Resina
La fonda y el niño
Cuando una brutal tormenta da un buen mordisco a la costa, no pasa desapercibido. Hombres que fuman en pipa y llevan cartapacios bajo el brazo se encaraman a lo alto del paisaje desafiado con sus zapatos caros y, con los ojos entornados, toman medidas con largas zancadas y envueltos en la neblina de la mañana, y hacen anotaciones sobre la dirección del viento y el riesgo de desprendimientos —con bolígrafo azul en sus libretas de rayas— antes de volver a sus coches e irse a tomar café. Pero cuando un mar en calma decide ir lamiendo poco a poco una lengua de tierra, al principio nadie nota nada. ¿Quién iba a darse cuenta de que ha desaparecido una pizca de arena a cada lado? ¿De que el mar va penetrando discretamente, conquistando un centímetro tras otro?
A cada año que pasaba, El Cuello era un poco más estrecho, sólo un poco. Los universos paralelos de algas, piedra, arena y cambronera del camino disminuían de forma simultánea e inadvertida. El propio camino se estaba ahogando en hierbajos, que medraban ante el escaso riesgo de que un coche les pasara por encima. El tráfico más asiduo había quedado reducido a una niña solitaria que corría por las noches con una bolsa vacía echada a la espalda y volvía después con una llena.
Roald se rascó la cabeza mientras contemplaba el interior de la nevera. Estaba casi seguro de haber guardado dos bandejas de aluminio con patatas gratinadas y no una. También estaba convencido de haber dejado una limonada en el estante antes de irse a la cama. Echó un vistazo a su alrededor. No había más señales de que alguien hubiese entrado en la cocina de la fonda.
Al principio pensó que algún huésped habría bajado a escondidas para comer un bocado. Pero seguía habiendo algo que no encajaba. Ocurría con regularidad, a veces con un intervalo de pocos días, y de cuando en cuando descubría que no era sólo comida. También echaba en falta las cosas más curiosas. En una ocasión, pasó toda una mañana buscando la baraja que estaba seguro de haber dejado en la mesa de la cocina la noche anterior, y otro día el cocinero se encontró con que faltaba una olla. Ya se había repetido un sinfín de veces, pero el asunto no tenía ni pies ni cabeza.
Siempre cabía la posibilidad, claro, de que fuese el cocinero, pero no parecía muy probable. No estaba hecho de esa pasta. Roald no conocía a nadie más digno de confianza que aquel primo lejano suyo con dotes culinarias, y se negaba a creer que fuese capaz de tirar por la borda un buen trabajo por ese tipo de sisas en su mayoría insignificantes.
Además, cada vez que descubrían que faltaba algo, el cocinero se lo tomaba con calma chicha. Se limitaba a reírse. Todo le daba risa. También había que tener en cuenta que habría sido un poquito exagerado decir que sabía con total precisión lo que había en su cocina y su almacén. Lo cierto era que sospechaba que Roald se colaba en la cocina por las noches para comerse las sobras. Cuando se lo sugirió con un brillo juguetón en la mirada, Roald lo negó en redondo. El cocinero se echó a reír y ahí quedaron las cosas.
Pero entonces, ¿quién? ¿A quién demonios podía ocurrírsele entrar y llevarse del almacén sobras, barajas, bolígrafos, refrescos y atún en conserva? Y ¿cómo lo hacía?
Esa noche no había un solo huésped durmiendo en la fonda, de modo que esa posibilidad —que se tratase de un huésped— quedaba descartada.
Roald salió de la cocina por la puerta de atrás, bajó los pocos peldaños que conducían al pasillo y siguió hasta el almacén. Tardó un rato en descubrir que faltaban varios rollos de cocina, unos paquetes de pan crujiente y pastas, unas cuantas latas de tomates pelados, salchichas, posiblemente un tarro de miel y, sin lugar a dudas, una bolsa grande de galletas y… ¡plástico de burbujas! Sí, estaba cien por cien seguro de que en la esquina de arriba había un montón de plástico de burbujas metido en la caja grande de cartón de la nueva plancha para pantalones. Y ya no estaba.
¿Plástico de burbujas? ¿Quién se dedicaba a mangar algo así? Tampoco estaban los guantes que Roald solía usar para los congelados.
Al volver por el pasillo, se detuvo unos momentos a observar el ventanuco alto y alargado que daba al sótano. Entornado, como siempre. Hacía falta algo de aire. Era imposible que entrase alguien por esa ventana. Imposible.
La cocina pasó cerrada los quince días siguientes porque el cocinero, por primera vez en veinte años, decidió tomarse unas vacaciones como Dios manda. Él y su mujer harían un viaje al continente y no descartaban volver antes de lo previsto si no acababa de gustarles estar allí tanto tiempo.
En vista de que el restaurante y varias habitaciones del primer piso estaban pidiendo a gritos una mano de pintura y diversos arreglillos, Roald aprovechó para cerrar la fonda. Podía ocuparse de todo él mismo, gracias a Dios, y ahorrarse los gastos. Si al final resultaba que necesitaba ayuda, sabía a quién recurrir, pues los parroquianos no veían la hora de volver a su abrevadero y se mostraron dispuestos a enfundarse el mono de trabajo con tal de hacerlo posible. Sobre todo, si el mono iba acompañado de cerveza. Sin embargo, Roald rechazó su oferta; necesitaba unos días para estar solo.
De repente, tomó una decisión. Sacó una bolsa de harina y la colocó sobre la mesa de la cocina. Antes de acostarse, espolvorearía por el suelo una capa muy fina. Siempre podía barrerla al día siguiente. Lo haría durante varios días, aprovechando que iba a ser el único que entrase en la cocina. Qué más daban las molestias, lo importante para él era tener certezas.
Por diversión, dejó sobre la encimera un lapicero roto, seis regalices y una baraja. Y metió en la nevera una fuente con exactamente veinticinco rodajas de salchichón, diez lonchas de jamón y cinco tiras de pimiento rojo.
Las primeras cinco mañanas que inspeccionó el suelo de la cocina no encontró la más mínima señal. La sexta mañana, había desaparecido el lapicero, así como tres regalices, siete rodajas de salchichón, dos lonchas de jamón y una tira de pimiento rojo. Y había huellas de pasos en la harina que iban de la nevera a la encimera y de allí a la puerta del sótano. Roald se agachó y observó perplejo la pisada que se dibujaba con más claridad. Era muy pequeña. Tenía que tratarse de un niño.
Al seguir el rastro por el pasillo hasta el pie de la ventana lo comprendió. Con un poco de maña, un niño podía entrar y salir por ese camino.
Pero ¿un niño? ¿De noche?
Y… ¿el plástico de burbujas?
Mientras Roald arreglaba una tira de la tarima de uno de los cuartos del primer piso, no dejaba de darle vueltas al asunto de la visita nocturna. Aunque le habría gustado tomarlo por una chiquillada, le resultaba imposible. Un niño que robaba comida, harina, pucheros y rollos de cocina con tanta frecuencia tenía que estar muy necesitado.
¡Pero es que en Korsted no había niños necesitados! A juzgar por el tamaño de las huellas, era pequeño. Un chiquillo, imaginó, sin detenerse a pensar por qué.
No podía asegurar que conociera a todos los niños del pueblo, pero sí estaba familiarizado con muchos de ellos y creía tener una idea de quiénes eran y de qué familia provenían. Ni uno solo encajaba en la historia que estaba teniendo lugar en la cocina de la fonda. Los tres críos del panadero eran revoltosos, sí, pero no podían estar detrás de aquellos robos. En parte, porque le costaba mucho verlos colándose por aquel ventanuco tan estrecho, pero ante todo porque estaba convencido de que antes de llegar siquiera a la parte de atrás de la fonda ya habrían despertado a todo el mundo. Eran unos niños mucho más ruidosos que los de otros vecinos, y hasta cuando jugaban a ver quién aguantaba serio más rato, no quedaba más remedio que taparse los oídos. Cada vez que tropezaba con aquellos tres mocosos y con su nivel acústico, a Roald lo invadía una repentina sensación de gratitud por no tener hijos. Pobre del profesor que un día tuviera que vérselas con sus hormonas en el instituto.
En cambio, le brincaba el corazón en el pecho de puro gozo cuando veía a la hija del policía. Era la personita más encantadora que había visto en su vida. Siempre con su vestido y sus trenzas, como si viviese en la casa de la pradera y no en una casa grande de ladrillo amarillo en plena calle principal. Y encima se llamaba Laura, era demasiado bueno para ser verdad. Pero lo único que la pequeña Laura había robado en toda su vida era, probablemente, el corazón de Roald.
¿Quién sería, entonces? Pasó revista a los críos uno por uno y no encontró ni uno solo al que pudiese imaginar escabulléndose de noche para ir a buscar comida. Hasta donde él veía, todos tenían lo que necesitaban. Y si llegaban a casa con artículos robados, demonio, algún padre o alguna madre lo habría notado tarde o temprano.
Siempre había sido cauto y había evitado los chismes en el bar de la fonda, de manera que se calló lo que sabía de los robos. Sólo en una ocasión les preguntó a unos clientes habituales, así, como de pasada, si en la isla había gente necesitada. Alguien a quien le costara ver satisfechas sus necesidades más básicas.
Los de la barra, después de rascarse la barba durante un rato, se acordaron de una anciana algo andrajosa que siempre andaba dando vueltas por el vertedero con un cochecito de niño. También estaba el chiflado de la granja medio en ruinas que criaba ponis de las Shetland. Y los tres borrachines que hasta hacía no mucho habían estado rondando por una marquesina del embarcadero.
Pero enseguida se pusieron de acuerdo en que ninguno de ellos pasaba auténticas estrecheces. A los borrachos no parecía faltarles bebida ni al chiflado comida; desde luego, tragaba bastante más que sus pobres ponis. Y creían que la anciana del cochecito en realidad vivía en una bonita casa con el techado de paja que había junto a la carretera hacia Sønderby, que tenía un seto de boj podado con mucho esmero y un molinito precioso en el jardín de delante. Su marido era un contable jubilado. Simplemente estaba loca.
Luego estaba Haarder, el de La Cabeza, que era un tipo un poco raro y difícil de trato. Siempre iba por ahí con un montón de chatarra, pero eso no lo convertía a la fuerza en un necesitado, y chatarra, desde luego, no le faltaba. Su mujer tampoco parecía pasar muchas privaciones, porque según el cartero se había puesto inmensa. Hacía ya mucho tiempo que nadie la veía al sur de La Cabeza.
Los Haarder habían tenido una hija, recordó Roald. No había nadie en la isla que no supiera que la pobrecilla se había ahogado en el mar. Qué tragedia tan terrible para unos padres. Y, por si eso fuera poco, habían perdido un bebé varios años antes, también en un accidente. Hasta donde había entendido, el gemelo de la niña. ¿Cómo puede ser la vida tan cruel? Si no eran raros de antes, ahora a la fuerza tenían que serlo, después de pasar por eso.
Roald recordaba el ruido del helicóptero que había sobrevolado la isla sin descanso siguiendo la costa en busca de la niña. Si por lo menos hubiesen encontrado el cadáver, demonio.
Tarde o temprano, seguro que llegaba uno a ese punto. A querer encontrar un cadáver. Tarde o temprano, seguro que moría la esperanza como un fuego cansado y pasaba a ser un deseo pequeño y ardiente de encontrar un cadáver. Mejor que nada.
Qué terrible llegar hasta ese punto.
El suelo había quedado listo y Roald retrocedió un poco para contemplarlo. Ya estaba fijo.
Así que tampoco podía ser la hija de los Haarder. Por buenas razones.
¿Sería, entonces, un enano?
Desechó la idea y se levantó. ¡Si hubiese habido en la isla un enano hambriento aficionado al plástico de burbujas, ya habría oído hablar de él, qué carajo!
Le hacía falta una cerveza.
Roald se dejó engullir por el sillón de su escritorio y se quedó mirando el teléfono. El auricular negro era un poco curvo, como si se echase obedientemente sobre la parte de arriba del aparato. La zona por donde se agarraba había perdido el brillo de la baquelita a fuerza del contacto con manos sudadas, y más abajo el disco, antaño transparente, había adquirido un color grisáceo de polvo y porquería. HIK, ponía en el agujero del cuatro. Roald le dio un trago a la cerveza. HIK. ¿Por qué no se había fijado antes? A lo mejor porque nunca le había costado tanto decidirse a hacer una llamada.
Sabía que era su deber llamar a la policía. Además, su relación con el agente no podía ser mejor. Cuando por fin se dejaba convencer y se quitaba la gorra, era un tipo simpático.
Pero dudaba. ¿Por qué?
Después del siguiente trago se decidió. Se limpió la espuma de los labios y dejó la botella vacía encima de la mesa. Para empezar, intentaría resolverlo solo. No había motivo alguno para armar revuelo. Además, el policía no iba a irse a ninguna parte.
Como siempre había habido intervalos de varios días entre las visitas nocturnas, Roald esperó cuatro noches. Al llegar la quinta, se fue temprano a la cama y echó unas horas de sueño antes de levantarse al dar las doce. Luego bajó a la cocina sin hacer ruido y se quedó allí esperando. Había sacado distintos objetos, incluso un montoncito de tebeos del Pato Donald, de la estantería que había en el descansillo. Las pocas veces que había niños entre los huéspedes de la fonda, los tebeos solían ser un éxito. Los dejó en la encimera.
De haber podido encender alguna luz, habría leído algún libro o un tebeo, ya que estaba, pero no era posible. La habrían visto a través de las ventanas. En un momento dado se quedó dormido apoyado en la mesita junto a la que estaba sentado, y a eso de las cinco se despertó porque tenía un brazo dormido. Había un silencio sepulcral y volvió escaleras arriba, a la cama.
Durante dos noches más las cosas transcurrieron más o menos del mismo modo, no hubo visitas. Y por fin, la noche del lunes al martes, ocurrió algo. Esta vez, Roald había hecho un café bien cargado con la esperanza de mantenerse despierto hasta la mañana, así que hacia las dos y media aún estaba espabilado. Sus pensamientos iban, tranquilos y centrados, de la contabilidad a sus reservas de whisky, de sus antiguos compañeros y su exmujer a la lucha contra los ratones y las quinielas de fútbol, y vuelta a empezar. Lo estaba disfrutando. Estaba allí pensando mientras los demás dormían. Afuera soplaba el viento justo para que el letrero gimiese colgado de sus goznes y la rama de un arbusto arañase suavemente las paredes.
Y, de pronto, se oyó otro ruido que procedía de la parte de atrás del edificio. Era muy débil, pero ahí estaba. Se levantó con sigilo y se retiró al sitio que había planeado. Un rincón junto a la puerta del comedor donde podía agazaparse detrás de un armario alto y pasar desapercibido en la oscuridad.
Al cabo de un rato, oyó bajar muy despacio el tirador de la puerta del pasillo. No quedaba dentro de su campo visual, pero la nevera sí. Y el niño no tardaría en estarlo.
Roald contuvo el aliento mientras la pequeña silueta se acercaba a la nevera. Si sus ojos no se hubiesen habituado a la oscuridad durante las últimas horas, no habría podido ver nada, pero ahora distinguía con total claridad el contorno de un niño. El cabello relativamente corto, delgado y con una bolsa enorme, una mochila quizá, en la mano. Se movía con rapidez y en medio de un silencio impresionante. Roald no consiguió oír ni uno solo de sus pasos.
El niño no encendió ninguna luz, pero saltaba a la vista que conocía el camino hacia la nevera. La abrió apenas un poquito, lo bastante para ver qué había dentro. Como estaba de espaldas, Roald no pudo distinguir su rostro a la luz del aparato, pero alcanzó a intuir unas greñas oscuras y un jersey a rayas marrones y naranjas. En un abrir y cerrar de ojos, el niño sacó una bandeja y volvió a cerrar la nevera. Se quedó allí olfateando la bandeja con los restos de la cena que Roald había logrado prepararse unas horas antes. Filete ruso con salsa. Le había salido riquísimo.
El niño comió un poco con las manos y devolvió la bandeja a toda prisa sin más ruido que el sonido de beso de la portezuela al encontrarse sus tiras de goma. Se lamió los dedos y se volvió hacia la mesa donde había estado Roald. Cuando su mano llegó hasta los tebeos del Pato Donald, un haz de luz diminuto iluminó por un instante la cara del Tío Gilito. Después todo volvió a ser oscuridad. El pequeño colocó la mochila en la mesa, sacó varios tebeos del fondo del montón y los guardó en ella. Luego metió la mano en un cuenquito de golosinas y se produjo un breve destello multicolor. Cogió un puñado y dejó que regalices y ositos de goma cayesen en un bolsillo lateral de la mochila. Uno de los caramelos cayó al suelo con un leve chasquido y rodó por las baldosas con un zumbidito.
El niño se quedó callado como un muerto, escuchando, esperando. Roald lo imitó. No se oía ningún ruido en ningún punto de la casa. Acto seguido el niño se agachó y tanteó el suelo con la mano hasta que localizó el caramelo y se lo metió en la boca.
¿Pensaría llevarse algo más? ¿Pasaría al almacén? Roald no quería descubrirse aún. Para su propio asombro, aquel tímido invitado no sólo había despertado su curiosidad, sino que también le inspiraba una extraña ternura. Había algo infinitamente trágico en lo habituado que estaba el pequeño a su rutina. Roald no sentía rabia, sólo compasión. Y asombro.
El niño empezó a rebuscar por armarios y cajones con gran cautela. De cuando en cuando, el diminuto haz de luz tropezaba con algo, pero nunca pasaba de ser un fugaz destello. Algo salió de un cajón y terminó en la mochila. Roald intentó adivinar de qué podía tratarse. Posiblemente un batidor manual. El niño se hizo también con un par de manoplas de cocina, o tal vez sólo una. Sin previo aviso levantó la mochila y se encaminó a la puerta.
Roald dudaba. ¿Era el momento de salir? ¿Debería dar un paso y carraspear? Si lo hacía, el niño se llevaría un susto de muerte. ¿No sería mejor esperar a que estuviese saliendo por la ventana de la cocina? ¿Por qué demonios no había trazado un plan?
El niño abandonó su campo visual. Un débil crujido le indicó que la puerta se abría y se cerraba. Poco después le llegó un sonido casi inaudible desde el pasillo; era la puerta del almacén. Si no hubiese estado atento, Roald jamás habría llegado a oírlo. Bien podría haber sido el viento. Siguió inmóvil un instante en su escondite tratando de poner en claro sus ideas.
Por fin, se decidió a avanzar. A pesar de que sabía que le estaban robando el almacén, no fue hacia la puerta del pasillo. Salió sin hacer ruido por la otra puerta y entró en el comedor, después salió al recibidor y luego por la puerta principal. Jamás se había movido con tanta cautela, pero aun así agradeció en su interior al viento que hubiese empezado a hacer algo más de ruido. Tras cerrar con cuidado la pesada puerta de la calle, dio media vuelta y se dirigió hacia la plazoleta que se extendía frente a la fonda. En uno de los arriates había un par de arbustos grandes que oscilaban a la luz de una farola. Eran lo único que no estaba en calma.
La carretera del norte estaba tan desierta como la plazoleta. A esas horas de la noche, aventurarse en la calle era toda una rareza. Roald avanzó muy despacio pegado a la fachada de la fonda, dobló la esquina y continuó hasta que vio la entrada trasera y la ventana del sótano, que estaba abierta. La luz de la farola más cercana no tenía tanto alcance, pero una luna muy esbelta arrojaba un tenue resplandor por la gravilla del camino y sobre la casa.
Lo primero que vio podía ser papel higiénico. Uno de esos paquetes de doce rollos que a duras penas cabía por la ventana. Después salió… ¿Era algún tipo de rollo? A lo mejor un mantel de hule. Acto seguido, apareció la mochila. Unos bracitos delgados dentro de un jersey a rayas lo recolocaron todo para que quedase sitio.
Entonces salió el niño.
En cuanto estuvo fuera, volvió a entornar la ventana. A continuación, se echó la bolsa a la espalda, agarró el papel higiénico y el hule y se deslizó por el camino sin hacer apenas ruido hasta llegar al asfalto. Roald se quedó mirándolo. Seguía siendo incapaz de revelar su presencia.
Lo que hizo fue seguirlo. Entre las sombras.
El pequeño no corría, no del todo, aunque tampoco caminaba. Tenía unos andares casi flotantes. A Roald le vinieron a la mente los pueblos indígenas y los braceros asiáticos, que recorren larguísimas distancias llevando pesadas cargas.
Lo que más le asombraba, sin embargo, no eran los andares. Era la dirección. El niño iba hacia el norte. ¿Viviría en una de las casas que salpicaban la carretera una vez fuera del pueblo? ¿Vivirían allí niños de esa edad?
Al norte de Korsted, la carretera estaba desierta y sin luz. Roald vaciló un segundo ante la perspectiva de deambular en la oscuridad. Pero la luna brillaba como un sable dorado que reflejaba los rayos de un sol lejano. Había luz, un poquito de luz. La suficiente para ver la figurita ante él. Pero ¿y si la figurita lo veía? Lo último que quería era asustar al niño.
Por fortuna para Roald, la carretera serpenteaba y estaba flanqueada por todo tipo de vegetación. Eso le brindaba la posibilidad de acercarse cuando no temía ser visto, pero al mismo tiempo debía admitir que le costaba seguir el ritmo del pequeño. Ese niño debía de ser fuerte como un toro.
Al cabo de un rato, el paisaje se abrió de nuevo, y un trecho más adelante, donde la carretera pasaba junto a un puñado de casas, volvía a haber farolas, sólo unas cuantas. Pero, al parecer, el niño prefería evitar la luz, porque se desvió campo a través y echó a correr, rodeando las casas por la izquierda. A mitad de camino, Roald se vio obligado a hacer un alto. Jadeante, vio cómo aquel puntito se perdía en la oscuridad rumbo al norte.
¿De verdad se dirigía a La Cabeza?