Personajes secundarios

Joyce Johnson · Capítulo 15 de 18

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Personajes secundarios

Doce

Elise había vuelto a desaparecer, atomizada en los espacios azules y azotados por el viento entre Nueva York y San Francisco. La última vez que me escribió desde la Costa Oeste —todavía convencida de que estaba a punto de marcharme a México— se despidió con estas palabras: «Ahora N. Y. será el viejo árbol que cae en el bosque vacío». Desde aquella carta, todas las que yo le mandé a su pensión habían sido devueltas al remitente. En Florida, Jack escribió al poeta Michael McClure y le preguntó si alguien de The Place conocía a Elise o la había visto últimamente. Nadie. «Ya lo tengo —me consoló Jack—, les enviaré información falsa a mis agentes en Frisco, les diré que Allen ha vuelto a Nueva York, y Elise se enterará y regresará a la ciudad, ¿de acuerdo?». Pero Allen todavía estaba en París con Peter Orlovsky, y se quedaría allí hasta el verano siguiente.

Lo único que podía hacer era escribir un poema, y lo hice en una interpretación personal del estilo beat:

 

Elise

subió al autobús de la Greyhound.

Después de sabotear

algunos relojes

en la ciudad

me dejó el resto,

y un destino

de chop-sueys infinitos,

y un ejemplar roto de El idiota. No tenía gran cosa.

Cuando las puertas eléctricas se cerraron

y el aire acondicionado se puso en marcha,

los caminos de cuero negro

se la llevaron.

Sus amigos

celebran su marcha

con cerveza y puñetazos.

Sus padres

en su impenetrable salón

han cerrado las persianas.

Sobreponiéndome a una timidez inmensa se lo envié a Jack, a quien le gustó más que todo lo que le había mostrado hasta entonces; incluso me animó a que lo enviara a una revista de jazz de Nueva Orleans. Pero me daba vergüenza, no sé por qué, y no lo mandé nunca.

Aquel otoño asesinaron a una chica de veinticuatro años en North Beach. Incluso los periódicos de la Costa Este se hicieron eco de la noticia. ASESINATO BEATNIK, proclamaron los titulares. Habían encontrado su cuerpo —violado y molido a palos— tendido entre los cubos de basura de un callejón. La identificaron como «una inadaptada», una de aquellas chicas que entraban y salían de los hoteluchos de la zona. Despreocupada y borracha, cohabitó con varios hombres hasta que uno puso fin a su corta y desquiciada vida. Algunos porteros y camareros la recordaban. Se lo estaba buscando. «Pobrecita», añadían al final.

Se llamaba Connie, pero en aquel breve yo leí el nombre de Elise. Durante un extraño momento llegué a pensar que se trataba de la misma persona, que Elise, decidida a desaparecer del mapa, había adoptado la identidad de la chica asesinada. Y luego me quedé convencida de que Elise y Connie se habían conocido. Podía verlas a las dos, envueltas en albornoces viejos, sentadas en el borde de una cama bebiendo vino al resplandor del fluorescente de una habitación como la del Yorkshire. Sabía que Elise habría intentado cuidar de Connie, igual que Allen acogía a los marginados, a los locos.

 

Una noche de noviembre me lanzo a una misión de rescate. Peter, que está en París, ha recibido noticias preocupantes de Lafcadio. Su hermano, que desde que él y Allen se marcharon estaba de vuelta en Long Island, en Northport, tiene problemas con su madre, que asegura que el muchacho está loco. Dice que le pega. Ella, por su parte, le tiró un abrelatas que le rajó el brazo hasta el hueso. Peter tiene miedo de que Lafcadio termine en un psiquiátrico público, como su hermano Julius, y está dispuesto a volver a casa. Mientras tanto, alguien tendrá que convencer a Lafcadio de que se calme.

Albergo dudas muy serias acerca de mi capacidad para hacerme cargo del asunto. Durante los meses en los que coincidimos, Lafcadio no me dirigió la palabra ni una sola vez, nunca levantó la vista de aquellos dibujos suyos, quizá ni se acuerde de quién soy. Era Elise la que le llevaba a los museos y hablaba con él. Ojalá supiera de qué. De todos modos, su madre me confundirá con una trabajadora social y no abrirá la puerta.

Aun así, le pido a Howard Schulman, un amigo de Elise de Columbia —la única persona con coche que conozco— que me lleve a Northport. Howard Schulman es propenso a sufrir brotes esquizofrénicos, pero entre ataque y ataque resulta una persona absolutamente lúcida, si no brillante. Jack, que le conoció aquel otoño, dice que tiene «unos ojos buenos, luminosos».

Conduce el Chevy que sus acaudalados padres le han regalado por su vigésimo primer cumpleaños con una violencia que supera a la de Lucien. Mientras, yo estudio a la luz de una linterna los garabatos del mapa que Peter me mandó desde París. Estamos buscando un camino de tierra que sube por una colina; cuando al fin damos con él, se ve tan traicionero y lleno de maleza que tengo que bajarme del coche y abrir la marcha a pie con la linterna, guiando a Howard a voz en grito. Él conduce asomando la cabeza por la ventanilla y se ríe como un tonto mientras me dice que probablemente terminemos matándonos. Cerca de la cima de la colina tendría que estar el gallinero reconvertido en casa —«cubo rojo pequeño», marcó Peter en el mapa— en el que Lafcadio Orlovsky ha vivido durante los últimos cinco meses. «¡Secuestremos al niño!», grita Howard, aunque para salir pitando yo tendría que volver a hacer el numerito de la linterna mientras él conduce marcha atrás.

Por fin logro enfocar una pared roja, pero la casa está tan oscura que parece vacía. Nos acercamos andando y yo golpeo la puerta y grito, nerviosa, «¡Lafcadio! ¡Lafcadio!».

La puerta se abre y allí está Lafcadio, mucho más grande de lo que yo recordaba: ha crecido un montón, y en sus mejillas incluso asoman algunos pelos delicados. Se nos queda mirando con sorpresa y cautela. Y sí que hay luz en la casa, sale del televisor, como un gas azulado y casi imperceptible. Alguien —¿la señora Orlovsky? — se mueve con dificultad por detrás del chico y entra en otra habitación.

—Soy la amiga de Elise, me conociste en Nueva York, y éste es Howard Shulman, Lafcadio. —Pasados unos momentos asiente con la cabeza y dice hola entre dientes. Tendría que haberle traído papel de dibujo, o algo—. Peter está preocupado porque ya no le escribes. Quiere que sepas que está intentando conseguir algo de dinero para volver a casa. Sólo tienes que esperar un poco, y ya estará de vuelta. Pero no quiere que te metas en líos. Sé que Elise se acuerda de ti, y Jack te manda saludos.

—Elise me manda postales —dice Lafcadio.

Y pienso, enormemente aliviada: Entonces es que está viva.

—¿Quieres ir a dar una vuelta? —le pregunta Howard—. ¿Qué te parece, Lafcadio?

Lafcadio sacude la cabeza, no quiere.

—Dile a Petey que todo irá bien —susurra, y cierra la puerta.

 

De vuelta a la ciudad, condujimos por Northport buscando un lugar donde comprar hamburguesas. En la oscuridad, y a pesar del sufrimiento de los Orlovsky, el pueblo nos pareció romántico. Había muchos olmos y pilas de hojarasca en los jardines y casas de madera grandes y antiguas con porches espaciosos y panochas de maíz colgadas de las puertas. La calle principal desembocaba en una bahía cuyas aguas lamían, negras y brillantes, un embarcadero al que todavía estaban amarrados algunos botes de recreo. También había un parque con una anticuada glorieta; algunos adolescentes se besuqueaban en las escaleras.

En realidad, todo aquello era tan rematadamente americano que de repente eché de menos a Jack. Quizá fuera allí donde él podría vivir y yo podría estar con él; ésta, sin embargo, fue una conclusión a la que llegué algo más tarde mientras, aquella misma semana, le escribía una carta: «Parecía Nueva Inglaterra. Parecía un lugar en el que podrías instalarte algún día. Y podrías ir a Nueva York cuando quisieras para ver a los de Viking y a todos tus amigos».

 

En Florida, con Mémère, por lo visto Jack había recuperado su antigua euforia. Cuando se enteró de que En el camino estaba en el número once de la lista de best sellers del Times, predijo que en Navidad ya estaría en el primer puesto. Desde Nueva York Lillian Hellman le había propuesto que escribiera una obra de teatro. Cogió prestada la máquina de escribir de su cuñado y escribió los tres actos en veinticuatro horas. «No pude dormir hasta que estuvo terminada. He descubierto que escribir teatro es pan comido. Podría escribir un millón de obras, como Lope de Vega». Quería titularla Beat Generation «para aprovechar el tirón de la publicidad».

Alquiló una máquina de escribir nueva con la que, pensaba, podría avanzar en un «swing, swing, swing» a noventa y cinco palabras por minuto, y se compró un rollo de papel de teletipo «que llega de Orlando, Florida, a N. Y. City… larguísimo, un dólar cuarenta» en el que estaba decidido a escribir Memory Babe, una nueva novela acerca de su infancia. En un rollo más pequeño quería escribir la versión final de su traducción de la Vajracchedika Prajña Paramita, que leía cada mañana, como la

Tora. Y siempre andaba ocupado con sus poemas («perms»)[17], que a veces me enviaba escritos a máquina en el reverso de sus cartas. Sus «perms» solían ser salvajemente escandalosos. En uno muy grosero se dirigía a la «Dulce Emily Dickinson». La Dulce Emily Dickinson se había reído de «los fenómenos naturales que aquejan a los hombres velludos», pero quizá al morir aprendió por fin una lección de humildad. «Nos vemos en el cementerio», se despedía el poeta.

Y yo, que comparada con Jack no era más que un lamentable caracol, me esforzaba otra vez por avanzar con mi novela, renqueante; ¿por qué no podría seguir el consejo de Jack y terminarla de una vez, sin preocuparme por si era buena o mala? «Está escrito en las estrellas, no tienes poder sobre las estrellas, y yo tampoco. Las Estrellas Ya». Para animarme, le escribía a Hiram Haydn cartas tranquilizadoras sobre mis progresos («Como verá, no me he dado a la fuga ni nada por el estilo. Me temo que durante un tiempo me sentí algo desmoralizada, pero aquí estoy»). Le prometía que al cabo de tres meses tendría un borrador completo, y luego guardaba la carta en un cajón.

Ahora estaba a punto de enviarle al pobre hombre mi quinta dirección de contacto en seis meses. Acababa de mudarme al último apartamento barato; éste estaba en el centro —por fin—, en la calle Trece este. Nunca había conseguido llegar tan lejos de la casa de mis padres. Incluso Sheila se había largado a París; ella fue, en realidad, la única del grupo que viajó allí. Según Peter Orlovsky, trabajaba en la Berlitz y tenía un novio árabe muy siniestro.

Como ya me había gastado los quinientos dólares del anticipo de Random House, tuve que volver a trabajar de secretaria a tiempo completo. Las agencias de empleo me habían advertido de que mi historial laboral resultaba algo irregular. Mi nuevo jefe era un hombre irascible que en un solo año había tenido nueve secretarias y que, antes de pasarse a la edición, se había dedicado al negocio del desguace de automóviles. Había llenado su despacho de intelectuales oprimidos con doctorados en las disciplinas más peregrinas. En una ocasión se jactó de haber contratado a «rojos, mariquitas», a cualquiera que hiciera bien su trabajo. Y a «beatniks», añadió; al parecer, mis desvelos por parecer absolutamente respetable no lo habían engañado.

«Mi pequeña secretaria de medias negras», me llamaba Jack en sus cartas. ¿Cómo iba a ser una beat si tenía un trabajo fijo en una oficina y escribía una novela sobre una chica de universidad privada a punto de despedirse de su virginidad? «Si tuviera que ir buscando trabajo como tú, a los dos días me llevaban a rastras al loquero —me escribió—. Por eso soy un vagabundo, un vagabundo del dharma, un trotamundos con el saco a cuestas, y siempre lo seré». Quizá el profesor X no se equivocaba cuando nos decía que los auténticos escritores estarían viajando en trenes de carga.

Pero el nuevo empleo me duró poco. Era un viernes de diciembre, día de paga, el sol brillaba y yo no conseguía cuadrar el talonario de mi jefe, que volvería después de comer para chillarme. Me comí mi sándwich de queso de 35 centavos en Chock Full o’ Nuts y luego llamé al gerente para decirle que dejaba el trabajo. Aquel fin de semana escribí una carta de renuncia en la que enumeraba los defectos de mi jefe y que cerraba así: «Sé que no le importa lo que les pasa a sus empleados a partir de las cinco, pero descubrí que me sentía tan muerta y abatida después de un día en la oficina que no era capaz ni de leer el periódico, y mucho menos trabajar en mi novela. Y he llegado a la conclusión de que, aunque me pagara 100 dólares a la semana, no me compensarían».

Para mi alborozo, a los dos días recibí esta carta con una respuesta de mi jefe garabateada al dorso (su método favorito para ahorrar material de oficina). Decía que sentía mucho haberme causado «incomodidad» y que nunca llegó a sospechar que pudiera estar hiriéndome tanto. Embriagada por mi victoria moral, miré en el billetero y vi que todavía me quedaba dinero para pasar, exactamente, una semana de libertad alejada de la oficina. Engrosaría, por fin, las filas de los que se buscaban la vida.

Buscarse la vida era lo que todos hacían en mi barrio, que no tardaría en conocerse como el «East Village». Los pobres originarios del Lower East Side se habían buscado la vida sin esperanza alguna, por supuesto, vendiendo su trabajo por un sueldo miserable. Sus hijos crecieron y se marcharon a Queens o a Jersey, y las viviendas que dejaron vacías las ocuparon niños de clase media agrupados bajo el poco preciso epígrafe de «artistas» y que por un tiempo, bajo el influjo de la nueva filosofía y rechazando los valores de sus padres, creyeron que el dinero no les servía para nada. Nómadas sin mochila, acamparon alegremente entre ucranianos sombríos, polacos suspicaces, fruteros italianos y judíos que habían trabajado en fábricas textiles y que ahora agonizaban en el cuarto piso de un edificio sin ascensor. El trabajo era, para aquellos recién llegados, lo que un bolo para un músico de jazz: una atadura breve. Un contrato de temporada tenía valor como método para conseguir un seguro de desempleo. Esquivar un auténtico empleo durante tanto tiempo como fuera posible, y por cualquier medio, era todo un triunfo. Pero las mujeres sí que podían salir de casa y ganarse el sueldo, porque ellas no tenían obligaciones creativas que atender. Y a las mujeres no les importaba, y si les importaba, callaban; tardarían años en hablar.

Entonces los alquileres eran bajos, comer no costaba prácticamente nada, los servicios estaban en el pasillo, las bañeras, en la cocina, y sólo debías abrirle la puerta al casero si no había más remedio. Las furgonetas de la compañía eléctrica aparecían por las calles los viernes por la mañana para dejar sin luz durante el fin de semana a unos morosos que, aunque saldaran sus deudas aquella misma tarde, estaban condenados a una oscuridad punitiva. En previsión de emergencias, muchos hacían acopio de velas de Yahrzeit o de las de los puertorriqueños, del color del arco iris. Escribían poemas acerca de cucarachas que vivían en las estufas, en la madera, escondidas en zapatos o en las tripas de radios portátiles, y que copulaban al calor invernal, impregnado de aromas de chocolate, de la calefacción a gas. Las mujeres se pasaban recetas de estofado de huesos de pollo o de sopa de lentejas con mollejas; el tofu todavía no había llegado a Occidente.

No tardé en advertir que los poetas solteros seguían a rajatabla una «estética de la mugre». Cuando se mudaba a un apartamento ruinoso, el poeta, leal, lo conservaba en ese estado; llenaba de nicotina el aire que aprisionaban unas ventanas permanentemente empañadas y acumulaba tantas botellas de cerveza que, al final, no había cubo de basura digno de alojar aquellas pilas de vidrio, auténticos monumentos al líquido ambarino.

Y también estaban los que se negaban a ver aquellos edificios como lo que eran e insistían en que, una vez reducidos a su mínima expresión, restaurados a su estado primigenio, eran «lugares encantadores». Eliminaban trabajosamente las capas de yeso de las paredes para dejar a la vista un ladrillo que siempre había estado enyesado; lijaban la pintura de alféizares y dinteles; arrancaban décadas de linóleo para dejar al descubierto un entarimado —en ocasiones, incluso un parqué— perfectamente conservado por generaciones de amas de casa que, como mi madre y la de Jack, siempre cubrían las cosas «buenas».

Mi madre no podía entender por qué había vuelto a las calles que mis abuelos tanto habían luchado por evitar. «Al menos nunca vivimos en el Lower East Side. Vivíamos cerca del Bronx Park cuando era una buena zona. Al menos nunca vivimos en los barrios bajos».

Yo adoraba los barrios bajos, mis barrios bajos, los dulces barrios bajos de la bohemia y los beatniks donde los girasoles y las campanillas florecían en verano en las escaleras de incendio; y las viejecitas, vencidas por el peso de sus generosos bustos, se asomaban a la ventana apoyadas en almohadas de plumón de oca, autoproclamadas guardianas de la calle; y Tompkins Square, con su iglesia con una cebolla por cúpula, tenía el color gris de las fotos de Moscú. ¿Quién no querría buscarse la vida en la Segunda Avenida? Yo compraba bagels a siete centavos y encurtidos a diez centavos, y me sentaba hasta el amanecer en Rappaport’s, donde te daban una cesta de panecillos gratis, bebiendo café con un trombonista de jazz de Saint Louis y un poeta recién llegado de Chicago.

Treinta años atrás, la cultura yiddish había florecido en la Segunda Avenida. Sólo habían sobrevivido unas cuantas cafeterías kosher. A la vuelta de la esquina de mi apartamento había un bar llamado Slugger Anne’s; era el antiguo Café Royal, el legendario centro de reunión de artistas e intelectuales judíos. Durante su exilio, Trotski editó el Novy Mir en el sótano de una casa de Saint Mark’s Place, la transitada puerta de entrada al West Village. Ahora podías ver a W. H. Auden bajando las escaleras de la entrada de su casa en zapatillas de camino a la tienda de la esquina; resultaba difícil pasear por la zona sin toparse con alguien a quien habías conocido dos noches atrás y cuya amistad conservarías durante el resto de tu vida. El East Side volvía a florecer. Si no podías vivir en la calle Gay, vivías en la Trece este, y sabías que nunca regresarías a casa de tus padres, al Upper West Side.

Mi nuevo apartamento era pequeño y oscuro. En el hueco del conducto de ventilación las plantas perdían color hasta que se morían. El antiguo inquilino había pintado de negro la cocina, abierta al salón. Como no tenía gran cosa que poner en aquellas dos habitaciones, las decoré según el principio que me había explicado un pintor en el Cedar: el espacio entre los objetos creaba un campo magnético a su alrededor. En el apartamento de al lado vivía Mike, el portero alcohólico que, de vez en cuando, me daba unos sustos de muerte llamando a la puerta a las tres de la madrugada para que le dejara entrar a «arreglar las cañerías» mientras su mujer, en bata y rulos, chillaba «¡Kurva! ¡Kurva!» en el descansillo. «¿Qué quiere decir kurva?», le pregunté a una vecina muy agradable, una bailarina casada a la que el portero nunca incordiaba. «No estoy segura —respondió—, pero creo que es puta en polaco». Al otro lado vivía una mujer que llevaba una peluca negra, la mejor amiga de la esposa del portero. Cuando yo subía por las escaleras, siempre entreabría la puerta para ver quién me acompañaba, y una vez la pillé rociando perfume en mi puerta. «¡Porque estás toda la noche hirviendo col y me vuelves loca!», me gritó.

De todos modos, no pasaba mucho tiempo en casa. Todavía tengo una cicatriz triangular en el pulgar derecho que me recuerda la noche que volví corriendo a mi apartamento después de una larga jornada como mecanógrafa en una compañía de seguros, dispuesta a salir de nuevo en cuanto hubiera despachado el pesado trámite de hacer la cena. Dos chuletas de cerdo congeladas que se habían pegado amenazaban con retrasar mis planes. Quise separarlas con un cuchillo y en el intento me llevé por delante un trocito de pulgar; cubrí la herida con un trapo de cocina y salí rumbo al Cedar, sangrando por el camino.

Franz Kline me pidió que le dejara examinar mi pulgar y me soltó un sermón.

—Si fuera tu padre, te llevaría a que te dieran puntos.

—Es que no quería perderme nada —le dije.

—No. Claro que no. —Sin soltarme la muñeca, movió la cabeza con un brillo de traviesa comprensión en la mirada.

Aquel otoño a muchos pintores les llegó, por fin, la época de vacas gordas. Con los trajes de pana marrón nuevos que se habían comprado en Hudson’s de la calle Bowery, se pasaban por el Cedar de camino a la inauguración de alguna galería en la parte alta de la ciudad. Por el Cedar también comenzaron a aparecer caras conocidas de la escena social, hadas madrinas envueltas en magníficas pieles, potenciales coleccionistas de arte y de artistas. Las esposas de algunos pintores respondían ante la amenaza llevándose los modelos más atrevidos de las tiendas de segunda mano: peinetas de inspiración española y vestidos de cuentas de los años veinte cuyas sisas, si la propietaria de la prenda bailaba con demasiado desenfreno, solían rasgarse. Se arropaban con mantones de Manila, llevaban medias de rejilla de color morado y daban en llamarse «prerrafaelitas beat».

Todos los sábados por la noche se organizaban fiestas. Por el Cedar corría la voz de que un expresionista abstracto muy prometedor había invitado a algunos amigos íntimos, algunos coleccionistas y galeristas importantes, y al rato el sorprendido anfitrión se veía invadido por hordas de espontáneos que habían subido cinco pisos cargados con latas de cerveza y botellas de vino Gallo; y también con hierba, que en aquellas fiestas se fumaba en corrillos pequeños, con discreción, con solemnidad y ceremonia. De vez en cuando se vedaba el acceso a algunos aspirantes a invitado y la cosa acababa a puñetazo limpio, pero la mayoría de las veces entraban todos. Aquellas fiestas eran como gigantescos trenes vibrantes en hora punta llenos de pasajeros oscilantes, todos arrastrados a un destino lejano: la siguiente aventura amorosa, la siguiente fiesta, la siguiente resaca, el siguiente tazón de sopa de won ton en la calle Mott a las cinco de la mañana.

El mejor lugar para terminar la fiesta era el Five Spot, en la esquina de la calle Dos y la calle Bowery, que aquel verano había abierto, como por arte de magia, en lo que había sido un antiguo bar frecuentado por vagabundos. Los nuevos dueños lo habían limpiado un poco, habían metido un piano y habían colgado pósters en las paredes con anuncios de inauguraciones de galerías. Los vínculos con la escena cultural quedaron claros desde el principio. Allí, por el precio de una cerveza podías escuchar a Coltrane o a Thelonious Monk. En ocasiones, algún pintor metido a músico, como Larry Rivers, se sentaba y atacaba un tema con fuerza, con gesto serio. Kenneth Rexroth voló a Nueva York desde San Francisco y organizó un fin de semana de poesía y jazz. Quería hacer valer sus derechos sobre aquel territorio de la Costa Este antes de que Jack o Allen o Gregory Corso volvieran a la ciudad y le robaran la primicia.

Pero sobre todo recuerdo una noche en la que una mujer negra de mediana edad y cara triste se quedó de pie junto a la mesa en la que había estado sentada y cantó maravillosamente, con una voz rota y desconsolada que yo estaba segura de haber oído antes. Cuando terminó todos se quedaron en silencio y luego se levantaron y rompieron a aplaudir. Era la gran Lady Day, a quien la policía de Nueva York había retirado su licencia de cabaret y que muy pronto moriría, bajo detención policial, en la cama de un hospital. Frank O’Hara, que también escuchó a Billie Holiday cantar aquella noche, escribió una poesía:

y ahora estoy sudando mucho y pensando en

apoyarme en la puerta del váter del 5 SPOT

mientras ella susurraba una canción al correr del teclado

dedicada a Mal Waldon y yo y todos dejábamos de respirar

Voy caminando hacia el este en la penumbra invernal. De eso hará unos veinte años. Estoy a punto de pasar por delante de la Cooper Union, donde me tropezaré con una joven a quien un día consideraré mi amiga más antigua. Ya lleva una hora de pie en la calle, encogida en el viento helado que sopla en Astor Place. Una personita menuda, embutida en un viejo abrigo de tweed de sus tiempos de estudiante y envuelta en varias bufandas de punto, que reparte folletos ciclostilados —o al menos lo intenta— con el anuncio de un recital de poesía que tendrá lugar esa misma noche; nadie se para a coger uno, hace demasiado frío. Toma un folleto con una mano entumecida mientras con la otra sujeta los demás y me lo alarga. «¡Coge uno!». Hay en su voz una desesperación tan risueña que no me queda más remedio que detenerme (además, creo que me suena de algo), y termino quedándome allí y la ayudo hasta que empieza a nevar; esto ya es demasiado, pensamos las dos, ya no hay poesía que valga. Así que entramos en el deli B&H y apretamos los dedos contra las gruesas tazas marrones de café para desentumecerlos mientras el temporal de nieve golpea la ventana y el débil neón de la Segunda Avenida adquiere tonos pastel.

«¡Ven al recital!», me anima cuando le anuncio, a regañadientes, que tendría que irme a casa. Su marido es uno de los poetas, y ella es una mujer enamorada. Por él, ella se quedaría de pie en todas las esquinas heladas del mundo. Ella también escribe poesías, pero nunca las ha leído en público —ni las menciona, en realidad—, convencida de que no son lo suficientemente buenas. («Algunas sí que eran bastante buenas», admitirá con fiereza años más tarde).

Hacía dos meses que yo había visto y escuchado a su marido el poeta; en mi fuero interno, me pregunto si será de verdad tan bueno. Había estado leyendo sus poemas en una nueva cafetería de la calle Bleecker a la que Jack me llevó una noche, un local minúsculo que acababa de abrir en el sótano de un albergue para vagabundos. Cuando entramos, todos se volvieron para mirarnos. «Ése es Kerouac», susurraban. El poeta, un joven negro, bajo y elegante con su cuidada barba de catedrático, levantó la vista de la página algo nervioso; era un poema académico salpicado de algunos toques deliberadamente «modernos». Más tarde se nos acercó y se presentó como LeRoi Jones. «Y esa mujer de allí es Hettie», nos dijo orgulloso. Así que era de allí de donde la conocía. Ella nos sonrió, pero el fuego protector de sus ojos era para su marido. A pesar de las complicaciones raciales, parecían estar más unidos que la mayoría de las parejas que conocía. Se diría que encajaban hasta en su fragilidad.

 

Unos meses antes de que conociera a Hettie Jones, en Laurelton, Long Island, se expedía el certificado de defunción de una joven llamada Hettie Cohen. Aquel día ella les comunicó a sus padres su intención de casarse con Roi y se marchó llorando en un coche lleno de cajas con las cosas de la habitación en la que había crecido. Transcurrirían muchos años antes de que volviera a pasar una noche bajo aquel techo o a cenar en aquella casa durante las fiestas judías, o incluso a hablarse con su hermana. Jamás había conocido a nadie capaz de desarraigarse de un modo tan drástico.

Billie Holiday nunca cantó en Laurelton. En 1957 no se veían personas de color en las calles de aquel pueblo. Y que la hija de alguno de sus vecinos se casara con un negro resultaba una idea descabellada. Lo que unos padres esperaban de una chica como Hettie —una buena chica judía que había sacado buenas notas en el colegio y que había ido a la universidad— era que se casara con un chico de un barrio mejor y les diera nietos de mejillas rosadas a los que ver de vez en cuando. Gracias a la educación recibida, esta chica estaría familiarizada con lo que llamaban, con sumo respeto, Cultura: El lago de los cisnes, My Fair Lady, una suscripción anual al club de lectura.

En el impoluto hogar en el que Hettie creció, los libros, la música y el polvo brillaban por su ausencia. Tuvo que construirse su mundo interior ella sólita. Contaba con la biblioteca pública y el Centro Judío de Laurelton. A los trece años, Hettie mortificó a sus padres entregándose a un encendido fervor religioso; cuando, misteriosamente, su devoción remitió, se quedaron tranquilos.

Aquel misterio tenía una explicación: los chicos habían ocupado el lugar de la religión. Gracias a unos ciegos toqueteos en el asiento trasero de un coche aparcado delante de un jardín oscuro, incluso Laurelton podía transformarse en una jungla tentadora. Y si no eras suficientemente mayor como para irte de allí, siempre te quedaban otras vías de escape. En el escenario del auditorio del instituto, Hettie se empapaba de los personajes que interpretaba. Solían decirle que tenía dotes de comediante: una consolación, a la práctica, por carecer de la belleza clásica imprescindible para hacerse con el papel de niña mona.

En la universidad femenina de Virginia en la que decidió matricularse para alejarse de todo aquello que le resultaba familiar, Hettie se preparó para el teatro. En algunas chicas jóvenes, el deseo de pisar las tablas no es más que el deseo de conquistar la vida, de escapar de lo cotidiano para entrar en un universo más vasto, más exigente.

Un estudiante de Derecho de la Universidad de Nueva York con el que estuvo a punto de prometerse cuando se licenció le dijo a Hettie en una ocasión que, a pesar de todo, terminaría en Scarsdale, como Marjorie Morningside, quien también se había entregado al desenfreno bohemio antes de sentar la cabeza. Los jóvenes ambiciosos de los cincuenta, a los que les costaba reconciliar la llamada de la libido con la búsqueda de una esposa decente, solían invocar la figura de Marjorie, la díscola princesa judía protagonista del best seller de Herman Wouk. Si tus intereses no se ajustaban a la ortodoxia, siempre habría algún chico dispuesto a echar mano de sus técnicas argumentativas con la intención de que los abandonaras, demostrándote que no eran genuinos. Por aquel entonces, la nueva pasión de Hettie era el jazz, y el jazz podría arrastrarla hasta Dios sabe dónde.

El primer estilo en despertar su curiosidad fue el Dixieland. Incluso conocía a un grupo de músicos blancos aficionados, licenciados de Columbia. Se hacían llamar los Red Onions y tocaban el anacrónico «Saints Go Marching In» en fiestas y algún que otro club, y también las últimas piezas de Bix Beiderbecke un par de sábados por la noche al mes. Pero no tardó en descubrir que también existía algo más: la música de verdad; y la música de verdad era negra. Para Hettie, el negro se convirtió en el color de muchas otras cosas, de las cosas más auténticas que había conocido jamás, de una expresión de la experiencia más pura, de una sabiduría primigenia que los barrios blancos les negaban a sus hijos.

En 1955 Hettie vivía en la calle Morton, en el Village, y trabajaba de secretaria en una revista de jazz llamada The Record Changer, que resistía a duras penas y que al cabo de poco tiempo cerraría. LeRoi Jones —que ya había pasado por «las calles proletarias de Newark, estrechas y grises, la superabundancia marrón de Howard University y el desesperado hastío del ejército del aire»— llevaba el correo de la publicación. Aunque se había criado en un barrio obrero, pertenecía a una familia de clase media de maestros y funcionarios. Le bautizaron con el nombre de Everett LeRoi Jones, pero hacía muchos años que se había desprendido de su nombre de pila. Quizá con aquel LeRoi delataba, inconscientemente, sus ambiciones. En el auge contestatario de finales de los sesenta volvió a cambiar de nombre para llamarse Amiri Baraka.

Cuando Roi dejó el ejército y llegó al Village, todos leían Aullido. A día de hoy, él sigue considerándolo la «influencia poética más importante de la época» por haber dejado al descubierto «la desolación espiritual de la América contemporánea». Le escribió una carta a Allen en un trozo de papel de váter y se la mandó a París. Le preguntaba «¿Eres sincero?». Allen le contestó que estaba cansado de ser Allen Ginsberg.

A los veinticuatro años, LeRoi Jones era cariñoso, divertido y sencillo. Pero Hettie también supo ver el fuego y el talento que anidaban en su interior. En la camaradería cotidiana de la oficina, se hicieron amigos enseguida. De noche, cada uno ocupaba los pensamientos del otro. LeRoi Jones recuerda que Hettie fue una de las primeras mujeres con las que habló en su vida; pero para él ella significaba mucho más que eso. Una empatía rara y profunda los atrajo inexorablemente. Una solitaria tarde de domingo se encontraron por casualidad en la avenida Greenwich y se convirtieron en amantes. Al día siguiente, sola en su apartamento después de que él se hubiera marchado, Hettie vaticinó que se casarían; y era consciente de los riesgos y los costes que su matrimonio entrañaría. Fue un momento de extraña lucidez. Aquel verano, en el festival de jazz de Newport, vería a los hijos de otras parejas interraciales y pensaría que sí, que ella y Roi tendrían niños, que aquello también era posible.

«Los dos nos adentramos en el matrimonio —escribe LeRoi Jones— cual vacilantes exploradores en la costa de algún país desconocido. Pero no estábamos preparados para los conflictos interiores que América depararía a una unión como la nuestra, y nuestra vida en el Village a duras penas nos protegió de los conflictos tradicionales, los exteriores».

El ensayo acerca de estos años que publicó en 1980, Confesiones de un antiguo antisemita, constituye una desconcertante apología de su vitriólico repudio del ambiente cultural posbeat —corría el año de 1965— y de la mala fe de la que hizo gala al denunciar públicamente a su esposa Hettie y a los amigos blancos que siempre lo apoyaron y lo arroparon.

Pero en 1957 todas estas cosas aguardaban en el futuro. En aquellos días de emoción y esperanza —esperanza en las cosas de verdad, en las convicciones profundas, en las experiencias vividas; en todo aquello que no fuera mera pose— parecía anidar un potencial de transformación tremendo. Parecía perfectamente posible que la novedad y la amplitud de miras plasmadas en los poemas, en los cuadros y en la música llegaran a desbordar Saint Mark’s Place y las mesas del Cedar y, llevándose por delante las antiguas barreras sociales y raciales, sanaran las dolorosas heridas del alma de mi país. Nosotros, los niños de los silenciosos cincuenta, sabíamos muy poco de las realidades políticas. Vivíamos en la ilusión de que nuestra pasión nos bastaría. Creíamos, como dijo en una ocasión Hettie Cohen Jones, que para cambiarlo todo sólo hacía falta empeñarse lo suficiente. Y aunque su unión con Roi fue improvisada y «vacilante», aunque aquel matrimonio no tardó en perder el favor político de los militantes por los derechos civiles y fue condenado a un ostracismo que se sumó al odio que destilaban las miradas de los blancos, aquella unión también debería interpretarse —a estas alturas, incluso LeRoi debería hacerlo — como un acto de un valor extraordinario.

 

Fui a aquel recital con Hettie y, para mi sorpresa, los poemas que leyó Roi me parecieron mucho mejores que los que había oído con Jack. Costaba creer que fueran del mismo poeta. Se diría que, en cuestión de semanas, Roi había pasado a otro nivel, que había aprendido, asimilado. Resultaba evidente que había estado leyendo a Allen, y le rendía homenaje en versos como

(Oh, generación venerada

sobre el resto.

Oh, generación de falsos

blancos de mierda

Os venero…

Sois todos tan hermosos).

Pero la acritud de aquella voz era enteramente suya.

En un poema que escribió al año siguiente, veo a la Hettie de entonces —idéntica a la de ahora— tan nítidamente como si Roi la hubiera fotografiado:

Mi esposa es zurda

 

hecho que conlleva una férrea de-

terminación. Una espiritualidad

absoluta. QUE ES RARO, NENA.

El modo en el que algunos

se pasan la vida intentando ser

diferentes. Qué pecado y qué lástima.

Pero, claro, ella ha sido bohemia

toda la vida… medias negras

que no aceptan órdenes. Me siento

pacientemente, intentando

enderezarla. SÁCATE EL DICHOSO LÁPIZ DE LA MANO .

ESTÁS ESCRIBIENDO AL REVÉS. Y así. Pero nada. Y se nota

en lo que hace. Café zurdo,

huevos zurdos; cuando llega

a casa por la noche… me alarga la mano

izquierda para que se la bese. Mierda.

Y ahora la barriga se sale de la silla.

Dicen que es un bebé. Pero

yo no estoy tan seguro.

Y llevando en su seno al primer hijo de los dos, Hettie atraviesa la avenida Greenwich una tarde de primavera, embarazadísima, con un vestido de flores rojo muy ancho que acaba de hacerse con la máquina de coser, y se ríe cuando el camionero se asoma por la ventanilla para gritarle: «¡Eh, mamita!».