Resina

Ane Riel · Capítulo 34 de 40

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Resina

El cartero

 

El cartero estaba de muy buen humor esa mañana. Tampoco podía negar que sentía una mariposilla o dos revoloteándole en el estómago, y eso que no era época de esas cosas.

Tenía una misión que cumplir en La Cabeza.

Por primera vez en todos aquellos años, la carta de M era un envío certificado. Le sorprendía enormemente el repentino ascenso de categoría en el método de expedición, lo que no menguaba en lo más mínimo su alegría ante la idea de ver al fin satisfecha su curiosidad. Y es que suponía que ahora podría permitirse preguntar por el remitente (que tal vez, después de todo, no fuese la mafia, por más que la idea le gustara).

Lo que más le intrigaba era si la identidad de «M», por casualidad, sería la misma que la de «M Inventions for Life», que remitía el gran paquete que ese día también le llevaba a Haarder. La empresa tenía una dirección del continente, de la costa este. El matasellos de las cartas era también de la costa este. Sí, por supuesto que lo había investigado. Pero la mafia tenía contactos en todas partes, de modo que su idea tampoco era del todo descabellada.

El cartero aparcó junto a la barrera. A continuación, bajó y abrió la portezuela del departamento de carga, donde el paquete aguardaba con la carta encima.

Tuvo que usar ambas manos, porque era un paquete raro y pesaba bastante. Cuadrado, de… ¿pongamos setenta por setenta centímetros? Y poco más de veinte de alto. Demasiado pesado para ser una tapa de inodoro. Pero fue lo primero que le vino a la mente. Tenía la sensación de que lo que había dentro era redondo. Por lo general, los envíos cuadrados solían serlo. Redondos.

Dejó atrás el letrero de PROHIBIDA LA ENTRADA con particular alborozo. Sí, a toda persona no autorizada, pensó. Él, por supuesto, tenía derecho a entrar, traía una carta certificada. Y un paquete.

Debían firmarle el recibo.

Por nada del mundo se iría de La Cabeza sin esa firma.

Pasó por la derecha de la barrera y miró hacia la casa expectante y algo tenso. Con un poco de suerte, a lo mejor veía a lo lejos a Maria Haarder. Se moría de ganas de saber qué aspecto tenía después de tanto tiempo.

Alcanzó a dar dos pasos antes de que lo llamaran.

—¡Eh, tú! —gritó alguien a su espalda; se detuvo en seco. Había una agresividad en esas dos palabras que no le hizo ninguna gracia. Al volverse, vio a Jens Haarder, que se acercaba a buen paso—. ¿Adónde crees que vas? ¿Es que no sabes leer? ¿En qué habíamos quedado?

Se quedó de piedra. No estaba acostumbrado a que nadie le hablase así. Bueno, Mechacorta de vez en cuando también tenía esas salidas de tono tan belicosas; por no hablar de los días que llegaba a las manos. Pero Haarder jamás le había hablado mal a nadie, al menos del servicio postal.

—Ya, pero…

—¡Ven aquí! —ladró el propietario de La Cabeza—. ¿Qué me traes?

El cartero volvió a regañadientes al otro lado de la barrera. Lamentó no haber salido a hacer la ruta un poco antes; tal vez así habría llegado a tiempo de tener unas palabras a solas con la señora. No le habría importado saber en qué andaban esos dos.

—Traigo una carta certificada y un paquete —contestó—. Hay que firmar un recibo por cada cosa. Por eso he…

Cuando vio más de cerca a Haarder, se interrumpió. Llevaba en las manos siete u ocho bolsas de plástico repletas hasta los topes. El carpintero tenía la frente bañada en sudor, aunque no era un día de noviembre particularmente cálido. Y luego la barba, la ropa. Hacía mucho que el cartero no lo veía tan de cerca. Su aspecto era deplorable.

—¿Por qué no vienes ya al pueblo en la camioneta, Haarder? Normalmente la llevas.

—La camioneta está muerta. Se quedó en la carretera, al sur. Tuve que dejarla allí y volverme andando.

—Vaya, menudo paseo.

—A ver esa carta —dijo Haarder dejando las bolsas.

El cartero sólo pudo adivinar algo blanco en una de ellas. Dejó con mucho cuidado la carta y el paquete encima del tocón que había junto a la barrera y le tendió el bloc de recibos y un bolígrafo. El destinatario se quedó mirándolo con recelo antes de trazar un par de coléricos garabatos.

—Por cierto, ¿quién es M? —intentó el cartero con su voz más zalamera. No tenía intención de dejar escapar una ocasión semejante—. Te escribe a menudo. ¡Y ahora un paquete! Imagino que…

—Si eso era todo, adiós —zanjó el otro mientras le devolvía el bloc y el bolígrafo.

El cartero abrigaba la secreta esperanza de que abriese el paquete de inmediato.

—¿No necesitas ayuda con el paquete? Llevo una navaja suiza…

—Yo también —replicó Haarder con la misma frialdad inexplicable. Dejó los brazos caídos a los costados y clavo en él una mirada que era difícil no interpretar como una amenaza.

—Bueno…, entonces, adiós —dijo el cartero antes de subir a su furgón.

Haarder se quedó allí viéndole dar media vuelta. Cuando el cartero se incorporó a la carretera que llevaba hasta El Cuello, aún lo veía en el retrovisor. Parecía un salvaje. Un loco salvaje.

No, el cartero no era quién para juzgar a nadie, claro, pero no podía descartar la idea de que Jens Haarder podía haberle hecho algo a su madre, tal vez incluso quitarle la vida. ¿Y si la tenía escondida en ese contenedor? Semejante idea no se le habría ocurrido, claro estaba, si un día chismorreando en el atracadero de Sønderby no se hubiese enterado por casualidad de que Else Haarder nunca había cogido el ferri de vuelta esas Navidades. Si alguien llevaba bien el control de sus pasajeros, ése era el del ferri; lo que, en cambio, no podía interesarle menos eran las teorías del cartero. En general, no interesaban a nadie.

Pero tampoco había nadie que hubiese visto a Haarder como lo había visto él, allí en la barrera. Ese hombre ocultaba algo. ¿Por qué mostrarse, si no, tan amenazante?

Lo que más le molestaba de todo aquello era que, en contra de lo esperado, no tenía montones de noticias que contar en la fonda. Bueno, algo sí.

M Inventions for Life.

Pero eso no bastaba para que le tomaran en serio. Ni siquiera para que le escucharan. Siempre decían a media voz que dejara en paz a Haarder con su pena. Y que no estaba prohibido ser un poco raro.

Mierda.