Shalom Sefarad
VIII Yuste
VIII
YUSTE
Es difícil expresar todo lo que sentí en mi viaje. Una escolta nos acompañó en largas etapas a Madrid, y desde allí, otra de refresco, hasta Yuste. La gente se asomaba a las ventanas a ver pasar la comitiva, alarmada al ver el estandarte imperial y otro que para ellos resultaría desconocido.
Yo hice el viaje a caballo. Al principio, al verme tan anciano, quisieron disponer una carroza, pero me negué. Toda mi vida había cabalgado, me gustaba hacerlo y no quería apoltronarme, por lo que desistieron y me proporcionaron un caballo a mi gusto, que en verdad me hizo el recorrido cómodo.
Tal vez la edad lo enfría todo. No era capaz de sentir odio por aquellos que nos cruzábamos en los pueblos, ni tan siquiera por los soldados que me servían de escolta. Sabía que todavía seguían los autos de fe, que los conversos, es decir, los judíos, seguían pagando con su sangre la codicia de unos cuantos, pero no era el pueblo. Cada vez más, las gentes se habían dado cuenta de la verdadera pretensión de la Inquisición: esquilmar los bienes, las propiedades, con la coartada de la fe. Para entonces me parecía algo tan evidente que sentía vergüenza ajena al pensar en ello.
Los verdaderos culpables eran los que se amparaban en sus hábitos y vestimentas para esconder dentro de ellos los demonios de la intolerancia, de la ambición, de la codicia. Los que fomentaban aquella barbaridad tanto allí como en otros lugares de Europa, incluso de las Indias, pues por aquellas tierras se estaba extendiendo el mismo mal.
Sin embargo, no quería pensar en todo eso. Permanecía dentro de mí la extraña sensación que había sentido al ver la costa recortada desde lejos. Era el mismo sabor agridulce que tantas veces había sentido al suspirar, cuando el peso de los recuerdos se hacía ya tan insoportable que terminaba por doblar el ánimo y vencerlo, aunque la voluntad quisiera imponerse.
Finalmente, un día caluroso, fatigado el cuerpo, me encontré frente a la puerta del monasterio, y palacio al tiempo, que aquel Emperador se había hecho construir para morir alejado de todos y de todo, harto de pelear y batallar por algo que sabía perdido desde el principio. No me sorprendió la sencillez del edificio. No hace falta mucho para morir.
Unos sencillos estandartes, sin más pompa, esperaban a la puerta. Una compañía de soldados se mantenía de guardia a una distancia prudencial.
Un fraile, que se me presentó como el prior del monasterio, de la Orden de los Jerónimos, me hizo pasar. Cruzamos un claustro recién construido. Me acompañó a una celda para que descansara y pudiera asearme y mudarme si lo deseaba. Me dijo que el Emperador sabía de mi llegada y que me recibiría por la tarde, después de la siesta. En verdad hacía tanto calor que le supliqué me proporcionara unas jofainas con agua fresca, porque necesitaba humedecer mi piel.
Cuando me hube aseado, me tendí en el frugal lecho que para mí habían preparado. Sonreí. Creí volver a hallarme en La Moreruela, volver a mi juventud. Imaginé que de pronto, por aquella puerta por la que había que agachar la cabeza para pasar, entraría Manasseh Ayish. Tuve que apretar fuerte los puños. Aquello estaba terminando, y tal vez en el momento de la verdad me costara abandonar todo lo que había alcanzado, pero no podía quejarme.
Afuera en la pineda, las chicharras no descansaban ni un instante, cumpliendo su trabajo, marcando el hilo de las horas. Así pasó la tarde.
Comenzaba a refrescar cuando vinieron a decirme que en breve plazo iba a ser recibido por el Emperador. Estaba preparado. Me había puesto una de las túnicas recamadas, de honor, la capa de servidor del Sultán, el fajín que me señalaba como diplomático. Cogí la carta lacrada y esperé.
El secretario del Emperador apareció en el quicio de la puerta. Me advirtió que su señor se hallaba enfermo, que sólo disponía de un breve lapso de tiempo, y que hablase alto para que me oyera. Lo seguí por las escaleras, cruzamos de nuevo el claustro. Carlos V se hallaba sentado en una sencilla jamuga en un costado de la capilla, una especie de cámara que permitía entrar el sol de la tarde, que tenía a sus espaldas.
Me quedé en pie frente a él, apenas a diez pasos. Me miró como estudiándome. Uno de sus ojos lagrimeaba ligeramente. La enfermedad había hecho presa final en aquel hombre. Estimé que no le quedaban ni dos semanas de vida.
—¿Quién sois?
Su voz quebrada rompió el silencio que hasta las mismas chicharras habían hecho. Respondí sin dudarlo. Él sabía bien quién era yo, pero tal vez no se esperara oír lo que contesté.
—Un judío, mi señor, David Meziel, judío nacido en Toledo. Hoy Embajador del sultán Suleyman, El Legislador, El Magnífico, Señor de la Sublime Puerta, Califa de La Meca. Pero debo añadiros, mi señor, que por encima de todos esos títulos, el mío y el que más me honra es el de médico sefardí.
El Emperador levantó la cabeza. Aquello comenzaba a interesarle. No esperaba tal respuesta, y pareció revivir, acomodándose algo en su jamuga.
—Mis Embajadores me pidieron que os recibiese —contestó el Emperador—, porque según tengo entendido, traéis un mensaje del sultán Suleyman. Leedlo si os place, que mis ojos ya no son capaces de tal hazaña, pues los he ido gastando inútilmente en tratados y decretos a lo largo de mi vida, y en tal trance me veo que he llegado al punto de no ver ya ni lo que como. Aún de lejos me defiendo mejor y veo que, aunque como yo, sois hombre de edad, la real diferencia es que vos la lleváis con fortaleza y dignidad, y yo apenas puedo ir de la silla al lecho, y poco más.
»Leed, pues, Embajador, que gran interés tengo en saber qué desea de mí el poderoso Sultán de Istambul. Tomad asiento si lo deseáis. Vos sois médico y con ese título siempre se han sentado a mi vera para reconocerme, y yo, el Emperador, lo soy ahora de la enfermedad, príncipe de las llagas y señor de las pústulas. Aquí me tenéis, esperando la muerte, caquéctico, quebrado, gotoso y achacoso. No hay títulos que valgan, sino todo lo más, un hombre que se apresta a morir y otro que con buena voluntad viene a visitarlo.
Comprendí que hablaba en serio. Alcancé una jamuga junto a la pared y la trasladé apenas a un paso de la suya. El Emperador me vio hacer e intentó una leve sonrisa, que era más una mueca que otra cosa.
—Bien —prosiguió Carlos—, ahora ya no somos más que dos ancianos que se cuentas sus cuitas. Leedme de una vez esa misiva, que como están las cosas, tal vez no os dé tiempo a que la escuche entera.
Me admiró ver su estado de ánimo. Aquel hombre no se dejaba vencer por su enfermedad, y aunque cierto de su inminente destino, seguía bromeando. Eso me hizo coger confianza. Busqué mis antiparras y me dispuse a hacerlo, mientras los últimos rayos de sol se escondían tras unos montes cercanos.
«En el nombre de Dios, El Clementisimo, el Misericordioso. Yo, Suleyman, llamado El Legislador, Señor de la Sublime Puerta, Sultán del Imperio otomano, Califa de La Meca.
A Carlos Habsburgo, Emperador del Sacro Imperio
Romano, Rey de España y Alemania.
Querido primo, os saludo. Habéis sido para mí el más duro
y difícil contrincante. Vuestra presencia ha hecho que la pugna mantenida a lo largo de tantos y tantos años haya dejado en tablas todo lo que hemos intentando de una y otra parte. Habéis sido para mí el mejor enemigo. Quiero que sepáis que aunque nos separan muchas cosas, hay algo que nos une: la ambición. Así, desde una distancia casi inconmensurable, nos hemos forjado el uno al otro. Vos no seriáis quien sois sin Suleyman, ni yo sin Carlos. No me cuesta imaginar lo que unidos podíamos haber hecho. Pero eso son ya sólo entelequias.
Siento en verdad vuestro estado. A la presente, os halláis
frente a uno de los mejores médicos del mundo islámico y sefardí. Os encarezco que le prestéis atención, pues tal vez pueda hacer algo por vos y si no, al menos os contestará con sinceridad lo que le demandéis, lo que no es poco en los tiempos que corren.
Quiero que sepáis que me hubiese gustado haberos
conocido, haber podido departir hablando directamente, sin intermediarios, sin Embajadores, sin condiciones. Vos sois La Cruz, y yo, la Media Luna. Hemos vivido como si el mundo fuese una enorme moneda: vos en la cruz y yo en la cara. Siempre agobiados, siempre con los problemas financieros para recaudar más, para poder gastarlo en golpearnos más y más fuerte, cuando a lo mejor, todo hubiese resultado innecesario, porque como sabéis mejor que yo, vos os hayáis en Yuste esperando acabar de una vez, y yo pronto seguiré el mismo camino.
Querido primo. No hemos conseguido apenas nada de lo
que nos propusimos, ni vos, ni yo. Hemos sacrificado nuestra vida a una larga e inútil batalla que para nosotros está terminando y que para los que nos siguen apenas ha hecho más que comenzar.
Hemos sido enemigos naturales. Así nos le enseñaron, y
creo que jamás nos paramos un instante a comprobar que tal aserto era verdad. Hemos sufrido más por lo cercano que por todo lo que suponía nuestra gran diferencia. Vos lo sabéis bien: los comuneros, la guerra civil, el egoísmo de los nobles, las luchas de religión (dentro de la católica y la cristiana). Habéis
tenido Pavía, Roma, Mühlberg. En verdad, lo habéis tenido difícil.
Yo también. Ha sido laborioso, duro, a veces cruel. Después
de todo, sólo he conseguido que muchos me odien, que algunos me envidien y que pocos, muy pocos, sientan algo por mí.
No estáis, por tanto, sólo en vuestras cuitas. Quería que lo
supieseis antes de que lo irremediable se interponga entre nuestras propias voluntades.
Os aprecio, Carlos Habsburgo. Habéis sido leal para
conmigo. Siempre de frente. En Argel, en Túnez, en la Goleta, en Epiro, en Malta, en todo el Mediterráneo. He tenido, por el contrario, amigos que me han atacado por la espalda.
No os entretengo más. Hubiese deseado estrechar vuestro
brazo, que hubiésemos podido brindar juntos, resolver nuestros contenciosos sin derramar más que vino en una mesa.
Me despido de vos. Os deseo la paz y la serenidad. Con ese
solo bagaje hubiésemos puesto el mundo al revés.
Quedad con Dios, Carlos. Tal vez junto a Él nos
encontremos.
Suleyman El Legislador. Sultán del Imperio».
El Emperador se quedó mirándome fijamente, estupefacto. No esperaba aquello. Pero creo que el mensaje que había recibido era inequívoco y expresaba muchas de las añoranzas y deseos que él también había tenido a lo largo de su vida.
Veía claro que no sabía qué decir. Así permanecimos un largo espacio de tiempo, mientras observaba cómo temblaban sus manos y sus ojos permanecían húmedos, pensando tal vez en todo lo que pudo haber sido y nunca fue.
—Mi buen amigo —se dirigió a mí coloquialmente, como solían hacer los Reyes con los que no eran de su clase—, habéis hecho por mí algo que pocos hombres han accedido a hacer. Mayor valor le doy por el hecho de que seáis judío, pues en verdad que en este Reino no lo han tenido fácil. Creo que en eso, como en tantas otras cosas, también hemos errado. Pedidme lo que queráis, que no tengo otro deseo que concedéroslo, porque habéis aportado algo muy valioso para mí en estos momentos en que sólo me puede servir el espíritu. ¿De qué me valen relojes, armaduras, espadas, tapices, joyas y muebles? ¿De qué mis posesiones? ¿De qué mis títulos? Sólo las palabras como las que habéis tenido la caridad de traerme desde el otro lado del mundo, a riesgo de vuestra salud y vuestra vida, son como un último bálsamo para mí.
»¿Qué deseáis Meziel? No defraudéis mi animo sin que yo pueda hacer algo por vos.
Yo tampoco había esperado aquello. También a mí me cogió de sorpresa, pero supe lo que mi corazón deseaba, y así se lo hice saber a aquel moribundo que anhelaba poder complacerme.
—Si, Majestad —me sorprendía mi fluido castellano—, os lo agradezco infinito. Quisiera que me proporcionaseis un salvoconducto para poder visitar la casa que una vez fue mi hogar, cuando aún Vuestra Majestad no había nacido. Quisiera tocar sus piedras, andar por los caminos por los que un día corrí siendo un chiquillo, cuando creí que el mundo era igual para todos. Quiero ver Toledo de nuevo antes de morir. Eso es lo único que deseo y si me lo concedéis, me haréis feliz y os estaré eternamente agradecido.
—Así será —creí notar que el timbre de voz del Emperador era más firme —. Os ruego que tiréis de esa campanilla para que pueda asistirnos mi secretario y el Notario Mayor del Reino. Dad vuestro deseo por cumplido.
»Decid también a Suleyman que ahora he entendido por qué le llaman El Magnífico. Ha sido capaz de hacer lo que yo sólo he podido elucubrar. Decidle que coincido con él en mucho y que también dentro de mí siento que nos haya separado lo accesorio, cuando con un ligero esfuerzo, hubiésemos estado de acuerdo en lo fundamental: que él es musulmán y yo, cristiano. Pero a fe que ahora que estoy a un paso de la muerte veo que Dios tiene que ser misericordioso para el que cumple de buena fe lo que le han enseñado.
»Id, pues, con Dios, que también sobre los judíos comienzo a opinar lo mismo, y creo que en eso también me he dejado engañar.
Incliné mi cabeza en señal de agradecimiento y salí despacio de la cámara. Allí quedaba Carlos Habsburgo pensativo, mientras su secretario personal, acompañado de un engolado personaje que debía ser su notario, entraba para recoger los deseos de su amo.
Me sentí liberado. Mi misión había terminado, y podría volver a pisar Toledo. Aquello me oprimía el corazón por la emoción que sentía, pero debo reconocer que hacía muchos, muchos años, que no era tan feliz.