Resina

Ane Riel · Capítulo 40 de 40

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Resina

Las cosas y el tiempo

 

La señora que lleva su nombre escrito en un cartelito blanco dice que esto va a llevar su tiempo. Ha leído todo lo que me escribió mamá. Dice que tenemos mucho de que hablar.

Dice que no he aprendido lo que saben los niños de mi edad. En cambio, sé cosas que ellos no saben, y he visto cómo mataban a alguien.

Dice que toda mi existencia está patas arriba. No sé muy bien qué significa eso. Algo así como que no soy mayor ni pequeña; que a veces pienso como una niña y a veces pienso como un mayor y a veces hago cosas que nadie debería hacer. Por lo visto van a enseñarme lo que tengo que pensar y lo que tengo que hacer.

No me dejan cerrar con pestillo la puerta de mi cuarto ni poner nada delante. En cambio, no importa que siga rompiendo y agitando mis galletas, y está muy bien que escriba todo lo que se me ocurre. Aunque me repita. La señora dice que se me da muy bien escribir y contar historias, y que no pasa nada si el tiempo y algunas cosas se confunden un poco.

Cuando pregunté si tampoco pasaba nada si también las personas se confunden un poco, me miró un poco raro y asintió. No lo entendió. Creo que no voy a contárselo todo.

También dice que yo no tengo la culpa.

Eso lo sé.

A veces sueño con papá. Siempre es el mismo sueño: está en la puerta de nuestra casa en llamas con una flecha atravesándole el corazón. Sé que es mi flecha, mi mejor flecha. También sé que está muriéndose.

Pero no se cae enseguida. Da unos pasos hacia mí antes de echarse en el suelo. Tiene el pelo y la barba más revueltos que nunca, pero cuando pierde la gorra veo que se ha quedado calvo por arriba. Se mueve muy despacio y parece muy tranquilo. Como el corzo a la luz de la luna. Estoy segura de que me mira a los ojos y no está enfadado. Yo no tuve la culpa.

Luego cierra los ojos.

Y entonces me despierto.

En realidad, es un buen sueño, aunque me haga llorar. A lo mejor se lo cuento un día a la señora, pero todavía no. Quiero soñarlo para mí sola un poquito más.

El jardín que hay debajo de las ventanas es muy tranquilo y está lleno de hierba. En la hierba no hay nada —nada—, pero al final del jardín hay un árbol al que bajo a saludar todos los días. Se le han caído las hojas, pero volverán.

Detrás del jardín hay un campo y un espantapájaros con el que también hablo un poco. No dice nada, pero eso no significa que no escuche. El granjero vino a llevárselo un día, pero lo dejó porque yo se lo pedí. Fumaba en pipa; eso me gustó. Cuando volví a ver al espantapájaros, le había puesto una pipa.

A lo mejor nieva dentro de poco.

Aquí también tienen árbol de Navidad, pero no acaba de ser como el de casa, el de La Cabeza, porque está apoyado en el suelo y los adornos son de colores. Tendré que acostumbrarme.

También voy a tener que acostumbrarme a que haya tanto sitio.

Cuando la señora y yo terminamos de hablar y de escribir, normalmente vuelvo a mi cuarto. Me gusta quedarme allí leyendo o cosiendo o viendo la hormiga del ámbar.

También me gusta darle la vuelta a mi reloj de arena y quedarme mirándolo. Es increíble la cantidad de arena que puede colarse por un hueco tan finito si se le deja tiempo.

«Las cosas llevan el tiempo que llevan», dice la señora.

A veces me pregunto si no debería decir que «El tiempo se lleva las cosas que nos llevamos». Tiempo tengo a montones, pero ya no me quedan casi cosas.

Me pregunto cuántos relojes de arena le dio tiempo a llevarse al tiempo antes de que el trocito de resina se convirtiera en el trocito de resina con la hormiga antiquísima dentro. La hormiga existe. La veo. ¿Se puede existir estando muerto? Parece que sí. Yo también estaba viva, aunque estaba muerta.

También veo a mamá. Está en la pared, encima de mi cama.

Ya se me ha pasado el enfado del día que me quitaron el puñal. Me dejaron quedarme con Robin Hood. Y con el osito, menos mal, aunque todo el mundo dice que suelta una peste horrible. A mí me parece aroma. A bosque.

Roald ha venido con una foto de Mona Lisa. Me ha parecido entender que estaba en otro país y era muy famosa, pero ahora está aquí. Es verdad que sonríe como mamá. Están una al lado de la otra: mamá y Mona Lisa. Mamá es más guapa, creo yo. Ya casi se me ha olvidado lo inmensa que era.

Casi.

La echo de menos, pero de vez en cuando saco una carta de la carpeta verde y leo lo que me escribió, y es un poquito como hablar con ella. Entonces le contesto lo mejor que sé y vuelvo a guardar la carta. El día que las haya leído todas volveré a empezar, así podremos seguir hablando. Tengo muchísimas cosas que contarle.

A veces también subo un libro del cuarto de estar y les leo en voz alta a mamá y a Mona Lisa. No estoy muy segura de que Mona Lisa me escuche, pero me mira.

Me han contado que ha ardido toda La Cabeza. No es triste del todo, porque no tardarán en crecer arbolitos nuevos. Y hierba nueva y flores nuevas. Todo vuelve. Hasta los animales. El tío Mogens dice que algún día construirá allí una casa nueva y cuando yo acabe aquí, me iré a vivir con él. Así que yo también volveré.

Mogens es el hermano mayor de papá. No se parecen del todo, pero me gusta, porque siento que a él también le gustaba papá. Parece simpático, pero un poco raro. Por ejemplo: siempre está hablando de que ha inventado unas patas muy ingeniosas para los árboles de Navidad que se pueden comprar en todas partes. No me decido a contarle que es mucho más ingenioso colgarlos del techo. ¡Y gratis!

La señora que lleva un cartelito blanco con su nombre también es maja. Me deja en paz cuando se lo pido y me deja estar con mi osito siempre que no me ponga muy cerca de ella. ELSE, pone en el cartelito, lo mismo que habría puesto en el de la abuela si hubiese llevado uno. Aún no me he acostumbrado a llamarla Else, pero ella dice que no pasa nada. «Las cosas llevan el tiempo que llevan.»

Carl ya no está tan triste como cuando llegamos.

Ah, sí. El contenedor se quemó con lo demás. Eso quiere decir que el ataúd de mi hermanita se quemó con todas las demás cosas. No importa, porque lo más importante me lo he traído, y eso es lo principal. Lo tengo todo aquí. El dibujo y el reloj de arena y Robin Hood y el osito y la hormiga del ámbar.

Y a Carl.

Y a mi hermanita también. Sí, porque el día que ocurrió, yo acababa de terminar de coserla dentro del osito. Por eso la peste a resina. ¡El aroma!

Pero eso no se lo vamos a decir a nadie.

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Ane Riel

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