Personajes secundarios
Quince
10 de abril de 1959
Querida Joyce:
Estos primeros días de primavera en Berkeley nos están volviendo locos a todos. Niebla matutina más densa que el humo y luego azul y verde y pétalos de colores todo el día. Hay un parque cerca de donde trabajo y me paso la hora de la comida tumbada, haciendo el vago con las hormigas.
Howard vive con nosotros. El día que escribió un poema largo sobre la debacle de la civilización hubo dos terremotos. Keith se ha convertido en una fiera de los diccionarios: pasa días sin dormir y asalta al primero que pasa con sus teorías y sus frases y, al final, con una sonrisa traviesa, deja que el sueño le venza. Nos parece que Sam el gato del espacio lo ha hecho por primera vez. ¿Quién dijo que el clima y los colores del Mediterráneo no estuvieron detrás de su civilización?
¿Qué haces últimamente?
Keith ha recibido parte de su herencia, y en cuanto estén listos los papeles empezamos a buscar furgoneta. Keith se buscará un trabajo y a mediados de julio, más o menos, nos largamos a México. Me muero de ganas de que llegue el verano. Mexicali Rooose te quierooo / si empieza a despejar / saldré a pasear / de vuelta al camino… Oh, mi niña, mi niña / ¿dónde dormiste anoche? Dios, qué ganas de ponerme en marcha.
¿Algún plan especial para el verano? ¿Quieres ir a México en furgoneta? El jefe está subiendo las escaleras. Le birlo un sello y corto.
Besos para ti y para Nueva York
Elise
∗
Una noche de febrero de 1962 mi madre me llamó. «Tu amiga se ha suicidado —dijo —. Ha salido en el periódico».
Salí corriendo a comprar el New York World-Telegram. No era más que un breve: MUJER DE 28 AÑOS MUERTA.
Elise se había tirado por la ventana del salón de sus padres en Washington Heights. Acababa de salir del hospital psiquiátrico de Hillside, y sus padres pensaban llevársela a Miami.
Estuve un buen rato con la vista fija en la palabra MUJER. ¿Habíamos crecido? ¿Nos habíamos convertido en mujeres?
Nunca hizo aquel viaje a México con Keith que había planeado tres años antes. Allen pasó por Berkeley en primavera y fue a verla. Poco después, ella volvió a Nueva York. Allen vivía con Peter Orlovsky en un apartamento de la calle Dos este —una colmena de diminutas habitaciones— en el que siempre había algún desconocido durmiendo y el teléfono no paraba de sonar. Le buscó a Elise un apartamento en el mismo edificio.
Cuando Allen terminó Kaddish, el extenso poema sobre su madre Naomi, Elise pasó a máquina el manuscrito. «¿Todavía no lo has superado?», le preguntó. Pregunta que Allen registró en su diario.
En otra entrada (6 de diciembre de 1960) escribió:
Acabo de levantarme y más sublime que un
poema es Elise de pie
al alba en mitad de la habitación de
negro ciega de mescalina
Tres meses y medio más tarde (23 de marzo de 1961), Allen y Peter se embarcaron rumbo a Europa en el vapor América.
En el muelle, Elise mira por encima de las gafas, Janine pálida rubia de chaqueta negra ondeando la bufanda y Lafcadio con media sonrisa, agitando un sombrero de paja ambiguamente —Peter en cubierta se guarda el corazón en la mano y lleva una gorra rusa— y cuando yo grito sus nombres los veo, alejándose con sus calaveras.
«¿Yo? ¿Reproducirme? ¡Nunca!», escribió Allen en su habitación de hotel en París. «El sufrimiento de la existencia es un fracaso absoluto».
Empecé a perderle la pista a Elise después de que Allen se marchara. Entró en una espiral descendente, atrapada en los negros torbellinos del East Village, experimentando con drogas que expandían la conciencia hasta desgajarla. Se esfumó de la calle 107 este para vagar de un apartamento oscuro e infecto a otro con todas sus pertenencias metidas en una bolsa de plástico.
La metedrina la marchitó. Una vez llamó a mi puerta a medianoche para pedirme la máquina de escribir; en la barbilla le habían crecido tres pelos largos de vieja. Unas semanas más tarde se la llevaron de su apartamento y la internaron en el hospital de Bellevue.
Dentro de un armario, en el suelo, se dejó unos cuadernos. Leo Skir se los llevó. Contenían las poesías que Elise nunca le había enseñado a nadie.
Sola
llorando
me desperté llorando
sola
en un parque negro por lecho
Había una que quizá fuera la última que escribió; contenía mensajes dirigidos a mí y a los demás, los perplejos espectadores que creímos conocerla.
Sin amor
Sin compasión
Sin inteligencia
Sin belleza
Sin humildad
Veintisiete años bastan
Madre: demasiado tarde —años de mezquindad— [lo siento
Papi: ¿qué pasó?
Allen: lo siento
Peter: Sagrada juventud rosa
Betty: qué audacia femenina
Keith: gracias
Joyce: tan niña preciosa
Howard: Cuídate cariño
Leo: Abre las ventanas y shalom
Carlo: deja que pase
Dejadme salir ahora por favor;
Por favor dejadme entrar
Sus poemas circularon durante una temporada. El suicidio hizo de Elise un mito efímero. Cuando viajaba con Peter por Nairobi, Allen la incluyó en la lista de sus muertos:
Nos echaron del banquete de bodas de Mboya por no llevar corbata y chaqueta en el maravilloso calor de Nairobi: noches frescas cerca del cine a la vuelta de
la esquina del restaurante indio
caminamos por una gran plaza, fuimos al médico por los microbios o el
estudio de la logística, o la Paranoia Cósmica
los inhumanos hablando al Micrófono Conciencia ¿Se llevaron a Elise? Está donde están los muertos que se terminaron en las
piras funerarias de los ghats[20]
o padecieron la «brutalidad china» en el Himalaya.
Dos años más tarde Allen echó mano de sus contactos para que el City Lights Journal publicara algunos de los poemas de Elise. La pequeña fotografía que los acompañaba era la de aquel pasaporte que nunca utilizó. Allen escribió un breve texto acerca de ella con la ayuda de Lucien Carr. De un verso a otro, indistinguibles, sus voces se van alternando:
¿Cuántos años tenía la buena de Elipse cuando se
largó alegremente? Lástima que, en su lugar, no se largara gente que no me gustaba. Siento por Elipse más lealtad que amor.
Los poemas, son raros. Pero tienen esa rareza
especial que nace de las personas directas y hones-tas (si es que la honestidad existe). Y la belleza
de los versos que ella podía ver y yo podía
ver pero que ninguno de los dos supo ver en ella…
No sé si fue Lucien o Allen quien escribió: «Tie-
ne esa soledad vigilante». Me gustaría creer que fue Allen.
*
Algunos de nosotros desafiamos a la muerte y nos reprodujimos. ¡A la porra los hongos nucleares del día del Juicio Final! Precipitadamente, quizá, poblamos el incierto futuro con nuestros bebés.
Kellie Elizabeth Jones nació una mañana de mayo de 1959. Cuando Hettie se puso de parto LeRoi estaba fuera de la ciudad, en un recital de poesía, y nadie sabía si llegaría a tiempo. Un montón de poetas del Black Mountain y yo la llevamos al hospital. Los camilleros la sentaron en una silla de ruedas de hierro y se la llevaron mientras nosotros nos quedábamos fumando un cigarrillo tras otro en el pasillo de linóleo verde, impacientes.
«¡Adiós!», nos saludaba con la mano, sonriendo con una serenidad pasmosa. «Hasta luego…». Nos mandó un beso mientras se alejaba, sola, a dar a luz al hijo de Roi.
*
Mi padre murió cuando yo tenía veinticuatro años —una operación de úlcera con complicaciones—, antes de poder tomarse las espléndidas vacaciones que durante tantos años había estado planeando con mi madre.
Mientras le cogía la mano sentada en su cama, me dijo que era preciosa. Murmuró algo más, y tuve que bajar la cabeza para oírle.
—Tendríamos que haber ido a Europa.
*
A los veintiséis años publiqué mi novela.
Vi París a los veintiocho, después de que James Johnson, mi primer marido, muriera en un accidente de moto en la calle Grand.
Siempre le habían gustado las motos. Juntos nos montábamos en su Harley de segunda mano y llegábamos a Cape Cod, y rodábamos por las carreteras hasta Montauk. Rodeaba su cintura con los brazos y le clavaba las rodillas en la cadera; y me enseñó a imitar los movimientos de su cuerpo para balancearme en las curvas, y a no tener miedo cuando nos internábamos en el «callejón de la muerte» al pasar entre dos coches que avanzaban más despacio que nosotros, muy atentos a la arena o a las manchas de aceite que podían matarte si las pisabas demasiado deprisa. En moto juntos, teníamos la ilusión de ser invulnerables. Fue el verano más feliz de mi vida.
A veces la Harley nos llevaba a Northport. Para aquel entonces Jack y Mémère ya se habían mudado a una casa en Hyannisport, pero en Northport todavía quedaba quien le recordaba. Mi marido quería saberlo todo de mi pasado, tenía que contarle hasta las cosas más dolorosas. Parecía entender mejor que yo por qué había querido a Jack, qué anduve buscando. ¿Ya lo había encontrado, verdad? Y le decía que sí, que por fin lo tenía.
Mi marido había estado en Anzio, en un dragaminas que soportó dos meses y medio de bombardeos continuos. A la vida y a la muerte, me dijo, no las separaba más que el grosor de un cabello. Yo no soportaba que me hablara de esas cosas.
Cuando murió, le creí.
*
Un museo del cine repone Pull My Daisy, la película que Jack hizo con Robert Frank. Con algo de miedo, voy a verla por primera vez en veinte años. Sus imágenes son memoria solidificada. Ahí están Allen, Peter y Gregory, bromistas benévolos; todos jóvenes hermosos. Una luz que me resulta familiar, tiznada de hollín, entra por las ventanas del loft. Dave Amram toca la trompa. Y Jack, el narrador invisible, se convierte de repente en todo el mundo, con una lucidez perfecta, tierna, absurda. Lástima que las mujeres no aparezcan más que como aguafiestas.
¿Podría recordar la voz de Jack? Intenté compararla con la que oí por última vez al teléfono en 1964, cuando él me llamó de improviso, terriblemente solo y borracho, desde algún lugar. «Nunca quisiste más que un poco de sopa de guisantes». Lo cual no era cierto, por supuesto. Pero, cuando colgó, yo lloré.
—¿De qué iba todo esto? —me pregunta mi acompañante mientras los créditos aparecen en pantalla.
—Del derecho a seguir siendo un niño, creo.
*
Nunca terminé de encajar en los años sesenta. A pesar de todos sus fuegos de artificio, me parecieron decepcionantes, como si un desenlace prometedor hubiera quedado truncado. Ante mis ojos, los hippies reemplazaron a los beatniks; los sociólogos, a los poetas; los lienzos desnudos, a los Klines. Desanimada, contemplé la emergencia del «estilo de vida». La antigua intensidad se disolvió en el «Haz lo que te toca», consigna que evocaba una libertad en la que no quedaba rastro de las luchas pasadas. El éxtasis ya era químico, para olvidar bastaba con una receta del médico. La revolución estaba en el aire, pero nunca triunfó; y si hubiera triunfado, Jack no habría tenido cabida en sus ortodoxias.
Cada vez más lejos de los focos, se retiró a los bastidores polvorientos, a la salida de artistas; se internó en un túnel que, reculando varias décadas, lo devolvió al Lowell de su primera visión. Y como le pareció provinciano y desprovisto de su antiguo encanto, Jack hizo un esfuerzo desesperado por hacer suyos sus prejuicios y sus enconadas sospechas. Ya lo había escrito el doctor William Carlos Williams: los puros productos de América acaban volviéndose locos.
¿Habré cometido la insensatez de aferrarme a aquellos años en los que, por primera vez, se abrieron las puertas de un mundo que yo nunca conseguí explorar tan a fondo como deseaba?
Veo a una joven Joyce Glassman de veintidós años y el cabello suelto sobre los hombros, toda de negro como Masha en La gaviota —medias negras, falda negra, jersey negro—; a diferencia de Masha, sin embargo, no lleva luto por su vida. ¿Cómo va a llevar luto, si está sentada justo en el centro del universo, en el lugar nocturno donde todo confluye, en el único lugar vivo de Estados Unidos? Como mujer, no participa del todo, aunque esto ella no lo sabe; está sentada, emocionada, mientras las voces de los hombres —siempre los hombres— se elevan y se apagan con pasión y sus jarras de cerveza entrechocan y el humo de sus cigarrillos sube hacia el techo y la cultura muerta, sin duda, se despierta. Con estar ahí, se dice ella, basta.
Me niego a renunciar a sus esperanzas.
Y sólo quiero romper con su silencio; y con el silencio de Elise
Bajo la triste cebolla
sueños ciegos en una habitación azul
que, póstumamente, da fe de las lecciones que aprendió en libros de Pound robados, y con los poemas que Hettie amordazó en cajas durante demasiados años…
*
Soy una mujer de cuarenta y siete años aquejada de una permanente sensación de transitoriedad. Si el tiempo fuera un fragmento musical, uno podría tocarlo tantas veces como hiciera falta hasta que sonara bien.
PARA LA TRADUCCIÓN DE ALGUNAS CITAS INCLUIDAS EN EL PRESENTE VOLUMEN SE HAN
TOMADO VERSIONES EN CASTELLANO YA DISPONIBLES
Eliot, T. S., Cuatro cuartetos, trad. de Esteban Pujáis Gesali, Madrid, Cátedra, 2006.
—,Prufrock y otras observaciones, trad. de Felipe Benítez Reyes, Valencia, Pre-Textos, 2000.
Ginbserg, Allen, Aullido y otros poemas, trad. de Rodrigo Olavarría, Barcelona, Anagrama, 2006.
Holmes, John Clellon, Ésta es la generación beat: la filosofía de la generación beat, trad. de Daniel Pastor, León, Universidad de León, 1997.
Kerouac, Jack, Ángeles de desolación, trad. de María del Carmen Azpiazu, Barcelona, Caralt, 1975.
—,En el camino, trad. de Marín Lendínez, Barcelona, Anagrama, 2005.
—,Los subterráneos, trad. de Rodolfo J. Wilcock, Barcelona, Anagrama, 2004.
—,Los vagabundos del Dharma, trad. de Mariano Antolín Rato, Barcelona, Anagrama, 2004.
O’Hara, Frank, Poemas a la hora de comer, trad. de Eduardo Moga Bayona, Barcelona, DVD, 1997.
Pound, Ezra, Cantares completos, trad. de Javier Coy, Madrid, Cátedra, 2006.
Rilke, R. M., Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, trad. de Francisco Ayala, Losada, 2003.
Thoreau, Henry David, Walden, seguido de Del deber de la desobediencia civil, trad. de Carlos Sánchez-Rodrigo, Barcelona, Parsifal Ediciones, 1989.
Wolfe, Thomas, El ángel que nos mira, trad. de José Ferrer, Barcelona, Bruguera, 1983.
Yeats, W. B., Antología poética, trad. de Daniel Aguirre Oteiza, Barcelona, Lumen, 2005.
«No es necesario que haya amor en un libro para que nos encante, pero sí mucha
ternura».
JOSEPH JOUBERT
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Joyce Johnson