Personajes secundarios
Once
En el camino se publicó el 5 de septiembre de 1957. Recuerdo a la perfección que pasé el 4 de septiembre sentada junto a una de las ventanas altas y estrechas del apartamento al que me había mudado dos días antes. Recuerdo que desde ahí veía los edificios marrones de la acera de enfrente —que en aquella época, todavía sin restaurar, se veían muy deteriorados— y las empinadas escaleras de entrada en las que fumaban los porteros y que las señoras mayores subían muy despacio con sus perros jadeantes. Mirando al este, alcanzaba a ver toda la avenida Columbus y el Donnelly’s Irish Bar, y más allá todavía, Broadway, por donde Jack, después de salir del metro con la mochila al hombro y doblar la esquina, subiría en el momento menos pensado. Doblaría a la calle 68 y, tras echarle una mirada sedienta y fugaz al Donnelly’s, seguiría su camino rumbo a lo que, en la última carta que me había enviado desde Orlando, había llamado «nuestro apartamento». Se alegraba mucho de que lo hubiera encontrado, pero juraba que habría estado a gusto hasta en el Yorkshire. Cualquier cosa sería mejor que aquel México deprimente.
Le había enviado treinta dólares de mi anticipo para el billete de autobús a Nueva York, donde al día siguiente le entrevistarían para la revista Time, que también había enviado un reportero a París para que entrevistara a Allen Ginsberg. A mediodía ya había recibido varias llamadas de Viking Press. ¿Había llegado Jack Kerouac? ¿Podría decirle, por favor, que los llamara en cuanto llegara? ¿Podría decirle que le tenían preparadas muchas cosas? ¿Haría el favor de asegurarme de que los llamaría? El jefe de prensa parecía al borde de la desesperación. «¿Y con quién hablo, por cierto?», preguntó con cautela. ¿Estaría confiando asuntos de importancia a una de esas jovencitas disolutas sobre las que el autor de En el camino solía escribir? Le dije que era una amiga de Jack y añadí, con mi mejor acento de Barnard, que hasta hacía muy poco había trabajado en una editorial. Entre llamada y llamada, corría de vuelta a la ventana.
Todavía no había llegado el otoño, aquélla era la época del año en la que casi nunca ocurría nada importante, en la que la ciudad, aún adormecida por los últimos calores del verano, se tomaba un breve descanso antes de la irrupción de lo que Jack todavía denominaba, con fervor infantil, «la nueva temporada». Incluso el Cedar se había quedado vacío; los pintores se habían ido a nadar, como la gente con trabajos más normales que se tomaba vacaciones. El único acontecimiento digno de mención del verano se lo debíamos a la visita del poeta Robert Creely, al que Fee me había descrito en una ocasión como un personaje bastante llamativo: iba envuelto en una capa negra, era tuerto y llevaba barba, como un pirata, y tenía un aura terrible que, allí adonde fuera, provocaba peleas espantosas. Creely siempre salía ileso, pero no era raro que los desventurados que le acompañaban a los bares de trabajadores que frecuentaba terminasen con una silla quebrada en la cabeza. Se decía que eran legión las mujeres que habían sucumbido al encanto de Creely, quien solía robárselas por poco tiempo a novios y maridos. «Por amor: Yo / te abriría la cabeza y colocaría / una vela / detrás de los ojos», escribió en «The Warning». Incluso a Jack le impresionaba la reputación de Creeley. «Por favor, escribe y cuéntame sin dejarte detalle —había escrito desde Florida— cómo y dónde conociste a Bob Creeley y lo que pasó y lo que dijo y lo que va a hacer ahora. Ya sabes que es un personaje misterioso, y todo el mundo se andaba preguntando dónde estaba». Pero todo lo que podía contarle se reducía a una noche algo aburrida que pasé en una mesa del Cedar en la que Creeley, Fee y un par de poetas de Black Mountain demasiado pobres para marcharse una temporada de la ciudad habían discutido la teoría que Charles Olson había expuesto en Verso proyectivo. Luego se pusieron a jugar con una pelota de béisbol, como hacían en Black Mountain, hasta las dos de la madrugada.
En Cape Cod, o quizá fuera en Nantuckett Sound, Orville Prescott, el crítico del New York Times —conservador, de mediana edad— disfrutaba de sus vacaciones. En la calma chicha de aquel agosto, la crítica de En el camino recayó sobre un hombre más joven: Gilbert Millstein. Hacía años que seguía la trayectoria de Kerouac, desde que se tropezó con la frase «generación beat» en la novela de John Clellon Holmes Go y, decidido a ir más allá de la definición, le encargó a Holmes un artículo al respecto.
Aquella combinación de fechas había sido un magnífico golpe de suerte; lo parecía, al menos; igual que algo más tarde pareció una brillantísima estrategia de Viking Press.
Al atardecer del 4 de septiembre, el autobús de la Greyhound entraba en Manhattan por la puerta trasera. Atravesó las llanuras de Jersey, las marismas antaño pobladas de juncos que el petróleo arrasó donde las chimeneas de las fábricas vomitan una llama eterna y donde, de repente, el puente de Pulaski se recorta, oxidado, contra el cielo; un Kline que no cabría en ninguna galería. Y allí empiezan a divisarse los rascacielos de la ciudad, fantasmas de plata que se alzan sobre la basura fétida, sobre las azoteas de amianto de barrios míseros, señalando la última etapa del viaje.
Era un trayecto que Jack se sabía de memoria. Nueva York era el implacable campo de pruebas de los sueños, nunca te concedía lo que tanto le habías pedido, siempre te escamoteaba algo. Cuando salió su primer libro, nadie le habría convencido de que las cosas eran así, pero ahora estaba dispuesto a conformarse con mucho menos de lo que en aquella primera ocasión le había parecido innegociable: el dinero suficiente para apañárselas una temporada, algunos buenos momentos que recordar más adelante, el elogio que consiguiera arrancarles a los críticos acerca de lo rompedora que resultaba la musicalidad de su prosa (era muy poco probable que miraran el tema de la novela con buenos ojos).
No sabía muy bien qué pensar de En el camino. La había escrito seis años atrás, cuando era muy joven, y trataba de sus aventuras con Neal. Cuando le dio a éste uno de los primeros ejemplares encuadernados en California, advirtió cierta frialdad en su mirada. Y de todos modos, los editores de Viking habían violado su espontaneidad. Ahora, cuando ya era demasiado tarde, se arrepentía de todas las revisiones que había accedido a introducir. En cuanto a Dr. Sax y Visiones de Cody, los libros que él consideraba sus obras magnas, las más revolucionarias e impactantes, ningún editor había mostrado interés alguno.
Sin embargo, imaginaba la fama con una inocencia absoluta, con el anhelo del tímido por establecer nexos más tangibles con el mundo. Con un libro podías ser conocido sin ponerte al descubierto. Cuando ya estuviera cansado de las fiestas literarias y de las locas noches de Manhattan, cogería su dinero, se despediría de sus amigos de Nueva York y se pondría en marcha otra vez, más libre que nunca.
De pie al lado de la ventana mientras la tarde del 4 de septiembre se convertía en noche, le daba vueltas a una cuestión muy alejada de la literatura. En realidad, estaba pensando en una frase anticuada que a los millones de futuros lectores de Kerouac no les parecería, en absoluto, propia del escritor: «Me muero de ganas de estrecharte entre mis brazos». Estaba escrita a lápiz al final de una carta que me había mandado cinco días atrás.
Vi a un hombre que caminaba por la calle 68: cabello negro y reluciente, camisa hawaiana con un estampado azul chillón, tan azul como sus ojos… Pasó un instante antes de que estuviera completamente segura. Y entonces corrí escaleras abajo.
En el camino es la segunda novela de Jack Kerouac, y su publicación es un acontecimiento histórico en la medida en que el descubrimiento de una auténtica obra de arte reviste una trascendencia vital en una época en la que la atención se ha fragmentado y la sensibilidad ha quedado embotada por los superlativos de la moda (multiplicados un millón de veces por la naturaleza y el impacto de los medios de comunicación).
GILBERT MILLSTEIN, The New York Times,
5 de septiembre de 1957
En la esquina de la calle 66 con Broadway, delante de la boca de metro, había un quiosco. Justo antes de que dieran las doce de la noche, nos levantamos, nos vestimos a oscuras y bajamos hasta allí, adormilados, con la pesadez de la vigilia que te asalta después de hacer el amor. Según Viking, al día siguiente saldría la crítica. «Quizá será increíble, ¿quién sabe?», dije. Jack no parecía tan convencido. Aun así, siempre podríamos parar en Donnelly’s de vuelta a casa para tomarnos una cerveza.
Vimos cómo descargaban los periódicos del camión. El viejo del quiosco cortó el cordel marrón con una navaja, compramos el primero del montón y nos quedamos debajo de una farola pasando las páginas hasta que encontramos la sección «Libros del Times». Mientras leía el primer párrafo me mareé un poco, me sentía como si estuviera subida a una noria que giraba demasiado deprisa, balanceándome en el vacío, riendo y jadeando a la vez. Jack permaneció en silencio. Cuando terminó de leer la crítica, preguntó: «Es buena, ¿no?». «Sí. Es muy buena, buenísima».
Caminamos hasta Donnelly’s, abrimos el periódico en la barra y leímos la crítica juntos, línea por línea, un par de veces o tres, como estudiantes enfrascados en el análisis de un texto difícil del que, les parecía, iban a tener que responder.
[…] la expresión más bellamente ejecutada, la más clara y la más importante
que ha surgido en el seno de la generación que el propio Kerouac definió años
atrás como beat y cuyo principal avatar es él mismo. Si Fiesta, más que ninguna
otra novela de los años veinte, llegó a ser considerada el testamento de la
generación perdida, no cabe duda de que En el camino será reconocida como el
testamento de la generación beat.
Aquello era muy emocionante, y también aterrador. Había leído muchas críticas durante mis dos años de experiencia editorial: ninguna había contenido una sentencia tan categórica acerca de la historia. ¿Qué esperaría la Historia de Jack? ¿Qué esperaría una generación de su avatar? Recuerdo que deseé que, en lugar de estar en París, Allen estuviera con nosotros para explicárnoslo todo.
Jack no paraba de mover la cabeza. Curiosamente, más que alegre parecía extrañamente perplejo, como si no lograra comprender por qué no se sentía más contento.
Volvimos al apartamento y nos metimos otra vez en la cama. Jack se acostaba siendo un desconocido por última vez en su vida. Cuando el teléfono lo despertó a la mañana siguiente, ya era famoso.
Quien llamaba era Keith Jennison, uno de los editores de Jack en Viking, que venía a toda prisa al apartamento con media caja de champán. La cargó por las escaleras — cuatro pisos— y luego nos bebimos el champán con zumo de naranja —actitud más propia de la generación perdida que de la beat— mientras el teléfono no dejaba de sonar: periodistas que querían entrevistar a Jack, viejos amigos emocionados, invitaciones a reuniones varias, y mi madre, que quería saber cuándo iría a su casa a cenar y qué era todo aquel barullo en el apartamento. Era la radio, le dije. Pero en realidad era Jack, que había bebido mucho champán en muy poco tiempo y, con una borrachera descomunal, había roto un silencio que a Keith Jennison debía de parecerle algo lúgubre para hacer gala, por fin, de la vociferante jovialidad que la ocasión requería. Jack interpretaba las normas de cortesía a su extravagante manera; en cierto modo, su honor le obligaba a cumplir las expectativas que despertaba en los demás. Vaciamos las tres botellas de champán con una celeridad que dejó a Keith Jennison boquiabierto. Cuando se marchaba de vuelta a la oficina, bastante alegre, por cierto, me apartó a un lado. Tomó mis manos entre las suyas, las estrechó ligeramente y me miró a los ojos, ansioso. «Cuida bien a este hombre», me dijo.
El primero de los muchos periodistas que entrevistaron al autor de En el camino llegó al apartamento unas horas más tarde para desentrañar la verdad de la generación beat y de su avatar. ¿Qué sentía uno, siendo beat?, preguntó. «Cuéntame, Jack. ¿Cuándo te diste cuenta de que erais una generación? Y, según tus cálculos, ¿cuántas personas la integran? ¿América se volverá beat? ¿Nos estás pidiendo que demos la espalda a nuestra familia y a nuestro país y que sólo pensemos en divertirnos? ¿Y qué sociedad nos espera dentro de dos años?».
«¡Eh! —contestó Jack—, bebe un poco de champán. Esta mañana mi editor se ha presentado con todo este champán».
«Muchas gracias, pero no, seguiré con el café». Anotó algo en su cuaderno y le explicó que quería mantener la cabeza clara para la entrevista. Jack le aconsejó que probara a escribir algo colocado. El periodista le dijo que algún día, quizá, pero que para su profesión no resultaba muy conveniente, tenías que ajustarte a los hechos. Y entonces Jack se explayó con él y le confesó que él había querido ser periodista, un periodista deportivo famoso, y que su padre siempre andaba con la gente del periódico cuando era impresor en Lowell. Al entrevistador aquello no parecía interesarle demasiado. «Y volviendo un momento a la generación beat, Jack, ¿por qué consideras que tus amigos y tú mismo estáis “golpeados”?».
Mientras escucho a escondidas desde la cocina, donde estoy hirviendo agua para el café, pienso que este periodista con pinta de haberse tragado la crítica de Millstein sin haber entendido nada de nada no vale gran cosa. Millstein hablaba de excesos y diversión y «desvaríos violentos», pero también insistía en que Jack expresaba una necesidad de afirmación, «aunque se encuadre en un contexto en el que creer resulta imposible», había escrito citando al crítico de la generación perdida John Aldridge. ¿Tan difícil de entender era eso?
¿Golpeados? Jack se ríe, perplejo, y niega con la cabeza, y luego, con una paciencia inesperadamente cortés, se enfrasca en una explicación acerca del origen del epíteto que el ángel hipster Herbert Huncke pronunciara por primera vez en 1947, en una esquina de Times Square, en un instante evanescente de cansancio exaltado; los ecos de aquella palabra, sin embargo, siguieron resonando en la cabeza de Jack y adquirieron un significado completamente nuevo que se remontaba al beatífico católico. «En realidad, beat quiere decir beatífico». ¿Lo entiendes? Jack se esfuerza por dejar las cosas claras para que su entrevistador comprenda bien su explicación, respetando el afán del periodista por la exactitud, aunque él sabe que la exactitud y la verdad no son lo mismo.
Durante los próximos meses volverá, una vez, y otra, y otra, a explicar la etimología de la palabra con un cansancio cada vez mayor; la repetirá a otros periodistas y en fatigosos artículos que él mismo escribirá. Parpadea a la luz blanca y sofocante de los focos mientras la repite ante las cámaras de televisión, la repetirá ante micrófonos de auditorios. Y sus palabras irán diluyéndose, vaciándose; el vino hará que fluyan inconexas de los labios del bobo avergonzado que ocupa el escenario.
En 1957 nadie tenía tiempo para etimologías. La gente quería algo rápido, un lenguaje reducido a eslóganes, ideas servidas a una velocidad de anuncio que no permitía quedarse con una antes de que otra la reemplazara. La «generación beat» vendía libros, vendía jerséis negros de cuello alto y bongos, boinas y gafas de sol, vendía una vida que parecía peligrosamente divertida y que, por tanto, sólo dejaba dos alternativas: o la condenabas o la copiabas. Los matrimonios de zonas residenciales podían organizar fiestas beatnik los sábados por la noche y beber mucho y magrear a esposas ajenas. No recuerdo cuándo se popularizó la palabra beatnik. ¿En octubre, quizá? Su invención se atribuye al columnista de San Francisco Herb Caen. Con una habilidad extraordinaria, lo resumió todo en una palabra. Aquel sufijo de ecos rusos (el lanzamiento del Sputnik estaba muy presente en la conciencia del público) evocaba la idea del amor libre, de una pizca de comunismo (nada que pudiera llegar a convertirse en una amenaza) y de una sensación general de torpeza. La «generación beat» estaba ligada a una historia, a una génesis, a un desarrollo. Pero con los accesorios adecuados se podía fabricar a un «beatnik» en un abrir y cerrar de ojos.
Cuando bajaba por las mañanas siempre encontraba el buzón atiborrado de cartas que remitía Viking. Todas empezaban igual: «Querido Jack». Él cogía una, comenzaba a leerla, pensando que algún viejo amigo estaría dando señales de vida, y se topaba con los anhelos o las fantasías de un desconocido.
Querido Jack: me muero en este pueblo de catetos.
Si pudiera conocerte, tocarte…
Querido Jack: no sé adonde quieres ir a parar y ya he tenido que dejar de leer tu
libro media docena de veces porque me daba vértigo y me asqueaba y me
emocionaba y me confundía, y pensé: a la mierda. Pero cuando llego a casa por la
noche harta del trabajo y de las tonterías de toda la gente cerrada que siempre sabe
dónde dormirá por la noche y dónde comerá al día siguiente, cojo el maldito libro
y ¡guau! ¡Felicidades! Si te cansas de Nueva York y no te importa estar rodeado
de un montón de collies y de gatos, llámame y pásate por aquí un fin de semana.
Soy una antigualla, no te preocupes, las situaciones incómodas quedan
descartadas…
Querido Jack: Jefferson dijo —y vaya si lo dijo—: «He jurado ante el altar de dios
hostilidad eterna a cualquier forma de tiranía sobre la mente del hombre», ¡una
hostilidad que el pueblo americano hace suya! Hostilidad, por descontado, a la
obscena tiranía del Vaticano y de su perverso conciliábulo de célibes…
«Cartas de mis fan-niks», las llamaba Jack.
Las cartas de chiflados eran menos preocupantes que las otras, las solitarias misivas de personas tan necesitadas que exigían que la página se convirtiera en carne: «Si me concedieras diez minutos de tu tiempo, comprobarías cuánto tenemos en común».
Un día apareció en el montón una carta de Edie Parker, la primera esposa de Jack. La leyó un par de veces, se quedó sentado, pensativo, y luego volvió a contarme la historia de cuando Edie lo sacó del calabozo y se casaron en el ayuntamiento, con los polis de testigos. Y pensar que la loca de Edie siempre había querido casarse con él… «Pero tú no —añadió—. Nosotros seguiremos siendo amigos. Es mejor». «¿Qué ha sido de Edie?», le pregunté. Me acercó la carta. Leerla me parecía feo, pero necesitaba ver qué le decía después de tantos años. Edie Parker era la heroína de la leyenda de Jack, y en la ficción su arrojo se veía recompensado: se quedaba con el héroe para siempre. En cambio, había estado casada por un tiempo con un hombre de negocios del Medio Oeste y ahora volvía a tener ganas de sentirse viva. Hacía trece años que Jack le había dicho: «No podemos vivir de sándwiches de mayonesa», y ahora ella soñaba con acompañarle en la gira mundial que, estaba convencida, él iba a emprender.
Yo no quería que ni Jack ni nadie me hiciera sentir así. Yo quería sentirme viva siempre, no quería envejecer como mis padres o como aquella Edie vieja a los treinta y cinco años. Pero la carta de Edie se me antojó un telescopio a través del cual podría divisar un tiempo, en el futuro, en el que Jack no estaría, únicamente estaría yo, viviendo una vida distinta que ahora no llegaba a imaginar. Durante un sólo minuto tuve una visión clarísima y dolorosa.
Mientras tanto, Jack llenaba mi presente. La fama le resultaba un país tan lejano y extraño como México, y en aquellas tierras ignotas yo era su única compañía. No tardó en darse cuenta de que aquel país tenía las fronteras cerradas: no podías escapar de la fama cuando ya te había hartado, aunque ella sí que podía desterrarte cuando se hubiera cansado de ti. Te agasajaba y te apedreaba, te halagaba y se reía de ti; y todo en un día, a veces. Te arrancaba tus secretos y difundía insinuaciones insultantes a tus espaldas. Corrompía tu vida con diversiones pasajeras; invadía tus sueños. La noche que leyó la crítica de Millstein, Jack soñó que una procesión de niños le seguía coreando su nombre. Con una herida en la cabeza, escapaba con su ejército rumbo a Mongolia. Pero en el Victory Theatre la policía de la fama casi lo detiene.
Ojalá, pensaba a menudo, pudiera aparecer de la nada, como hizo Edie Parker, para pagar la fianza y liberarlo de su horrible éxito. Pero casi siempre terminaba esperando a su lado, intentando convencerlo de que se marchara de lugares en los que había pasado demasiado tiempo demasiado borracho, donde los hombres querían meterlo en una pelea y las mujeres, terriblemente voraces, se le colgaban del cuello. «Tú sólo tienes veintiún años —me dijo una en una ocasión—. Yo tengo veintinueve. Tengo que follármelo ahora».
«Vamos, Jack —le decía tirándole de la manga—. Hora de marcharse. De verdad». A veces se enfadaba, pero a la mañana siguiente siempre me daba las gracias.
En los estudios de la WOR-TV me senté en la cabina de cristal con el jefe de prensa de Viking mirando a Jack en un monitor en blanco y negro. Era el nuevo programa de John Wingate, y la casualidad había querido que se titulara Nightbeat. Los programas de entrevistas eran una novedad, y en aquella época causaban furor. La gente podía sentarse tranquilamente en la sala de estar para ver cómo los famosos se ponían en evidencia. Era un espectáculo muy democrático. Jack se sentó en un taburete giratorio y lo enfocaron como a un sospechoso a punto de someterse al tercer grado, con el pelo enredado y húmedo y la cara flácida. Yo sabía exactamente cuánto vino había tenido que beber para poder presentarse en el estudio, y temí por él.
—Jack, cuéntame qué es lo que buscas exactamente —le pidió John Wingate con aquella voz suya de presentador, suave y altanera.
—Estoy esperando a que Dios me muestre su rostro.
Y era verdad, pero aquélla no era una verdad adecuada para la televisión. El anfitrión te abocaba al strip-tease, ésa era su función, pero tú nunca podías desnudarte ante el público.
Aquella noche Jack supo que había cruzado una línea peligrosa. Había sido incapaz de proteger aquella faceta visionaria que debía permanecer oculta, que sólo podía manifestarse en sus sueños o en sus libros. Pasó los dos días siguientes en el apartamento sin hablar apenas, ni siquiera conmigo.
Recuerdo que intenté transformar a la chica de veintiún años que yo era en una experta en la fama y los famosos. Alguien tenía que encargarse de que Jack les diera a las cosas la importancia que merecían. Le reñí por habérselo tomado todo demasiado en serio. «Lo estás haciendo todo mal. Crees que los que te entrevistan serán tus amigos, y luego, cuando lo tergiversan todo en sus artículos asquerosos, te sientes dolido». Jack lo admitió, muy avergonzado. «¿Por qué no rechazas las cosas que no quieres hacer?», le aconsejé.
Aquélla le pareció la mejor idea que yo había tenido jamás. Se escondería conmigo y dejaría de beber, comería un montón de beicon con huevos y sopa de guisantes Lipton y leería la Sutra del Diamante. Durante unos días dijo que no a todo. Pero luego accedió a escribir unos artículos para Esquire, Playboy y Pageant y a hablar con algunos periodistas y a salir en programas de televisión y a actuar en diciembre en el Village Vanguard, un club de jazz.
Pero no fue capaz de presentarse en la fiesta que Gilbert Millstein organizó en su honor una noche. Se quedó en la cama, temblando, y tuve que llamar y decirle que no podría ir; no se encontraba muy bien, expliqué.
John Clellon Holmes había viajado desde Connecticut para la ocasión. Jack no quería hablar con Millstein, sólo hablaría con Holmes. Aquella noche sólo era capaz de hablar con un viejo amigo. Le preguntó a Holmes si podría escaparse de la fiesta un rato.
Holmes vino al apartamento, se sentó con Jack y lo calmó un poco. Jack le contó que ya no sabía quién era.
Delante del Victory Theatre los críticos esperaban para lanzar ladrillos contra el gorila, el neandertal, el «vago afiebrado» cuyo incendiario manifiesto parecía amenazar todo aquello que ellos consideraban sagrado; que, con la basura que arrojaba al césped de su templo del saber —coches desguazados y botellas de vino barato rotas, zapatos viejos y ominosos polvos blancos—, les estropeaba las vistas de las que disfrutaban desde los ventanales de su torre de marfil. Pronto los locos deambularían por los marmóreos pasillos de la cultura. ¿Y qué sería entonces de la buena educación? Los que se consideraban auténticamente modernos, por su parte, identificaron en la novela En el camino algo decididamente anticuado y tacharon a Jack de sensiblero. También había ofendido a los gramáticos con aquella prosa desestructurada que definieron como una incomprensible sarta de tonterías. Los fans esperaban en la puerta trasera del teatro a que saliera alguien parecido a Neal Cassady; y el que salió fue Jack. «Tu amigo es gay, ¿no?», me preguntó una joven actriz que aquella tarde había estado coqueteando con él infructuosamente. «Lástima que sea alcohólico», comentó uno de los anfitriones de un cóctel literario en Park Avenue que se había encargado de que Jack tuviera el vaso siempre lleno. Durante unas semanas, por Hollywood corrió el rumor de que Sterling Lord había vendido En
el camino [16] por 100 000 dólares. («El Señor es mi agente, nada me falta», fue la ocurrencia de Jack, y en sueños se lo fundía todo en una casa para Mémère, mucho más fastuosa de lo que hubiera imaginado jamás, a la que regresaría su hijo —el barón Jean Louis Lebris Kerouac— tras un vuelo triunfal a la Costa Oeste, donde se codearía con Frank Sinatra; unirían sus viriles voces en una canción y dejarían de piedra a las jóvenes aspirantes a estrella en los bares de Beverly Hills). En los antiguos dominios de Jack —la calle Bleecker, la calle MacDougal, el San Remo y el Kettle of Fish— los subterráneos susurraban que Jack Kerouac se había vendido y nunca volvería a escribir una sola palabra que valiera la pena.
Por aquel entonces yo realizaba intentos esporádicos de llevar un diario. Un día escribí:
En estas noches interminables a las cinco de la mañana me asalta una especie de
pánico… No sé por qué. Cuando era más pequeña y tenía que llegar a casa
puntual y veía a mi padre levantándose de la cama para mirar la hora en el reloj
con una linterna, quería quedarme fuera para siempre y ver el amanecer y
tomarme un café a las seis de la mañana en cafeterías con chicos delgados de
rostro anguloso y americanas de pana, y quería volver a casa andando por todas
las calles de la ciudad, y derrumbarme, exhausta, en el sofá de alguien en una
habitación con seis personas tumbadas sobre la alfombra, como si las hubieran
asesinado… Ahora, sin embargo, insisto con ademán escandalizado en que ya es
hora de volver a casa, aunque en realidad no quiero ir a casa y probablemente me
cueste dormir. Pero sólo soy capaz de articular determinados sonidos, que
significan «Mírame. Dime que sabes que estoy aquí».
Sin embargo, hubo un fin de semana maravilloso en el que nos escapamos de todo. El mes de septiembre ya estaba tocando a su fin. En el azul del cielo se apreciaba aquella pátina dorada, finísima y brillante, que llega con los primeros fríos del otoño. Conducíamos hacia el norte del estado con Lucien y Cessa, rumbo a su casa de Cherry Valley. Durante semanas no había visto más que el interior lleno de humo de habitaciones y bares. Me parecía vivir en un tiempo nocturno envuelto en la neblina gris de las melancólicas resacas de Jack. Recuerdo que miraba maravillada los árboles congregados a la vera de la carretera, tantos y de colores tan distintos; sus hojas ya comenzaban a virar a infinitos rojos, naranjas y amarillos.
Lucien iba al volante con las mangas arremangadas, con los brazos delgados y rubios al aire, y aquel día tenía un aire aniñado que delataba su belleza, fatal y picara. Conducía con furia deliberada, saltándose, travieso, todos los límites de velocidad, librándonos con nerviosa precisión de varios encontronazos con la muerte. En el asiento de atrás, Cessa estaba furiosa, agarrando con fuerza a los niños. Sólo Jack permanecía impasible: Lucien el audaz nunca tendría un accidente, nos aseguraba a Cessa y a mí. En la radio sonaba «A Foggy Day in London Town», y Jack empezó a canturrear, arrastrando las sílabas en las notas más largas, al estilo de Charlie Parker. En Rensselaer County un locutor interrumpió la canción para anunciar que los rusos habían lanzado con éxito el Sputnik. Lucien murmuró entre dientes: «Estos astutos hijos de puta nos han ganado, Jack». «Al fin y al cabo, todo es vanidad», respondió él, «una gota en la eternidad del océano».
Enfilamos por un camino de tierra que atravesaba un huerto de manzanos y nos detuvimos delante de una granja de madera. Jack y Lucien cargaron a los niños, dormidos, hasta la casa. Eran casi las cuatro y el aire ya era más frío. «Lucien, tendremos que encender el fuego esta noche», dijo Cessa subiendo las escaleras a toda prisa con un montón de mantas para tapar a los niños. Jack le dijo que nada le gustaba más que el resplandor rojizo de una estufa panzuda, y salió con Lucien a cortar madera.
Yo oía los hachazos mientras deambulaba entre los manzanos. Sus ramas habían estado cargadas de fruta, pero muchas yacían ahora en el suelo, de resultas de una tormenta. Me hacía mucha ilusión ver tantas manzanas aquí y allá, esperando en el césped húmedo a que alguien las recogiera. Corrí a la cocina, cogí un cubo y me dispuse a llenarlo rápidamente, inspeccionando cada manzana a la menguante luz de la tarde y tirando las que ya estaban blandas y marrones. El suelo olía como si estuviera empapado de vino. Había hecho muchas cosas en mi corta vida, pero nunca había cogido manzanas. Le enseñé mi cubo a Jack, muy ufana. «¿Y qué demonios vas a hacer con estos chismes agusanados?», me chinchó Lucien. Le dije que haría un pastel.
Era una cocinera novata sin experiencia alguna en la pastelería, pero no iba a dejar que aquello me detuviera. Había visto cómo mi madre hacía la base de los pasteles con galletas integrales, y decidí que la imitaría. Lo único que me faltaba eran las galletas. Le pregunté a Lucien dónde quedaba la tienda. «A unas dos millas de campo», respondió enigmáticamente. Cuando le pregunté qué era una milla de campo, me dijo que eso sólo podría decírmelo un granjero.
—Te acompañaré andando, Joycey —se ofreció Jack.
—¿Andando? Por Dios, Jack, coge el coche —protestó Lucien.
Jack se empeñaba en andar, y Lucien seguía insistiendo. Al final nos metimos en el coche y, muy despacio, Jack salió del huerto marcha atrás y enfilamos lentamente por el camino de tierra hasta una curva que quedaba antes de llegar a la carretera. Jack se paró allí y dijo que deberíamos bajarnos. Me quedé de piedra cuando me contó que siempre había sido más pasajero que conductor, pero no quería herir los sentimientos de Lucien. Aunque podía conducir un poco, caminar hasta la tienda y disfrutar de la puesta de sol le parecía una idea mucho mejor.
Anduvimos el resto del camino a paso ligero mientras el cielo se volvía rosa y el sol se ponía detrás de los montes de Berkshire. Llegamos a la tienda justo cuando el dueño estaba cerrando. Jack no sólo compró las galletas que me hacían falta, sino también helado de vainilla para los niños, una botella de bourbon para Lucien y un bote de nata para montar; me dijo que el pastel que iba a hacer debía llevar, por fuerza, nata montada. El dueño nos acercó a nuestro coche en el suyo y, a paso de tortuga, llegamos al huerto. Jack salió y cerró la puerta con un golpe. Me sonrió — sabía que yo no soltaría prenda— y entramos en la casa.
Una intuición ciega fue la que me guió aquella noche mientras rebuscaba en el estante de especias de Cessa, oliendo el contenido de tarros de cristal, espolvoreando sobre las manzanas cortadas una pizca de esto y cantidades temerarias de lo otro. «¿Y clavo, Cessa, qué te parece?». Ella se reía y decía: «¿Por qué no?».
Me gustaba muchísimo. Era una mujer alta, guapa y competente; de rostro alargado y delicado; alrededor de los ojos tenía la piel algo marchita y aquello, curiosamente, le otorgaba un aspecto todavía más encantador. Ya había bañado a los niños, les había puesto el pijama, había preparado el relleno del pollo y había cogido calabazas en el jardín. E incluso cuando se ponía furiosa con Lucien, se notaba que estaba loca por él. Gracias a ella, Lucien era, de todos sus amigos, el que llevaba una vida más asentada: una vida que recordaba a la de la gente normal y corriente y que parecía casi auténtica, a pesar de la sensación de amenaza que nunca dejabas de percibir, a pesar de las sombras que se agolpaban en las esquinas.
A Jack, Cessa le parecía una diosa de la vida doméstica sólo superada por Mémère. Que ella me aceptara significaba mucho para mí. Ahora que me había embarcado en lo que antaño había considerado, algo infantilmente, la «Vida Auténtica», la vida normal y corriente empezaba a parecerme exótica, como los árboles que había visto en la carretera.
Nunca he probado un pastel tan bueno como el que hice aquella noche. «Pastel del Éxtasis», exclamó Jack. Dejó el tenedor en el plato y corrió a la cocina a por la nata que me había olvidado de traer. Entre Jack y Lucien decoraron todas las porciones con una montaña cremosa, decisión que contribuyó a que el postre resultara todavía más extático.
Años más tarde, una biografía diría: «Lucien llamaba a Joyce “Pastel del Éxtasis”, y su relación con Jack se prolongaría, con altos y bajos, durante un año y medio», hecho que no sólo destierra para siempre la verdadera historia del pastel, sino que además no deja lugar para matiz alguno.
El domingo por la mañana, muy temprano, Jack y yo salimos a pasear; aquél era el día de mi vigésimo segundo cumpleaños. Húmedos bosques otoñales que olían como si estuviéramos dentro de una seta, lámparas hechas con calabazas que colgaban de troncos secos, arbustos cargados de frutos escarlata, una niebla que nos envolvía como una tela de araña. Bajo los pinos descubrimos matas de musgo que parecían constelaciones de diminutas estrellas de color verde lechoso. Al final salimos a un prado en el que el sol había secado la hierba. Nos tendimos juntos en él. Apoyé la cabeza en el pecho de Jack. Su corazón latía en mi oído como un reloj que atrasara un poco. Después de un buen rato, rompió el silencio: «Bueno, sé que tendríamos que quedarnos aquí y casarnos y no regresar nunca a Nueva York». Con la alegría más triste del mundo, le dije que eso también lo sabía yo.
Pero luego pensé en que cumplía veintidós años; aunque nunca había sido tan mayor, me di cuenta enseguida de que seguía siendo muy joven, al fin y al cabo. Y como si estuviera flotando sobre Jack y sobre mí misma, bajé la vista y me dije: puedo hacerlo, puedo quedarme así, aquí con él. No pasa nada. Tengo todo el tiempo del mundo.
Aquella tarde regresamos a la ciudad y a la fama de Jack. Como no había apuntado las cantidades de los ingredientes que había utilizado, el pastel del éxtasis resultó imposible de reproducir; o quizá todo se reducía a que sólo podía hacerse con las manzanas del huerto de Lucien, justo cuando hubieran alcanzado el punto de madurez perfecto.
Volvimos a Cherry Valley en otra ocasión, en octubre. Esta vez, Jack tenía un plan: Los Carr y yo volveríamos a la ciudad en coche en domingo y lo dejaríamos solo con provisiones para una semana. Caminaría por el bosque, cortaría troncos para el fuego, se prepararía platos sencillos, no hablaría con nadie. Cuando subiéramos a buscarle el fin de semana siguiente, lo encontraríamos completamente recuperado. La soledad siempre le había sentado bien. Y una semana solo en la vieja casa de Lucien no era nada al lado de los sesenta y tres días que había pasado en la cabaña del vigilante de incendios en el Pico de la Desolación. Además, yo también necesitaba tomarme unas vacaciones de él. Últimamente, Jack no era capaz de ir a ningún lado sin una botellita de Thunderbird en el bolsillo. Se daba cuenta de que tanta bebida me asustaba. Dijo que él me agotaba y que se sentía mal por ello. Y yo no estaba escribiendo mi libro. ¿Cómo se lo explicaría a Hiram Haydn?
Aquella noche de domingo se quedó de pie en el porche, diciéndonos adiós con la mano y sonriendo mientras el coche se alejaba; parecía un leñador, con su camisa de franela roja.
Como se me estaba acabando el dinero del anticipo, aquella semana busqué un trabajo temporal de mecanógrafa. El martes, cuando llegué a casa después de salir de la oficina, las luces del apartamento estaban encendidas; oí que en el baño corría el agua de un grifo. Estaba tan convencida de que Jack seguía en casa de Lucien que me aterroricé; luego él grito que pasara a verle, que quería hablar conmigo. Lo encontré tumbado en la bañera caliente con su botellita de vino.
Había tardado un día entero en volver a la ciudad haciendo autoestop. Había pasado horas al lado de la carretera, esperando a que alguien lo recogiera. Pero esa mañana, en cuanto se levantó, supo que no iba a aguantar. No quería contarme demasiadas cosas al respecto. Sólo que hacía demasiado frío, que le había costado mucho conseguir que el fuego no se apagara. Probablemente habría bajado al día siguiente, de todos modos, o al cabo de un par de días, con bronquitis. «Siento haberte estropeado las vacaciones, Joycey». Con aire perdido y asustado, se quedó allí, desnudo en el agua humeante, con un frío terrible en su interior. Dijo que ya era hora de regresar a Florida.
Unos días más tarde fui a despedirle. Siete semanas atrás, no tenía ni para un billete de autobús. Ahora que las cosas le iban bien y que era un autor relativamente famoso, viajaría en tren. De camino a Penn Station, paramos en una hamburguesería que se llamaba The White Tower. Jack pidió ocho hamburguesas para llevar, poco hechas, con ketchup. Embutió la bolsa de hamburguesas en su mochila. Tenían que durarle todo el viaje hasta Orlando, me dijo.