Resina

Ane Riel · Capítulo 20 de 40

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Resina

La muerta y la recién nacida

 

Maria y Jens Haarder dieron parte de la desaparición de su hija poco después de Año Nuevo. Por desgracia, todo parecía indicar que se había ahogado accidentalmente. El propio Jens fue en busca del policía de Korsted a referirle todo lo sucedido. O, para ser exactos, lo que él suponía que había sucedido.

Liv había salido sola a jugar el día antes. No entrañaba peligro alguno. Estaba habituada a moverse por los campos y por el bosque y nunca había sido motivo de preocupación. Aquel día, sin embargo, a media tarde aún no había vuelto a casa, como solía. Oscureció y Jens la estuvo buscando por toda La Cabeza. La niña jamás salía de La Cabeza por su cuenta y riesgo, le aseguró al agente. Pensando que podía haberse caído entre los árboles y estar malherida, el padre no quiso abandonar la búsqueda e ir a la isla grande hasta no estar completamente seguro de que había revisado todos los lugares donde podía encontrarla. Maria, su mujer, también la había buscado, aunque sobre todo dentro de la casa y en los alrededores.

Poco a poco, Jens fue ampliando su radio de acción, explicó, y al final llegó a la playa norte, donde en realidad no creía que fuese a localizar a Liv, pues su hija tenía terminantemente prohibido ir sola hasta tan lejos. No obstante, había indicios de que la niña había pasado por allí, pues cuando Jens examinó la playa en la oscuridad, el haz de luz de su linterna iluminó la pulsera de cuero favorita de la niña. Estaba semienterrada en la arena, delante del puentecillo de madera al que estaba amarrada su barca; o, mejor dicho, al que debería haber estado amarrada. A Jens no le cabía en la cabeza que Liv hubiese llegado andando hasta aquella playa desierta y mucho menos que hubiese tenido el valor de subir sola a la barca. Pero era, tuvo que admitirlo, una muchachita muy testaruda y cuando se le metía algo en la cabeza había que tener un poder casi sobrehumano para hacerla cambiar de idea. Llevaba tiempo dándole la tabarra para que volviesen a salir de pesca, pero él lo había descartado. Enero era un mes demasiado frío para una niña tan pequeña.

Y ahora, al parecer, había decidido actuar por cuenta propia. Por desgracia, había elegido una tarde en que se había levantado un fuerte viento del oeste.

Mientras oía relatar a Jens Haarder cómo había registrado toda la playa, el policía pudo sentir el horror del padre e imaginar la espuma de las olas al romper contra la costa como explosiones grisáceas en la oscuridad. Él también era padre de una criatura de la misma edad. Él también había salido la noche antes, había oído bramar el viento por la calle principal y había visto las nubes, que pasaban presurosas y descubrían a ratos una luna glacial. Imaginarse a una niña sola en el mar con aquella luna… a su propia hija…

Observó a Haarder, a quien no había visto mucho en esos últimos años. En un pasado remoto habían ido los dos juntos a la misma escuela, pero después de la muerte repentina del padre empezó a ser complicado retener a Jens allí y un día no volvió más. Después, la escuela se trasladó a un local mejor y ampliaron la plantilla del centro. La hija del agente no tardaría en convertirse en una de sus alumnas.

Había llegado a entrever fugazmente, muy fugazmente, a la hija de los Haarder, a la que siempre tomaba por un chico, en la camioneta con su padre. Le había hecho pensar en la vida tan aislada que debía de llevar en La Cabeza. Por esa misma razón, había acariciado la idea de acercarse por allí un día a saludarlos con su propia hijita. Sólo para ver cómo andaban. La paz del hogar era algo sagrado en toda la isla y todo el mundo sabía que si había alguien poco aficionado a las visitas, ésos eran los Haarder, pero habiendo una niña de por medio… A juzgar por el tamaño de la que había visto en el vehículo, suponía que las dos empezarían a la vez el primer curso.

Pero las cosas no habían ocurrido como esperaba.

Haarder le refirió que al final había hallado la barquita después de subir un trecho por la costa, en el punto donde la isla sale al encuentro del mar con sus grandes rocas y un abrupto acantilado que asciende hasta el bosque. Con el corazón roto, la había visto a lo lejos, aprisionada entre dos rocas, al parecer arrastrada por la corriente que iba hacia el este. Tenía la popa sumergida bajo el agua. No muy lejos de allí vio uno de los remos entre las olas, que lo arrastraban hacia la oscuridad para, al instante, devolverlo hacia la orilla como una lanza extraviada. Había una corriente muy peligrosa en aquel lugar.

Haarder había arrastrado la barca hasta liberarla de las rocas, pero la había vuelto a perder a causa de la corriente. Decía que había llamado a su hija una y otra vez y que había revisado cada palmo de la costa con su potente linterna. Pero no había ni rastro, nada que permitiese suponer, siquiera por un instante, que una niña había llegado a rastras hasta la orilla.

Había pasado buscando toda la noche hasta que al fin salió el sol, pero todo lo que había encontrado era un guante de piel de conejo que había devuelto la marea. Le resultaba dolorosamente familiar. Y el policía imaginó el espectáculo: el guante allí, a la orilla, oscuro y brillante, como un animal muerto; y Jens Haarder gritando por dentro al darse cuenta de lo que eso significaba.

Por fin, desfallecido, el padre había tenido que renunciar a su búsqueda y había regresado a casa a llevarle a su mujer aquellas nuevas desgarradoras. Y ahora estaba allí con él, envuelto en su abrigo viejo, embutido en bufandas de lana y con una gorra vieja y raída que parecía de otra época. Tenía el rostro chupado y pálido, y la barba que se había dejado esos últimos años le hacía aparentar mucha más edad de la que en realidad tenía. Sobre todo, porque barba y cabellos habían encanecido de forma asombrosa durante ese invierno. El policía había reparado en ello cuando se habían cruzado casualmente después de Navidad. Hasta lo habían comentado en la tienda del pueblo. Las canas repentinas de Jens Haarder.

Y ahora esto.

Aquella mano gastada estrujaba una pulserita de cuero.

—Tenemos que mandar un equipo a buscarla —dijo el agente con una voz que hasta a él le resultó desconocida—. Voy a ponerme en contacto ahora mismo con el continente. A lo mejor pueden enviar un helicóptero.

Vio en aquel rostro abatido que sus palabras no alentaban la más mínima esperanza.

—Conozco a mi hija —dijo Haarder—. Si siguiera con vida, yo lo sabría.

Tenía delante a un hombre que sabía a ciencia cierta que acababa de perder a su única hija. No había ido a dar parte de su desaparición, sino a declararla muerta.

Al comprenderlo, el agente se sintió por un instante devorado por la pena, como si fuese él y no el otro quien estaba allí, de pie. Intentó recomponerse y representar su papel con la calma que requería. Sin embargo, parecía que todo lo que hacía y todo lo que decía estaba fuera de lugar. En su afán por mostrar su más cordial simpatía, sonrió sin querer. Era una sonrisa absurda. Una sonrisa extraviada y condenada a morir porque no podía llegar en un momento más inoportuno. No tenía ningún sentido frente a ese hombre y esa tragedia.

Pero Haarder la había visto.

—¿Aún tenéis a tu madre de visita, Jens? La vi en el pueblo justo antes de las Navidades —dijo el policía mientras su sonrisa se hundía en una oscuridad fangosa como un cervatillo se hunde en una ciénaga. Cuando garabateó unas líneas en una libreta, la mano, siempre tan firme, le temblaba. Presunto ahogamiento. Playa norte. Con la otra mano, trató de disimular el temblor que le sacudía la barbilla.

—No, volvió a su casa. Antes de Año Nuevo.

Enviaron un helicóptero. Rastrearon toda la costa y el bosque, El Cuello y el norte de la isla grande.

Mientras tanto Liv Haarder, callada como un muerto, estaba en el interior de un contenedor cerrado con llave tras el taller de su padre. Oculta detrás de montones de cajas de cartón y neumáticos y periódicos y revistas y juguetes y sobres de gel de sílice y sacos de sal y barreños y casetes vírgenes y herramientas rotas y bombonas de gas y pan crujiente y pintura y bolsas de golosinas y ropa vieja y pilas de libros y montañas de alfombras y cosas que alguien alguna vez y por un momento había echado de menos con cierto asombro para después olvidarse de nuevo de su existencia.

 

Los padres no deseaban celebrar una ceremonia en su recuerdo. Tampoco deseaban entrar en contacto con compasivos curiosos de la otra isla ni con psicólogos ambulantes que los ayudaran a sobrellevar el duelo.

Los padres deseaban que los dejaran en paz.

Y cuando los emisarios de rigor de las autoridades se retiraron por fin, no sin cierto espanto ante el caos en que la niña debía de haber vivido, la calma volvió a La Cabeza. Haarder colocó una barrera en el punto donde el camino hacía un recodo a la izquierda antes de continuar durante un buen trecho en dirección a la casa. Y junto a la barrera, un buzón y un cajón de madera algo más grande.

PROHIBIDA LA ENTRADA, ponía en un letrero.

Nada de «a toda persona no autorizada». Sólo prohibida la entrada. A todo el mundo.

Y si a alguien se le ocurría ignorar el letrero, sortear la barrera y seguir adelante, tropezaría con un hilo tendido de lado a lado en medio del camino, una de las muchas trampas que a partir de aquel momento protegerían a los Haarder de la llegada de intrusos.

A pesar de que el invierno fue negro como el carbón, hubo algunos meses claros. Ya nadie mandaba cartas recordando amablemente que Liv tenía que ir a la escuela. Nadie les hacía preguntas acerca del sobre de M que, como un reloj, caía al fondo de su buzón al acabar cada mes.

Jens siguió pagando las facturas que no podía evitar sin recibir visitas no deseadas. En la oficina de correos, su llegada no pasaba inadvertida. No porque llamase particularmente la atención, ya que no decía ni mu. Sin embargo, con el tiempo, empezó a despedir un olor desagradable y su ropa adquirió un aspecto sucio.

Antes hasta lo admiraban por las camisas, si no bonitas sí diferentes, que le cosía su mujer (la madre del farmacéutico sostuvo hasta su último día que la espalda de una de las camisas de Jens salía de una combinación que se le había perdido, pero todos lo achacaban a la demencia en aumento de la anciana). Pero después del trágico accidente, siempre iba por ahí con el mismo suéter gris descolorido, que estaba pidiendo a gritos que lo lavasen y le quitasen las astillas y las pelusas; a su pantalón de pana también le hacían falta unos cuantos remiendos. Ya nunca se cambiaba de calzado, parecía sentirse a gusto con un par de botas de agua viejas a las que, por alguna razón inexplicable, les había cortado la caña, pero que nunca se molestaba en limpiar de porquería antes de entrar en los sitios. La gorra era la de siempre, aunque un labrador compasivo le había regalado una nueva.

Lo único que cambiaba de una vez para otra era su olor. A peor.

En cuanto veían aparecer la camioneta, las dos mujeres que se turnaban para sentarse en la caja empezaban a pelearse para decidir a quién le tocaba despacharle. Y los clientes de la cola comenzaron a dejarle pasar para que saliese de la oficina lo antes posible. Los que no lo conocían arrugaban la nariz y se preguntaban pasmados quién sería aquel sujeto tan pintoresco. Los que sabían quién era Jens Haarder intercambiaban miradas cómplices y apenadas. Algunos intentaban dirigirle un saludo amable al verlo pasar, pero no obtenían más que una sonrisa fugaz que al cabo de algún tiempo se redujo a una mirada tenaz hacia el suelo de la oficina de correos.

 

El cartero que repartía en La Cabeza advirtió también un cambio. Si antes estaba habituado a entregar la escasísima correspondencia a la puerta de la casa y de vez en cuando llevarse un par de cartas de Jens y Maria de vuelta para enviarlas, ahora debía contentarse con tratar con el impersonal buzón del recodo. Si había algún paquete, cosa que ocurría muy rara vez, tenía que depositarlo en el cajón de madera que había junto al buzón. Y si traía un mensaje, podía dejarlo en el mismo sitio. Había papel y bolígrafo para tal fin.

Lo que más le sorprendió fue la barrera que habían levantado en el mismo punto, pero él también provenía de una familia un poco particular del sur de la isla, de modo que no encontró la medida del todo inusual. En círculos postales corría el rumor de que era hijo ilegítimo de Nielsen, el ilustre jefe de correos de Korsted. Semejante afirmación proporcionaba al cartero cierta satisfacción, pues la alternativa paterna oficial era un labriego que empinaba el codo y tenía una fea bizquera, además de una condena por conducta indecorosa con un poni noruego. En otras palabras, el cartero era un hombre comprensivo en materia de rumores y secretos de familia.

Albergaba la esperanza de que algún día hubiese que efectuar una entrega en mano en La Cabeza y no tuviera más remedio que forzar la barrera. Porque, como cartero, no sólo era cumplidor por naturaleza —tanto si llovía como si tronaba—, sino también tan curioso que estaba en ascuas. Y se moría por llevar a los amigotes de la fonda, ya que no otra cosa, al menos noticias de aquella casa. No era que quisiera chismorrear, eso no. Pero, para ese cartero, habría sido un placer dejar leer entre líneas que sabía algo que no sabían los demás. Le atormentaba lo indecible no haber conseguido convencerlos aún, discretamente, eso sí, de la identidad de su verdadero padre. Tampoco podía decirlo sin más, esas cosas no se hacían. Pero podía insinuarlo, y en insinuarlo se dejaba la vida sin que nadie levantase siquiera una ceja.

 

Liv sabía que era cuestión de vida o muerte que no la vieran, de modo que a la menor sospecha de que se acercaba alguien, corría sin hacer ruido a esconderse en el último rincón del contenedor. Con ayuda de su padre, había preparado una madriguera muy agradable detrás de los neumáticos y las cajas. Dos enormes edredones y un buen montón de mantas la mantenían caliente y, si a pesar de todo tenía frío, había un saco lleno de ropa de abrigo extra en el que algo encontraría. También disponía de libros y de linternas y de pilas más que de sobra y de golosinas y de galletas y de pan y de botellas de agua, así que no le faltaba nada.

Al principio, cuando todo el mundo andaba buscándola, no se había atrevido a encender ninguna luz y había permanecido en silencio debajo del edredón en medio de la oscuridad más negra, atenta a cualquier sonido. Estar a oscuras constantemente había hecho que el tiempo se confundiera, y pronto no supo si era de día o de noche. Además, la oscuridad empezó a pesarle en los párpados y en los pulmones.

Echaba de menos a Carl, que se negaba a ir con ella.

Por fin, después de demasiado tiempo, apareció. Ella no lo veía, pero sabía que estaba a su lado, en el silencio. No se atrevía a decirle nada por miedo a que la oyesen desde fuera, pero él le susurró que estaba allí, y que tenía miedo: de los extraños, de la oscuridad, del tiempo, de la incertidumbre, del aire. Y del olor, que los envolvía como una gruesa manta de goma vieja y de polvo y de moho y de trapos secos con pintura y aguarrás.

En ese instante se tranquilizó. Consoló a Carl sin palabras y se sintió más fuerte de lo que era. Mientras lograra centrarse en calmar a su gemelo, el miedo no podría hacer mella en Liv.

Pasaron así mucho tiempo ella y Carl, rodeados de una oscuridad que estaba rodeada de cosas que estaban rodeadas de un contenedor de metal hermético. Pensaban en el aire que había afuera, en el aroma del bosque, e intentaban meterlo en su madriguera, hacer que atravesara la gruesa manta y los calara hasta lo más hondo de los pulmones.

Luego oyeron unos ruidos y que alguien abría el candado de una de las trampillas, y a través de una rendija entre dos neumáticos vio en un destello el cielo lleno de estrellas y oyó la voz de su padre, que hablaba con ella. Por fin se atrevió a encender la linterna que no había dejado de estrujar entre los dedos.

Le había llevado té y comida enlatada que había calentado en el hornillo, a la puerta del taller. Ya no era fácil llegar hasta los fogones de la cocina, y como ahora era el único que cocinaba, prefería utilizar su propia cocina, como él la llamaba. Le había echado una lona por encima que, bien que mal, la protegía de la lluvia. De vez en cuando encendía una de sus antorchas caseras y la metía en el paragüero, junto al hornillo. Entonces se extendía un olor delicioso a comida y a resina.

El té y la comida le supieron a gloria. El aire que entraba por la trampilla abierta la subió al séptimo cielo. La luz era cálida y agradable. Su padre estaba con ella.

Liv le habló de la oscuridad y del aire que pesaba. Él se fue, volvió y perforó tres orificios en un lateral del contenedor mientras el polvo del metal caía sobre un periódico que después dobló y escondió entre los demás. Tapó los tres orificios con un pedazo de tela grande y lo pegó por delante con cinta americana.

—Ahora tendrás aire fresco siempre que lo necesites —anunció—. Basta con que levantes la tela si quieres que entre más aire y también ver el camino. Pero ten mucho cuidado con la luz. No se te ocurra encenderla por nada del mundo si no está echada la tela. La verían desde fuera. ¿Entendido?

Liv asintió. Luego apagó la linterna como una niña obediente, apartó la tela y pegó la cara a los tres agujeros, que formaban un triángulo invertido. Respiró por el de abajo con una inspiración larga y tranquila; podía oler los abetos, la hierba recia y la brisa salada del mar. Y por los dos más altos vio el cielo estrellado y la luna que iluminaba el sendero. En algún lugar chilló un búho. Lo imitó en voz baja y sonrió al sentir en los hombros las manos de su padre.

—Eres una chica lista —susurró él. Después le explicó que era mejor que permaneciese en el contenedor hasta que dejaran de buscarla—. La policía tiene que convencerse de que estás muerta, Liv. Así nos dejarán en paz.

Ella lo entendió. Que los dejaran en paz era bueno.

Por fin un día pudo salir. Su padre la levantó por encima del borde de metal azul oscuro y la sacó por el agujero inclinado de la trampilla, aunque ella había insistido en que podía salir sola. Afuera le había puesto un par de cajas y una rueda de tractor para que no le costase volver a subir corriendo al contenedor si de repente era necesario. Echar el cierre exterior no podía, claro, pero su padre había fabricado un dispositivo para que sí pudiese cerrar por dentro. Por si acaso.

Tenía una sorpresa para ella en el cuarto de estar: dos crías de conejo que habían dejado en la cuneta para que quien los quisiera se los llevara. Liv introdujo la mano en la caja de cartón y acarició la suave piel de los animales con una sensación de alegría nueva para ella. Vivirían en la casa; no los cazarían con trampas, ni los desollarían, ni se los comerían estofados. Unos conejitos vivos que la miraban con aire amistoso y mordían y mascaban y se movían por la paja a saltitos suaves. Liv estaba exultante.

Pero, por algún motivo, cuando subió a la cama de su madre rompió a llorar. Y, por algún motivo, su madre también lloró. Luego comieron golosinas y galletas y rompieron y agitaron y leyeron en voz alta un libro que hablaba de una mujer enamorada. La que leía era Liv, pero sólo su madre reconocía aquel sentimiento y bullía en lo más hondo de su ser.

 

Y un día llegó la niña. Antes de tiempo. Maria la trajo al mundo en la cama del dormitorio, de la que por entonces aún podía levantarse. Pero a duras penas; sólo con muchos esfuerzos.

Su marido y su hija la asistieron.

Liv observaba atentamente el drama que tenía lugar ante sus ojos. ¡La cabeza! La cabecita que salía apuntando hacia ella como una luna de mármol alargada hasta convertirse en una cabeza completa que asomaba al final de un cuerpo gigantesco.

Observó el esfuerzo, el líquido, el cuerpecillo del que pendía aquella cabeza y que por fin la siguió, aunque a regañadientes. Un cuerpo transparente, empapado y demasiado pequeño con una larga serpiente grisácea que le salía del ombligo, retorcida.

Y oyó los sonidos que hacía su madre, que con el paso de las horas cobraron fuerza. No eran chillidos, chillidos agudos y blancos como los de las rapaces. Eran gritos que surgían de las entrañas de la tierra. Rugidos graves sin consonantes.

Y la tierra luchaba consigo misma en la cama. Aquel corpachón inmenso que yacía como un paisaje convulso de montañas, abismos y vegetación salvaje, luchaba frente a Liv.

Gritaba.

A algo o por algo.

Y luego aquella minúscula personita colgando delante de ella.

Cabeza abajo.

Y su padre agarrándola por los pies y golpeándola.

¿Por qué la golpeaba?

Y después el silencio.

Carl estaba horrorizado.

Liv recibió órdenes de cortar el cordón umbilical con su puñal. Le pusieron una pinza. Y vendas. Con el tiempo había cogido tantos rollos de vendas, tantas compresas y tanto esparadrapo blanco del pequeño autoservicio sanitario que había a la entrada de Korsted, que terminaron poniendo un cartel que preguntaba a los vecinos si de verdad necesitaban tantas vendas.

La niña también luchaba. Luchaba con ganas. Había luchado tanto para abrirse camino y salir de la tierra, salir del agua, salir de la oscuridad, que boqueaba sin aliento en medio de tanto aire. Sin vocales ni consonantes. Se limitaba a abrir los labios diminutos. Como las platijas.

No pudo. Era demasiado pequeña para vivir.

Y dejó de hacerlo.

Cuando su padre empezó a chillar, Liv intentó taparle los oídos a Carl. Chillaba como todas las rapaces juntas; chillaba como el búho, como las gaviotas, como un puercoespín herido; como chilla el corzo por la cría extraviada; como chilla el tejón en celo. Chillaba como habría chillado un padre al encontrar a su hija ahogada en la oscuridad. Y chillaba como chilla un niño al encontrar a su padre muerto entre el brezo.

Chillaba con toda la blancura que puede encerrar un chillido. Una blancura tan luminosa y tan cegadora como levantar la vista hacia el sol del mediodía y ver todo y no ver nada al mismo tiempo.

Pero, sobre todo, Jens chillaba como había chillado por dentro el día que encontró a un niño con el cráneo partido a los pies de una cuna y, a pocos pasos de allí, el lateral de esa cuna; y comprendió la insoportable realidad: que en la ebriedad de la espera había pasado por alto los últimos tornillos, que había fallado como carpintero y como padre, que había matado a su propio hijo. Y que jamás en su vida sería capaz de compartir la verdad con la mujer que amaba por puro miedo a perderla también a ella.

Con las manos insensibles, recogió el lateral y lo atornilló en su sitio para que la cuna fuese idéntica a la que tenía al lado. Después se arrodilló en el suelo junto al niño inerte. No lo tocó, se quedó contemplando la cabecita que yacía en una aureola escarlata y luego chilló con toda la fuerza de sus pulmones hasta que Maria llegó corriendo, levantó al niño, lo estrechó contra su cuerpo y chilló con él.

La tierna nuca de Carl había chocado al caer contra una de sus cajas de herramientas. Una esquina de acero inmisericorde.

Así chillaba ahora Jens. Y en un recuerdo remoto, Liv reconoció el grito de su padre.

Maria lloró con blandas vocales hasta dormirse y Liv lavó el cuerpo ensangrentado de su madre mientras su padre salía llevando con él aquel cuerpecillo sin vida.

—Era una niña —fue todo lo que dijo al irse con su hija entre los brazos.