Personajes secundarios
Dos
Pienso con dolor en una habitación. En ella hay un sofá rojo con una funda verde, una silla dorada tapizada de granate, una banqueta de piano de petit point y protegida por otra funda verde; «verde cazador», se llamaba. La alfombra oriental, comprada justo antes de la Depresión, es roja y azul, y se le pasa el aspirador a diario. La mesa de patas curvadas —que sólo se usa en las grandes celebraciones familiares— es del estilo que se conoce como «provincial francés». Encima de la mesa, sobre diminutos pies de madera, reposa una lámpara china con la pantalla de seda cubierta de celofán.
El piano —de media cola, lo compró mi madre cuando todavía trabajaba, antes de que yo naciera— lo domina todo. Es un Steck, una desconocida marca de pianos que, al parecer, son tan buenos como los Steinway. Había pasado muchos años ahorrando parte de su modesto salario de secretaria para comprárselo. Sobre la tapa barnizada, que sólo se abre cuando viene el afinador, está su fotografía de joven en un pesado marco de plata, adornado con motivos primitivos, que mi tío nos trajo de Perú. Es esbelta y muy guapa, sonríe con gracia y lleva un vestido largo de organza que se ha hecho ella, camelias blancas prendidas en el volante del hombro. Parece lo que nunca llegó a ser, una concertista, pero se ha prometido con mi padre, de pie junto a ella con su traje oscuro. Es un hombre pequeño, de cara redonda, como la mía, y una mirada seria y tierna. Sobre el piano reposa un retrato al óleo que me hizo un vecino cuando yo tenía ocho años, los años dorados de mi carrera de hija. Tuve que mantener la cabeza en la misma posición durante horas, soñando con el éclair de chocolate que me darían al final de la sesión. Tantas horas de posado inmóvil para que luego nunca me gustara el retrato de la niña impasible con un pichi de flores y dos gruesas trenzas rubias.
Qué patetismo más terrible el de esta habitación de caprichos siempre pospuestos, de refinamiento tenso. Se diría que todos estos objetos —el piano, la alfombra, el retrato— están inquietantemente cautivos, rehenes de la ambición. Si las fundas llegan a caerse, si los pesados cortinajes quedan abiertos dejando entrar la luz del día, todas estas cosas conservadas con tanto esmero quedarán irremediablemente expuestas, raídas y descoloridas.
Más les hubiera valido mandarlo todo a paseo y haber disfrutado de la tapicería desnuda desde el principio.
Vi mi primer apartamento a los veinte años. Era el último piso de un edificio de seis plantas sin ascensor en Yorkville: cuatro habitaciones en fila india, cada una comunicada con la siguiente, igual que un vagón de tren, con paredes agrietadas y viejos techos de zinc algo combados. Mi mejor amiga, Elise, que acababa de mudarse allí, lo había pintado todo de blanco, hasta el linóleo del suelo. Lo que recuerdo es la extraordinaria luz del lugar, el modo en que la luz lo invadía como si no existiera una separación real entre el interior y el exterior, y todo —lo poco que había— parecía flotar en ella. Una luz casi mediterránea que confería a las paredes cuarteadas y llenas de pegotes un grosor calizo, como el de los muros de las villas griegas, y que beatificaba el colchón del suelo y la mesa del Ejército de Salvación y las sillas que había recogido en la calle.
Vi la misma luz extraordinaria en los primeros pisos de otros amigos. ¿Por qué allí? Por la provocadora desnudez de las ventanas, supongo. Quizá no fuera más que eso.
Cada día me siento dos horas en la banqueta tapizada y toco sonatas de Scarlatti, el Para Elisa de Beethoven, escalas de Czerny. Para Elisa —nombre profético, ahora que lo pienso— es mi favorita. Esta pieza la toco con algo más de placer y seguridad que el resto, y con esta pieza suspendo el examen de entrada a la Escuela Superior de Música y Arte.
Aun así, mi madre la optimista se niega a reconocer que no soy lo que se dice muy musical. En cualquier caso, en sus planes no entra que me convierta en una simple pianista. Me espera un futuro más grandioso: seré una gran compositora, fama que me habré ganado, si es posible, antes de los veintiuno o antes de que lo haya echado todo a perder con el matrimonio, institución que confía en que evite por tanto tiempo como pueda. Quizá cambie de estado civil más adelante, después de haber compuesto varias operetas. Entretanto, y por suerte, soy una niña de doce años que ya ha compuesto la letra y la música de una comedia musical. ¡Una Rodgers y Hammerstein en miniatura!
Mientras me siento al Steck, ella pasa el aspirador por otras habitaciones de la casa, el monótono contrapunto de mi pieza. Cuando comienzo a tocar y ataco una nueva melodía, apaga el aparato y escucha. «¡Muy bonito, cariño!». Sólo tengo doce años, pero ya me siento incómoda con mis composiciones, como si éstas apenas me permitieran salirme con la mía y agradar a mi madre. ¿Cómo voy a convertirme en una compositora famosa si no soy capaz de inventarme melodías? Ni siquiera consigo leer las notas de la partitura y traducirlas en sonidos. Debo limitarme a lo poco que consigo arrancar a las teclas del piano, y aquí me topo con mis limitaciones como pianista. Me da miedo que, hasta el momento, mi profesor particular, el señor Bleecker, no me haya descubierto. «¡Precioso, cariño!», me anima mi madre, entusiasmada. «¡Vas por el buen camino!». Lo cree a pies juntillas. Vuelve a poner en marcha el aspirador y en este instante, quizá, es totalmente feliz. Está viviendo su segunda vida.
Una mañana, mi madre se presenta en el colegio de improviso. Tengo que salir de clase de historia y bajar al despacho del director, donde me está esperando. Bajo los dos tramos de escaleras con mucho miedo. Y la cosa es que no recuerdo qué infracción habré cometido.
Lleva el abrigo de mutón marrón y está sentada en el banco de las visitas, agarrada a su enorme bolso. Cuando entro en el despacho le sonríe a la secretaria del director con aquella sonrisa que reserva para los momentos de crisis, cual June Allyson en Mujercitas, esbozando una sonrisa entre lágrimas. «Muchas gracias», le dice en voz baja a la secretaria. Me coge del brazo y, con delicadeza, me saca de allí.
En el pasillo susurra: «Tenemos que ir al servicio». Cuando le pregunto por qué, se pone muy colorada. «Ahora te lo explico».
Ya en el baño de las chicas, me comunica una noticia que no consigo descifrar: «Esta mañana he encontrado sangre en tu cama».
¿Sangre? Pero si no me he cortado, que recuerde.
Ahora mi madre abre el bolso y saca una cosa envuelta en muchos clínex. «Te he traído esto para que te lo pongas». También ha traído una especie de cinturón de goma rosa; imagino que todo esto tendrá algo que ver con Allá Abajo.
De momento, la cosa está yendo muy mal. Pero mi madre no es capaz de controlarse. El amor que siente por mí es una pasión que la consume. Para ella no existen barreras entre nuestros dos seres individuales. Lo único que quiere es protegerme; también quería protegerme de morir ahogada cuando decidió no enseñarme a nadar, y fue para protegerme de quedar marcada de por vida con cicatrices por lo que insistía en que no trepara ni correteara por el parque ni montara en bici. Sin embargo, esto es distinto. Me he convertido en mujer, y no hay protección que valga, por mucho que ella se empeñe.
Observa mi cara de pasmo azoradísima. «Sólo es el sistema natural del cuerpo para deshacerse de la sangre mala».
Intento digerir esta información que tanto me supera. Nunca había oído que el cuerpo hiciera algo tan inquietante.
Me cuenta que esto me pasará durante el resto de mi vida. «Pero no es algo por lo que tengas que preocuparte», dice.
Según una escuela filosófica, el método más eficaz para perder a una persona consiste en aferrarse a ella en exceso, teoría que queda demostrada a la perfección en las separaciones de los amantes, pero también en las de padres e hijos. Las últimas, sin embargo, son mucho más complejas. Los amantes, que antes de conocerse eran dos extraños, retoman esa condición cuando se separan; el vínculo entre padres e hijos, por su parte, se estira y se encoge para el resto de nuestras vidas, adoptando las formas más caprichosas.
¿Quién habría dicho que Jack Kerouac hallaría la muerte a los cuarenta y siete en casa de su madre, en Saint Petersburg, Florida, con The Galloping Gourmet en la pantalla del televisor? Dejó la lata de cerveza, fue al baño y vomitó sangre. Al cabo de unas horas, después de haberse negado a recibir asistencia médica hasta que ya fue demasiado tarde, expiró en un hospital lleno de ancianos. Su madre, paralizada desde hacía años por un derrame cerebral, le sobrevivió. Jack era el segundo hijo al que enterraba. El primero, Gerard, había muerto a los nueve años, cuando Jack sólo tenía cinco.
Hay pérdidas para las que ningún consuelo basta. Me figuro cómo debió de aferrarse a su hijo pequeño, cómo, noche tras noche, debió de llevárselo a su cama para consolarse, violando todos y cada uno de los preceptos freudianos. Pero ¿qué sabía Gabrielle Kerouac de sutilezas de ese género? Se trataba de sus necesidades, del calor del cuerpecito de su hijo pequeño acurrucado contra el suyo, de la maravillosa fragancia de su cabello.
No soy capaz de imaginarme sobreviviendo a la muerte de mi propio hijo más que como una cascara vacía. ¡Cualquier cosa menos eso! Aunque ya tiene catorce años y me saca una cabeza, me sorprendo agarrándole de la mano sin pensar siquiera mientras cruzamos la calle. Y la mano, que conserva algo de su blandura infantil, todavía me recuerda a la de un bebé grande.
Mi hijo ya había cumplido nueve años la primera vez que le dejé ir al colegio en transporte público. Recuerdo que aquella mañana me quedé de pie al lado de la ventana observando cómo ocho pisos más abajo aquel personajito de cabello claro, de azul marino de los pies a la cabeza, cruzaba muy serio la avenida West End y luego subía por Broadway. Me sentí como cuando el avión en el que viajas despega y sabes que, pase lo que pase, no puedes cambiar de opinión y bajarte. Así es como nos desprendemos de los hijos y los entregamos al mundo: pactamos a ciegas con el destino.
En el piso de la 116 nunca se oyó una palabra más alta que la otra; aquél era un motivo de orgullo. La nuestra era una buena familia, éramos refinados. Gentiles, casi, no como los primos de mi madre, que todavía vivían en Flatbush y con los que, después de viajar en metro cargados con cajas de pasteles, nos reuníamos en algunas fiestas judías. Eran toscos y ruidosos; se gritaban, ahora afables, ahora violentos, a través de las montañas de comida que se alzaban sobre la mesa, y siempre te llenaban el plato con más de lo que eras capaz de terminarte, empeñados en ahuyentar el fantasma de los días de escasez. Comían, acumulaban carne, engordaban brazos y muslos, traían al mundo rechonchos niños miopes de mejillas coloradas que después del colegio estudiaban hebreo; hijos responsables, hijas que a una edad temprana aprenderían las verdades de la vida en el lecho conyugal.
Aquélla era la vida de la que mi madre había luchado por escapar desde jovencita. En busca de la cultura y de un universo más refinado, estudió los lieder de Schubert hasta que, después de que la Depresión truncara sus frágiles sueños de convertirse en algo más que una simple secretaria, entendió que el matrimonio con un hombre tranquilo que la adoraba la liberaría de la estenografía. Fue su voz lo que primero atrajo a mi padre. Mi madre estaba sentada en un bote de remos en el lago de un modesto centro turístico que solían frecuentar jóvenes oficinistas en la treintena. Estaba sola; cantaba y dibujaba surcos en el agua con los dedos, rodeada de nenúfares. Él estaba de pie en la orilla, embelesado.
Era el caballero más perfecto que mi madre hubiera conocido nunca, quién sabe si porque no se había criado en Estados Unidos sino en Inglaterra. Su trabajo — contable de una empresa llamada Metropolitan Tobacco Company— no encajaba en absoluto con su aspecto. Pero aquello sólo era algo temporal, por supuesto. Con su personalidad y su talento para las matemáticas llegaría más lejos, sin duda. Aquel trabajo fue tan temporal como su vida —abandonó el uno y la otra en 1960— y tan permanente como la decepción de mi madre.
Treinta y cinco fueron los años que mi padre pasó en aquella empresa. De ocho a cinco, media jornada en sábados alternos, dos semanas de vacaciones en verano, sin un solo ascenso, eternamente mal pagado. Fue el primer empleo que encontró cuando llegó a Estados Unidos. No termino de explicarme su falta de ambición. Poco después de que emigrara llegó la Depresión, y con ella, el final de las oportunidades. Te agarrabas a lo que tuvieras, no te arriesgabas. Le bajaron el sueldo justo después de que yo naciera, y aun así se quedó en la empresa. Aunque parezca extraño, creo que la lealtad y el orgullo tuvieron mucho que ver con su decisión. Llevó la contabilidad de la Metropolitan Tobacco Company de un modo impecable, rellenando infinitas columnas de números con su letra elegante. Cuando cumplí los diez años él ya sufría de úlcera. Con el tiempo, a un hombre como mi padre hubiera acabado sustituyéndolo un ordenador.
Vivía de placeres modestos. Un puro que otro, las carreras. El béisbol pasa zumbando a través de mi infancia como la aspiradora de mi madre. En mis recuerdos de aquella casa puedo identificar el afecto, pero no la pasión. Veo dos camas individuales, castamente cubiertas con colchas de felpilla, y, en medio, la lámpara de arce de estilo colonial. De noche, me despierto en el silencio más absoluto. En su dormitorio, de puertas permanentemente abiertas, no se oye nada. Él le da un beso a mi madre cuando va al trabajo y otro cuando vuelve. Cuando tenía siete años le propuse a mi padre que nos escapáramos juntos. Me pegó; luego, torturado por el remordimiento, me pidió perdón, aunque me advirtió que nunca, nunca más, volviera a decir una cosa así.
«La mayoría de los hombres llevan una vida de queda desesperación». Cuando leí esta frase por primera vez en una clase de Literatura Inglesa en Barnard pensé en mi padre. También pensé en mi madre. Y pensé que, personalmente, preferiría morir a ser «como la mayoría de los hombres». Pero los adolescentes piensan en extremos, en absolutos.
Hasta que cumplí los trece, di por sentado que los tres éramos felices. Basaba aquella convicción en una fe ciega en la capacidad reparadora del amor. No teníamos tanto dinero como otra gente, es cierto, pero al menos nos queríamos, igual que los March en Mujercitas. Se diría que mi madre era una pintora que utilizaba el ahorro como diluyente. Con celo manifiesto, peinaba los grandes almacenes en busca de oportunidades, recorría los supermercados de la zona a la caza de «promociones especiales». Era experta en comparar los precios de las distintas marcas de zumo de tomate. De su máquina de coser salían prendas todas confeccionadas a partir de tejidos de buena calidad; nunca compró ninguno que no fuera «de primera». Todos mis jerséis estaban hechos a mano. Mis vestidos, todos de su creación, eran mucho más formales —y, por lo tanto, «mejores»— que los de las otras niñas. Yo no tenía aquel aire «ordinario» de las otras niñas, con sus vestidos comprados en tiendas. Pero yo quería ser como ellas. En el fondo, es lo que quería.
Hace poco me confesó que durante todos aquellos años había sacado la casa adelante con veinte dólares a la semana. Consiguió apañárselas con eso durante el boom de la posguerra e incluso durante los prósperos años cincuenta. Y con el paso del tiempo, el esfuerzo le iba consumiendo cada vez más energías; el desgaste intelectual era tremendo. Casi nunca tocaba el piano, y cuando lo hacía, era para sacarle el polvo.
Vivíamos en una especie de oasis cultural del que comencé a apercibirme con nitidez a medida que crecía y tomaba conciencia de las cosas. Era como si mi madre tuviera el poder de detener el tiempo, de congelarnos en una opereta de Victor Herbert de música y decorado vagamente «clásicos», de valores sentimentales y posvictorianos.
Era una severa jueza de toda novedad que entrara en aquella casa: de las ideas, de los artículos de moda, de las amigas del colegio que muy de vez en cuando traía a casa. Y muy poco de lo que veía reunía los requisitos que mi madre imponía. Estábamos muy por encima del chabacano mundo que quedaba de puertas para afuera, de aquel zoco de objetos chillones y de modas pasajeras que no nos podíamos permitir. Mi madre tenía que protegerme de la contaminación de lo «popular», del chicle, de los refrescos, de los cómics, de los Bobbsey Twins y de Frank Sinatra («Es disonante», solía decir mi madre, preocupada, mientras sintonizaba en el dial la WQXR para escuchar a Schubert). Lo exclusivo de mi naturaleza no se debía tan sólo a los vestidos de factura exquisita que ella me ponía: nacía, sobre todo, de las esperanzas que ella había depositado en mí, de mis imposibles éxitos de niña prodigio. Yo sabía que mi altísimo valor emanaba de ella. Sin el concurso de mi madre, yo no sería más que un jarrón vacío, quincalla, nada más que una persona común y corriente, quizá.