Resina

Ane Riel · Capítulo 32 de 40

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Resina

Todo se confunde

 

Roald había visto una vez un cepo para cazar zorros. Era un ingenio del demonio, pero esta trampa… ¡era aún peor! Parecía que habían cogido un cepo y lo habían adaptado en un intento de convertirlo en el peor instrumento de tortura imaginable. Los dientes metálicos habían perforado casi toda la pata trasera del animal. ¿Qué lesiones podría haberle causado una trampa así a una persona? Tenía el tamaño suficiente para atrapar el pie de un adulto, por no decir el de un niño. ¿Y si el chiquillo que había visto correr hacia el norte hubiese caído en ella en la oscuridad?

Se estremeció sólo de pensarlo e intentó tragar saliva. Al oír aullar a Ida se le había hecho un nudo en la garganta que ahora le estaba asfixiando. Pobre animal, pobrecillo.

Y pobre Lars, el de Mechacorta. ¿Qué le iba a decir ahora?

Ni siquiera podía devolverle a Ida si no encontraba algo con que cortar la cadena, que al parecer estaba enganchada a una raíz bajo tierra. ¿Quién diablos era capaz de hacer algo tan cruel a conciencia? Casi era más piadoso cortarle la pata al animal y evitarle a Lars, el de Mechacorta, el espectáculo de ver la trampa y las heridas que había provocado.

Pero no era sólo eso. No era únicamente la trampa.

También estaba la flecha.

¿Por qué tenía la perra una flecha clavada en el corazón? Una flecha, obviamente, hecha a mano y mimada hasta el último detalle.

Tenía que dar con Haarder y pedirle una explicación. ¿Sería de veras él quien había hecho la trampa? Desde luego, aptitudes no le faltaban, pero ¿tendría también corazón para hacerla y, sobre todo, para usarla? Emplear un artefacto semejante debía requerir un corazón de hielo.

¿Sería por maldad? ¿Sería Haarder un malvado? A juzgar por lo que le habían contado de él, era más bien lo contrario. Amable, servicial, la dulzura en persona. Y, detrás de esa dulzura, palpablemente infeliz tras la pérdida de sus gemelos. ¿Que era de pocas palabras y muy introvertido? Sí, ¿qué había de malo en ello? Alguien que se replegaba tras un muro de barreras físicas y espirituales para evitar que la gente se le acercara era más bien una persona asustada.

Pero ¿trampas? ¿Esas trampas crueles y abominables?

Recorrió con la mirada la propiedad de los Haarder. Se componía de varios edificios y frente a uno de ellos había un contenedor cerrado. El cartero lo había mencionado varias veces en sus delirios y aseguraba que Haarder ocultaba en su interior dinero de la mafia. O algo peor. De todos los clientes de la fonda, era el único que insistía en beber la cerveza Tuborg del color de su uniforme y tenía todas las cartas para ser el más panoli. Aunque, de acuerdo; a su manera era también el más gracioso. Roald, al menos, prefería tenerlo por allí. Los demás se habían limitado a bisbisear aburridas teorías apuntando a que tal vez por fin hubiesen empezado a hacer limpieza en La Cabeza.

Sin embargo, más allá de los disparates del cartero, ya nadie decía nada de Jens y Maria Haarder. Se veía que a la mayoría, después de lo de la hija ahogada, se les hacía más cuesta arriba hablar de ellos. Para separarlos de la tragedia no bastaba una fina lengua de tierra. Las tragedias requieren tiempo.

Roald consideró la idea de bajar al camino y seguirlo hasta la casa, pero al final decidió hacer el trayecto más corto. El riesgo de caer en otra trampa probablemente fuese el mismo, y en cualquier caso no perdía de vista dónde ponía el pie entre arbolillos, matas de hierba y ramas.

Sólo se detuvo cuando un conejo saltó delante de él en dirección al bosque. Habría preferido salir corriendo hacia El Cuello, pero sabía muy bien que no tenía elección.

En algún rincón de su mente seguía al acecho el niño de la cocina.

Al acercarse al contenedor, vio lo viejo que era y lo estropeado que estaba. No debía de haber costado ninguna fortuna y tampoco creía que fuese alquilado, pues ya hacía mucho que el cartero les había hablado de su llegada. Era de esos que tienen las paredes inclinadas y trampillas en un lado.

Roald pasó por su derecha. No había más de un par de metros entre el contenedor y el edificio de madera de detrás. Tampoco eran metros reales, porque estaba todo atestado de cachivaches. La trampilla más cercana no estaba cerrada con llave y la abrió con cautela para echar un vistazo al interior. El contenedor estaba lleno hasta los topes de lo que innegablemente parecía ser basura. El cartero se había equivocado en sus estrafalarias hipótesis.

Lo más lógico habría sido recorrer en paralelo al contenedor el breve trecho que llevaba hasta el camino y el muro de la casa. Sin embargo, la ventanita que se abría en un extremo —el que daba al bosque— del edificio de madera despertó de pronto la curiosidad de Roald. Quería acercarse a ver qué había en ese edificio.

Para llegar hasta allí tuvo que avanzar a ciegas por entre maderos, tapacubos, lonas y los restos de una pila de leña desmoronada, y no dejó de rezar en todo el trayecto para que no apareciesen unos dientes de metal que de pronto le mordieran el tobillo.

Pero podría haberse ahorrado la difícil caminata. Era como intentar mirar a través de un muro de libros apiñados y trastos comprimidos al otro lado del cristal; saltaba a la vista que, aunque hubiesen encendido todas las luces del mundo, no habría logrado penetrar a través de todo aquello. En el estrecho alféizar de la ventana, aprisionado entre el cristal y una bandeja de aluminio, había un cepillo polvoriento con una maraña de pelos claros. Junto a él había algo que en su día debía de haber sido una planta.

Decidió rodear el muro más cercano y al mirar por un momento hacia los abetos le pareció que algo se movía. Se detuvo a observarlo, pero no logró averiguar de qué se trataba. Aún llevaba la flecha en la mano y de pronto se sintió desagradablemente expuesto. Porque alguien tenía que haber disparado esa flecha poco antes.

Lo que se había encontrado en la parte de atrás del edificio de madera no era nada comparado con la visión que le aguardaba en el patio de la granja. Observó estupefacto el bosque de trastos que despuntaban en todas direcciones. Por encima de todo ello se alzaba una cosechadora: le pareció un dinosaurio rojo, que contemplaba un paisaje de chatarra prehistórica.

Y ésa no era la única bestia. Roald se estremeció al ver una rata que corría a refugiarse en un tubo de metal. Cada vez que la brisa levantaba algún objeto o lo hacía chocar con algo, le parecía oír ruiditos discretos que salían de todas partes. Un trozo de embalaje de plástico transparente ondeaba por debajo de un palé, y un rollo de papel higiénico se estaba desenrollando delante de una caldera oxidada. El edificio de madera de la derecha era realmente bonito, pero lo afeaba el entorno. Tenía una puerta y una ventana al principio, y dos ventanas y otra puerta más allá. Al final del patio se alzaba la casa bajo el sol de la mañana. Blanca, aunque tan descascarillada que hacía dudar. El cuarto de estar tenía echadas las cortinas, pero desde el primer piso dos ventanas observaban a Roald como un animal ciego de ojos negrísimos ocultos tras una membrana lechosa.

Si quería ir a la puerta principal, tendría que hallar una senda a través de los montones, y no parecía haber ningún camino directo. Unos ruidos le hicieron reparar en el establo que había en la parte derecha del patio. Era un edificio de piedra en un estado tan lamentable como la casa. A pesar de la gruesa capa de musgo que lo cubría, el tejado ondulado parecía cualquier cosa menos estanco. ¿De veras había animales ahí dentro?

Rodeó los montones y se acercó a la compuerta del establo. La media batiente de arriba estaba entornada y en la oscuridad se adivinaba un caballo. Un tordillo. Tenía el cuello esquelético y la cabeza colgando por el pasillo, como si la sostuviera una cuerda invisible. De los ollares le salía un débil silbido. Había más animales dentro, por lo que oía. Unos se agitaban, otros respiraban, otros gañían. No se sentía con fuerzas para investigar. El olor acre que emanaba aquel lugar no solamente indicaba hasta qué punto le hacía falta una limpieza a fondo, sino también que allí dentro había algo muerto.

Desde detrás del establo llegó de repente un ruido apagado y Roald dobló la esquina para ver qué era. En el gallinero había un gallo solitario de plumaje miserable que intentaba decir algo. Tenía la mirada muerta, tal vez porque no veía más que congéneres muertos desperdigados por todas partes: cinco gallinas escuálidas con la mirada igual de perdida. Era evidente que un zorro había intentado excavar un túnel, pero al parecer alguien había puesto el gallinero a salvo de ese tipo de percances en la mañana de los tiempos. Quizá hubiese sido más piadoso dejar que las gallinas acabaran sus días de un buen sobresalto.

Algo más allá había un campo, pero el único movimiento que parecía animarlo era el de dos cornejas y tres sacos negros de plástico que rodaban perezosos entre la hierba otoñal cada vez que el viento acertaba a soplar en el punto justo. A cierta distancia había algo que parecía un bicho con cuernos. O tal vez sólo sus restos, porque moverse, no se movía.

Roald pasó junto al campo, dejó atrás una bomba de agua y una carretilla volcada, sorteó como pudo unas piedras grandes y unos barreños viejos y se acercó al muro trasero de la casa. Había un tendedero del que colgaban un periódico arrastrado por el viento y un par de sábanas amarillentas y medio rotas. A su lado, un rosal impresionante mecía al viento sus ramas como tentáculos a la espera de la siguiente sábana fresca y tierna. El aire en esa zona, lejos del abrigo del bosque, estaba más agitado.

En el muro se abría una puerta trasera con un cristal cegado en parte por una tela. Dentro estaba todo a oscuras, pero Roald tuvo la impresión de que era una especie de lavadero.

Titubeó unos momentos. ¿No sería mejor ir a llamar a la puerta principal? ¿No debería? Todo parecía tan abandonado que, en realidad, daba igual. Cuando sus ojos al fin se habituaron a atisbar en la habitación sombría que había al otro lado del cristal, de repente se topó con unos guantes que habían desaparecido del almacén de la fonda. Estaban encima de un plástico de burbujas que también le resultaba familiar, y no muy lejos asomaba el mantel de hule que había comprado en la tienda de pinturas de Sønderby. De pronto, lo invadió la extraña sensación de que estaba en su derecho si quería entrar.

Intentó abrir la puerta, pero habían echado la llave, de modo que llamó unas cuantas veces sin esperar una reacción. Luego retrocedió un paso y echó un vistazo a su alrededor. La llave tenía que estar por allí. No podía andar muy lejos. Siempre había una llave. En un gancho detrás de algo. Debajo de un macetón. Una piedra. Encima de una viga.

Estaba debajo del macetón.

La puerta se abrió, aunque no sin oponer cierta resistencia. Los goznes necesitaban aceite y dejaron escapar un chirrido horripilante. Roald ahogó un gritito cuando un animal peludo pasó a su lado por el umbral y le rozó la pierna. Cuando lo vio salir a la hierba de un salto, respiró con alivio al comprobar que no era una rata gigante sino un conejo.

¿Un conejo doméstico? Tal vez debería atraparlo, podía ser la mascota de alguien. Aún no se había decidido cuando el conejo se esfumó entre el verde y la chatarra y lo perdió la pista. Eso decidió el asunto.

El aire de la habitación estaba más cargado que el aire de cualquier casa en la que hubiera puesto un pie en su vida.

Pero eso no era nada comparado con el olor. ¡El hedor! Llegaba prácticamente a materializarse en la nariz como una mezcla insufrible de polvo, moho, podredumbre, disolvente y —por lo que se temía— orina, excrementos. Abrió la puerta de par en par para poder soportarlo. Ahora que la luz de la mañana penetraba sin fuerza, empezó a ver mejor lo que ocultaba la habitación. Había latas de conservas de todas las modalidades, apiladas sin orden ni concierto o en cajas. Algunas continuaban empaquetadas en plástico transparente. Y había envases de productos para el desayuno, paquetes de pan crujiente, bolsas de pan, galletas. No tuvo siquiera que consultar la fecha impresa para saber que llevaban mucho tiempo caducados. Casi todo el pan que vio a través del embalaje estaba verde de moho. Recuperó los guantes de su almacén, pero volvió a soltarlos de inmediato al comprobar que soltaban cagadas de ratón por todas partes. Cayeron sobre el plástico de burbujas como una lluvia seca.

El interruptor de la luz emitió un dócil chasquido al accionarlo y la bombilla pelada que había encima de la puerta siguió durmiendo impertérrita. Cuando vio el congelador junto a la pared, comprendió de dónde salía el peor olor. Aunque no estaba encendido el indicador del costado, no tenía la menor duda de que había cosas dentro, porque desprendía una peste horrible a carne podrida.

Constató con gratitud que era imposible comprobar si sus suposiciones eran acertadas, porque el congelador estaba enterrado en trastos, entre ellos un enorme televisor viejo que debía de pesar una tonelada. La capa de polvo que cubría el televisor era de tal grosor que Roald no quiso ni pensar en la cantidad de tiempo que aquel congelador debía de llevar apagado.

Pasó algún rato considerando la posibilidad de marcharse. Debía volver corriendo a Korsted en busca del policía y un veterinario. El veterinario podría ocuparse no solamente del ganado del establo, sino también del cuerpo de Ida. Él ya no se sentía capaz de enfrentarse con la perra y con la trampa. Alguien tendría que hacerse cargo. Descubrió que ya no llevaba la flecha en la mano. Debía de haberla dejado junto al macetón.

Nada tenía sentido. Era imposible que nadie viviera en esas condiciones, pero estaba claro que por allí iba alguien. ¡El niño, por ejemplo, ya que el botín de sus últimas fechorías estaba allí bajo llave!

Pero ¿quién habría disparado la flecha?

Y ¿dónde estaban Jens Haarder y su mujer? No había nadie cuidando de los animales y la casa estaba cerrada y con las ventanas cegadas, como si llevase largo tiempo abandonada. Pero no se habían ido. De lo contrario, el cartero lo habría sabido.

Fue entonces cuando recordó una llamada que había recibido en la fonda. Llegó en mitad del arenque de la comida de Año Nuevo de los parroquianos, de manera que no había estado muy atento y, posiblemente, tampoco del todo sobrio. Pero alguien había preguntado por Haarder y, al parecer, también por su madre. Ya no recordaba más.

Una segunda puerta conducía al interior de la casa, imaginó que a la cocina, pero no estaba seguro de atreverse a abrirla. No, allí lo que hacía falta eran profesionales, concluyó para sus adentros. Todo tenía un límite, un particular no podía fisgonear de esa manera, por más que después de media hora no estuviese más cerca de entender el misterio del niño.

Siempre podía llamar a la puerta principal al pasar por delante. Total, estaba seguro de que no le iban a abrir, pero así podría decirse a sí mismo que lo había hecho. Intentado. Un poco.

Acababa de girar sobre sus talones cuando los oyó. Los ruidos. Había estado tan ocupado respirando aquel aire y tratando de pensar con claridad al mismo tiempo, que el oído debía de habérsele atrofiado unos instantes. Pero ahora los oía. Por todas partes en torno a él había crujidos, arañazos y roces. Un paquete de corn flakes particularmente escandaloso se movió en la estantería que tenía delante.

Roald se quedó mirándolo. Ahora también se oían unos gañidos. ¿Serían ratas? No soportaba la idea de que la casa estuviese llena de ratas. Con los ratones podía, en pequeñas cantidades. Pero ratas, ¡qué asco!

Dio otro paso hacia la puerta que conducía al exterior, pero de pronto lo detuvo un pensamiento molesto. ¿Y si había alguien ahí dentro? Tenía un amigo que jamás se había perdonado por ignorar el silencio que había en casa de su vecino y la publicidad amontonada a la puerta. Hasta el olor ignoró al principio. La gente tenía derecho a su vida privada y, al fin y al cabo, no conocía demasiado al vecino, pensó el amigo. Encontraron al anciano tres semanas tarde. En el suelo del salón. Al parecer, había intentado llegar hasta el teléfono.

¿Estaría Jens Haarder allí dentro, muerto? ¿O su mujer? ¿Habría alguien? Y ¿qué pintaba el niño en todo aquello, quién sería? ¿De quién?

Roald se rascó la barbilla. Había que echarle huevos, carajo. Por lo menos llamarlos, ya que estaba allí.

Los llamó.

El clásico «¿hola?».

Sintió que todos los ruidos enmudecían un momento para volver vacilantes después.

Volvió a llamar.

—Hola, ¿hay alguien? ¿Holaaaa?

Sonaba más alegre de lo que estaba.

Al tercer hola, los ruidos ya se habían habituado a él. Una sombra oscura se deslizó por detrás de una lata en un estante. Una sombra oscura… y pequeña, gracias a Dios. Si no eran más que ratones, no había problema. Ratoncitos; musarañas, a ser posible.

Que, según el fontanero, no eran ratones.

—¿Holaaaa…?

Sino una especie de topos diminutos.

Los únicos en contestar fueron los bichos. ¿Podía irse ya? ¿O debería ir a echar un vistazo a la cocina?

El hecho de que esta vez salieran dos conejos en lugar de uno no hizo que el susto fuera menor. Cualquiera diría que habían estado esperándole agazapados detrás de la puerta. Le pasaron por delante a la carrera: al lavadero, a la luz, al campo. Roald cerró la puerta al pasar sin saber muy bien por qué. ¿Tendría miedo a dejar salir demasiadas cosas de una casa donde en realidad no tenía derecho a estar? Demasiadas mascotas.

PROHIBIDA LA ENTRADA A TODA PERSONA NO AUTORIZADA, ponía, de hecho, en el letrero de la barrera. Pero, demonios, acababa de perder un perro en esa zona de la manera más espantosa y tenían allí guardado su hule de flores. Era innegable que le sobraban razones para estar allí. Tenía derecho a saber qué estaba ocurriendo.

¿O ponía sólo PROHIBIDA LA ENTRADA? De pronto, le asaltó la duda.

Luz no había demasiada en la cocina, porque estaban echadas las cortinas de color beis de la ventana que daba al patio. Aun así, algo de la claridad de la mañana atravesaba la tela, iluminando la habitación con un curioso fulgor dorado. El aire era tan repugnante como en el lavadero, y Roald tuvo que taparse la nariz. También había un frigorífico. Con sabía Dios qué dentro. No tenía ningunas ganas de averiguarlo, y mucho menos después de haber accionado el interruptor y comprobado que la luz tampoco funcionaba en la cocina.

También allí resultaba poco menos que imposible moverse a causa de las cajas, los trastos y la basura de todo tipo. Llegar hasta la puerta del otro extremo era imposible del todo, pues la habían bloqueado con un cajón enorme lleno de piezas de maquinaria. Supuso que sería la puerta que conducía al recibidor. Estaba a la misma altura que la puerta principal.

Con ayuda de un paraguas que no servía para otra cosa, consiguió apartar un poco la cortina que colgaba por detrás del fregadero atestado para que entrase algo más de luz. Se arrepintió en cuanto vio aparecer los detalles: telarañas polvorientas que lo recubrían todo como viscosas membranas grises; arañas, cucarachas y demás bichejos muertos, medio muertos y demasiado vivos que poblaban la estancia de arriba abajo.

Una bolsa sin abrir de regalices de sabores resplandecía en medio de todo con sus colores frescos y sus formas sencillas. Parecía haber llegado en fecha reciente. Sus favoritos siempre habían sido los roscos rosa, aunque, en realidad, ¿no sabían exactamente igual que los amarillos? En la pared había un póster desvaído con especies de peces que le observaban con sus ojos muertos. Bajó la mirada para no dar un paso en falso. Las golosinas no habían terminado. Una bolsa empezada de gominolas había ido a parar a una maceta y al parecer alguien había vaciado por el suelo otra de bombas de regaliz salado.

Bombas de regaliz salado. No dejaba de ser raro.

Al agacharse para verlas mejor, comprobó que quien se había vaciado en el polvoriento suelo de la cocina habían sido los conejos, no Haribo. Sus excrementos estaban por todas partes. ¿De verdad cagaban tanto tres míseros conejos?

Cuatro.

Porque al incorporarse de nuevo, sin querer dio un puntapié a un tapacubos y un conejo más salió brincando de su escondrijo. Desapareció por una puerta entornada que había a la derecha. ¿La del cuarto de estar, quizá?

Cada vez había más ruidos. Y más fuertes.

Le echaría un vistazo a ese cuarto de estar y luego se iría de allí. Todo aquello le abrumaba y había un pensamiento en particular que le atormentaba: no tenía muy claro si sobreviviría a la experiencia de encontrar un muerto en la casa. Lo mejor era llamar a la policía. Además, estaba el aire. Resultaba asfixiante. Había tanto polvo que sentía una necesidad constante de toser. Y en algún punto impreciso de su mente veía un perro muerto, atravesado por una flecha que alguien había disparado hacía poco. ¡Alguien! Y ese alguien no estaba muerto.

Con eso y con todo, su conciencia le obligó a echar una ojeada. Sólo una, antes de irse. Con cuidado, abrió la puerta un poco más. Sí, era un cuarto de estar. O lo fue en su día.

En el otro extremo de la habitación se alzaba un muro de objetos delante de las ventanas orientadas al sur. Los rayos del sol intentaban colarse por las grietas del muro y llegar al interior, pero en su camino a través del polvo se diluían hasta quedar reducidos a pálidas sombras de luz que no aportaban más que un triste vislumbre de claridad.

Roald tenía la sensación de haberse adentrado en el pozo de una mina a muchos metros bajo tierra. Se encontraba en un pasillo angosto que serpenteaba entre objetos fundidos en lo que, a primera vista, parecía un solo cuerpo grande y oscuro. No les veía ni pies ni cabeza a las siluetas que lentamente surgían de la penumbra. Vio paraguas, otra vez. Un búho disecado. ¡O eso esperaba! En varios puntos, las cosas llegaban casi hasta el techo. Avanzó un poco más y vio un piano a su lado. Un busto, un sofá puesto de pie, un maniquí, una mesa, barriles, ropa, bolsas de plástico, cartón de embalar. Y seguía más adelante. Otras dos calles se cruzaban con la principal.

Contempló estupefacto algo que colgaba del techo. Parecía un árbol pelado, ¿un abeto ejecutado? Era un árbol de Navidad, ahora le veía la estrella. ¡Y corazoncitos! Algunos estaban a punto de caer de las ramas desnudas, a buen seguro que otros ya habían caído. Uno de ellos se desprendió a su paso. Parecían extrañamente desteñidos, aunque, por otra parte, aquella oscuridad no dejaba mucho espacio para los colores. El crujido de las agujas de abeto bajo la suela de sus zapatos volvió a despertarle el oído. ¡Los ruidos! Todo era arañar y hurgar en torno a él.

Tenía que salir de allí, no había tiempo que perder. Como ya había avanzado un buen trecho por la habitación, seguramente en dirección a la entrada, pensó que lo mejor era tomar ese camino. No podía ser peor que repetir el recorrido por delante del frigorífico y el congelador. Se maldijo a sí mismo por haberse aventurado tanto en la casa; por haber siquiera entrado.

Cuando encontró el camino bloqueado por un enorme saco de tela y trató de hacerlo a un lado, saltaron tres conejos asustados que desaparecieron en la oscuridad. Y cuando levantó el saco, notó que el contenido se salía por un agujero del fondo y le caía en un zapato. Apartó el pie y miró. El pienso se amontonaba por el camino como una cordillera en miniatura, y el saco, algo más flácido, se desmoronó hacia un lado.

Salvó la cordillera y continuó adelante por el estrecho pasillo. Sentía cierta necesidad de apoyarse en las paredes tumefactas que se alzaban a los lados de la senda, sobre todo porque temía que se le viniese algo encima, aunque lo último que quería era tocar nada. La idea de sentir de pronto una rata en la palma de la mano le producía escalofríos. Levantó las manos, sin tocar nada, pero listas para agarrar lo que fuese, llegado el caso.

Entonces aparecieron.

A lo mejor antes había movido algún objeto con el saco sin darse cuenta, el caso fue que algo cayó a su espalda. Lo sobresaltó el sonido de cosas que resbalaban, caían, se deslizaban y entrechocaban. Al volverse, vio que todo un lateral se venía abajo. El búho se precipitó. Una enorme radio vieja acabó en el suelo, arrastrando en la caída parte del otro lado. Se escurrió algo de cartón, cayó un saco… y entró un poquito de luz. Sólo un rayo.

Pensó en aludes. Desprendimientos. ¿Se derrumbaría todo lo que tenía detrás y se le echaría encima como una naturaleza sofocante? Lo sepultaría.

Y entonces aparecieron. Los conejos. Salían de todos los recovecos, rincones y hendiduras. Roald se llevó las manos a la cabeza y empezó a chillar mientras corría haciendo la competencia a aquellas mascotas aterrorizadas.

Cuando el pasillo se ensanchó un poco, pudo elegir entre subir por unas escaleras donde apenas había hueco para pasar por el centro o seguir el itinerario de la izquierda en dirección al recibidor, la puerta de la calle…

Se detuvo en seco.

Los conejos se habían reunido en pequeños grupos dispersos por todas partes, la mayoría en un rincón detrás de las escaleras, debajo de un cochecito de madera. El ruido había cesado.

Finalmente comprendió que no era ningún alud, sólo un leve corrimiento. Las cosas se habían caído y habían encontrado la calma unas al lado de otras. Detrás de ellas, a la luz de un grueso rayo de sol liberado, colgaba el árbol muerto como un mudo testigo.

Roald echó un vistazo a su alrededor sin moverse del sitio. En esa parte del cuarto de estar había algo más de luz gracias a una modesta ventana que se abría arriba, en el descansillo. Debía de estar en el muro orientado al este.

Un trocito de pared entre el recibidor y la cocina captó su atención. Abajo, en el rodapié, había un agujero no muy grande de borde irregular. ¡Los habitantes más peludos de la casa se habían abierto paso a dentelladas a través de la pared! Un cable del que salían hilos de cobre asomaba como una larva confusa, y en el suelo, delante del agujero, se veía el aislante entremezclado con excrementos y restos de papel pintado. Algo similar había ocurrido en las escaleras, y Roald no pudo evitar preguntarse qué otras sorpresas del mismo tipo aparecerían si desnudaba las paredes. Esos cables eran una trampa incendiaria. Además, ¿cuánta pared más podrían reducir a polvo con los dientes sin que la casa entera se derrumbara?

Sus especulaciones se vieron bruscamente interrumpidas por la visión de una rata que corría por el suelo.

—¡Atrás! —le bufó al tiempo que señalaba hacia el rincón como si esperase que el animal acatase sus órdenes.

La rata desapareció en dirección contraria, aunque no del todo: seguía viéndole la punta del rabo, que asomaba por detrás de una bota de agua.

Entonces lo oyó.

En algún punto del primer piso se oían golpes. No golpes de un animal que alborota, un pájaro que picotea o un viento que hace que una cosa golpetee contra otra. Eran los golpes de una persona que golpea. Cuando quiere que la oigan.

El recorrido escaleras arriba fue una pesadilla. Una de esas en que intentas correr y sólo avanzas a cámara lenta. Tal vez lo frenara el polvo. El aire cargado. ¿El olor? Sus pulmones clamaban por un poco de aire fresco, aunque no había más remedio que subir. No tenía intención de morir asfixiado en esa casa, pero menos aún de abandonarla como un desalmado.

Podía ser el niño y necesitar su ayuda.

Al llegar al pasillo del piso de arriba, vio el centelleo de una luz en el primer cuarto. De allí llegaba el ruido. Unos conejos se apretujaron entre unas largas vigas de hierro cuando pasó en dirección a la puerta.

Roald jamás había visto una persona tan inmensa. Estaba acostada en una cama. Es decir, él supuso que estaría acostada en una cama. La cama apenas lograba verla debajo de cuadernos, libros, platos desechables, bandejas de aluminio, labor de punto, velas, cerillas, tazas de plástico, toallas sucias, mantas apolilladas, sobras, cagadas de ratón (ah, rezó para que solamente fuesen ratones). Y cuerpo, cuerpo, cuerpo.

El aire era desagradable, pero el hedor que salía de ella era insoportable. Despedía un olor inconfundible a orines y excrementos. Y a putrefacción. Roald tuvo que luchar contra las náuseas.

La mujer sostenía un paraguas con la mano derecha. Tenía la empuñadura apoyada en el cabecero de la cama, de modo que Roald calculó que así había dado los golpes. Con él. Cuando le vio en el umbral, soltó el paraguas y dejó caer aquel brazo gigantesco en la labor de punto con lo que parecía un agotamiento infinito.

Al otro lado de su cuerpo, encima de una mesilla y de montones de libros y de papeles, se estremecía una vela en una palmatoria. La alegría que sintió Roald al encontrar una fuente de luz no tardó en dejar paso al horror por el estado del cuarto que iluminaba.

Pero, sobre todo, por la mujer que tenía delante.

Parecía completamente al límite de sus fuerzas.

—¿Maria Haarder? —preguntó con una voz que no reconoció como suya. Tal vez fuese por el polvo.

Ella asintió muy despacio.

—Yo…, tú, yo… Qué… —De repente, era incapaz de pensar con claridad —. Soy Roald Jensen, de la fonda de Korsted —logró decir al fin.

Los rasgos de la mujer parecían diminutos en aquella cara enorme, pero a él no le cupo duda de que intentaba esbozar una sonrisa amable. Tampoco le cupo duda de que lloraba, aunque apenas acertaba a adivinar sus ojos en el interior de aquellos huecos oscuros. Tenía la piel cenicienta al resplandor vacilante de la vela, y la sombra grotesca de su nariz se extendía por su mejilla como un animalillo tembloroso.

—¡Necesitas ayuda! —exclamó él.

Ella volvió a asentir.

—Voy a buscar a alguien. Pero ¿dónde está tu marido? ¿Dónde está Jens Haarder? —Al fin podía pensar de nuevo.

Ella tanteó con la mano izquierda en busca de un cuaderno, apartó de un manotazo la novela que tenía sobre el vientre y empezó a escribir algo. Roald entrevió cómo Madame Bovary se deslizaba hasta una bandeja de aluminio.

Avanzó para leer, es decir, pisoteó un montón ingente de cosas para acercarse.

VUELVE PRONTO, NECESITO MEDICINA, MÉDICO, había escrito. Saltaba a la vista que escribir la agotaba. No siempre había sido así, comprendió por las numerosas hojas sueltas que había desperdigadas por todas partes. En algunas, la letra era curva y elegante; en otras, no tan bonita. La de ahora estaba llena de espantosos garabatos.

—Sí, me daré prisa…

SALVA LIV, escribió ella clavándole una mirada suplicante.

Él asintió, algo confuso por sus palabras. ¿Liv, «vida», la vida de ella?[3]

—Te lo prometo, no te preocupes… Volveré tan deprisa como pueda. Cuidado con la vela, no se vaya a ca…

Ella le indicó por gestos que era muy importante que supiese algo más antes de irse. Su agotamiento no dejaba lugar a dudas. De pronto, se le ocurrió que tal vez no tuviese qué beber.

CUIDADO CON TRAMPAS.

Él asintió. Ya, sí, muchas gracias.

—¿Te traigo un poco de agua antes de marcharme? —preguntó preocupado. En la pared, por detrás de ella, vio en un destello el dibujo de dos niños.

Ella le indicó que no con un gesto y volvió a escribir. Añadió un ¡¡ANTES!! después de SALVA LIV. De sus pulmones salió un pitido.

FALTA AYUDA LOS 3.

Roald no soportaba aquella peste un minuto más. Tenía que salir de allí o empezaría a devolver. Comenzaba a hacerse una idea del contenido del cubo que había junto a la cama. Al lado había papel y toallas enrolladas.

Como no se atrevía a abrir la boca para contestar, asintió con la cabeza y se volvió hacia la puerta. Lo único que le impedía vomitar era la compasión, pero en cuanto llegó al cuarto de estar lo hizo con la mayor discreción posible; en una caja de cartón de contenido desconocido.

¿Los tres? ¿Quería eso decir que el niño era suyo? ¿Y qué vida era esa que debía salvar antes?

Una vez en la puerta principal, Roald la abrió con un golpe. Nunca había sentido tanta necesidad de aire fresco como en ese momento. Avanzó hasta el primer peldaño de la escalera de entrada y dejó que la luz le inundara el alma y que el cielo de noviembre le entrase hasta lo más hondo de los pulmones.

Lo vio por pura casualidad: el extremo de lo que parecía ser un carcaj; un puñado de plumas que se movieron fugazmente por detrás de una bañera que había junto al establo. Entornó los ojos. Pues sí. Había alguien escondido con un carcaj a la espalda. De pronto, se adueñó de él una intensa furia.

—¡Eh, tú! —gritó—. Sí, el de la bañera, ¡te he visto!

Al instante vio un niño que se alejaba de la bañera como alma que lleva el diablo, pasaba junto al establo y corría describiendo un arco hacia el bosque y el extremo del edificio de madera por el que había llegado él. El carcaj daba saltitos contra la espalda de su jersey marrón y naranja.

Lo miró perplejo, era el niño que había visto en la cocina de la fonda.

Desde el peldaño observó que había una ruta más directa a través del patio. Si pasaba a la carrera por delante de la cosechadora, tal vez pudiera darle alcance.