Shalom Sefarad
SEGUNDA PARTE La sabiduría
SEGUNDA PARTE
La sabiduría
I
EL MÉDICO SEFARDÍ
Lisboa no sólo era una ciudad mucho mayor que Toledo, también muy distinta. Desde sus colinas, veía entrar y salir una infinidad de navíos en el mar de Palha. Era una ciudad impresionante para alguien como yo, y en verdad se me antojaba enorme.
Acompañé varias veces a Ben Gaón a los barrios donde vivían los judíos, los flamencos y los genoveses. Eran lugares distintos, pero en todos ellos se vivía un ambiente de prosperidad y negocios, lo que era algo absolutamente nuevo para mí. Allí vi comprar y vender especias, maderas nobles, marfil, alfombras, mercancías llegadas de lugares lejanos y desconocidos. También iba con mi padre adoptivo a los astilleros, pues entre otras muchas facetas, Ben Gaón era uno de los mayores armadores de la ciudad.
Alguna vez bajaba solo la colina, pues me gustaba andar por el puerto, viendo desembarcar navíos que traían toda clase de cosas exóticas. Algunos de ellos venían de África, y más de una vez vi descender esclavos negros traídos en las bodegas desde lugares tan remotos que las carabelas tardaban meses, incluso años, en hacer la travesía.
Pensé al verlos, en las palabras de Salomón Benassar. De una manera u otra, los hombres eran crueles con los hombres e inventaban subterfugios y engaños para dominar, abusar y sacrificar a otros como ellos.
Aquellos hombres negros venían de reinos ignotos, desconocidos. Con certeza, tendrían sus leyes y costumbres, distintas a las nuestras, pero para ellos, esenciales. ¿No era para nosotros el Talmud un libro sagrado? Despreciado por los que no eran judíos, al igual que el Corán. Aquellos seres humanos, asustados, humillados, apaleados, que eran desembarcados como si de ganado se tratasen, no me parecieron tan diferentes. Más bien, me recordaron a las columnas de los míos, como las había visto abandonando los pueblos y ciudades, muchos de ellos conducidos por crueles soldadescas que parecían disfrutar con su trabajo, otras veces azuzados por frailes dominicos. De alguna manera, tenían unos y otros el mismo aspecto, a pesar de lo distintos que eran negros y sefardíes. En nuestro caso, recordaba que algunos hombres con gran fortaleza y sabiduría animaban a los cautivos a cantar para engañar el ánima y para que pudiesen seguir caminando sin desfallecer.
Después de caer en la cuenta de cuál era mi destino, comprendí que no quería otra cosa que ser físico, cirujano o médico. De pequeño había visto sanadores y recetadores, que venían por las casas cuando se les hacía llamar por alguna dolencia o afección, y aplicaban ungüentos, emplastos y remedios, pero no me conformaba con esos oficios, que como me había explicado alguna vez Salomón Benassar, más me parecían supersticiones que otra cosa, y mi deseo era parecerme a mi abuelo Mosés, un verdadero físico del cuerpo y el alma.
Mi afición por buscar hierbas me la había transmitido mi madre, al igual que a mis hermanas. Con aquellos conocimientos me veía capaz de preparar narcóticos o un cordial, un evacuatorio, un purgante e, incluso, un afrodisiaco. Luego, al desaparecer ella y toda mi familia, creí olvidar todo aquello, y ya no tuve otra cosa en que pensar que en sobrevivir; y eso, a duras penas, lo había conseguido.
Pero mi estrella parecía haber cambiado definitivamente. Joel Ben Gaón era el golpe de fortuna que estaba esperando, pues siempre había tenido la intuición de que, en algún momento, mi vida iba a cambiar.
Comencé a asistir a la universidad. El primer día me senté en un banco de madera sin atreverme a abrir la boca. Temía que se rieran de mí o que la tomaran conmigo. Pero apenas pasaron unas semanas, fui tomando confianza y no pude, por menos, que bendecir a mi padre por haberme hecho aprender el latín a coscorrones, pues lo cierto era que lo hablaba como si se tratase de mi lengua natural. Allí no se utilizaba otra cosa, aunque por prudencia me propuse aprender el portugués a la mayor brevedad para evitar que al oírme hablar, mis compañeros me observasen como a un extranjero.
Pronto comenzó para mí una rutina. Me levantaba, apenas amanecido, y bajaba a las cocinas, donde el cocinero, un musulmán nacido en Argel, me preparaba una suculenta colación cargada de aromas, que me recordaban los días de mi infancia cuando cruzaba el barrio de los moriscos en Toledo. Aquel hombre había sido capturado frente a la costa de Valencia, en una escaramuza de los berberiscos. Convertido en esclavo, fue más tarde vendido en Lorca a Ben Gaón.
Me tomó cariño al comprobar que hablaba bien su lengua, y todas las mañanas, mientras yo devoraba todo lo que ponía sobre la mesa, me contaba lo que había sido su existencia antes de caer capturado.
Su nombre era Yusuf Ben Amar. Insistía en que él no era de ninguna parte, porque también su madre había sido una joven circasiana, capturada en una de las muchas correrías de su padre. Cuando aún era niño, ella le había contado historias sobre Tamerlán y de cómo los suyos le habían plantado cara, porque allí, en aquellas interminables estepas, los hombres necesitaban ser valientes para poder sobrevivir.
Yusuf creía que el destino de todos los hombres estaba escrito en libros. Según él, había un libro para cada hombre. En algún lugar, cada vez que nacía un hombre, se abría uno de aquellos libros que llevaba cerrado desde el principio del mundo. Yusuf afirmaba con la cabeza al par que hablaba. Él tenía su libro, así como yo tenía el mío. Me guiñó el ojo, tras aseverar que el del amo Ben Gaón sería un bello ejemplar, encuadernado en cabritilla, con los cierres de oro macizo.
Le pregunté que dónde creía él que se hallaba esa vastísima biblioteca. Me contestó, señalando hacia arriba con su dedo índice, que en el cielo, y que el cielo se hallaba en la cabeza de los hombres. No podía sacarlo de aquella teoría. Pero a pesar de sus extrañas filosofías, conmigo se portó siempre bien, sin esperar nada de mí, ni tampoco pedirme nada, lo que pienso que hacía más meritoria su bondad.
Fueron pasando con rapidez los días y los meses. Apenas veía a Ben Gaón, porque casi siempre se hallaba viajando, pero cuando volvía, me hacía llamar y me saludaba con afecto, preguntándome por mis progresos en la universidad.
Debo decir que más de una vez llegué a pensar que había equivocado mi vocación, porque tenía mucho que aprender y no era capaz de dar abasto con todo. Ben Gaón me había recomendado a un viejo médico, un sefardí de Sevilla, al que se había traído a Lisboa, convenciéndolo de que le siguiera. Aquel hombre parecía haber sufrido en la vida todo lo soportable, y casi con seguridad, lo insoportable, y eso le proporcionaba un triste aspecto, como si arrastrara su vida tras de él, igual que a su sombra.
Su nombre era Abraham Revadel y por entonces debía tener más de sesenta años, por lo que venía ya de vuelta de todo, aunque en los últimos años había tenido la terrible desgracia de ver morir quemado a un hijo por causa de la Inquisición.
Según me contó Ben Gaón, uno de los raros días en que cené con él, aquel anciano que siempre se había entregado a los demás, no merecía haber sufrido aquel espantoso trance. Abraham Revadel, cuando vivía en Sevilla, tenía un hijo, Yudah, al que le iban bien los negocios, pues no había querido dedicarse a la Medicina como su padre.
En uno de los tratos que tuvo, compró dos esclavas moras: Aixa y Meriem; al menos, así le aseguraron que se llamaban hasta que, una mañana, vinieron a prenderle unos soldados enviados por el procurador del fisco, don Juan López del Barco, un hombre taimado y ambicioso.
Según después se manifestó en el proceso, la tal Aixa no era natural de Berberia, sino que era en realidad una cristiana cautiva, de nombre Magdalena.
Para cuando Yudah vino a darse cuenta, se hallaba ya en las mazmorras de la Inquisición, acusado de tener como esclava a una cristiana, pero sobre todo, de haber intentado introducirla en los ritos mosaicos. Eso era cierto, pero se debía al gran enamoramiento que Yudah, un hombre interior y reservado, sintió por aquella mujer, y su interés por ella hizo que se cegase su prudencia.
Así aconteció aquello. Luego, durante el proceso, se vio cómo unos frailes dominicos testificaron en contra de aquel sefardí, porque a ello se añadía que, a pesar del edicto del cardenal Mendoza, a la sazón arzobispo de Sevilla, ni Abraham, ni Yudah, ni su otra hija, Esther, quisieron presentarse voluntariamente ante el Tribunal de la Inquisición.
Abraham, que se temía lo peor, recurrió a personas principales para que aquel proceso no llegase hasta el final. Yudah era un buen hombre, una persona caritativa y bondadosa, pero eso no valió de nada. Nadie quiso acompañar a Abraham para atestiguar a favor de su hijo. Ni tan siquiera las personas a las que él había ayudado o, incluso, sanado como médico.
Todos los cristianos, aquellos que se las daban de amigos, sus colegas, todos le cerraron las puertas, y el procedimiento siguió, acusando a Yudah del gravísimo delito de querer corromper a una cristiana, conduciéndola a los ritos saduceos, lo que podía ser el peor pecado, la falta más odiosa. Yudah fue condenado como hereje por la Suprema y entregado a la Justicia que, de inmediato, lo condujo a la cárcel de Tablada.
Abraham sabía bien lo que venía después de aquello. Estaba desesperado. Tenía cerca de cincuenta y cinco años, y su hijo, apenas veintisiete. No sabía qué hacer. Era tal su desdicha que decidió ir a ver al cardenal Mendoza. No veía otro camino. Además, apenas hacía un año que lo había tenido en tratamiento a causa de la gota que aquel hombre sufría, por lo que reflexionó, le estaría agradecido.
Cruzó toda Sevilla para llegar al palacio del arzobispo. Le hicieron esperar tanto que por dos veces hizo llamar al secretario, que al final le contestó casi de mala forma. Pero no tenía otro remedio que aguantarlo todo, porque el tiempo se le acababa.
En algunos momentos, cuando casi se desvanecía de dolor, tenía la certeza de que aquello no era más que una espantosa pesadilla. De hecho, la noche anterior soñó que su hijo, todavía un niño, jugaba a las ollas de Miguel, y veía cómo iba corriendo hacia la muerte, sin que nadie pareciese escuchar sus desgarradores gritos.
Pero al menos, había podido llegar hasta el arzobispado. Pensó que con seguridad el cardenal le escucharía y liberaría a Yudah. Luego, decidió en su mente, se irían de inmediato de Sevilla, quizás a Lisboa, una gran ciudad donde otros muchos sefardíes estaban emigrando.
Mendoza lo recibió muy tarde, a primera hora de vísperas, cuando la noche estaba cayendo sobre la ciudad. Abraham le habló nervioso, asustado, llorando. Le escuchó con atención y le consoló. Le dijo que no debía temer por su vida, a él no iba a ocurrirle nada. Abraham Revadel le miró de hito en hito al ver que aquel hombre no había comprendido. No, él no temía por su vida. La daría con gusto si con ello salvaba la de su hijo.
El cardenal hizo un leve gesto abriendo las manos. Eso —dijo mirando al cielo—, no se podía evitar. Era una sentencia de Dios. Su hijo había obrado en contra de la ley divina y humana. No se podía hacer nada por él. Añadió que rezaría por el alma de su hijo, aunque murmuró entredientes, era inútil rezar por un judío. Luego le despidió con un gesto altivo.
Aquella misma noche, Abraham quiso despedirse de su hijo. No pudo hacerlo, ya que los inquisidores no permitieron que entrase en las mazmorras e, incluso, llegaron a amenazarle con apalearlo si no se iba de allí al momento.
De madrugada, oculto entre la multitud, acompañó a la comitiva hasta el quemadero en Tablada. Supo entonces que su hijo Yudah no moriría solo. Otros cinco judíos le acompañaban, entre ellos un converso que gritaba su arrepentimiento por haber vendido su alma, sin saber que aquello no le libraría ya de la muerte.
Aquella fue su última noche en Sevilla. Ver quemar vivo a su hijo fue algo tan espantoso que, durante largo tiempo, no pudo pronunciar palabra, ni pensar con cordura, ni tan siquiera comer. De hecho, pretendió dejarse morir de pena. Ben Gaón, que acababa de llegar a aquella ciudad después de una larga travesía, lo encontró vagando cerca del río, murmurando incoherencias y llorando sin consuelo. Aunque Revadel no le reconoció, lo llevó hasta su casa engañándolo. Luego, casi sin esfuerzo, lo embarcó en una de sus carabelas y lo acompañó hasta Lisboa.
Aquel hombre, tan duramente castigado por la vida, era, pues, mi nuevo maestro. Él no quería hablar de lo pasado. Volver a él, aunque fuese en la mente, se le debería hacer insoportable. Tenía permanentemente una mueca en el rostro, como si tuviese que hacer un esfuerzo para no pensar en su hijo, abrasado por las llamas, mientras gritaba llamando a su padre.
A pesar del tremendo dolor que siempre le acompañaba, me habló con gran serenidad y cordura de Aristóteles, de Hipócrates, de Galeno. Me decía que, para poder sanar el cuerpo, había que conocer primero el alma humana; y para eso era necesario tratar al mayor número de hombres. Lo que quería decirme era que no podía curar los cuerpos sin sanar al tiempo el alma de mis pacientes. Debía, por tanto, al igual que Hipócrates, viajar, conocer el mundo y los distintos hombres que lo habitaban. Sólo así podría comparar, observar, coger la necesaria experiencia para llegar a ser un buen médico.
Abraham Revadel me dejó unos viejos manuscritos con el encargo de que los estudiase. Su título era Corpus hippocraticum, advirtiéndome que, aunque tenían casi dos mil años, no eran menos vigentes que cuando el viejo físico los escribió.
Al igual que Hipócrates, Abraham valoraba la enfermedad sólo desde lo humano. Para él, nada tenía que ver Dios en aquello, ni el pecado, ni la santidad del paciente. Eso, que era lo contrario de lo que en la universidad me enseñaban, me pareció lógico, pues, para mí, era evidente que la peste, la viruela, los achaques, el dolor, las pústulas, las lacras, no entendían de creencias, ni hacían distinciones entre los seres humanos.
Al igual que el maestro de Cos, el equilibrio de los cuatro humores era, para Abraham Revadel, decisivo, y así me lo repetía asiduamente.
En esas teorías basaba sus enseñanzas, y con gran paciencia me instruyó varios meses, haciendo hincapié en filosofías y pensamientos que al principio no me parecieron que guardasen la menor relación con las doctrinas de Galeno e Hipócrates. Así prosiguió hasta que tuvo la certeza de que realmente deseaba llegar a ser médico y de que poseía condiciones naturales para ello.
Cuando ya tuvo esa seguridad, me pidió que lo acompañase y me condujo hasta el lugar donde le llevaban los cadáveres que nadie reclamaba. Una especie de caverna tallada en roca viva bajo la casa donde vivía, y que Ben Gaón había comprado para él. Parecían unos antiguos aljibes árabes, de cuando aquella ciudad era todavía al-Usbuna. Se llegaba hasta allí descendiendo una escalinata construida también en la misma piedra. Curiosamente, una extraña corriente de aire fresco mantenía el lugar libre de miasmas y olores. Allí, iluminado por una gran cantidad de velas, tras las que había colocado unas láminas circulares de metal plateado, trabajaba sobre los cuerpos sin descanso, buscando las enigmáticas causas de la salud y la enfermedad.
Muchos de los cuerpos pertenecían a ajusticiados a los que por un escudo, o poco más, traían en carromatos desde el patíbulo, desde las mazmorras o los ahorcaderos. Los mismos sayones los descargaban, como si de sacos se tratara, y entre macabras bromas los arrastraban hasta el interior.
Me enseñó a ver cómo los descoyuntados en el potro tenían un rictus en la faz, cómo a los ahorcados se les salía la lengua negruzca y los ojos se les desorbitaban. Me hizo compararlos con los que morían decapitados. Éstos parecían no haber sufrido. Me dijo que eso se debía al equilibrio de los humores de los que estaba hecha la vida: la sangre, la pituita, la bilis y la atrabilis.
Me habló también de Galeno. Como él, necesitaba aprender no sólo Medicina, debía conocer bien el Álgebra árabe, la Filosofía. De él, debíamos aprender que las disecciones eran fundamentales para comprender cómo funcionaba la maquinaria que nos hacía movernos. Me habló de los neumas, del corazón, del cerebro, del hígado. Allí residían los espíritus de la vida, y si alguno de ellos se apagaba, también lo hacía la existencia.
Abraham Revadel fue el primero que me habló de la «fuerza medicatriz», como el conjunto de actividades que nos mantenían a salvo de la enfermedad. De Galeno poseía un viejísimo tratado de disección y el Arte medica, que me hizo estudiar a fondo, sin darme la más mínima tregua, hasta que creyó que lo sabía de memoria.
—Pero el verdadero maestro de mi maestro era el Estagirita, Aristóteles. Al igual que él —decía—, debíamos estar siempre observando. Insistía en que meditase sobre la frase clave de aquel filósofo: «La razón es como una tablilla sobre la cual no hay, en realidad, nada escrito».
También me hizo apreciar la Ciencia en sí misma, pues sólo forzando el ánima a saber, podríamos llegar a comprender lo poco que sabíamos.
Aquél era, pues, el hombre al que Ben Gaón había confiado mi enseñanza. Poco tiempo después, al ver todo lo que me estaba sucediendo, medité que en mi desventura había una gran paradoja, porque a causa de ella, había llegado al punto y lugar donde me sentía completo, y si nada hubiera sucedido, seguiría en Toledo, doblemente engañado, creyendo que podía confiar en los que me rodeaban, fuesen de mi misma raza, moros o cristianos, y que el mundo era como entonces lo imaginaba y no como lo estaba viendo ahora.
Revadel vivía inmerso en su oficio. Sólo sabía ser médico y cirujano. De todo lo demás, parecía prescindir. Pero en cuanto a lo que afectaba a lo suyo, no había quien le pusiera el pie encima. Lo que más me maravillaba era su ojo clínico y cómo acertaba con la clase de morbo que tenía un enfermo, aunque los síntomas dijeran otra cosa.
De él, aprendí casi todo lo que mucho tiempo más tarde me convirtió en médico. Con buen tino, comenzamos desde la misma muerte, la mejor maestra para entender la vida.
Revadel me enseñó cómo los cadáveres de gentes muy distintas, a pesar de ello, tenían cosas comunes. Podía haber un gran tumor en el hígado de un mendigo al que habían encontrado tirado en el camino, y ese tumor, viscoso, distinto al neuma sobre el que crecía y se adhería, podía hallarse también en el hígado de un joven marinero o de una mujer vieja. Según él, aquella degeneración los igualaba, aunque no había vinculación alguna entre los humores corporales y las elementales cualidades humanas que los antiguos relacionaban con el zodiaco.
Una noche, de las muchas que pasamos diseccionando, trabajando lentamente, pues siempre murmuraba que las prisas en nuestro arte eran cosa del Diablo, iluminados por unas lámparas de aceite que nos proporcionaban una luz blanca y continua, me señaló, sobre el pecho abierto de una joven mendiga, unos extraños crecimientos que al pronto me recordaron las raíces de algunas plantas.
Aquella víspera cambió mi forma de ver la vida y la muerte, porque mientras él cortaba con precisión parte de aquellos tejidos, murmuró que allí se hallaba el mal. Aquel era el mal. Añadió que los enfermos de aquella dolencia no podían respirar y tosían continuamente hasta que morían.
Había visto aquellas mismas excrecencias en niños de apenas diez años, en jóvenes, en hombres en la flor de la edad, muy pocas veces en viejos, porque los afectados no llegaban a edades avanzadas. Me dijo que él deducía que aquello crecía a expensas de los humores naturales y que mataba pronto a los enfermos. Luego susurró, como si alguien allí pudiera oírle, que él pensaba que muchas veces el enfermo era la causa de la enfermedad.
Le pregunté, intrigado, qué quería decir con aquella frase, porque no entendía bien lo que significaba. Me contestó serenamente que la violencia generaba violencia, que el odio hacía crecer el odio como un campo abonado, y que la enfermedad hacía progresar la enfermedad.
Me recordó la peste levantina, el tifo de Oriente, el vómito negro. ¿Quién transmitía la enfermedad? El enfermo. Cada vez que el enfermo se aproximaba a alguien sano, podía ocurrir que lo transformase en paciente.
Por eso, él asimilaba el verdadero mal con la propia enfermedad. Me dijo, convencido, mientras recogía sus instrumentos, que ésta se aprovechaba de las piernas del enfermo para trasladarse.
No valoré, sino hasta mucho tiempo después, la enorme paciencia que Abraham Revadel tuvo conmigo. Quizás al principio lo hizo por el agradecimiento que aquel hombre sentía hacia Ben Gaón, después no. Cuando llevaba unos meses a su lado, creo que también me adoptó. Igual que un padre, se enfadaba conmigo si era perezoso o torpe, o si no prestaba atención a sus explicaciones. Me dedicaba gran parte de su tiempo, como si quisiera que aprendiese todo lo que él sabía lo antes posible. Me confesó una vez que le apenaba morir sin transmitir lo poco que conocía sobre la Medicina, como si eso fuese lo peor que pudiese sucederle. Por eso se empeñó en enseñarme no sólo lo que pensaba como físico, sino también como filósofo.
Un frío día de invierno me hice el remolón, y no fui a sus clases. Me quedé en las calientes cocinas con Yusuf, escuchando sus bellas historias. Me hablaba de mujeres hermosas como ángeles, de los misteriosos harenes y serrallos, del amor carnal. Aquello era para mí más atractivo que la enfermedad y la muerte. Me quedé abstraído, sintiéndome también un príncipe turco, ensimismado por la magia de aquel cocinero que dentro de él escondía un extraordinario contador de cuentos.
Para cuando me di cuenta, era ya muy tarde. De pronto, Abraham Revadel entró en la cocina. Había cruzado Lisboa, como yo hacía todas las mañanas, para venir a buscar a su discípulo.
Al verlo allí, me sentí avergonzado y le pedí perdón. Pero él casi no contestó, sólo me hizo un gesto para que le siguiese. Fuimos caminando con rapidez hasta el puerto sin decir palabra. Yo iba preocupado, meditando que aquel buen hombre tal vez quisiera despedirme por ser indigno de su amistad y confianza. Pero aunque le daba vueltas a la cabeza, no sabía bien lo que, en aquellos momentos, pretendía de mí.
Llegamos finalmente hasta la misma playa, subimos a una pequeña chalupa y fuimos remando hasta una carabela que se encontraba fondeada en la bahía, apenas a doscientos codos de distancia.
Fue entonces cuando por primera vez habló para explicarme que aquel barco venía de Sevilla y que todos sus tripulantes se encontraban afectados por una extraña dolencia.
Nos acercamos hasta que tocamos el casco con la mano, y apenas lo abordamos, pudimos comprobar que todos los tripulantes se hallaban enfermos, pues yacían tirados en cualquier parte como si no tuviesen fuerzas para incorporarse. Enseguida, acompañé a Abraham Revadel y vimos que aquellas gentes se hallaban en muy mal estado. La boca les sangraba abundantemente y los dientes se les movían. También parecían sangrar por la piel, y cualquier golpe que hubiesen recibido, se había transformado en una úlcera violácea.
Sólo uno de ellos, un moro de piel oscura de mediana edad, parecía encontrarse perfectamente. Había sido él quien había ido a avisar. Lo habían ido llevando de uno a otro por toda Lisboa, sin saber muy bien qué hacer hasta que dieron con Abraham Revadel. Nos explicó, chapurreando el castellano, lo que les había sucedido. El capitán había muerto hacía más de una semana, al igual que cuatro tripulantes. En cuanto a los demás, nosotros mismos podíamos contemplar el panorama. Mi maestro quiso que yo le acompañase, no sólo porque aquella era una importante experiencia para mí, sino porque supo que todos los tripulantes y pasajeros eran judíos sefardíes.
Para mi sorpresa, Revadel sólo parecía interesado en Ali Al Zaydani. El que yo había clasificado como moro era, en realidad, un sirio de Homs que, como en otros muchos casos, también era esclavo de uno de los pasajeros. Revadel le interrogó sobre su edad, sus circunstancias, su dieta. No dudó al decirnos que comía lo mismo que los otros y que también bebían todos de los mismos barriles. Metió entonces Abraham el cazo en el último que aún conservaba algo de agua y lo sacó lleno de un líquido pardusco que parecía cualquier cosa menos agua. Aquel infecto brebaje olía como un perro muerto, y vi cómo mi maestro movía la cabeza de un lado a otro, queriendo expresar que aquello no era más que una pócima asquerosa.
Luego Abraham se empeño en que el sirio le mostrase dónde dormía. Una vez en el lugar exacto, le pidió que le enseñase sus efectos personales. Sólo tenía una camisola, una especie de capa de lana gruesa y un pequeño cuchillo. No había más.
Entonces, con gran decisión, mi maestro le pidió al barquero que hasta allí nos había llevado, que volviese a tierra y trajese dos toneles de agua limpia. Le dio una moneda de plata y añadió que también comprase verduras, huevos, leche y frutas.
Mientras volvía con los alimentos y el agua, Abraham estuvo indagando por todo el navío, husmeando por todos los rincones. Curioso, le pregunté qué estaba buscando exactamente, y me dijo que nada en concreto. Sólo sabía que tenía que seguir a Hipócrates. Observar, observar, observarlo todo minuciosamente, buscar una causa por mínima, absurda o remota que pudiera parecer.
Después, pasamos un largo rato colocando a los enfermos en jergones limpios y arreglados, tirando por la borda los alimentos en mal estado, limpiando los vómitos, fregando el suelo, barriendo la bodega, porque aquellos hombres deberían permanecer allí mientras no lográsemos bajarlos a tierra. Pero él no quería desembarcarlos hasta que comprobase que aquella enfermedad no era infecciosa, aunque en un aparte aseveró que tenía la seguridad de que no lo era.
Algo más tarde, cuando volvió el barquero, todos bebieron agua limpia con avidez, y Abraham se empeñó en que comiesen naranjas y limones, y los que no podían tragar nada porque su organismo no se lo admitía, al menos, masticarlos y chuparlos.
Alí, en cambio, comió con fruición y añadió a su dieta también dos huevos crudos. Luego nos sentamos un rato, mientras el sirio nos relataba sus desventuras desde que habían dejado el puerto de Sevilla.
De pronto, observé en los ojos de Abraham, que no dejaba de mirar al sirio, un brillo inusual. Le pidió a Alí que le explicase por qué mordisqueaba una ramita que llevaba entre los dientes. El hombre contestó que era algo que hacía siempre. Era una corteza que empleaba para mantener los dientes blancos. Le preguntó, impaciente, si siempre la había empleado. El sirio respondió que todos los días varias veces, pues se había aficionado a su sabor.
Entonces mi maestro se puso en pie de un salto, mientras agitaba sus brazos en el aire. Me lanzó una larga mirada, satisfecho. Yo no comprendía. Allí, me dijo convencido, estaba el secreto de por qué aquel hombre estaba sano y los demás enfermos. En aquella corteza había algo, un principio necesario para el cuerpo. Sonreí, y sólo murmuré un nombre: Hipócrates. Abraham Revadel asintió: Hipócrates. La observación minuciosa.
Creo que fue aquel día cuando, en realidad, me hice médico, en aquel justo instante en que el sirio me alargó un pedazo de corteza para que yo la masticase. Llevaba una pequeña bolsita, y Abraham, que parecía eufórico, hizo que todos los enfermos masticasen aquellas cortezas.
Para cuando volvimos a la playa, ya estaba cayendo la tarde. El mar era un enorme espejo de plata pulida. Lisboa se recortaba en el cielo, y por primera vez desde que lo conocía, me pareció que mi maestro sonreía.
Siete años pasé en Lisboa. Aprendí a amar aquella ciudad, su intenso ajetreo, con gentes de todos los lugares conocidos. Carabelas que volvían desde las Indias por la ruta que había descubierto Cristóbal Colón, el navegante genovés.
No había conocido a mi abuelo Mosés Revah, pero soñaba con él todas las noches. En aquellos sueños íbamos los tres, él, mi madre y yo, a buscar plantas curativas por el monte, y nos alejábamos tanto de Toledo que un día llegábamos andando hasta cerca de Lisboa, y al asomarnos, nos quedábamos maravillados. Mi abuelo decía algo que yo no podía comprender: «Ella te hará como yo». Sólo al despertarme, lo comprendía.
Revadel me enseñó a amar los libros y la Ciencia, y tanto empeño puse en aprender que al final me convertí en médico y cirujano. Creo que todo lo que Abraham Revadel sabía me lo enseñó. Al menos, eso fue lo que me dijo pocos días antes de fallecer, viejo, enfermo y cansado, aquel hombre bueno que había comenzado a morir el mismo día que su hijo Yudah lo hizo en el quemadero de Tablada.
Cuando Abraham intuyó que apenas le quedaba vida, me pidió que aceptase sus libros y manuscritos. También sus bisturíes, sus herramientas. Los acepté llorando de emoción, porque en mi vida me habían hecho pocos presentes, pero aquel era sin duda el mejor que había recibido nunca.
A partir de aquel día, su salud se fue deteriorando rápidamente. Olvidaba los sucesos más recientes y parecía ensimismado. Pero de tanto en tanto me hacía llamar, y hablaba con su voz cascada y temblorosa sobre sus experiencias como médico a lo largo de toda su vida. En aquellos momentos, parecía como si el ánimo volviese a él y le escuchaba, arrobado, porque lo que me contaba era algo así como la síntesis de sus extensos conocimientos.
Me di cuenta de que a pesar de su enfermedad y vejez, se resistía a morir, y su forma de aferrarse a la vida era precisamente aquélla, transmitiéndome todo lo que recordaba para evitar que con su desaparición, que sabía muy próxima, se perdiese definitivamente. En los últimos momentos, cuando ya apenas si podía hablar, me pidió que realizase el juramento hipocrático. Así lo hice, y apenas hube terminado, comprendí que Abraham Revadel, mi maestro, había abandonado este mundo.
No sé si el azar juega con las personas. Pero casi tres semanas más tarde, Ben Gaón me dio la noticia de que Torquemada, el Gran Inquisidor, había muerto en Valladolid, el mismo día y, según supe después, a la misma hora en que lo había hecho Abraham en Lisboa.
No pude evitar comparar sus trayectorias. Aquellos dos hombres tenían sangre judía sefardí. Uno de ellos había elegido caminar por la halakha, por el camino correcto. El otro había renegado de los suyos, de sus tradiciones, transformándose en su peor enemigo. Uno de ellos distribuía esperanza, aliviaba el dolor, luchaba por la vida. El otro repartía dolor, aflicción y muerte. Eran como la luz y las tinieblas. Igual que los dos principios contrarios, uno salido de la bondad y la gracia, el otro, de la oscuridad y el mal.
Llegué a pensar si la maldad no sería también una enfermedad que residía en la cabeza y en el corazón, y recordé entonces lo que mi primer maestro, Salomón Benassar, me había explicado hacía ya algunos años sobre aquella terrible peste que se transmitía entre los hombres, contaminándolos. Aquel mal tenía una especial virulencia y, como un tumor, iba creciendo en el interior de los individuos para, más tarde, expandirse entre las multitudes.
Sí, allí tenía que estar el origen de aquella enfermedad que asolaba las gentes con una letalidad mayor que el vómito negro, que cualquier peste. Una terrible maldición que caía fatalmente sobre los pueblos.
Por fin, había muerto Tomás de Torquemada. Ben Gaón me explicó que había sido nombrado Presidente del Consejo Supremo de la Santa Inquisición por el Papa. Durante catorce años, había sido, para mí, la síntesis de todos los demonios. Recordé que, apenas tenía yo ocho años, cuando mi padre, un hombre bueno, un buen judío sefardí, nos dijo que aquel día había nacido la Bestia. Aquel inquisidor había sido el coco de mi niñez, el fantasma cruel de mi primera juventud, el demonio que había hecho palparse la ropa a toda una generación. El parricida de su pueblo. Pero también le había llegado la hora, y ya se estaría convirtiendo en polvo sin haber aportado nada positivo, sólo fanatismo, maldad y desesperación. El Infierno lo habría acogido como a uno de los suyos.
En los días que siguieron a la muerte de mi maestro, no pude, por menos, que reflexionar que habían desaparecido de mi vida los hombres que me habían hecho como era: Abravanel Meziel, mi padre; Salomón Benassar, del que no sabía nada desde que decidió quedarse a socorrer a aquellos ancianos desterrados, quien había sido vital para mí y había inspirado mi forma de pensar y razonar; Abraham Revadel, que me había enseñado a ser médico, pero también a ser humano; y lo quisiera o no, Torquemada, porque de alguna manera, aunque negativamente, había sido el catalizador de todo el proceso. Recordé cuando había oído que su acción al penetrar intempestivamente, arrastrado por su fanatismo, había frustrado el que los Reyes Católicos llegasen a un acuerdo con el representante de las Aljamas, evitando la firma del Decreto de Expulsión. En aquellos instantes, todo pudo haber sido distinto, pero la perversa ambición de aquellos Príncipes lo había impedido.
Aquel hombre había sido confesor de la Reina en su juventud. Él había instilado, gota a gota, el veneno de su odio, su fanatismo y su maldad a aquella mujer ambiciosa, dominante e intransigente. Torquemada había mamado la maldad en su propia familia, conversos por ambición de poder, que no por miedo a perderlo todo, como otros muchos casos.
Fue Joel Ben Gaón quien me habló de todo aquello. Una noche de estío, sentados en unas jamugas, contemplando el estuario, me explicó muchas de las cosas que yo no conocía y sólo recelaba y que de una manera u otra habían sido las causantes de la terrible expulsión y de la persecución de los conversos.
—En Castilla —su grave voz me recordaba la de mi padre—, durante muchos años, pareció que nuestro pueblo había logrado asentarse definitivamente, desterrar los espíritus malignos, compartir el pan y la tierra con los cristianos y los musulmanes. Pero aquello no era más que un espejismo, una falsa ilusión que sólo consiguió prorrogar lo que inevitablemente tenía que llegar.
»Bien es cierto que estábamos avisados, que no quisimos ver la realidad, que nuestros rabinos se equivocaron. En mil trescientos noventa y uno, hacía ya prácticamente un siglo, hubo un levantamiento general contra nosotros. Quemaron entonces muchas de nuestras sinagogas. Asesinaron a muchos rabinos y a multitud de judíos indefensos, que murieron lapidados, ahorcados, apuñalados y quemados. Años más tarde, en mil cuatrocientos doce, la reina Catalina promulgó la pragmática de Valladolid. Al año siguiente, se reunió el Concilio de Zamora. Allí se pusieron los mimbres con los que, poco tiempo después, Benedicto XIII dictó la bula de Valencia. Pero quien lo dejó claro, sin lugar a dudas y sin que nadie pudiera llamarse a engaño, fue Nicolás V en mil cuatrocientos cuarenta y nueve. Nosotros, los judíos, no éramos más que humanis generis inimicus.
»Todo aquello no eran más que medidas coercitivas para eliminar el semitismo. Conversiones forzadas, requisas de libros sagrados, cierre o demolición de sinagogas, reclusión en las juderías, marcas amarillas en las vestimentas, juicios tendenciosos, como el de Segovia, donde el obispo Juan de Tordesillas acusó a los rabinos de la ciudad de sacrilegio y los mandó ajusticiar. Eso causó una revuelta en la judería, y los promotores y algunos más fueron asesinados. En mil cuatrocientos sesenta y ocho, esa extraña enfermedad seguía entre nosotros, y el obispo Juan Arias de Ávila ajustició a dieciséis judíos sefardíes, acusándolos de haber raptado, martirizado y asesinado a un niño cristiano. El libelo de sangre. Los más fanáticos entre los cristianos, los frailes dominicos y algunos curas malintencionados, hicieron correr la voz de que los judíos usábamos sangre humana para preparar el matzah, el tradicional pan sin levadura que tomamos en la fiesta de Pascua.
»No contentos con eso, expandieron el calumnioso rumor del libelo de la hostia, según el cual profanábamos la hostia consagrada. ¡Qué mejor justificación para atacarnos!
Todo eso, y mucho más, fue el propicio ambiente antijudío que rodeó a Tomás de Torquemada, desde su nacimiento en mil cuatrocientos veinte hasta su muerte. Había muerto en el convento de Santo Tomás, su santo patrón, en Ávila, construido con el dinero confiscado a los judíos que él mismo había enviado a la hoguera.
Uno de los adjuntos del inquisidor también era sefardí. Se preciaba Torquemada de conocerlos y descubrirlos sólo por el olfato, pero en aquel caso quizás debido a sus mermadas facultades, no pudo hacerlo. Aquel fraile le había contado a Ben Gaón cómo, en sus últimos días, el moribundo creía ver demonios encaramados en las cuatro esquinas de su estancia. Fray Agustín de Atienza le asistía, pues el moribundo no aceptaba, en modo alguno, que ninguno otro se le acercara. De tanto en tanto, Torquemada, martirizado por las úlceras y llagas que habían invadido su cuerpo, abría los ojos para comprobar que no estaba solo, pero volvía a cerrarlos al instante, intentando cubrirse con el embozo. Terriblemente angustiado, preguntaba al fraile por qué aquellos demonios no le dejaban morir en paz. En una esquina sobre su cama veía a Belcebú, en la otra a Arimán, en las dos de enfrente a Lucifer y Satanás. Entonces comenzaba a emitir un estertor parecido a un larguísimo aullido de espanto, de terror, gritando que aquellos ángeles de las tinieblas le estaban esperando para arrastrarlo a los infiernos.
En los últimos momentos, entre la lucidez y la inconsciencia, pretendió llamar a un rabino, pero fray Agustín al escuchar aquello, se santiguó y roció el cuerpo de Torquemada con abundante agua bendita. Exhaló su último suspiro, murmurando entredientes que le rodeaba una enorme procesión. Las ánimas de todos aquellos que había mandado a la hoguera o a la terrible incertidumbre del destierro.
Aquel hombre había abominado de su raza y, como terminó Ben Gaón su disertación, era un perverso más que un converso.
Fue el propio Ben Gaón el que, un día, decidió que mi instrucción había terminado. Había llegado el momento de comprobar lo que realmente había asimilado de las enseñanzas de Abraham Revadel y de la universidad.
A pesar de que el rey Manuel había expulsado de Portugal a los judíos hacía casi dos años, nada hizo con Joel Ben Gaón, ni tampoco con ninguno de su casa. Mucho tiempo después, supe que mi mentor y protector había prestado gran cantidad de oro a la propia Corona, otorgando su aval en créditos para la construcción de barcos en los astilleros de Lisboa.
De hecho, me llevó a ellos varias veces. Los carpinteros de ribera que trabajaban en las márgenes del estuario, donde el Tajo se encontraba con el mar océano, eran, según él, los mejores del orbe, y me mostró con orgullo el nuevo timón de rueda que sustituía, por su precisión y facilidad de manejo, a la antigua caña.
Me llevó a conocer la carabela que estaba construyendo para su propio uso, hecha con árboles de Madeira. Entramos en el castillo de popa, que ya estaba totalmente terminado, y vi que lo había convertido en un lugar acogedor, como si fuese una extensión de las salas de su propia residencia. Era tan minucioso en sus preparativos que, incluso, había hecho fabricar expresamente unos arcabuces mejorados por él, y me demostró su gran precisión disparando a una gaviota al vuelo, que cayó fulminada al mar.
Pero de lo que estaba más orgulloso era de su colección de cartas de navegación de las costas del Mediterráneo. Me dijo, en voz baja, que había pagado por ellas más que por todo el navío.
Poco tiempo después, supimos de la llegada a Lisboa de la infanta María, hija de los Reyes Católicos, que venía a intentar tener mejor fortuna que su hermana. Al enterarnos, no pudimos evitar una cierta desconfianza. Dentro de mí, pensaba que a partir de entonces, podrían llegar a repetirse los tristes sucesos que habían llevado a la expulsión en Castilla y Aragón. Le comenté a Ben Gaón mis temores, pero me tranquilizó al decirme que el rey Manuel no sentía odio por los judíos, ni por los moros. Lo único que estaba intentando era que Castilla no se convirtiese en su adversaria, sino en una potencia aliada. De hecho, lo que en realidad pretendía era conquistar las Indias Orientales, tal y como había sido el sueño de Juan II.
Aquella mañana, Ben Gaón me pidió que lo acompañase en su próximo viaje. Me sentí orgulloso, porque por primera vez me trataba como a un camarada más que como a un hijo. Añadió que lo más preciso en un barco, después del timón, era un cirujano y que, poco antes de morir, Abraham Revadel le había manifestado que tenía plena confianza en mis conocimientos.
Pretendía Ben Gaón llegar hasta Sevilla, enarbolando pabellón portugués. Una vez allí, desembarcaría especias traídas de remotos lugares hasta Lisboa: pimienta, clavo, canela, azafrán; también nuez moscada, jengibre y otros condimentos. En Sevilla, cargaría otras mercancías. Pero me confesó con gran secreto que tenía otro encargo más complejo. Dejaríamos el navío atracado en el Guadalquivir y desde allí iríamos a lomos de caballo hasta Córdoba. En esa ciudad, recogeríamos a unas familias de conversos, a los que deberíamos intentar traer hasta Lisboa. Terminó diciéndome con gran emoción que era cosa de vida o muerte.
Ben Gaón era hombre valiente, para el que meterse en la boca del lobo era algo que no merecía ni hablarlo. Sabía bien a lo que se exponía, pero no parecía tener gran preocupación por ello. Lo único que le importaba era preparar todo lo necesario para que no hubiese fallo alguno.
Llevaba años haciendo aquello, intentando de tanto en tanto quitarle a la Inquisición algunas de sus víctimas, sin esperar nada a cambio, tal vez sólo su propia e íntima satisfacción.
Asentí con entusiasmo. Deseaba volver a Castilla. A fin de cuentas, aquel era mi país, y a pesar de que creía no echarlo de menos, cuando supe que tenía la oportunidad de retornar, el corazón me dio un vuelco. Sin saberlo bien, sin ser consciente de ello, en todos aquellos años en los que no había hecho otra cosa que instruirme en las artes de la Medicina, tenía dentro de mí todo el sufrimiento, el dolor, la amargura. No podía dejar de pensar en que yo pertenecía a aquella tierra, que, de alguna manera, era parte de ella y que, hiciese lo que hiciese, esos sentimientos eran algo tan inevitable como que el sol saliese todos los días.
A partir de aquel momento, me apliqué en ser útil. Recogí y preparé con gran esmero el instrumental que Abraham Revadel me había legado. Nunca hubiese podido soñar con poseer herramientas mejores: sierras de distintos tamaños, escalpelos largos, medianos y cortos (muchos de ellos forjados de acero toledano, cual si de armas se tratase para establecer un mortal combate), pinzas, tenazas, estiletes, cánulas. Un pequeño baúl digno de un verdadero cirujano. En aquellos años, había aprendido a operar, a cortar, diseccionar, pero mi aprendizaje había terminado, y esperaba con ilusión poder entrar en faena. Soñaba con cruentas batallas, donde iría aplicando todos los conocimientos y la experiencia que Abraham me había transmitido. Podía hacer un cauterio, colocar una férula, insertar un drenaje. Sabía que era hábil, y ya, en los últimos tiempos, mi maestro me dejaba hacerlo a mí, sirviéndome él de ayudante, aunque la seguridad que yo aparentaba venía del dictado de su voz trémula, serena, concienzuda. Dentro de mí, tenía la terrible duda de si, llegado el momento, sería capaz de operar a vida o muerte. No era tan sencillo encontrar el vaso adecuado y ligarlo, limpiar una herida sucia de tierra o de estiércol, a veces amputarla. Recordaba aquella vez que nos trajeron aquel chiquillo al que un carro había cercenado una pierna y aplastado la otra. Sin embargo, y contra todo pronóstico, se salvó. Toda una noche estuvimos para cortar por lo sano, para enderezar los huesos, para poner el emplasto que le cortase la hemorragia. Perdió una pierna, de la otra sólo quedaba un muñón, pero cuando creíamos que iba a morir por la pérdida de sangre y de humores, comenzó a dar señales de vida. Pensé, en aquel momento, que todo lo vivo se resistía a morir, que los cuerpos poseían un calor natural vivificante que los unía a un espíritu que los animaba.
Aprendí que contra lo que pudiera parecer, no era tan fácil romper el nexo entre la vida y la muerte. Lo existente, lo vivo, parecía querer resistirse a dejar de ser, y nosotros, los médicos, colaborábamos en reforzarlo. Cuando parecía que el corazón iba a dejar de latir, Abraham decía que me concentrara buscando el aliento, el principio vital que lo hacía existir.
Por eso quería ser médico. Una vez, cuando la gran tormenta en la Moreruela, uno de los frailes, terriblemente asustado por la caída de un rayo, murmuró a mi lado: «Deus est machina», y aquella exclamación, sincera y espontánea, me hizo comprender algo en lo que nunca había pensado: todos éramos parte de un inmenso e incomprensible mecanismo.
Abraham insistía a cada momento que todos estábamos atados a la vida y que la muerte quería romper aquel hilo. De ahí que los moribundos parecían luchar, tenían, de hecho, una batalla entablada contra la gran dama. Cuando expiraban, parecían ceder en su esfuerzo, y al darse por vencidos, sentir algo así como un alivio final en aquella terrible contienda.
Había visto muchos cadáveres en mi vida. Unos, debidos a los espantosos acontecimientos de mi adolescencia; los más, restos mortales y despojos que, de tanto en tanto, Abraham hacía traer para trabajar sobre ellos, buscando el hilo vital. Algunos al morir parecían deshacerse, como si la vida, la sustancia vital, fuese una urdimbre que los sujetase y los mantuviese enhiestos, al igual que en los teatros de marionetas los hilos de los que éstas pendían fuesen las cuerdas vitales que de pronto, al soltarse, los desmoronaba como un trapo arrugado para volver al caos.
Deduje de aquellas reflexiones que todos estábamos como colgados de la vida, que nos mantenía en suspenso mientras el ánima no desfalleciese, y que después, en un mínimo instante, sólo éramos materia, enseguida podredumbre y finalmente polvo. Uno de los profesores que tuve en la universidad, un judío de nombre Levi Beth, ashkenazi, como Efraín, mantenía que el espíritu abandonaba el cuerpo en el momento de la muerte y que, en ese mismo instante, penetraba en él la putrefacción que arrastraba a los despojos hacia el caos, no siendo, en esencia, más que una purificación de la materia en la que se disolvía el cuerpo, pero se solidificaba el espíritu.
Todas esas enseñanzas, unas con el bisturí y otras con el estilete de la razón, me transformaron en médico y cirujano. Gracias a Abraham, había aprendido que jamás debía entregarme. Muy al contrario, debía luchar hasta el final, manteniendo en muchas ocasiones un desigual juego con la muerte, y a veces, cuando ella creyese haber ganado la partida, le podría birlar al sujeto de su designio.
Medité seriamente si ello no atraería la atención de la Parca sobre mí. A fin de cuentas, me había convertido en su enemigo. Reflexioné que no podía tener un peor rival, pero que no iba a asustarme esa mortal contienda.
Debo reconocer que, en aquellos momentos, no creía demasiado en los planes de Ben Gaón. Era un hombre extraordinario, o al menos eso me parecía a mí. Sin embargo, lo que pretendía hacer era algo imposible. Frecuentemente, había soñado con aquello. En esos sueños muchas veces ocurría lo mismo. Volvía a mi país, donde todo parecía haber cambiado. Mi madre y mis hermanas me esperaban de pie a la puerta de casa. Sabía que debía sacarlas de allí cuanto antes, quería llevármelas lejos, antes de que volviese a ocurrir otra vez lo mismo. Veía el cielo de un extraño tono violeta. Todo se contagiaba de ese color, incluso la piel del rostro de mi familia. Entonces intentaba correr, pues sabía que su salvación dependía de ello. Pero por mucho que corría, no me movía del lugar donde me hallaba. Mientras, veía cómo ellas iban volviéndose transparentes, como si desapareciesen, y dentro de mí sentía una terrible frustración. De nuevo, había tenido la posibilidad de salvarlas, pero no lo había logrado, y por ello, me sentía culpable. En cuanto a mi padre, no era capaz ni tan siquiera de recordar sus rasgos, sólo su figura, dominante y poderosa, que parecía llenarlo todo. Notaba cómo gritaba, cómo me impulsaba, pero extrañamente su voz no llegaba a mis oídos.
Aquellos eran sólo sueños pasados. La única verdad era que debía enfrentarme con la dura realidad, y sabía que ésta podía ser peor que la más absurda pesadilla.
Cuando le contaba aquellos malos sueños y aquellas inquietudes, Ben Gaón me animaba. Siempre, desde que lo conocía, lo había hecho, como si tuviese una enorme fe en mí. Tenía a veces la sensación de que aquel hombre excepcional, sin decírmelo, me estaba preparando para algo importante. Algo que no alcanzaba a comprender, porque me veía limitado, sin experiencia, y no sabía bien lo que en realidad esperaba de mí.
Un día de enero de mil cuatrocientos noventa y nueve, embarcamos en La Capitana, un navío de tres palos con un altísimo castillo de popa. En aquellos momentos, me parecía que no había otro igual en todo el océano. Ben Gaón era un armador exigente que sabía bien lo que quería y había dirigido, en cada detalle, a los carpinteros de ribera que la habían construido en el mejor de los astilleros de Lisboa. En aquel barco, se había empleado el más escogido roble, el hierro mejor forjado, las más flexibles maromas, planchas de cobre fabricadas en Coimbra. Los calafates habían empleado una mezcla de pez y betunes que garantizaba que no existiesen vías de agua. Los mástiles y toda la arboladura se tallaron de pinos centenarios traídos desde la isla de Madeira. El velamen cuadrado, de lona embreada, reforzada en todas las costuras, ya que Ben Gaón quería que aguantase bien los mayores temporales. Cuatro culebrinas de bronce guarnecían el castillo de popa. Podían llegar a ser necesarias para disuadir a los berberiscos, demasiado audaces en sus ágiles veleros.
Ben Gaón me mostró, sobre la carta de navegación, cómo quería costear hasta la altura del Cabo San Vicente. Luego la carabela bordearía hasta Sanlúcar de Barrameda, y entraríamos en el estuario del Guadalquivir para subir por el río hasta Sevilla. Lo había hecho tantas veces que su capitán podría llevarnos hasta la Torre del Oro con los ojos cerrados. Pero por algún motivo lo noté más inquieto que otras veces, y llegué a pensar que quizás estuviese envejeciendo, aunque llevaba varios días agotadores pendiente de la nave. Era muy precavido en los detalles, y presencié cómo daba órdenes para amarrar los barriles de agua, así como estibar adecuadamente el aprovisionamiento, que no era poco, además de vigilar el enrolamiento de los últimos marineros, pues, según él, ahí estaba la franquicia.
Levamos anclas apenas hubo amanecido. No terminaba de acostumbrarme a ver aquel bosque de mástiles en el estuario. El rey Manuel deseaba ganar el mar a cualquier precio, y nunca había demasiados barcos para colmar su anhelo. Su mejor almirante, Vasco de Gama, había partido hacía ya tres años, y todo el mundo hacía conjeturas acerca de dónde se hallaría. Tal vez había colmado sus sueños y encontrado otra ruta hacia las Indias. Si lo lograba, quizás, todo cambiaría, porque entonces el Reino necesitaría hombres instruidos en Cartografía, en Álgebra, en Geometría. También cirujanos y filósofos.
Medité, en aquellos momentos, que me gustaría irme a un lugar lejano. No volver hasta que la insensata locura que asolaba mi país hubiese cesado. Tornar algún día cubierto de oro, de gloria, de sabiduría.
Pero volver, ¿adónde? Cuando descendía de mi fantasía y tornaba a la realidad, reflexionaba sobre ella. No quería aceptar que era un hombre sin patria y sin familia, pues me habían privado de una y otra. Aunque lo que más me dolía era que tampoco tenía pasado, ya que no podía hacer otra cosa que ocultarlo ante todos. El mismo Ben Gaón me repetía, día tras día, que nunca le confiase a nadie quién era yo en realidad.
Me extrañé al ver que todos los hombres de su casa habían subido a bordo. Incluso Yusuf, el cocinero. Pensé que aquella gran mansión, vacía y solitaria, quedaría expuesta a los asaltos y robos que continuamente se daban en Lisboa. A fin de cuentas, era un puerto en el que siempre había gentes distintas: forasteros procedentes de muchos países, corsarios que se hacían pasar por mercaderes, piratas que se decían peregrinos, contrabandistas que juraban y perjuraban ser pescadores. Por eso, el patíbulo del camino de Belem no dejaba ni un solo día de funcionar, y los verdugos siempre tenían trabajo.
Es verdad que también había gente buena. No vi en aquel Reino el odio ni la maldad que, de improviso, apareció en Castilla. Más bien, se dedicaba cada uno a lo que sabía hacer, empujados por la leve esperanza de ganar dinero, de comerciar, de llegar más lejos. Allí la gente no tenía tiempo para pensar en envidias ni recelos, y gastaba sus energías en otras causas más prácticas y rentables.
Estábamos saliendo a mar abierto ganando el viento, dejando atrás el amplísimo estuario, cuando el sol asomó por la costa recortada. Apenas había navegado, desde el azaroso viaje en que Benarroch nos había traído hasta Lisboa, hacía ya casi siete años, pero pensé que el mar me atraía. Un grupo de delfines nadaba junto al barco, saltando delante de la proa, como si quisieran dirigirnos hacia algún lugar. Quizás, aquellos animales conocían la ruta de la Atlántida, aquella tierra misteriosa perdida entre lo mítico y lo mágico. De ella, me había hablado Yusuf Ben Amar que, en aquellos momentos, se hallaba junto a mí. Su rostro oscuro y curtido como el cuero, oteando el horizonte con ojos negros y profundos, nervioso al volver a su elemento, después de tantos años de permanecer en tierra firme.
No pude resistirme a preguntarle por el extraño proceder de Ben Gaón. Nunca antes, al menos durante el tiempo que lo conocía, había dejado su palacio prácticamente abandonado, sin nadie que lo cuidase. ¿Por qué había embarcado sus muebles más escogidos, sus obras de arte y sus mejores manuscritos?
Yusuf era hombre sabio y prudente, que siempre mantenía los ojos y los oídos abiertos, viéndolo y escuchándolo todo, además de gozar de la confianza de su amo. Me observó durante unos instantes. Luego me explicó lo que sabía. Nos marchábamos definitivamente de Lisboa. El rey Manuel había hecho muchas concesiones a los Soberanos de España. La Inquisición iba a seguir los mismos pasos que en Castilla. Ben Gaón sabía que iban a por él, a pesar de los grandes favores y préstamos que había hecho al propio monarca portugués. Advertido de lo que se avecinaba, pensó que debía adelantarse, partir antes de que fuese tarde. Tenía demasiada experiencia para confiar sólo en su buena suerte.
Miré hacia atrás la oscura costa recortada del país que me había acogido hacía ya cerca de siete años. Allí me había formado como médico y me había convertido en hombre. Durante un tiempo, me hice la ilusión de que podría establecerme en Lisboa, casarme allí, tener una familia, ser uno más. Pero eso sólo habían sido vagas ilusiones, sueños de juventud. Debía seguir mirando hacia delante. Reflexioné que quizás tuviera que hacerlo siempre, que tal vez la vida no fuese más que un intrincado y duro camino a ninguna parte y que estuviésemos condenados a tener que seguir huyendo de las circunstancias, del odio de los demás, e incluso a veces de nosotros mismos.
Yusuf debió notar algo extraño en mi mirada perdida en el horizonte, porque asintió con la cabeza. Intuyó lo que me ocurría, pues sabía bien lo que yo sentía en aquel momento. Nunca, a lo largo de su existencia, había tenido un instante en el que pudiera relajarse. La vida había sido muy cruel con él y no terminaba de entenderla. Sólo era un hombre valiente y bondadoso, convertido en esclavo, pero no por ello dejaba de recordar a cada momento su lejano hogar.
Durante varios días, la bonanza nos acompañó y navegamos con buen viento. Ben Gaón apenas salía a cubierta y se pasaba la jornada trabajando sobre sus cartas náuticas. Bajábamos costeando a unas seis o siete leguas de tierra, y el navío se mostraba muy marinero y de fácil maniobra.
Lo único que no me convencía era la dieta, que consistía en salazones de carne, legumbres secas, cecina y alguna manzana, pues de ellas habíamos embarcado un par de barriles, aunque en aquel ambiente húmedo y salobre se pudrían pronto.
La filosofía de Ben Gaón era que todos estuviésemos ocupados, y nos hacía mantener el equipo en perfecto estado, con especial dedicación a los arcabuces y las ballestas. Nunca se sabía lo que podría llegar a ocurrir.
Pronto comprendí que, en aquellas prevenciones, no andaba errado, pues algo más tarde cambió el tiempo a peor y el viento se endureció mucho. Ben Gaón me hizo llamar a su camarote situado bajo la tolda. Di unos golpes con los nudillos en la puerta y me abrió inmediatamente. Su rostro reflejaba la preocupación y el cansancio. Sobre una mesa, construida abrazando el palo de mesana, un reloj de arena marcaba el tiempo transcurrido. Vi también su astrolabio de bronce y marfil, un compás, un mapa de la costa y una brújula. Con seguridad, había estado tomando una estima.
Lo miré interrogante. En aquel mismo instante, entró en el camarote nuestro avezado piloto, Ruy Da Silva, un portugués que aborrecía permanecer en tierra firme y que había sido contratado para patronear la nave, aunque el propio Ben Gaón, que era un hombre sorprendente, quería conocer, en todo momento, la posición del navío. No es que dudase de su piloto, era sólo una prudente manera de ver la vida que, hasta aquel momento, le había dado buenos resultados.
Ben Gaón nos habló a ambos con franqueza. El tiempo había cambiado radicalmente, y el mucho viento había obligado a arriar las velas, salvo la de mesana, que colaboraba en mantener el rumbo. Da Silva confirmó las palabras de Ben Gaón. Deberíamos prepararnos para una fuerte tormenta, y sugirió que nos separásemos de la costa todo lo que pudiésemos. Ben Gaón asintió moviendo la cabeza. No sabíamos lo que podía sobrevenir, pero dio órdenes de reforzar las amarras de los toneles de agua con doble soga, al igual que los cajones y bultos, donde iban estibadas las mercancías así como sus efectos personales.
A pesar del súbito cambio en el tiempo, no me sentía preocupado. El solo hecho de que Ben Gaón estuviese allí me confortaba. Era consciente de lo pueril que resultaba por mi parte pensar así, pero no podía evitarlo. Aquel hombre tenía una personalidad tan extraordinaria que parecía contagiar su espíritu y su energía a los que le rodeaban.
Salí a cubierta con Da Silva y le acompañé, mientras con voz enérgica daba las órdenes oportunas para preparar el barco para la tormenta. Personalmente, comprobó las jarcias, el estado de los obenques y ordenó reforzar las amarras de los dos bateles. Después, no se podía hacer más que encomendarse a la Providencia.
Da Silva poseía una gran experiencia en el mar. Era un navegante curtido y preveía lo que podía llegar a ocurrir. Me aconsejó que me refugiase en el escandalar y que permaneciese en mi litera. Al escuchar sus palabras, comprendí que no esperaba mucho de mis artes como marino.
Mientras, el mar se había alborotado y el cielo se oscureció, adelantando la larga noche que nos esperaba. Confiaba en que tanto el casco como la arboladura resistieran. Eran las mejores jarcias y sogas hechas en Lisboa. Lo sabía, porque Ben Gaón me había mostrado la carabela desde el bauprés al tangón, orgulloso de las muchas mejoras que había introducido en ella.
Sentía vergüenza de acostarme en la litera, mientras la tripulación luchaba contra el mar. Verdaderamente, me sentía inútil, porque aquella gente empleaba un léxico que yo no comprendía, y con toda probabilidad no haría más que estorbar en las maniobras.
Me hallaba absorto en aquellas elucubraciones, cuando el viento aumentó de pronto, como si nos hubiese golpeado la coz de un caballo gigantesco. El barco crujió, igual que si se hubiese partido por la mitad, y en mi angustia, pensé que todo había terminado allí para nosotros. No pude evitar recordar las muchas historias que en Lisboa se contaban sobre los naufragios, pues de cada diez navíos, sólo ocho regresaban después de una travesía. Era la dura contribución que el océano se cobraba por retarlo.
Sin embargo, no sentía en realidad miedo. Era, más bien, algo extraño y absurdo lo que nacía dentro de mí, porque me asomé a la tronera y sólo pude ver una enorme muralla líquida, oscura, enorme, que parecía querer engullirnos. Un instante después, aquella pared de agua se transformó en un abismo insondable que nos atraía hacia su increíble profundidad. Pero no temía a la muerte, no temía morir, sino sólo un terrible horror a las profundidades, a las simas, en las que no había más que oscuridad. A pesar de la situación, de los gritos que me llegaban de cubierta, apagados por el fragor de la tempestad, no sentía temor, pero me apenaba ver cómo las ilusiones de Ben Gaón iban a verse frustradas por los elementos.
Medité que quizás el hecho de haber sufrido el espantoso trance en mi juventud, cuando en Toledo los soldados se llevaron a mis padres, y más tarde el ver cómo mis hermanas fueron violadas y asesinadas por aquel esbirro, me había prevenido contra el miedo para siempre. Ya nada me intimidaba. Sólo notaba desconfianza y desasosiego hacia lo desconocido, pero esas sensaciones, esos sentimientos, no los confiaba a nadie, porque estaba convencido de que tampoco nadie iba a entenderlos.
La tempestad parecía arreciar por momentos. Los relámpagos penetraban en el escandalar, iluminándolo con una luz más potente que el sol, y que me evocó la noche en el monasterio. De pronto, pude oír un golpe terrible y, casi al mismo tiempo, un aullido que más parecía animal que humano. Intuí lo que había ocurrido aun antes de salir a cubierta. El mastelerillo se había roto por la punta, y el trozo de madera, arrastrando gavias y parte de la arboladura, había golpeado a un marinero en una pierna, con tan mala fortuna que le había arrancado el miembro de cuajo desde la rodilla izquierda.
Agarrándome como pude, pues la fuerza del viento parecía querer derribarme, y soportando la mar embravecida que barría la cubierta, pude llegar hasta donde se hallaba el hombre tendido. Era Yusuf. Durante un instante me quedé atónito, sin saber qué hacer. Pero como en una visión, imaginé a Abraham Revadel observándome, esperando. Entonces reaccioné, y con un trozo de soga hice un torniquete a la altura del muslo, porque Yusuf perdía sangre a borbotones. Observé su rostro tan pálido que más parecía cera. Ayudado por un marinero, lo arrastré hasta la tolda, entre los fuertes rociones de agua que nos empapaban.
Yusuf me miró de una extraña manera. A pesar de su estado, parecía darse cuenta de todo. Le pregunté si sentía dolor, y para mi sorpresa, se señaló el pecho. Entonces vi cómo un hilillo de sangre le corría por la comisura de la boca. Le abrí la camisa y comprendí que no había nada que hacer. Tenía el pecho aplastado por un tremendo golpe que le había partido el esternón.
Yusuf vio mi gesto y asintió. Él sabía que iba a morir en pocos instantes, pero tampoco parecía asustado por ello. Sentí pena por aquel hombre lleno de fantasía y de bellas historias, que le proporcionaban una libertad de la que carecía.
Apenas unos momentos más tarde, expiró. Pensé que había dejado de ser esclavo y que su alma estaría volando libremente, sin que nadie pudiese atarla a parte alguna.
La tempestad parecía que no iba a terminar nunca. Duró toda la noche, y nos desarboló completamente, salvo la mesana que de una manera increíble resistió. Al amanecer, el viento amainó transformándose en una profunda calma, pues la mar asemejaba un espejo. Me hacía pensar que todo aquello había sido sólo un mal sueño, aunque el estado del barco evidenciaba lo ocurrido.
Ben Gaón dio órdenes de que se cortasen las gavias y las maromas que unían los restos de la arboladura, y los marineros se prestaron a ello empleando hachas.
Éramos conscientes de que el barco desarbolado no resistiría el mal tiempo, ni tampoco podíamos poner rumbo a parte alguna, por lo que Ben Gaón hizo bajar las chalupas donde embarcamos, llevándonos sólo lo imprescindible. En una de ellas, embarcó Da Silva y parte de la tripulación. En la otra, Ben Gaón, siete marineros y yo. Embarcamos también provisiones de boca y un barril de agua en cada chalupa, a riesgo de naufragar por causa de la excesiva carga. Luego nos separamos lentamente de la carabela, majestuosa aun sin sus mástiles, y comenzamos a remar hacia el este. No sabíamos lo que habíamos derivado a causa de la tormenta, pero según Da Silva, tampoco podía ser una distancia considerable, por lo que esperábamos avistar tierra a lo largo del día.
De pronto, vi una leve columna de humo surgiendo del navío. Observé detenidamente a Ben Gaón. Inmóvil, de pie en la proa de la chalupa, parecía recortarse como un mascarón. Nada reflejaba su estado de ánimo. Supe entonces que él había prendido fuego a la nave. Nos hallábamos apenas a doscientas brazas, y con un mar como una tabla vimos arder la carabela hasta que finalmente se hundió con un borboteo.
Debíamos aprovechar el buen tiempo y nos turnamos para remar. El propio Ben Gaón hizo un alarde de energía y buen humor. No aparentaba haber perdido en aquel lance una parte importante de su fortuna y sus más queridos enseres.
Pero pronto supimos que los problemas no iban a llegar por el estado del tiempo. Apenas el sol cruzó el mediodía, cuando una vela apareció, de improviso, en el horizonte hacia el sur. Una ligera brisa la impulsaba en nuestra dirección, y noté cómo Ben Gaón y Da Silva, que navegaba en la otra chalupa apenas a veinte codos, se ponían alerta.
A media tarde, el barco desconocido se hallaba apenas a una legua, y para entonces ya sabíamos lo que nos esperaba. Se trataba de una goleta árabe de un sólo mástil, con una gran vela triangular, que parecía jugar con nosotros como gato con ratón.
Pronto, los tuvimos a un tiro de piedra. Podía ver con claridad los rostros de aquellos hombres. No se mostraron hostiles. Muy al contrario, nos observaban con curiosidad, esperando, quizás, nuestra reacción. Ben Gaón no lo dudó y, mostrando gran decisión y entereza, ordenó a los marineros que remasen hacia el navío, que había arriado la vela para mantenerse al pairo sin separarse de nuestras chalupas.
Fue Ben Gaón el primero que subió a bordo. Su porte y vestimenta lo mostraban indudablemente como un caballero de alcurnia. Yo le seguí sin mirar a nadie, confiando en su capacidad para resolver aquella situación. El que parecía ser el capitán nos esperaba en la cubierta de popa, algo más elevada que el resto. Eran sin duda berberiscos, pero al pronto no me parecieron los feroces piratas que las leyendas contaban.
En cuanto todos subimos a bordo, unos silenciosos marineros amarraron a popa las chalupas. Nadie nos amenazó. El capitán nos indicó con un cortés gesto a Ben Gaón y a mí que le siguiésemos a su camarote.
Así lo hicimos, mientras el temor iba dando paso a una gran curiosidad. El capitán al oírnos hablar en correcto árabe, se mostró interesado por nosotros, nos invitó a sentarnos sobre unos lujosos cojines y nos sirvió una copa de vino sin decir palabra.
Nuestra mayor sorpresa era comprobar que el navío árabe no parecía haber sufrido los efectos de la tormenta. Una vez acomodados, los rasgos de aquel hombre, que se presentó como Muley Ben Abdul, parecieron distenderse. Con gran cortesía, se interesó en conocer cómo habíamos perdido nuestro barco y cuáles eran nuestras circunstancias.
Ben Gaón supo, de inmediato, que era una pregunta de buena fe y respondió con decisión que ambos éramos judíos sefardíes. Muley Ben Abdul inclinó la cabeza, en un claro gesto de respeto y cortesía, añadiendo que era un honor para él haber podido rescatar a dos caballeros sefardíes.
Era hombre de gestos pausados y elegantes. Me recordó a los grandes señores portugueses, pues, como ellos, era cuidadoso en su atuendo y en sus formas, manteniendo siempre una cordial distancia.
Nos explicó, utilizando las manos al hablar con gestos lentos y desenvueltos, que se dirigía hacia el sureste, cuando su vigía oteó una columna de humo en el horizonte. Entonces hizo cambiar el rumbo, convencido de que un navío sufría un incendio. Añadió que el Corán exigía la misericordia, y se aproximó para comprobar si había supervivientes.
Ambos le agradecimos el noble gesto que le honraba como hombre y como marino, y nos pusimos a su completa disposición. Nos indicó que cuando aquello ocurrió, su rumbo era hacia el sureste, hacia Er Ribat, su puerto de destino. Añadió, al notar nuestra mirada, que no debíamos pasar cuidado, pues tanto en aquella ciudad como en Fez, la capital del Reino, en la que residía el Sultán, habitaban numerosos judíos, la mayoría, si no todos, sefardíes. Algunos de ellos, habían tenido que huir precipitadamente de Castilla, refugiándose allí, donde eran apreciados.
Debo decir que nos sentimos muy halagados por las palabras de aquel hombre. Era bien cierto que cuando vimos acercarse al esbelto navío árabe, todos sin excepción creímos que nos abordarían y que los supervivientes serían apresados para venderlos como esclavos en Argel. Sin embargo, aquel marino, un hombre culto y refinado, nos tranquilizó.
Hablamos, ya mucho más tranquilos, durante largo rato. Nos preguntó muchas cosas, interrogó a Ben Gaón sobre Sevilla y Lisboa. No era más que un ser humano despierto y curioso que deseaba saber cómo era el mundo que no conocía. Luego me preguntó sobre mis circunstancias. Le satisfizo mucho saber que era médico y cirujano, y a partir de aquel instante, me observó con cierto respeto. Más tarde, compartimos con él un buen refrigerio, y después sugirió que nos instaláramos en su propio camarote. Ambos nos negamos en principio, pero insistió hasta el punto de que comprendimos que si no aceptábamos su propuesta, podría llegar a ofenderse.
A partir de entonces, no pudimos hacer otra cosa que intentar pasar el tiempo hasta que llegásemos a puerto. Ben Gaón y Muley Ben Abdul entablaron enseguida una gran amistad. Discutían sobre procedimientos de navegación, sobre cartas marinas, y se intercambiaron numerosas experiencias sobre sus recíprocos viajes.
En cuanto a mí, aproveché el tiempo para leer y estudiar. Por una extraña casualidad, entre los libros que me había legado Abraham Revadel, se hallaba el Tacuinum sanitatis, de Elluchasem Elimithar, un tratado que me asombró, ya que hablaba de prevenir antes que de curar. Esa asombrosa teoría de alguna manera coincidía con la forma de pensar de mi difunto maestro, el cual, sin embargo, nunca insistió para que estudiase aquel libro. Cierto que durante aquellos años no pude dar abasto con todo lo que me traía, pues en los últimos tiempos su único interés era que me convirtiese cuanto antes en un verdadero médico.
Ben Gaón intentó disuadir a Ben Abdul varias veces para que nos dejase en una chalupa cerca de la costa de Al Ándalus. Pero éste se negó. Temía llegar a perder el barco a manos de los castellanos si se acercaba demasiado. Finalmente, tal vez por miedo a ofenderlo, Ben Gaón desistió de convencerlo, y nos consolamos pensando que, a pesar de todo, habíamos sido muy afortunados.
Tardamos casi diez días en arribar a Er Ribat, pues tuvimos la mala fortuna de encontrarnos con tiempo tormentoso y vientos contrarios el resto de la travesía. Aquella circunstancia me hizo comprender que los árabes eran extraordinarios navegantes que no tenían nada que envidiar a los portugueses, considerados sin duda los mejores de entre los cristianos. Aquella era una pequeña ciudad amurallada a orillas del río Regreg. Se podía decir que casi habíamos llegado a nuestro destino, pues una vez allí, el plan de Ben Gaón era dirigirse a caballo hasta Fez, que distaba de Er Ribat unas cuarenta leguas. En aquella ciudad, tenía muchos amigos sefardíes y la certeza de conseguir un préstamo para poder volver a Lisboa. Era hombre que no se arredraba nunca por las circunstancias, por adversas que éstas fueran, tal y como había podido comprobar con aquella dura experiencia.
Desembarcamos en el pequeño puerto, situado en la misma desembocadura del río. Había una gran diferencia entre Lisboa y aquel lugar, pero la gente parecía también acogedora y hospitalaria. De hecho, apenas saltamos de la barcaza que nos trasladó desde el barco de Muley Ben Abdul hasta la playa, se nos acercó corriendo un tropel de muchachos, casi unos chiquillos, para vendernos pescado, pero Muley los contuvo con su sola presencia, y nos rogó con su habitual cortesía que le siguiésemos hasta su casa.
Muley habitaba cerca de la mezquita. Desde la puerta de la muralla que cercaba su jardín se veía un pequeño cementerio musulmán y detrás de él, el horizonte, en aquellos momentos, de un amenazador color gris plateado.
Nos invitó a entrar. Nos encontramos frente a una bella construcción rodeada de jardines creados con plantas aromáticas, una larga fila de enormes palmeras y muchos naranjos y limoneros. Aquel hombre, sin duda alguna, amaba la vida. El agua corría con rapidez por una acequia y se introducía en su casa a través de una noria de madera oscura que la elevaba. Muley nos precedía, y pude observar cómo sus siervos le besaban la mano, contentos de que hubiese regresado con fortuna. En verdad, y tal como habíamos podido comprobar en propia carne, un largo viaje por el océano era una aventura en la que podía ocurrir cualquier cosa.
Nos mostró con orgullo nuestros aposentos. Unas habitaciones alargadas, terminadas en unas bellas celosías de madera, a través de las que se adivinaba un jardín posterior con un estanque central por el que corría un agua cristalina que la noria elevaba hasta aquel nivel.
Unos criados trajeron unas jofainas de cerámica blanca con ornamentos azules, conteniendo agua de rosas, para que nos refrescásemos. Ben Gaón me observaba sonriente a causa de mi cara de asombro. Aquella gente parecía tener no sólo una gran preocupación por la limpieza, sino también por la belleza, y eso se podía comprobar en aquel ambiente.
Había vivido mi infancia en la más completa austeridad. En parte, debido a que esa era la única forma en que mi padre entendía la vida, y sobre todo, porque las costumbres de Castilla, severas y rígidas, habían contagiado a los judíos y hasta a los moriscos que allí vivían.
Pero en Salé, apenas habíamos desembarcado, cuando pude comprobar que nos rodeaba otra forma de entender la existencia. ¡Qué lejos me parecía de allí la Inquisición! Muley Ben Abdul nos había contado durante el viaje cómo se estaba obligando a los moros a convertirse en Granada y en todos los lugares donde aún vivían, sin respetar sus costumbres, ni por supuesto su religión. Cuando recordaba con añoranza Castilla, la dura realidad me hacía pensar que era mejor no volver allí nunca, porque había pasado el tiempo sin apenas sentirlo. Me había transformado en un hombre, pero dentro de mí seguía teniendo en mis sueños el temor de un chiquillo. Era como si la amarga y terrible experiencia de mi niñez hubiese impedido que me desarrollase por completo. Curiosamente, en mi vida real no sentía nunca miedo, pero no así en las oscuras y densas pesadillas que me asaltaban a veces durante la noche. Entonces me sentía inerme al no poder controlarlas, como si hubiesen tatuado mi alma.
Al comunicarle a Ben Gaón sus deseos, Muley Ben Abdul se empeñó en acompañarnos hasta Fez. Nos consideraba sus invitados y sentía una gran preocupación por lo que pudiese acontecernos. Era, en verdad, difícil discutir con él, pues no cedía fácilmente en su criterio, y Ben Gaón, que era un hombre práctico, terminó por aceptar, de buen grado, aquella generosa iniciativa. A fin de cuentas, eran tierras extrañas para nosotros, y el propio Ben Abdul nos había advertido que, al igual que en Castilla, existían bandoleros y peligros desconocidos para los extranjeros. Era mejor prevenir, y me acordé del tratado médico de Elluchasem Elimithar que había estudiado hacía poco. El mismo Revadel insistía muchas veces en que la vida no era más que una larga enfermedad.
Tardamos cinco agotadoras jornadas en llegar a Fez. Seguimos al principio la ribera del río, pero luego nos separamos de él casi bruscamente y anduvimos por unas colinas casi desiertas hasta que dimos con una antigua ciudad romana abandonada. En ella, se adivinaba que aquellas gentes antiguas sabían al menos tanto como nosotros, porque lo que quedaba de la ciudad demostraba que había pasado mucho tiempo, pero no habíamos mejorado su concepto de cómo se debía vivir. No pude, por menos, que reflexionar que si aquellas ruinas sólo nos permitían atisbar el modo de vida de aquellos que habían desaparecido hacía muchos siglos, cuánto no habríamos perdido en Filosofía, en Arte, en Ciencia, en cosas impalpables que el tiempo había borrado definitivamente.
Muley Ben Abdul transportaba a lomos de mulas algunas de sus mercancías más preciadas, y para evitar que se las robasen, había contratado a una docena de hombres de su confianza, armados hasta los dientes.
Por las noches, cuando vivaqueábamos en los lugares elegidos por nuestro protector, pensaba en lo extraña que era la vida. Apenas un mes atrás, me encontraba en Lisboa, dispuesto a ejercer la Medicina. Ahora, de nuevo, me hallaba en el camino hacia ninguna parte, como si estuviese sometido a una eterna condena de destierro. A pesar de que mis circunstancias eran buenas, tenía la convicción íntima de que nadie quería a los sefardíes. Me era difícil aceptar que nos odiasen por el solo hecho de ser judíos. Hacía ya algunos años Benassar me había explicado que los judíos no nos habíamos sometido como los demás pueblos, pues desde siempre en nuestro interior manteníamos la fe, costumbres y libertad que habían mostrado nuestros abuelos, sin hacer concesiones. Eso, era algo que iba contra la unificación religiosa que los Soberanos de Castilla y la Iglesia pretendían. Recordé las alarmantes palabras de Torquemada. De sus mismos labios había escuchado que había que suprimir las religiones contrarias al cristianismo. Pruebas había de que debíamos integrarnos por voluntad propia o por la fuerza. Sublevaciones provocadas por aquellos poderes contra judíos y moriscos para aplastar su pensamiento, sus costumbres y tradiciones, sus rituales, todo lo que pudiera interponerse frente a la ambición de unos Reyes que creían que el alma se podía violentar por la fuerza. Como el que toma una fortaleza enemiga, y no satisfecho con aniquilar a los defensores, decide arrasarla, derribando sus murallas y torreones, esparciendo después sus piedras por los campos, cubriendo éstos de sal, intentando borrar de la faz de la tierra a los que una vez se opusieron en su camino.
Los recuerdos de mi niñez me parecían ya sólo un vago sueño. En ellos, veía a las gentes que se reunían en las plazas para satirizar, criticar y mofarse de los poderosos, por muy grandes y altos que se encontrasen. ¿Por qué gentes así, acostumbradas a la libertad, se transformaron de la noche a la mañana en seres intransigentes en materia de fe?
Benassar me había repetido muchas veces que la Iglesia temía la libertad de pensamiento. Lo que los cristianos proponían estaba en contradicción con nuestra fe, y eso era insoportable para ellos, y más aún viendo cómo los judíos, tan equivocados según su credo en lo fundamental, éramos, sin embargo, capaces de destacar donde un cristiano no podía hacerlo. Así Benassar nos había consolado aquella triste noche en la caverna, cuando huíamos sintiendo el mortal aliento de los esbirros de Torquemada en el cogote. Él insistía en que nos perseguían por ser mejores, y aunque no estaba yo muy de acuerdo con aquella teoría, algo había de envidia de nuestras capacidades y nuestro oro. No era tan sólo fe, que la fe era cosa interior y privada. También vieron que no sólo podrían apoderarse fácilmente de nuestros bienes, sino que además, expulsándonos, no teniéndonos delante, no tendrían que establecer comparaciones a cada instante, a cada jornada, con lo que ello llevaba de recelos y envidias.
Tampoco era capaz de olvidar la larguísima fila de judíos abandonando Toledo entre soldados. Allí iban no sólo los pobres y los miserables, también estaban los más ricos comerciantes, los prestamistas, los médicos y cirujanos, los maestros, los propietarios, los joyeros y plateros, gente entre la que había mucha que leía y escribía, que viajaba, que discutía de Fe, de Cencia, de Filosofía.
Los que chillaban en su contra no lo hacían porque tuviesen argumentos para ello. Creo que, ni tan siquiera, nos odiaban, simplemente nos temían. En su conciencia, sabían bien que, en el pensamiento de aquellos cautivos desterrados, se albergaba el espíritu de la libertad, que tan insoportable se hacía a los Soberanos y a la Iglesia.
Eso seguía ocurriendo en aquellos mismos días, y reflexioné que tardaría mucho tiempo en corregirse, porque el temor era una enfermedad casi incurable, ya que había que superarlo para sobreponerse, y muy pocos eran capaces de ello.
Sin embargo, Benassar argüía su esperanza de que fuese precisamente la cultura la que terminase con aquel larguísimo destierro.
Fue entonces cuando intuí que la causa del Decreto había sido la toma de Granada. Al comprender los Soberanos que ya no habría en toda la Península quien les hiciese sombra, decidieron que había llegado el momento de terminar definitivamente con los que eran diferentes. Pensaron que, para instaurar su autoridad con garantías, sobraban moros y judíos, pues bastante tenían con evitar que se desmandasen los cristianos. Eso había llevado a cambiar tolerancia por intransigencia, y así nos veíamos, muchos bajo tierra, otros desterrados, y los que habían quedado, mudos y quebrados en su ánimo, obligados a olvidar y renegar de su fe y de sus costumbres y a aceptar que sus hijos y nietos viviesen de otra manera que no era la suya. No podría asegurar quién estaba peor.
Todos esos pensamientos me asaltaban mientras ascendíamos las verdes y húmedas colinas. Una fría tarde de invierno, nos asomamos al enorme valle. Allí vimos una ciudad blanca, rodeada de altas murallas, Fez El Bali. Se veían sobresaliendo los minaretes, y Muley señaló uno que destacaba sobre los demás. Mencionó con respeto que era la Mezquita de Qarawiyyin.
Por mi parte, creía que las gentes nos iban a señalar con el dedo, arremolinándose alrededor nuestro, tal y como había sucedido en Salé. Pero no, entramos por una enorme puerta, y pude comprobar que iban y venían a sus labores cotidianas sin prestarnos la menor atención.
Ben Gaón me había explicado lo que era un mercado en aquel país. Creí, al oírlo, que exageraba. Pero nuestra comitiva se cruzó con una caravana de camellos y multitud de acémilas, unos diminutos asnos no más grandes que mastines, cargados de tal manera que apenas se veían poco más que los cascos y las puntas de las peludas orejas.
No pude dejar de pensar que, comparada con ella, la calle Mayor de Toledo parecía un monasterio. En Fez El Bali, los gremios también se agrupaban, pero al tratarse de pequeñas puertas por las que se desbordaban las mercancías, el abigarramiento y casi la confusión, al menos para los que no estábamos acostumbrados a aquello, eran excesivos.
Allí se hallaban los curtidores, y a través de los callejones, no más anchos que un hombre puesto en cruz, pudimos ver a unos artesanos trabajando las pieles, mientras un fuerte olor a tanino nos envolvía. Pero aquella emanación se mezclaba con el aroma de los perfumistas. Fragancias de flores silvestres, de rosas, de algalia. Incienso, mirra, bálsamos, espliegos. Al pasar junto a ellos, nos ofrecieron pebeteros y pulverizadores. Nunca había olido y sentido tal variedad de aromas que aturdían los sentidos.
Algo más adelante, encontramos a los tejedores, los sastres, los zapateros. Exponían sus sedas y brocados, tan ricos y preciosos que ni en Lisboa los había visto mejores. Tejidos finísimos, alfombras, tapices, linos, hilos de todos los colores, incluso de oro y plata. Hasta Ben Gaón, que era hombre que jamás se asombraba, pues poseía una vasta experiencia, iba absorto en lo que le rodeaba, como si jamás hubiese visto algo semejante. Me dijo, gritando entre la algarabía, que aquel era el reino de los sentidos.
Allí había caldereros, alfareros, carpinteros, artesanos de la piedra y el mármol, a los que vi labrando con precisión y detalle unos capiteles dignos de un palacio.
Los chiquillos iban y venían sin tropezar entre aquella multitud, moviéndose entre ella como peces en el agua, mientras los aguadores nos ofrecían que saciáramos la sed. Otros, incluso, vendían grandes trozos de hielo que transportaban envueltos en sacos, a lomos de mulos.
Entramos en una posada, allí la llamaban fonduc, y Muley nos dijo que sus sirvientes y nuestros marineros podrían alojarse en ella. En cuanto a nosotros, lo haríamos en casa de un pariente, un primo suyo llamado Abdallah al Abdul. Me hizo un guiño de complicidad, porque según luego nos explicó, se trataba con seguridad del más famoso médico de Fez y uno de los mejores del Reino.
Mientras ascendíamos la empinada cuesta, empedrada con grandes cantos de río, que nos llevaba a su casa, no imaginaba yo lo que aquel hombre iba a significar en mi vida. Iba meditando que aquella ciudad me parecía bella y acogedora. Ben Gaón me comentó en un aparte que al día siguiente iría a ver a unos conocidos suyos, también sefardíes, gentes de Córdoba que habían preferido refugiarse allí antes que exiliarse en Turquía, convencidos de que el ambiente y la cultura de Fez eran muy similares a las que habían abandonado en Al Ándalus.
Llegamos, por fin, a una mansión amurallada. Me extrañó ver en la puerta a cinco o seis ciegos. Se hallaban inmóviles, sentados en el quicio, como si esperasen pacientemente a alguien. Muley golpeó con fuerza una gran anilla de bronce que hacía las veces de llamador, y apenas en unos instantes nos abrió un esclavo negro de aspecto algo extravagante. Muley me susurró al oído que se trataba de un eunuco que hacía las veces de guardián y portero.
Descabalgamos, y un siervo, también de piel muy oscura, pero que por sus rasgos no parecía negro, sin decir palabra, como si nos estuviese esperando, tomó las riendas de nuestras cabalgaduras y las condujo a las caballerizas. En cuanto a nosotros, seguimos a Rasul, que así se nos presentó el eunuco, y caminamos hacia la casa, sin saber qué admirar más, si la propia mansión, que más parecía un pequeño palacio, o la feraz huerta, cultivada como un hermoso jardín por el que corría el agua a través de unas acequias que la cruzaban. No terminaba de acostumbrarme a la belleza de aquellas mansiones, pero no me cabía la menor duda de que en ellas habían intentado recrear el Paraíso.
Allí, en la puerta, vi un hombre de barba y cabello muy blanco, vestido con una túnica de seda verde oscura y tocado con un turbante del mismo color. Su presencia era imponente, pero no nos prestó atención alguna, pues se hallaba inclinado, observando los ojos de un paciente sentado sobre una especie de jamuga. Tenía en la mano una lupa doble y parecía ensimismado en lo que hacía.
Desde que lo vi, supe que se trataba de Abdallah al Abdul, y como si fuese una premonición, en el momento en que levantó la cabeza, se quedó mirándome fijamente como si hubiese visto algo especial en mí, mientras yo tampoco podía mirar hacia otra parte, fascinado porque aquellos oscuros ojos parecían traspasar mi alma.