Shalom Sefarad
III la Tempestad
III
LA TEMPESTAD
Apenas habían pasado unos meses, cuando una mañana, muy temprano, Al Jindak vino personalmente a llamarme. Increíblemente, un bajel procedente de Sevilla había llegado al puerto.
Al oír aquella noticia, mi corazón comenzó a latir apresuradamente. Mientras ambos corríamos hacia las dársenas, comprendí que no podía engañarme. Entre España y yo no había más que una enorme y descomunal distancia. Allí seguían ocurriendo trágicos sucesos, pero en modo alguno podía olvidar mi infancia, ni a mi familia. Allí, a pesar de todo, había sido muy feliz, y al igual que otros miles y miles de judíos sefardíes, de todas las edades y condiciones, Sefarad nos había marcado con una especie de tatuaje indeleble.
El barco era una vetusta y destrozada carabela con el palo de mesana abatido, probablemente por una tempestad. Los restos del cordaje formaban un amasijo sobre la cubierta, y aquello llegó casi a emocionarme, pues no en vano había sufrido una experiencia similar.
El navío estaba vacío, y por unos momentos llegué a pensar que se trataba de un barco fantasma que, impulsado por el viento, había llegado hasta allí, recorriendo una tremenda distancia, sólo para recordarme una vez más quién era yo realmente.
Pero no, enseguida supimos que, en un astillero cercano, en el interior de un almacén, se hallaba un grupo de personas. Al entrar en él, vimos que estaban tendidas en el suelo, utilizando parte del velamen para protegerse. Tanto Al Jindak como yo permanecimos mudos durante unos instantes. Luego nos acercamos a ellos para preguntar quiénes eran y conocer su odisea.
Había en el grupo no menos de seis mujeres, incluso varios chiquillos que debían hallarse agotados, pues ni, tan siquiera, levantaron la vista al vernos llegar.
Alguien, que me resultó levemente familiar, se levantó desde un oscuro rincón y se dirigió hacia donde me hallaba. Al pronto creí que mi vista me engañaba. Era Ben Gaón.
Por un momento, Al Jindak creyó que me había trastornado, pues, corriendo hacia él, abracé a mi padre adoptivo, mientras lanzaba sonoros gritos de alegría.
¡Ben Gaón! ¡Joel Ben Gaón! Allí observándome con detenimiento, se hallaba el hombre al que debía mi vida en todos los sentidos.
Cuando ambos nos serenamos, insistió en que le contase todo lo que me había sucedido desde que decidió volver a Al Ándalus. Le expliqué cómo su constante recuerdo me había acompañado todos y cada uno de los días.
Mientras, Al Jindak hizo preparar una de sus residencias para que pudiese acoger al grupo de refugiados, diecisiete en total, ocho hombres, seis mujeres y tres niños, todos ellos sefardíes. No llevaban con ellos nada de valor, exceptuando unas cartas de crédito que Ben Gaón portaba en su falquitrera, pero que debería hacer efectivas en El Cairo, por lo que, al punto, Al Jindak se prestó a adelantarle el oro que fuese necesario.
Aquella misma noche, todavía emocionados por el encuentro, Ben Gaón accedió a narrarnos sus aventuras.
Habían podido rescatar a aquellas personas de las mismas garras de la Inquisición. No lo había hecho sólo por tratarse de judíos sefardíes, aunque eso había contado, sino porque dos de las damas eran primas suyas, hijas de una hermana de su padre. No podía consentir que sufriesen aquel terrible trance, y cuando supo que habían sido detenidas y llevadas a las mazmorras de la Suprema, preparó un arriesgado plan para liberarlas.
Aprovechó que la cárcel estaba situada en la margen del Guadalquivir, puesto que él había llegado a Sevilla disfrazado como un comerciante portugués. Luego recordó que conocía a un familiar de la Inquisición que había intervenido en el caso. Aprovechando la noche, se llegó hasta su casa, un pequeño palacio que aquel hombre había adquirido por muy poco dinero en una venta de bienes procedentes de confiscaciones a los marranos convictos como criptojudaizantes.
Don Juan Sánchez de Zúñiga, que ese era el hombre al que buscaba, se mostró muy sorprendido de la osadía de Ben Gaón al reconocerlo. A fin de cuentas, había orden de busca y captura contra él desde que hacía tantos años huyó a Lisboa.
Ben Gaón cortó aquel discurso y fue al grano. Le dijo que quería liberar a sus dos primas y sus familias. Le advirtió que no intentara nada contra él, porque si lo hacía, él mismo día se haría pública una acusación contra Sánchez de Zúñiga por judaizante, de lo que tenía pruebas. Vio cómo su oponente se ponía tan pálido como la cera y como tenía que tomar asiento, mientras comenzaba a respirar fatigosamente. En efecto, Sánchez del Zúñiga era descendiente de conversos, lo había mantenido en gran secreto sabiendo lo que podía llegar a ocurrirle. Su confianza se basaba en que toda su familia procedía de Navarra, y allí difícilmente podría llegar a investigar la Inquisición.
No tuvo que insistir mucho. Era la osadía casi temeraria de Ben Gaón contra la hipocresía aterrada de Zúñiga. Asintió y volvió a hacerlo cuando Ben Gaón le advirtió que no intentase nada, pues si a él le llegaba a ocurrir algo, la Inquisición recibiría las pruebas apenas una hora después.
Después de aquel forzado acuerdo, todo sucedió como habían pactado. Ben Gaón aproximó su velero hasta la Torre del Oro y esperó. A medianoche apareció una barca entre la niebla, cargada hasta las chumaceras. En ella iban los parientes de Ben Gaón, y también otras personas que se encontraban en las mismas mazmorras. En cuanto a los guardianes, una bolsa de oro para cada uno hizo más que cualquier convencimiento.
Aquella misma noche descendieron por el Guadalquivir. Eran conscientes de que debían alejarse tanto como pudiesen de Sevilla, aunque era improbable que relacionasen aquel bajel con los huidos. También contaban con la desidia de los propios familiares de la Suprema. Había tantas denuncias, tantas aprehensiones, tantos procesos en aquellos días que pronto olvidarían un pequeño fracaso. El propio Zúñiga quitaría hierro al asunto. A fin de cuentas, ninguno de los huidos era principal, y lo que era más importante, se habían llevado lo puesto, es decir, nada, en contraposición al enorme patrimonio que la Inquisición adquiría en derecho sin necesidad de establecer proceso alguno.
Ben Gaón no se confiaba nunca. La vida le había enseñado con dureza que cuando todo parecía más fácil, más sencillo, de pronto, sin saber por qué, se complicaba. Eso le hacía mantenerse en guardia permanente, pues sabía que la Inquisición era un mal enemigo en tierra, pero una vez en mar abierto, en cualquier momento podrían aparecer los berberiscos, en cuyo caso su vida y la de los suyos estaban en manos de Dios, ya que, aparte una pequeña culebrina a proa del navío, ninguna otra arma les defendía.
A pesar de esa certeza, todos respiraron cuando abandonaron la desembocadura del Guadalquivir que bajaba crecido.
Ben Gaón era hombre precavido y siempre se hacía con los servicios de buenos pilotos. De hecho, el rumbo lo marcaba Moisés Benzidour, probablemente el mejor navegante que había tenido nunca, como demostraba, a la postre, el hecho de que, a pesar de todo, había conseguido llevarlos hasta Alejandría. Aquel hombre parecía inmune a la fatiga, pues no consentía que lo turnasen, y para evitarlo, llegó a atarse a la barra del timón, corrigiendo el rumbo a sentimiento, lo que llevó a Ben Gaón a creer que llevaba dentro de su organismo un trozo de magnetita.
Aunque el barco se hallaba bien avituallado, no habían contado con tantas personas, por lo que, apenas pasaron dos semanas en el mar, comenzaron a faltar provisiones, sobre todo para los niños.
Ben Gaón sabía que era inútil acercarse a la costa. Estimó que debían hallarse a la altura de Orán, aunque muy separados de ella, pues había ido cogiendo latitud a fin de evitar un fatal encuentro.
La predicción se cumplió antes de lo que ellos mismos creyeron. Pronto aparecieron por Levante dos minúsculas velas triangulares que fueron creciendo con rapidez. Todos sabían lo que les esperaba y se encomendaron a Dios. Incluso la tripulación, que eran cristianos a sueldo, antiguos marineros portugueses de los navíos de Ben Gaón, se aprestó lo mejor que pudo a la embestida.
No tenían nada que hacer contra la ágil maniobra de los veleros perseguidores. La oscuridad cayó como un telón, mientras Ben Gaón calculaba las posibilidades de huir aprovechando la noche. En su fuero interno, no tenía la menor esperanza de volver a ver un nuevo día. Lo sentía por aquellos que le acompañaban, habían confiado en él, y aunque el azar había intervenido, no dejaba de culparse por no haber sabido elegir cualquier otra opción.
La noche se hizo sobre ellos, oscura como boca de lobo. Ben Gaón cambió el rumbo hacia el Norte, pensando que tal vez con aquella maniobra podría despistar a los berberiscos, pues, a menos de un cuarto de legua, los llegaron a tener cuando anocheció, y ya no les cabía la más mínima duda de que eran corsarios de Argel.
De pronto, vieron un lejano resplandor en el cielo. No acertaron a comprender de qué se trataba. Era una especie de halo luminoso, cerca del horizonte. Fue el piloto, Benzidour, el que supo encontrar la respuesta. Se trataba de un volcán en la isla de Stromboli. Nunca lo había visto, pero otro marino, un siciliano de Messina, lo había contado en una taberna en Cádiz, hacía de ello más de un año. Recordó que aquella isla formaba parte de un pequeño archipiélago al norte de Sicilia, Las Eolias, las islas donde habitaba el dios de los vientos.
Ben Gaón tomó una decisión arriesgada, pues, sin saber bien dónde se hallaba y expuesto a embarrancar, cambió de nuevo al rumbo opuesto, es decir, hacia el Sur. En el navío se podía oír hasta la respiración. Era una noche tranquila y sólo una pequeña brisa de Levante lo impulsaba lentamente. Los crujidos de la madera y el roce del velamen, cuando de tanto en tanto amainaba la brisa, eran los únicos ruidos.
Todos eran conscientes de que se estaban jugando la vida. Pero eso no les hacía sentir miedo. Ésa era una sensación superada que habían abandonado en Sevilla, en una mazmorra junto al Guadalquivir. En aquellos instantes, sólo una fe ciega en Ben Gaón les impulsaba.
Súbitamente, el tiempo cambió. Los crujidos de la arboladura, que sólo eso eran capaces de ver por lo cerrado de la noche, les advirtieron que algo estaba sucediendo. Las velas con una seca sacudida se inflaron en unos instantes y vieron venir el viento.
La embarcación cogió velocidad, y entonces con decisión Ben Gaón hizo aferrar las velas. Tenía la certeza de que aquel cambio de tiempo les iba a ayudar, alejándolos de sus perseguidores, que a esas alturas debían estar ciegos de rabia, al comprobar que su presa se había escabullido en la noche.
Cuando llegó el primer albor de la mañana, vieron en el horizonte una línea de altas montañas. Aquel perfil no podía ser otro que el de Sicilia. Les llenó de alegría comprobar que las velas berberiscas habían desaparecido. Sin embargo, Ben Gaón sintió dentro de si una punzada de inquietud. Aquellas eran tierras de Aragón y el brazo de la Inquisición llegaba hasta allí. No era un lugar seguro para un grupo de judíos fugitivos.
Las mujeres querían desembarcar cuanto antes, pues habían entrevisto lo que el mar, en apariencia tan sereno, podía depararles: la tempestad, el naufragio, una terrible muerte ahogados, también los berberiscos, o simples piratas. Todo eso le razonaron, primero argumentando, más tarde gimiendo, mostrándole los niños, haciéndole responsable de su obstinación.
Una de ellas, Raquel Israel, desesperada, llegó a amenazarle con tirarse por la borda al tiempo que corría hacia ella, mientras gritaba que no podía soportar más aquella situación y que prefería terminar de una vez por su propio albedrío antes que esperar a que fuesen el mar, la tempestad o el alfanje de un corsario los que se adelantaran.
Ben Gaón no se dejó convencer y se mantuvo firme y sereno. Consultó sus cartas de navegación y decidió atravesar el estrecho de Messina. Por ese rumbo seguirían hasta Túnez. Allí no tenían nada que temer, pues sabía que podía contar con la comunidad judía de aquella ciudad. Sin embargo, debían aprovisionarse de agua, pues apenas les restaba para un par de días, aunque la escatimaran.
El tiempo vino en su ayuda. Una fuerte tramontana impulsó el viejo navío, haciendo crujir todas sus cuadernas, pero Ben Gaón era consciente de que, a pesar de los riesgos, estaba en el buen camino y se alegraba de haber actuado así.
Con el cambio de tiempo, el mar se tornó de un color azul profundo, mientras en la superficie, la espuma se desgajaba por el viento que, de nuevo, comenzaba a arreciar. Las mujeres y los niños se atemorizaron ante la posible tormenta, y Ben Gaón hizo que se refugiaran en la cámara de popa, ya que era la más confortable en caso de mal tiempo.
Siguieron varios días de fuertes vientos racheados, siempre tramontana, y pensó que, al fin, la fortuna se había acordado de ellos. Si seguía unos días más, tardarían menos de dos semanas en avistar Alejandría.
Pronto se arrepintió de sus pensamientos. Una noche la extraña y súbita encalmada les redujo a una forzada inmovilidad. Una densa niebla, que parecía surgir de las profundidades, envolvió el barco. Ben Gaón nunca había encontrado algo similar. Hubiese creído que el barco flotaba en una nube, pues, desde la amura, no se veía la superficie del agua, sólo una espesísima bruma que le hacía desconfiar de que, apenas a unos codos de distancia, se hallase el mar.
De antemano, supo que algo insólito estaba sucediendo y recordó los viejos libros, como La Odisea, que advertían a los que se confiaban en aquel mar cargado de tantas leyendas.
Aquella intuición los salvó. Hizo arriar las velas. Una inusitada tensión interior le obligaba a tomar precauciones, como si los dioses del mar quisieran darle otra oportunidad. Los tripulantes lo observaron como si se hubiese vuelto loco. Hizo atar los barriles que conservaban agua. Tiró por la borda los maderos sueltos, las cajas vacías, todo lo que pudiese soltarse y rodar de un lado para otro. Aferró bien la arboladura y reforzó la pesada culebrina con gruesas maromas. Mientras, a toda prisa, hizo estibar todo lo que había bajo cubierta y colocar unas cuerdas clavadas a las paredes de la cámara para poder sujetarse a ellas.
Los hombres comprendieron pronto que Ben Gaón no estaba desencaminado y comenzaron a afanarse, intuyendo que les iba la vida en ello.
No tuvieron tiempo de llevar a cabo todo lo que se habían propuesto cuando la tempestad se desencadenó, como si, de improviso, se hubiesen abierto las puertas del Averno. Comenzó con apenas unas ráfagas de viento que vinieron a romper la fantasmal calma.
La tripulación, al comprobar que no podía hacer ya nada, se protegió como pudo, temerosa de lo que estaba por suceder. Mientras, los refugiados bajo cubierta, apenas eran capaces de musitar una oración, sabedores de que aquellos podrían ser los últimos instantes de sus vidas.
También lo pensó Ben Gaón. Pero no sentía temor ante la muerte. A fin de cuentas, siempre había hablado de tú a tú con ella, y si se encontraba en aquel trance, no era más que por su propia y soberana voluntad. Ya había naufragado anteriormente, y sabía bien lo que arriesgaba cada vez que pisaba la cubierta de un barco.
La niebla se disipó en un abrir y cerrar de ojo y, en el mismo lapso de tiempo, el navío fue zarandeado como una cáscara de nuez, mientras una extraña fosforescencia dibujaba la cresta de las olas y un fuerte aguacero lo empapaba todo.
La lívida luz de los relámpagos, encadenados uno a continuación de otro, le mostraba, de tanto en tanto, los demacrados rostros de sus tripulantes. El fragor de los truenos, los terribles golpes y crujidos, el rumor del oleaje le ensordecían. Sin embargo, increíblemente nunca antes se había sentido más sereno. Era como si el diluvio que les empapaba la piel, como si el huracán que parecía empeñado en hundir el barco, como si la borrasca que galopaba en el cielo, no pudieran penetrar en su espíritu.
Supo que algo superior le protegía y que, aunque legiones de demonios y trasgos le asediaran, no podrían herirle. Tuvo entonces una certeza que nunca antes había abrigado. Comprendió que era cierta la dualidad de la que le habían hablado y que ya intuyeron los antiguos. No había en todo el Universo tempestades tan terribles, como para poder cercenar el alma.
En aquel instante, haciendo un esfuerzo sobrehumano, se dirigió al timón, al que se encontraba atado Moisés Benzidour, desfallecido, agotado al querer oponer su fuerza humana a la de la tempestad. Entró por debajo, al lazo de cuerda que sujetaba al timonel, y tomó la rueda con toda la fuerza que le restaba. Entonces notó cómo Benzidour parecía rehacerse. Ambos se miraron, Benzidour, con respeto, Ben Gaón, con admiración, sabiendo que en cualquier momento, con un último crujido, la embarcación podía desaparecer, sepultada por las montañas de agua que a cada instante se cernían sobre ella.
No fue así. De nuevo, el destino, el azar, la fortuna quisieron seguir el juego. La noche fue eterna, pero al amanecer volvió a traer lentamente con una larga resaca de olas largas y aun inmensas, la esperanza.
Así, sin saberlo, ni esperarlo, se habían encontrado frente al sol naciente que recortaba las blancas azoteas de Alejandría. Para Benzidour, aquello era un milagro. Para Ben Gaón, la confirmación de que la fortuna sonreía a los que no se rendían.
Agotados, sedientos hasta el límite, golpeados y zarandeados hasta la extenuación, pero a pesar de todo, habían llegado inexplicablemente al lugar donde se habían propuesto.
Mientras me contaba todo aquello, Ben Gaón observaba mis reacciones. Yo no podía dejar de pensar en la fortaleza de espíritu de aquel hombre. Nunca había conocido a nadie como él, y tenía la absoluta convicción de que nunca lo conocería.
Parecía muy dichoso no sólo por haber conseguido arribar a puerto, sino también por haber dado conmigo. Ése era, para él, el verdadero milagro de aquel viaje. Se señalaba con el índice, mientras reía exclamando: ¡Soy el judío errante! ¡El judío errante!…
Aquella noche no pude pegar un ojo. No podía dejar de pensar en Ben Gaón. Era, para mí, como el símbolo de nuestro pueblo. Estaba convencido de que si se lo propusiera, las aguas volverían a abrirse otra vez, y entre las murallas líquidas tendríamos un seguro camino por el que podríamos retornar a Sefarad.