Personajes secundarios

Joyce Johnson · Capítulo 11 de 18

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Personajes secundarios

Ocho

Una gélida mañana de noviembre de 1965 un coche cubierto de polvo, sobre cuyo techo se amontona una variopinta colección de bultos y en cuyo interior se apretujan los pasajeros, igual que en un número de circo, entra en el Village y se detiene en una calle cerca de Sheridan Square: Allen Ginsberg ha llegado a Finland Station. Se abre una puerta y él sale del coche y estira las piernas, entumecidas; y luego baja Peter Orlovsky; y luego baja Lafcadio, su hermano de quince años; por último aparece Jack Kerouac. Bajan las mochilas del techo. El coche arranca con los dos desconocidos con los que han recorrido los casi cinco mil kilómetros que separaban Ciudad de México de Nueva York, un puertorriqueño y una maestra que le aconsejaron a Lafcadio que hiciera ejercicio y se enrolara en el ejército.

Sin rumbo, se quedan en la acera soportando el embate del aire frío, encendiendo cigarrillos, decidiendo adonde ir. Jack, taciturno y más delgado de lo que Allen le ha visto nunca, tose mientras fuma. Está sin blanca, aunque cuenta con un dinero que, espera, no tardará en llegar: quizá Grove Press compre Los subterráneos a un centavo la palabra. Quinientos dólares le llevarían a Tánger, donde Allen piensa reunirse con Burroughs en cuanto él y Jack y Gregory Corso hayan tomado al asalto Nueva York, victoria que Allen da por segura. Es su momento. América está sedienta de poetas proféticos. «Grandes Oklahomas trémulas necesitan poesía y desnudez», le había dicho Allen a Jack en Ciudad de México para sacarlo de su letargo, del desaliento que está apoderándose de él justo ahora, cuando están a punto de conseguirlo, cuando están a las puertas de la fama. Una fama, quizá, internacional, le repite Allen a Jack; él sabe cuánto la anhela su amigo, y también conoce su vergonzoso secreto: el gusano de la envidia que anida en su corazón.

El desarrapado ejército de Allen, que en esta esquina de Nueva York todavía no ha abandonado el anonimato, necesita dormir en algún sitio. Allen va a la cabina y hace unas llamadas.

«Me robaste el Vacío», le dirá Jack cuatro años más tarde.

 

Cuando estaba contenta, Elise parecía irradiar un resplandor oscuro; su voz la delataba, como si detrás de sus palabras brillara una luz encendida.

«Allen ha vuelto», dijo.

Había vuelto, pero no para quedarse, por descontado. Se pondría en marcha de nuevo al cabo de un par de meses. Peter estaba con él, Peter era tan guapo… Se instalarían en su casa aquella misma noche. A Sheila no le importaba.

Le pregunté quién era Peter.

«El amante de Allen».

Un día me pasé por ahí a verles. Sería primeros de diciembre.

El apartamento relucía como si no hubiera quedado ni un centímetro por fregar ni barrer. A Peter le encantaba limpiar, me contó Sheila. Lo hacía así de bien porque había trabajado de celador en un hospital, allí había aprendido. «Lo adoro», dijo, y me enseñó cómo habían cambiado los muebles de sitio. En una de las habitaciones, en el suelo, uno al lado del otro, estaban los dos colchones que Elise y ella consiguieron en el Ejército de Salvación y que tuvieron que cargar por las escaleras hasta el sexto piso cuando se mudaron al apartamento.

Recuerdo que me entró mucha vergüenza.

Perdí la vergüenza con unas cuantas visitas más. Todo me parecía extrañamente normal, como si estuviera en un tipo de familia totalmente nuevo. Me di cuenta de que la normalidad no es un criterio permanente: lo «normal» podría ser, al fin y al cabo, una idea artificial.

Lo cierto es que, ese invierno, aquellas cuatro habitaciones en Yorkville se convirtieron para mí en el lugar más emocionante del mundo. La energía de Allen era una fuerza mágica que atraía a personas, ideas, manuscritos, y los mezclaba en combinaciones siempre nuevas que podían durar una tarde o toda una vida. El cálido y sereno faro de su atención nunca dejó a nadie a oscuras; tomaba en serio al chico que había ido en metro para enseñarle los ripios que traía apuntados en su cuaderno y al crítico célebre por igual.

Aullido acababa de publicarse. Aquel librito cuadrado, blanco y negro, sólo se podía encontrar en dos lugares de la ciudad: la cocina de Elise y la librería de la calle Ocho. Como un general de la guerrilla, Allen tendía sus emboscadas al mundillo literario: se ofrecía al New York Times, al Time, al Life y al Village Voice para que lo entrevistaran; se dejaba caer por las editoriales y los cócteles dispuesto a convertir a agentes, editores y críticos en adeptos de su revolución. Los exhortaba, los fascinaba, los insultaba. En alguna ocasión incluso se desnudó para ilustrar lo que trataba de decir, como ya había hecho cuando, durante una lectura en Los Ángeles, alguien del público lo interrumpió. Y cual apóstol rubio o hermano pequeño, Peter Orlovsky siempre estaba a su lado, dulce e infatigable, el punto de equilibrio.

En el apartamento de Yorkville, Elise le esperaba. Planchaba, hacía sopa, le cogía los mensajes, se tumbaba en el colchón a fumarse un cigarrillo y contemplar el horizonte de azoteas que las palomas sobrevolaban en el cielo de invierno. Pasaba mucho tiempo con Lafcadio Orlovsky, que se alojaba en una pensión. Era un chico raro y callado en cuyo rostro la adolescencia había irrumpido en forma de granos. Podía pasarse horas encorvado en un rincón dibujando diminutas escenas de ciencia ficción que luego circulaban de mano en mano; cuando se decidía a hablar solía preguntarte qué habías soñado. A Elise le preocupaba la inactividad del chico. Lo convencía para que la acompañara a dar paseos, se lo llevaba al museo Frick para ver los cuadros de Fra Angélico. Prometió que cuidaría de Lafcadio cuando Allen y Peter estuvieran en Tánger, cuando —eso Elise lo sabía— la espera volviera a ser inmensa y desolada.

Sheila creía que Elise estaba diluyéndose en Allen. «¿De quién es esa idea, tuya o de Allen?», gritaba mientras arrojaba los cacharros al fregadero. Le confesó a Leo Skir que estaba perdiéndole el respeto a Elise. Según Sheila, Peter era el mejor de todos, el único que tenía en cuenta los sentimientos de los demás. Leo se pasó por ahí un día y no le gustó lo que vio: «Fui a Columbia por usted», le confesó a Allen. Él miró a Leo un buen rato y luego dijo, pensativo: «Columbia ha echado a perder a mucha gente». Aquella noche fueron al cine, a la calle 42, y vieron I Vitelloni, una película que iba de una pandilla de inadaptados romanos. Leo nos dijo que Lafcadio había creído que transcurría en Nueva York.

Los Orlovsky desconcertaban a la gente. Podías llegar a tomarlos por auténticos ángeles karamazovianos, como los describía Allen, porque no sabías qué más pensar. La inocencia de Peter tenía algo de salvaje. Parecía totalmente virgen, alguien a quien, sin previo aviso, hubieran lanzado a un mundo en el que carecía de referencias y coordenadas. Peter sólo me llevaba un año. Cuando alcanzó la adolescencia era prácticamente analfabeto; había crecido con otros cuatro niños desatendidos y asustados en un gallinero reconvertido en vivienda en Northport, Long Island. Sus padres, inmigrantes rusos, eran alcohólicos. Su padre pintaba motivos en corbatas de seda y vivía sumido en un desempleo crónico. Northport era una ciudad de clase media y, allí, los niños Orlovsky eran unos parias. Julius, el mayor, se volvió loco y lo encerraron en un psiquiátrico; Peter se enroló en el ejército y terminó en San Francisco, donde trabajó de modelo para un pintor y se convirtió en su amante. Una tarde de 1955 Allen fue al estudio de Robert LaVigne y se quedó prendado de un retrato de un joven rubio con cebollas a sus pies. Al cabo de un rato, Peter entró en el estudio. Estuvieron juntos desde entonces. Con la ayuda de Allen, Peter rescató a Lafcadio y se lo llevó a la Costa Oeste.

A finales de la primavera de 1956, seis meses antes de que llegaran a Nueva York, Allen recibió un telegrama que le informaba de que su madre, Naomi, acababa de fallecer en un psiquiátrico estatal. Poco antes, Allen había sufrido un ataque de pánico. Durante un tiempo pensó que lo mejor sería que Peter y él rompieran y empezaran a salir con chicas. Quizá la muerte de Naomi obró, finalmente, un efecto liberador, y Allen se decidió a ser él mismo. Ya no parecía sentirse obligado a escoger. Peter y él podrían compartir a las mujeres o amarlas cada uno por su cuenta o amar a otros hombres. Eso ya no importaba: cada uno tenía el alma del otro. Siempre se querrían.

No sé si aquello le dolió a Elise; ni ella podría admitirlo, ni yo me atreví a preguntárselo. La pregunta parecía delatar una mentalidad cerrada, algo que tendría que esforzarme por superar durante toda mi vida.

 

Leí La ciudad y el campo. A veces intentaba imaginarme al hombre cuyo rostro había visto en la fotografía de Mademoiselle. Allen y Peter me presentaron a Gregory Corso, pero siempre iba al apartamento de Yorkville con la secreta esperanza de que, esta vez, Jack Kerouac terminaría apareciendo. Tenía novia, claro; no se interesaría por mí.

El día que llegaron a Nueva York, Allen le encontró alojamiento a Jack: un apartamento del Village que compartiría con dos conocidas de Allen llamadas Virginia. «Jack está con las dos Virginias», decía satisfecho, como si las Virginias fueran dos guardianas amazonas grandes y fieras. En realidad, no eran más que dos chicas del Medio Oeste que se parecían un poco: eran altas, masculinas y de ojos negrísimos, y ambas se psicoanalizaban. Eran chicas que sabían divertirse: en su nevera nunca faltaba la cerveza, y daban fiestas, y apoyaban los pies en cualquier parte presumiendo de piernas largas, y encendían la radio y hacían que todos bailaran con ellas las canciones de Sinatra y Presley. Una Virginia había estado locamente enamorada de Lucien Carr durante años; como era de esperar, ahora Jack estaba loco por la otra.

Como amante, sin embargo, era extremadamente desorganizado. Noche tras noche llamaba a Allen desde cabinas sucesivas —desde el Fugazi’s, el San Remo, el Riviera Bar— en sus vagabundeos por el Village en compañía de ruidosos grupos de bebedores mientras, en casa, las dos Virginias esperaban echando chispas. La Virginia de Jack lo reprendía por su informalidad, le acusaba de aprovecharse de ella, le brotaba un sarpullido y le imponía el castigo supremo: ya no se acostaría más con ella; órdenes del psiquiatra. En Navidad Jack huyó de la furia de Virgina y viajó haciendo autoestop hasta Carolina del Norte para refugiarse, melancólico, con su madre y su hermana.

 

La noche de Fin de Año, Allen, Elise, Peter, Sheila y yo nos apiñamos en un taxi y fuimos a la fiesta que Lucien Carr daba en su apartamento de la calle Grove. Recuerdo lo que llevaba aquella noche: un vestido de terciopelo negro sin mangas con una faja larga de satén que me había dado el temerario e irresponsable gusto de cargar en mi cuenta —impagada— de Lord and Taylor. Pasarían quince años antes de que volviera a sucumbir a tan burguesa elegancia.

Ya conocía, por supuesto, la famosa historia del acto gratuito de Lucien Carr que circulaba por Columbia, y me resultaba extraño pensar que iba a verle en persona. El Lucien al que conocí era un hombre de treinta y un años (aunque a mí me pareció mucho mayor) que se levantaba por las mañanas para trabajar en una editorial y que tenía una esposa encantadora y dos niños rubios que, con sus pijamas de rayas, nos dieron a todos las buenas noches. Su corte de pelo era extraño, irregular, y llevaba gafas de concha y un traje de tweed marrón con el que no se parecía a Rimbaud en absoluto. Metía troncos en la chimenea y echaba hielo en la bebida de sus invitados. Se encaprichó de Elise, su nombre parecía divertirlo enormemente. Elipse, la llamaba. O Eclipse. «¡Bien, Eclipse!, ¡¿qué tomas?!», gritaba desde la otra punta de la habitación, y su esposa, Cessa, se sonrojaba y decía: «¡Oh, por favor, Lucien!».

Esto dará la medida de lo salvaje que resultó aquella velada, que probablemente habría resultado menos apagada —en eso estuvieron todos de acuerdo— si Jack hubiera estado ahí. Lucien no hacía más que hablar con Allen de los viejos tiempos, de cosas que habían sucedido doce años atrás. Historias del West End y de un apartamento de la calle 115, y de una chica llamada Edie Parker, y de Joan Burroughs, la mujer que había muerto. Parecía que una parte de Lucien hubiera quedado encallada en aquella época, perdida para siempre, y que él hubiera terminado convertido en algo que no tenía que ser.

A medianoche, en la calle algunas personas tocaron silbatos. Ya era 1957.

A fecha de 1982 todavía existe la Escuela Jack Kerouac de Poética Incorpórea, fundada en Colorado en 1976. Se ha publicado El libro de Jack; Jack Kerouac: América y la generación beat: una biografía y —éste es mi favorito— Kerouac: A Chicken Essay, obra de un poeta surrealista franco-canadiense. Sin olvidar la plétora de folletos, tesis, artículos y capítulos de libros. Una publicación anual rememora a los beats y las «Indescriptibles Visiones del Individuo». Se está construyendo su hagiografía. A Jack, que ya ha regresado al Vacío, le sorprendería saber que incluso existe una revista literaria exclusivamente consagrada a su persona, de nombre Moody Street Irregulars (bautizada en honor de la calle de Lowel en la que vivió de niño). En uno de los números atrasados, un estudiante de postgrado reunió una cronología algo caprichosa de la vida de Jack Kerouac. En la columna de 1957 aparece una enigmática entrada: «Conoce a Joyce Glassman».

 

«Hola. Soy Jack. Allen me ha dicho que eres muy simpática. ¿Quieres que quedemos en Howard Johnson’s, en la calle Ocho? Estaré sentado a la barra. Tengo el pelo negro y llevaré una camisa de cuadros rojos y negros».

Estoy de pie en la cocina de Elise; en la mano sostengo el teléfono que Allen acaba de pasarme. Es un sábado por la noche, poco después de Año Nuevo.

«Claro», contesto.

Me maquillo mucho los ojos, me pongo el abrigo, cojo el metro a Astor Place y empiezo a caminar hacia el oeste, hacia el otro extremo de la ciudad. Paso por debajo del puente que une los dos edificios de los grandes almacenes Wanamaker’s y del ojo de su gigantesco reloj iluminado. Es una noche oscura de enero, hace mucho frío y el asfalto está cubierto de hielo. Hay que ir con cuidado, pero yo marcho ligera. Ésta no es otra de mis desventuras, categoría en la que, hasta ahora, clasifico la mayor parte de los arriesgados sucesos de mi vida. Es una aventura.

Las ventanas de Howard Johnson’s están empañadas y no me dejan ver el interior. Empujo la pesada puerta de vidrio y allí está, sin duda, un hombre de pelo negro sentado en la barra con una camisa de leñador un poco deslucida. Levanta la vista y se queda mirándome fijamente con unos ojos de un azul asombroso. Y tiene la cara muy morena. Es la única persona de Howard Johnson’s con algo de color. Cuando me acerco a él me entra un poco de miedo. «¿Jack?».

Hay un taburete libre al lado del suyo. Me siento y me pregunta si quiero algo. «Sólo un café». Está muy callado. No somos buenos conversadores, pero entonces no nos conocíamos, ¿qué íbamos a decir? Me pregunta por Allen, por Lafcadio… Me gustaría comentarle que he leído su libro, pero sonaría torpe, obvio, nada cool.

Cuando el café llega, Jack parece apesadumbrado. No puede invitarme. No tiene dinero, nada de nada. Aquella mañana pagó con diez dólares en un colmado y le devolvieron el cambio de uno de cinco. Está esperando el cheque de una editorial, dice enfadado.

—Mira, no pasa nada. Tengo dinero. ¿Quieres que te invite a comer algo?

—Sí —responde—. Salchichas de frankfurt. Ya te lo devolveré. Siempre devuelvo el dinero.

Nunca había invitado a un hombre a cenar. Me siento hábil y femenina.

Pide salchichas de frankfurt, patatas fritas caseras y unas alubias con ketchup Heinz. No dejo de echarle miradas furtivas, porque es muy hermoso. Esto no debería decirlo, una mujer no debe decirlo nunca, pero lo es. Me sorprende observándolo y me dedica media sonrisa que luego transforma en mueca, hace una monería, luego otra; y ante mí desfila una sucesión de imitaciones de caras de cómico de película muda, hasta que yo también me río de lo absurdo de esta cita a ciegas que Allen ha organizado. (La idea de Allen Ginsberg organizando citas a ciegas arrancará sonoras carcajadas cuando, años más tarde, me pregunten cómo conocí a Kerouac).

No tengo ni idea de qué vio en mí aquella noche. Una mujer muy joven con un abrigo rojo, cara redonda y pelo rubio. «Una personita interesante», escribió en Ángeles de desolación. «Judía elegante, clase media, de aspecto triste y buscando algo. Parecía muy polaca…». ¿Dónde estoy yo, entre todas estas categorías? No me reconozco.

Cuando nuestros caminos se cruzan en Howard Johnson’s, él y yo andamos buscando cosas distintas. Con treinta y cuatro años, Jack está cansado, la energía que lo empujó a tantos lugares distintos se ha esfumado. Un buen día, se da cuenta de que ha esperado durante demasiado tiempo. El cheque por Los subterráneos nunca llegará; En el camino no se publicará jamás. ¿Por qué no dejar que Allen le rescate? Ya no puede volver con las dos Virginias.

Miro el ojo azul y amoratado de Kerouac e interpreto su melancolía como la mirada de un hombre necesitado de amor porque, entre otras cosas, tengo veintiún años. Creo en el poder curativo del amor, igual que los ingleses creen en el té y los católicos en los milagros de Lourdes.

Me cuenta que ha pasado sesenta y tres días en lo alto de una montaña completamente solo. Comía sopa de guisantes y escribía un diario y cantaba canciones de Sinatra para sentirse acompañado.

No sé si me estará lanzando una advertencia.

—¿Y te gustaba de verdad estar así de solo?

—Ojalá estuviera ahí ahora. Tendría que haberme quedado ahí arriba.

Era capaz de anularte completamente y, a la vez, hacer que le tuvieras lástima. Pero estoy segura de que cualquier cima sería mejor que donde está ahora: el Marlton Hotel de la calle Ocho, el de las persianas sucias en las ventanas y los borrachos acampados en las escaleras.

—¿Y dónde vives? —me pregunta Jack.

Le gusta que esté cerca de Columbia y del West End Bar, por donde solía rondar. ¿Todavía andaba por allí Johnny el camarero? Johnny el camarero se acordaría de sus días de estrella del fútbol en Columbia, pero Jack se rompió la pierna en su segundo año y se quedó en su habitación leyendo a Céline y Shakespeare, y no volvió a jugar. Así perdió la beca de Columbia. Pero siempre le ha tenido cariño al barrio.

—¿Por qué no dejas que me quede en tu casa? —dice.

—Si quieres —respondo en Ángeles de desolación, en una rápida decisión.

Y también sé cómo lo dije. Como si aquél no fuera un momento especial, como si no tuviera deseos propios; seguía la filosofía que había adoptado por aquella época: nada que perder, todo vale.

Nos levantamos, nos pusimos el abrigo y bajamos al metro. Y en una placa de la estación en la que antes no había reparado vi un anuncio de una línea aérea con un eslogan nuevo: VUELE AHORA. PAGUE LUEGO.

—Es un buen título para una novela —observé, y finalmente le confesé a Jack que yo estaba escribiendo una, que no era una simple secretaria.

Él dijo que Págame el centavo luego sería un título mejor. «Deberías titular así tu novela». Me preguntó quién era mi escritor favorito. Henry James, respondí. Hizo una mueca y me dijo que suponía que me habría equivocado en la elección de todos mis modelos, pero que, aun así, quizá lograría convertirme en una gran escritora. Me preguntó si solía reescribir mis textos, e insistió en que nunca revisara; no tenía que cambiar nada, ni una sola palabra. Se arrepentía de todas las modificaciones de La ciudad y el campo. Ya no dejaba que nadie le obligara a reescribir, me dijo, y por eso nunca conseguía entenderse con los editores. Le echaría un vistazo a mi novela para demostrarme que lo primero que escribes es siempre lo mejor. Dije que bueno. Me sentía culpable por todo lo que había rehecho, pero seguía adorando a Henry James.

En el metro, mientras manteníamos esta conversación literaria, Jack se balanceaba sobre mi cabeza agarrado al tirador. Justo antes de que nos bajáramos, se agachó. Nuestras frentes se rozaron y los dos volvimos los globos oculares hacia el otro: un juego divertido en el que yo ya sabía que, pasara lo que pasase, no había que parpadear.

Aquél fue el principio de «Conoce a Joyce Glassman».

 

El apartamento en el que vivía en aquella época era oscuro y cavernoso. Estaba en la planta baja de un edificio de piedra marrón que quedaba a media manzana del Hotel Yorkshire. Dos habitaciones amuebladas con esas piezas desesperantemente inmensas y descoyuntadas que se pueden encontrar en los vestíbulos de edificios antediluvianos. Una pequeña nevera y dos hornillos se ocultaban tras un biombo en una esquina del salón, pero tenías que fregar los platos en el lavabo. Las ventanas daban a un infecto patio trasero donde muelles de colchón y botellas rotas nutrían a un ailanto. Siempre me sentí muy pequeña en aquel apartamento. Una noche, en la calle, un gato gris y enorme con la oreja mordida se me restregó contra las piernas. Me lo llevé a casa convencida de que lo estaba rescatando, pero él se pasaba el día entero en el alféizar de la ventana extrañando la calle, intentando abrir la ventana con una pata; también se encogía en el armario con ánimo vengativo para marcar su territorio y ensuciarme los zapatos. Jack fue el único de mis invitados que supo apreciar la belleza de este animal, al que, poco imaginativa, había bautizado con el nombre de Humo. Jack decía que iba a llamarle Ti Gris, como un gato que había tenido en Lowell. Al parecer, le gustaba cambiarle el nombre a las cosas. En el trayecto del metro a casa yo ya me había convertido en Joycey; hacía años que nadie me llamaba así, desde que era pequeña. Y me pasó el brazo por encima del hombro apoyándose en mí, juguetón, y dejando que la mano le colgara encima de mi pecho. Así caminaban los hombres con sus mujeres en México, me explicó. «Un día, cuando vayas, lo verás con tus propios ojos».

Tras cruzar la puerta no me pidió que le enseñara mi manuscrito. Me apretó contra él y me besó antes de que pudiera encender la luz. Cuando le devolví el beso, se mostró sorprendido. Me dijo que yo era todavía más callada que él, y que no tenía ni idea de que a las chicas calladas les gustara tanto besar. Y me desabrochó los botones del abrigo y me metió las manos debajo del jersey hasta la espalda. «El problema —me dijo Jack al oído— es que no… me gustan… las rubias».

Recuerdo que me eché a reír y le contesté: «Bueno, en ese caso me teñiré». Me pregunté, sin embargo, si estaría diciéndome la verdad.

 

Por la mañana Jack salió de casa para ir a buscar sus cosas al Marlton. Volvió con un saco de dormir y una mochila en la que guardaba unos téjanos y unas camisas viejas como la que llevaba y unos cuadernos que había comprado en Ciudad de México. Aquéllas eran todas sus pertenencias. Ni siquiera tenía máquina de escribir; tomaba prestadas las de otra gente, me dijo. Nunca había visto unos cuadernos de aspecto tan extranjero, largos y estrechos, con cubiertas negras y brillantes y un papel fino y azulado por el que los inclinados trazos a lápiz de Jack avanzaban a velocidad de vértigo, página tras página, interrumpidos aquí y allá por dibujitos. Reservaba un cuaderno para sus sueños. Los anotaba cada mañana.

Había algo desgarradoramente atractivo en aquellos pocos útiles a los que Jack había reducido sus necesidades. Me recordaba a un marinero —y no es que yo conociera a ninguno—, y también había algo de marinero en el aspecto que tenía al salir de la ducha, resplandeciente, vigoroso y colorado, con una toalla blanca al cuello.

Pasó muy poco tiempo antes de que no me resultara extraño tenerle conmigo; éramos como dos viejos amigos, «colegas», decía Jack dándome un achuchón cariñoso que despertaba en mí tanto orgullo como una cierta decepción. Por absurdo que parezca, a veces deseaba tener el pelo oscuro, como aquella Virginia a la que tanto envidiaba por haberle vuelto loco. O la chica llamada Esperanza que vivía en Ciudad de México; había estado trágicamente enamorado de ella durante muchísimo tiempo y se había convertido en Tristessa, la protagonista de una novela que había escrito en uno de sus cuadernos. Pero sólo se habían acostado una vez. Era una puta y

una santa, tan hermosa y perdida. Una de sus primeras [12] fellaheen, primigenias y terrenales.

Yo era civilizada y urbana. Yo era el día a día, el beicon con huevos de la mañana o de mitad de la noche que había aprendido a prepararle como a él le gustaban: los freía en la sartén negra de hierro sin darles la vuelta. Compraba un trozo de beicon en el colmado, como el que tomaba en Lowell —nada de lonchitas finas de paquete— y lo acompañaba de compota de manzana de lata (refinamiento que había copiado de la cafetería Brickford). A Jack no se le habría ocurrido nunca que algo así pudiera mejorar los huevos. Disfrutaba enormemente con pequeñas cosas como aquélla.

Como amante no era intenso, sino extrañamente fraternal, algo reticente, incluso. Escuchaba maravillada sus historias de esas fiestas de Berkeley en las que todos iban desnudos y en las que hombres y mujeres se entregaban a una exótica práctica japonesa llamada yab-yum (Jack, sin embargo, nunca me contó que él se sentaba, apartado y meditabundo, completamente vestido, con una botella de oporto en la mano). Cuando pienso en los buenos momentos que Jack y yo pasamos, me veo tumbada con la cabeza sobre su pecho, su corazón palpitando en mi oído. Me rodea con sus brazos suaves y poderosos, y yo hundo la cabeza en ellos porque me encantan, y él se ríe. «¿Qué haces por ahí, Joycey?». Y siempre suena música en la radio. Symphony Sid, a quien Jack me enseñó a localizar en el dial, el que te acompaña al filo de la medianoche para traerte el sonido de Charlie Parker, Lester Young, Miles Davis y Stan Getz y que, según Jack, también es un subterráneo; se nota en su áspera voz, que el humo de extraños cigarrillos ha convertido en un susurro ronco. «Y ahora, después de que os cuente un par de cosas sobre el ma-ra-vi-llo-so vino Mogen David, la gran Lady Day…». En la penumbra de la habitación nos acercamos mientras Billie Holiday llora a sus amores perdidos…

Pero entonces Jack me deja. Se va a la pequeña habitación de atrás, en la que nunca duermo porque no tiene radiador. Sube la hoja de la ventana hasta arriba, cierra la puerta y se tumba en el suelo metido en el saco de dormir. Así se cura el catarro que cogió en Ciudad de México. Por la mañana hará el pino con los pies contra la pared para invertir el flujo de sangre del cuerpo. Me cuenta algo terrible acerca de él: desde hace ocho años sabe que un coágulo de sangre podría matarlo en cualquier momento.

¿Cómo se puede vivir, me pregunto, sabiendo que la muerte puede estar tan cerca? Poco a poco, me olvido de todo lo que aprendí en la mesa de operaciones de la blanca habitación del médico de Canarsie.

Soy buena para él, me dice Jack. No me molesta nada de lo que hace. ¿No me molesta lo del saco, verdad?

Y lo raro del caso es que no me molestaba. Todo parecía tan extraño, tan embrujado, tan transformado. Por la noche, las ráfagas de aire frío se colaban en el cuartito donde Jack dormía y se escapaban por las rendijas de la puerta cerrada; yo imaginaba que me hallaba en un lugar sin paredes, en un inmenso campamento donde, tumbada y envuelta en mantas, lograba descubrir en mi propio calor la prueba definitiva de mi existencia.

Soy un imbécil habitual en las casas de citas, esclavizado por la lujuria hacia las

mujeres que me odian, tienden su carne de comercio en los divanes, es un montón

de carne, locura de todo ello, las maldeciría y devoraría a todas e iría a dar contra

el limpio raíl. Me despierto contento de verme a salvo en las montañas desérticas.

¿Por ese abultado rollo de carne iría a sentarme en eternidades de horror en grises

alcobas iluminadas por un sol gris, con guardas y alguaciles a la puerta y la cárcel

al otro lado? Es una sangrienta comedia. Los Grandes Sabios Estados de la

patética comprensión que caracterizan la Gran Religión me evitan cuando se trata

de los harenes. Temeridad, todo está ya en el cielo, benditos sean sus corazones

balantes. Algunas ovejas son hembras, algunos ángeles tienen alas de mujer, al

final todas son madres, y perdonadme la sorna… excusadme por hablar de lo

mismo.

(Jo jo jo).

Joyce Glassman no debía leer aquel sombrío pasaje, aquel terrible vínculo metafísico entre el sexo, el nacimiento y la tumba que más tarde escribiría en Ángeles de desolación. Odio la misoginia de Jack, la odio, la lamento, la comprendo y, por fin, la perdono.

Una noche faltó poco para que regresara con Virginia. Me llamó desde el Village. Estaba con ella, ya no tenía que quedarme despierta esperándole. Había estado bebiendo en un bar llamado White Horse, a la vuelta de la esquina del apartamento de Virginia, cuando ella apareció paseando al perro de la otra Virginia. El encuentro fue memorable. A pesar de todo lo que le había dicho su psicoanalista, ella le rogó que volviera a su casa. Y allí estaba.

Parecía muy borracho, un poco arrepentido y extrañamente dócil: como si se hubiera montado en el tren equivocado y no pudiera bajarse y pensara que, por lo menos, disfrutaría del paisaje.

Yo apenas abrí la boca al teléfono. Toda aquella historia de que nada me molestaba se había convertido en un nudo de dolor gigantesco. ¿Cómo podía volver con aquella Virginia que le había echado a la calle? Colgué el teléfono, agarré el abrigo y me precipité ciegamente por la puerta hacia la calle. En Broadway paré un taxi. Era la una de la mañana, iba de camino al White Horse. Creía que ahí encontraría a Jack —aunque él ya se había marchado— y que, al verme, se acordaría del destino que había olvidado.

Cuando entré en el White Horse y no lo vi, fui hacia el teléfono del fondo. Sabía el apellido de la chica y conseguí que me dieran su número. Gimoteando, metí la moneda y llamé. «Quiero hablar con Jack Kerouac», dije. Cuando se puso al aparato, le conté dónde estaba y le dije que teníamos que hablar, que me quedaría allí sentada quince minutos esperándole y que si no venía habríamos terminado para siempre. Empecé a llorar mientras le lanzaba este ultimátum que ni siquiera sabía si iba a cumplir.

Parecía perplejo. «¿Cómo has llegado al centro tan deprisa?». Me dijo que lo esperara, que no tardaría nada. Me sequé las lágrimas y me senté en una mesa vacía al lado de la ventana. Y por fin, mientras miraba a la calle, dobló la esquina.

Creía que estaría muy enfadado, pero no lo estaba. Lo que no entendía era cómo había sido capaz de ir a buscarle. Parecía tomarse mi acción como una auténtica proeza, parecía gratamente impresionado por aquel secuestro, y en el taxi de vuelta al West End se puso a cantar «I’m a Fool».

Mientras cantaba en el taxi con la cabeza apoyada en mi hombro, miró por la ventana —cuenta en Ángeles de desolación— hacia los barcos atracados en los muelles de North River, que le recordaban que, de todos modos, estaba a punto de reanudar su camino.

 

En 1957 Jack todavía viajaba empujado por una fe pura e inocente que siempre parecía renovarse antes del embarque siguiente, como si las decepciones que se había llevado en el pasado no lograran hacer mella en él. Me dejaría muy pronto para irse a Tánger. A menudo parecía que ya tuviera la cabeza allí, recorriendo las calles de las mil y una noches bajo un refulgente cielo azul en compañía de su amigo Bill Burroughs, calles estrechas con casas de color blanco roto, con el aroma dulzón del hachís y la miel y la podredumbre, mujeres veladas que le hacían señas para que las siguiera hasta los misterios de la kasba. Y luego a París, de un gris tan suave y antiguo como las piedras de Notre-Dame. Hablando el patois de su infancia, él, Jean Lebris Kerouac, penetraría al instante en el alma de la ciudad cuando, tras varias vidas, regresara para reclamar su herencia ancestral. Buscaría en los archivos de la Bibliothéque Nationale y allí encontraría el nombre Kerouac, el fiero apellido de una extinta familia de nobles bretones que habían emigrado a Canadá para mezclar su sangre con la de los indios.

Le escuchaba con dolor y placer, imaginando aquellas estampas que tan bien pintaba para mí, deseosa de acompañarle. ¿Podría llegar a incluir a una mujer en sus viajes? No veía por qué no iba a hacerlo. Cada vez que sacaba el tema, él me callaba diciéndome que lo que yo quería eran hijos. Eso es lo que todas las mujeres querían, y lo que yo también quería, por mucho que lo negara. Incluso más que convertirme en una gran escritora. Lo que yo quería era traer vida al mundo, ser un eslabón en la larga cadena del sufrimiento y la muerte. Claro que él quería tener hijos algún día, pero todavía faltaba mucho para eso, ahora no. Sabio, triste, Jack sacudía la cabeza.

Nunca me contó toda la historia de su relación con Edie Parker, ni la del bebé que ella había perdido cuando, a los cinco meses de embarazo, se indujo el parto para abortar. Entonces, en 1942, Jack se embarcaba en el Dorchester rumbo a Groenlandia.

Un día, sin embargo, me enseñó una foto que llevaba en la billetera. Era la instantánea de una niña preciosa de unos cinco años con trenzas oscuras que agarraba, muy solemne, el manillar de un triciclo. «¿Quién crees que es?», me preguntó. No tenía ni idea. ¿Sería aquella niña su sobrina? El aire de familia era evidente. «Jack, es clavadita a ti», le dije.

Me arrancó la foto y caminó hacia la ventana; se quedó parado allí y la miró a la luz. «Pues no es mi hija. Me da igual a quién se parezca. Yo sé quién es su padre». Aquélla fue la primera vez que oí el nombre de Joan Haverty, la mujer con la que había estado casado durante seis meses en 1951. Pero todo había sido un inmenso error. Ella se había burlado de sus textos, quería que dejara de escribir y la mantuviera, lo había tratado como a un tonto y se había liado con otros hombres. La niña no podía ser suya de ninguna manera, dijeran lo que dijesen los análisis de sangre, a pesar de cualquier parecido accidental. En realidad, él sabía que el amante que su mujer había tenido era moreno, puertorriqueño, creía. Pero guardó la foto en la cartera con cuidado. Me pregunto si la llevó muchos años más.

En ocasiones pensaba en aquella niñita y en que nunca conocería a Jack, quizá no lo vería jamás, ni una sola vez; y sin embargo, pasaría por la vida con la cara de Jack, con unos ojos azules como los suyos. Y entonces pensaba en mi padre y en nuestros paseos por Broadway, y en cuánto me quería todavía aunque yo no le hubiera salido como él esperaba, y también en el niño que me habían arrancado, el niño que podría haber tenido y al que me había visto obligada a traicionar. ¿Cómo podías vivir sin conocer a tu hijo?

¿Podía culpar a Jack más de lo que me culpaba a mí misma? Quizá no era cuestión de errores y culpas, sino de dolor y pérdida. Para mí, la libertad y la vida también eran equivalentes.

 

Seis semanas después de que lo hubiera conocido, Jack volvió a llenar la mochila y a enrollar el saco de dormir; estaba listo para ponerse en marcha. Se iba del país justo cuando algunos indicios concretos apuntaban a que sus días de anonimato estaban a punto de tocar a su fin. Tras años de cartas de rechazo de los editores, dos novelas —En el camino y Los subterráneos— se publicarían aquel otoño en el lapso de unas pocas semanas. En el camino, que Jack había escrito en catorce días en un rollo de papel de teletipo cuando estaba casado con Joan Haverty, había quedado retenido en Viking Press tres años durante los cuales los editores discutieron la conveniencia de sacar en aquel momento un libro tan osado. Y de repente llegó el momento de Jack. El «afán reprimido» de los cincuenta estaba a punto de ser liberado. El «buscando algo» que Jack había visto en mí era el ansia psicológica de mi generación. Eran miles los que estaban esperando a un profeta que los liberara de las prudentes vidas de clase media que habían sido educados para heredar. En el camino les acercaría la voz de un supremo forajido redimido por su arte, visiones de una vida vivida a una velocidad de vértigo, más allá de cualquier barrera protectora; energía pura y estimulante.

El reportaje de Mademoiselle sobre el Renacimiento de San Francisco llegó a los quioscos aquel febrero. Unos días antes de que Jack zarpara rumbo al norte de África en el carguero yugoslavo Slovenia, un reportero de un periódico recién creado, The Village Voice, entrevistó a Jack, a Allen y a Gregory Corso. La entrevista se publicó con el título: «Tres “cabezas de chorlito” vuelven al redil». Con qué sofisticación se burlaba de aquellos tres bufones de la poesía. Aquello era un aperitivo de la publicidad que más tarde recibiría la generación beat. De camino a la entrevista, Jack se puso como una cuba; según el periodista, habría afirmado: «Compadeced a los perros y perdonad a los hombres».

 

El Slovenia zarpó el domingo 15 de febrero. El sábado Jack y yo fuimos a casa de Lucien, y él nos acompañó en coche, con Cessa y los dos niños, hasta el muelle de la marina de Brooklyn. Lucien había comprado dos botellas de champán. Nos lo bebimos en el camarote de Jack, en vasos de cartón, y luego llevamos a los niños a cubierta. Gritando como pajaritos alborotados, se subían a todos los sitios; tenías que agarrarlos de la muñeca todo el rato para evitar que se escurrieran por debajo de la barandilla y se cayeran al agua. Jack se puso unas gafas de sol, tal y como le correspondía a un viajero trasatlántico solitario y misterioso. Yo pasaría toda la noche a bordo y me iría a la mañana siguiente, antes de que el Slovenia zarpara hacia Perth Amboy para repostar fuel. Todo parecía muy romántico, como aquellas películas francesas con Jean Gabin vagando por los muelles entre la niebla; la tristeza de la despedida también formaba parte de la escena.

Hacia el final de la tarde Lucien y su familia se marcharon. Yo me tumbé con Jack en la litera. Los barcos pasaban lentos por el East River, y pensé que podía sentir las corrientes discurriendo por debajo del casco, reverberando en el suelo de acero.

Yo tenía muchas ganas de pasar la noche allí, pero hacia las once Jack se levantó presa de un extraño pánico. Casi toda la tripulación había desembarcado y aquello le parecía demasiado tranquilo. Quería que volviéramos a la ciudad y buscáramos un bar donde hubiera un montón de gente bebiendo cerveza; dormiría una última noche en tierra firme. Nos vestimos, bajamos por la plancha y deambulamos por la orilla. La oscuridad se había cernido sobre el río como tupido terciopelo negro. Aquí y allí, al final de los callejones sin salida, había tabernas mal iluminadas y marrones llenas de estibadores y marineros bebiendo a la luz de bombillas amarillentas. No había mujeres en este universo nocturno. De las chimeneas de los cargueros inmóviles salía un vapor asombrosamente blanco que se recortaba contra el cielo negro. Nunca había visto algo así. Era extraño pensar que, por ser mujer, probablemente no volvería a ver nada de esto; de no haber sido por Jack, no lo habría visto jamás.

Cogimos el metro para ir a la ciudad. En la calle 96 se paró de repente cuando se disponía a entrar en el túnel. Unos minutos más tarde el conductor entró en el vagón y nos dijo a todos que nos bajáramos. Alguien había saltado a la vía y se había matado. El rostro de Jack se volvió pálido y sombrío. Me arrastró escaleras arriba hacia Broadway. Caminamos en silencio hacia el West End, donde a Jack le pareció que Johnny el camarero le miraba de forma extraña, como si leyera la muerte en su cara. «Has estado bebiendo, eso es todo», le dije, pero de pronto sentí miedo por él. El suicidio del túnel también me había parecido un presagio funesto.

Al cabo de muchas cervezas, conseguí llevar a Jack a casa. Se movía y sudaba mientras dormía, murmurando entre dientes. Al alba se sentó en la cama y me contó que había tenido una pesadilla espantosa: «un tren que no se acababa nunca que paraba en un cementerio que no se acababa nunca; los pasajeros no eran monstruos, eran seres grotescos con la cara de mis amigos». Cuando le abracé, estaba temblando.

Dijo que tenía que levantarse, tenía que irse, su barco podría zarpar sin él. Intenté convencerle de que se quedara un poco más, pero no lo logré.

Ya en la puerta, me besó y me dijo que regresara a la cama. «Volveremos a vernos», se despidió.