Personajes secundarios

Joyce Johnson · Capítulo 13 de 18

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Personajes secundarios

Diez

Precisamente cuando ardía en deseos de marcharme de Nueva York, la ciudad se convirtió, ante mis ojos, en una especie de París. La nueva ola cultural que se había formado en San Francisco avanzaba imparable hacia Manhattan arrastrando consigo a recién llegados de todo tipo —poetas, pintores, fotógrafos, músicos de jazz, bailarines —, artistas auténticos y muchísimos más aspirantes al título. Algunos se hundían casi al instante, mientras que otros emergían rápidamente a la superficie y quedaban a flote. Jóvenes y sin un centavo, se reunían en el extremo oriental del Village para luego separarse y desaparecer en anodinos distritos de depósitos y almacenes fabriles, en la Cuarta Avenida, con sus librerías de viejo, en las calles del Bowery llenas de botellas de vino rotas. Era una zona de una crudeza industrial, proletaria, fea; ni siquiera era legal vivir allí, pero los caseros estaban dispuestos a hacer la vista gorda. Era un territorio fuera de la ley que, silenciosamente, absorbía a personas que en plena noche se escabullían para sacar la basura o escondían la cama detrás de una fila de cuadros, siempre alerta por si el inspector de vivienda llamaba a su puerta.

Un grupo de pintores mayores sobrevivía allí desde finales de los años cuarenta. En lofts que la industria textil había abandonado y en cuyo suelo, entre las rendijas de la tarima, todavía podían encontrarse agujas de máquina de coser, se habían zafado de las ataduras del caballete y, aprovechando el espacio del que disponían —una de sus escasas posesiones—, habían fijado sus enormes lienzos sobre las paredes de yeso agrietado o los habían clavado en el suelo. Se deshicieron de las paletas y utilizaron los tableros metálicos de viejas mesas de cocina. Llovía pintura sobre las superficies blancas —pintura de pared, si faltaba el dinero para los óleos—, colores que se deslizaban formando riachuelos, mezclándose, salpicando, coagulándose suntuosamente en capas relucientes, dando fe del gesto del brazo del pintor en un segundo congelado, como el acta de una danza loca y solitaria. O como la música, decían algunos, como el bop, como un riff de Charlie Parker, yonqui incorregible y genio aniquilado por el exceso en 1955, héroe póstumo de los tiempos que se avecinaban. O como la «prosa espontánea» de Jack, otra danza en el flujo del tiempo. En el número final de la Black Mountain Review había publicado un manifiesto que muchos pintores de Nueva York no tardarían en leer: «Al ser el tiempo esencia de la pureza del habla, el idioma esbozado es flujo ininterrumpido de secretas ideas-palabras personales, y sopla (como músicos de jazz) el contenido de la imagen».

Si cambiamos los sustantivos por cuadro, color, pincelada, nos acercaremos al modo en que los pintores se definían cuando discutían acaloradamente en The Club, un loft de la calle Ocho donde solían reunirse, o mientras bebían cerveza en el Cedar Bar o, ya de madrugada, tomaban café en Riker’s. Medio adormilados, volvían dando tumbos a sus estudios y encendían la luz para contemplar el nuevo lienzo de la pared, emparejándolo con las palabras que todavía les daban vueltas por la cabeza, exhaustos o deprimidos o peligrosamente exaltados; con el alquiler pendiente, sin dinero para comprar un tubo de rojo cadmio, otra mierda de año sin galería.

Pero Jackson Pollock había roto el hielo, decían, lo había roto para todos, y luego se había muerto —al clásico estilo americano— en su Oldsmobile; había muerto en la riqueza y la fama que, para cuando las consiguió, tan poco parecían importarle. Tan poco, que perdió el control de su coche y chocó contra un árbol en la carretera de Montauk, de camino a una fiesta con su amante adolescente y una amiga de ésta. Era un suicidio a punta de alcohol, el accidente del que, pasado un año, todos seguían hablando obsesivamente. Contaban un sinfín de historias de Jackson y peregrinaban hasta Amagansett, a la tumba marcada con un bloque de granito que había estado junto a la casa de Pollock y que ahora exhibía su firma en una placa de bronce, como si hubiera firmado su propia muerte: el nombre del pintor que, al final, completaba el cuadro.

La leyenda se pega a los artistas cuya muerte parece un corolario de su obra. En estos paralelismos perfectos, el público experimenta una satisfacción perversa semejante a la satisfacción que el artista siente al terminar una imagen. Parecía muy propio de Jackson Pollock —cuyos cuadros eran expresiones de furiosa vitalidad, vertiginosas redes de pintura sacada directamente del tubo; del Pollock que pegaba colillas en sus lienzos con una aparente falta de respeto brutal por los refinamientos del Arte— atravesar el parabrisas a ciento treinta kilómetros por hora. Trece años más tarde, muchos considerarían la discreta muerte de Kerouac en Saint Petersburg impropia de él, ligeramente embarazosa; sumamente irónica, como mucho. Habría sido mucho mejor que hubiera terminado como Pollock o como James Dean o como Neal Cassady, que había muerto de frío en una vía de tren.

Siempre he creído que, más que de la fama o de su público, los artistas se alimentan los unos de los otros. Entregar tu obra al mundo es una experiencia que entraña un vacío especial; la obra se separa del artista rumbo al vacío, como un mensaje metido en una botella y luego lanzado al mar. La crítica machaca y humilla. A Pollock lo saludaron como a un genio antes de que muriera, pero ¿habría olvidado aquella ocurrencia tan repetida, la de que sus cuadros los podía haber pintado un chimpancé? En cuanto a los elogios, se quedan cortos, en cierto modo, no son más que superlativos huecos. El verdadero artista conoce las trampas de la vanidad. Dar rienda suelta a las ansiedades es muy peligroso. Pero ¿lo has entendido?, ésa es la pregunta obligada. Apreciar y admirar no bastan: ¿lo has entendido? ¿Y entenderás lo que voy a hacer a continuación? El lienzo húmedo en mi estudio, la página que he dejado en la máquina de escribir. El artista, poco razonable, también querría saber esto. Los elogios son cosa del pasado, de la obra acabada; es la obra inacabada la que preocupa al artista.

Sigue en bruto perfiles en movimiento como de abanico sobre el contenido, como

una piedra de río, así la mente fluye por encima del necesario centro de la joya

(pasa sobre ella, una vez sólo), llega al punto de giro, donde lo que era «inicio»

borroso se vuelve «final» necesitado de agudeza y el idioma se acorta en carrera

para telegrafiar la carrera temporal de la obra, siguiendo leyes de «Forma

Profunda», hasta la conclusión, últimas palabras, último hilillo de agua de la

noche que es el «Fin».

JACK KEROUAC

 

En mi memoria, el verano de 1957 llega con un incendio, una gigantesca conflagración en la calle Ocho con Broadway. Recuerdo el cielo nocturno llenándose de humo y llamas, y el clamor de los coches de bomberos; recuerdo que era viernes y que, como no tenía nada que hacer, me había quedado en el centro después del trabajo. Los almacenes Wanamaker’s estaban ardiendo, el edificio antiguo e inmenso que, desde antaño, se alzaba como un emblema y una barrera entre el Village y el East Side. Aquel viernes por la noche quedó reducido a cenizas. El famoso reloj bajo el que tantas veces había pasado en enero para encontrarme con Jack se derritió como uno de Salvador Dalí.

Qué noche tan extraña. La inquietud estival, la muchedumbre contemplando el fuego, el olor de ceniza que lo invadía todo. Según los folletos que empapelaban el Village, aquella noche se inauguraban media docena de galerías en la calle Diez este. Parecía que las galerías, propiedad de los artistas y gestionadas por ellos mismos, hubieran ocupado, todas a la vez, los escaparates abandonados. Poco a poco, la destartalada manzana que quedaba entre la Cuarta Avenida y la calle Bowery se había convertido en un pequeño país de pintores. Franz Kline y Willem de Kooning, hombres cuyos nombres hacía muy poco que me resultaban familiares, vivían en aquella calle, como la mayoría de artistas desconocidos cuya obra estaba a punto de ver en las nuevas pequeñas galerías. La calle Diez tenía, para mí, el encanto de un lugar extranjero: aquella noche, entrar en la Diez fue como volver a descubrir Washington Square.

Bajo el extraño resplandor oscuro y anaranjado, mientras las sirenas pasaban aullando, grupos de gente deambulaban de un escaparate al otro discutiendo apasionadamente, riendo, felicitándose los unos a los otros, bebiendo vino en vasos de cartón, gritándoles a sus amigos «¿Ya has visto lo de March?»… «¡Eh, te veo en la galería Camino!»… «¿Franz anda por ahí? ¿Ha visto alguien a Franz?». Para entrar en la galería, primero tenías que mantenerte apartada de la estrecha entrada para dejar salir a un chorro de personas y, una vez en el interior, te abandonabas a un movimiento circular que avanzaba de un cuadro al otro, y tenías que mirarlo todo ni que fuera un momento, tanto si lo que veías te gustaba como si no. Aquélla era, al parecer, la regla no escrita: se debía prestar atención a las obras de todos los artistas.

La verdad es que yo no sabía qué pensar de los cuadros. ¿Qué se suponía que debía ver? ¿Dónde estaban las imágenes? En la universidad los profesores me habían enseñado a buscar las imágenes; pero allí me costaba encontrarlas. Y eso que hasta en los cuadros más difíciles de Picasso del MoMA había sido capaz de verlas. Pero ahí sólo había pintura. Unas veces podías sentir una energía tremenda, o una emoción difícil de traducir en palabras; otras, el cuadro no te decía nada. ¿Era así como tenías que decidir cuáles eran buenos y cuáles malos?

Sin embargo, aquella noche los juicios de valor no importaban; lo que importaba era el acontecimiento. Y el acontecimiento en el que había participado no era el principio de algo, sino la revelación al mundo de lo que hacía años que se cocía entre aquellos pintores de cuya existencia sólo estaban al corriente ellos mismos.

Mayores o menores, todos aquellos pintores parecían poseídos por el mismo impulso: descubrir formas nuevas e ilimitadas.

El final de junio se acercaba. Un viernes por la noche Elise, al salir del trabajo, encontró un aviso en el sobre de la paga. Estaba despedida; no había explicación alguna.

El lunes por la noche volvió a la oficina. Fue hasta su máquina de escribir y se sentó en su silla. Todos las personas con las que había trabajado se quedaron mirándola como si su comportamiento entrañara algún peligro. Hacía meses que Elise las conocía, pero nadie parecía darse cuenta de eso. Cogió una hoja del cajón y la colocó en la máquina de escribir. Tecleó su nombre una vez, y otra, y otra, y cuando ya empezaba a cansarse, «jovencilla emponzoñada de whisky, qué mala figurota

exhibes»[14].

Uno de los hombres se le acercó y le dijo discretamente:

—Señorita Cowen, usted ya sabe que aquí ha terminado. ¿Por qué no se va, como una buena chica?

—Quiero saber por qué me han echado.

—Usted váyase, ¿entendido? —contestó él.

Había llenado la página entera, así que la sacó de la máquina de escribir y cogió una hoja nueva.

—¡Eh! ¿Qué haces?

—Quiero saber por qué.

—Llamad al jefe —dijo alguien.

—Sí —los animó Elise—, llamad al jefe.

Lo esperó, preparada para escuchar lo que él tuviera que decirle. Sería la primera en admitir que no era especialmente buena en su trabajo. Cometía errores, llegaba tarde a menudo. Quería que el jefe le dijera también «Elise, eres una borracha y una bollera marimacho». Ella era un ser humano, igual que él. Los seres humanos se comunican sin intermediarios.

Se quedó sentada, tecleando, con la billetera en el regazo. Los empleados iban formando un corro a su alrededor, boquiabiertos, como si estuvieran mirando un accidente de tráfico. Aquello la distraía de su trabajo. Se detuvo y rodeó la máquina de escribir con los brazos; tenía la impresión de que el peso de la máquina la sostenía. Y entonces dijo con la voz clara: «Quiero una razón o una explicación»; y se sintió como Bartleby el escribiente sentado en la esquina de su oficina, repitiendo sin parar: «Preferiría no hacerlo».

Quien llegó fue la policía, tres agentes. Le pidieron que los acompañara. Y cuando se negó, la agarraron de los brazos, tirando, y le levantaron los dedos de la máquina porque seguía abrazándola. Las gafas se le cayeron al suelo. Todo estaba borroso cuando los tres agentes la separaron de la mesa y la arrastraron fuera de la oficina a toda prisa mientras sus pies arañaban el suelo.

—¡Quiero saber por qué! —gritó por última vez. En el ascensor, mientras bajaban, le pegaron un puñetazo en el estómago.

Llamó a su padre desde la comisaría. «Esto va a matar a tu madre», le dijo él.

Leo Skir recibió una llamada de Elise el martes por la mañana, muy temprano: su padre y su tío habían ido a buscarla, la habían dejado libre sin cargos, necesitaba ver a alguien. Leo le dijo que podrían encontrarse a la hora de comer. Un poco más tarde Elise me llamó y me comunicó que se marchaba a California. A mediodía Leo la esperó en una pizzería del Lower East Side, pero ella le dejó plantado. Estaba vendiendo sus libros en la Cuarta Avenida. Elise volvió a su apartamento, metió sus cosas en una maleta y, con ella en la mano, pasó por delante de la puerta del conserje sin pararse a pagar el alquiler.

 

Aquella noche fui a despedirla. Comimos chop-suey en silencio en la penumbra granate de un restaurante chino, y luego las dos esperamos hasta medianoche sentadas en el vestíbulo de la terminal de la Greyhound, bebiendo café sin azúcar en tazas de cartón, observando las idas y venidas de los parias de América.

Me había guardado un libro, una ajada edición de la colección Modern Library de El idiota. «Ya es hora de que lo leas», me dijo muy seria.

Aquella noche todos parecían fugitivos. Yo no tenía la sensación de que Elise se iba a San Francisco; simplemente desaparecía, pensaba, disolviéndose en un anonimato terrible. Le repetía que nos veríamos a finales de agosto. Alquilaríamos un apartamento juntas, ¿verdad? Mientras tanto, estaría bien que se pusiera en contacto con Jack. Pero aun así, tenía la sensación de que estaba marchándose para siempre.

 

Una noche el teléfono sonó. Era Jack llamando desde un bar de Berkeley. Había pasado todo el día dando vueltas por el jardín, pensando en lo que iba a decirme. «Joycey, no sé cómo decirte esto, así que seré franco. No quiero que te lleves una desilusión con San Francisco. Pero esta ciudad no vale nada. Ahora me arrepiento de habértelo pintado todo muy bonito y de que decidieras dejarlo todo. Sólo quiero avisarte para que no cometas un posible error por mi culpa, maldita sea».

Cuando le pregunté qué pasaba, me contó que la policía le había parado en cuatro ocasiones por caminar por la calle pasada la medianoche. Uno incluso le había puesto dos dólares de multa por haberse saltado un semáforo. El juicio por obscenidad al que Ginsberg tuvo que hacer frente por Aullido había dado lugar a todo tipo de problemas con la poli. Se estaban incautando de los libros de poesía de la gente. ¿Qué pasaría con Gasolina, de Gregory, o con el segundo número de Evergreen Review, en la que aparecía Aullido? «¡Éste es un lugar loco, absurdo, ridículo!». Se le terminaban las monedas y me dijo que me escribiría. Sólo quería que pensara bien lo que iba a hacer. «Me encantará verte cuando quieras. Me gustas mucho, eres una gran chica, tienes un corazón sincero. Pero presiento que me echarán de América».

La carta que me envió aquella semana describía una California cautiva en manos de lo que Jack llamaba la «Autoridad Policial Total». Aquello era un vivero de ancianos jubilados por el que la policía patrullaba de noche, empeñada en que nadie se divirtiera. La California «salvaje, final de los mapas» que tanto amaba había desaparecido. «Figúrate que una mujer escribió que si Jesucristo estuviera vivo, habría llevado a la policía a la librería para secuestrar los ejemplares de Aullido; esta actitud tan negativa, tan de señora mayor, lo invade todo, las casitas nuevecitas y ordenadas y las calles impolutas con líneas blancas y sus señales que dicen CAMINE, PARE, NO CAMINE».

Él sabía que no podría soportarlo mucho más tiempo. «Admito que, vaya a donde vaya, siempre termino aburriéndome y perdiendo la cabeza, pero esto no lo puedo soportar». Incluso al «salvaje y maravilloso Neal» le habían privado de su libertad de movimiento. Los carcas de los policías le habían retirado el permiso porque conducía «como un ser humano en vez de como un anciano». Era probable que la Autoridad Policial Total terminara adueñándose del Este, aunque Nueva York quizá les resultara demasiado inabarcable e indómita.

Pensaba que tendría que instalarse en México. Quizá, si todavía estaba decidida a viajar a San Francisco, podríamos ir a México juntos cuando pudiera irse de la ciudad. Aunque él prefería que los dos saliéramos de Nueva York después de Navidad. «Pero decide lo que quieras y haz lo que quieras», concluía.

Descubrí que, excepto cuando se trataba de las gestiones cotidianas, hacer lo que querías era mucho más difícil que hacer lo que debías. Ojalá hubiera subido al autobús con Elise aquella noche, aquello lo habría decidido todo. «Me quedo aquí sólo por un tiempo», les repetía a mis amigos, «Me voy a San Francisco». Luego regresaba a casa y leía y releía las cartas de Jack, y empezaba a dudar, y me preguntaba si volvería a gustarle California o si sería de verdad tan terrible como él decía. ¿O acaso lo decía porque era de mí de quien quería escapar? Aquélla era la duda que más me obsesionaba.

En su carta se me escapó entonces algo que ahora me parece evidente: la extraña y omnipresente vejez de la Autoridad Policial Total, con aquella «actitud tan negativa, tan de señora mayor», la pulcra vida de jubilado que quería imponer. Ahora la relaciono con Mémère, quien todavía no me parecía una adversaria formidable: no era más que una anciana que ponía las cosas más difíciles.

Cuando le respondí, le conté que seguía decidida a marcharme de Nueva York, como había planeado. ¿Estaría en San Francisco cuando yo llegara? ¿Había tenido noticias de Elise, se la había encontrado? Pero pasaron semanas antes de que recibiera otra carta de Jack. De Elise sólo me llegó una postal de la calle Lombard, «la calle con más curvas del mundo». La mayoría de las casas de San Francisco eran blancas, me decía Elise, «estilo rotundo, se impone el exceso». Había ido a The Place, pero hacía tiempo que nadie había visto a Jack. «Echo un poco de menos el East Side», escribió. Pero ¿y su vida? ¿Qué era de su vida?

Un sábado por la noche, bien provista de monedas, me planto en la cabina del Cedar Bar y consigo el número de The Place —«un bar muy conocido de North Beach, operadora»—, y luego llamo a la señorita Elise Cowen, escuchando cómo suena el teléfono en la otra punta del país. Allí también es sábado por la noche, aunque aquí les llevamos tres horas de ventaja, que no se me olvide. Cuando el camarero contesta, oigo al fondo una algarabía submarina y ahogada en cerveza parecida a la que se oiría si alguien llamara al Cedar. La operadora pregunta por Elise, y oigo cómo el camarero grita el nombre: «¡E-lise Cowen! ¡E-lise Cowen!… Lo siento, no está aquí», dice. «¿Está seguro? Es una chica morena con gafas, acaba de llegar a la ciudad». «No, lo siento». No sé si preguntar por Jack, pero su fama me violenta. Ya lo imagino: «¿Kerouac? Todo el mundo quiere hablar con él».

 

Salgo de la cabina y regreso al huso horario de Nueva York, donde la radio transmite el partido de los Yankees y un montón de hombres en mangas de camisa escuchan esta familiar cantinela veraniega, discutiendo a voz en grito quién será el próximo bateador como los clientes de un bar de barrio normal y corriente.

Preparándose para la próxima ronda, que, según cómo le dé, será gratuita, el dueño del local seca la barra con un trapo. Le gustan sus clientes, son buena gente, tranquilos, grandes bebedores. Vino y cerveza, sobre todo, aunque algunos tomaban cócteles de whisky y cerveza. Nunca había pensado en tener un bar de artistas; eran ellos los que iban al bar, qué demonios. Entre sus clientes circulaba un chiste acerca de los grabados de Currier and Ives que colgaban de la pared. ¿Qué tenían de gracioso Currier and Ives? Si tienes paredes, pues cuelgas algo. Y aquellos cuadros eran tan buenos como cualquier otro.

Una semana empezó a correr esta historia por el Cedar: un conocido coleccionista se siente moralmente ultrajado por un cuadro abstracto que ha visto en la calle Diez. «¿Qué clase de pintura es ésta?», pregunta. «¿Y a esto lo llaman un cuadro?». El pintor le pide a este hombre furioso que le describa lo que ha visto. «Pues medirá metro veinte por metro ochenta, blanco, con una línea negra de veinte centímetros en el centro». «¿Y qué más quiere?», responde el pintor, triunfal. Una réplica zen atribuida a Franz Kline, con su bigote fino y puntiagudo de guerrero oriental, y sus ojos castaños llenos de una amabilidad triste y deslumbrante. Al final de la barra, cerca de la puerta, se sienta y saluda a sus camaradas: «Te invito a una, vamos…». A sus cincuenta años, el dinero es toda una novedad para él. Parece un niño asombrado: alquilará un estudio más grande, comprará una casa en Cape Cod, quizá, contratará a uno de esos chavales desgreñados recién salidos del Black Mountain College para que le monte los lienzos en el bastidor. Hoy acaba de comprar un pincel, el más caro que ha tenido en su vida —¡así de ancho!—, que le ha costado veinticinco dólares…

El Cedar parece una reencarnación del Waldorf, y algunos de sus clientes, de hecho, son los mismos, pero yo ya no soy una inconsciente chica de catorce años. Una noche entré en el Cedar sin conocer a nadie, y en menos de una semana no sólo me había situado, sino que también me había echado una especie de novio, un antiguo alumno del Black Mountain lleno de entusiasmo que se llamaba Fielding Dawson y al que todo el mundo llamaba Fee. Me sentía algo culpable por cómo habían ido las cosas. «No voy a estar por aquí mucho tiempo», le comuniqué. «En cuanto tenga noticias de Jack, me largo a la Costa Oeste».

Pero como no tengo noticias de Jack, el plan de fuga me parece cada vez más irreal. Quizá nunca vuelva a tener noticias de Jack. Quizá el mejor modo de tener una relación sentimental consista en ser la parte que abandona, y no la abandonada. Mientras tanto, he dejado el apartamento de Connie y me he mudado a una habitación del Hotel Yorkshire, aquel en el que una vez juré que nunca viviría. El Yorkshire no es más que un almacén, un lugar al que sólo se puede ir a dormir. Comparto el baño con un desconocido al que no he visto nunca. Está entre las dos habitaciones: para entrar abres la puerta de tu cuarto y cierras con llave la del suyo desde el baño, y para salir, al revés. Si tuviera que decir dónde vivo, imagino que diría que en el Cedar. Incluso me paso por ahí a la hora de comer. De la calle, animada y brillante, penetro en un repentino crepúsculo marrón; me siento en una mesa del fondo y escribo en mi cuaderno y pido una sopa de pescado Manhattan. A Hiram Haydn, que ha presentado mi novela en Random House, le envío una postal con la dirección del Yorkshire. Me llama a la oficina y me reprocha con tono paternal: «¡Has tenido tantas direcciones!». Tres en un verano, un número nada despreciable.

A veces voy al pequeño estudio de Fee. Está en una bocacalle de la calle Bowery y es el peor lugar que he visto nunca, peor que el Yorkshire o que la antigua habitación de Elise en la calle 108. El edificio parece a punto de derrumbarse. Hay agujeros en la tarima del suelo y grietas enormes en el techo. No tiene calefacción (por suerte no estamos en invierno), y del grifo de 1907 no sale más que un hilillo de agua; papeles, botellas de cerveza, tubos de pintura vacíos, montañas de ropa por lavar en el suelo. Me siento en el catre mientras Fee dibuja mi retrato en un gran cuaderno con los impetuosos trazos de su carboncillo.

Fue el mismísimo Kline el que le enseñó a dibujar así un verano en Black Mountain. Fee sólo tenía dieciocho años. Era un muchacho aturdido recién salido del instituto de Saint Louis, que acababa de dejar a sus espaldas una reputación humillante, la de bicho raro de la clase, que él asumía con orgullo. Había convencido a su madre de que lo enviara a las verdes colinas de Carolina del Norte para conocer a la vanguardia de Estados Unidos: allí no sólo estaba Kline, sino también Buckminster Fuller, Paul Goodman, Willem de Kooning, John Cage, Merce Cunningham, Edward Dahlberg, Robert Creeley y Charles Olson. Una extraordinaria colección de personalidades visionarias, excéntricas y apabullantes. En aquella comunidad experimental e incestuosa la vida era tan intensa que Fee, como otros antiguos alumnos de Black Mountain a los que conocí, nunca se repuso del todo.

Incluso la decadencia de Black Mountain resultó radical. El cuerpo de profesores se había dividido en facciones. En 1954 al colegio se le agotaron los fondos. Aquel invierno se quedaron sin carbón y sin comida. Un grupo reducido resistió talando árboles a fin de conseguir leña para calentarse, robando comida en el colmado, si hacía falta, disputándose la posesión de las pocas mujeres disponibles y bebiendo grandes cantidades del destilado ilegal de la zona. Pero el último año sólo quedaban el poeta Charles Olson y el pintor Joseph Fiore y una docena de estudiantes desharrapados. Un día de otoño de 1956 se montaron en varios coches y se marcharon de allí, apesadumbrados. Unos enfilaron hacia el Oeste, hacia San Francisco, otros terminaron en Nueva York, en el Village.

Siete años después de su primer encuentro con Kline, Fee todavía tiene el aire aniñado y los modales desgarbados de alguien que pasó su adolescencia en el campo de béisbol y que ahora se entrega al arte, a la embriaguez y a las intensas emociones del Cedar, siempre dispuesto a dejar que alguien o algo lo deslumbre. «Este Fee», decían los pintores mayores con el nostálgico afecto del viejo que ve cómo el joven se lo pasa en grande. Kline le invita a cerveza y sándwiches. «Si bebes tienes que comer, Fee».

Si no estuviera enamorada de Jack y, quizá, a punto de marcharme, la idea de convertirme en «la parienta» de Fee me habría resultado tentadora. Me encargaría de enderezarle un poco, de ordenar el estudio; pagaríamos el alquiler a medias, tendría un hijo o dos y me convertiría en una de esas mujeres cansadas, calladas, abnegadas y muy respetadas que algún sábado por la noche acompañan a sus maridos al Cedar con uno de esos sosos vestidos de segunda mano en los que el añadido de unos cuantos abalorios consigue imprimir cierta gracia. Incluso una jovencita puede transformarse en una señora, convertirse en el sostén del genio autodestructivo de otra persona. Quizá baste con alimentarse de las historias de Fee Dawson: «La noche que los ojos suplicantes e inyectados en sangre de Jackson Pollock aparecieron en la ventanita de la puerta del Cedar y John el camarero dijo: “Has sido un chico malo, Jackson. No puedes entrar”… La noche que Franz… La noche que Bill de Kooning entró y dijo…».

En realidad, son las historias de Fee y cómo las cuenta lo que, a mis ojos, lo hace irresistible. Es el biógrafo de cientos de instantes en los que, en mitad de la noche, o en una interminable tarde regada de cerveza, alguien pronunció una frase absolutamente perfecta y masculina, una frase inolvidable: una revelación que mereció horas de espera y de «me entiendes, ¿no?». Agotado, se agita en el taburete de la barra mientras intenta recordarla, casi al borde de las lágrimas, con la frente medio oculta tras mechones de pelo.

En Fee identifico rasgos de Jack y de Allen, unos rasgos que, en los hombres, me resultan atractivos: la búsqueda del momento culminante, de la intensidad por la intensidad misma, algo que, al parecer, sólo encuentran cuando están entre ellos.

Una tarde de mediados de julio tuve que pedir permiso en la oficina para salir una hora antes. Dije que tenía cita en el médico y cogí el autobús hasta Random House para reunirme con Hiram Haydn. Cuando entré en su despacho dijo: «Bien, queremos ser tus editores. ¿Y tú, qué opinas?».

¿Que qué opinaba? No era capaz de opinar nada. La carpeta azul con mis cincuenta páginas estaba en su escritorio; detrás, en las estanterías, estaban todos los libros que había editado. Como una colegiala, respondí: «Es genial»; pero yo sabía que una auténtica autora habría dicho algo mucho más rimbombante. Pulsó un botón y una secretaria editorial, una chica joven como yo, nos trajo café. «Te presento a Joyce Glassman», le dijo Hiram Haydn. «Ve a ver si Bennet Cerf está en su despacho».

Más tarde, cuando salió de Random House —que en los años del reinado editorial de Bennet Cerf era una mansión de piedra rojiza—, la autora Joyce Glassman se quedó parada en la avenida Madison, mareada, y se preguntó si la hora que acababa de pasar había sido la mejor de su vida; sin embargo, tenía la sensación de que no le pertenecía, de que no se la había ganado honradamente, de que tener un editor a los veintiún años no había sido más que un golpe de suerte, por no hablar de la desorbitada suma de quinientos dólares. Se diría que se había saltado algunas etapas indispensables: el amable desinterés y el desprecio de los editores, años de hambre y de lucha —como los que había pasado Jack— durante los cuales la camaradería de escritores igualmente condenados al anonimato habría sido su único apoyo. Bennet Cerf, en cambio, me había estrechado la mano. «Tu libro comercial», me dijo Fee cuando le conté la noticia.

Pero aquella semana mi suerte no acabó ahí. Al día siguiente, en la oficina, Robert Giroux me llamó a su despacho y me dijo que iban a ascenderme de secretaria editorial a asistente editorial. Aquel ascenso era todo un honor; sabía que podías quedarte de secretaria toda la vida. Quizá un día llegara a convertirme en editora, aunque eran muy pocas las mujeres que llegaban tan lejos, y las que lo conseguían eran señoras que ya pasaban de los cuarenta. Tenías que ser riquísima, o estar loca, o prometida, para dejar escapar aquel golpe de suerte. Acepté el puesto al instante, y sólo después me di cuenta de que, al hacerlo, había renunciado a California. Luego volví a casa, a mi habitación en el Yorkshire, y por fin encontré una carta de Jack.

La había enviado desde Orlando, donde acababa de mudarse con Mémère a un apartamento a la vuelta de la esquina de donde ella vivía antes; a todos los vecinos aquello les hacía muchísima gracia. Solían pasarse por la casa para reírse de Jack. Le quedaban treinta y tres dólares, el ejemplar de muestra de En el camino seguía en una estantería, olvidado, y, «superada la fase del agobio», ahora Jack se sentía rabioso; así que al día siguiente salía para México. Quizá Viking Press tendría a bien alimentarle.

Si quería podía reunirme con él, a menos que aún abrigara la idea de ir a San Francisco. Un autobús de la Greyhound —rumbo al sur, esta vez— nos llevaría a mí y a mi equipaje hasta él. En México había «apartamentos suntuosos» por veinte dólares al mes. Podríamos ser dos escritores en México, juntos. Mientras tanto, se instalaría en un tugurio de once dólares y escribiría a la luz de una vela en su solitaria habitación. «Así que, dulce Joycey, decide qué quieres hacer».

Y decidí. La moneda cayó del lado del arte y el amor.

A la mañana siguiente le dije al señor Giroux que en agosto dejaría Farrar, Straus. Me iba a México para terminar mi novela y estar con Jack Kerouac. Parecía algo alarmado, pero se abstuvo de convencerme de que cambiara de opinión.

Adiós, Nueva York. En México quinientos dólares te aseguraban la subsistencia de por vida, o casi. Les dije a mis padres que me iba de vacaciones. Le dije a Hiram Haydn que dentro de seis meses tendría la novela terminada. Me compré un manual de conversación inglés-español y apunté las direcciones de bohemios mexicanos que me habían pasado los pintores del Cedar. «Estoy harto, loco», me había confesado Jack en su carta, pero yo estaba convencida de que en cuanto estuviera con él se le pasaría todo.

 

En California, en una noche de locura y luces de neón, Jack se zafó de la soledad que le había impuesto la senil Autoridad Penitenciaria; se largó a San Francisco con Neal Cassady y los otros cómplices borrachos que fueron a buscarlo a su casa. Con porros y vino pasando de mano en mano, el coche zumba por el puente del Golden Gate. «¡Guau!». Cantando a voz en grito, Jack va dando tragos del tinto de California con la cabeza echada para atrás, ahogando a Mémère, que, apretando los labios, se ha quedado en casa, delante de las sandeces que parpadean en el televisor. Con su pandilla de amigos, el prófugo va reclutando por los bares de North Beach en los que paran a un ejército de juerguistas, poetas, chicas, músicos sin trabajo, afables gorrones algo colgados: «¿Dónde te habías metido? Hacía tiempo que no te veía». A medida que esta noche de locura enloquece todavía más, las conversaciones que el alcohol va lastrando se tornan cósmicas —aunque más tarde resultará imposible repetirlas—, la intensidad de la música del jukebox traspasa el alma.

Perdido en el vino, Jack ya no es el cabecilla de esta turba jubilosa, sino su niño descontrolado, ciego. Le ceden las piernas como a un bebé. «¡Que alguien lo agarre!», y la redonda cara de Mémère le lanza un reproche: ¿Qué estás haciendo, mi pobrecito Ti-Jean? Lágrimas de culpa inundan sus ojos, aunque en el Vacío en el que nada existe no existen las lágrimas, ni Jack, ni siquiera Mémère, la santa criminal que por entre las piernas expulsa bebés al agonizante cementerio del mundo. Lo único que queda es la terrible conciencia incorpórea de Jack.

En The Place ve a una chica extraña, morena e inquieta, de pie, parada entre la muchedumbre que se agolpa en el bar. Una chica perdida que no conoce a nadie, que no habla con nadie. Ha bajado a la calle dejando atrás una habitación de hotel de la que hace una semana que no sale y se ha metido allí. La última vez que Jack había visto aquel rostro estaba en una esquina del Village con Allen. Un nombre emerge en su infalible memoria.

Elise.

«Yo era demasiado para ella, con todos aquellos borrachos detrás de mí», escribió enigmáticamente en la carta en la que me invitaba a reunirme con él en México. «Todo estalló… tenía miedo de escribirte… Pero aquí tienes a tu loco de atar».

 

En mi imaginación, México es como una de esas frutas que más vale no probar: dulce y de color de mango. Pégale un mordisco donde no debes al rosa anaranjado de su pulpa, y un veneno invisible invadirá tu sistema. Grupos de campesinos vestidos de blanco con pistolas, como en un cuadro de Orozco. Las palomas sobrevuelan en círculo la cúpula de la catedral. Gringos en las últimas, como el cónsul de Malcolm Lowry, se sientan en los balcones sorbiendo fuego líquido. Hay una habitación blanca con una cama con cabezal de hierro donde Jack y yo dormimos hasta tarde entre sábanas húmedas y enredadas mientras la luz se cuela por las tablillas rotas de las contraventanas; la sombra de las palmeras de la calle, las moscas zumban en el techo agrietado. El día nos espera, resplandeciente y traicionero: una aventura ignota que compartir.

«Qué fantástica mezcla de miedo y emoción debes de estar sintiendo ahora», me escribe Elise una semana antes de que me marche de Nueva York en un estado de temerosa felicidad que, no sé cómo, a casi cinco mil kilómetros de distancia, ella consigue describir con extraordinaria precisión. «Alégrate, dedícate a la fiesta y al amor en México. Dale a Jack recuerdos avergonzados, de mi parte».

Llamé a The Place tres noches seguidas después de leer la carta de Jack, hasta que logré encontrarla. No tenía ni idea de lo que iba a decirle, pero cuando conseguí dar con ella le conté la verdad: que lo sabía y que no pasaba nada y que cómo estaba. Eso era lo que me importaba. Estaba sin blanca, me dijo. Por lo demás, bien. Aquel lugar era raro; todavía no había encontrado trabajo. Pero pasar con una comida al día hacía que te sintieras agradablemente colocada, agudizaba los sentidos, así que quizá siguiera con la dieta. «Si por casualidad te llama mi padre, dile que estoy trabajando de camarera o algo así».

A la mañana siguiente le envié veinticinco dólares y ella me contestó con una postal con focas tumbadas al sol: «Eres un sol».

En Ciudad de México Jack se bajó del autobús de la Greyhound y caminó hasta la calle de Orizaba, hasta la casa en la que se había alojado otras veces, primero con Bill Burroughs después de la muerte de Joan y más tarde, al cabo de cuatro años, en un cuartucho de adobe en la azotea; aquél era un verano que flotaba en su memoria como una ensoñación de marihuana, como una desolación que ahora le parecía plácida. En el cuarto cerrado con candado había leído todos los sutras a la luz de una vela; castamente, atormentadamente, había amado a Esperanza Villanueva, la mexicana de inmensos ojos tristes que le conseguía la morfina. En la planta baja vivía Bill Garver, un yonqui viejo que casi nunca salía de su minúsculo apartamento, un ajado chamán de Manhattan que citaba a Mallarmé y hablaba de civilizaciones perdidas y que años antes se había ganado la vida robando abrigos. Nueve meses antes, la última vez que Jack lo vio, Garver le había dicho: «No volverás a verme con vida».

Siempre que quería visitar a Garver golpeaba en su ventana. Ahora, mientras se acercaba a la casa, advirtió que habían cambiado aquel cristal que llevaba tantos años roto. Le preguntó a la casera dónde estaba el señor Garver. «Señor Garver se

murió»[15]. Entró y subió las escaleras hasta el cuartito de la azotea que todavía consideraba como propio, en el que había escrito Tristessa y los poemas que tituló México City Blues. La puerta estaba abierta, y dentro las paredes estaban recién encaladas; ahora una joven española con una blusa de encaje vivía allí.

Era la última visita de Jack a México. Caminó hasta el centro y encontró una habitación en un «siniestro hotel de mármol».

Tres días más tarde se despertó en el hotel en una temblorosa oscuridad que lo zarandeó; al principio pensó que estaba en el mar, en el fragor de una tempestad atlántica. Podía oír las paredes derrumbándose, las sirenas, los gemidos de las mujeres. El mundo de los vivos y de los muertos llegaba a su fin en el interior de la Sutra del Diamante del Paraíso, donde él yacía aterrorizado con el silencio zumbándole en los oídos.

Pero cuando los temblores del terremoto se apagaron, su visión del Apocalipsis lo abandonó y volvió a estar solo, a ser mortal, desterrado lejos de toda carne humana, del calor y del tacto, con el corazón helado.

Se levantó y arrancó páginas de su cuaderno garabateando frases delirantes en una carta que enviaría a Nueva York por correo aéreo. «Baja, te estoy esperando. No vayas al ridículo Frisco…».

¿Qué iba a ver en Frisco que me resultara nuevo, extranjero y extraño? Lo que iba a hacer, en cambio, era montarme en un avión rumbo a Ciudad de México (el autobús tardaba demasiado), coger un taxi que me llevara directa a la habitación de Jack, y llamar a su puerta.

Por si algo me hacía dudar —su incoherencia, que no podía evitar, o la «irresponsabilidad» que Elise le había reprochado con tristeza— me describió su monacal habitación, que ya entonces detestaba, como «magia árabe». Dormiríamos en aquella opulencia enlosada, en una cama de matrimonio grande y limpia rodeada de enormes espejos ovalados de «orgía sexual». Nuestro baño privado tendría techos de seis metros de altura y «ventanas mahometanas». Y cuando nos cansáramos de la estancia del sultán y de sucumbir a las tentaciones de la ciudad, alquilaríamos una casita en el campo con flores en las ventanas. «Nos dedicaremos a escribir y cobraremos nuestros cheques en grandes bancos americanos y comeremos sopa caliente en los puestos del mercado y flotaremos en balsas de flores y bailaremos la rumba en tugurios imposibles de a 10 centavos la cerveza».

Quizá después de México yo podría ir a San Francisco a ver a Elise y terminar lo que Jack bautizó como mi «tour educativo». «Pero estoy solo, echo de menos tu amistad y amor». Tenía mil razones para viajar: comeríamos y beberíamos y haríamos el amor en aquella cama enorme, pasearíamos de la mano visitando pirámides aztecas y catedrales rosas. «Y espera a beber zumo de naranja recién exprimido en vasos de agua grandísimos cada mañana por sólo 7 centavos».

Tres días antes, ya le había contestado a Jack —envié la carta a casa de su madre — que iría a México; pero nunca recibió aquella carta. No habría hecho falta incentivo alguno. Ni habitación de magia árabe, ni pirámides, ni zumo de naranja. Me extrañaba que no lo supiera. Parecía que me viera como un espíritu libre, imagen que no terminaba de encajar con el concepto que yo tenía de mí misma. ¿Una chica capaz de sopesar fríamente entre la alternativa de México y la de San Francisco? Incluso había detectado a la ávida escritora que habitaba en mi interior y que yo siempre relegaba a un segundo plano. Iba a enseñarme cosas que la mayoría de mis compatriotas nunca vería. «Y puedes escribir un libro largo», me prometió.

 

Una tarde de 1975 crucé la frontera y vi Tijuana. Tijuana no era más que adobe y chabacanería deslucida, y apáticos vendedores de cerditos de cerámica empujando carros en el aire sofocante. No era el México de Jack. Nunca vi aquel país de palabras, ni llegué a penetrar en sus misterios. Nunca cogí un taxi en el aeropuerto ni recorrí, dando tumbos y asomándome por la ventanilla hasta divisar el número del hotel de mármol, las calles llenas de grietas enormes de las que retiraban los escombros del gran terremoto. Ni le dije al conductor que parara, contando los pesos a toda prisa y corriendo, ansiosa, a preguntar por el señor Kerouac. Milagrosamente, lo encuentro en el mismo estado de desamparo en el que escribió la carta. Y con mi presencia erradico para siempre su tristeza y esa lacerante inquietud que le impide disfrutar del lugar donde está y que envenena todos sus destinos.

Jack se marchó de Ciudad de México una semana antes de la fecha impresa en mi billete de avión, aquejado de una fiebre que parecía la última señal de que la ciudad se le estaba echando encima, de que lo estaba expulsando. «No quiero que te confundas —escribió justo antes de partir—, no he podido evitar este cambio de última hora». Iba de camino a Orlando, a casa de su madre. Nos veríamos en Nueva York, en mi habitación verde del Hotel Yorkshire cuando En el camino se publicara en septiembre. Después de todo, el editor quizá estaría interesado en que hiciera algunas presentaciones. «Algún día verás México, ahora yo no podía aguantar solo y enfermo». Incluso pensaba que México podría haberme distraído tanto de la novela que traía entre manos que habría terminado totalmente desmoralizada. Pero ir a San Francisco habría sido tirar el dinero. «No te gastes el anticipo; cuando seas rica, vete a París».