Resina
La felicidad
Al principio, Else Haarder y la joven simpatizaron mucho. La señora Haarder le dispensó a Maria una cordial bienvenida con té y dulces caseros y le hizo tener la sensación de que las cosas entre ellas funcionarían. Maria, que carecía de motivos para dudar de la sinceridad de la viuda, nunca se había sentido tan afortunada como el día que se instaló en el cuarto blanco de la familia de La Cabeza.
Era una habitación bonita y sencilla con paredes de madera pintadas de blanco y cortinas claras. A la joven le encantaba que no hubiese arpillera en las paredes ni pósteres de ídolos por el techo, como en el último cuchitril donde la habían metido cuando trabajaba de dependienta en una panadería de la ciudad. Al cabo de unos días ya estaba harta de ver a aquellos tipos melenudos, por no hablar del extrañísimo olor que había en la habitación. Tenía muy poco que ver con el aroma de la panadería y menos aún con el olor a libros de su infancia. Al parecer, lo suyo no eran la arpillera y la música beat , y tal vez por eso mismo la atraía tanto la vida en la isla.
Allí había flores de otoño encima del escritorio y la ropa de cama tenía un perfume tan agradable a aire fresco y abetos que después de su primera jornada de trabajo durmió como una bendita.
Hasta los muebles le gustaban. Else le había contado que eran obra del antiguo carpintero y Maria había quedado muy impresionada. Todo estaba medido, cepillado y pulido con gran precisión, y el cajón del escritorio se deslizó sin oponer resistencia cuando lo abrió con delicadeza. Estaba vacío, de modo que antes de terminar de deshacer el resto del equipaje guardó en él sus cuadernos de dibujo y sus libretas. Lo único que echó de menos en el cuarto fue una estantería para sus numerosos libros, que dejó bien apilados en montoncitos contra la pared. A las cosas de costura —el costurero y los rollos de tela— les hizo un hueco bajo la cama.
Sin embargo, Maria no pudo evitar fijarse en que la pequeña granja no se caracterizaba precisamente por su orden. El edificio principal —con la cocina, el lavadero, el recibidor, el cuarto de baño y la sala grande, así como el dormitorio y los dos cuartos pequeños del primer piso— no estaba lo que se dice patas arriba, pero había muchas cosas por hacer y, sobre todo, por limpiar, y era evidente que Else Haarder ya no podía con ello sola.
Mucho peor era la situación del establo, el taller y las zonas exteriores. Había trastos tirados por todas partes, al parecer cualquier cosa —desde madera, muebles y maquinaria vieja hasta barreños, ruedas de tractor y las piezas de un coche de caballos—. Casi todo tenía aspecto de llevar allí mucho tiempo y no servir para nada.
Había visto a lo lejos lugares como aquél, casas rodeadas de chatarra, y siempre se había preguntado quién podría vivir en un sitio semejante.
Maria no se atrevía a preguntarle a la señora Haarder por qué no se habían deshecho de todos aquellos objetos hacía mucho. Bastaba con cargar toda aquella porquería en la camioneta y llevarla al vertedero en unos cuantos viajes. De acuerdo, en muchos viajes. Le incomodaba ver aquel caos, porque desde que había llegado a la granja se sentía en cierto modo responsable de aquel lugar, sobre todo de cara a los clientes que iban al taller de Pascuas a Ramos.
Por otra parte, el taller era cosa de Jens y nadie más que Jens, y como allí todo estaba más patas arriba que en ningún otro sitio, no parecía muy útil arreglar lo demás. Poco a poco, Maria se fue dando cuenta de que Jens no podía vivir sin la chatarra. Su madre había renunciado a cambiar las cosas mucho tiempo atrás.
En eso, Else Haarder y Maria Svendsen se parecían un poco. Porque, aunque a Maria le gustaba mucho el orden, Jens no tardó demasiado en gustarle aún más.
Desde la primera vez que lo vio, se sintió extrañamente atraída por él. Aunque no intercambiaron más que un breve saludo, al reconocer su retraimiento notó de inmediato una especie de solidaridad con él. Una simpatía espontánea. Tenía los ojos tan oscuros que Maria los creyó negros. ¿O sería la pupila, que lo invadía todo? Tenía el cabello y la barba de color castaño oscuro, una piel tersa y fina, el cuerpo fuerte y esbelto. Sintió el impulso de coserle una camisa e imaginó cómo le caería por el pecho y los hombros. Tal vez un día se lo preguntara. Si podía. No tendría más remedio que tomarle las medidas.
En su quinta jornada de trabajo se aventuró a entrar en el taller mientras Else Haarder descansaba un rato. La viuda había dicho que tenía fuertes dolores, pero no dónde, y a juzgar por sus ronquidos, al parecer no era nada que perturbara su sueño. Maria lamentaba, por supuesto, que la madre de Jens sufriese aquellos dolores insoportables, pero la enfermedad de la señora Haarder ya empezaba a parecerle algo misteriosa.
Preparó una cafetera, cortó un pedazo de bizcocho recién hecho y le llevó todo a Jens, esperando que cayera en terreno fértil. Lo último que quería era que la tomase por una pesada. Como la puerta estaba entornada y no le quedaba ninguna mano libre para llamar, la abrió empujándola suavemente con el hombro. Jens estaba en pie junto al torno, tan enfrascado en lo que hacía que no la vio. Ella se quedó contemplándolo unos segundos. Contemplando sus manos. Cada vez que las pasaba por la pata de la silla que estaba torneando, parecían más de artista que de artesano.
A sus pies se extendía un mar de astillas y virutas que recordaban a las hojas rizadas de un sauce tortuoso.
Maria carraspeó. Y volvió a carraspear. Y él levantó al fin la vista, sobresaltado. La joven se arrepintió de inmediato. Pero entonces Jens sonrió y le indicó con un gesto que se acercara, y al cabo de un momento corrió a la cocina en busca de otra taza. Se oían sus pasos en la gravilla. Un andar presuroso de ida y de regreso que a Maria le aceleró el corazón. Se quedó inmóvil con la bandeja en las manos mientras él apartaba algunas cosas y colocaba un cajón para usarlo como mesa. Después sacó otra banqueta de detrás de unos sacos que había en un rincón y la limpió con la manga. No tardaron en estar los dos sentados, algo bajos pero a gusto, mirándose tímidamente con las pupilas dilatadas en medio del aroma a café y pino fresco.
Los meses que siguieron fueron los más felices de la vida de Maria. La madre de Jens no se percató de nada y ellos nada le dijeron hasta el día que los vio besarse por detrás de la becerra en el establo.
Else Haarder no estaba lo que se dice entusiasmada. A los jóvenes les dijo que el interés que sentían el uno por el otro acabaría influyendo de manera negativa en el trabajo de ambos; a sí misma, que era demasiado pronto para que su hijo menor se echase una novia, por más que otros pensasen que ya iba siendo hora.
Maria y Jens rechazaron categóricamente sus advertencias y la señora Haarder vio —no sin cierto descontento— que Maria se esmeraba cada vez más con la casa. Nada podía reprocharle. Y lo mismo ocurrió con Jens. Trabajaba como un mulo todo el día para luego tener la tarde libre y pasarla con Maria de la mano. Tan pronto como se bebían el café vespertino con Else en la sala de estar, se metían en el cuarto blanco, y con el tiempo las tazas fueron haciéndose más y más pequeñas.
Cuanto más enamorados los veía, más le dolía.
Convencida de actuar por el bien de todos y con la mejor de las intenciones, Else empezó a esparcir a escondidas montoncitos de porquería por el suelo que Maria acababa de fregar, a dejar manchas en el mantel que Maria acababa de lavar y a torcer el gesto ante la comida que Maria acababa de guisar.
—Jens, creo que haríamos bien en buscarnos a otra chica. Maria está cada día más descuidada —le confió a su hijo un día que la joven había ido a hacer recados a la isla grande—. Ya se lo he comentado a la viuda Angel, que tiene mucho interés y mucha experiencia.
La viuda Angel tenía, además, mucha corpulencia y parecía cualquier cosa menos un ángel. A Else le costaba verla fugándose con su hijo.
Jens estrelló los puños contra la mesa con tanta fuerza que su madre al instante se sintió un poquito más enferma.
—¡Por encima de mi cadáver! ¡Si Maria se va, me voy yo también! — rugió. No como un niño, sino como el hombre en el que Maria lo había convertido. Hablaba con una voz más grave que nunca.
Else se quedó sin habla por un momento mientras intentaba salir de aquel estado de estupor. Las palabras de su hijo le partieron el alma. Jens se había mostrado rebelde antes, sobre todo al perder a su padre —y eso era comprensible—, pero jamás se había enfrentado así a su madre. La horrorizaba que fuese capaz de hablarle así a la persona que más le quería en el mundo; eso le recordaba al otro hijo que había tenido. Pero, ante todo, venía a confirmar su teoría: Maria suponía una amenaza.
En ese instante oyó las ruedas de una bicicleta por la gravilla. Era Maria, que regresaba.
—Bueno, si para ti supone un problema… —dijo con toda la amabilidad de la que fue capaz—. Ya sabes que sólo quiero lo mejor para ti, Jens. Con lo que nos queremos. ¡No pensarás dejar sola a tu pobre madre enferma!
Jens giró sobre sus talones y dejó sola a su pobre madre enferma en el cuarto de estar. Ella se quedó sentada con la mirada perdida, pensando que aquél debía de ser uno de los días más aciagos de toda su vida.
Sin embargo, al cabo de un momento Jens volvió a la sala y Else se derritió al ver regresar a su niño con la mirada tierna y su carácter dulce de siempre. Le regaló una de esas sonrisas entrañables que sólo Jens sabía esbozar. Sus ojos oscuros brillaban.
—Maria está embarazada —anunció feliz.
Se casaron con mucho amor y más prisas en el ayuntamiento de Korsted. Asistieron al enlace unos cuantos conocidos que los felicitaron sin dejar de preguntarse si habría ya un nuevo Haarder en camino a La Cabeza. ¿No tenía la novia un poco de tripita? Por cortesía, se limitaron a murmurar y no hicieron preguntas. Fuera como fuese, se alegraban, porque no cabía duda de que Jens Haarder lo había pasado mal, primero con la muerte del padre y después con la repentina desaparición del hermano, aunque él nunca hablaba del tema. En general, Jens era un hombre de pocas palabras. Era amable y servicial, como lo había sido el padre, pero jamás decía más de lo estrictamente necesario y era casi imposible mantener una conversación normal con él. De hecho, casi nadie lo había creído capaz de encontrar novia, aunque quién sabía, tal vez fuese ella la que lo había encontrado a él. No se excluía ninguna posibilidad. La chica era simpática, aunque algo apocada. ¿No habría sido la madre la instigadora de todo?
Después de la ceremonia, ofrecieron canapés en el bar de la fonda. La gente brindó y cantó canciones tradicionales, y transcurrida una hora Jens y Maria regresaron a casa con la madre del novio, que creyó que ya era el momento de marcharse. Tenía dolores.
Maria siguió viviendo en el cuarto blanco, detrás del taller, donde Jens pasó a acompañar a su mujer embarazada en la cama de un metro veinte, mientras la madre compartía con sus dolores la cama de matrimonio del edificio principal.
En el fondo de su ser, Jens quería un niño; en el fondo de su ser, Maria quería una niña; y en el fondo de su ser, Else Haarder quería una catástrofe.
En cierto modo, los tres vieron cumplidos sus deseos.
Maria tuvo gemelos.
Su padre los llamó Carl y Liv.
La madre de los pequeños no puso objeciones. La abuela tenía otras sugerencias, pero ningún apoyo.
Cuando llegaron los niños, Jens logró convencer a su madre de que les dejase a Maria y a él el dormitorio del primer piso. Else se trasladó entonces, muy a regañadientes, al antiguo cuarto de Jens, que estaba situado en el mismo pasillo. Era muy pequeño y a ella no le gustaba el aire que se respiraba allí, pero el dormitorio grande era el único lugar con espacio suficiente para dos adultos y dos cunas, y eso la dejó sin argumentos.
Pero si Jens había insistido en ocupar el dormitorio de sus padres, no era sólo por los recién nacidos y sus cunas. Aunque Maria no habría sido capaz siquiera de mencionarlo, lo cierto era que durante el embarazo había engordado lo suyo y parecía que le costaba perder esos kilos de más, y Jens tenía la sensación de que la cama que habían compartido hasta entonces resultaba un poco estrecha para ella. En cualquier caso, resultaba un poco estrecha para él.
Los meses previos al parto, cuando al fin quedó claro que lo que venía en camino eran nada menos que dos, Jens los consagró a las cunas. Nunca había hecho una cuna, pero eso no impidió que fuesen las más bonitas que se recuerdan. Mimó todos los detalles como había hecho su padre con los de los ataúdes. Cuando terminó la última, apoyó la cara en ella, cerró los ojos y pensó en la hermosa vida que crecería en aquel minúsculo espacio.
Durante el embarazo de Maria, Else estuvo intratable. Cada vez que pedía a gritos un pedazo de pan o unos trapos limpios, cualquiera habría pensado que eran sus hormonas las enloquecidas. Por desgracia, la llegada de los niños no hizo sino empeorar las cosas. A pesar de lo reducido del tamaño de su cuarto, Else no salía, exigía que le sirviesen allí la comida y se quejaba a voces del menú.
Maria siguió atendiendo sus obligaciones como buenamente pudo. Por el bien de todos, intentaba satisfacer los absurdos deseos de su suegra sin perder la sonrisa, aunque rabiase y a veces, para sus adentros, no pudiese evitar mandar a la señora Haarder a freír espárragos. Se preguntaba si a Jens le ocurriría lo mismo, pero evitaba sacar el tema. Sabía que le unía a su madre un vínculo muy especial y no se atrevía a comprobar si era más fuerte que el que le unía a ella.
Aunque su madre lo irritaba muchísimo, Jens sentía tal gratitud por el amor de su mujer y por los niños que juntos habían traído al mundo que no había nada en el mundo capaz de abatirlo. Y, a pesar de las reiteradas maniobras de Else, sólo tenía ojos para los gemelos, para Maria y para la inconcebible sensación de dicha que lo embargaba a diario.
O al menos fue así durante algún tiempo.
Un día que Maria había ido al establo y Else Haarder dormía profundamente en su cuarto, Jens entró a ver a sus hijos, como hacía siempre a mediodía. La niña estaba tan dormida como su abuela. El niño yacía en el suelo, al pie de la cuna. En medio de un charco de sangre.