Resina

Ane Riel · Capítulo 12 de 40

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Resina

La oscuridad y el caos

 

Jens Haarder no le quitaba a la naturaleza más de lo que necesitaba, aunque en el caso de la resina, las cosas no eran así exactamente.

Y, sin embargo, en cierto modo podría decirse que al final sí lo fueron.

Todo empezó en la curiosidad. Su padre le había mostrado el bálsamo dorado de los árboles y le había explicado sus propiedades. Poco antes de su inesperada marcha, Silas Haarder incluso había enseñado a su hijo a sangrar lentamente un pino y extraerle el jugo retirando del tronco un pedacito de corteza. Debajo había que abrir una pequeña hendidura en forma de V que iba derramando el jugo en una cazoleta montada al pie del vértice.

Jens no tardó en saber qué árboles eran los más adecuados, y con el tiempo empezó a sangrarlos con regularidad. Siempre era cuidadoso para que su intervención no causara sufrimiento al árbol. Había que ordeñarlos con mimo, como a las vacas.

Sabía que hería al árbol, pero, por alguna razón inexplicable, sentía que era necesario. Tal vez la resina fuese una especie de droga con olor a abeto, un estimulante aromático sin el que no podía pasar. O tal vez Jens creyese de veras que algún día le serían de utilidad todos y cada uno de los pedazos de resina seca que guardaba en el taller, un enorme cuerpo oscuro de trozos irregulares que se resistían a separarse unos de otros. Verlos le recordaba a una bolsa de caramelos de regaliz medio derretidos que había compartido con su padre una noche en un ataúd. Nada en la vida le había sabido tan bien como aquellos caramelos.

A fuerza de experimentos, Jens había ingeniado un método para limpiar de impurezas los trocitos de resina: colocaba uno de ellos en una lámina de papel de plata que tensaba sobre una lata de metal y abría unos agujeritos. A continuación, derretía la resina sosteniéndola encima de una llama. Para ello había creado una curiosa estructura a base de barras de hierro y herraduras que sostenía la lata. Las impurezas quedaban sobre el papel de plata mientras la resina pura se iba depositando en el fondo de la lata. Cuando volvía a solidificarse, la guardaba; la pura en un barril y los descartes en otro. Así siempre tenía donde elegir y podía volver a fundirla para los distintos propósitos que iban surgiendo. Que eran muchos. La resina tenía propiedades antibióticas y, con la preparación adecuada, servía para hacer jabón o como una excelente cola. Hasta de combustible, pues si embadurnaba la punta de una vara con resina impura, obtenía una antorcha que ardía de un modo impecable.

Llevaba en el bolsillo una hormiguita conservada en un universo de color ámbar. Su aspecto era el mismo de muchos años atrás, cuando Silas se la mostró a sus hijos por vez primera en la playa norte. Y el mismo que tenía millones de años antes de aquello. La hormiga había cumplido la misión de arrastrar pedacitos de resina seca hasta el hormiguero, donde servía de protección contra las enfermedades. Pero el destino quiso que quedase atrapada en aquella sustancia viscosa, que la asfixió hasta arrebatarle la vida, pero no el cuerpo.

La resina tenía algo que fascinaba a Jens. Podía sanar y preservar. Pero también podía matar.

Los barriles de resina eran el único elemento de orden en su taller. Una suerte de ojo del huracán. Estaban colocados unos junto a otros como tres cubos de basura que, sin embargo, contenían lo más precioso e imprescindible para él. En medio de un caos de cajas de cartón, sacos, herramientas, piezas de maquinaria, rollos de tela, cables, sobras, periódicos, bolsas de plástico y objetos de todo tipo y material, se alzaban para recordar que hubo un tiempo en que los árboles eran el centro de todo. Los árboles y la vida que fluía en su interior.

Con el correr del tiempo, también los barriles quedaron anegados en un mar de objetos y no fue posible verlos a simple vista. Jens, sin embargo, siempre sabía abrirse paso hasta ellos, pues se orientaba sin dificultad entre sus cosas. Su percepción del orden no debía de coincidir con la de los pocos que abrían la puerta del taller y echaban un vistazo. Al final, su hija acabó siendo la única con permiso para entrar.

A la madre de la niña también la habría dejado pasar, si ella hubiese sido capaz.

En el mundo de Jens Haarder no regían los mismos sistemas ni las mismas reglas de los que suele valerse el ser humano. Él no sabía de clasificaciones ni organización. Él sabía de emociones y recuerdos. El sitio de una lima no tenía que estar a la fuerza junto a otra lima. Si se trataba de una lima rescatada un buen día de un montón del vertedero, su lugar natural podía perfectamente estar al lado del candil y la chaqueta de uniforme que habían salido del mismo montón. Seguía su propia lógica.

Y si a la guadaña le tocaba estar apoyada contra el gran mapa de la isla que había en la pared de detrás del torno, era porque a Jens le recordaba al brazo que salía al noreste de Korsted formando una pequeña bahía. El mapa quedaba ya casi oculto detrás de las cajas, pero él sabía que estaba allí. Eso era lo principal. La playa norte era lo único que aún se intuía en la oscuridad.

Antes de que el mapa empezara a ahogarse en aquel mar de objetos, Jens había dedicado muchas horas a estudiarlo en compañía de su padre. Juntos habían descubierto que parecía una persona. Se habían divertido imaginando que Korsted era el corazón, y el vertedero, el trasero; que, si dejaban crecer a su aire los árboles de La Cabeza, aquel ser tendría el pelo y las barbas más revueltos. En cambio, el hombre tenía calva la coronilla donde estaba la playa. La isla era un cuerpo en transformación y ellos podían transmutarla. En un salvaje.

Sin embargo, aunque el mundo acostumbra a volverse más pequeño a medida que crecemos, para Jens el mundo que había más allá de La Cabeza era cada día más grande. Siendo ya adulto, se le hizo inabarcable y cada vez más extraño conforme fueron llegando nuevas gentes y empezaron a surgir nuevos tipos de tiendas, negocios y maquinaria. El mundo se convirtió en una amenaza indefinible dispuesta a asaltarle y hacerse con su existencia.

Los demás se convirtieron en personas que llegaban para hacer cambios, para decirle que las cosas tenían que cambiar en La Cabeza. Que la porquería se amontonaba. Que había demasiados trastos. ¿Por qué no se libraba de una vez por todas de aquella chatarra?

Lo decían sonrientes. Era casi lo peor.

Un día aparecieron de repente en el establo dos señoras diciendo que, aunque vivía rodeado de un desbarajuste imperdonable, aún había un rayo de esperanza, porque Dios siempre estaba dispuesto a ayudar. Dios lo ordenaría todo si Jens lo amaba como a un padre.

Jens se quedó sin palabras, sólo las miró fijamente y las amenazó con una horca.

Por lo menos no sonreían al marcharse.

Él no veía lo mismo. Al contemplar su paisaje de objetos, no veía desorden ni porquería. Veía un todo indisoluble. Si quitaba lo más mínimo, estropearía el conjunto.

La gente no comprendía que todo lo que había acumulado tenía su sitio y su valor; y servía para algo. Un periódico amarillento que había usado para envolver un viejo jarrón de arcilla podía contener información que un día le hiciese falta, aunque él nunca leía los periódicos. Un arnés viejo le recordaba a una vez que había ido a Korsted en una carreta. La linterna la podría utilizar si la reparaba. Tenía montañas de pilas, alguna funcionaría. ¡Las casetes funcionaban con toda seguridad! Habían salido directamente de un palé que encontró detrás de la tienda de radios y aún seguían en fila india en sus envoltorios de plástico, que, claro estaba, también servirían para algo. Latas de conserva siempre estaba bien tener, por si acaso se veían en apuros; al fin y al cabo, nunca había creído en eso de la fecha de caducidad. La garlopa había sido de su padre y funcionaba a la perfección. Los sombreros podría utilizarlos si algún día se rompía la gorra de su abuelo. El candelabro era hermoso en su simetría, sólo había que limpiarlo. Los paraguas siempre podían venir bien y nunca sobraban, y los que estaban rotos ya los arreglaría. Lo que no le cabía en la cabeza era que alguien hubiese tirado un saco entero de cubiertos desechables. Nada era desechable. Algún día los lavaría todos. A los sacos de sal que se había llevado del granero del granjero —el encargado de esparcirla— también les daría algún uso. Mejor que ir por ahí tirándola por los caminos.

Jens se sentía directamente responsable de conservar esas cosas cuyo valor no reconocían los demás. Y sentía una alegría, un lazo sentimental que lo unía a todos y cada uno de esos objetos. Era un vínculo que encontraba estimulante. Y extenuante cuando alguien trataba de romperlo. Incluso angustioso.

Las pocas veces que a causa de otras personas —primero su madre y su mujer después— había intentado deshacerse de algunas cosas, no había salido bien. No podía; le destrozaba por dentro. Su madre nunca lo había entendido. Su amada Maria tampoco, pero ella le aceptaba tal como era y sabía que las cosas no podían ser de otro modo. Su padre lo habría comprendido todo.

Con el paso del tiempo, a Jens empezó a asaltarlo un temor en particular: deshacerse por descuido de algo irreemplazable. De algo oculto entre otro algo, debajo de otro algo, dentro de otro algo. Su miedo fue en aumento incluso cuando ya nadie le pedía que ordenase y tirase nada. Objetos e imágenes se fundían unos con otros en escenarios oníricos y tenía pesadillas en las que no advertía la presencia de un polluelo de pájaro posado sobre una cáscara de naranja, una vida indefensa que se perdería si él tiraba la cáscara. O un bebé.

No, nada era prescindible. A pesar de lo que le enseñaba a Liv, él sabía que lo que lo dejaba ya no regresaba más. Por eso no permitía que nada lo dejara.

En cambio, era mucho lo que se sumaba. Durante bastante tiempo se trató de cosas que él mismo recogía; luego también de las que su hija llevaba a casa cuando bajaba a la isla a buscar comida y otras cosas necesarias. Él habría preferido acompañarla y no perderla de vista, pero las circunstancias acabaron obligándolo a tener que confiar en que regresaría.

Y regresaba.

Los unía un lazo indestructible. Liv le entendía, estaban cortados por el mismo patrón.

En uno de los bancos de carpintero había un reloj de arena. Silas Haarder y su hijo lo habían encontrado un día en un granero y lo habían llevado al taller, donde le daban vueltas y más vueltas mientras contaban segundos y respiraciones, y veían el tiempo que pasaba en silencio, pero sin descanso, a través del fino cuello. Llevaba décadas allí, metido en su covacha, firmemente sujeto de través con su arena sutil, su madera oscura y su tenue cristal, enterrado en el polvo y los recuerdos de un futuro reprimido.

Jens había visto a Liv estudiar el reloj. La niña sabía que no tenía permiso para tocarlo. En una ocasión preguntó si le dejaba sacarlo. Se moría de ganas de ver caer la arena.

Pero ni siquiera a Liv le estaba permitido poner en marcha el tiempo.