Shalom Sefarad
VI la Llave del Destino
VI
LA LLAVE DEL DESTINO
Llevábamos unas cuantas semanas de viaje y empecé a comprender la enorme distancia que nos separaba de El Cairo. A pesar de ello, no sentía ningún temor, pues la fuerte personalidad de Al Jindak me hacía confiar en que lograríamos nuestro propósito.
Cada noche, me hablaba con más confianza, ya que aprovechaba esas horas de descanso para instruirme. Su pretensión era no perder ni un instante para que, así, cuando llegásemos a El Cairo, no sólo nos conociésemos a la perfección, sino que, a partir de entonces, trabajásemos concertadamente.
Apenas teníamos tiempo para cambiar un saludo mientras viajábamos. Al Jindak sabía bien cuál era su responsabilidad, y gracias a su experiencia solventaba con éxito lo que iba aconteciendo cotidianamente. Día a día, me admiraba más aquel hombre, pues poseía una gran fuerza intelectual, acompañada de una gran voluntad, por lo que nada se le antojaba imposible.
Nos adentramos en el desierto El Hidab El Aliya, una amplísima meseta que nos conducía por la zona más segura hacia Tunisia. Al Jindak no deseaba acercarse a la costa, ya que la influencia de los berberiscos se hacía notar incluso en el interior. Me comentó que con seguridad no dudarían en atacarnos para apoderarse de la caravana en cuanto tuviesen la menor noticia de nosotros.
Por tal motivo, a partir de entonces procurábamos viajar por la noche, con lo que de una parte evitábamos las horas de más calor, y de otra, era casi imposible que fuésemos descubiertos. Para ello, apenas observábamos el albor del amanecer, cuando nos deteníamos aprovechando la orografía, introduciéndonos en alguna caverna de las muchas que naturalmente existían en la zona.
Era prudente actuar así, ya que, en caso contrario, nos exponíamos a ser asesinados, pues los bandidos que merodeaban por la región jamás dejaban escapar a nadie con vida, garantizándose así su impunidad.
La otra opción hubiese sido suicida, porque apenas nos acercásemos a Argel, los propios corsarios berberiscos que asolaban los alrededores de aquella ciudad, hubiesen dado buena cuenta de nosotros o, en el mejor de los casos, nos capturarían para vendernos como esclavos.
Pero todo ello no parecía amedrentar a Al Jindak. Muy al contrario, hubiese jurado que disfrutaba con aquello, tomándoselo como un reto o, incluso, como un juego peligroso que no le hacía perder el sueño en lo más mínimo.
Para evitar, por tanto, ser vistos y tener la certeza de que nadie podría observarnos, utilizábamos leña tan seca que apenas hacía humo, lo que, por otra parte, no era difícil de obtener en aquel desierto.
Algunos de los guerreros contratados por Al Jindak eran tuaregs. Uno de ellos, de aspecto aguileño, era un jefe, Al Rashih, que iba acompañado de otros siete de su misma tribu, hombres que conocían aquellos parajes como nadie y que parecían capaces de oler el agua a muchas leguas de distancia. Cierto que sus propias monturas parecían conducirlos en la dirección adecuada a través de ríos secos, montañas de piedra, lagos llenos de una dura costra de sal y dunas de arena que cambiaban constantemente de forma, empujadas por el viento. Nunca antes, ni tan siquiera en la vasta meseta castellana, había podido imaginar lo que significaba el infinito. Lo aprendí en aquel desierto, un lugar sin límites, en el que la pureza del aire permitía distinguir con precisión minúsculos detalles a enormes distancias.
Para Al Jindak aquel era un lugar tan bueno como otro cualquiera, con la ventaja de estar casi vacío. De hecho, era muy difícil, casi imposible, tropezarse con alguien en aquella inmensidad.
A pesar de ello, una tarde, cuando empezábamos a recoger el campamento para aprovechar la oscuridad, oímos piafar a un caballo en algún lugar cercano. No pudimos impedir que uno de nuestros animales le contestase con un sonoro relincho, y en aquel momento llegué a creer que todo había terminado para nosotros, pues si se trataba de bandidos, con seguridad llevaban días vigilándonos, y se habrían reunido en número suficiente para poder atacarnos.
Uno de nuestros tuaregs trepó ágilmente a una roca cercana, desde la que se divisaba el cauce de un río seco que formaba un profundo desfiladero. Se asomó con el mayor sigilo y enseguida retrocedió, haciendo un gesto entre el asombro y la precaución.
Al Jindak no pareció inmutarse. A su gran personalidad unía un valor fuera de lo común. Trepamos al risco junto a nuestro tuareg, y una vez allí pudimos ver un increíble y penoso espectáculo.
En el fondo del barranco, se hallaban no menos de doscientos hombres negros, encadenados todos ellos por una de sus muñecas, sentados formando círculos. Inmediatamente, comprendí que eran esclavos o, como allí eran llamados, «cabezas de negros». Los conducían media docena de árabes montados en camellos, seguidos por otros que llevaban animales cargados con provisiones y aperos.
Al instante, comprendimos que habíamos dado con una caravana de esclavos. No podía imaginar desde qué remoto lugar venían aquellas gentes caminando, conducidos como animales para ser vendidos en alguno de los mercados de Argel. Los árabes nos vieron por un descuido de uno de los nuestros y parecieron alarmados al darse cuenta de que eran vigilados, pero al comprender que no éramos forajidos, parecieron olvidarse de nosotros y se dedicaron a organizar su campamento.
No pude evitar pensar que no había tanta diferencia entre aquellos pobres infelices, obligados por la fuerza a abandonar sus pueblos, y nosotros, los judíos, que también éramos desterrados, cuando no asesinados por gentes ajenas a nuestra raza. Esa comparación hizo que sintiese una gran compasión por ellos. Allí, en aquella larga fila, había hombres, casi todos jóvenes o en plenitud, pero también iban, al menos, una docena de mujeres de entre quince y veinte años.
No podía comprender el inhumano proceder de aquellos individuos que los habían capturado probablemente entrando a saco en uno de sus poblados por sorpresa, y con seguridad asesinando a todos los que no podían soportar el larguísimo viaje o que se resistían demasiado. Creo que fue la primera vez que me cuestioné la esclavitud. Había estado meditando sobre el concepto de libertad, del que tanto me hablaba Al Jindak, y de improviso me topaba con aquellos seres humanos, privados de todo. Pude ver cómo uno de los árabes, ciego de ira, la emprendía a latigazos con uno de los esclavos.
Noté entonces junto a mí la presencia de Al Jindak. Aquel hombre había sufrido una experiencia similar, por lo que con toda probabilidad podría comprender mucho mejor que yo los sentimientos y las reacciones de aquella gente. También recordé a mi buen Yusuf, que tuvo la mala fortuna de morir en la tempestad.
Al Jindak notó mi indignación, pues, de pronto, había comprendido en toda su acepción aquella palabra y lo que significaba ser esclavo, algo peor que la muerte, ya que, a partir del instante en que un ser humano era esclavizado, la vida ya no merecía la pena. Recordé el día en el monasterio, cuando había tenido la ocasión de leer el Decreto por el que se nos expulsaba de Castilla. Según él, éramos poco más que esclavos de la Soberana de aquel Reino, y ella podía expulsarnos o, incluso, se reservaba algo más definitivo. Esa ominosa amenaza venía a significar que podíamos ser eliminados, borrados de la faz de la tierra, aniquilados por el mero capricho de una Reina.
La visión de aquellos pobres individuos me había devuelto la indignación. Ningún ser humano podía ser privado de su libertad por otro ser humano. A nosotros, nos había ocurrido varias veces a lo largo de la historia. Ben Gaón me había hablado de ello. Nabucodonosor cedió a descendientes de la casa de David a los reyes Pirro e Hispano, quienes los habían traído a España. Eso lo contaba Estrabón. Más tarde cuando Jerusalén había sido destruida por Tito, muchos miles de judíos, entre los que con seguridad se contaban mis antepasados, habían emigrado a la Península Ibérica.
Vivieron siglos en armonía, inmersos en la pax romana. Después, los visigodos, al abandonar el arrianismo, los discriminaron. De nuevo, hubo una época de paz con los árabes, en la que ambas culturas brillaron, apoyándose una en la otra, hasta que los cristianos culminaron la Reconquista, tomando, en ese momento, la decisión de expulsarnos a unos y otros, porque en modo alguno querían compartir aquellos Reinos con nosotros.
Al Jindak me había explicado su punto de vista. En el fondo, ardían las hogueras de la intolerancia. Según un sirio que acababa de volver de Granada y que permaneció unos días con él en Fez, Cisneros estaba quemando los libros árabes. Era un intento fanático por llegar a esa decisión final. Cisneros era un hombre astuto e inteligente. Sabía que, para eliminar aquella civilización, primero tenía que acabar con su cultura.
—Allí —decía, emocionado, Al Jindak, señalando hacia el norte— arden los manuscritos de Maslama, el matemático, de Abu lshaq Ibrahim, el astrónomo, de Al Idrisi, el geógrafo, de Al Gafiqi, el farmacólogo, de Ibn Baskuwal, el biógrafo. Pero por encima de todos ellos señaló que también ardía con vivas llamas la poesía, que había llegado en Al Ándalus a un nivel extraordinario.
Vi cómo mi mentor se ponía en pie y con su extraordinaria voz recitaba las estrofas de una moaxaha.
«Guardianes de un paraíso de jazmines,
azucenas y lirios; almenas enhiestas
que esconden todos los placeres.
Nadie podrá entrar de nuevo, pues la
llave está en manos del destino».
Al Jindak permaneció un largo rato silencioso. Un poco más tarde, abandonamos el campamento entristecidos. Por doquier, el hombre escarnecía al hombre, y sólo podíamos mirar hacia delante en la confianza de que, en algún lugar, las circunstancias se tornaran más benevolentes.