Resina
Querida Liv
Algunas veces no elegí bien. Quizá no debería haber elegido a tu
padre. Quizá habría sido todo más sencillo si me hubiese quedado en el continente y me hubiera casado con mi primo segundo, el que estaba metido en política, tal y como mi padre me sugería que hiciera. Habría consolidado el negocio. Mi padre tenía una librería.
Pero yo era muy joven, demasiado joven. Y mi primo tenía unos
repugnantes ojos saltones y las manos grandes y bastas, a pesar de que no hacía otra cosa que escribir discursos y llevar las cuentas. A mí me daban miedo, él y sus manazas, por más que papá me asegurara que era un buen partido; y, sobre todo, que su partido era un buen partido que velaría por los pobres comerciantes en apuros. En especial, si los unían lazos familiares.
Sí, mi primo era un buen partido y estaba muy interesado en la
tímida hija del librero. Un hombre enfermo de amor y ávido de hacer negocios, que iba a heredar de su padre enfermo nada menos que una fábrica de cartones de huevos. Creo que con esas manos no habría podido coger un huevo sin chafarlo. Y yo me sentía tan frágil como un huevo recién puesto. En aquellos tiempos era tan delgada como tú ahora, por increíble que parezca.
Naturalmente, no tenía que hacer nada que no quisiera, dijo mi
padre. Pero veía en su mirada que no iba a aceptar un no por respuesta y en la de mi madre leía que no iba a soportar verme en manos del fabricante de cartones de huevos. Ella pensaba lo mismo que yo.
Fuera cual fuese mi elección, uno de los dos quedaría destrozado. Decidí salvar a mi madre. Por lo menos lo intenté. Un año después
de irme, supe que había muerto de una pulmonía. Al menos no le rompí el corazón.
Por lo que he podido leer en estos años, la fábrica de cartones de
huevos quebró después, pero la librería aún existe. Un día tuve ocasión de utilizar un teléfono y llamé para averiguarlo. Cuando descolgó mi padre, no dije nada. Se le oía mayor, pero contestó: «Librería Svendsen, dígame».
Me gusta pensar que al final los libros derrotaron a los cartones de
huevos.
En fin, estuve viajando un poco y probé suerte como dependienta
en varios sitios, pero no terminó de convencerme. Un día alguien sugirió que lo intentase en la isla. En el atracadero supe que Else Haarder y su hijo buscaban a alguien que les echara una mano en La Cabeza.
Así fue como vine a parar aquí. Con tu padre y tu abuela. Quiero que sepas, Liv, que tu padre era el joven más guapo que he
visto en toda mi vida. Y muy tierno; con unas manos suaves y delicadas y los ojos oscuros, cálidos. No tenía un átomo de maldad, ¡ni uno solo! Con él me sentía tan segura que no lo dudé un segundo: allí era donde quería estar.
Ay, no sé si debería contarte esto…, no eres más que una niña.
Pero no veo la hora de decírselo a alguien. A ti.
La primera vez que tu padre y yo hicimos el amor fue en la dula,
en un mar de flores amarillas. Con el pavor que nos daban las víboras a los dos, y mira tú, allí nos tumbamos, sin ningún miedo. ¿Te lo imaginas? Me habló de las mariposas, aún me acuerdo. Y de las alondras. Y las abejas. Y de las flores… Era muy importante que nos tumbásemos en las amarillas, porque eran las que la naturaleza había preparado para mi cama, me aseguró. Es la única vez que le he oído tartamudear y la única vez que he visto que le temblaran las manos. Y no era por las víboras. Era por lo que estaba a punto de suceder. Yo también temblaba.
Aún recuerdo con qué cuidado se encontraron sus labios con los
míos. Se estremecía como una mariposa y yo me sentía tan delicada y tan frágil como una flor que se abre poco a poco. Así me siento a veces por dentro, delicada y frágil.
En materia de amor, tu padre y yo no sabíamos nada, pero juntos lo
averiguamos. Y el día que llegue tu turno de amar a un hombre, espero que tú también encuentres tu mariposa.
No, no me arrepiento de haber conocido a tu padre. Estaba
sinceramente enamorada de él y todavía lo amo. En cierto modo, eso compensa todo lo demás. Hasta lo mío, que ahora esté aquí tumbada, tan grande y tan gorda. Hasta lo de tu abuela Else. Y lo de Carl. Hasta
el desorden. La suciedad, que finjo no ver. Sí, todo lo que se ha torcido, incluso contigo.
No sé en qué va a terminar todo esto. Lo único que sé es lo que tú
me cuentas y tengo la sensación de que no me cuentas todo. De que esto no marcha bien. De que más allá de este dormitorio están ocurriendo cosas que me ocultáis. Las cosas no deberían haber llegado a este extremo. Aun así, soy incapaz de arrepentirme de mi amor por él. Tal vez el enfermo no sea él, sino yo. Tal vez mi enfermedad consista en no arrepentirme.
A veces veo a tu padre como una mariposa que vuela en contra del
tiempo y se transforma en crisálida.
A lo mejor yo también.
Con todo mi amor,
tu madre