Shalom Sefarad
II los Esenios
II
LOS ESENIOS
Trabajar con Al Jindak era un privilegio. Sin dar mayor importancia a su enorme bagaje de conocimientos y sabiduría, corregía a todos sus discípulos, entre los que me consideraba. En aquellos meses, aprendí a ser paciente, a desechar prejuicios, a intentar llegar al fondo de la cuestión. Insistió en que estudiase el Libro de las Sentencias de Jesús Ben Sirac, pero también me advirtió que olvidase las supersticiones que en él se contenían.
Al Zarawi, con el que seguía en contacto, me informó que, cerca de Alejandría, existía una comunidad de esenios que vivían como monjes, pero al tiempo se ocupaban de curar a los enfermos, incluso a los desahuciados, siguiendo en todo su Manual de disciplina.
Quise ir a visitarlos, pues, en aquellos años, mi curiosidad era superior a mi prudencia, ya que consideraba que, como hebreos seguidores del Talmud, tenían algo que me vinculaba a ellos. Era una extraña sensación la que me ligaba a aquellas gentes lejanas con las que probablemente no tenía más afinidad que mi propio interés en conocerlos.
Al Jindak había puesto a mi disposición un caballo, un animal noble y fuerte de raza árabe, que parecía sentirse a sus anchas en el desierto.
Una vez decidido, me despedí de mi maestro, que me recomendó prudencia, ya que insistí en ir solo a su encuentro. Hice provisión de agua en un odre de cuero de camello y muy de madrugada partí hacia el lugar donde vivía aquella comunidad, cerca de un poblado llamado Kwam El Hamman. Calculé que, con suerte, necesitaría al menos una jornada para llegar, por lo que salí mucho antes de que amaneciera. No sabía cómo me recibirían, pero un extraño influjo me hacía ir hacia allí, como si tuviese la necesidad de volver a escuchar el hebreo y ver gentes de mi raza. No podía evitar sentirme nervioso y emocionado, aunque cuando meditaba sobre ello me parecía absurdo.
Crucé lentamente una gran franja de desierto. Primero, me topé con una zona rocosa, llena de fragmentos de piedra que me hicieron temer por mi caballo, aunque aquel animal parecía tener un gran instinto y sabía bien dónde pisaba, por lo que, pronto, lo dejé a su aire, sin necesidad de tener que tirar continuamente de las riendas. No tardé en comprender que, en aquel medio, su naturaleza era más sabia que la mía. Estaba sobrecogido por la soledad y los enormes espacios vacíos; él, en cambio, se hallaba donde mejor podía valerse.
A pesar de mis temores, llegué hasta allí sin mayores contratiempos. Casi de improviso, me encontré en un desfiladero por el que corría un pequeño arroyo de agua dulce. Eso me pareció sorprendente, pues no era capaz de adivinar de dónde provenía aquel manantial que sirvió para que mi caballo se saciara. Luego observé, cerca de allí, unos animales desconocidos para mí, que también se acercaban a beber, sin que, al parecer, mi presencia les causara el más mínimo pavor.
Seguí cabalgando entre las estrechas paredes, siguiendo el arroyo que se ocultaba durante largos trechos para, inexplicablemente, volver a brotar del mismo suelo. Aquél era con certeza el camino, pues Al Jindak, en su prudencia, había insistido en que unos siervos suyos que lo conocían, me lo explicasen con todo detalle.
Llegué hasta el final del estrecho barranco. Creí haberme perdido hasta que, de pronto, adiviné en la pared una estrecha oquedad, de la altura de un hombre montado. Penetré por aquella especie de caverna fresca y húmeda y vi cómo, poco a poco, iba ampliándose. Al salir de ella, la luz del sol, que subía con fuerza, me deslumbró. Encontré una especie de gran circo natural rodeado de paredes verticales y en ellas pude apreciar unas grandes cuevas. Allí se hallaba la comunidad esenia, pues, como me habían advertido unos hombres, bajaban y subían con agilidad por unas frágiles escalas de madera.
No parecieron sorprenderse. De hecho, sabían bien quién se acercaba, pues, según más tarde me informaron, tenían dispuestos vigilantes que, mediante láminas de plata pulida, se comunicaban en un código creado por ellos hacía ya muchas generaciones, mediante el cual podían prácticamente transmitir un especial lenguaje.
Descabalgué al ver cómo unos cuantos hombres, de luengas barbas y cabellos sueltos, se dirigían hacia donde me hallaba. Me hablaron en un idioma casi desconocido, aunque algunas palabras me resultaron ligeramente familiares. Luego supe que se trataba de arameo. Les hice una señal, levantando la mano y saludándolos en hebreo. Entonces contestaron en la misma lengua, y vi cómo inmediatamente se diluía su desconfianza.
Fuimos caminando hasta un edificio construido con piedras, de tal suerte que había que fijarse bien para diferenciar lo que era fabricado por el hombre de lo que era natural. Me invitaron a entrar allí y me proporcionaron una jofaina llena de agua fresca y un sencillo lienzo de algodón para que me aseara.
Luego insistieron en que participase de su refrigerio: frutas, una especie de leche de camella cuajada, dátiles y vino de palmera.
Enseguida, me sentí entre ellos como en familia. Parecían gentes sencillas y poco habladoras, pero también sinceros y honestos. Todos esperaron a que terminase de comer. Luego se hizo un gran silencio, y yo no sabía bien lo que pretendían de mí, hasta que el que parecía el jefe hizo un austero gesto con la mano, señalándose la boca. De inmediato, entendí que deseaban saber de mí, quién era yo y los motivos que me habían impulsado a llegar hasta allí. Les debía una explicación, pero además reflexioné que aquellas gentes se encontraban prácticamente aislados del mundo. Para ellos, yo era un mensajero cargado de nuevas en su universo estático.
Les hablé de Castilla, de Toledo, de Córdoba. Sus ojos ardientes devoraban el más mínimo gesto. Habían oído hablar de Sefarad como de un mito. Un país lejanísimo que era como un enorme oasis de cultura e historia. Allí los judíos habían encontrado, durante milenios, un lugar más estable que en ningún otro Reino. Les hablé de mi infancia, de la sensación de seguridad, de bienestar. En Toledo, había tenido amigos cristianos y musulmanes, había visto las ceremonias en la sinagoga, en la catedral y en la mezquita. Les hablé de la dura y encarnizada guerra de reconquista, de la ambición de los Reyes cristianos por terminar con el dominio musulmán en Al Ándalus, de cómo aquella larguísima guerra había significado el fin de la estabilidad. A medida que se acercaba el desenlace, los cristianos, al verse más fuertes, habían ido endureciendo sus posturas.
Les hablé de la Inquisición. Por sus miradas, comprendí que sabían bien de qué se trataba. Aquélla era una maquinaria creada para acabar con los judíos en Castilla y Aragón. Observé cómo las lágrimas corrían por sus mejillas. Para ellos, Sefarad era algo así como el Paraíso en la tierra. En ella, los judíos habían tocado el cielo para, después, ser expulsados como malhechores.
¿Por qué? La pregunta revoloteaba en la caverna. Parecían confundidos, incapaces de entender aquello. ¿Por qué?
Lo expliqué lo mejor que pude. Me pareció estar repitiendo las palabras de mi padre adoptivo, Ben Gaón.
Los judíos eran una comunidad emprendedora. Éramos gente rica en espíritu. En mi niñez, había podido asistir, de la mano de mi padre, a las reuniones de los ancianos. Había podido escuchar a aquellos hombres sabios, mostrando su gran preocupación por lo que intuían acercarse. Eran las primeras actuaciones de la Inquisición, y las noticias desde Sevilla no eran alentadoras.
Los más viejos recordaban el final del siglo anterior. Sus abuelos también habían pasado por lo mismo. Gentes que sólo pretendían vivir en paz y concordia, en razón, en comunidad. Cierto que algunos se mostraban excesivamente apegados a los bienes materiales, a la preocupación por el futuro, creyendo que sólo atesorando oro y patrimonios, podrían garantizar a sus hijos la estabilidad por la que ellos suspiraban desde siempre.
Pero no había sucedido como ellos creían. Los cristianos viejos eran individualistas, desconfiados, soñadores de entelequias. A pesar de la buena fe que muchos pusieron, no pudo ser.
Levanté la vista y pude contemplar los ojos húmedos y tristes de aquellos hombres que no eran capaces de asimilar las infaustas nuevas que yo les portaba. Sefarad, para ellos un lugar remoto y mítico, pero que, durante mil años, les había llenado el corazón de esperanza. Ahora, sin quererlo, me había convertido en el mensajero de aquellas terribles nuevas, de aquella desgracia, pues no era otra cosa lo que los sencillos hombres que me rodeaban, anhelantes, sentían en su corazón. Parecía que todo se había roto, y sólo quedaba orar a Yahvé.
El anciano jefe se quedó mirándome mudo, atento a mis labios, por si aún me restaba añadir algo. Luego se hizo un profundo silencio y habló no sólo para mí, también para su gente, que le contemplaban sumidos en un expectante respeto.
—No puedo llamarte extranjero. Al menos, para nosotros no lo eres. Has venido de lejanas tierras. De ese lugar llamado Sefarad, al que parte de nuestro pueblo se dirigió, caminando hacia el Este a la caída de Jerusalén. Ese lugar donde nuestro pueblo creyó encontrar finalmente el descanso. Tanto fue así que algunos ancianos que llegaron hasta allí, casi a las puertas de la muerte, pensaron que Dios les había concedido morir en el interior del Paraíso.
»No, no podemos llamarte forastero. Eres uno de los nuestros, perteneces, como nosotros, a una de las doce tribus. Nosotros somos esenios, descendientes de los hasidina, pues “hombres piadosos” nos llamaron. Nuestra tribu es la de los fariseos y desde hace muchos, muchos años, nos refugiamos en esta tierra de Egipto, de donde una vez nos sacó Moisés como perseguidos, pero que, al cabo de los siglos, volvió a acogernos, proporcionándonos refugio y paz.
»Como ves, al igual que eremitas, vivimos inmersos en el trabajo y la contemplación de Dios. Pero eso no nos ha impedido llevar a cabo la más noble de las tareas, lo que para muchos no es sino una ingrata forma de vivir; en cambio, es para nosotros nuestra alegría y nuestra razón de ser.
»Aquí tenemos lo que necesitamos, que, en realidad, no es mucho. Dios nos ha proveído de suficiente agua y unos bancales de tierra fértil. Ningún hombre necesita mucho más, sólo el espíritu de compartir el conocimiento.
»Hemos aprendido mucho de ese maestro sefardí, Ibn Pakuda, pues él, en sus Deberes del corazón, nos enseñó a buscar el espíritu interior. Aquí, rodeados por este desierto sin límites, aprendimos que cada hombre no es más que un minúsculo grano de arena que debe apoyarse en los que le rodean, en los que han sido antes que él y en los que vendrán cuando él se vaya.
»Este escondido oasis nos dio refugio, nos entregó sus frutos, nos permitió vivir. Han pasado muchos años desde que nuestros abuelos llegaron hasta aquí, y cada cierto tiempo hemos ido sabiendo de las desventuras de nuestros hermanos. Ni en El Cairo, ni en Estambul, ni ahora en Castilla han encontrado lo que con tanto ahínco han ido buscando.
»Estamos aislados, pero de tanto en tanto, las noticias cruzan el mar y el desierto, transportadas por extraños mensajeros. De una manera u otra, día y noche, llegan hasta aquí. Si permanecemos en silencio, si nos concentramos, aquí, junto a esta hoguera, seremos capaces de escuchar el fragor de las batallas, los gritos de espanto, los lamentos de angustia. Oiremos el temor, el violento palpitar de los corazones rotos, las oraciones de nuestro pueblo, porque debes saber que donde hay un judío, también hay un verdugo que le acecha. Sin embargo, eso no es una maldición, no está escrito, no es irremediable.
El viejo esenio miraba hipnóticamente las brasas. Su rostro expresaba determinación y sabiduría. Su gente no apartaba la vista de él, mientras todos permanecían en absoluto silencio no sólo en señal de respeto, sino absortos en aquellas palabras extrañas, pues no parecían acostumbrados a hablar más de lo preciso.
—No, no es nuestro destino el holocausto. Nuestra reflexión nos ha hecho ver estos sucesos desde otro ángulo.
»Tenemos, los judíos, un estigma que nosotros mismos propagamos: el orgullo de serlo, de pertenecer a una raza distinta. Eso nos ha marcado, nos ha señalado entre los gentiles, elevando un muro de incomprensión entre los otros y los nuestros.
»Ha sido el desierto, estos inexpugnables farallones de piedra, los que nos han hecho comprenderlo. Hemos querido ser diferentes y finalmente lo hemos conseguido. Hemos perseverado en la disciplina y el trabajo, muy principalmente en el del intelecto, en filosofías y en el estudio de las lenguas, también en desmenuzar las Escrituras, en el Talmud de Jerusalén y, muchos de nosotros, en el de Babilonia. Hemos discutido sobre la Misná. Pero sobre todas las ciencias, hemos profundizado en la Medicina. De ella, se han derivado la Botánica y la Farmacia, y de su análisis y la perfecta relación con el tratamiento del cuerpo humano, hemos aprendido Anatomía, Higiene y Filosofía.
»Nos has dicho que tú también eres médico. Si es así, debes realizar con nuestro testimonio el juramento de Asaf, pues sólo en la verdad y en la ética se puede llegar a ser un verdadero médico.
»De Maimónides recibimos un legado de sabiduría, el Séfer Hamaor. Al estudiarlo, aprendimos que entre el cuerpo y el alma existen recíprocas influencias, que el espíritu necesita la materia para manifestarse, que no hay dos pacientes iguales, y por ello que no reaccionan igual ante un mismo tratamiento.
»Como puedes ver, no es lo mismo vivir aislado que cerrar la mente. Desde siempre, desde los tiempos en que habitábamos en Hirbert Qumran, estamos observando, aprendiendo, pues cada vez que atendemos a un enfermo, cada vez que estudiamos sus síntomas, aprendemos algo nuevo.
»Vienen a buscarnos enfermos de El Cairo, de Alejandría, de lugares remotos. ¿Sabes por qué, David Meziel? Porque hemos aprendido algo importante.
»Un médico, un buen tratamiento, no son más que una parte del proceso curativo. Hay algo más, algo fundamental que no se puede medir, ni pesar, ni tan siquiera ver o tocar. Se llama fe, y debe transmitirse en ambos sentidos: del médico al enfermo, del paciente al médico. La enfermedad, en sí misma, no es sólo un trastorno del cuerpo, es mucho más que eso, es una afección del alma, un morbo del espíritu.
»Por eso, aquí llegan arrastrándose, traídos por sus familiares en angarillas, apoyándose los unos en los otros, enfermos incurables, desahuciados. Han llegado a traernos cuerpos a los que había abandonado el alma, por la fe, por esa impalpable confianza en el más allá.
»Nos acusan de vivir pensando sólo en el oro, en lo material. Y puede haber judíos que así vivan, pero no es la verdad. La única verdad es que siempre queremos saber más, no para nosotros, sino para transmitirlo, para sanar a los demás.
»Por eso, sois bienvenido, David Meziel. Os ha traído la fe. Por vuestra edad os queda mucho por aprender y muchos enfermos a los que ayudar. Sólo puedo permitirme transmitiros un consejo: no seáis dogmático, dudad, hacedlo siempre. La realidad es sólo un artificio de la Naturaleza. Bajo ella, encontrareis el espíritu, y es a él a quien tenéis que dirigiros.
»Sed, por tanto, bienvenido. Aquí podréis permanecer todo el tiempo que deseéis. Quizás, algo de lo que creemos saber os pueda ser de utilidad.
El anciano terminó su sabia alocución y se incorporó lentamente. Como una sola ánima, todos lo imitaron, por lo que, distraído, tuve que dar un salto para ponerme también en pie. Entonces el jefe señaló a un hombre de mediana edad.
—Simeón Ben Israel os atenderá y os proporcionará lo que necesitéis.
Lentamente, todos se retiraron tras él. Sólo quedamos, junto a la hoguera, Ben Israel y yo. Pensé que aquel hombre había colmado mis anhelos, y me sentí feliz de encontrarme allí. Luego, pensativo, seguí a mi guía hasta el alojamiento que me habían designado.
Simeón Ben Israel me explicó que él no era esenio, ni tan siquiera fariseo. Había nacido en Kairouan y se preciaba de sus abuelos sefardíes. Cayó enfermo de los pulmones cuando apenas tenía veinte años y fue desahuciado por los médicos. Su padre no aceptó el veredicto, y como había oído hablar de aquel extraño grupo de hebreos que vivían en el desierto que curaban a aquellos que parecían destinados a morir, lo acompañó hasta allí. Aquel viaje cambió las tornas y le costó la vida al anciano, pero Simeón Ben Israel se salvó gracias a los tratamientos, a un clima tan seco como la yesca y a la fe que le inspiraron aquellos ascetas.
Allí le aplicaron cataplasmas, infusiones y otros remedios, pero Simeón me explicaba que, pronto, había aprendido él también que ninguna medicina servía si no había voluntad de vivir. La oración, los exorcismos y la fe fortalecían el espíritu, tanto como la mejor medicina.
Cuando sanó, decidió quedarse. En el fondo de su corazón, temía separarse de aquellos a los que debía la vida. También pensó que si se aplicaba, algún día llegaría a ser un buen médico, al igual que lo había sido su abuelo materno, el rabí Ben Yudah.
Me habló de él como de un hombre santo, dedicado en cuerpo y alma a los enfermos, incluso había atendido a los enfermos del espíritu, porque al igual que los maestros del Talmud, aquel hombre opinaba que el cerebro albergaba al pensamiento. Estaba convencido de que si los pulmones o el intestino podían enfermar, o cualquier otro humor del organismo, también podría hacerlo el propio cerebro, y ello conduciría a la locura. Decía aquel sabio, a quien quisiera escucharlo, que las ideas eran tan sanas como el cerebro en las que se formaban.
Simeón Ben Israel fue, pues, adoptado por los esenios. A fin de cuentas, allí había vuelto a nacer, y de alguna manera les pertenecía.
Fue, al cabo de un tiempo, el Consejo de los Ancianos el que decidió que se formara en Alejandría. Ningún esenio podía ir, pues ello entraba en contradicción con su juramento. Pero no existía impedimento para que alguien ajeno fuese, y de mutuo acuerdo Ben Israel, una vez completamente curado, marchó hasta Alejandría.
Allí aprendió la teoría y la práctica. Sin embargo, con frecuencia se acordaba de su abuelo, pues vio muchas enfermedades distintas, y algunas parecían nacer de la mente. Comprobó cómo el temor hacía galopar el corazón y el pulso. Le enseñaron que la limpieza alejaba la enfermedad y cómo la dieta estaba relacionada con la salud. Asistió a muchas disecciones, incluso vio hervir cadáveres, trabajó con animales y pudo comprobar cómo el corazón latía al abrir el pecho de un macaco vivo. El día en que tuvo esa experiencia, un compañero, que también estaba formándose como médico, le explicó que él había visto a un cirujano en Damasco utilizar esclavos vivos para sus experiencias.
Aquello le repugnó y pensó que había límites en lo que un hombre podía hacer. También pudo comprobar cómo hasta Alejandría llegaban médicos y sabios de países lejanísimos, como Persia o la India. Todos venían con la esperanza de aprender algo más. También vio llegar a médicos judíos de Castilla, de Portugal, de Francia, éstos más como refugiados que como alumnos.
Todos parecían satisfechos de haber podido llegar hasta aquella ciudad. Era igual que si su mítico faro también atrajese a los espíritus deseosos de aprender. Asistió allí a lecturas y disquisiciones sobre todas las Ciencias, no sólo sobre Medicina, sino, incluso, sobre Astronomía y Metafísica.
Al cabo de unos años, cuando consideró que su formación era adecuada, volvió definitivamente con los esenios, a los que había visitado cada vez que podía.
Desde entonces vivía entre ellos como uno más, compartiendo su saber con los sabios que le rodeaban y aprendiendo de ellos su terapia del alma.
Permanecí junto a los esenios durante varios meses. Había llegado sólo para conocerlos, pero la atracción que por ellos sentí, desde el primer momento, me impedía abandonarlos. Sabía que Al Jindak me estaría echando de menos. Así, un día partí con el corazón encogido, porque aquellos hombres humildes me habían enseñado algo fundamental sobre la Ciencia de la vida: muchos síntomas estaban en la mente del paciente, por lo que, sólo empleando el espíritu, podíamos acceder a ellos.
Volví a recorrer los silenciosos desfiladeros en sentido contrario, sabiendo entonces que unos ojos invisibles me vigilaban. Luego crucé el desierto lentamente, hasta que mi caballo olió el mar. Allá, a lo lejos, apareció Alejandría, y me alegré de haber tenido aquella oportunidad de aprender sobre otra faceta desconocida de mi pueblo.
Iba meditando sobre lo dispersa que se hallaba la Ciencia médica, convencido de que sólo podría llegar a saber algo si rebuscaba a lo largo del mundo. La magnitud de aquella tarea no me desanimaba; muy al contrario, me hacía comprender que sólo con un duro esfuerzo, podría un día ser útil a alguien.
Entonces espoleé el caballo, y apenas el sol se había puesto, cuando entré de nuevo en mi casa.