Personajes secundarios
Catorce
En enero Leo Skir tuvo noticias de Elise. Le había escrito desde el hospital Cedars of Lebanon de San Francisco, donde acababan de practicarle un aborto terapéutico. En marzo Elise lo llamó para pedirle dinero. Quería volver a Nueva York. Regresó a la ciudad a mediados de marzo, justo cuando Jack volvía para buscar su casa nueva.
Nunca la había visto así de flaca. Por fin se había cumplido el sueño de su vida: estar delgada. ¿No le encontraba —me preguntó, esperanzada— cierto parecido con Katharine Hepburn? El pelo le llegaba ahora por debajo de los hombros; otra mejora, admitió. Era una Elise totalmente nueva y mejorada. Buscaría un trabajo de inmediato, y un apartamento cerca del mío, y subiría a Washington Heights todos los viernes para cenar. Quizá en otoño le pidiera dinero a su padre para estudiar un postgrado. Quizá. Entretanto, se instaló en casa de Leo Skir, que tenía un nuevo apartamento enorme en el Upper East Side, en una casa de piedra marrón propiedad del escultor Chaim Gross.
No dijo mucho acerca de lo que había pasado en California, se limitó a contarnos cuatro cosas sin entrar en detalles. Estaba «el tío ese» con el que había vivido una temporada, un pintor irlandés y, sobre todo, alcohólico; era el que le había dejado el regalito. Siempre fue «el tío ese», nunca pronunció su nombre. Poco a poco, a retazos, descubrimos la historia del aborto. En California, conseguir que un médico recomendara un aborto terapéutico era dificilísimo, pero no le quedaba otra alternativa, no tenía dinero para pagarse un aborto. Y no iba a llamar a sus padres, ¿no? Así que se lanzó a una peregrinación que la llevó de un doctor a otro. Se sentó en muchas salas de espera. Al final, logró convencer al personal de psiquiatría del hospital Cedars of Lebanon de que estaba al borde del suicidio. «Quizá no hice tanto cuento. Quizá, a aquellas alturas, estaba realmente al límite».
La historia había durado cuatro meses. Y cuatro meses eran demasiados, por supuesto. Era Navidad, además, y todos los médicos se iban a esquiar. «Así que la cosa se complicó, no bastaba con un simple raspado —dijo muy tranquila—. Pero fue bien. La recuperación se alargó, eso fue todo».
A mí no me contó lo peor. Elise todavía me veía como esa hermana pequeña a la que debes proteger del lado más crudo de la vida. En cambio, a Leo le confesó que le habían practicado una histerectomía.
Los libros que leía en el metro cuando venía a verme eran de Apollinaire y Ezra Pound. Había robado la edición de New Directions de los Cantos de la librería de la Universidad de Columbia. En casa de Leo dormía hasta bien entrada la mañana y se levantaba mucho después de que él se hubiera ido al trabajo. Cuando volvía por la tarde, solía encontrársela en pijama, leyendo. A Elise esto la avergonzaba, pero se sentía incapaz de ponerse en marcha para hacer todas las cosas que había planeado. Leía las ofertas de empleo en el Times, marcaba algunas, y luego tiraba el periódico a la basura. «Leo me agobia igual que mi madre», decía con una risa lúgubre.
En una ocasión le pregunté si había conocido a la chica a la que mataron en North Beach. Lo certero de mi intuición me asustó un poco. Elise y Connie habían sido vecinas en un hotel. El día que murió, Connie llamó a la puerta de Elise para pedirle cigarrillos. «¿Sabes de qué me habló? De lo mucho que le gustaría tener uno de esos vestidos anchos que se habían puesto de moda. Acababa de ver uno por ocho dólares en un escaparate y se lo iba a comprar. Eso era todo lo que quería; aquélla era la idea que tenía de la belleza. Se había reducido a eso, quiero decir. Llevaba ocho dólares encima cuando murió».
Jack regresó a Nueva York en marzo rebosante de energía y buen humor. Ahora que estaba de vuelta en el País de la Gente, parecía que nunca tuviera bastante. Ni sus peleas con Viking por las revisiones de Los vagabundos del Dharma consiguieron amargarlo. Las largas veladas del Cedar lo dejaban atontado, dócil como un bebé, y yo, la sobria del grupo, era la encargada de llevármelo a casa, a sus huevos con beicon, intentando acallarle mientras cantaba en el descansillo apoyado en la barandilla. Parecía haber olvidado por completo su intención de ir hasta Long Island para hablar con los agentes inmobiliarios. Tenía muchas otras cosas que hacer. Creía que, por fin, estaba aprendiendo a ser famoso.
Cuando hablaba por teléfono con Mémère le soltaba excusas en francés. Steve Allen, el presentador estrella al que Mémère siempre veía en la tele, el que una vez se sentó con los músicos en el Vanguard, quería que Jack grabara un disco. A Sterling Lord le llovían ofertas de todas las revistas. Jack podría dedicarse a despachar artículos sobre los beats durante el resto de su vida, con eso le bastaría para ganar miles de dólares. En otoño iría a Hollywood para conocer a Marlon Brando, al que veía como el Dean Moriarty perfecto para una película de En el camino. La fama se había convertido en un billete que le permitiría viajar a donde él quisiera.
Ahora que Jack volvía a llenar mi vida, me di cuenta de que lo que antes me había pesado no había sido el miedo, sino la soledad. Incluso Mike el portero ya no me parecía terrorífico. «¿Qué tal?», le saludaba Jack mientras subíamos las escaleras unidos por el pecado. Pensé en seguir aquel ejemplo de cortesía descarada, pero no logré pasar de dirigirle un saludo mudo de vez en cuando, moviendo un poco la cabeza.
Una noche en el coche de alguien pisamos el acelerador rumbo a Brooklyn; Jack iba a dar una conferencia a un grupo de estudiantes del Brooklyn College. El coche iba absurdamente lleno de gente. Nos acompañaban la vecina bailarina y su esposo, y un par de poetas y músicos a los que acabábamos de conocer, y Elise, y dos o tres personas más a las que no recuerdo. Yo iba delante, sentada en las rodillas de Jack. Íbamos pasándonos un porro de marihuana y riendo. Las ventanillas cerradas habían creado una atmósfera densa y cannábica. En la Segunda Avenida con la calle Houston nos paramos en un semáforo. Al lado se detuvo un coche patrulla; un poli bajó y se nos acercó. Nadie movió un músculo. ¿Sería aquello el final de todo?: JACK KEROUAC ARRESTADO CON PANDILLA BEATNIK.
Jack tuvo el aplomo de apagar el porro y tragárselo. El conductor bajó la ventanilla con cautela, un poquito nada más. Temíamos que al policía lo atacara una nube de humo de marihuana. «Están conduciendo sin luces», nos reprendió. «Gracias, agente». Subimos la ventanilla y seguimos nuestro camino. Para recobrar la compostura necesaria para su charla, Jack se administró una generosa dosis de Thunderbird.
La «conferencia» la organizaba el Departamento de Inglés. Se presentó una muchedumbre de estudiantes de Literatura Inglesa armados de cuadernos y dispuestos a escuchar una disertación sobre estilos, símbolos e influencias pronunciada, huelga decirlo, con voz ampulosa. Qué equivocados estaban. Yo había asistido a muchas conferencias de ese estilo en Barnard, sobrios actos celebrados en una gran sala que solían concluir con un té para todos los asistentes servido por una estudiante apostada al lado de un samovar dorado. El autor era un dignatario del monte Olimpo de la literatura; no podía ser un lunático zen y desaliñado cuyas respuestas, de tan directas y sencillas, se intuían insultantes. «¿Por qué escribe, señor Kerouac?». «Porque me aburro». Aquélla no parecía la respuesta propia de un «auténtico» escritor que se había atrevido a compararse con Dostoievski. ¿Dostoievski también se aburría? ¿Y Proust? ¿Los estaría timando aquel hombre? «¿Por qué publica lo que escribe?». «Por dinero», respondió Jack con bastante sinceridad.
En la sala empezó a correr el rumor de que Kerouac ganaba una fortuna. El público se dividió rápidamente en dos bandos: los que creían que el hombre del estrado estaba atacando su dignidad personal, y los que se daban cuenta, emocionados, de que Kerouac era su libro, la encarnación de En el camino. David Aram, un joven músico y compositor al que Jack conocía desde hacía poco, recuerda que una estudiante de cabello rizado le preguntó a Jack si su madre se preocupaba por él, con todos aquellos viajes por el desierto de México. Las filas de ambos bandos — integradas mayoritariamente por jóvenes que todavía no se habían marchado de casa — estallaron en una sonora carcajada.
Un grupo de admiradores secuestró a Jack y al resto de la comitiva y nos llevó a una fiesta en Brooklyn. Un chico se armó de valor y le preguntó a Jack qué se sentía al fumar marihuana. Jack le buscó un porro y se molestó en explicarle a conciencia cómo debía inhalar el humo. Abrumado por aquel curso intensivo, el chico fue tambaleándose al baño y vomitó.
A pesar de lo confiado que Jack se había mostrado aquella primavera, yo tenía la sensación de que nunca aprendería a ser un personaje público. Nunca sería egocéntrico: era demasiado inocente, y no tenía interés alguno por manipular a los demás. Los que querían a Jack habían entendido, desde el principio, que aquélla era su naturaleza.
De todos los nuevos amigos que hizo Jack —de los cientos de admiradores, seguidores y aduladores que le garabateaban su número de teléfono en los trozos de papel que siempre andaban cayéndosele de los bolsillos—, David Amram fue el que mejor entendió a Jack. Todos le llamaban «Dave el Risueño» por la felicidad que irradiaba. Era inquieto y bondadoso, era un ángel del piano y la trompa que vivía en Greenwich Village; hablaba con el ritmo acelerado y trepidante de los músicos de jazz, con una velocidad que solía marear a sus interlocutores. Sus frases, una ráfaga de disparos, maravillaban a Jack y le recordaban a Neal Cassady. ¿Cómo lo hace?, se preguntaba cabeceando con admiración, abrumado por aquella descarga de palabras. Cuando Jack decidía que alguien le gustaba, la persona en cuestión se convertía al instante en alguien «extraordinario».
Dave el Risueño convenció a Jack de que participara en una velada de poesía y jazz —con Philip Lamantia, un poeta de San Francisco, y Howard Hart, uno de Nueva York— en un teatrito de la calle Bleecker. Ya habían hecho algunas pruebas en diciembre, y Jack se había sentido tan cómodo mientras Amram, al piano, llenaba los silencios que incluso se arrancó a canturrear. Aun así, aquella nueva actuación le producía vértigo.
La primera velada fue bien, pero la tarde del 22 de marzo —la víspera del segundo recital— fue a dar un largo paseo por el Village. De vez en cuando me llamaba desde una cabina para decirme que había decidido rajarse. O que sólo actuaría si sus amigos podían entrar gratis. O me pedía que le pasara a Peter Orlovsky, que acababa de llegar de París y había venido a verme. ¿Y si leía los poemas de Peter?
Peter me había pedido la máquina de escribir porque quería enviarle a Allen una crónica larga y tierna sobre todo lo que estaba pasando en Nueva York. Hacía horas que andaba en ello, ayudándose de un solo dedo. Elise también se había dejado caer por casa. Nos preparó sándwiches de cebolla para comer. Cuando Peter le preguntó si quería decirle algo a Allen, hizo un ademán negativo con la cabeza y dijo: «Sólo hola». Pero yo escribí: «Allen: Nueva York está llena de nieve y poetas, chicas que bailan, Elise, etc. Vuelve pronto a Nueva York. Todos te echan de menos».
Cuando Jack volvió de su paseo con una garrafa de vino, ya había decidido que, pasara lo que pasara, no decepcionaría a Dave Amram. Se sentó un rato a la máquina de escribir mientras Peter le dictaba entusiasmado: «Jack leerá sus poemas esta noche con Lamantia y Hart de muy buena gana y de su pecho saldrán palomas y les pedirá a todos que en lugar de aplaudir se cojan de la mano…».
Dave el Risueño me gustaba tanto que me encantó comprobar que Elise se escabullía con él después del recital. Ojalá se enamoraran. Elise terminó varias noches seguidas en su casa, pero al cabo de una semana, más o menos, todo había terminado. Ninguno de los dos se lo tomó mal.
Otro de los personajes «extraordinarios» que Jack descubrió aquella primavera fue un fotógrafo suizo llamado Robert Frank. Un día que acompañé a Jack a Viking Press conocí a Robert. Estaba sentada en la sala de espera mientras Jack hablaba en el despacho con Keith Jennison y Malcolm Cowley, y Robert Frank entró con un par de cajas en las que había metido parte de su obra. Había pasado varios años viajando por el país, haciendo fotografías para un libro que quería titular The Americans. Confiaba en convencer a Jack de que le escribiera la introducción. Me preguntó si quería echarles un vistazo a las fotos. La primera que vi era de una carretera en algún lugar del Oeste: asfalto brillante a la luz de unos faros y en el medio una raya blanca que se perdía en la oscuridad. ¡El camino de Jack!, pensé de inmediato.
A Jack le encantaba el humor europeo de Frank, adusto y pesimista. Le hizo muchas preguntas acerca de su trabajo, maravillado por su talento para fundirse con el entorno, para volverse casi invisible mientras esperaba la imagen que capturaría con su Leica. Robert era un gran fotógrafo porque sabía cómo transformarse en sombra, me dijo Jack.
Nos convertimos en visitas frecuentes del loft de la esquina de la calle Nueve con la calle Bowery en el que Robert vivía con su mujer, Mary, y sus dos hijos pequeños, un niño y una niña. Mary no era mucho mayor que yo. Se había casado con Robert después de graduarse de la Escuela Superior de Música y Arte. Era escultora, y estaba trabajando en una pieza de madera inmensa que esperaba en un rincón del estudio. Había algo heroico en Mary. Me recordaba a las mujeres de la época clásica de Picasso. A veces, cuando Robert nos invitaba a cenar, parecía ausente, casi huraña. Había estado trabajando en su pieza, pero los niños habían empezado a hacer de las suyas, se habían puesto insoportables, y luego ya era hora de preparar la verdura. ¿Cómo iba a trabajar en esas condiciones? Lo que necesitaba era un espacio para ella sola. Se recogía el pelo largo y castaño en un moño y llevaba fuentes enormes y suculentas a la mesa redonda de roble en la que Jack y Robert hablaban de futuras colaboraciones. Quizá cuando Allen regresara de Europa Robert podría rodar una película con Jack, Peter, Gregory Corso y Allen. «¿Qué te parece, Mary?», le preguntaba Jack. «Claro, hacedlo». Y luego volvía a los fogones, sofocada e iracunda, posando la mirada en el bloque de roble a medio cincelar que esperaba en una esquina al lado de la ventana.
Entonces solía llegar más gente que se sentaba a la mesa redonda. Algunos estaban invitados; otros no. Un par de amigos de Frank venían todas las noches, o eso me parecía. Corría el vino, sonaba el tocadiscos y la velada se transformaba en una fiesta improvisada. Para que los invitados se animaran a bailar, Mary corría al dormitorio y se ponía uno de aquellos maravillosos vestidos de los años veinte que coleccionaba. Y la escultora, madre y ama de casa aparecía ante nosotros transformada en una criatura de la noche cubierta de lentejuelas. Pasado el enfado, Mary era la más animada del grupo; sacaba a Jack a bailar un tango y él lo bailaba como si entre los brazos llevara una pelota de fútbol, y los dos niños bailaban alrededor de la pareja como locos con los ojos brillantes de cansancio, gitanillos encantadores que deberían haberse acostado hacía horas. Si alguna vez tengo hijos, pensaba entonces, querría que fueran así de asilvestrados. Y a veces también me entraban ganas de ser más extravagante, de dejarme llevar. Pero el rasgo de Mary que más sobresaliente me parecía era que se mostraba tan orgullosa de su trabajo como un hombre. Para ella —en teoría, al menos—, su trabajo siempre era lo primero, aunque las otras facetas de su vida la apartaran constantemente de su objetivo.
Recuerdo que aquella primavera me embargó una sensación que siempre reencuentro en los momentos más felices de mi vida: la sensación de pertenecer a una familia infinita. Lo único que había que hacer era ir descubriendo a cada uno de sus miembros. Durante un tiempo, diría que Jack sintió lo mismo, y con mucha intensidad. Ya no se escondía como en enero. Incluso me di el gusto de confiar en que, aunque encontrara una casa en la que instalarse con su madre, no se quedaría allí mucho tiempo. Cuando él no estuviera en la ciudad, aprovecharía para emplearme a fondo en mi novela. No sé por qué, pero cuando Jack estaba conmigo yo no era capaz de escribir nada. Mis ganas de estar con él siempre se imponían a mis ganas de sentarme a la máquina de escribir. Me preguntaba si eso cambiaría cuando viviéramos más tiempo juntos. ¿Sería Jack el tipo de persona al que puedes terminar acostumbrándote?
Hace poco, en un ejemplar de Zen Flesh, Zen Bones que hacía años que no abría, mi hijo encontró un papel verde. Era un trozo de sobre de hojas de papel cebolla Eagle-A. En el reverso Jack había anotado parte de una conversación que debimos de mantener uno de esos días de primavera de 1958.
Me contaron que W. C. Handy acababa de morirse
—Yo dije «Nunca nació»
—«¡Cómo eres!», dijo ella.
«La esencia pasó como algo llamado W. C. Handy», pensé, «pero como la
esencia ni va ni viene, W. C. Handy debió de estar ahí desde el principio».
Menuda losa en la mente.
«No me lo creo. No veo ningún Dharma», dijo ella.
—¿Quién escribió esto? —me preguntó mi hijo.
—Jack Kerouac.
—Tendrá mucho valor, mamá.
—Probablemente —le dije mientras contemplaba ese fragmento del pasado que tan inesperadamente había recuperado. Tenía la sensación de que aquella conversación acababa de tener lugar. En aquel trozo de papel estaba nuestro dichoso caballo de batalla; pero él lo había reflejado con humor muy tierno; había logrado componer un acorde de notas disonantes que, sin embargo, resultaba grato al oído. Volví a sentir aquella extraña paz a la que siempre he llamado «familia».
Una noche de abril de 1958 Jack salió de copas con Gregory Corso. Los dos antiguos subterráneos se entregaron a un tour por el Village y visitaron los escenarios de sus años más anónimos. Todos parecían conocer a Jack Kerouac; desde estudiantes de instituto a hipsters de mejillas hundidas que, enganchadísimos y demacrados, abandonaban sus umbrales y se materializaban para pedirles un préstamo. Hacia la una de la noche terminaron en el bar que quedaba delante del San Remo, el Kettle of Fish, frecuentado en aquella época por una clientela de bebedores duros y peleones que se ganaban la vida trabajando en mudanzas. En el bar estalló una pelea. Un desconocido insistía en que Jack Kerouac le había insultado. Ni Jack ni Gregory se acordaban de qué le habían hecho.
Cuando salieron a la calle se vieron rodeados por aquel tipo y sus amigos. El desconocido tumbó a Jack en la acera y empezó a golpearle la cabeza contra el bordillo mientras Gregory le observaba aturdido y horrorizado gritando: «¡Para! ¡Para!».
Llamaron al timbre de casa y me desperté. Cuando abrí la puerta vi a Jack agarrado al hombro de Gregory. Se tenía en pie a duras penas. Tenía la cara ensangrentada.
Gregory no callaba, alteradísimo: aquello era lo peor que había visto en su vida. Jack parecía tan aturdido que temí que sufriera una conmoción cerebral.
—Tenemos que llevarlo al hospital —le dije a Gregory mientras corría a buscar el abrigo. Jack no paraba de repetir que no quería ir.
—Dejadme solo —mascullaba entre gemidos. No le diría a nadie del hospital cómo se llamaba. Nadie debía enterarse de quién era, insistía. Mojé una toalla para limpiarle la sangre de la cara—. ¡El hospital no!
—¡Tienes que ir! —le suplicaba tirándole de los brazos, casi llorando.
Le pedí a Gregory que me ayudara, lo bajamos a la calle y caminamos cuatro manzanas hasta el hospital Beth Israel con Jack a cuestas.
—¡Cauterizad mis heridas! —gritaba como un loco en el vestíbulo de mármol vacío—. ¡Cauterizad mis heridas!
En urgencias lo registré con el nombre de Jack Glassman. Según los médicos, Jack no sufría una conmoción cerebral, sólo tenía cortes y moratones. No le quedarían secuelas. Pasadas unas horas, con una gasa blanca sujeta con esparadrapo en la frente, Jack y yo salimos con paso inseguro a la fría luz del amanecer.
Al día siguiente me dijo que tenía que salir de Nueva York lo antes posible. Nunca había pensado en quedarse mucho tiempo, de todos modos.
Él recordaba de aquella noche incluso menos cosas que Gregory. Hasta la visita al hospital le parecía un sueño. ¿De verdad había pedido que lo cauterizaran? ¿De dónde habría sacado aquella idea? Se miró en el espejo y vio, horrorizado, que tenía la cara hinchada. Quizá pensara en la pesadilla que tuvo la noche antes de que saliera En el camino: vendado, había huido de las fuerzas oscuras que querían capturarlo en el Victory Theatre.
Durante varios días se quejó de que a los médicos se les había escapado una herida que tenía dentro de la cabeza, y también de un dolor en la muñeca derecha que le impedía usar la mano con normalidad. Y en cierto modo, yo también le había fallado: como Mémère había predicho, había terminado lastimándose.
Justo antes de volver a Florida, Jack le pidió a Robert Frank que nos llevara en coche hasta Northport. Había decidido comprarse la casa aquel mismo día. A Robert el plan le pareció precipitado. Me miró escéptico. Pero ni él ni yo íbamos a lograr que Jack cambiara de opinión. Sólo volvería a sentirse a salvo en un hogar bajo las riendas de su madre. Cada kilómetro que se perdía bajo las ruedas del coche de Robert me confirmaba que en Northport Jack estaría más lejos de mí de lo que yo hubiera imaginado jamás.
Estaba sola en el asiento trasero. Delante, Jack y Robert hablaban de la película que rodarían juntos en otoño. Al menos Jack tendría que bajar a la ciudad para trabajar en el proyecto. Robert también le llevaría a una tienda de la calle Delancey para que se comprara un escritorio tan grande como el suyo. La casa de Jack estaría llena de todas las cosas que él siempre había querido: inmensas butacas antiguas de madera y muebles de roble, e incluso un piano, quizá, con el que aprendería a tocar jazz. Estaría tan a gusto en Northport con Mémère en la cocina preparando el rosbif para la cena… Tendría muy pocos motivos para salir de casa.
Era un día de primavera de luz cegadora. Los árboles parecían haber florecido de la noche a la mañana. Northport estaba envuelto en una bruma verdosa. En la bahía faenaban los marisqueros; estaban de pie en botes planos que se mecían sobre el agua azul. Robert avanzó despacio por la calle principal hasta que localizamos una agencia inmobiliaria. Antes de entrar, Jack se puso una gorra de béisbol que se había comprado esa mañana y se la ajustó sobre la frente.
Detrás de la mesa estaba sentada una mujer teñida de pelirrojo y cargada de bisutería. Se quedó mirando fijamente la gorra de Jack y mis medias negras, las sandalias de Robert y su halo áspero y alborotado de pelo castaño, y luego se presentó: Mona. Cuando Mona oyó el nombre de Jack, reaccionó con un arqueo de cejas indescriptible. Ahora parecía infinitamente más animada. Había oído hablar muchísimo de él, por supuesto. No había leído ninguno de sus libros, pero podíamos estar seguros de que los sacaría de la biblioteca. Y antes de que pudiéramos darnos cuenta, ya lo llamaba Jack y le describía Northport como si fuera el París de la bahía de Long Island. Un famoso actor retirado vivía en la zona, y alguien que escribía para el Reader’s Digest también. Incluso tenían un escultor, un hombre muy especial que trabajaba con metal soldado. Sería todo un placer presentárselos.
Jack dijo que quería estar muy tranquilo.
Aquello decepcionó a Mona, pero en cuestión de segundos Northport ya se había transformado en el lugar más tranquilo del mundo, una cripta en la que un escritor en busca de la soledad podría enterrarse. ¡Un momento! Ahora que sabía lo que él buscaba, acababa de acordarse de que tenía la casa perfecta, una casa «antigua» con una buhardilla que resultaría ideal como estudio. Victoriosa, nos enseñó una foto de una casa de madera con un pequeño porche y un tejado a dos aguas.
Jack se emocionó y llamó a Robert. Aquella casa se parecía a las de Lowell. Mona cerró la agencia y nos llevó en coche hasta ella.
El instituto de Northport quedaba a la vuelta de la esquina, y las canchas se extendían hasta lo que sería el jardín trasero de Jack. En septiembre ya podría sentarse en su estudio de la buhardilla para ver cómo se entrenaba el equipo de fútbol de Northport.
Se me encogió el corazón. Yo sabía que, como Mona había dicho, la casa era perfecta.
Allí todavía vivía la familia que se mudaba; un traslado al Medio Oeste por negocios. Jack, que ya había comenzado a fantasear acerca de su vida en aquel lugar, seguía a Mona con desinterés, escaleras arriba y escaleras abajo, mientras ella nos enseñaba la casa parloteando sin cesar —la cocina se podía reformar—, decidida a descubrir si yo era la prometida de Jack. «Es ideal para los niños», añadió finalmente dirigiéndome una sonrisa astuta y equivocada.
«Me la quedo», le dijo Jack en el coche. No quiso ver más casas.
Mona nos aseguró que aquélla había sido la venta más rápida de su carrera.
A la mañana siguiente Jack cogió el avión para volver con Mémère; así podrían comenzar a hacer las maletas enseguida. Los trenes le parecían demasiado lentos, demasiada gente se ponía a hablar con él. A partir de entonces, decidió Jack, sólo viajaría en avión.
Aquel verano Elise cogió sus dos maletas, dejó el apartamento de Leo Skir y se mudó al mío. Por fin éramos compañeras de piso. Ahora que guardábamos las formas y lavábamos la gastada ropa interior en el fregadero de la cocina mientras Lady Day nos cantaba «I Cover the Waterfront» desde el tocadiscos, éramos, por fin, como las chicas que salían en el New Yorker.
Mi compañera de piso se ganaba la vida posando de modelo en la Art Students League; desconocidos armados de carboncillos observaban sus pechos rotundos y la cicatriz de su vientre. Yo mecanografiaba las cartas que me dictaba un jefe con una amante casada y desesperada que le llamaba por teléfono haciéndose pasar por la señora Brown o la señora Green; cada mes, él mandaba dinero a Bolivia: la cuota de una colonia clandestina del país a la que pensaba retirarse si se producía un holocausto nuclear. Mi compañera de piso y yo los imaginábamos a los dos en una novela de William Burroughs, juntos por fin en Bolivia.
Por la noche, florecíamos y salíamos. O recibíamos en casa a Leo Skir, a Howard Shulman el loco, a Peter Orlovsky y a conocidos del Cedar de cualquier tipo y condición que nos acompañaban a casa. Descubrí que las dos de la madrugada era la mejor hora para escribir mi novela si me tomaba uno de los dexamiles de Elise. En el East Side todo el mundo tomaba dexis. Una receta bastaba para media docena de personas.
Le dimos dexamil a Jack cuando vino a Nueva York desde su nueva casa, pero se diría que nada lograba acelerar el ritmo de Memory Babe. Nos dijo que ahora que tenía la forma, ya había perdido interés. Las navidades en Lowell, 1933. Todo le quedaba muy lejos, no podía recordar los detalles de la Visión Dorada del Pesebre de Ti-Jean.
Jack, sin embargo, siempre se había acordado de todo.
Fui a verlo a Northport una vez, pero en la estación me equivoqué de autobús y acabé en el jardín de un psiquiátrico en el que hombres que llevaban zapatos sin cordones vagaban por el césped arrastrando los pies. No me había repuesto de la impresión cuando llegué a la casa de Jack. Mémère me recibió en la puerta con su delantal floreado y me preguntó a qué hora salía el tren de vuelta a Nueva York. No podía pasar la noche ahí, me explicó Jack, porque bajo aquel techo sólo podían dormir juntos los matrimonios, y nosotros no estábamos casados. Vi su estudio, su vieja mesa de oficina, sus cuadernos de sueños, el rollo de Memory Babe en la máquina de escribir. Lo había interrumpido. Un grupo de adolescentes llegó a la casa y nos llevó en su descapotable a la casa de la playa de alguien. Jack se emborrachó mientras una chica de diecisiete años que estaba enamorada de él me contaba que Jack era la persona más triste que había conocido en toda su vida. Para cuando nos acompañaron a casa de Mémère, Jack ya estaba fuera de juego. Se quedó dormido en la mesa, con la cabeza apoyada al lado del plato de rosbif con puré de patata, zanahoria rehogada, cebolla y un bollito de pan. «Bebe demasiado, bebe demasiado. No hago más que decírselo. No sé qué voy a hacer», se quejaba Mémère, enfadada. Me cogió por sorpresa con una especie de halago: «Jackie dice que lo cuidaste muy bien».
«Joyce, por favor, no vuelvas a venir», me escribió Jack unos días más tarde. No quería alterar las «tiernas costumbres» de una anciana. Nunca llegué a descubrir lo que Mémère pensó de mí. Sólo sé que, cuando la ayudé a lavar los platos, le molestó que gastara tanta agua caliente. Aquella prodigalidad la había escandalizado. Eso, y que yo fuera judía.
Elise solía decirme que, para olvidarme completamente de Jack, tendría que tocar fondo. Y que aunque no volviéramos a estar juntos, al cabo de unos años volvería la vista atrás y me alegraría de haberlo conocido. De todos modos, yo siempre iba a ingeniármelas para que me pasaran cosas. «Así que no estés demasiado triste, Glassmangirl». A veces, muy a su pesar, ella se reconocía «curada»; no de su amor por Allen, sino del deseo que sentía por él. Mirándose en el espejo el día de su vigésimo quinto cumpleaños, dijo: «Quién sabe cómo llevaré el pelo a los treinta».
Cerca de Columbia, Howard Shulman conoció a un alumno de Lionel Trilling. Siempre nos decía que estaba seguro de que iba a gustarnos, y un día se presentó en el apartamento con un chico rubio, delgado y de aire impaciente con una pelusilla por bigote. Keith Gibbs era de Berkeley, California; su voz tenía el acento dulce y melodioso del Oeste. Forcejeaba con sus poesías, decidido a desaprender lo que había aprendido en Columbia, como Jack y Allen. A finales de verano, nos contó, él y Howard Shulman viajarían a California en el viejo coche de Howard. Elise, de quien había oído tantas historias, pareció intimidarle muchísimo; Keith incluso se rió de lo mudo que se quedaba cuando ella le hablaba. Para ganársela, le contó sus aventuras haciendo autoestop, y cosas así; no eran más que cosas de chico.
Los cuatro nos fuimos a pasear por el Lower East Side para enseñarle a Keith partes de la ciudad que nunca había visto. Mientras bajábamos por la calle Trece este antes de que amaneciera, oímos los cánticos que salían de una iglesia pentecostal puertorriqueña que se había instalado en una sinagoga abandonada. Keith dijo que teníamos que entrar. Tres mujeres vestidas de negro y un anciano estaban cantando, llorando, exhortando a Dios en español acompañados de una pandereta. Mientras escuchábamos sentados en sillas rotas, a todos, ateos avergonzados, nos asaltó la tristeza. Keith le dio la mano a Elise. Cuando salimos de la iglesia vimos que el cielo, ahora de un tono gris plata, parecía manchado. «El cielo está aborregado», dijo Keith. Me encantó aquella palabra. Me retiré a un lado con Elise y susurré: «Haz que pase algo». Ya era hora de que alguna de las dos fuera feliz.
Aquella noche Keith subió al apartamento con Elise. Hizo autoestop hasta Carolina del Norte y le escribió cuatro cartas muy largas, pero sólo le envió una. «Cómo empezar, empezar». Volvía a experimentar problemas con las palabras. «Me pregunto qué significará mi amor para ti; no qué podría significar…». Cuando volvió a Nueva York se instaló en nuestro piso durante una temporada. A finales de agosto se marcharía con Howard a California. Y de la noche a la mañana, Elise decidió que iría con ellos.
Una semana más tarde, Allen Ginsberg volvió de París.
Recibí muchas postales de aquel viaje. En Rutherford, Pensilvania, había «camiones de color pastel y puestas de sol verdes», y «un urinario con el rótulo escrito en alemán de Pensilvania». Llegaron a Sandusky, Ohio, después de cruzar los montes Allegheny, donde alguien dijo: «Tienen más de un millón de años, pero puedo sentir cómo empujan hacia arriba», y en Cleveland encontraron «un bar de negros genial donde Howard bailó con una tía que se lo estaba pasando en grande y que le metió mano en el paquete» en el que bebieron vino que sabía a «Thunderbird yiddish… Estoy tan bien y en plan ¡sí!, ¡sí!, ¡sí! Las casas de Cleveland son trampas para jóvenes y corrales de engorde. La luna me ha cambiado. Casi lo lamento».
«Como un bólido por Colorado», decía la última, una postal del paso de Rabbit Ears, U. S. 40, alt. 2950 m.
Jack y yo nunca volvimos a estar juntos. Aquel otoño nos separamos para siempre en una esquina.
Ya eran demasiadas separaciones, demasiadas noches caóticas y empapadas en alcohol, y, siempre, aquella desconcertante distancia suya en la que se mezclaban la protección paternal y el rechazo: «Tú haz lo que quieras». Yo necesitaba a alguien que tuviera deseos propios.
Estábamos en un restaurante. En la mesa que compartíamos con un montón de pintores había otra mujer, otra de las morenas de Jack, mayor que yo. Ya habían caído demasiadas botellas de vino cuando vi que los dos andaban muy ocupados descubriendo, sin recato alguno, que eran almas gemelas. Llegué al límite, al punto de «esto no cambiará nunca»: lo que había estado soportando hasta entonces se me apareció, de repente, insoportable.
Le pedí a Jack que saliera a la calle conmigo. Con un nudo de dolor en la garganta, me esforcé por dar con las palabras que más le dolieran.
—¡No eres más que un fanfarrón!
—¡El amor no correspondido es una pesadez!
Furiosos, nos miramos fijamente, entre llorosos y divertidos. Eché a correr, esperando que me siguiera. Pero no lo hizo.
Una noche, pasados unos meses, volví a verlo mientras iba de camino a casa acompañada por otro hombre. Lo vi al otro lado de la Segunda Avenida con Allen y Peter y la mujer a la que había conocido en el restaurante. Nevaba mucho. Iban todos cogidos de la mano y avanzaban tambaleándose contra el viento cual friso de chamanes danzantes. Miré furtivamente a su rostro iluminado por el neón rojo del escaparate de Rappaport’s —tan lejano ahora— mientras la nieve se interponía entre los dos y el tráfico chirriaba calle abajo.
Acababa de terminarse el año. Era el primer día de 1959.