Shalom Sefarad

G. H. Guarch · Capítulo 12 de 28

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Shalom Sefarad

II el Médico de Fez

II

 

EL MÉDICO DE FEZ

Conocer a aquel hombre fue para mí algo decisivo. Al igual que había sucedido con Abraham Revadel, apenas me vio por primera vez, por algún motivo me adoptó. Fue algo extraño, pues en aquel momento él desconocía que yo también fuese médico, y sin embargo, me pidió con naturalidad que me acercase y le sostuviese un pequeño espejo. El hombre al que estaba examinando era ciego, y pude observar que una veladura cubría sus dos ojos, como si un tejido extraño hubiese crecido sobre sus globos oculares.

Abdallah Al Abdul me observó interrogante, y algo nervioso sólo pude murmurar mi nombre. A continuación, al observar mis manos y la forma en que había sujetado el espejo, me preguntó si era estudiante de Medicina. Le contesté que apenas hacía unos meses había realizado mi juramento hipocrático, y como si de antemano conociese la respuesta, asintió complacido. Luego, casi con brusquedad, me interpeló sobre si había leído el tratado de Hunayn Ibn lshâq. Negué con la cabeza, pues nunca había oído hablar de aquel hombre.

Entonces Al Abdul comenzó a hablar pausadamente, explicándome cómo funcionaba el ojo, que, según él, era el más maravilloso órgano que poseía el ser humano. Mencionó que estaba hecho a imagen y semejanza del Universo y que en él había un punto central en el que se reflejaba todo. Me habló con detalle de las partes de que se componía: la parte vidriosa, la acuosa y la cristalina, y de cómo aquella veladura obstaculizaba que la luz llegase al interior, impidiendo que el paciente pudiese ver algo más que tenues sombras.

Para demostrarme lo que afirmaba, cogió mi mano, en la que yo mantenía el espejo hecho de plata, pulida con increíble finura, y la movió hasta que el rayo de sol reflejado incidió justamente en los ojos del hombre. Aquello pareció excitarle la pupila, porque intentó cerrar el ojo, como si la luz le molestase. Esto, prosiguió Abdallah, significaba que el ojo, la sustancia de la que se componía, estaba viva, y sólo la veladura, una especie de cortina, indicó haciendo un elegante gesto con las manos, impedía que funcionase normalmente.

Me tomó con gran familiaridad del brazo, y nos separamos del paciente, sentándonos en el borde del patio, en cuyo centro una fuente en forma de estrella lanzaba un chorro de agua que volvía a caer emitiendo un agradable sonido.

Abdallah se mantuvo unos instantes en silencio, como si estuviera reflexionando. Luego señaló al paciente y a continuación, la fuente. Me explicó que aquel hombre no podía verla como nosotros, pero de alguna manera era capaz de percibirla y de imaginarla, como si la falta de visión hubiese modificado sus otros sentidos, agudizándolos. Añadió que era una compensación que la Naturaleza le daba. Oía mejor que los hombres normales y, aunque no era capaz de ver, parecía adivinar lo que a su alrededor ocurría. Para demostrar su teoría, Abdallah se colocó detrás de la fuente, llamando desde allí al paciente, el cual sin dudarlo, caminó hacia donde se hallaba, deteniéndose exactamente al borde del vaso. Un paso más y hubiese caído en ella.

Abdallah observó mi reacción. Me hallaba fascinado por su poderosa personalidad, que parecía convertirlo en el centro de todo. Aquel hombre era un maestro al que agradaba enseñar lo que sabía, y supe, en aquel instante, que el extraño azar que parecía acompañarme como mi sombra, de nuevo, me había conducido con certeza hacia el sujeto de mis plegarias.

Joel Ben Gaón, acompañado de Muley Ben Abdul, marchó a la judería. Allí debía buscar a varios judíos sefardíes que con seguridad le prestarían la ayuda y los medios para volver a Portugal. Era muy consciente de que debía comenzar de nuevo, comprar y avituallar un nuevo navío, volver a retar a la fortuna. Pero para él, eso era lo que llamaba el juego de la vida. Unas veces se ganaba y otras se perdía. No por eso se abandonaba la apuesta; muy al contrario, me decía que cada vez era mayor el envite, y todo ello le estimulaba. Eso lo decía sonriendo, aunque era muy consciente de que pronto tendría que retornar a Lisboa, burlando a la Inquisición, que también se había adueñado del Reino y que, según él, había torcido el corazón del monarca.

Aquella noche, permanecí largo rato despierto. No terminaba de entender cómo todas aquellas azarosas circunstancias me habían hecho llegar hasta allí, hasta aquella ciudad que se me antojaba el corazón de la cultura del Maghreb, al igual que Toledo lo era de la cultura castellana. Tenía la certeza de que aquel lugar iba a suponer un importante hito en mi existencia y que Abdallah Al Abdul tendría en todo ello un papel primordial.

No me equivoqué en mis suposiciones, pues, apenas amaneció, cuando Ben Gaón se acercó hasta mi estancia para hablar conmigo. Él daba por hecho que yo debía permanecer en Fez. Aquella misma noche, Abdallah había ido a su aposento y le pidió su ayuda para convencerme de que me quedase un tiempo con él. Para mí era un dilema. Por una parte, no quería separarme de mi bienhechor, pues temía por él, y sólo pensar que pudiese llegar a caer en manos de la Inquisición, me aterrorizaba.

Ben Gaón me respondió que a él le ocurría lo mismo. Se sinceró conmigo. Me consideraba como su hijo adoptivo. Él, que no los tenía carnales, no podía soportar que, tal y como estaban las cosas, tuviese que arriesgarme. Me confesó que lo sucedido a Abraham Revadel le había metido el miedo en el cuerpo, porque lo ocurrido a su primogénito Yudah era, en realidad, lo que había matado a aquel buen hombre.

Acepté, pues, quedarme con Abdallah al Abdul. Sabía que era un proceder egoísta por mi parte, pero no podía evitarlo. Aparte de las súplicas de Ben Gaón, para mí era una oportunidad única de llegar a ser un verdadero médico, pues sabía bien, tal y como me había explicado Revadel, que no había mejores médicos que los árabes.

Ben Gaón había ido hasta la judería para buscar ayuda y la encontró, tanta que volvió emocionado. Todos los sefardíes querían ayudarlo. Me contó que, cuando se corrió la voz de que se hallaba allí, se habían reunido en casa de uno de ellos, Isaac Ababanel, judío cordobés. A la llamada de éste para que sus convecinos pudiesen escuchar noticias recientes de Castilla, acudieron más de un centenar. Todos ellos eran sefardíes, menos dos que procedían de Egipto, aunque también mantenían, orgullosos, su antigua estirpe sefardí.

Cuando entró en el patio de Isaac Ababanel, lo halló tan similar a los de Córdoba y Sevilla que tuvo que frotarse los ojos, porque por unos momentos creyó estar soñando. Las columnas de piedra, esbeltas y delicadas, el suelo de mármol blanco encastrado con piezas de cerámica, las tinajas y los tiestos cargados de flores, la cubierta del porche con vigas de madera con remates tallados. La fuente central cantarina, las rejas de celosía forjada. Todo era idéntico, como si Ababanel, al igual que sus compañeros de destierro o sus convecinos, que llevaban en Fez muchos años, hubiesen querido recrear, como en un escenario, el drama de su destierro y de su amor al país que, tan dura e intempestivamente, habían tenido que abandonar.

Fueron entrando, formando una larga fila, dirigiéndose a él, besándolo en ambas mejillas con enorme respeto, como si hubiesen decidido nombrarlo embajador. Luego se hizo un enorme silencio y entonces Ben Gaón notó que tenía un nudo en la garganta. Apenas podía hablar, porque la emoción que sentía le impedía hacerlo, pues sabía que todos aquellos que le observaban eran protagonistas de la larguísima tragedia de su pueblo.

Allí se hallaban, igualados por las circunstancias, los rabinos, los estudiosos, los alquimistas, los médicos, los sastres, los fundidores, los joyeros, los copistas, los impresores, los artistas. Todos ellos eran la síntesis de las Artes y las Ciencias, portadores de la sabiduría condensada a lo largo de siglos.

Ben Gaón les devolvió la mirada, mientras intentaba tranquilizar su ánimo. Sabía que todos habían sufrido de una manera u otra el destierro, las miserias de la huida, la Diáspora, el terror al verse perseguidos, a tener que esconder a sus familias, a ver cómo algunos eran torturados, incluso quemados, mientras la multitud rugía.

Vio en ellos los ojos de Abraham Revadel, ojos llenos de dolor, pero también de resolución por seguir viviendo, por defender a los suyos, por seguir ejerciendo sus profesiones y oficios.

A pesar de todo, fue capaz de hablarles con serenidad. Les contó lo que estaba ocurriendo en la Península, tanto en Castilla y Aragón, como en Portugal y Al Ándalus. Vio cómo muchos de ellos lloraban a lágrima viva, como si, de nuevo, volviesen a emocionarse al escuchar el relato que les hacía. Todos se consideraban hijos de Sefarad, allí estaban enterrados sus padres, sus abuelos, generaciones que se perdían en el tiempo. Allí estaban sus sinagogas, sus aljamas, sus libros sagrados ocultos en las genizahs, sus casas que, al salir de ellas para siempre, habían cerrado simbólicamente con grandes llaves. Muchos de ellos las llevaban permanentemente encima, como si el sentir el peso de aquel trozo de hierro, les recordase, en cada momento, que en un lugar querido y lejano había un hogar que les pertenecía.

Ben Gaón sabía bien lo que era aquello, porque él también guardaba la llave de su casa sevillana como el objeto más preciado. Era el símbolo de todo lo que una vez había sido, y estaba convencido de que mientras la poseyese, tendría la seguridad de que un día podría retornar, introducir la llave en la complicada cerradura, dar dos vueltas y volver a entrar en el gran patio. Entonces todo volvería a ser como antes de la gran locura.

Cuando terminó de hablar, vio que aquellos hombres tenían los ojos húmedos. Había sabido llegar hasta su corazón, y al salir, todos le rogaron que fuese con cuidado y le abrazaron como si se tratase de su hijo o de su hermano.

Fue entonces cuando, por primera vez en toda su vida, tuvo la certeza de que su pueblo nunca podría desaparecer. Pasarían los años, los siglos, pero siempre existiría un firme lazo entre todos ellos, se hallasen donde se hallasen. Algo más fuerte que ellos mismos les haría ayudarse y comprenderse.

Al volver, aún sumergido en aquellos pensamientos, me dijo que Isaac Ababanel quería conocerme y presentarme a los restantes miembros de la Aljama de Fez. Le prometí que así lo haría en cuanto tuviese oportunidad.

Después, se emocionó. Debía partir cuanto antes. No podía abandonar a los que, impacientes, le estarían esperando, amenazados por el inquisidor de Córdoba, Diego Rodríguez de Lucero, un hombre cruel y malvado que odiaba a los judíos. Recordé la sombría mirada de aquel dominico en la Moreruela, que aquella terrible noche me pareció la sombra de Torquemada.

Al día siguiente, apenas se recortó el sol en las colinas que rodeaban la ciudad, Ben Gaón, Muley Ben Abdul, Da Silva, el piloto, y los marineros que deseaban marchar, acompañados de ocho hombres aguerridos, se dispusieron a ir hasta Tánger. Desde allí, aprovecharían un día en que el revuelto mar del estrecho lo permitiese para cruzar por Tarifa.

No puedo negar que lloré como un niño. Una vez más el destino me separaba del que consideraba mi padre adoptivo. Un hombre que me había dado todo lo que poseía sin esperar nada a cambio. Era sin duda la compensación que el destino me proporcionaba.

Cuando Ben Gaón y su comitiva desaparecieron tras una colina, sentía tanto dolor que me refugié en el patio. Allí de nuevo encontré al grupo de ciegos sentados, esperando pacientemente a que saliese Al Abdul. Todos ellos, sin excepción, tenían la certeza de que aquel gran cirujano era su última esperanza y no estaban dispuestos a moverse de allí hasta que les atendiese y diagnosticara sus dolencias.

Me senté también junto a la fuente. Allí mi pesar pasaría inadvertido, o al menos eso era lo que yo creía, pues el paciente ciego al que Al Abdul había examinado se acercó hasta mí y me preguntó directamente cuál era la causa de mi pesar y de mis lágrimas. Me sorprendió su sensibilidad y le contesté que mi padre había partido hacia Castilla, en donde debía arrostrar graves peligros. El ciego levantó la cabeza como si, en realidad, pudiese verme, y susurró que me comprendía. Añadió que yo no podía ver a mi padre y que, de alguna forma, eso era como estar parcialmente ciego. Entonces comprendí que aquel hombre sensible había dado en el clavo. Yo era ciego como ellos, pues tampoco podía ver a mi padre, ni a mi país, ni a mi familia. Todos éramos de, alguna manera, ciegos. En aquel momento, pude entender bien lo que aquellos hombres sentían. Nunca había reflexionado sobre la ceguera y supe entonces lo doloroso que era prescindir de todo, valerse exclusivamente de la imaginación para poder entender el mundo.

En aquel trance me hallaba, cuando llegó Abdallah Al Abdul. Observé que parecía ensimismado y pensativo, pues pasó junto adonde me hallaba sin verme. Lo seguí sin que se apercibiese de mi presencia y tras él penetré en la sala donde pasaba consulta e investigaba.

Al entrar allí me quedé boquiabierto. Nunca, ni tan siquiera en la biblioteca del Monasterio de la Moreruela, había visto tantos libros y manuscritos. Varias estanterías, con una altura similar a dos hombres colocados uno encima del otro, llenaban las espaciosas paredes y tres grandes mesas se desbordaban de libros. Otra sala, separada por una arcada de piedra, se hallaba repleta de frascos y matraces. En una larga mesa de mármol, bajo una ventana, el cadáver desnudo de un hombre abierto en canal, mostraba sus órganos, así como las capas de tejido que los protegían. Aprecié la experta mano que lo estaba diseccionando, pues la precisión de los cortes y la exacta separación de los tejidos indicaban no sólo un gran conocimiento de la anatomía, sino una gran experiencia con el bisturí.

Al Abdul no me prestó la más mínima atención. Tenía, en una pequeña mesa auxiliar, un viejísimo libro abierto, como si lo estuviese estudiando. Me acerqué y busqué su portada. Se trataba de Las Pandectas, de Thabit Ibn Qurrá. Junto a él La Farmacopea, de Masawayh, también abierta y colocada en un atril, mostraba la composición de algunos venenos.

La brillante luz de la mañana, filtrada por las láminas de mica casi transparente que impedían el paso del polvo y el viento, proporcionaban una luz difusa muy adecuada para el trabajo de disección, creando un ambiente de serenidad que me sorprendió.

Sin mirarme, como si no se dirigiese a mí, Al Abdul me señaló la bolsa estomacal abierta. En ella, se encontraban unos pequeños trozos de color negruzco. Al Abdul sólo murmuró una palabra: acónito.

Sin duda, aquel era el veneno que había ocasionado la muerte del hombre. El cadáver tenía los ojos abiertos, las pupilas dilatadas y la boca abierta, como si hubiese muerto asfixiado. Acónito, repitió Al Abdul, señalando el cuerpo.

Entonces me explicó que aquel cadáver pertenecía a un paciente suyo. Un cristiano portugués que llevaba largo tiempo residiendo en Fez y que no parecía tener la menor intención de marcharse. En los últimos tiempos, sufría de fuertes dolores en las mandíbulas. Él le había recetado una gota de un jarabe hecho en una proporción de un centésimo de una disolución de acónito. El hombre, al sentir alivio, le había preguntado cuál era aquella solución que tan rápidamente le aliviaba. Al Abdul sin meditarlo, se lo dijo. Al cabo de tres días el portugués, de nuevo, había sufrido grandes dolores, y sin encomendarse a nadie, se acercó a la medina y en la herboristería compró una raíz seca de aquella planta. En su desesperación había devorado aquella planta, convencido de que cuanto más tomase, más aliviado se sentiría.

Al Abdul se culpaba. Era la primera vez en su vida que le proporcionaba la composición de un remedio a un enfermo. Me reconoció que aquello había sido un error y una grave imprudencia por su parte.

Luego, de nuevo, señaló el cadáver. Ya no se podía hacer nada por él, pero aquel cuerpo sí podía hacer algo por los demás, y los médicos teníamos la obligación de comprender algunos procesos para entender mejor la verdadera causa de la muerte.

Me pidió entonces que diseccionase los músculos y los tendones de un brazo. Comprendí que con aquella prueba deseaba comprobar mi formación, y me dispuse a ello para lo que cuidadosamente extraje el instrumental necesario del baúl que Abraham Revadel me había legado. Mientras las iba disponiendo en orden en la mesa, Al Abdul apreció aquellas herramientas, alabando su magnífica factura. Después, permaneció en silencio junto a mí y me dejó hacer.

Apenas en el lapso de tiempo en que se ensilla una caballería, había logrado descubrir limpiamente los tendones. Me extrañó comprobar su estado de tensión, como si el cadáver aún estuviese haciendo un esfuerzo con el brazo. Al Abdul me explicó que ese era el resultado del veneno. En unas cuantas horas más, el cadáver se descompondría con más rapidez, si cabía, que otro muerto por un trauma, como era el caso de los que morían aplastados por un carro o por la caída de una caballería. Cuando terminé la disección, me demostró la fuerza de algunos venenos, aplicándolos sobre unos conejos que, para tal fin, mantenía en una jaula del patio, junto a su laboratorio.

Cogió por las orejas a uno de los animales y hábilmente lo ató a una mesa que disponía de argollas de hierro de varios tamaños. Entonces se dirigió a una estantería llena de recipientes de distintos tamaños y colores, y con mucho cuidado tomó una botellita azul que me recordó la que mi madre utilizaba para conservar su perfume. La abrió con suma precaución e introdujo una cánula finísima, extrayendo una minúscula gota con ella.

Mientras llevaba a cabo tales operaciones, me explicó que se trataba de una solución de cicuta destilada por él mismo. Se dirigió al conejo y depositó, en uno de los ojos, una mínima gota, apenas visible. El animal se agitó y en breves instantes murió. Al Abdul seguía hablando, descubriendo el proceso que estaba teniendo lugar. Me explicó pacientemente que su rápida muerte había tenido lugar por asfixia. De nuevo, hizo un gesto señalando el cuerpo, al igual que el cadáver que yacía sobre la mesa de disección.

Al Abdul me observó para ver mi reacción. El hombre había masticado acónito. El conejo había muerto por el solo contacto con el extracto de cicuta. Sin embargo, la verdadera causa de la muerte, en ambos casos, era la asfixia. Había, pues algo, en común en estos dos venenos, en apariencia tan distintos.

Luego cogió su lupa y una lámpara de aceite, acercándola a los ojos del cadáver. Me permitió observar que el fallecido tenía las pupilas muy dilatadas, tanto que apenas se podía apreciar el color de sus ojos. Luego procedió a realizar lo mismo con los ojos del conejo. El animal tenía también las pupilas enormemente dilatadas. En aquellos venenos había algo más en común, algo que no sólo hacía que los sujetos por la acción del veneno se asfixiasen, sino que las pupilas se dilataran.

Entonces Al Abdul me observó con aire interrogante, mientras escogía otro frasquito de entre su enorme colección. Éste era de color verde oscuro con el tapón alargado. Una etiqueta indicaba su contenido: extracto de belladona, y con él en la mano se dirigió a la puerta. Acompañé al exterior al que ya consideraba mi nuevo maestro. Una vez en el patio, llamó a uno de los pacientes ciegos. Un hombre alto de tez muy oscura, aún joven, de nombre Naghib. Le pidió que se tendiese en el banco de piedra que conformaba el límite del patio. El hombre obedeció sin dudarlo, al parecer sin sentir la más mínima desconfianza. Comprendí que aquellas gentes habían puesto su fe en el médico, y de pronto, al ver aquella muestra de confianza, intuí que esa entrega total hacía más fácil la curación. De alguna manera, era como si se hubiesen entregado a él, convencidos de que aquella, quizás, fuese la última oportunidad, y esa confianza les ayudaba más que las propias medicinas. Envidié a aquel médico. Él conocía los secretos de la vida y de la muerte. Sabía dónde se hallaba el límite, la línea finísima que separaba lo que estaba dotado de vida, animado por un espíritu interior de lo que sólo era ya polvo, materia muerta carente del principio vital.

Naghib se tendió obediente, y Al Abdul le abrió un ojo, separando con gran delicadeza los párpados con sus dedos. Aparentemente, era normal, pues en él no se apreciaba ningún trauma. Aquel hombre, me explicó, se había quedado ciego a causa de un fuerte golpe en la cabeza. Me rogó que esperase unos instantes y volvió a entrar en el laboratorio. Regresó de inmediato, portando una bandeja en la que traía la lupa, el espejo, la redoma con el extracto de belladona, un fortísimo veneno, según me había dicho. También traía un vaso en forma de campana que tenía grabadas las medidas. En él, había puesto agua hervida hasta alcanzar la medida de un cuartillo. Con extrema precaución, dejó caer una gota del extracto y agitó el contenido con otra pipeta.

Luego me pidió que sostuviese la lupa y el espejo, y con una cucharita de plata, en la que depositó una gota de aquella solución, hizo tragar aquella mínima cantidad al hombre que se hallaba inmóvil, relajado, esperando las órdenes de su médico. Después solicitó que dirigiese la luz a la pupila derecha de Naghib. Pude observar cómo, en pocos instantes, ésta comenzaba a dilatarse, a pesar de la intensa luz que allí había. Al Abdul interrogó al paciente. ¿Veía algo? ¿Era capaz de percibir, al menos, una leve sombra? El hombre negó con la cabeza. Al Abdul me observó. El ojo funcionaba igual que una noria con los cangilones rotos. La pupila se había dilatado, pero eso no significaba que la luz que por ella entraba pudiese llegar hasta el lugar donde se producía la visión. Algo interrumpía aquel camino. Algo fundamental se había roto dentro de aquel hombre que ya nunca podría recuperar la vista.

Aquel primer día en el que estuve trabajando junto al médico de Fez, aprendí que mis conocimientos eran suficientes para diseccionar un cadáver, pero que apenas alcanzaban a algo más. La certeza de mi ignorancia, del enorme cúmulo de Ciencia, experiencia y sabiduría que, como una enorme montaña, debía ascender con gran esfuerzo personal, poniendo en aquel empeño una voluntad de hierro, no me desanimó. Muy al contrario, fue aquel día cuando tuve la certeza de que si aquel hombre me ayudaba, alguna vez también yo llegaría a ser un verdadero médico.