Resina

Ane Riel · Capítulo 17 de 40

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Resina

El recién llegado

 

La fonda de Korsted estaba en la curva de la carretera, nada más pasar la carnicería y la funeraria, saliendo del pueblo hacia el norte. No era una fonda grande, pero sí la única de la isla desde que la otra, la del sur, había cerrado para convertirse en un economato. Aunque en los meses de invierno la mayoría de las habitaciones permanecían vacías, los fieles parroquianos del bar y del restaurante ayudaban a que el negocio saliera a flote. La gente no quería perder aquel establecimiento. No sólo se trataba de que la comida fuese de primera, la fonda también era importante por otras razones: su bar era el centro neurálgico de la vida social en esa parte de la isla. Hasta allí pedaleaban para llamar por teléfono quienes aún no tenían uno instalado, pero, sobre todo, se iba en busca del último chismorreo o a ver un rato la tele a color que tenían en la trastienda. Sobre todo el domingo, cuando daban las quinielas. Con cada dong que anunciaba que habían marcado un tanto en la liga inglesa, aumentaba el consumo de cerveza en el viejo salón.

La fonda mantenía unidos a los lugareños como el entramado de madera mantenía unidos los ladrillos rojos, incluso los que amenazaban con desintegrarse. Todos estaban convencidos de que el techado de paja aguantaría veinte años más. Era caña de la buena. Pero había que quitarle el musgo del lado norte antes de que calara la humedad.

Roald se había hecho cargo del negocio tras la muerte repentina de su tío a consecuencia de un infarto. La oportunidad había llegado a su vida como una revelación. Al ver la carta de su tía extendida sobre la mesa de la cocina, comprendió que aquella sensación que llevaba corroyéndolo un par de años no tenía por qué ser permanente. Se lo rogaba encarecidamente sin esperar un sí por respuesta. No quiero vender sin antes hacerte una oferta, Roald.

Era cuestión de echarle valor: decidirse, dar el paso, dejar el trabajo, hacer las maletas, coger el coche hasta el ferri y el ferri rumbo a una nueva vida. Estaba divorciado y no tenía hijos que repartirse con su ex. Por desgracia. Si sus espermatozoides se hubiesen mostrado algo más dispuestos a colaborar, a esas alturas tal vez no sólo tendría hijos, sino también a ella.

Ahora su ex era madre de dos críos de revista y demasiado feliz con un melenudo muy popular que cantaba canciones ñoñas sobre el amor y la paz mundial. Roald se odiaba por odiarle.

En una especie de contragolpe desesperado, Roald decidió casarse con su trabajo. No era una relación especialmente feliz, pero ofrecía una clara ventaja: mataba el tiempo. Bueno, lo mataba y lo enterraba entre montañas de clases que preparar, redacciones que corregir, claustros de profesores y cotilleos estériles sobre la casa nueva del director y las aventuras entre compañeros.

De ese modo, con el tiempo, la herida empezó a cubrirse con una pequeña costra.

Si hubiese podido darle algo más de aire, la costra se habría engrosado y habría caído. A Roald no le cabía la menor duda. Y eso era lo que le corroía. Necesitaba aire. Cualquier aire menos el que había, no sólo en la sala de profesores, sino en toda la ciudad. Ese aire que lo llenaba de humo y de rutinas y lo aplastaba contra el asfalto, haciendo que se arrastrase entre gemidos por las escaleras hasta el tercer piso con la compra a rastras y la conciencia sucia por los cigarrillos, el whisky y todas las chicas estupendas que no le apetecía invitar a su casa y desnudar. Había empezado a pensar en todo el tiempo que no se tomaba, toda la rica comida que no cocinaba, todos los libros interesantes que no leía, todos los sueños que ya no recordaba. Era como si todo se hubiese quedado en nada.

Sólo había una respuesta.

 

Cuando dijo que no quería billete de ida y vuelta, el empleado de barba gris del ferri le lanzó una mirada discreta, pero escrutadora. Sus ojos también rozaron el coche atestado: las maletas, la planta, los libros, una estantería desmontada que había amarilleado en las zonas donde los libros no habían protegido la claridad virginal de la madera. En el asiento de atrás, se veía una caja con una radio y varias pilas de casetes. ¿Cómo vería al conductor? ¿Como el habitante perdido para la gran ciudad que en realidad era o como un posible activo para la isla?

El empleado no soltó prenda. Se limitó a coger el dinero por la ventanilla y guardárselo en la cartera negra que llevaba a la cintura. Después señaló hacia cubierta con una mano mientras con la otra hacía señas de que avanzase el siguiente coche. Cuando el nuevo dueño de la fonda subió a bordo, se oyó el traqueteo de las matrículas herrumbrosas del Simca.

Roald se detuvo un momento en una carretera solitaria rodeada de maizales por todas partes. El tibio aire de la isla le alcanzó como si el cielo de repente se le hubiese metido en los pulmones y se los hubiese abierto. El aire no tardó en llegar hasta el punto de la nariz donde vive la memoria con más fuerza y empezó a cosquillearle con recuerdos ligeros como plumas; excursiones en bici, vacas y adultos que hacían breves escapadas hasta la orilla y comían peces recién pescados bajo el sol de la tarde.

Se tumbó boca arriba sobre un mar de centeno y amapolas candentes y lo absorbió todo. De pronto, el canto enérgico de una alondra invadió el mundo. Por fin la vio, un puntito titilante en lo alto del firmamento. Allí estaba, suspendida en la nada y soportando el peso de todo el cielo.

Al cabo de un par de años ya se habían hecho a él. Los parroquianos.

Habían asistido a la fiesta de bienvenida, y la calurosa presentación que la tía hizo de su sobrino obró milagros. La apreciaban mucho, era obvio. Tan obvio como que lamentaban que se fuese al continente a vivir con su familia. Pero los nietos tiraban mucho y el reúma desgastaba. Y echaba de menos a Oluf. Era comprensible.

Lo que comprendieron menos fue que Roald llegase solo. Eso del divorcio no se estilaba en la isla. Allí la gente aguantaba y, llegado el caso, dormía en habitaciones separadas si eso facilitaba las cosas y la casa era grande. Cuando había problemas, no hablaban del tema abiertamente, y mucho menos con gente que no fuese de confianza. Cualquier conversación sobre asuntos tan personales tenía lugar entre amigos íntimos, y las confidencias se limitaban a unas pocas palabras en voz baja que tampoco revelaban demasiado.

Por eso mismo, no había sido muy inteligente por parte de Roald presentarse como profesor de instituto divorciado y contar así, sin pelos en la lengua, que su relación abierta nunca había funcionado. Tal vez no debería haber confesado que acariciaba la idea de escribir algún día una novela o que le gustaba ir a bañarse desnudo. Pero por aquel entonces creía que era mejor poner las cartas sobre la mesa desde el principio y que supieran con quién estaban tratando. Hoy no habría contado casi nada.

Bien era verdad que le dieron una oportunidad; más que nada porque no había otro sitio donde reunirse. Y después, con el correr del tiempo, poco a poco le fueron aceptando. Hasta sospechaba que había un par de personas que le tenían bastante aprecio. Era recíproco.

Sin lugar a dudas, su jugada más hábil el día de la bienvenida fue asegurarles que todo iba a seguir como antes, que el cocinero se quedaría, desde luego, y que no tenía intención de cambiar ni siquiera una coma del menú. Y eso que no le habría venido mal que revisaran un poco la puntuación y cambiasen la G del Gordon Bleu por una C . Pero, ortografía aparte, la comida era realmente fabulosa, y el cocinero, un tío majo que no decía gran cosa, pero se reía bastante. Roald no cayó en la cuenta de que eran primos, una especie de primos lejanos, hasta que un año después lo mencionó el propio cocinero.

Roald nunca llegó a saber si los robos ya ocurrían cuando Oluf regentaba la fonda o si comenzaron cuando llegó él.

A las preguntas cautelosas que le hizo por teléfono, su tía contestó que Oluf nunca había mencionado ningún robo, aunque a veces le asombraba lo aprisa que desaparecían las cosas del almacén. En vista de que la oía algo alarmada por la pregunta, Roald se apresuró a restarle importancia y distrajo su atención con las últimas noticias sobre la podagra del de la funeraria.

Pero a él también le asombraba. Un buen día descubrió por dónde entraba el ladrón; lo que no hizo que las cosas fuesen menos extrañas.