Resina
Mi hermanita
Mientras mi hermana pequeña estaba metida en sal, tuve que ir a buscar más vendas y a limpiar más resina, y mamá no se explicaba aquel olor. Siempre esa peste a resina; debes de pasarte el día metida en el bosque , me escribía. Y yo le susurraba: «Peste no, aroma».
Entonces ella me sonreía.
Una noche encontré en el patio del panadero un saco entero de pasteles rancios que nos hicieron pasar un rato estupendo en la cama. A Carl le preocupaba un poco que mamá comiese tantos, así que decidí echarlo. A veces se ponía muy pesado. Papá no quiso comer nada y a mí eso me puso un poco triste, porque me gustaba más cuando estábamos los tres. Ya no ocurría casi nunca.
Lo peor era que había empezado a enfadarse. No conmigo, al menos directamente, y tampoco con mamá. A nosotras siempre nos hablaba bien; cuando nos hablaba, claro. La verdad es que no sé con quién estaba tan enfadado. La cuestión era que a veces le oía refunfuñar cuando estaba solo. ¿Tendría él también un amigo invisible al que regañar?
De vez en cuando yo también regañaba a Carl, pero nunca demasiado, así podía estar segura de que no iba a dejar de verlo… O sea, de que no iba a acabar teniendo un hermano gemelo completamente invisible.
Pero eso no era lo único que me preocupaba. Había un montón de cosas por todas partes y, aunque todas me gustaban (sobre todo las que papá y yo habíamos encontrado juntos), algo me decía que aquello no estaba bien.
A veces lo comparaba con las casas donde entraba. Allí podía moverme mucho mejor. Las otras casas tampoco estaban tan llenas de polvo y de porquería por todas partes. Y, aunque los ratones y las arañas eran amigos míos, que no hubiese cagarrutas y telarañas por todo el bar de la fonda tenía su encanto. Las otras casas eran muy diferentes, tenían un olor diferente. Un aroma. Sobre todo la fonda.
Recordaba que en casa no siempre había habido tantos trastos. Recordaba que antes usábamos la cocina y el cuarto de baño, pero de verdad. No sólo para guardar cosas.
Creo que habría preferido que siguiera siendo así. Que no hubiese tantas cosas. Por otra parte, no me veía capaz de prescindir de ninguna de las cosas que teníamos. Y papá siempre decía que había que cuidarlas bien.
Ésas eran las ideas que me rondaban por la cabeza, pero no sabía qué hacer. Con papá cada vez me costaba más hablar y a mamá me daba miedo decirle algo que la pusiera triste… o algo peor. Cada vez que me entraban ganas de contarle algo que a papá no le habría gustado que supiera, oía sus palabras: «Eso acabaría con tu madre».
Había matado animales, de acuerdo, y hasta podía decirse que se me daba bastante bien. Pero lo último que quería era acabar con mamá.
Lo peor que podía imaginar era que ya no estuviese arriba, esperándome en la cama. Esperando a que subiera con más comida y con un libro y le leyese en voz alta mientras ella me acariciaba el pelo y me indicaba por señas lo mucho que me quería. Con el tiempo había acabado siendo lo mejor del mundo, ahora que ya no iba con papá a pescar, ni siquiera al bosque.
Desde que mi hermanita había salido de mamá, papá ya no iba a ninguna parte.
Es muy difícil hablar con alguien cuando no se le puede decir nada. Sobre todo, si la persona con quien hablas tampoco dice gran cosa, da igual que sea tu madre, tu padre o tu gemelo invisible. Creo que por eso me gustaba tanto leer en voz alta para mamá.
Así estaba segura de que aún sabía. Hablar.
Pero seguía sin poder contarle nada. Y más allá del dormitorio era mejor que estuviese siempre callada para que nadie me oyese.
Era un poco raro que papá me mandase sola a la isla grande, con el miedo que le daba que me viese alguien. Siempre decía lo mismo: «¡Y por el amor de Dios, que no te vea nadie! No le digas a tu madre que no voy contigo».
Yo no entendía muy bien qué pintaba el tal Dios en todo aquello, si no creíamos en él. Pero aún entendía menos por qué papá no venía a cuidar de mí en vez de quedarse en casa cuidando de las cosas. Sólo después comprendí que él tenía aún más miedo que yo. De todo, creo. Un poco como Carl.
Y había algo más. Lo de la oscuridad y el dolor. A Carl le había dolido muchas veces estando a oscuras: cuando volvíamos a casa por El Cuello y nos salían ampollas en los pies. La noche que nos quemamos las manos con la estufa de una casa. La vez que tropezamos con un fregadero viejo de metal que alguien había dejado apoyado contra un muro.
Carl se había hecho daño, daño de verdad. Y yo me había hecho sangre. Y a lo mejor también me había dolido un poco.
Empezaba a darme cuenta de que la oscuridad ya no se llevaba el dolor, de que el dolor se quedaba dentro de Carl y de mí. De que la oscuridad ahora estaba llena. Tan llena como nuestra casa.
A lo mejor era eso lo que papá también notaba. A lo mejor a él también le dolía en la oscuridad. Y a lo mejor creía que yo aún no me había dado cuenta. No sabía si contárselo.
El cuerpo que salió de la sal tenía poco que ver con el que había visto desaparecer en ella. Mi hermanita, que antes ya era muy pequeña, ahora lo era mucho más. Estaba flaca, flaquísima. Igual era lo normal después de un mes sin comer. Me pregunté qué pasaría con mamá si lo intentaba también.
Papá volvió a colocarla encima del banco de carpintero. Seguía negro de sangre desde la última vez, la que había goteado de la mantita y caído en la madera. También había una mancha grande y oscura en el suelo. A ella ya no le quedaba una sola gota; como esperaba papá.
Había llegado el momento de utilizar el aceite y la resina. A mí me tocó fundir la resina limpia encima de la llama a la puerta del taller. Lo hice en un puchero de la fonda. La resina tenía que derretirse, me explicó papá. No hervir, sólo derretirse. Cuando entré con la primera tanda, él ya había terminado de untar de aceite a mi hermanita. Había una botella grande de aceite de pepitas de uva casi vacía y ella estaba reluciente, tumbada encima del banco.
Me pareció muy agradable que ya no hubiese más sangre y que papá hubiese vuelto a cerrarle el agujero de la tripa. Me cogió el puchero y la cubrió con resina líquida que después repartió bien con un pincel para no dejar huecos.
Lo hizo con mucho mimo, como cuando dibujaba, y aunque la niña tenía un cuerpo muy pequeño y delgadito, de repente se la veía muy bonita. Mi hermanita. Cómo me habría gustado que no hubiese estado muerta.
Papá había sacado un taburete para mí, para que pudiese ver todo mejor, y allí, encaramada en él, me quedé mirando. Era raro, porque por un lado quería salir corriendo, subir a casa a esconderme en el cuarto de mamá o meterme en el contenedor y quedarme allí con Carl.
Por otro, quería quedarme subida a aquel taburete viéndolo todo. Estar con papá.
Menos mal que me quedé, porque le hice mucha falta. Hay que ver la de vendas que se gastan. Yo le iba pasando un rollo detrás de otro y él enrollaba la gasa alrededor de mi hermana. Comenzó por aquellos pies tan pequeñitos y no paró hasta llegar a la cabeza y dejar la cara oculta bajo un montón de tiras de tela muy fina. Me explicó que la piel no podía estar en contacto con el aire.
Cuando al fin la tuvo envuelta de arriba abajo, pensé que habíamos terminado. Pero no. Le echó más resina encima y vuelta a empezar con las vendas. Y así seguimos hasta que papá por fin dijo que creía que ya estaba.
De repente, hizo algo que no me había esperado. Trajo un dibujo. Un dibujo nuevo. Y eso que hacía siglos que no lo veía dibujar nada de nada. Éste era distinto de los demás, porque lo había hecho con rotulador negro en una madera muy fina. Lo sostuvo en alto para que yo lo viera.
—¿Tú crees que se le parece? —me preguntó.
Yo, la verdad, creía que no, porque ahora estaba muy flaca y toda empaquetada. Pero se parecía a ella justo antes de ahogarse en sal.
Asentí.
—Se lo pondremos delante de la cabeza y así nunca olvidaremos qué cara tiene.
Papá colocó el dibujo y lo sujetó con más vendas por los laterales. Después sacó un trozo grande de tela y la envolvió con él. ¡Era increíble, menudo paquete había que armar! Luego recortó en la tela un agujero ovalado a la altura del dibujo, para que se viera.
Mi hermanita parecía una de esas muñecas de madera que se meten unas dentro de otras. Una vez encontramos unas en una casa de Vesterby. Sólo que ésta era más grande y dentro sólo llevaba una niña pequeña.
Para terminar del todo, la metió en un ataúd muy chiquitito que había hecho para ella. Desde el contenedor lo había oído serrar y dar martillazos y cepillar y lijar.
Había empezado a pasar mucho tiempo en el contenedor, incluso cuando no había señales de que llegaran extraños. En realidad, nunca había señales de que llegaran extraños aparte del cartero, que siempre se paraba en la barrera y se bajaba del coche a echar las cartas al cajón. Yo, claro, tenía mucho cuidado y me escondía muy bien cuando se acercaba la hora de su llegada. Lo veía por las mirillas. Aunque estaba muy lejos —tan lejos que no era más que un hombrecillo vestido de rojo—, estaba convencida de que siempre miraba hacia la casa y se fijaba en los tres agujeros del contenedor. Aguantaba la respiración y me quedaba callada como un muerto hasta que volvía a marcharse.
Pero incluso cuando el cartero ya se había ido, papá seguía susurrándome sin parar que tuviese cuidado. Podía volver, decía. O podían venir otros, verme y llevárseme.
Al final, terminó haciendo solamente un ruido —un chiiissst— que significaba que tenía que ir corriendo a mi escondite.
Supongo que también podría haberme escondido arriba, con mamá, en el dormitorio. Seguro que habría encontrado algún huequecito donde meterme, o por lo menos podría haberme hecho uno si cambiaba de sitio un par de cosas. Pero papá insistía en que el contenedor era lo mejor, porque allí era segurísimo que no iría nadie a buscarme. Yo tenía la sensación de que prefería que no estuviese con mamá, pero no entendía por qué.
A lo mejor tenía miedo de que se me escapase algo.
Al final lo más sencillo fue quedarse dentro del contenedor, espiando con Carl por los agujeros. A Carl podía contárselo todo, aunque él no me tocaba el pelo como mamá y yo tampoco podía acariciarle de verdad. Por suerte, encontré un enorme osito marrón metido en una caja. Estaba un poco gastado, pero era agradable tocarlo. Y podía acariciarlo.
Si alguna vez me hacía falta tocar algo vivo, llevaba al contenedor alguno de los conejos que teníamos en casa. El conejo estaba blando y calentito cuando se movía en mi mano y me hacía sentir lo mismo que cuando el sol me daba en la panza. Pero al mismo tiempo me daba pánico. Pánico de que papá se enterara, porque me había prohibido sacar los conejos de casa. En el contenedor podían hacer ruido.
Cuando me quedaba en la oscuridad mirando por los agujeros, me daba un miedo espantoso que viniera alguien. Y, sin embargo, cada vez que un movimiento en el camino resultaba ser un conejo o un zorro en lugar de una persona, era un pequeño chasco. No entendía muy bien por qué.
También vigilaba los árboles. En el terreno que había entre el bosque y el camino, donde antes había hierba y cosas así, habían empezado a crecer un montón de abetos pequeñitos. Era como si el bosque se hiciese más grande. Igual un día cubriría toda La Cabeza. Entonces yo me sentaría en el contenedor a verlo desde dentro.
Su sitio estaba conmigo, dijo papá al terminar el ataúd de mi hermana.
Así nos haríamos compañía.
Empujamos un poquito unos neumáticos viejos y apartamos unos sacos para hacerles sitio a ella y su ataúd dentro del contenedor, al lado de mi escondite. Cuando entornaba la tapa de madera, podía verla.
Era el mejor ataúd de todos los que había visto hacer a papá. Mamá me había hablado mucho de los famosos ataúdes del abuelo, pero es imposible que fuesen más bonitos que el que papá le hizo a mi hermanita.
Al principio se me hacía un poco raro tenerla allí conmigo. Pero después de algún tiempo me acostumbré. En realidad, era agradable estar allí los tres: mi hermano gemelo, nuestra hermanita y yo. Sólo que a mí simplemente me habían dado por muerta.