Resina
Capítulo M
Jens esperó a que el cartero se perdiese de vista. Luego observó la carta y el gran paquete que se balanceaba sobre el tocón.
Empezó por la carta. Era un sobre marrón acolchado. Dentro había otro sobre blanco normal y corriente con el dinero. Así había sido siempre. Sacó el sobre blanco y lo abrió. Todo era como de costumbre, salvo que en esta ocasión se trataba de un envío certificado.
Y salvo que había una hoja doblada junto al sobre de dentro.
Sacó el papel lentamente y de inmediato advirtió que era grueso y con pequeñas estrías. Cuando lo puso a la luz, adquirió un color marfil, y cuando lo desdobló, le vio la marca de agua.
Era papel de cartas de una empresa. Y no había sólo una hoja; había dos, grapadas.
La letra era de su hermano.
Querido Jens:
Desde luego, ha pasado mucho tiempo y la culpa es sólo mía. Por esa misma razón me cuesta
escribir esta carta, aunque espero que la leas con el corazón.
También espero que no te haya parecido mal que os enviara dinero todos los meses. Lo he
enviado en metálico porque he pensado que así sería más fácil para vosotros y más discreto. No
quiero causar problemas; más de los que ya causé cuando hui de todo. No sé si podrás
perdonármelo algún día, espero que sí.
Estoy seguro de que te va estupendamente con el negocio y de que nunca os han hecho falta
mis aportaciones, pero creía que era lo menos que podía hacer después de eludir de esa forma mi
responsabilidad. Reconozco sin rodeos que también lo hice por mí. Sí, en un intento de subsanarlo
y lavar mi conciencia. Esto último no acabo de conseguirlo.
No he podido perdonarme haberos dejado en la estacada, pero tenía que irme, es así de simple.
Como estoy seguro de que ya advertiste entonces, mi sitio no estaba en La Cabeza. Me moría de
ganas de salir de allí y sentía que me asfixiaban todas las obligaciones, las responsabilidades y,
sobre todo, las esperanzas que mamá tenía depositadas en mí. La situación me hacía sentir
claustrofobia. Vivíamos muy aislados y había un millón de cosas que quería hacer. Quería ir a la
ciudad, ¡quería ser inventor! A ti te bastaba con los árboles.
Además, te habías vuelto muy callado, Jens. No podía reprochártelo —¡jamás te lo reprocharé!
—, porque sabía que lo de papá había supuesto un golpe durísimo para ti. Aun así, por dentro
estaba furioso, porque me hacía mucha falta hablar contigo. En cierto modo te echaba de menos, ¡y
eso que estábamos todo el día juntos! No podía soportarlo.
Un día me puse a charlar con un veraneante de Armslev. Era un ingeniero del continente y
estaba entusiasmado con mis ideas. Cuando desaparecía tanto tiempo, era porque me iba a verle.
Me ofreció un empleo en su compañía; al principio lo rechacé porque no me parecía bien dejaros,
pero un día os dejé de todas formas. Llevaba siempre su tarjeta de visita en el bolsillo, aunque no
me atrevía a enseñártela.
Me dio un trabajo estupendo y encima con un buen sueldo desde el principio. Con el tiempo
monté mi propia empresa. Hacíamos un montón de artículos de metal y acero, sobre todo
archivadores y esas cosas. Pero mi mayor éxito —agárrate— ¡fueron las patas mecánicas para
árboles de Navidad! De hecho, gané con ellas tanto dinero que me fui a Austria y abrí allí una
sucursal.
Durante todo este tiempo, he hecho que una empleada de confianza enviase el dinero a La
Cabeza todos los meses. Hasta donde yo sé, ha cumplido fielmente mi encargo. Ahora que he
vuelto ¡me he prometido en matrimonio con esa empleada de confianza! Vivimos en un bonito
apartamento de la ciudad, pero ya estamos pensando en mudarnos. Y crear una familia. Gracias a
Dios, mi prometida es un poco más joven que yo.
He de confesar que he terminado echando mucho de menos a mi familia, a mamá y a ti. Pienso
mucho en vosotros. Ha sido condenadamente difícil ponerse en contacto contigo.
Una vez me armé de valor y llamé a la fonda de Korsted. Creo que hablé con el nuevo
propietario (si, por lo visto, Oluf ya no está), o si no sería un huésped. ¡El caso es que los pillé en
plena comida de Año Nuevo! No dije quién era y sólo pregunté discretamente. Sé cómo le gusta a
la gente darle a la lengua y, como ya te he dicho, no quería causaros problemas. Así fue como supe
que Else ya no vivía en La Cabeza, pero que había ido a visitarte por Navidad y al parecer ya había
vuelto a su casa.
Al cabo de algún tiempo, resultó que coincidí en una cena con una señora que se quedó de una
pieza al oír mi apellido. ¡Me dijo que conocía a una tal Else Haarder! Mamá había pasado una
temporada en casa de una amiga suya, ella creía que eran primas. Por desgracia, la amiga había
sufrido graves daños cerebrales después de un accidente de tráfico y la señora no supo decirme
dónde vivía mamá, sólo que ya no seguía en esa dirección.
Pero tú ya sabrás todo esto y también debes de saber dónde encontrarla. ¿Volvió contigo?
Siempre se te dio bien lidiar con ella y con esa manía suya de controlarlo todo. Te admiro por ello.
Bueno, pero lo mejor de aquella llamada a la fonda fue que me enteré de que tú sigues
viviendo en La Cabeza… ¡con tu mujer y vuestra hija! No te imaginas cómo me alegra saber que
estás casado y tienes descendencia, Jens. Espero de todo corazón que seas muy feliz.
A mí me encantaría ser padre. La idea de fundar una familia se me ocurrió un poco tarde,
estaba muy atareado inventando cosas ingeniosas y fabricándolas. A veces me gustaría haber
sentido el mismo amor por la naturaleza que teníais papá y tú. Había algo sano en él, en vosotros.
Algo más auténtico. Ahora echo en falta el tacto de la madera y, sobre todo, el fresco aroma del
bosque y del mar. Tanto que estoy pensando en instalarme en la isla; si no en La Cabeza, por lo
menos en la grande. ¿A ti qué te parecería?
Para empezar, me encantaría ir a haceros una visita a ti y a tu familia. Retomar la relación, si a
ti también te apetece. ¿Qué me dices? ¿Me escribirás? O llámame, si tienes ocasión (te anoto abajo
la dirección de mi casa y mi número de teléfono).
Con cariño,
tu hermano que te quiere,
Mogens
P. D.: Estoy seguro de que tienes los árboles de Navidad más bonitos de todo el país. Y,
aunque evidentemente preferirás la madera antes que el metal y el plástico, creo que deberías
probar las patas que son el pilar más firme de mi empresa. Por eso me he permitido enviarte unas
junto con esta carta.
Jens dobló la carta y volvió a doblarla una vez más antes de guardársela en el bolsillo interior. El
sobre con el dinero se lo metió en el bolsillo delantero del abrigo. Contempló por un momento el
paquete inmanejable que había sobre el tocón. Luego levantó todas sus bolsas y continuó por la
izquierda de la barrera.