Resina

Ane Riel · Capítulo 30 de 40

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Resina

El día que ocurrió

 

El día que ocurrió, yo estaba en el contenedor. Era uno de esos días difíciles. Por la noche había soñado que estaba a los pies de una catarata que a medio camino se echaba atrás. Yo miraba hacia el agua que había quedado colgando justo encima de mí y sabía que no iba a tardar mucho en darse cuenta de que no podía seguir ahí. Que el único que podía retirarse era el mar, no las cataratas. Me lo había dicho papá.

El agua cae.

Y los niños se ahogan. Tal vez.

Al despertar, intenté continuar el sueño para que acabase bien. Imaginé que la catarata tardaba tanto en comprender que era una catarata, que me daba tiempo a retroceder un paso y ponerme a salvo entre la pared de roca y el agua que de un momento a otro empezaría a caer como una densa cortina. Lo había leído en uno de los libros de mamá: que a veces había un espacio secreto donde se cabía de pie. Detrás de la cortina.

Pero si lo imaginaba en vez de soñarlo, no podía estar segura de si de verdad lograba ponerme a salvo. No me hacía mucha gracia.

Mientras pensaba en el sueño, cerré el agujero del oso. Mamá me había enseñado a coser, igual que a leer. Un día me regalaron mi propio costurero. Lo había hecho papá, y mamá lo había llenado de agujas y de dedales y de elásticos y de hilos. Lo tenía en el contenedor, al lado del ataúd de mi hermanita.

Al osito a veces se le hacían rotos por los que salía algo blanco. No era como lo que salía de los conejos y de los corzos y de los zorros y de la gente. Esa cosa blanca estaba seca y blandita, y parecía nieve cuando la lanzabas al aire antes de volver a meterla en el osito y coserle los rotos, o lo que fueran. Yo no sé por qué al osito se le hacían esos rotos. Igual yo lo acariciaba demasiado o igual eran los ratones. Al menos no se pudría.

Con mamá era diferente. A lo mejor era eso lo que me tenía tan triste ese día. Había subido a llevarle unas latas de comida que le había calentado en el hornillo de papá. También le había llevado agua de la bomba. Era más fácil sacarla de la bomba que intentar llegar al fregadero. Me habría gustado llevarle leche, porque a ella le encantaba la leche fresca, pero nuestra última vaca y nuestras cabras ya no daban. Debían tener hijos para dar leche, me había explicado mamá. No había hijos. Y el carnero se había muerto. Se había quedado en el sembrado más tieso que la mojama y estaba muy flaco. No sé por qué no lo quitábamos. Todos nuestros animales estaban en los huesos. A lo mejor no les dábamos mucho de comer. Papá decía que les daba lo que les hacía falta, pero no sé…

Puede que tuviese algo que ver con esa pinta tan rara que se le había puesto al pienso. También olía distinto. Había una parte guardada en el cuarto de estar porque el cobertizo ya estaba lleno de muebles. Papá iba por allí cada vez menos; pero tampoco tenía ganas de sacar los animales a pastar. Yo los oía. Creo que le reclamaban. A él o a la hierba.

Tal vez a mí.

Pero yo no me atrevía a hacer nada si no me lo decía papá. Ya no me atrevía a ir sola al establo, creo que más que nada porque me daba miedo lo que podía encontrarme allí.

Esa mañana sonaban aún más lastimeros que las otras veces. Me pareció oír llorar al caballo.

Pero lo de los animales no fue lo más triste que pasó ese día. Lo peor fue mamá.

Mamá también tenía rotos, pero no rajas de esas secas y pequeñitas que se cosen y ya está. Las suyas eran heridas grandes llenas de pus. Cuando iba a ayudarla con el cubo y el trapo y ella se volvía un poco encima del colchón, se las veía. Le habían salido de estar todo el día tumbada y de pesar tanto, me explicó en su cuadernito. Comparado con mamá era diminuto, y el boli casi se le perdía dentro de la mano.

¡Estaba enorme, grandísima!

Y, aun así, era como si su cuerpo hubiese cambiado. Se repartía por la cama de otra manera. Estaba más flojo; como el osito cuando perdía por un roto más cosa blanca de la cuenta y yo tardaba en volver a rellenarlo. A lo mejor era porque ya no le llevaba tanta comida como antes. Yo lo intentaba, pero era complicado. Papá decía que no convenía darle demasiada.

Ya no sabía qué hacía papá. Estaba, pero no estaba.

Lo peor de todo era que los rotos estaban empeorando y mamá lloraba. Esa mañana me escribió en el cuaderno que había mandado a papá a la isla grande a traer algo de la farmacia para curar las heridas. Y unos calmantes para el dolor. Eso último no lo entendí. ¿Cómo se calmaba al dolor? ¿Cantándole nanas? Sus notas habían cambiado. Las frases se habían vuelto más cortas y su letra no era ni la mitad de bonita que antes.

Mejor si trae al médico, añadió al final. Esta vez necesitamos ayuda.

Entonces me entró miedo en serio, porque papá me había explicado lo de los médicos. Había que andarse con ellos con mucho ojo. Te ponían enfermo, decía. Y metían las narices en cosas que no debían. Se llevaban a la gente.

¿Y si se llevaban a mamá? ¿Y qué pasaba conmigo? ¿Y si me veía un médico que hubiese venido a ver a mamá? ¿Me llevaría? ¿Me pondría enferma? ¿O me mataría? No tenía ningunas ganas de morirme de verdad.

Por eso no entendía a mamá.

Al mismo tiempo, había empezado a entender que tampoco entendía a papá. La verdad era que no entendía nada de nada. Carl no me servía de gran ayuda, pero era agradable contar con él y no entender nada juntos.

El caso es que no tenía muy claro qué traería papá a la vuelta. Lo había visto alejarse por el camino en la camioneta y desaparecer por detrás de los abetos a la altura de la barrera. Antes había sacado dinero de la caja de caudales que había en el contenedor. Había un montón: billetes con señores y lagartijas y ardillas y gorriones y peces y mariposas, moneditas marrones y monedas más grandes con la cabeza de una señora que podría ser la mujer del carnicero vista de perfil.

A papá no le hacía mucha gracia que el dinero saliera de la caja.

—Hay que cuidarlo igual de bien que a ti, que a las cosas y que a tu hermanita en su ataúd.

A mí me entraron ganas de añadir: «Y que a mamá en la cama y al ganado en el establo». Pero no lo hice.

Ya había animales también dentro de la casa. Los conejos estaban por todas partes. No sé de dónde saldrían, ¡si al principio no eran más que dos! Como siempre cerrábamos con llave, nunca salían, a no ser que yo me llevase alguno al contenedor. Eso era lo bueno de que hubiese tantos: papá no se daba cuenta si faltaba alguno.

A veces me preguntaba qué ocurriría si los conejos de casa conocieran a los conejos que vivían fuera, en la naturaleza. ¿Podrían comunicarse? A mí los conejos salvajes nunca me habían dado miedo. En cambio, los de la casa me asustaban un poquito, porque eran muchos. En cierta forma, parecían más salvajes.

Y luego estaban sus ruidos. No tenía nada malo que uno dijese algo, pero si toda la casa empezaba a chillar al mismo tiempo, la cosa ya tenía menos gracia. Y los conejos no eran los únicos que sonaban; había más animales: bichos relucientes que correteaban por el suelo y las paredes y chascaban si los pisabas sin querer (yo nunca lo hacía aposta). Brillantes moscas verdeazuladas que zumbaban alrededor de las latas abiertas. Mariposas pálidas que estrellaban las alas pardas contra las ventanas en algún punto por detrás de las montañas de cosas o caían en una telaraña y giraban sobre sí mismas hasta la muerte. Ratones pequeñitos y ratones enormes de larguísimos rabos. Siempre había algo arañando, gruñendo o gimoteando en algún rincón. A veces era mamá.

Yo ya había dormido en muchos puntos de la casa. Arriba, en mi cuartito, hasta que las cosas me dejaron sin sitio. En la habitación del fondo hasta que se hizo imposible llegar a ella. Con mamá hasta que ya no cupimos las dos. Abajo, en el cuarto de estar, en el hueco de las escaleras y hasta detrás de la puerta del taller. No tenía más que llevar mi edredón y listo.

Pero ahora dormía casi siempre en el contenedor con Carl. Allí estábamos tranquilos. Como mucho, se oía merodear a unos ratones. De los pequeños. Los pequeños me gustaban, aunque nunca pude perdonar al que intentó mordisquear a mi hermanita.

Por lo general dormía durante el día. La luz era muy fuerte cuando no estaba mezclada con la oscuridad, tan fuerte que hacía daño.

Prefería salir con la luna, cuando la oscuridad brillaba por sí misma. Si no, usaba mis linternas. Las tenía de todos los tamaños y de todas las potencias, y también toda clase de pilas. Pero cuando estaba en el contenedor, casi siempre encendía un farolito con una vela dentro.

Me gustaba quedarme mirando la llama.

Cuando la trampilla del contenedor se quedaba entornada o por los respiraderos que había abierto papá entraba la corriente, a veces la llama subía y bajaba y se retorcía sobre sí misma. Si no, se quedaba en su sitio danzando sobre su mecha. Yo intentaba imaginar que la llama se cuajaba como la resina y que millones de años después alguien la encontraba, la mordía y decía: «Sí, es una llama antigua. ¡Ya tenían fuego entonces!». Y dejaban que un niño la mirara y descubriese aquella mecha milenaria.

Pero no conseguí librarme del todo de la luz. De la luz del día. Porque papá empezó a mandarme otra vez al bosque a buscar resina. Yo sangraba árboles y más árboles y volvía a casa con toda la que podía acarrear; en unos cubos pequeños que papá vaciaba en los barriles.

—Hace falta más, Liv. Trae más. A los árboles no les hace daño. Abre varios cortes más en unos cuantos. Necesitamos más. Mucha más.

De repente, había dicho muchas cosas de una sola vez. En otras ocasiones se limitaba a levantar la trampilla del contenedor y gritaba: «¡Resina!». Para mi desgracia, él prefería no ir al bosque. Creo que le habría sentado bien. Yo disfrutaba con el paseo, pero le echaba de menos. El bosque no era el mismo sin papá.

Lo bueno de todo aquello fue que de repente volvió a trabajar en el taller. Mejor que estuviese allí, construyendo algo, que verlo en algún otro sitio donde, en realidad, no estaba. Un día que fue a buscar algo a Korsted, aproveché para entrar a echar un vistazo. Me alegró ver que había ordenado la zona del banco de trabajo y quedaba más espacio para moverse mejor. Había una pila de tablas y aroma a madera fresca. Era tan agradable que se me escapó una sonrisa. Me recordaba a algo que me gustaba.

Y sin embargo… Poco después llegó a casa con un montón de chatarra. También alcancé a ver una bolsa de vendas y unos bidones de aceite de pepitas de uva.

Había demasiado de las dos cosas.

Cuando al cabo de unos días descubrí lo que estaba haciendo, dejó de ser agradable. Era muy muy grande. Infinitamente más que el ataúd chiquitito que le había hecho a mi hermana.

El día que ocurrió, yo estaba metida en el contenedor cosiendo el osito y pensando en los rotos de mamá y en la catarata y en el dinero y en los conejos y en los médicos y en la resina y en el fuego cuajado; y pensando también en el ataúd de papá.

Lo que oí esa mañana fue un chillido.

No era de una rapaz ni de un búho ni de un tejón ni de alguien que acababa de ver morir a un recién nacido. Era un chillido que yo no había oído antes, pero estaba segura de que era de un animal. Y estaba casi segura de que ese animal era un perro.

Algo dentro de mí me decía que debía de haber caído en una trampa. Sin embargo, nuestras trampas no eran trampas de las que hacían chillar así; ni siquiera a plena luz del día. Una vez un zorro metió la pata en una trampa para conejos que habíamos colocado en la linde del bosque, pero no chilló, sólo se quedó atrapado. No creo que llevase allí mucho tiempo cuando lo encontramos y lo soltamos. Papá le tapó la cabeza con el abrigo mientras yo cortaba la cuerda. El zorro cojeaba un poco, pero a mí me pareció que estaba contento. Nosotros tratábamos bien a los animales y no comíamos zorros.

¡Pero este sonido! El animal debía de estar sufriendo muchísimo; lo notaba en la rabadilla. Cuando sabía que algo le hacía daño a alguien, sentía que algo me absorbía por la rabadilla, como si el estómago se me quedara pegado a la espalda y bajara hacia el suelo. Fue lo mismo que sentí el día que subí a hacerle una visita a mamá y le vi las heridas.

Si Carl hubiese tenido un cuerpo de verdad, estoy segura de que habría sentido exactamente lo mismo; por algo éramos gemelos y estábamos uno dentro del otro. Creo que nos confundíamos. Yo era un poco chico y él un poco chica. Y él estaba un poco vivo y yo un poco muerta. Lo de nuestra hermanita era diferente. Aunque, bien mirado, ella también estaba de las dos formas. El caso era que estaba allí, justo a mi lado, y eso me gustaba.

El chillido era horroroso.

Me acordé de las trampas nuevas. Papá había puesto varias para mantener a raya a los visitantes indeseados; o al menos avisarnos si se acercaba alguien. No me había dejado verlas todas, sólo me había contado dónde estaban y me había prohibido acercarme a ellas. Y me lanzó una mirada que me hizo comprender que hablaba en serio.

Las trampas del camino las conocía perfectamente, claro. El que siguiera el sendero bordeando la barrera para salir al camino que conducía a la casa tropezaría con un cable un par de metros después y haría sonar unas latas cerca de la casa. Pero tropezar no dolía tanto, no tanto como para chillar. Y yo no había oído las latas.

Si se conseguía esquivar la trampa del cable, había otro obstáculo un poco más adelante. Papá había excavado unos hoyos muy profundos a los lados del camino y los había tapado con unos cartones finos y con gravilla, con hojas y con agujas de pino. Si alguien pisaba el cartón, acabaría con el pie bien hundido en el hoyo. Le haría un poco de daño, probablemente, y tal vez hasta le haría gritar, pero lo que era seguro es que activaría el chisme que había colgando de un árbol cercano y daría la voz de alarma. Nos advertiría. Y así yo tendría tiempo para correr a esconderme.

Si te arrimabas al muro de la casa, había otra trampa en el sitio por donde todo el mundo pasaba para ir hacia la puerta principal. También había otro hoyo y, si metías el pie, te caía una rama en la cabeza. Pero era poco probable llegar tan lejos sin que te descubrieran.

Papá y yo sabíamos exactamente dónde estaban las tres trampas y no caíamos en ellas. Él aparcaba la camioneta en el camino, al otro lado de la trampa que estaba pegada al muro. Y cuando se aproximaba a la trampa intermedia, se metía un poquito por la hierba y así el hoyo quedaba entre las cuatro ruedas. Yo, para no caerme, pasaba por allí dando un rodeo siempre por la derecha del mismo abeto. Era lo más seguro; además, por muy de noche que fuese siempre encontraba el abeto con mi linterna. Era más alto que el resto y tenía arriba del todo una rama que asomaba y no costaba nada verlo cuando mirabas al cielo.

El cable de la barrera era fácil de esquivar. Bastaba con ir por el lado contrario al caminito. Pero no lo sabía nadie más que nosotros. Papá siempre cerraba la barrera al pasar, aunque sólo fuese a salir un momento con la camioneta. Decía que no quería correr riesgos. Las cosas podían torcerse si no teníamos cuidado; si alguien se acercaba demasiado.

Las otras trampas, las nuevas, como ya he dicho, yo no las conocía. Lo único que sabía era que no debía ir a casa por el camino que salía a la izquierda de los enebros, ni pasar entre los abedules altos de antes de la espesura, ni por el sendero que iba a través de la maleza, al sur de la casa. Eran las rutas más naturales cuando no se seguía el camino, que, por supuesto, era lo que hacía todo el mundo.

También había zonas del patio donde no podía estar y papá me había indicado itinerarios entre los montones. Me dijo que, si no los seguía, causaría terribles daños. Yo no entendía cómo, pero como no quería causar terribles daños, obedecía sus indicaciones al pie de la letra (menos en lo del conejo en el contenedor). También porque me miraba al decírmelo. Con esos ojos. Se veía en su mirada que era algo importantísimo.

El ruido dejó de ser un chillido y se convirtió en un aullido que fue creciendo dentro de mi cabeza. Espié por las mirillas del contenedor aguantando el aliento. El corazón me latía con tanta fuerza que hasta lo oía.

Entonces lo vi. Abajo, junto a los enebros, se movía algo. Parecía un perro, un perro grande, pero sólo alcancé a verlo en un fogonazo, cuando se echó de costado.

Había que tratar bien a los animales. Yo trataba bien a los animales. Era imposible que un perro hubiera venido a llevárseme, pero podía morderme. Los perros me daban un poco de miedo, porque tenían montones de dientes y porque creo que a papá también le asustaban. Por lo menos siempre evitaba entrar en las casas donde vivían perros que podían armar escándalo. Y morder.

Bueno, en casa del hombre de los seguros sí nos metíamos a veces, porque el perro larguirucho y orejudo que tenía nunca decía ni pío si le dábamos gominolas. Yo creo que no habría podido levantarse de su rincón junto al lavadero ni aunque lo hubiese intentado. Pero meneaba el rabo como un loco, así que había que tapárselo con un calcetín largo y gordo lo más deprisa posible para que no hiciese ruido al dar golpes contra el suelo. Una vez nos olvidamos y le dejamos puesto el calcetín, y se armó tanto revuelo que días después aún seguían comentándolo en la cola de correos, papá lo oyó: el hombre de los seguros había llevado el calcetín a la fonda para enseñárselo a todo el mundo y resultó que era uno que le había tejido al farmacéutico su mujer; ése y otro, claro. Y ahora el farmacéutico acusaba al de los seguros de haberle birlado aquellos calcetines de un valor incalculable, y el de los seguros acusaba al farmacéutico de maltratar a su basset. Aún tenemos el otro calcetín por algún lado. Habrá que cuidar bien de él.

De repente, me di cuenta de que los aullidos del perro podían estar oyéndose desde la isla grande. ¿Le llegarían a papá hasta donde estaba? ¿Vendrían un montón de médicos a meter las narices, a ponernos enfermos y a llevárseme?

Tenía que parar esos aullidos.

Mi arco y mis flechas no estaban muy lejos. Dejé el osito y cogí el arco. Y el carcaj. Todo estaba a punto; no lo había usado mucho porque ya no comíamos ese tipo de cosas. Las latas eran más fáciles, decía papá. Pero yo me entrenaba de vez en cuando.

Al correr hacia los enebros me di cuenta de que había llorado, aunque ya había parado. Me escocían los ojos. También podía ser por la luz del día

El corazón me seguía latiendo con mucha fuerza, pero en todo lo demás mi cuerpo me obedecía. Salté sin hacer ruido por encima de las matas de hierba y avancé en zigzag entre los arbolillos nuevos que crecían por todas partes como un bosque para gente en miniatura. A mi hermanita le habrían parecido unos árboles bien altos, pero yo alcanzaba a ver por encima de ellos mientras corría. El carcaj me iba dando golpecitos a la espalda a cada salto; lo había cosido yo misma con la piel de cuatro conejos silvestres. También había torneado las flechas y fundido las puntas mientras papá me contaba todo lo que se podía hacer con la madera sin dejar de sonreír ante la habilidad de su hija.

El perro se había tumbado y su aullido se había vuelto largo y débil, como si no le quedara mucho para apagarse. Pero ahí seguía. Taladrándome el oído.

Horrorizada, miré su pata trasera, toda retorcida sobre la hierba. La parte de abajo estaba aprisionada en un monstruo de metal que parecía sujeto con una cadena a algún punto en la tierra, por debajo de la hierba y las ramitas. Aunque la hierba era alta, había un paso natural entre la masa de enebros y un grupo de árboles. Ése era el sitio al que tenía prohibido acercarme. Uno de ellos. El monstruo de metal parecía una dentadura enorme cerrada alrededor de la pata. De vez en cuando, el perro trataba de liberarse, pero a cada intento que hacía, los dientes se le clavaban más y más en la carne. La sangre era muy roja a la luz del día. Había demasiada luz. Y demasiada sangre. Nunca había visto nada tan rojo como aquella sangre.

Lo intenté. Intenté con todas mis fuerzas separar aquellos dientes de metal, pero no pude. Intenté también abrirlos con una rama, pero se partió. El metal era invencible.

Otra vez estaba llorando. Miré al perro, tendido sobre un costado, observándome. Le vi los dientes, a punto de desaparecer en medio de un montón de espuma blanca. La lengua le colgaba sin fuerza por la hierba. Por mucho miedo que tuviera, ese perro no quería morderme. Quería ayuda.

Su pecho subía y bajaba delante de mí. Era como si el aullido saliera de allí dentro. Retrocedí un poco, cargué y apunté. Era mi mejor flecha.

Le atravesé el corazón, estoy segura. Le miré a los ojos y por un momento el perro y yo nos metimos el uno dentro del otro.

Luego murió.

No me había parado a pensar qué iba a hacer después. Tampoco me dio tiempo luego, porque en cuanto dejó de sonar el aullido, oí el grito.

—¡Ida! —gritaba alguien a lo lejos; un hombre—. ¡Idaaaa!

Eché a correr más deprisa que en toda mi vida. Aunque lo que me apetecía era meterme de cabeza en el contenedor, no me atrevía, porque el hombre podía verme atravesar la zona desprotegida y no sabía cuánto tiempo tenía. Decidí recorrer a toda prisa el breve trecho que había hasta la linde del bosque. Podía esconderme entre los árboles y, si me seguía, le despistaría en el bosque. Fuera quien fuese, no lo conocería tan bien como yo.

Encontré un sitio donde los pinos me tapaban completamente y a la vez se divisaban los enebros. Entonces lo vi. Llevaba puesto un abrigo verde y grande… y algo alrededor del cuello. Creo que era la correa de un perro. Debía de ser su perro.

Estaba segura de haberlo visto antes, pero no recordaba dónde. Al perro no lo conocía. Esperaba que aquel hombre lo hubiese tratado bien, aunque seguro que los de la isla no eran tan buenos con los animales como nosotros. Ellos no eran buenos ni con la gente.

Intenté no pensar que papá había fabricado aquella trampa de metal y la había colocado. Pero no lo conseguí.

¿Y si ese hombre era un médico? Pero ¿papá no habría…? ¿Y quién era Ida? ¿Sería el perro? No me había fijado en si era hembra. Pero tenía barba, una barba gris. Casi blanca. Ojalá fuese un perro muy viejo.

El hombre se había arrodillado junto a él. Le estaba diciendo algo, lo vi. Lo acarició. Y le limpió el hocico. Y trató de separar los dientes de metal con las manos. Y le sacó la flecha con mucho cuidadito. Y acercó la cara al pecho del perro. Y volvió a incorporarse y se quedó mirándolo. Y vio el trozo más largo de la rama que yo había utilizado. Y probó a abrir los dientes de metal con él. Hasta que se partió. Otra vez. Y movió la cabeza de un lado a otro.

Yo creo que estaba llorando.

Lo vi levantarse. Se secó los ojos con la manga y se quedó un buen rato mirando al perro. Luego se agachó a recoger mi flecha y se pasó un buen rato estudiándola. Me pareció que le daba vueltas y esperé que le pareciese una flecha muy bonita. Me había costado un montón hacerla.

Al cabo de un rato se dio la vuelta y miró hacia nuestra casa. Desde donde se hallaba, se veía el contenedor y la parte de detrás del edificio de madera donde estaban el taller y el cuarto blanco, que sólo tenía una ventanita por la que no se veía nada de nada. A la izquierda del taller seguramente vería la parte alta del muro de nuestra casa. Un grupito de abetos y abedules lo tapaban un poco. A su lado pasaba el camino, que luego doblaba la esquina entre la casa y el taller y se convertía en el espacio abierto del patio. Bueno, que ya ni estaba muy abierto ni tenía mucho espacio.

Me preguntaba por qué no habría llegado por el camino. Debería haber llegado a la barrera y, una vez allí, o dar media vuelta al ver nuestro letrero o seguir el sendero que rodeaba la barrera y continuar hacia la casa. Habría tropezado con el cable, que habría dado la voz de alarma… Pero entonces me acordé de que él había ido siguiendo el sonido, el aullido. El perro debía de haber dado un rodeo alrededor de la barrera y luego se había alejado en dirección a los árboles de Navidad y el bosque del norte. A lo mejor iba persiguiendo a algún conejo; cerca de donde yo estaba escondida había una madriguera.

También me pregunté qué habría ocurrido si, en vez del perro, hubiese caído en la trampa de metal el hombre y se hubiese puesto a chillar. ¿Le habría disparado al corazón para acallarlo?

¿Habría hecho papá más trampas como aquélla?

Esperaba que el hombre se marchara. Esperaba de todo corazón que se fuese y se llevase a su perro, aunque no sabía cómo, teniendo en cuenta que el perro estaba sujeto a la trampa que estaba sujeta al suelo. Y esperaba también que dejase allí mi flecha.

Pero en cambio dejó al perro, se llevó mi flecha y echó a andar en dirección al contenedor.

Me quedé un rato allí quieta. Después fui detrás de él, escondiéndome entre los árboles.