Personajes secundarios
Cuatro
Entré en Barnard unas semanas antes de mi decimosexto cumpleaños. Era el otoño de 1951. Me puse una falda escocesa que se cerraba al frente con un imperdible grande, unos calcetines verde botella que me llegaban a la rodilla y un jersey de lana (no era cachemira, por desgracia) del mismo color; preparé una cartera pequeña y crucé la calle 116 en dirección a Hewitt Hall, rumbo a los tres días de orientación para los nuevos. Exhausta tras mis esfuerzos por llevar una doble vida que mis padres no pudieran descubrir, empezaba a dejar de lado la bohemia, que ahora me parecía infantil. Creía que ya estaba lista para una transformación instantánea gracias a la cual me convertiría en «universitaria». Lo que no quería, de ninguna manera, era parecer rara. Iría a los bailes de la facultad con vestidos de tul de color pastel sin tirantes, y quizá incluso aprendería a interesarme por el fútbol, aunque aquello ya era ir demasiado lejos, pensé. Mi idea de la vida que me esperaba en la universidad era un collage de imágenes que había recabado de tres fuentes principales: las obras de E Scott Fitzgerald, la revista Mademoiselle y la tienda de Lord and Taylor del campus.
Barnard parecía apaciblemente pintoresco, casi bucólico, con sus árboles y sus caminos enladrillados. Tenía una Jungla, nombre con el que se conocía la zona que quedaba detrás de la pista de tenis, deliciosamente llena de maleza, y salas de visita en las residencias, que eran diminutos cuartitos sin puerta en los que las chicas podían sentarse con los chicos con los que salían. Era como una ciudad jardín; no podías imaginar su existencia hasta que atravesabas la verja y quedabas tras aquellos muros que, como por arte de magia, creaban una ilusión de distancia. Los autobuses y los vagones de metro que bajaban zumbando por Broadway rumbo a destinos menos elevados quedaban muy lejos, igual que los confines de Harlem, a tan sólo seis manzanas, y la calle Ocho, donde acababan de clausurar el Waldorf. El primero de mis puntos de referencia perdidos. Quedaba lejos incluso de Columbia y de sus conflictivos hombres que, una vez al año, para celebrar la llegada de la primavera, avanzaban en tropel por Broadway, echaban abajo la verja de madera verde que rodeaba las residencias de Barnard y luego pagaban para que se levantara una nueva.
En aquellos años la universidad seguía recluida en su torre de marfil, y la versión femenina de aquella torre estaba en Barnard. Un general retirado llamado Dwight D. Eisenhower era el rector de la Universidad de Columbia. Milicent Macintosh, comandante retirada del Servicio Voluntario de Emergencia, era la decana de Barnard. Eran los años del senador Joseph MacCarthy, de Roy Cohn y de G. David
Schine. Podías comprar un ejemplar de [8] Red Channels en la tienda de chucherías de la esquina. En la casa en la que vivía con mis padres corría la especie de que al portero le pagaba el FBI para que rebuscara entre la basura de ciertos profesores de universidad. Aquéllos eran también los años en los que empezaba la televisión. Un televisor encendido en un escaparate cualquiera podía congregar a una multitud fascinada. Mis tías se compraron el suyo un año antes que mis padres, más o menos. En la penumbra de su salón, rodeada de estanterías llenas de las obras ya olvidadas de George Bernard Shaw y Henrik Ibsen —cada colección encuadernada con sus tapas a juego— y de rarezas como libros de Lafcadio Hearn, los Cuentos libertinos de Balzac y Mi vida de León Trotski, la familia se reunía para ver a Milton Berle y la Amateur Hour de Ted Mack. En el campus, sin embargo, la tradición reinaba, triunfal. Profesores timoratos recorrían los caminos enladrillados con sus anodinos trajes de tweed. No había estudiante de Literatura Inglesa de Barnard que se preciara que no hiciera gala de su pasión por el siglo XVII. En Columbia, dos cursos —el de los poetas románticos de Lionel Trilling y el de Mark Van Doren, de Shakespeare— reunían a los estudiantes más brillantes y ambiciosos. Ambos fueron profesores de Allen Ginsberg y Lucien Carr durante los años más turbulentos de la guerra. A su nueva cosecha de estudiantes —mi generación— la llamaron «la generación silenciosa». Nuestro silencio era de sobra conocido; solía aparecer citado en las páginas de Time y Life, y en la revista dominical del New York Times. David Riesman, en La muchedumbre solitaria, también nos llamó «los individuos dirigidos por otros». Se nos consideraba pasivos, conformistas, poco individualistas o dados a actos de rebeldía. Para nosotros, aquel verso del hombre maduro de T. S. Eliot —¿se comería el melocotón?—, revestía un especial patetismo. Para vergüenza nuestra, sabíamos que no solíamos atrevernos a hacerlo.
Justo cuando arrancaban los años cincuenta tuvo lugar un hito de escaso interés para la generación silenciosa y de importancia menor para la crema de la intelectualidad. Aquel hito —fiasco, en realidad— fue la publicación de una novela titulada La ciudad y el campo, obra de un desconocido escritor llamado John Kerouac. El John Kerouac de la foto de la sobrecubierta cumplía con todos los requisitos de la joven promesa de las letras de la época: acicalado, con un traje oscuro, camisa blanca y corbata perfectamente anudada; su rostro, bello y poéticamente melancólico, delataba la fuerza interior del escritor. «Dispares» es la palabra que mejor describe las críticas que cosechó el libro: para el editor, ésta es una palabra maldita que equivale a «elogios desganados que le hacen al libro un flaco favor» y que se traduce en ventas reducidas. El gran público no tiene por qué andar a la caza de un «diamante en bruto», expresión con la que el crítico del New York Times describió La ciudad y el campo; prefiere reservarse su dinero para gemas más brillantes.
«Diamante en bruto» es una expresión que suele emplearse para describir a los jóvenes prometedores (nunca a las jóvenes prometedoras, es curioso) de clase trabajadora. (El joven minero gales rescatado del pozo gracias a los esfuerzos de la cultivada maestra de escuela del best seller de 1940 Qué verde era mi valle era, sin lugar a dudas, uno de aquellos diamantes). En la década de los cincuenta, después de que los movimientos proletarios de los años treinta y la nivelación social de los tiempos de guerra hubieran dado paso a una frenética carrera en pos de cierto refinamiento, ser un diamante en bruto no era algo por lo que alegrarse.
Norman Podhoretz, antiguo compañero de clase de Allen Ginsberg, un chico de las barriadas judías de Brownsville que estudió en Columbia con una beca, lo confesó con un pudor estudiado y algo descarado en su autobiografía Making It. Se autoproclamó miembro «del país» llamado clase media alta «no tanto en virtud de mis ingresos como en virtud de cómo hablo, de cómo me visto, de cómo decoro mi casa, de cómo recibo a mis invitados y ellos me reciben a mí, de cómo educo a mis hijos; de, sencillamente, mi aspecto y mi estilo de vida». Podhoretz reveló a continuación: «Me horroriza pensar en la tremenda transformación a la que decidí someterme para convertirme en lo que soy». A principios de los años cincuenta, cuando gracias al apoyo de Lionel Trilling pudo ingresar en el Clare College de Cambridge para pulirse e integrarse en la élite blanca, anglosajona y protestante, aquello no le horrorizó tanto, evidentemente.
Podhoretz declara: «Uno de los viajes más largos del mundo es el de Brooklyn a Manhattan». Para llegar a Morningside Heights desde su barrio de obreros franco-canadienses de Lowell, Massachusetts, Jack Kerouac (otro estudiante becado de Columbia) tuvo que hacer un viaje aún más largo. Pero él nunca lograría salvar aquella distancia psicológica y cultural. El John Kerouac al que podías ver conversando con Gore Vidal y Alfred Kazin en los cócteles literarios de la primavera de 1950 también era en todo momento, orgulloso y a la vez algo angustiado, el Jack de Lowell. Y también fue el Jack de Lowell, con sus valores conservadores, con su veta puritana, incluso, quien cogió el dostoievskiano metro de medianoche con Herbert Hunck rumbo a los bares de mala muerte de Times Square. Mientras que a Podhoretz le obsesionaba mantener las distancias, John Kerouac sabía que todas las realidades, incluso la vida y la muerte, son contiguas.
Yo me contaba entre los millones de personas que no leyeron La ciudad y el campo. Hacia la época en que se publicó, yo leía las novelas de Thomas Wolfe. Me las leí todas; su extensión no me amilanó. En los anhelos adolescentes de Eugene Gant por librarse de los opresores lazos familiares yo veía mis anhelos. Mientras flotaba a la deriva en el alborotado mar del lenguaje de Wolfe, me conmovía el ritmo de frases como «una piedra, una hoja, una puerta ignota». Atesoré la palabra incoar —tan wolfiana—, que evocaba una oscuridad terrosa, confiando en que viniera a cuento en algún pasaje de mis escritos. Pero si me hubiera topado con el libro de John Kerouac en la biblioteca pública, quizá también me habría conmovido «Un niño, un niño escondido en un rincón, envuelto en velos, en mantos y misterios sinuosos», y la novela me habría sorprendido: estaba ambientada en mi anodino barrio, y también en Galloway (Lowell). Todavía me habría emocionado más descubrir que en la ciudad existía un universo bohemio al que podías llegar enseguida: el universo al que ahora renunciaba con tanta determinación, aunque también con la sensación de haber dejado las cosas a medias.
Durante aquel primer fin de semana en Barnard conocí a una chica a la que mi instinto me aconsejó evitar inmediatamente. Estaba casi segura de haberla visto en la estación de la calle Cuatro oeste, o un par de veces en el café Waldorf, o en Washington Square. Incluso llevaba un delator cinturón de Sorcerer’s Apprentice — el de la espiral— en el que había embutido una falda sosa y nada favorecedora y una recatada blusa blanca de cuello redondo —de esas que las madres te ponen a los doce años— que le ceñía el generoso busto. Una cinta de goma le despejaba de la frente el negro pelo con muy poca gracia. Detrás de las gafas de montura negra unos ojos tristes y feroces te miraban.
No quería conocer a Elise Cowen; no parecía la típica universitaria, y me bastó con mirarla para darme cuenta de que no iba a esforzarse por serlo. Se presentó hablando en voz tan baja que tuve que pedirle que me repitiera su nombre. Pero sus ojos insistían: «Yo sí que te conozco. Hemos estado en los mismos sitios. ¿Y no es ridículo que estemos precisamente aquí?». Y pensar que, con mi falda escocesa y mi jersey de lana, yo estaba convencida de haberme integrado en Barnard a la perfección.
Me resistí a su amistad cosa de un mes. Durante aquel tiempo fui a todas las reuniones de los novatos; bailé el foxtrot, muy tiesa, pegada a los trajes de chicos de Columbia que me preguntaban en qué me había matriculado. Incluso llegué a ir, por probar, a una reunión de la organización sionista de Columbia, donde todos los nombres y los verbos parecían estar en hebreo y donde el presidente me humilló cuando, estrechándome la mano en la puerta, me dijo: «Gracias por haber venido. Las personas de otras religiones son siempre bienvenidas».
En casa, en mi habitación, practicaba el charlestón en secreto, por si se diera el caso de que alguna vez tuviera que bailarlo. Me había dado cuenta de que entre las pandillas más glamourosas de Barnard y de Columbia lo último era imitar las costumbres de los locos años veinte. Aquella moda, charlestón aparte, consistía en beber mucho y de forma extravagante y en organizar fiestas espléndidas y desenfrenadas. La primavera anterior, treinta estudiantes habían vendido sangre para organizar una «Fiesta del vino» como la de Cape May en la exclusiva Essex House, de cuyo rótulo de neón —según la leyenda que correría más tarde— se habrían apagado la primera E y la primera S. Sangre y vino; algo del absurdo hedonismo de aquella fiesta hechizó mi imaginación. Nunca había pensado que perseguir el placer pudiera ser algo tan serio.
A Elise sólo la vi en una de las reuniones a las que fui. Estaba de pie, en un rincón del gimnasio de Barnard, frunciendo el ceño con la vista baja, concentrada en algo que hacía con las manos. Más tarde, mientras me acercaba al ritmo de un foxtrot, vi que intentaba liarse un cigarrillo sujetando entre los dientes una bolsa de Bull Durham. Cuando lo hubo liado advertí que el cigarrillo era una cosa de pinta horrible con hebras de tabaco que colgaban de un extremo. Encendió una cerilla y lo prendió sacudiéndose chispas diminutas de la pechera de la blusa.
Nos hicimos amigas porque un día me quedé sin papel pentagramado. Salíamos juntas de la clase de inglés de primer curso y le comenté que debía ir corriendo a Broadway a comprar papel antes de mi siguiente clase, que era de contrapunto. «Cuando se te acabe ya no compres más —dijo—. Mi padre lo fabrica». Cuando volví a ver a Elise, me dio una bolsa con resmas de papel pentagramado. Demasiado, en realidad: la idea de tener que llenar todas aquellas páginas con mis odiadas composiciones me deprimió.
Fuimos a tomar un café, creo que en una sala para los estudiantes externos de Barnard. Faltaba una hora para la siguiente clase, que terminamos saltándonos; no queríamos interrumpir aquella conversación de inagotable intimidad. Durante los diez años que duró nuestra amistad, casi todas nuestras conversaciones fueron así; incluso ahora, recordar que Elise está muerta y que no puedo coger el teléfono y hablar con ella me causa una impresión fortísima.
Su segundo nombre era Nada, un nombre de augurios tan negros que la idea de que alguien pueda imponérselo a una recién nacida resulta increíble. (El mío, por ejemplo, era Alice, y evocaba la niña del espejo y meriendas en el césped con un mandil). «Quiere decir nada, literalmente; nada y la nada», decía Elise con un punto de orgullo melancólico. ¿Fue su madre o su padre quien lo escogió? Su padre, creo. Conociendo al hombre, sin embargo, parecía imposible pensar que hubiera sido el responsable de aquel Nada. Grande y campechano, tenía bigote, una belleza osuna y un aire ligeramente teatral que quizá se debiera a la naturaleza de su negocio —el de la música— y a sus contactos con los compositores y los músicos de Tin Pan Alley. La madre era una mujer flaca, puro nervio y aristas, con el pelo teñido de color caoba. «Mi mamaíta», solía llamarla Elise durante las épocas de arrepentimiento que seguían a sus peleas.
Los Cowen eran lo que mis padres hubieran llamado «una pareja agradable». Vivían en un apartamento «agradable» en la avenida Bennet, en Washington Heights, en el séptimo piso de una casa de ladrillo amarillo edificada justo antes de la guerra. Todavía recuerdo la distribución de aquel lugar: la salita hundida a un nivel más bajo que hacía que el dormitorio de Elise, tres peldaños más alto, pareciera terriblemente expuesto, como si se hallara sobre un escenario. El salón tenía una gran ventana; no era de guillotina, sino de esas con hojas de vidrio que se abren como postigos. Las paredes estaban pintadas de marrón rosado; todo en aquella estancia era otoñal, los tonos parecían obra de un decorador, y sobre las mesitas habían colocado jarrones de cosas secas.
Los Cowen tenían mucho más dinero que mis padres. Estaban los viajes a Miami, las visitas de su hija a dentistas y dermatólogos, noches de gala «en la ciudad» con parejas parecidas. Pero levantaban la voz, y mucho. El señor Cowen era dado a proferir amenazas y a sufrir ataques de ira; la señora Cowen, a los reproches y las lágrimas. Elise era el centro de sus alteradas emociones y hasta de sus peleas. Era la oveja negra, el enemigo en casa que privaba a sus padres de la dicha que, a su edad, les correspondía por derecho propio.
Las cosas no habían sido siempre así. En el salón de los Cowen había una foto de Elise en color; se la habían hecho en su «buena época», época que terminó poco después de que cumpliera trece años. Un rostro fino y delicado de ojos asustados e inteligentes enmarcado por un cabello castaño y lacio que en la frente, todavía tersa, formaba unas entradas perfectas. ¿Quién no iba a querer a una niña así? Quizá se equivocaron con el nombre de Nada pensando que tenía resonancias románticas, que, como Ondina, evocaba el atractivo nihilismo del amor y la muerte.
El final de la buena época, que Elise podía situar con absoluta precisión, fue súbito y catastrófico: una fiesta improvisada para sus amigos del instituto. Se los trajo todos a casa y, aunque nunca había utilizado el horno, decidió hacer unos brownies. Abrió la puerta después de que hubieran estado horneándose un rato, para ver si estaban listos, y el horno le explotó en la cara; se le chamuscaron las cejas y un poco de pelo. Después de aquello, siempre se vio fea.
El pelo volvió a crecerle, pero ahora su nacimiento era irregular, extraño; se había quedado sin entradas. La adolescencia se mostró cruel con Elise: con ella llegaron los kilos de más y los granos, y unos pechos demasiado grandes y la rabia de su padre contra la desconocida que había suplantado a su hija. Una chica callada y obstinada que no quería ir a Florida. Una chica que fumaba y que no se preocupaba de su aspecto, a la que él acusaba de andar con malas compañías y de acostarse con cualquiera, como una pequeña golfa. Lo que él había querido era una princesa judía; la habría adorado, nada habría sido lo bastante bueno para ella.
Cuando tenía dieciséis años Elise se acostó con un chico, llegó hasta el final, fue más allá de aquella misteriosa fase que seguía a las caricias. Pero no se había acostado con cualquiera. Aquello había sido la culminación de una pasión prolongada y resuelta, de meses de angustia e introspección y desnudez progresiva. El chico era uno de su clase (Elise había ido al Bronx Science, y conocía un poco a Maria). Era el más brillante del instituto, decía. Tanto que se había convertido en presidente de la Organización de Estudiantes. Aquello sí que me sorprendió: no podía imaginarme a Elise enamorada del presidente de nada. Años más tarde, sin embargo, una compañera de clase los recordaba como a la pareja de instituto perfecta, «estaban geniales juntos»; a Elise la recordaba «muy guapa, entonces, y muy popular». Aunque ella no era sionista, lo había acompañado a un campamento sionista en Poughkeepsie, y lo hicieron allí, en un saco de dormir. Pero la cosa se quedó ahí. A él le daba miedo meterse en una relación demasiado seria.
A los dieciséis años yo ya sabía que, al igual que la chicas protegían su virginidad, los chicos protegían una cosa menos tangible a la que solían referirse como su «personalidad». Parecían convencidos de tener una misión en la vida de la que la exposición a una emoción excesiva podría desviarlos muy fácilmente.
Elise no le guardaba rencor a aquel chico. Es más: aceptó el dolor con una humildad desconcertante. Hablaba de él, de su belleza y de su deslumbrante inteligencia, como si hubiera sido la buena suerte la responsable de que ella hubiera conocido a una persona así.
La humildad: aquél era su lado Nada.
«Humilla tu vanidad, digo, humíllala…». Fue ella quien, triunfante, me leyó por primera vez aquel verso de Ezra Pound en la biblioteca de Barnard.
No le iba bien en el colegio. Aprender significaba centrarlo todo en un solo objetivo, pero ella no era capaz de reconciliar sus inquietudes intelectuales con la exigencia de ir aprobando, de ir superando metas impuestas. Su ensayo de Inglés de primer curso fue una exégesis de los Cuatro cuartetos de T. S. Eliot. Si había algo de vanidad en ella, se hallaba en ese tipo de elecciones: siempre algo fatalmente difícil.
Leía y releía aquellos poemas localizando todas y cada una de las referencias imaginables que pudieran asociarse a una imagen; y sin embargo, no accedían a desvelar su significado. Permanecía sellado en el interior de las palabras de Eliot. «En el barro, ajo y zafiros…». ¿Qué se podía decir de modo taxativo acerca de aquello? Entregó el ensayo cuando el curso ya había terminado; el tutor le cambió el «Incompleto» por un «Suspenso».
Y luego estaba Psicología I, con la que bajo el influjo de Pavlov y Skinner se convenció de que sería posible condicionar a la mimosa para que sus hojas sensibles reaccionaran al sonido retrayéndose. Aquello lo lograría asociando el tacto humano al toque de una campanilla durante un tiempo; luego recurriría al tacto con una frecuencia cada vez menor. Aquél era el más delicado y el más poético de los experimentos. Quizá podría haber llegado a tener éxito. Pero Elise no había contado con la mortalidad de las mimosas, y sus resultados nunca fueron concluyentes.
Su tutor de Filosofía, sin embargo, era comprensivo. Alex Greer ya constituía en sí mismo una anomalía en Barnard, un pez fuera del agua. Para empezar, era joven. Rayaba la treintena, aunque a unas chicas tan jóvenes como nosotras aquello ya nos parecía ser viejo. Era simpático con las estudiantes —quizá demasiado, opinaban en su departamento—; solía abandonar el aula rodeado de un grupo de chicas excitadas que le seguían hasta el despacho o hasta las cafeterías de Broadway ofreciéndole confidencias o, más exactamente, ofreciéndose a ellas mismas. Ojalá se hubiera dado cuenta. Pero estaba casado. Mal casado. Un atractivo aire de desastre inminente le envolvía como el humo perpetuo de aquellos cigarrillos que siempre se le terminaban y que siempre les pedía a sus alumnas con una simpatía arrebatadora. Caminaba arrastrando los pies con un no sé qué dolido. Sus rasgos, materia de discusión, eran extrañamente disparejos, y también indefinidos: lo recordabas más feo de lo que era, o mucho más guapo. Tenía una palidez de noches en vela, y ojos grises y achinados, y un modo especial de doblar la chaqueta y colgársela del hombro mientras andaba por el campus. Una chica descubrió un desgarrón enorme en su camisa que le recorría toda la espalda.
Había pasado cinco años terminando su tesis sobre Kierkegaard, sometiéndola a heroicas revisiones a medida que nuevos enfoques le obligaban a reexaminarla. El doctorado le esquivaba; su puesto en Barnard estaba en peligro. Se rumoreaba que su mujer tenía un lío. Era un profesor estimulante, un sintetizador nato: en una sola clase era capaz de invocar a Platón y a Freud, a Proust y a F. B. Skinner, incluso a Mahler y Hesse. Un día, en clase, hizo una revelación sensacional: su madre lo había educado en la religión de la Ciencia Cristiana, y si su padre no hubiera intervenido ni llamado al médico, él habría muerto de meningitis a los siete años. Remitía a las estudiantes preocupadas a psicoanalistas que cobraban honorarios bajos y las consolaba con uno o dos versos de Yeats: «que tan sólo estaba en manos de Dios quererte a ti por ser quien eres y no por tus cabellos leonados». Elise era Jane la Loca, y él le recitaba: «porque lo que no ha sido desgarrado, no puede estar solo o entero».
Y ella se enamoró de él, naturalmente. Pero mientras que las otras alumnas de Alex Greer se tomaban su encaprichamiento con calma, como si de un jueguecito mental se tratase —un juego ligeramente menos fantasioso que el de escoger como objeto a una estrella de cine—, la pasión de Elise se volvió dolorosamente real: por ella llegó a renunciar a sí misma. Y puesto que resultaba inconcebible que Alex pudiera desearla, ella le ofreció sus servicios.
Su hogar estaba sumido en el caos, y su matrimonio, roto. Las ausencias de su mujer eran cada vez más prolongadas; necesitaba una niñera para su hijo de dos años. No podía permitirse pagarle mucho, le advirtió. Eso daba igual, dijo Elise con aquella voz suya, baja y azorada. Tenía que salir de casa de sus padres de todos modos. «Lee lo que quieras, aquí —le dijo él—. Coge el libro que te apetezca. Come lo que encuentres en la nevera».
Su piso estaba en la planta baja de un edificio en la calle 112. Parecía que se hallara en el fondo de un pozo: por muy soleado que fuera el día, allí siempre era medianoche. La puerta nunca estaba cerrada. Nunca sabías con quién te ibas a encontrar: psicólogos, músicos de dixieland, poetas, alguna chica que se había escapado de su casa, un loco llamado Carl Solomon, al que un antiguo compañero de Alex de Columbia había conocido en un psiquiátrico. En aquel lugar reconocí, al instante, un Waldorf privado. Todos entraban y salían incluso cuando Alex no estaba. Dejaban ceniza y posos de café; llamaban por teléfono a psiquiatras y padres ya distantes y sufrían crisis nerviosas en el maltrecho sofá del salón. En el fregadero se acumulaban los platos de una semana. En el tocadiscos sonaba «Songs of a Wanderer» y Billie Holiday y Stravinski. El bebé, con el culo al aire, corría de una habitación a la otra arrastrando un osito de peluche sucio que agarraba de la oreja; miraba por la ventana y decía: «Está oscuro en la corre-corre». Se colgaba del cuello de Elise, le retorcía el cabello con las manitas cerradas y repetía «Mamá dónde mamá dónde mamá dónde».
A veces se organizaban fiestas de última hora y llegaba más gente. Y se terminaba la cerveza y todo el mundo bailaba y Alex saltaba sobre los muebles agitando los brazos, dirigiendo con ademán borracho sinfonías enteras. O se dedicaba a perseguir chicas con una insistencia absurda; nunca a Elise, sino a chicas esquivas con aire de debutante y nombre afrancesado como «Folie» o «Bichette» que —misterio— siempre acababan de llegar de París. Alex no era inmune a la atmósfera gatsbiana de la época, aunque él se veía más como Dick Diver. A Elise y a mí, que leímos el ejemplar de Suave es la noche de Alex la misma semana, nos impresionó muchísimo la suerte de Dick Diver, diluyéndose en los cada vez más recónditos pueblos del norte del estado de Nueva York. ¿Sería aquélla, al final, la suerte de Alex?
En ocasiones la mujer de Alex volvía unos días. Entonces intentaban reconciliarse; se encerraban en casa, ajenos al resto del mundo, o decidían probar a salir juntos, como una pareja en una cita. Y Elise bajaba desde Washington Heights para quedarse con el bebé. Sally era hija del decano de una facultad. Tenía aquel encanto nervioso que imprimen los colegios privados para señoritas —característica común a todas las chicas a las que Alex perseguía en las fiestas—; aquello, sin embargo, no era sino un disfraz bajo el que ocultaba su angustia. Solía sentarse en su propio salón como si fuera una invitada a charlar distraída sobre las últimas aventuras que le había deparado la búsqueda de un piso; o durante un par de minutos, obligándose a preguntarte con interés acerca de tus estudios, podía ser la perfecta esposa del profesor de universidad. Un fin de semana, con la ayuda de Elise, pintó de rojo el interior de todos los armarios de la cocina, pero el domingo por la noche se marchó de repente porque el bebé se le había escapado cuando intentó sentárselo en el regazo.
Amaba a Alex, pero estaba empeñada en dejarlo; nadie terminaba de entender por qué. Su grupo de amigos de Columbia siempre había considerado su matrimonio como uno de los más exitosos. Se diría que en su situación había algo de premeditación, de voluntad de echarlo todo a perder; había algo que a las otras parejas que se habían formado en la universidad les resultaba amenazador. Como cuando te enteras de que unos amigos han sufrido un accidente y, de pronto, te das cuenta de cuan vulnerable eres. Ni siquiera dejaba a Alex por otro, sino por algo tan absurdo e inexplicable que la había empujado a psiconalizarse —por supuesto— para llegar a la raíz del asunto: la necesidad de estar sola.
Hubo una noche de invierno, que ahora, con los años, me parece inevitable.
Cubierta con una vieja manta del ejército, vestida tan sólo con su jersey y unas enaguas, Elise está acostada en el sofá del salón de Alex. La falda que mañana llevará a clase está doblada en el respaldo de una silla; sus gafas, en la mesita de centro. Al final, decide quitarse también el jersey. Lo decide y se incorpora para sacárselo, temblando cuando vuelve a cobijarse bajo la manta. Es tan tarde que hace horas que han apagado la calefacción, demasiado tarde para ir en metro a casa. Le ha dicho a sus padres que volvía a cuidar al niño de los Greer, pero sólo será Alex quien entrará por la puerta.
La suya había sido una llamada desesperada. ¿Podría ir para allá para quedarse con el niño? Él tenía que salir de casa, tenía que reflexionar, ponerse en marcha. Ella piensa en él, en su cara gris vagando por las calles de la ciudad bajo la nieve que golpea suavemente las ventanas.
Tiene un poco de miedo; eso le pasa porque no es capaz de medir sus ansias. A veces le basta con hablar con él para sentirse desfallecer; en secreto, su cuerpo se abre ante él. Hasta el momento sólo se ha acostado con una persona, y eso fue hace dos años; además, esta vez será distinto. Muy distinto. Nada de esperanzas, sólo un acto.
Esta lucidez la protege, cree ella.
Se entregará sin pedir nada. El amor debe ser total. Si amas a alguien, también debes amar a aquellos a los que él ama; ella, por ejemplo, ama a Sally; no siente celos.
La ama, Elise es capaz de sentir este afecto desmesurado. Aquí reside su pureza, éste es su orgullo secreto.