Resina
Matar
Puede que, en el fondo, Jens supiera que su madre sólo quería lo mejor para ellos; que su propuesta era una forma de expresarles su preocupación y su amor. Puede que hasta supiera que le sobraban motivos para estar preocupada. Aun así, no fue capaz de ver la propuesta de Else como otra cosa que una amenaza; el presagio candente de una nueva catástrofe que no podrían soportar.
Cuando se acostaron aquella noche, Maria lloró en la cama. No la había visto llorar con semejante desgarro desde la última vez que su madre había aterrorizado su hogar. Desde el accidente.
—Tienes que sacarla de aquí —declaró la mujer que amaba sollozando.
En su interior crecía una nueva vida. Una vida más. La otra dormía el sueño de los justos en su cuartito, al final del pasillo. Con su puñal sobre el vientre. Sola.
En ese instante, algo se rompió dentro de Jens. El último hilo del lazo que lo ataba a otra persona, la sombra de un cordón umbilical.
Aferró la mano de Maria en la oscuridad.
—Sí, voy a sacarla de aquí —susurró con la mirada extraviada—. ¡Para siempre! Es la única salida.
Allí solamente había una persona prescindible.
—Lo haré antes de Nochebuena.
Su mujer oyó sus susurros. También comprendió lo que le estaba diciendo. Y supo que debía poner alguna objeción. Pero no fue capaz.
Jens se levantó de la cama, se inclinó sobre Maria y la besó en la frente antes de vestirse. Luego desapareció.
Al cabo de un rato, Maria lo oyó trabajar en el taller.
También Else Haarder lo oía desde el cuarto blanco, donde, en contra de lo habitual, aún no se había dormido.
Se dijo que Jens debía de ir con retraso con los regalos de Navidad, pero que de todas formas no dejaba de ser raro que intentase terminarlos en plena noche. Por otra parte, cada vez la sorprendían menos las ocurrencias de su hijo menor. Él y su pequeña familia parecían vivir en otro mundo, un mundo enfermo y sumido en el caos. Else sabía mejor que nadie lo que era el aislamiento y que podía acabar afectando a la cabeza, pero aquello… aquello era una locura.
Y por más que le partiese el corazón, ya no le quedaban dudas: tenía que salvar a su nieta del destino al que la estaban abocando. Al parecer, a Liv no la había visto un médico en varios años porque a sus padres «no les hacían gracia los médicos y esas cosas», y Else tenía el presentimiento de que su nieta jamás había jugado, tal vez ni siquiera hablado, con ningún niño de la isla grande. Es verdad que Maria tenía cabeza para los libros, pero no la suficiente para educar a la niña en casa, como ella pretendía. A Liv le hacía mucha falta salir y conocer a otras personas, a alguien que no estuviese matándose a fuerza de comer ni convirtiendo su hogar en un vertedero. En la vida de esa pobre niña no había nada normal.
Luego estaba todo eso de las excursiones nocturnas que tanto la preocupaban, por no hablar de lo de Carl. En realidad, tal vez fuese un caso para la policía, un caso bien triste. Confiaba en que no empezasen a escarbar en el asunto del accidente y reabrieran viejas heridas. En esos momentos era lo último que necesitaban.
Pero algo había que hacer, así que Else, de entrada, había encargado un contenedor, uno viejo de segunda mano que llegaría justo después de Año Nuevo. Jens no sospechaba nada. Se había limitado a dejarla en la oficina de correos el día convenido y a recogerla después como habían acordado. Con ayuda de la empleada, había dado con una empresa, los había llamado desde la cabina y les había mandado un cheque de inmediato. Era un poco caro, pero necesario, pensó. Sabía que tenía fondos porque su eternamente servicial prima había insistido mucho en contribuir con una cantidad extra para gastos imprevistos. Karen entendería lo del contenedor.
Lo único que la preocupaba era que no conseguía localizar a la prima. No contestó al teléfono a la hora que habían acordado. Ojalá no le hubiese ocurrido nada.
Else se sentía un poco culpable por haber encargado el contenedor a espaldas de Jens, pues sabía que era una intromisión terrible de su parte. Sin embargo, una vez que estuviera allí, pensaba, supondría una oportunidad de empezar a ordenarlo todo y darle un respiro a la casa. En realidad, tal vez fuese la única forma que tenía de ayudar a su hijo a salir del caos. Quizá al menos Maria aprovechase la ocasión.
Else estaba deseando quedarse a echar una mano el tiempo que hiciera falta, pero no se hacía ilusiones y no creía que fuesen a permitírselo. Tal vez fuera mejor no quedarse allí, molestando.
¡Pero a Liv no tenía más remedio que ayudarla! Había decidido acudir a las autoridades, aunque no antes de Año Nuevo. Ahora lo importante era disfrutar al máximo de las fiestas navideñas.
Cuando por fin se libró de aquellos pensamientos que la atosigaban y se quedó dormida, aún se oían serruchos y martillazos en el taller.
La víspera de Nochebuena cenaron en silencio. Else había insistido en hacer la compra y cocinar, y tuvo la sensación de que si se había salido con la suya era sólo porque Jens tenía los dientes tan apretados que no pudo contestarle y se limitó a asentir.
No había conseguido que su hijo la mirase a los ojos en todo el día. Después de ir a buscar su café matutino, Jens había guardado las distancias. Y lo mismo ocurría con Maria. Había vuelto a cerrarse como una ostra y no le dio ni los buenos días al bajar, aunque sus ojos hinchados y enrojecidos dejaban entrever que no había pasado una buena noche. Durante todo el día, Else la oyó trajinar por la casa y la vio moverse por la zona del establo con cierta dificultad, pero no apareció por la cocina. Mejor, porque con el poco espacio que había no habrían cabido allí las dos al mismo tiempo. Liv entraba y salía, pero hasta ella parecía no saber qué hacer exactamente. En un momento dado, Else la vio desaparecer en dirección al bosque con el arco a la espalda. Tardó varias horas en volver.
A Else le vino a la memoria la época en que veía desaparecer a sus hijos entre los mismos árboles desde la misma cocina. Entonces siempre era Mogens el que volvía primero y, por lo general, se encaminaba hacia el taller con decisión y alguna idea nueva en mente. A veces Jens tardaba tanto en volver que llegaba a alarmarla. Cuando por fin regresaba y ella le preguntaba qué había estado haciendo, el muchacho simplemente contestaba que estar con los árboles. A Silas nunca le preocupaba.
Iban a cenar pastel de carne. A Jens antes le encantaba el pastel de carne de su madre, de modo que Else tenía la leve esperanza de que aquella cena hiciese que su hijo percibiera sus buenas intenciones.
Si las percibió, lo disimuló muy bien. Jens comió, pero al parecer más por hambre, de manera mecánica, que por placer. Else ni siquiera estaba muy segura de que se hubiese fijado en lo que le habían servido en el plato, porque tenía la vista clavada en el mantel y movía el tenedor sin mirarlo. De repente, parecía avejentado.
A nadie le interesaba el vino que había en la mesa.
Maria también comió, pero, como de costumbre, sin decir palabra, e hizo caso omiso de Liv, que hurgaba con aire escéptico en la comida e iba formando en el plato montoncitos de zanahoria, puerro y cebolla mientras parte de la carne acababa en el mantel. En una noche normal, Maria habría intervenido de inmediato al ver que Liv olvidaba los modales a la mesa.
Else se disponía a corregir a la niña, pero al comprender que probablemente iba a ser lo único que se dijera en toda la cena prefirió olvidarlo.
—¿Tienes ganas de que llegue mañana, Liv? —le preguntó a su nieta.
Liv levantó la vista del caos absoluto que empezaba a reinar en su plato. Asintió sonriendo como una niña que aguarda con impaciencia la Nochebuena. Ah, gracias al cielo, al fin un destello de normalidad, pensó Else correspondiendo a su sonrisa.
Cuando se ofreció a recoger y a fregar, no se oyeron protestas. Todos lo habían dado por hecho. En cuestión de segundos, Jens y Maria se retiraron al taller y al dormitorio respectivamente y Liv se quedó jugando en el cuarto de estar. Desde la cocina, Else la oía parlotear consigo misma.
Antes de irse a la cama, se sentó a la mesa de la cocina y se tomó un vaso de vino. Había fregado los cacharros, pero ordenar aquella habitación y dejarla limpia era misión imposible. La oscuridad la impregnaba por todas partes.
Rompió a llorar.
Afuera ululaba un búho.
Cuando Jens decía a su hija que la oscuridad se llevaba el dolor, no era del todo falso. Él se sentía más a gusto en la oscuridad, que lo envolvía en un cálido abrazo. En algún punto de su recuerdo, notaba aún los brazos de su padre dentro del ataúd, el calor de su aliento en la nuca, el aroma a madera recién cepillada. La complicidad, la confianza, la seguridad.
Jens sabía exactamente dónde estaba cada cosa en su dormitorio sin necesidad de luz. No quería despertar a Maria, de modo que se levantó con mucho cuidado, sin encender, sin pisar los libros y sin tropezar con la máquina de coser, con la pecera vacía ni con ninguna de las cajas que había desperdigadas entre la cama y la puerta. Avanzó sin hacer ruido por el pasillo, bajó por las escaleras, atravesó el recibidor y salió por la puerta de la calle.
Al otro lado del patio se alzaba el taller como una sombra alargada en la oscuridad de la mañana, y al final del edificio estaba el cuarto blanco, donde dormía su madre. Jamás pensaba en lo absurdo que había acabado siendo ese nombre.
Desde el bosque llegaba un viento frío que arrastraba algunos copos como un augurio fugaz de una Navidad blanca. Al pisar una ramita de abeto que el viento había arrancado del clavo de la puerta del cuarto blanco, jadeó sobresaltado. No estaba habituado a encontrar cosas en el suelo justo en ese punto. Llevaba bajo el brazo la almohada con la que pensaba ahogar a su madre.
La llave no estaba echada. Else y Silas jamás cerraban con llave en La Cabeza y por un momento Jens se paró a preguntarse si su madre haría lo mismo en la ciudad. Con toda aquella gente. Podría entrar alguien y hacerle algo, quitarle algo.
Él siempre cerraba bien.
De la cama salía un torrente de potentes ronquidos. Un sonido familiar para Jens, que lo encontraba reconfortante y repulsivo al mismo tiempo. En ese preciso instante le era de gran ayuda, pues le servía para orientarse y a la vez garantizaba que su madre dormía profundamente. Entró con mucha cautela y cerró la puerta con un suave chasquido. Pasó varios minutos inmóvil por completo, escuchando los ronquidos y el silencio, mientras sus ojos se hacían a la oscuridad del cuarto. Poco a poco empezaron a perfilarse siluetas, entre ellas la de su hija, que se levantó sin hacer ruido al otro lado de la cama.
—¿Liv? —susurró—. ¿Qué haces aquí?
Con pasos inaudibles, Liv se acercó a su padre, que se arrodilló frente a ella hasta que sus ojos quedaron a la misma altura.
—Estoy entrenando para el juego —susurró ella entusiasmada—. Y mirando lo que lleva en las maletas. ¡Hay muchísimas cosas!
Luego le puso una mano en la rodilla.
—Y tú, papá, ¿qué haces tú? —Se quedó mirando la almohada con curiosidad—. ¿Vas a dormir aquí?
—No, es que… —Jens titubeó. No le parecía bien mandarle que se marchara. No habría sabido explicarlo, pero sentía que lo correcto era dejar que estuviese allí. Ella siempre formaba parte de todo—. Liv, tú ya sabes que a veces, cuando un corzo ya es viejo, lo más conveniente es matarlo, ¿verdad?
La niña asintió con vehemencia.
—Pues ahora mismo lo más conveniente es matar a la abuela.
Estudió el semblante de su hija. Sus entusiastas cabeceos habían dado paso de golpe a una inmovilidad absoluta. Veía brillar sus ojos.
—Vale —dijo la niña por fin. Sus susurros habían adquirido una consistencia reflexiva que antes no tenían. Algo que la hacía parecer adulta—. Pero ¿por qué?
—Ha vivido una vida buena y larga y ya está lista para seguir adelante.
—Ya, pero… es que es tu madre, ¿no? Me lo contó el otro día y tú dijiste que era verdad.
—Sí.
—¿Y puede uno matar a su propia madre?
—¡Liv, si no lo hago, te llevará con ella! Ya no podrás vivir aquí con nosotros. Ni tu madre ni yo podríamos soportarlo… ¿Y tú?
Liv contestó que no con un gesto decidido. De la cama seguían saliendo los ronquidos con precisión cronométrica.
La niña le puso las manos sobre los hombros, se acercó mucho a él y le susurró al oído:
—Entonces, es mejor que lo hagas.
Jens pasó un brazo alrededor de su hija y la besó con suavidad en la mejilla.
—Muy bien, cariño —susurró—. Lo haré muy rápido para que no note nada.
—Además, está oscuro.
Jens asintió, la soltó y se levantó despacio.
—¡Pero, papá! —susurró Liv volviendo a agarrarlo del brazo—. ¿Cómo piensas hacerlo?
Se produjo un breve silencio. Un silencio total, porque los ronquidos de Else Haarder cesaron de pronto. Se oía el debilísimo sonido de los copos de nieve al acariciar la ventana como blandos cristales.
La oyeron darse la vuelta, taparse con el edredón y lanzar un suspiro que podía situarse en cualquier punto entre el sueño y la vigilia.
Esperaron.
Por fin la respiración se hizo más pesada para acabar convirtiéndose en las inspiraciones profundas de siempre.
Y por fin Jens respondió a la pregunta de su hija.
—Con esto. —Sujetó la almohada con fuerza. Luego volvió a mirar a Liv. La veía en la oscuridad con total claridad, pero era consciente de que ella le veía aún mejor. Tenía una visión nocturna impresionante—. Puede que sea preferible que salgas.
—No, yo quiero estar aquí —replicó ella sin vacilar. Liv podía ser muy resuelta.
Jens sintió una punzada de alegría en el estómago. Quería que se quedase. Que compartieran aquello como compartían todo lo demás.
—Entonces ponte ahí —susurró señalando hacia el otro lado de la cama —. No te acerques demasiado. Lo más probable es que patalee un poquito.
—¿Como las platijas?
—Sí, como las platijas.
Else Haarder estaba echada boca arriba con las manos entrelazadas encima del edredón, como si rezara. Casi parecía haber oído aquella conversación y estar dispuesta a facilitarle el trabajo a su hijo.
No fue más que un momento.
Mientras tanto, su nieta apretaba con fuerza una mano invisible en la oscuridad.