sirenas de los bomberos resonaban Broadway abajo. Una chica de mi clase de Escritura Creativa se alojaba ahí. También había sido alumna de Alex, y solía bromear acerca de lo mucho que todavía le gustaba. Estaba en la calle 113, descalza y envuelta en un albornoz, cuando él apareció de repente. Se la llevó a la calle 112 y «no sé cómo…, una cosa llevó a la otra». Ella me llamó al día siguiente para contarme aquella noticia tan estupenda.

¿Cómo podía el amor estar tan sujeto al azar?

¿Por qué ella y no yo? Abandonándome a un desconsuelo muy poco jamesiano, le dije a mi madre que había pillado un virus estival y pasé dos semanas sin levantarme de la cama.

Llegó una carta. La habían enviado desde Florida, adonde Alex había ido con su hijo a ver a sus padres. «Joyce», comenzaba. Y después de mi nombre, un gran espacio en blanco. El resto consistía en una minuciosísima descripción del vuelo a Miami que incluía altitudes, vibraciones del motor e incluso las revistas que repartían las azafatas. Una carta dedicada a alguien que nunca había viajado en avión. Me curé del virus y esperé.

Al cabo de una semana me llamó desde una cabina de Broadway. Bajé corriendo a la calle para verme con él en una cafetería muy escondida de la calle 86. Entonces supe que aquél era el principio de mi vida de mujer.

 

Al final del verano se lo conté todo a Elise. Ya sabía que Alex y yo acabaríamos juntos, me aseguró. «Disfrutad mucho», se despidió. Como si fuera tan fácil.

En los años cincuenta, el sexo —si es que llegabas a practicarlo— era un acto serio y angustioso. A pesar de todo aquel «afán reprimido» que Holmes había descrito, ni las camas de los jóvenes liberados escapaban a los problemas. Una preocupación totalmente nueva, la de correrse o no —que ambos se corrieran era, para el hombre, tanto una obligación como un motivo de orgullo; para la mujer, por su parte, no correrse constituía una vergüenza—, transformaba ahora la pregunta «¿Te has corrido?» en un trámite pavoroso.

Muy a conciencia, la gente experimentaba aquí y allá.

En California vive un matrimonio a tres bandas que unos años más tarde será célebre: Neal y Carolyn Cassady y Jack Kerouac. En aquella época Jack trabajaba en los ferrocarriles con Neal y vivía en la buhardilla de su casa. «Mi colega y mi chica. Que os divirtáis, chicos, hasta luego», dice Neal un buen día al salir de casa. Socialismo emocional.

Compartir lo es todo. Ésta es una idea contra la que Carolyn, que ya ha compartido a Neal con demasiadas mujeres y también con Jack y Allen, lucha con uñas y dientes. Los hombres siempre se le escabullen, se escapan al ático y la dejan con los platos por lavar. Tras el primer susto, reflexiona y decide aceptar el reto de Neal.

No me equivoqué al confiar en que mi apuesta cambiaría el patrón de nuestras

vidas. Todo se me aparecía ahora bajo una luz nueva. Llegaron los buenos

tiempos: ya formaba parte de cuanto hacían, y me sentía como la estrella invitada.

La temporada de armonía doméstica que siguió fue, quizá, lo más parecido a la felicidad absoluta que Carolyn Cassady conoció.

Yo ejercía de mujer, y mis hombres eran hombres. Quizá hacían falta dos donde

solía bastar con uno, pero tanto mejor…

Mientras me dedicaba a mis tareas domésticas, los hombres se leían en

voz alta pasajes de lo que estaban escribiendo; sus lecturas, acompañadas de encendidas conversaciones y críticas, también incluían a Spengler, Proust o Shakespeare… Escucharlos y llenarles las tazas de café me bastaba para sentirme feliz. Y, sin embargo, nunca me dejaron al margen. Me hacían comentarios y me integraban en el grupo con sonrisas y palmadas cariñosas, se interesaban por mis opiniones y me pedían que mediara en sus discusiones.

Pero al final todo termina explotando: otra utopía fracasada. A pesar de su generosidad, Neal se siente rechazado —«Dile al amigo que se busque otra chica»— y retoma sus frenéticos vagabundeos. No es capaz de quedarse en casa con Carolyn y los niños durante mucho tiempo. Jack se muda a un hotel de adobe en Ciudad de México para estar solo y poder escribirle a Carolyn tiernas cartas en las que le pide que vuelva con él. Pero se marcha antes de que ella llegue.

Sin embargo, serán amigos toda la vida. E incluso después de que los dos hombres hayan muerto, Carolyn nunca conseguirá comprender qué fue lo que pasó exactamente: «Es curioso, se diría que Jack siempre fue el cemento que mantenía unida a nuestra pequeña familia», cavilará, triste, veinticinco años más tarde.

 

«¡Ya lo tengo!» grita una chica desde la ventana del tercer piso del Hewit Hall en mi último año en Barnard. «¡Subid! ¡Lo tengo!». Lo guarda en un tarro que esconde en un cajón de la cómoda, debajo de la ropa interior. Es un cuenquito de goma marronosa cubierta de maicena, para que no se agriete. Lo levanta y nos enseña a Elise y a mí este artículo prohibido: contrabando. Basta con comprar un anillo en una tienda de saldos antes de ir a la clínica Margaret Sanger, y luego te inventas un nombre de casada, ¿qué hay de malo en eso? Ahora ella está lista. Tiene la llave que lo abre todo.

Elise se corta el pelo unos meses después y se convierte en la amante de una chica muy atrevida que se llama Sheila. Entra decidida en una barbería de puertorriqueños

y pide que le hagan «un corte a lo Juana de Arco, [11] por favor ». Siempre lleva unos Levi’s de tela rígida que le sientan fatal y alguna de las blusas de niña pequeña que su madre le compró cuando iba al instituto; carga con un bolso grande de un negro fúnebre, como los de las señoras mayores, que va columpiando, agarrado del asa, mientras camina por Broadway con la mirada perdida en la distancia, en un destino al que llegará en el futuro.

«Nadie va vestida como Elise —protesta su amiga Sheila—. ¡Ese corte de pelo y ese bolso! ¡Deshazte del bolso! ¿Cómo puede alguien tan brillante resultar tan torpe para estas cosas?». En todo lo demás, Elise es la lista, y ella, la tonta; Sheila sería la primera en admitirlo. No es más que una chica de Shaker Heights del montón. La típica niña de barrio residencial, que todos sepan a qué atenerse. Pasan las tardes tumbadas en la cama de la habitación de Sheila. Algunas noches, acompañadas de su «carabina», se aventuran hasta el Grapevine, un bar en el que las mujeres bailan con mujeres. La carabina es un conocido de Elise, un chico de Columbia un poco raro llamado Leo Skirt que se parece asombrosamente a Kafka y escribe relatos titulados Leo en México o Leo el sionista. Sheila y Leo se compinchan para meterse con Elise y picarla por su devoción por Allen, al que hace un año y medio que no ha visto.

Más que como amigos, Sheila y Leo, con aquel empeño suyo tan de familia por que Elise entre en razón, con su rechazo a todo lo que no sea la más estricta realidad, se comportan como parientes. Según Leo, la obsesión de Elise es tan trivial como cualquiera de las que hayan podido dominarle a él. En una ocasión, él llegó a pensar en suicidarse por un chico llamado David. «¿Y qué te lo impide?», preguntó Elise. En su lucidez, ella sabe a qué atenerse.

«Ya estoy harta de tanto Allen», dice Sheila; Elise también podría quererla a ella, a fin de cuentas. Pero amando a Sheila, Elise también ama a Allen, se reúne con Allen en algún lugar de su mente, vive la vida de Allen: ama a Sheila igual que Allen ama a los hombres.

 

Algunas etapas del crecimiento se parecen al sueño. El durmiente sueña y se revuelve en la cama, pero permanece en su sitio, instalado en un continuo que, más tarde, recordará a duras penas. Así, no consigo recordar mis tres primeros años en Barnard; el último, sin embargo, se me aparece nítido y perfectamente definido. El año de Alex. El año del cambio. El año en el que dejé la música, en el que no me licencié, en el que rompí con mi familia: recuperé a la niña que cogía el metro para ir al Waldorf, a la que ahora una orfandad voluntaria había librado de tener que llegar a casa a las siete.

A los diecinueve años estoy ansiosa por convertirme por fin en la heroína de mi propio drama. La emoción y la novedad del amor llenan mi vida. Me elevo sobre el suelo, arriba, con más fuerza que una burbuja, y sé que me sentiré así para siempre. Cuando miro hacia abajo, percibo algunos obstáculos —mis padres, la atención que debería prestar a mis estudios, la tesis inacabada de Alex, la ambivalencia de sus sentimientos por Sally, el esnobismo de sus amigos, que no pueden entender cómo, después de haber estado casado con ella, puede salir conmigo—, pero si los sobrevuelas dejan de ser obstáculos. Incluso Elise se desvanece un poco, se retira en su propia vida ahora que yo tengo la mía.

Esta euforia es temporal y, por lo tanto, peligrosa. Para mis padres, el peligro equivale a la pérdida de la virginidad. Van desencaminados: ésta es la menor de las amenazas.

Mis padres ven en Alex al ladrón que les está robando a su niña (o a la niña que creen tener). La habilidad con la que hasta el momento he llevado una doble vida ha resultado excesiva. La nueva chica a la que ahora se enfrentan nos resulta una desconocida a todos. Imprevisible, temeraria. Apenas capaz de quedarse en la mesa hasta el final de la cena, corre a la calle sin que medie excusa alguna y regresa Dios sabe cuándo.

Cruzo la puerta de puntillas a las dos de la madrugada; en la habitación de mis padres brilla una luz pálida. Es mi padre, que mira el reloj con su linterna. Mi madre me vigila con el concurso de mis tías. Me siguen por Broadway; me informa de que me han visto. Me han visto entrar en el bar West End con un hombre. Me han visto cargar una bolsa de la compra. ¿A quién se la llevaba? Me han visto girar por la calle 112 con la mano escondida. Yo llevaba la mano escondida en el bolsillo, agarraba la llave que Alex me había dado y me apresuraba hacia su cama, sí, y hacia la desnudez y la oscuridad, y hacia el riesgo. Porque nunca termino de decidirme a ir a la clínica de Sheila. Es curioso: a algunas cosas nos atrevemos y otras, en cambio, nos dan miedo.

Un día llevo a Alex a casa para que conozca a mis padres, como si estuviéramos prometidos. Casi lo estamos, aunque no tengo nada en común con las chicas de mi clase, con sus rebequitas de colores pastel y sus grandes anillos de compromiso. En nuestro caso, el acto precedió a la promesa. Los cuatro nos sentamos en el salón y mi madre se ofrece a servir un té. Inesperadamente, mi padre le ofrece una copa a Alex y saca esa botella de whisky que no abre más que en contadas ocasiones. Sirve una medida en cada uno de los vasos, como si así Alex y él, hombre a hombre, pudieran apartarse de mi madre y de mí. La visita es un desastre. Mis padres huelen al extraño que se oculta bajo el raído traje de franela que Alex se ha puesto para la ocasión. No es uno de los nuestros. Ni siquiera les impresionan sus títulos. Pero es un profesor de universidad, al fin y al cabo, y pronto será el doctor Greer. Este hombre ha estado casado. No es judío. Es un seductor de ideas raras. Ellos lo saben, una sabiduría ancestral los guía. Qué doctor ni qué historias. Él no es decente. Cual lobo arrimado a una verja, ha metido el miedo en casa. Aquí hemos sido siempre gente decente. Se dan cuenta de que se equivocaron con mi educación, pero ya es demasiado tarde. Su hija ha reducido a cenizas todos sus sacrificios, todo aquello a lo que han renunciado, un centenar de dolorosas privaciones. Con sus aspiraciones a una vida más refinada, me han empujado demasiado lejos, fuera de su alcance. Si no la hubiéramos mandado a la universidad, esto no habría pasado.

La decencia de mi padre y de mi madre es absoluta, incorruptible. Está cargada de un patetismo terrible; su sentimentalismo es tan heroico y desgarrador que te desarma. Son tan anticuados como el salón de su casa. Su inocencia, el gran logro de sus vidas, está pidiendo protección a gritos. Al final, tendré que irme para mantenerla a salvo.

En realidad, estoy muerta de miedo. Como una niña pequeña, me amparo en Alex. Necesito saber que me querrá para siempre. Al fin y al cabo, no soy tan distinta de mis padres: creo en el compromiso para toda la vida. Alex es el gran libertador de las chicas como yo. ¿No les dice a sus alumnas que se vayan de casa? Éste es el primer paso hacia la liberación sexual que tanto defiende. La represión de la generación de mis padres va más allá del anacronismo, dice él, es una enfermedad. Menciona a menudo las obras de un tal doctor William Reich, que sienta a sus pacientes en extrañas cajas de metal, como de película de ciencia ficción, para recargarlos con partículas eléctricas de energía sexual. Alex ya ha probado su tratamiento, y también el análisis freudiano, al que, tarde o temprano, tendré que someterme yo también. Al parecer, su amor es condicional: está pasando por alto a la niña vacilante que soy para concentrarse en la criatura segura de sí misma y espléndidamente transformada en la que me convertiré —por él— muy pronto, antes incluso de graduarme y de tener mi propio piso. En la cama trabajamos en mi transformación. Y como estoy demasiado consciente, siempre le fallo. Se diría que mis ansias por complacerle impiden que «me deje llevar», justo lo que él me pide. Siempre espero a que eso pase, y como eso no pasa, me asusto, y un día, cuando me pregunta si esta vez me he corrido, respondo que sí, me he corrido. La mentira le alivia tanto que ya no me parece tan malo haberla dicho. Y la repito. Este secreto, que no puedo revelarle ni siquiera a Elise, se convierte en un elemento consustancial a nuestra relación. ¿Recurrirán a este subterfugio muchas mujeres? Que yo sepa, soy la única.

 

El amor ralentizó todas mis constantes vitales. Me saltaba las clases de Psicología Experimental y Novela del Siglo XVIII y Melville y Whitman, y las de Tragedia Griega. Ya casi ni aparecía por el gimnasio. Según una regla estúpida y anticuada, los créditos de asistencia a Educación Física eran un requisito obligatorio para la obtención del diploma final, pero nunca la habían aplicado, que yo supiera. En mi buzón del campus se amontonaban avisos sin recoger; cuando pasaba por delante podía verlos con el rabillo del ojo, apretujados en un casillero con mi nombre.

Una noche mi padre llamó al timbre del piso de la calle 112. De pie en el pasillo, con voz temblorosa, amenazó a Alex con denunciarle ante el decano McIntosh si no me dejaba. Escondida en la habitación de atrás, oí cómo Alex le decía, muy frío: «No puedo hacerlo, señor Glassman», y cerraba la puerta. Mi padre volvió a casa por Broadway, por las calles por las que ya no paseaba con él por las tardes. No mencionó aquella visita cuando, unas horas más tarde, regresé a casa. Sospeché que no le habría contado nada a mi madre. Esperé a que cumpliera su amenaza, pero nunca lo hizo. El único resultado que aprecié fue un cambio en Alex, un retraimiento que ya nunca desapareció. Me había clasificado en la categoría de sus «problemas».

La adversidad no une a la gente. Cobijándome en mi sensibilidad, lloraba en las cafeterías del barrio. Mi tristeza me parecía insoportable pero valiosa: una etapa que debes pasar para alcanzar una sabiduría más profunda.

Algunos días faltaba a clase porque sí. Era como si dentro de mi cabeza una orquesta tocara con sordina, tan lejos que no era capaz de oír su música. Oía tonos y ritmos que todavía no tenían sentido pero que lo sugerían, que lo auspiciaban. Escribía frases en mi cuaderno y, en ocasiones, conseguía acercarme a la orquesta. En otras, sin embargo, la orquesta me esquivaba y se desvanecía por las esquinas dejando tras de sí palabras pisoteadas que emitían ruidos débiles cuando las leía, como silbidos. Entonces me convencía de que la orquesta ya no volvería a tocar jamás, pero luego recomenzaba como si nunca hubiera parado. Se me había escapado, eso era todo.

Ni esta orquesta del lenguaje ni nada que se le pareciera me había acompañado jamás en mis composiciones musicales, a las que seguía entregándome en una especie de vacío, rellenando infinidad de páginas con unas notas que constituyeron mi último regalo a mi madre. Parecían tan profesionales…, decía. Como ya había hecho todos los cursos de composición de Barnard, tomaba clases particulares con el compositor Wallingford Riegger. De las fugas para piano había pasado a los cuartetos de cuerda.

Una vez a la semana iba a casa del señor Riegger y sometía a su juicio mis últimas creaciones. Era un hombre de casi setenta años al que adornaba un sentido del humor algo irónico que nunca ejercitó a mi costa. Su apartamento era el más sencillo que había visto en la vida. Todo era austero, líneas rectas y desnudez. No había adornos en ningún lado. Los otros profesores de música con los que había estudiado tenían Steinways y alfombras, bustos de compositores famosos y fotos de antiguos alumnos firmadas. El señor Riegger trabajaba en una diminuta habitación para el servicio y tenía un viejo piano vertical sobre el que se amontonaban las partituras. Había creado sinfonías y ballets; hacía más de cincuenta años que componía. En 1925, cuando adoptó el sistema dodecafónico —fue uno de los primeros estadounidenses en hacerlo—, le llamaron enfant terrible. «Sentía la necesidad de expresar nuevas ideas para las que las antiguas técnicas ya no resultaban adecuadas», dijo. Fue el primer artista auténtico que conocí. Conocerlo fue un verdadero honor. Me alegraba que mis lecciones, una pérdida de tiempo absoluta, le reportaran algunos ingresos.

Un día le confesé al señor Riegger que sabía que, por mucho que lo intentara, nunca sería capaz de componer una pieza que me gustara de verdad. Lo sabía, dije, porque cuando escribía relatos u obras teatrales experimentaba algo totalmente distinto: la sensación de que, en algún momento, lograría crear algo perfecto. Con la música nunca la tuve.

«Pues entonces deberías dejarlo», respondió, tan amable, tan natural que me quedé atónita. Nunca se me había ocurrido dejarlo. «Déjalo ahora —dijo—. ¿A qué estás esperando?».

Sólo se me ocurría una razón para no hacerlo: decepcionaría a mi madre. Aun así, sabía que aquélla era una razón que el señor Riegger no iba a permitir que tuviera en cuenta. A él no le parecería más que un «extra», una cuestión menor. Cuando uno tiene una vocación, se entrega a ella sin vacilar.

Le pregunté si le parecía bien que lo dejara aquel mismo día. Con todo, la idea de no volver a verlo me entristecía.

Soltó una carcajada y dijo: «¡Bien!» con aquella alegría irónica suya, y me preparó una taza de té para celebrar mi decisión. Un sencillo té de bolsita sin limón ni azúcar.

Mi renuncia a la música fue tan absoluta que nunca volví a tocar el piano; durante mucho tiempo no fui capaz de escuchar un disco sin experimentar una incomodidad y una tristeza agudísimas; me sucedía incluso cuando era Alex quien escogía la música.

Mi madre reunió todas las piezas que había compuesto, las envolvió en plásticos y las metió bajo llave en el cajón en el que guardaba las cosas que más le importaban. Aquello hizo que me sintiera muy mayor, como si mi infancia también hubiera quedado encerrada con ellas y ahora le perteneciera más a ella que a mí. Debía de creer que algún día le pediría que abriera el cajón, pero yo sabía que nunca lo haría.