Personajes secundarios

Joyce Johnson · Capítulo 16 de 18

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Personajes secundarios

Trece

Siempre que observaba a parejas bohemias como Roi y Hettie, me entraban ganas de sentirme también anclada a alguien. Y aquél era un deseo que no me hacía ningún bien, porque, desoyendo mi buen juicio, la única persona a la que quería estar anclada era a Jack. Yo le ocultaba aquel deseo tan vergonzoso lo mejor que podía, llenando mis cartas de vividas impresiones acerca de mis idas y venidas por el East Village y de la gente a la que había visto. «Escríbeme tan a menudo como quieras —me animaba— y, por cada carta que me mandes, yo te escribiré dos». Pero él parecía capaz de leer entre líneas. Su cariño solía ir acompañado de advertencias. Éramos amigos, «como dedos entrelazados», pero él quería que supiera que, durante los cinco años siguientes, descartaba cualquier idea romántica: aquel tiempo lo consagraría a escribir y publicar. Pasado ese tiempo, y sólo entonces, podría relajarse, viajar por el mundo a cuenta de los derechos de autor en busca del amor, y «escribir, de verdad, mis grandes obras maestras mágicas y secretas (sólo para mí)… no hace falta que te preocupes por rubias o morenas…».

En Orlando, Florida, no había ni rubias ni morenas; allí le protegía Mémère, y ni siquiera podía conseguir un ejemplar del New York Times para ver qué tal iba su libro. «Aquí sólo hay escorpiones, lagartos, arañas enormes, mosquitos, cucarachas gigantescas y espinos en la hierba». En cada una de sus cartas, se las ingeniaba para decirme, de un modo u otro, que se sentía solo.

«¿Y por qué no voy a verte?», le propuse. Un joven director del off-Broadway al que conocíamos me había contado que pensaba viajar en coche a Orlando para leer la nueva obra de Jack; en el coche había sitio para mí. Si Leo Garen visitaba a Jack, ¿por qué no iba a poder hacerlo yo?

Le costó casi un mes decirme que no; arguyó, entre otros motivos, que el único lugar en el que podría dormir era un «catre del ejército al lado del sofá de mi madre en el salón-cocina-dormitorio, y la otra habitación es mi cuarto, y es tan pequeño que tienes que cerrar la puerta para poder ir al baño». Además, trabajaba en Memory Babe día y noche; de todos modos confiaba en tenerla terminada antes de Navidad, entonces iría a Nueva York y nos veríamos. Además, como todavía estaba sin un centavo, no quería malgastar el dinero que había reservado para la comida. Había escrito a máquina hasta el final de la página, como siempre, pero el resto de la carta rezumaba la misma frialdad, y la firmaba con su nombre franco-canadiense: Jean Louis. Jean Louis es alguien a quien te está vedado conocer, parecía decir.

Era obvio que había ido demasiado lejos al atreverme a sugerir que Mémère, Jack y yo podríamos estar bajo el mismo techo. No volví a tener noticias de él hasta poco antes de que regresara a Nueva York, y entonces dejó bien claro que no iba a volver para estar conmigo.

Esta vez sólo regresaba porque Gilbert Millstein le había organizado una lectura pública en el Village Vanguard, y aquél era un dinero que Jack no podía rechazar. Se instalaría en el apartamento de su viejo amigo Henri Cru, dormiría durante el día, se levantaría al anochecer para escribir su novela, que ya no era Memory Babe, sino un nuevo libro titulado Los vagabundos del Dbarma, «mejor que En el camino». La idea de que le interrumpieran sus «éxtasis de noche estrellada» le sacaba de quicio. Pero tendría que hacer de «músico interesante» por un tiempo. Se disfrazaría cada noche y «saldría a paso ligero» con Henri Cru rumbo a sus recitales. Todos sus amigos estarían entre el público, por supuesto. «Si esto no me mata, ya no me matará nada». En primavera se compraría una furgoneta con todo el dinero y se perdería por el Oeste con su saco.

Ahora quería vivir con Henri y estar en el Village y ver la tele de Henri. «Escucha, Joycey… No quiero causarte más molestias porque, como te dije, soy armenio y no quiero casarme hasta que haya cumplido los 69 y tenga 69 nietecitos preciosos. Por favor, no te enfades conmigo, quiero estar solo, Greta Garbo». Ya se figuraba que su aparición en el Village Vanguard sería un fiasco descomunal.

A la semana siguiente el Village se llenó de pósters que anunciaban la actuación de Jack en el Vanguard. Procuré no reparar en ellos. No asistí al primer recital ni leí las críticas del periódico. No le llamé a casa de Henri Cru. Me convencí de que todo había terminado, me esforcé por no echarme a llorar en la Segunda Avenida y deseé que no fuera tan famoso, porque así no tendría que estar oyendo su nombre a cada rato. Me esforcé por actuar con la misma frialdad que había adoptado Jack y por pensar en él sin rastro de simpatía. Decían que estaba haciendo el ridículo en el Vanguard, actuando como un payaso borracho. ¿No era aquello lo que Jack había predicho? «Tienes que ser dura», me aconsejó Hettie; eso, sin embargo, no se nos daba bien a ninguna de las dos.

Un día me llamó. «¿Quieres venir a escucharme? Esta noche les pasaré tu nombre a los de la entrada». Fui sola y me senté en una mesa oscura del fondo rodeada de parejas de universitarios cogidos de la mano. Cenicientas de Radcliff y chicos con el pelo al rape y jerséis de lana que se habían acercado a la ciudad para ver a su héroe durante las vacaciones de Navidad. La luz fue apagándose y sonó una fanfarria de aires vagamente vodevilescos, un largo redoble de tambor; Jack entró en el escenario tambaleándose y estuvo a punto de tropezar con el piano. Agarraba una botella de Thunderbird como si la vida le fuera en ello, con la misma mirada trastornada que exhibía en los estudios de televisión. Parecía haber olvidado dónde estaba o qué era lo que tenía que hacer. Sólo sabía que los músicos eran sus amigos, quizá los únicos que tenía en aquel momento, y cuando empezaron a tocar se dispuso a canturrear satisfecho, lejos del micrófono, enseñándoles la botella mientras le daba la espalda al público.

La perplejidad inicial de aquellos jóvenes se convirtió en impaciencia y, más tarde, en hostilidad. Cuando algunos de aquellos atildados jóvenes comenzaron a silbar y a aplaudir, uno de los músicos le dijo a Jack, con mucha amabilidad: «Eh, es hora de actuar».

Y consiguió encontrar el micrófono y leer un párrafo o dos de En el camino mientras Zoot Sims le acompañaba al piano, pero el público empezaba a pagar y a marcharse; el lugar se quedó vacío antes de que él terminara. Después incluso los músicos parecieron apresurarse en recoger sus instrumentos y dejaron a Jack en la banqueta del piano preguntando abatido: «¿Adónde vais?». «Tenemos que largarnos, Jack. Mañana será otro día».

No me había visto en la mesa del fondo. Me levanté y me dirigí hacia él. Le daría las gracias por haberme invitado y luego haría acopio de todas mis fuerzas para salir por la puerta y marcharme a casa. Quizá él estaría tan borracho que ni me preguntaría qué me había parecido la actuación y yo no tendría que mentirle. Le quería, pero yo no significaba nada para él.

Advertí que, naturalmente, una chica había hecho acto de presencia, un pálido espectro de la noche de rasgos marcados y aquella indiferencia hipster que yo nunca conseguiría imitar. Abrochándose el abrigo muy despacio, se quedó esperándole de pie con aspecto de haberle esperado —con éxito— en otras ocasiones.

—Buenas noches, Jack —lo saludé rápidamente.

—¡Joycey!

Gritó al pronunciar mi nombre, con una voz tan triste que se me olvidaron todos los consejos de Hettie, que me había animado a que me mantuviera firme. Me acerqué a él y le besé en la boca. Me agarró de los brazos y apoyó la frente en la mía; no me soltaba.

—¿Puedes sacarnos de aquí? Quiero ir a algún sitio contigo, pero estoy demasiado cansado para hacer nada, ¿entiendes? Demasiado cansado, demasiado borracho. No te importa, ¿verdad? ¿Puedes sacarnos de aquí?

Sí que lo saqué de ahí. Lo llevé a su habitación del Marlton, el mismo hotel en el que se alojaba la noche en que lo conocí. En esta ocasión había terminado allí porque se había peleado con su viejo amigo Henri Cru, un fardo de más de ciento treinta kilos al que Jack conocía de sus años en la escuela preparatoria Horace Mann, y que era un célebre cocinero. Había preparado uno de sus más elaborados festines en honor de Jack, y Jack le había ofendido al presentarse demasiado borracho para comer.

El Marlton, con su clientela integrada por yonquis y viejos bohemios alcoholizados que vivían de la asistencia social, era probablemente el último lugar en el que la gente que había pagado para ver actuar a Jack le buscaría. Comparado con el Marlton, el Yorkshire parecía un hotel de lujo. El ascensor no funcionaba, y mientras subíamos por las escaleras sucias Jack se topó con un par de músicos a los que conocía. Los saludó como a hermanos a los que hacía años que no veía. Dijeron que tenían un poco de hierba, y antes de que pudiera darme cuenta ya estaban con nosotros, apiñados en la minúscula habitación de Jack, con la cama de hierro y la cortina rasgada y la desvencijada cómoda de hotel de mala muerte.

Sólo podría escapar de aquella noche eterna si me iba a casa. Y me quedé en la cama de Jack, envuelta en mi abrigo, mirando cómo las luces de Navidad parpadeaban en las ventanas de las casas de la acera de enfrente.

 

El contrato de Jack con el Vanguard finalizó un par de días más tarde: una semana antes de lo previsto. Se instaló en mi casa. Como un fugitivo, se escondió en el apartamento, y siempre que me iba a trabajar, cerraba con llave y descolgaba el teléfono. De día, sólo salía a la calle para comprar cigarrillos en veloces carreras hasta la esquina. Cuando yo llegaba por la tarde con mi bolsa de la compra, lo encontraba tumbado a oscuras con la mirada perdida. Podía sentir el silencio del Vacío cernirse sobre nosotros, colándose con el polvo gris por la ventanita del conducto de ventilación. Yo revoloteaba por el apartamento encendiendo las luces, trasteando con los platos, preguntándole qué quería para cenar. ¿Patatas? ¿Una ensalada? A veces me tumbaba a su lado. Apretando la cara contra su espalda, dejaba que el sueño me invadiera y me despertaba a medianoche acordándome de lo que había soñado. En uno de mis sueños, la multitud desmembraba a Jack ante mis ojos. «No te fíes de los sueños, Joycey —me dijo—. Sólo son proféticos a nivel subconsciente».

El reloj de aquellas semanas atrasaba. Era lento, tan lento que tardaba cuatro segundos en avanzar uno solo. El tiempo se me antojaba una melodía familiar, pero sonaba tan lentamente que me costaba muchísimo reconocerla. Las notas se hundían en un pozo muy profundo, en una calma vibrante. Podríamos haber estado en el Pico de la Desolación en lugar de en la calle Trece.

Una mañana me desperté y oí el ruido de la máquina de escribir. Jack estaba trabajando en mi vieja Roy al portátil. Me quedé en la cama, temía que si me levantaba le distraería. Entonces el ruido cesó y la puerta del apartamento se abrió y se cerró. Pasados unos minutos estaba de vuelta con beicon y naranjas, anunciando que, esta vez, él se encargaría del desayuno y luego pasaría el día escribiendo y, además, cuando yo volviera de la oficina, me llevaría al cine. Acababa de darse cuenta de que nunca habíamos ido al cine juntos, como las parejas normales.

Aquella noche me llevó al viejo Varieties Theatre de la calle Bowery a ver Chantaje en Broadway. Compró dos entradas de veinticinco centavos y me estrechó la mano. «No volverás a ver un lugar así nunca más. No te asustes, no me iré al servicio para dejarte plantada». Aquél era uno de los lugares que frecuentaban los vagabundos para escapar del frío, me explicó. Se sentaban día y noche en los asientos rotos, dormitando y tosiendo, viendo la película que estuviera en cartel tantas veces como hiciera falta. No eran quisquillosos. Durante algunas épocas de su vida él también lo había hecho. Aquellos días ya no volverían; yo sabía que eso era en lo que Jack estaba pensando.

En aquella época yo creía, muchísimo más que ahora, en las propiedades terapéuticas del arte. Pensaba que bastaba escribir con total sinceridad acerca de tus preocupaciones para superarlas y enterrarlas definitivamente. Le insistía a Jack para que escribiera un libro sobre la fama. Me prometió que lo haría, y también que yo saldría en él. La historia empezaría con el descenso de las montañas, y lo escribiría como estaba escribiendo Los vagabundos del Dharma, con una prosa sencilla para que la gente normal y corriente pudiera leerlo. Frases más cortas; esto les gustaría a los de Viking. La idea de complacer a alguien más que a él mismo le resultaba nueva, pero se dio cuenta de que era práctica. Retomaría Memory Babe, que le estaba dando algunos problemas, y adoptaría el nuevo estilo para escribirla, ¿por qué no? Entretanto, Los vagabundos del Dharma se convertiría, muy probablemente, en el gran superventas que En el camino no había sido y le permitiría comprarse una casa y ocultarse de todos para siempre, si quería.

—¿De mí también? —le pregunté.

—Me escaparé a Nueva York de vez en cuando y siempre vendré a verte y te llevaré al Bobo’s de Chinatown. Pero soy demasiado viejo para ti, ya lo sabes. No soy más que un viejo zen lunático.

—Eso lo dices siempre.

—Ay. Nunca te crees lo que te digo.

Me dio uno de los primeros ejemplares de Los subterráneos, lo sacó de la caja que le había mandado Grove Press. Aunque los sucesos que relataba habían transcurrido en Nueva York, en la cubierta había una fotografía del puente del Golden Gate. Los subterráneos eran los hipsters crepusculares que Allen le había descubierto a Elise en el San Remo, y Heavenly Lane —donde Leo Percepied amó y, por error, absurdamente, perdió a Mardou Fox— era una calle de casas de vecindad llamada Paradise Alley; quedaba a dos manzanas de mi apartamento, en la calle Once este.

Refugiado en la casa de su madre de Ozone Park durante tres días de 1953, Jack había exorcizado con una máquina de escribir el dolor que le produjo el final de su corta aventura con Irene May. La belleza de fellaheen de aquella joven negra cautivó tanto a Jack que en una ocasión le dijo a Lucien Carr que Irene era india. Pero el poder de aquella belleza tan absoluta aterrorizó a Jack. Irene lo comprendía con una perspicacia alarmante y poderosa, y también supo encarnar a la perfección sus fantasías sexuales. Jack hizo lo que pudo para alejarla de él; nunca se quedaba con ella más de un par de días, y la agotaba con sus maratonianas noches de borrachera por el Village. Ella dejó a Jack para irse con Gregory Corso. Jack quedó aliviado y desconsolado.

Un extraño estado de dolor y emoción se apoderó de mí mientras, sentada, leía aquellas palabras. Ya en la primera frase, Jack me había pillado desprevenida con lo que estaba dispuesto a revelar acerca de un hombre llamado Leo: «ésta es la historia de un hombre que no se tiene mucha fe, y al mismo tiempo de un inútil egomaníaco…».

Y por encima de cualquier otra cosa, en este libro Jack parecía manifestar su imperiosa renuncia al amor sexual. Jamás llegué a imaginar que fuera consciente de aquellas verdades que llegó a confesar, verdades más duras y más implacables de lo que yo estaba dispuesta a admitir, por mucho que estuviera leyéndolas. «¿Ahora me crees?», me susurraba Jack al oído con una tristeza infinita.

«Leo —le hacía decir Jack a Mardou—, no me parece que te convenga vivir siempre con tu madre». Aquéllas podrían haber sido palabras mías.

No había rastro de esperanza en aquella frase, no era más que una opinión. Que Leo supiera que ella estaba en lo cierto no cambiaría las cosas: lo impedía el peso de su urgencia por volver a casa, sus miedos neuróticos, las resacas, el horror… Mémère era omnipresente; Leo, impotente. Mémère era la eternidad, el gran Siempre inmutable, el único hogar que su hijo había conocido jamás, su terrible e inexpugnable refugio. Como una diosa, Mémère subyugaba a Leo, poseía su alma. Las otras mujeres —las rubias y las morenas— flotaban en la conciencia de Jack como sombras. En este libro de un amor perdido, Jack incluso había adoptado el nombre del esposo de su madre.

Vi que se inclinaba ante mí la cara de mi madre, con ojos impenetrables, labios

inmóviles, pómulos redondos y gafas que brillaban a la luz ocultando la mayor

parte de su expresión; en un primer momento ésa me pareció una visión

horrorosa…

«Me gustaría poder cuidarte todos los días —murmura ella con sus labios helados —. Pauvre ti Leo».

 

En la habitación en la que otro niño ha muerto, un jovencito, Jean Louis Kerouac, está en la cama esperando a su Mémère. Ella le dará un beso y apagará la luz entregándolo a la oscuridad que se ha llevado a su hermano. Un día él se acostará y no se despertará nunca más, a pesar de los rezos de las monjas del colegio y de los curas vestidos de negro y del llanto de su madre.

Ella entra en su habitación y se inclina sobre él y, durante un instante sólo, él no la reconoce. Su rostro ha perdido su juventud, el dolor lo ha transformado en piedra. Y quizá ella piensa: ¿La vida me robará también este hijo? Piensa Nunca dejaré que se marche. Lo protegeré de todas las cosas malas.

La piedra se abalanza sobre él y se convierte en carne.

Nadie tiene la culpa.

 

Los subterráneos me enseñó que Jack y yo no podríamos llegar más lejos, que yo no podría esperar nada más. Pero no estaba dispuesta a admitir lo que decía de Jack y Mémère.

Lo que más me dolió, sin embargo, fue el recuerdo de Irene May. Si Jack tuviera que vivir con una mujer, sería con una como esta Irene, y no con alguien como yo. ¿No me había advertido, desde el primer día, que yo no era su tipo? Nunca diría de mí:

Y también veo la tierra en tus ojos, eso es lo que pienso de ti, posees una especie

de belleza muy especial, no es que yo tenga la manía de la tierra y de los indios y

de todo eso, ni que quiera pasarme la vida hablando de ti y de mí pero veo tanto

calor en tus ojos, la verdad es que cuando te haces la loca no advierto ninguna

locura en ti sino alegría, alegría, y una especie de picardía infantil, y te amo, la

lluvia repicará sobre nuestros aleros algún día, amor mío.

En la belleza de Irene, Jack vio una fatalidad mágica. Quizá ella podría habérselo arrebatado a Mémère; tendría que haber sido más paciente, menos inquieta. A la intensa y transformadora luz de la memoria de Jack, Leo y Mardou estaban hechos el uno para el otro. Ni los celos me impidieron llorar con Jack cuando llegué al momento en el que se separaban. ¿Aquélla era una historia real? «Yo no escribo novelas —me dijo Jack en una ocasión—. Sólo escribo libros. BOOOGS —dijo—. Así

los llamo yo»[18].

Le enseñó el manuscrito a Irene May cuatro o cinco días después de terminarlo y le dijo que, si se lo pedía, lo echaría al fuego. «No me haga reír —le diría Irene a un entrevistador años después—. Jack nunca habría quemado el manuscrito original. No me lo creo. Pero entonces lo hice». La crudeza de su estilo le impactó muchísimo, pero entonces estaba convencida de que Los subterráneos nunca llegaría a publicarse, de que terminaría en el archivo de las novelas «imposibles» de la agencia literaria MCA. Cuando se publicó en 1958, ella no se alegró.

Jack quiso hacer las paces con ella una noche y me llevó con él. Aquel libro me había hechizado tanto que verlos juntos me daba miedo; y dejar de verlos, también. Yo sabía que si Leo y Mardou llegaban a abrazarse ante mis ojos, por mucho que aquello me angustiara, no podría evitar que mis simpatías estuvieran con ellos.

Irene May vivía en un edificio de apartamentos de alquiler del West Village. Mientras esperaba con Jack delante de su puerta oí gimotear a un bebé. El bebé era de Irene. Vivía sola con él en un apartamento sin agua caliente que olía a leche y pañales y aceite Johnson’s; hacía trabajitos de mecanógrafa para sobrevivir. A veces pasaba la noche entera escribiendo a máquina, y cuando el bebé se ponía enfermo no podía ni bajar a la tienda. No parecía enfadada con Jack, ni tampoco contenta de verlo. Sólo parecía agotada. Los subterráneos no era más que otra preocupación que se había sumado a las que ya le hacían la vida bastante difícil.

Sin prestarme atención, se dirigió a Jack con el afecto mordaz de los que han sabido transformar los golpes de la vida en una inteligencia encallecida; otros, sin embargo —y Jack era uno de ellos— no hacían más que dar vueltas haciendo el idiota. Bueno, tú y yo sabemos que estás condenado, parecía decirle. Los subterráneos no era un retrato fidedigno de Irene ni de nada, tan sólo era una imagen distorsionada sobre la que se abalanzarían los periodistas. No parecía haber reparado en la ternura del libro.

Con la cabeza cada vez más gacha, Jack iba bebiendo, melancólico, de la botella de vino que había traído. El bebé se despertaba a cada rato y se ponía a llorar; Irene tenía que ocuparse de él.

—Deberíamos marcharnos, Jack —le repetía, pero él, terco, no me hacía caso.

—Quiero quedarme.

Irene se echó a reír.

—Bueno…, verás…, hoy no, cariño.

—Venga, Jack. ¡No me hagas esto!

Me sentía humillada, estaba decidida a poner fin a la velada.

Levanté la vista y vi que Mardou Fox me miraba con esos ojos oscuros y brillantes que Jack había descrito; observaba, entre cansada y divertida, cómo otra mujer intentaba llevar a Leo Percepied a casa.

Una vez me dijo que me amaba. Fue en enero, justo después de coger el tren para volver a casa de Mémère.

Bueno, permite que te diga que disfruté de nuestras últimas horas (y semanas)

juntos más que nunca, me pareces la chica más dulce del mundo y quiero que

sepas que te respeto por esto y que incluso te quiero (como mujer, como amiga,

como todo).

Sin embargo, estas palabras no me alegraron. No podía sacarme de la cabeza la idea de que Jack estaba preparándose para despedirse de mí. Cuando uno ha pensado en esfumarse, quiere dejarlo todo en orden.

En primavera volvería al norte con Mémère y se instalarían en la casa que le iba a comprar. En Long Island, pensaba. Viviría con ella en aquella casa.

Mémère ya había puesto sus condiciones: no quería que ni Allen ni Burroughs le visitaran. «Suena un poco raro —admitió Jack en una ocasión, cuando hablábamos por teléfono—, porque la casa la compraré yo y tengo treinta y seis años».

Por fin tendría una guarida tranquila en el bosque de la que escaparse cuando quisiera ir a Nueva York, el País de la Gente. Sentado delante de su máquina de escribir en Florida, donde todavía trabajaba en el manuscrito de Los vagabundos del Dharma, soñaba con «retomar el contacto con los seres humanos» durante una temporada.

Jack estaba en un lugar lluvioso, fúnebre, desprovisto de vibración alguna. «Le dije a mi sobrino que no se trajera a nadie —se quejaba—, y claro, ahora la casa está llena de amigos suyos. Está riéndose de mí en mi propia casa. Seguro que mi madre les advierte en susurros que estoy loco, que no me hagan caso. Y tengo que quedarme encerrado en mi habitación».

«Cómprate una botella de oporto Petri y siéntate en la alfombra y pon un disco de

Sid[19] y enciende unas velas», me aconsejó con un poco de nostalgia. «¿Sabías que Nueva York está llena de vibraciones eléctricas? En Nueva York, la lana del jersey negro que me pongo para dormir siempre crepita y se eriza».

En una de las cartas que me escribió desde la aburrida Florida expresaba algunas dudas acerca de Los vagabundos del Dbarma. Le parecía que el final fallaba, que le faltaba un climax enloquecido como el de En el camino, pero pensaba que a Viking le gustaría de todos modos. Sí, estaba convencido de que el libro era muy legible —a fin de cuentas, eso era lo que él había querido— y, en algunos pasajes, «sublime».

«Tenme al corriente de las bromas que corran sobre mi recital del Vanguard o de lo que sea, señorita Todoídos».

Me pidió que le enviara la sección inmobiliaria del Times del domingo y se la mandé durante varias semanas. Había recordado mi descripción de Northport y buscaba una casa allí.

«He visto un anuncio con buena pinta», me comunicó en febrero. Pronto estaría de vuelta para hablar en persona con los agentes inmobiliarios. Cuando se hubiera instalado en Long Island, sin embargo, confiaba en que mantendría su nueva dirección a resguardo del gran público, «Edward R. Murrow» incluido. Temía que algunos chiflados se presentaran en su casa y le arruinaran aquella soledad que con tanto esmero había preparado. Quizá le daría su dirección a Lucien. «Lucien está loco, pero no me importaría que mi mejor amigo Lucien se metiera en mi casa, pero, pero… andan buscándome demasiados hipsters».

 

Un día, cuando entré en el baño de mi apartamento de la calle Trece este y cerré la puerta, el pomo del otro lado, con el eje y todo, se cayó al suelo. Me entró un ataque de pánico: no sabía cómo iba a salir de ahí. No había ninguna ventana por la que pedir auxilio. Quién sabe si al cabo de algunas semanas la gente del Cedar advertiría mi ausencia. «¿Habéis visto a Joyce por aquí últimamente?… Ah, sí, debe de estar en California». Hettie empezaría a preocuparse, podía confiar en Hettie. Y Jack se preguntaría por qué ya no le llegaban más cartas mías. Pero para cuando echaran la puerta abajo y encontraran el cuerpo acurrucado sobre la alfombrilla de baño ya sería demasiado tarde.

El mango de un cepillo de dientes me permitió escapar de aquella suerte ignominiosa. Más tarde me eché en la cama y me puse a llorar; no salía de mi asombro por el miedo que había pasado.

 

La vida se me complicaba. El portero y su mujer ya sospechaban de mí antes de la visita de Jack en diciembre. Ahora sabían lo peor. La loca del apartamento 3 era una de esas beatniks, vivía con hombres. Ellos eran toda una autoridad en la materia, aunque jamás hubieran oído hablar de Jack o de En el camino. Sexo y suciedad y comunismo en la puerta de al lado y, si se descuidaban, su respetabilidad al garete; aquello era lo que significaba beatnik. Sacar la basura o recoger el correo se convirtieron en actividades peligrosas. Los dos se plantaban en el descansillo para dar rienda suelta a su encendida ira, colorados, descompuestos, gritando su odio con la voz ronca: «¡Beatnik asquerosa, tú, tú, sí, tú! ¡Tú, señorita, acostándote con vagabundos! ¡Lo sabemos todo! No nos engañas, ¿nos oyes?».

«¡Continuad así! —les contestaba a voz en grito, temblando—. ¡Se lo diré al casero!». Pero sabía que no lo haría, y ellos también. A veces, cuando volvía del trabajo, veía al portero en la calle, delante del edificio. Entonces daba un par de vueltas a la manzana hasta que desaparecía, o desistía y me iba al Rappaport’s o a casa de Hettie o al primer lugar que se me ocurriera, odiándome por pasar tanto miedo. Siempre que salía de casa y cerraba la puerta del apartamento, pensaba en lo maravilloso que sería no volver nunca más, en lo tranquila que me quedaría.

Una noche mis pies incorpóreos me guiaron hasta el Cedar a través de la nieve. Pasé horas allí, sentada a la mesa de una gente a la que casi no conocía, muda, temblando. Tenía muchísimo frío, pero no sabía si el frío lo llevaba dentro o entraba en ráfagas desde la calle. Entonces se me ocurrió que quizá estuviera enferma, oficialmente enferma. Volví a casa a pie, subí como pude las escaleras hasta mi apartamento y me tomé la fiebre, por prurito científico: 40,5 grados. Me tumbé en la cama con la sensación de que, por fin, me elevaba sobre mi desesperación, muy alto, flotando en una atmósfera en la que ya nada importaba.

Tardé un día en llamar a la calle 116. Como tantos otros hijos pródigos, temía más el regreso al hogar que la muerte.

Mi padre vino a buscarme con su abrigo y aquel sombrero de ala ancha que siempre llevaba en invierno sobre su cabello, ralo y peinado con esmero. Se quedó en la habitación del conducto de ventilación, sin pasear la mirada por el lugar en el que vivía su hija más que cuando no le quedaba más remedio.

Hacía un par de meses que no le veía. Siempre había tenido la cara redonda, como yo, pero ahora me parecía que podía distinguir los huesos bajo la piel, los dientes de un hombre envejecido.

Me envolvió con una manta, aunque yo llevaba el abrigo puesto, y me llevó a su casa en el taxi que esperaba en la calle. Mi madre me acostó en la habitación de la que me había marchado casi tres años antes, aquel cajón rosa de mi infancia. Allí estaba mi globo terráqueo abandonado, brillante, el cajón de mis composiciones, y los ejemplares sin una mota de polvo de Ivanhoe, Belleza negra y El último mohicano. La nieve caía suavemente en el patio mientras yo me dormía. Cuando me desperté por la mañana, oí que mi madre pasaba la aspiradora bajo el piano, mi antiguo enemigo.

Me quedé allí tres semanas. Me sorprendió muchísimo lo bien que nos llevábamos y lo corteses que nos mostrábamos; como en los viejos tiempos —antes de que comenzara a alejarme de ellos—, cuando nunca levantábamos la voz. Desde que me había ido de casa siempre había temido que, si flaqueaba, aquella infancia que mi madre tan concienzudamente había custodiado me atraparía de nuevo. Temía las preguntas acerca de mi vida que pudieran hacerme.

Durante aquellas semanas sólo parecieron alarmarse en una ocasión, cuando les conté que conocía a Jack Kerouac. Pero ¿no toma estimulantes?, me preguntó mi madre, asustada. No, respondí, eso es en sus libros. No volvieron a preguntarme por él.

Mi auténtica vida era algo que nunca conocerían, igual que yo nunca conocería la suya del todo; aun así, ellos seguían queriendo a la niña que yo había sido. Aquella niña siempre los tendría a su disposición. Se diría que estábamos inexorablemente ligados los unos a los otros; aquél era un vínculo incompleto, imperfecto, nuestro doloroso amor seguiría siendo tan implícito como todas las verdades que nunca sacaríamos a la luz.

Un día me curé y llegó la hora de volver al apartamento. No intentaron convencerme de que me quedara.