Resina
Inferno
Roald se dio la vuelta para ver qué estaba mirando Liv. No era, como por un instante había temido, Jens Haarder que salía por la puerta a la carrera con el cuchillo en ristre.
Era la casa de los Haarder, que se rendía.
Primero fue succionado el caballete del tejado, como si la casa intentase aspirar su último aliento. Después todo el edificio expiró con un suspiro ensordecedor y, devorado por las tinieblas, el polvo y la enfermedad, se vino abajo. Todo pareció replegarse en sí mismo salvo la puerta, que saltó por los aires por efecto de la presión y voló hasta el patio.
Roald retuvo a la pequeña con firmeza cuando, segundos después, las llamas despuntaron del primer piso.
Ante ellos sangraba la entrada.
Todo era rojo allí dentro. Ardía la oscuridad.
La niña lloraba en medio del ruido. Era un llanto silencioso pero desgarrador. Roald estaba agachado detrás de ella y rodeaba con los brazos aquel cuerpo sollozante y aquella cabeza erguida sobre dos hombros frágiles. Las suaves plumas de las flechas le hacían cosquillas en el cuello.
—Mamá —la oyó decir—. Y papá.
—Tu madre ya estaba muerta cuando hemos subido —le explicó con toda la dulzura de la que fue capaz—. Se había quedado dormida, no ha sentido nada. Y tu padre estaba con ella. Lo último que he visto es que la besaba.
En un fugaz ramalazo de sentido del deber, Roald se detuvo a preguntarse si había alguna posibilidad de salvar a Haarder y sacarlo con vida de la casa. Pero aquello era un auténtico infierno de humo y llamas. De allí no saldría nadie con vida.
—Ha sido todo muy rápido —dijo al fin—. Tu padre tampoco ha sentido nada.
—Menos mal —respondió la niña sollozando.
La hizo girar lentamente, aunque con decisión, y la puso en pie. Apoyó las manos en los hombros de la pequeña.
—¡Ahora tú y yo tenemos que irnos! —le dijo—. Yo cuidaré de ti, no te preocupes, pero ahora no tenemos más remedio que marcharnos. El fuego no tardará en arrasar con todo.
La niña asintió de nuevo y recogió su arco del suelo. Así, con el carcaj a la espalda y el arco en la mano, parecía un soldadito muy valiente.
Levantó la vista hacia él, que de repente no supo qué más decir. Los ojos que le observaban estaban llenos de lágrimas, pero tenían la mirada más intensa que había visto en toda su vida. Liv escrutaba su rostro en busca de algo. Roald no fue consciente de que él también lloraba hasta que notó que una lágrima le resbalaba por la mejilla.
De pronto, la pequeña pareció haber tomado una resolución, porque volvió a dejar el arco, se sacó con aire resuelto la correa del carcaj por encima de la cabeza y tiró sus municiones al lado del arma sin siquiera mirarlas. El soldadito parecía haber comprendido que ya no estaban en guerra.
—Bueno, pues vamos… —Roald se vio interrumpido de inmediato.
—Hay trampas, no puedes venir conmigo —dijo la niña con una determinación admirable en la vocecilla—. Vuelvo dentro de un minuto. ¡Quédate aquí!
Antes de que él alcanzase a protestar, el jersey marrón y naranja se perdió por sabía Dios qué ruta entre los montones. Pero iba hacia el establo.
Roald se volvió hacia la casa. Aún le quedaba algún tiempo, pero no mucho. El calor lo empujaba y hacía que le escocieran los ojos.
De repente, descubrió el abrigo de Haarder sobre un barril, en el montón más cercano. Lo cogió. Pesaba y era casi un andrajo, el ante estaba raído y por algunas zonas el forro colgaba en jirones. En uno de los grandes bolsillos delanteros había un grueso sobre marrón. Se lo guardó y revisó aprisa el resto del abrigo mientras buscaba a Liv con la mirada lleno de preocupación.
En el bolsillo interior había una carta doblada.
Vaciló un momento. Siempre había respetado la correspondencia ajena y nunca había leído ni siquiera una postal que no fuese dirigida a él. Pero en esa situación…
La desdobló y empezó a leer.
Querido Jens:
Desde luego, ha pasado mucho tiempo y la culpa es sólo mía. Por esa misma razón me cuesta
escribir…
Cuando al cabo de un instante Liv salió corriendo del establo, él se apresuró a volver a doblar la carta y guardársela en el bolsillo. Detrás de la niña vio al extenuado tordillo y varias sombras más pequeñas que desaparecieron rumbo al bosque.
—¡Vamos! —gritó la pequeña al pasar corriendo.
Roald dejó el abrigo de Haarder y la siguió por el patio entre los montones. Contempló la casa, desde la que aún no se había propagado el fuego, aunque era cuestión de minutos que los muros exteriores empezasen a arder y que las chispas prendiesen en los montones y en los otros edificios.
Era un incendio extraño. Dentro de la casa todo eran silbidos y borboteos que resonaban sobre el ronco estruendo de fondo. Mientras tanto, un humo denso y oscuro iba envolviendo el edificio, como si lo vigilara. Sin embargo, por encima del escenario pendía un cielo claro, azul y perfectamente impasible. Como si aquella tragedia no fuese con él, como si el humo no le interesara. Parecía haberse apartado un poco de todo y aguardar con paciencia a que llegase el momento de expandirse de nuevo.
—¡Quieto ahí! —volvió a gritar Liv, y Roald acató la orden como un soldado raso.
Comprendía que la niña había asumido el control. Él pretendiendo salvarla, cuando en realidad dependía de sus indicaciones y su buen juicio. Le lanzó una miradita de reojo a la cosechadora. Curiosamente, siempre le había parecido la menos aterradora de las máquinas agrícolas; solitaria por los campos, recordaba a un herbívoro bonachón de una época pasada. Ya no estaba muy seguro de poder volver a mirarla sin ver un monstruo.
De repente, vio que Liv entraba por una puerta del edificio de madera. Debía de ser el taller del que le habían hablado. La llamó aun a sabiendas de que ella no podía oírle. Tenían que irse de allí. ¡Demonios! No tendría más remedio que ir a sacarla.
Pero, de pronto, allí estaba otra vez.
—¡Lo tengo! —exclamó—. ¡Vamos!
Roald corría arrastrado por una correa invisible. La niña llevaba algo en la mano, un marquito, por lo visto, y otra cosa más pequeña que él no conseguía ver.
Corría hacia el camino, pero estaba a punto de pasar peligrosamente cerca de la esquina de la casa en llamas.
—¿No crees que deberíamos ir por el otro lado? —le preguntó preocupado. Pero fue tras ella. Y ella no respondió. Sólo le indicó por señas que continuara.
—¡Corre bien pegado al muro! —le gritó acercándose mucho a la pared del taller.
La imitó y fue tras ella con una mano en las tablas. Descubrió que aún iba armada. Un puñal se bamboleaba en una vaina de cuero que llevaba enganchada del cinturón y la golpeaba en la pierna.
A su derecha, al otro lado del camino, el fuego ya había prendido en uno de los árboles que crecían junto al muro de la casa. Las llamas salían por la ventanita de lo más alto como lenguas anaranjadas. Unas tejas se precipitaron al suelo y, de improviso, una rama enorme se desplomó en medio del camino con una fuerza descomunal. Roald aulló de miedo cuando la rama de abeto le rozó el pecho. Debía de ser una trampa activada por el fuego o por alguna teja, y de no haber seguido las indicaciones de Liv, le habría aplastado. Se sentía como la presa de una cacería y no veía la hora de alejarse de aquel lugar.
También estuvo a punto de chillar de desesperación cuando vio que la niña, en lugar de seguir por el camino que los sacaba de allí, se detenía en el contenedor.
—¡Vuelvo enseguida! —gritó—. ¡Sujeta esto!
Le metió entre las manos un dibujito con un marco viejo. Y un reloj de arena. ¡Era un reloj de arena!
Luego echó a correr junto al contenedor y se encaramó a un par de cajas y una rueda de tractor hasta llegar a la última trampilla.
—¡Para, Liv! Ya está bien… ¡Tenemos que irnos!
Pero ella ya había desaparecido en el interior del contenedor después de abrir la trampilla con tanta facilidad como si llevara toda la vida haciéndolo. Roald, estupefacto, la siguió con la mirada antes de volverse hacia los edificios, lleno de preocupación.
Veía parte del patio entre el muro de la casa en llamas y el oscuro edificio de madera, al que el fuego todavía no había llegado. La vieja rueca de hilar que estaba apoyada debajo de la ventana de la cocina había cobrado una especie de nueva vida. La rueda giraba impulsada por la danza de las llamas que habían prendido a sus pies. El fuego también se había adueñado del montón donde antes estaba la cocina. De todas las ventanas del primer piso salían llamaradas.
Roald se dio cuenta de que estaba contemplando una casa donde unos padres se carbonizaban mientras él esperaba a que su hija saliese de entre la basura de un contenedor azul. Había perdido la noción de la realidad. Y del tiempo.
Estudió el dibujo enmarcado. Era el retrato de una mujer, una mujer muy hermosa. ¿Sería Maria? Era su boca. Le vino a la mente el retrato de Mona Lisa. El dibujo iba firmado con un discreto «Jens» en la esquina inferior de la derecha. Se guardó el retrato y el reloj de arena en uno de los amplios bolsillos del abrigo, luego sacó la carta del bolsillo bruscamente y la desdobló con rapidez. Sus ojos recorrieron las páginas distraídamente. Sólo en las últimas líneas logró prestarle atención al texto:
Para empezar, me encantaría ir a haceros una visita a ti y a tu familia. Retomar la relación, si a
ti también te apetece. ¿Qué me dices? ¿Me escribirás? O llámame, si tienes ocasión (te anoto abajo
la dirección de mi casa y mi número de teléfono).
Con cariño,
tu hermano que te quiere,
Mogens
Había una posdata que no había llegado a leer cuando la trampilla del contenedor se cerró con un golpe. Desde donde estaba pudo sentir cómo retumbaba el metal.
Dobló la carta y volvió a guardársela en el bolsillo mientras miraba a la niña que se acercaba. Llevaba un libro en una mano y un oso de peluche en la otra. ¡Un oso! Seguía siendo una niña, sólo una niña. Una pequeña valiente armada con un puñal y un osito. Y ahora él tenía que cuidarla.
Cuando llegó junto a él, Roald le tendió la mano, expectante. Ella se quedó observándola. Luego se metió el osito debajo del brazo izquierdo para tener una mano libre. Con ella agarró tímidamente la de Roald.
—¿Ya podemos irnos? —preguntó él—. ¿Corriendo hacia El Cuello?
Ella asintió.
—Sí, pero aún hay que esquivar dos trampas más.
—Muy bien. ¡Tú me guías!
Ella volvió a asentir y echaron a correr.
Los pasos de Roald resonaban en la tierra como pesadas explosiones. Los de ella no se oían. Avanzaba tan silenciosamente, que Roald tuvo que mirar hacia abajo para comprobar que tocaba el suelo al correr. La niña lo alejó del camino para rodear un abeto enorme y vuelta al camino, y luego le hizo pasar la barrera por la derecha, lo que los obligó a ladearse un poco. Ahora la manita de la pequeña aferraba la suya con fuerza. Le hacía sentirse extrañamente seguro.
Una vez al otro lado de la barrera se detuvieron, como si fuese algo pactado. Como si la barrera supusiese un factor de protección y cerrase el paso a las llamas, la muerte y la desgracia. Como si allí estuviesen a salvo.
—¿Ya no quedan más trampas? —interrogó Roald a su experta guía.
Ella contestó que no con un gesto y levantó la mirada hacia su hogar en llamas. El fuego ya había llegado al tejado del taller. Frente a él, el contenedor aguardaba su destino como una sombra alargada. Algunos árboles ardían y a su alrededor se encendían pequeñas hogueras en la hierba.
A Roald le parecía insoportable pensar en lo que sentiría la niña ante semejante espectáculo.
—¿Qué libro es ése? —le preguntó.
—Robin Hood—respondió ella bajando la vista hacia el libro.
—Si quieres, te lo llevo y así no tienes que cargar con él.
La pequeña asintió y le tendió el libro, que él se guardó en el bolsillo. Debajo de la camiseta y la cinturilla del pantalón, notaba la carpeta verde pegada al vientre.
—Le has disparado a la perra en el corazón porque estaba sufriendo, ¿verdad?
Ella asintió una vez más y le miró con tristeza.
—Buen tiro. Y un detalle muy bonito de tu parte. Gracias.
Aunque las lágrimas le resbalaban por las mejillas, la carita de la niña se iluminó levemente.
—Entiendo que llores —susurró Roald.
En ese momento se dio cuenta de que Liv aún estrujaba algo más en la mano con la que antes sujetaba el libro.
—¿Quieres que te lleve algo más?
Ella abrió la mano con mucho cuidado y le mostró un pedacito de ámbar.
—Era de papá. Dentro hay una hormiga antiquísima.
—Ya lo creo —dijo Roald—. Cuando lleguemos a mi casa le echaremos un vistazo.
Ella asintió y se guardó el trozo de ámbar en el bolsillo.
—¿Quieres llevar tú el osito?
—Sí —susurró la niña abrazando el peluche.
Entonces Roald descubrió el paquete que había sobre el mojón.
—Ese paquete de ahí… ¿sabes lo que es?
Liv movió la cabeza de un lado a otro.
—¿Quieres que nos lo llevemos? —Miró con preocupación hacia las llamas, que se abrían paso hacia ellos. No debería haber preguntado. Tenían que marcharse.
—No, quiero irme —contestó ella cogiéndole de la mano.
Echaron a correr de nuevo. Siguieron el recodo en dirección al sur, avanzaron por el camino en paralelo a los abetos, bajaron a través de los abedules, atravesaron el pequeño claro y continuaron por los pinos bajos y por el tramo donde crecían los rosales silvestres, en flor hacía largo tiempo. Y por fin llegaron hasta El Cuello. Roald había empezado a sentirse insólitamente ágil. Sus pies danzaban a un ritmo regular y los pasos inaudibles de la niña volaban junto a él como un pulso fiel que le doblaba el compás.
Ya casi habían llegado al final de El Cuello cuando se detuvieron y se dieron la vuelta. Del centro de La Cabeza ascendía un humo denso y negro, y por detrás de los árboles más meridionales se veía con claridad un resplandor rojo. Tal vez ardiera toda La Cabeza. Tal vez fuese lo mejor.
Roald apoyó las manos en los hombros de la niña. Oía su respiración y sentía el movimiento de sus hombros. O sea, que no era del todo sobrenatural. Volaba, pero respiraba.
—Creo que tienes un tío muy simpático y vamos a encontrarlo. Pero, pase lo que pase, yo voy a cuidar de ti, no debes tener miedo.
—Yo no tengo miedo —dijo ella—. ¿Tú sí?
Echó la cabeza hacia atrás para mirarle.
Él le acarició el cabello.
—No. Ya no.
—¿Cómo te llamas?
—Roald.
—Yo me llamo Liv. Y no estoy muerta.
—Ya lo sabía. —Él sonrió—. Las dos cosas.
—¿Dónde vives?
—En la fonda del pueblo.
—La conozco.