Shalom Sefarad
II el Maestro
Fue mi antiguo maestro el que me encontró vagando cerca de su casa, aterido, hambriento, enfermo, sin ánimo de nada. A él nadie le había prestado atención. Era notorio que no se hallaba en sus cabales, y todos sabían que un loco es incapaz de razonar. Lo dejaron también como mofa. Aquel loco era el que enseñaba a los judíos. Los niños le lanzaban piedras mientras los mayores le insultaban, haciendo menciones obscenas a su circuncisión. Alguno, incluso, sacaba su cuchillo y hacía amago de correr tras él, gritando que había que terminar el trabajo. Le empezaron a llamar Salomón Birz-milah, y muchos cristianos se reían de aquella ocurrencia.
Pero su locura no le impidió recogerme y llevarme con él hasta su casa en la que vivía solo desde que su mujer había muerto. Salomón Benassar no sólo me socorrió, sino que también lo hizo con el mismo cariño que si yo hubiese sido su hijo. Me cuidó durante el tiempo en que apenas era capaz de alimentarme por mí mismo. Aquella fue una época de mi vida en la que debí estar más cerca del otro mundo que de éste. Sólo recuerdo entre brumas unas manos y unos ojos, los de Salomón Benassar.
Me dijo más tarde que no comprendía cómo había conseguido sobrevivir. Cuando me encontró, ni tan siquiera pudo reconocerme, lleno de sangre, sucio, fuera de mí, con el rostro tan desencajado que parecía un animal. Incluso llegó a pensar que estaba endemoniado, pues según me contó, salí de unos matorrales espinosos y caminé como si no lo viese, sin apercibirme de su presencia. Entonces cayó en la cuenta de que aquel espectro vagabundo era David Meziel, uno de sus discípulos. Me llevó con él y me escondió, a pesar de que habían encontrado a uno de los soldados de la Reina degollado en mi casa. Nada dijeron de los cuerpos de mis hermanas. Para ellos sólo eran otras hebreas más, y poco comentario merecían.
Gracias a sus cuidados volví a ser yo al cabo de unos meses. Para entonces Toledo no era ya la ciudad que una vez había conocido, y Salomón decidió que, puesto que a él lo tenían por loco, y eso le permitía sobrevivir, porque la gente lo veía como un ser ridículo pero inofensivo, yo debía ser como él. Lo acompañaría por calles y caminos, como si la locura fuese nuestra única compañera. Quizás así podríamos sobrevivir, aunque corriésemos el riesgo de que nos metiesen en jaulas, porque de otra manera sólo veía que nos esperaba un fin atroz: tal vez ser quemados vivos.
Ésa era casi la única esperanza que teníamos si queríamos permanecer en Toledo al menos hasta que las aguas hubiesen vuelto a su cauce, porque durante todo aquel tiempo las noches se llenaban de violencia. Rara era la víspera en la que no se quemaba alguna casa de judíos, o se desvalijaba un almacén o un comercio sefardí. Pronto se convirtió en una rutina, y nadie parecía asombrarse por ello, ni tampoco sentir la más mínima piedad por las víctimas. Muy al contrario, hacían aviesos comentarios sobre que nos merecíamos eso y mucho más.
A veces nos escondíamos en alguna ruina o en un huerto, y veíamos lo que acontecía. Observaba a mi maestro, consciente de cómo sufría por todo aquello, tanto que le acometía una especie de fatiga, y parecía ahogarse. Temía en aquellos momentos que aquel hombre sufriese un ataque como los que le sobrevenían frecuentemente. Pero Salomón al notar mi inquietud, quiso tranquilizarme y me explicó que eso se había terminado, pues sin tener explicación para ello, no habían vuelto a darle desde que comenzaron las persecuciones.
Vi entonces que Salomón Benassar no era sólo un maestro. Escondía dentro de sí un hombre culto y con experiencia. Se dio perfecta cuenta de que había mucho que hacer, pero que no podía acudir a nadie, pues se exponía a que lo llevasen ante los tribunales de la Inquisición. Y eso, en aquellos aciagos días, para un judío era igual que una condena a muerte.
Una tarde me dijo que iba a confiarme un secreto, pues temía que a él pudiese sucederle algo; y si eso ocurría, podría llegar a perderse todo. El gran rabino de Toledo le había encomendado que ocultase los rollos de la Torá de la sinagoga principal. Nadie iba a pensar que el depositario de algo tan precioso era alguien como Salomón Benassar, pero el gran rabino era un hombre listo y astuto. Los inquisidores creían haberlos destruido, quemándolos en la plaza frente a la sinagoga, pero se trataba sólo de unas copias que estaban haciendo para la sinagoga de Maqueda. Sin embargo, los verdaderos estaban ocultos, enterrados en la genizah dentro de un gran arcón bajo las losas del cementerio que se hallaba en la fachada posterior de la sinagoga. La misión de Benassar era esperar mejores tiempos, si es que llegaban, y cuando la tormenta hubiese amainado, sacarlos de allí para ponerlos a buen recaudo. Más tarde serían mezclados con otros enseres sin valor para poder sacarlos del Reino. La esperanza era poder llevarlos a Portugal y embarcarlos en Lisboa para Amsterdam. La judería de aquella ciudad era un lugar seguro y adecuado, pues todo el mundo sabía que allí residían los hakham, que sabrían guardarlos, aunque tuviesen que pasar mil años.
Benassar me explicó que el gran rabino estaba amargado y decepcionado. Tantos siglos había estado nuestro pueblo en la tierra de Sefarad, creyendo haber llegado al Paraíso, o lo más cercano a él que había en la tierra. Castilla había sido algo así como la Tierra Prometida, pues cuando llegaron hasta aquí nuestros lejanos antepasados, quedaron extasiados con lo que vieron. Parecía un lugar similar a Judea, a Samaria, a Asia Menor. Era como el premio a tantos esfuerzos, a haber sobrevivido. Las profecías parecían haberse cumplido con creces, porque durante incontables años sólo tuvieron la esperanza. La destrucción de Jerusalén, la cautividad, la esclavitud, la tiranía. Sólo tenían las visiones de sus rabinos que les consolaban en aquella larguísima noche. Ellos les decían con gran fe que algún día llegarían a un lugar que era algo así como la antesala del Paraíso. En cuanto llegaron a Castilla, supieron que aquellos rabinos no les habían engañado con palabras vanas.
Parecía también un lugar de paz y concordia, muy similar al Medio Oriente, la media luna fértil, el arco desde el Golfo de Persia hasta el Valle del Eúfrates, desde la costa de Biblos y Tiro hasta el Mar Muerto, donde convivían los musulmanes con los cristianos en un ambiente idílico. Allí los rebaños se entremezclaban, y en apariencia, podían habitar ayudándose los unos a los otros.
Eso había sido así durante siglos, tantos que finalmente algunos ancianos y rabinos dictaminaron con cierto alborozo que la Diáspora había terminado y que Sefarad era el destino final de la larga huida que parecía haber acabado para siempre.
Pero para nuestra desgracia, ahora podíamos comprobar que el gran rabino, el Consejo de Ancianos, la comunidad sefardí, los hombres sabios, todos se habían equivocado. No había lugar para el descanso, no había final. De nuevo, como hacía tantos siglos cuando el Imperio Romano había adoptado el cristianismo como religión oficial, había que volver a huir, volver al camino sin mirar atrás; y si alguien lo hacía, era para comprobar que los perseguidores parecían no cansarse nunca.
Pero Benassar era un hombre especial, y a pesar de su amargura, sonreía con una mueca de cinismo, mientras descansábamos en el sotobosque cercano a las últimas casas de Toledo.
—Mira, David, si a la larga alguien sale perdiendo, es Castilla. Los Reyes Católicos quieren hacer gala de su título, pero esto que hacen, sin lugar a dudas, empobrecerá el país. Nos echan, a muchos nos matan, siempre con pretextos y excusas. Sin embargo, nosotros nos llevamos, unos a la tumba, otros a lejanos lugares, nuestra cultura, nuestros oficios y conocimientos, nuestras tradiciones, todo un mundo que vacía otro. Cuando ya no queden aquí judíos, este país será muy diferente, y donde vayamos, llevaremos con nosotros una riqueza que no puede medirse en oro, ni en bienes materiales. Pero ¿quién puede explicarles que están equivocados? Ahora sólo quieren que nos vayamos, pues es grande aún su envidia por nuestros progresos y virtudes. No nos aceptan, porque cuando estamos junto a ellos, pueden comprobar que con el mismo rasero somos diferentes, y eso es una gran verdad. Lo hemos sido siempre, algo que no van a conseguir igualarlo ni los dominicos, ni la Inquisición, ni los grandes tormentos.
Benassar prosiguió su discurso, mirándome con gran cordura, y yo no podía por menos de admirarme de que al final alguien me hablase con verdad, sin disimulo, ni falsas esperanzas.
—David, al igual que en Masada los zelotes consiguieron burlar a sus sitiadores, los romanos que habían invadido Judea prefiriendo la muerte a la ignominia y a la esclavitud, nosotros, los judíos sefardíes, debemos prepararnos para grandes sacrificios. Ahora, cuando habíamos comenzado a caer en la molicie, convencidos de que ya por fin nada teníamos que temer, nos sobreviene esta nueva prueba. ¿Pues quién mató a los judíos de Cesarea? La respuesta la dio Eleazar en el discurso cuando los convenció de que era mejor morir que entregarse a sus sitiadores.
»Aquí en Toledo —prosiguió— y en toda Sefarad, nos vuelve a ocurrir lo mismo, y creo, lo digo con amargura, que nuestro Dios reserva aún días de más dolor a éste su pueblo escogido. Cada vez que creamos estar a salvo, de nuevo volverá Masada, y nos encontraremos sitiados, acosados por aquellos que eran nuestros convecinos, nuestros aparentes amigos y conocidos. En cada uno de ellos tendremos de pronto un enemigo, que sólo deseará vernos muertos, o al menos desterrados. Pasarán los años, los siglos, y no conseguiremos más que malvivir, engañándonos de nuevo los unos a los otros para al final demostrarnos que sólo somos zelotes rodeados de un enemigo al que únicamente se puede escapar con la muerte.
»Eleazar fue claro —murmuró pensativo Benassar—. Las gentes de Cesarea, los más cercanos a ellos, eran sus verdaderos enemigos. Eso ocurrió también en Damasco y en muchos otros lugares, y seguimos aquí muchos años después, en Toledo, sin haber aprendido nada. Quizás a mí me lo ha enseñado la locura, porque la razón debe ser mala consejera cuando nadie la quiere como amiga.
Benassar me miró mientras levantaba sus brazos al cielo.
—Lo que aquí nos ocurre estaba dicho de antemano. Mira al molinero al que llevábamos nuestro trigo, que parecía aceptar molerlo aparte sólo por un poco más, como haciendo un esfuerzo que debíamos agradecer para poder preparar nuestro pan ázimo para la Pascua. Ese mismo molinero nos ha denunciado, al igual que a mí me insultan y me tiran piedras muchos de los que enseñé a leer, como si quisieran demostrar a sus vecinos que no por ello tienen la más mínima vinculación con los judíos. Pero ¿sabes quiénes son en realidad nuestros peores enemigos? Aquellos que nacieron de madre judía y fueron enseñados en la Ley mosaica, de la que después renegaron. Ahí tienes a ese tal Torquemada, al Gran Inquisidor. Él sabe que es judío, pero es el más fanático antijudío que hay en los Reinos de Castilla y Aragón.
»Creo por tanto, David, que debemos intentar pasar desapercibidos, porque aunque también persiguen a los gitanos, no lo hacen con tanto ahínco y desmesura; por lo que a mi entender, debemos echarnos al camino y desaparecer de los alrededores de esta ciudad que siempre ha sido acogedora con nosotros, desde que hace más de cien años por última vez nos mostró su verdadero rostro. ¡Torpes y ciegos hemos sido al permanecer en ella! Hemos jugado a ser como los otros, creyéndonos iguales ante la ley, pero sólo hasta cierto punto. Y ahora, al final, salen a relucir las diferencias.
Por primera vez vi a Benassar excitado. Las aletas de la nariz le temblaban, lo que también le ocurría cuando, ocultos, presenciábamos cómo le prendían fuego a una casa o perseguían a pedradas a otros judíos. Cierto que él lo debía sentir más, pues los más jóvenes entre ellos habían sido discípulos en su clase, e incluso los había preparado en su Bar-Mitzvah.
Pero Salomón Benassar quería desahogarse conmigo, y siguió su discurso, poniendo un énfasis tal que más parecía que estaba hablando a un grupo de rabinos acerca del Talmud.
—No nos ha sucedido más que lo que hemos buscado con ahínco. Convertidos en corderos, todos iguales, mansos y prestos para el sacrificio. Ahora llegan los cristianos a nuestras puertas, pero ya no llaman con mesura y concordia; más bien, vienen a derribarlas, a entrar en nuestras moradas, violar a nuestras hijas y mujeres para, satisfecha su lujuria, después degollarlas, y conducir finalmente a los hermanos que han escogido la conversión para salvar la vida a eso que llaman autos de fe, que no son más que bárbaros sacrificios humanos en los que no nos devoran porque debemos parecerles poco apetitosos.
»Debemos, pues, David, marcharnos con premura. Creo que gran cordura mostraríamos si lo hiciéramos como dos locos, dando saltos y tocados con cucuruchos, para que pudieran reírse de nosotros. Así al menos tornarían su crueldad en risas y burlas, y no caerían al pronto en que pueden matarnos impunemente.
Así me habló con amargura Benassar, y a pesar de mi corta edad, comprendí bien lo que quería expresarme. A fin de cuentas, era muy consciente de que, aunque algo enfebrecido, mi niñez había quedado en la espalda del soldado al que había dado muerte. Benassar insistió en que no debía pensar en ello más que como un ejemplo vivo de lo que mi antecesor bíblico había llevado a cabo con Goliat. Hecho estaba, y según él, no era sino un eslabón más que yo había conseguido soltar de la larga cadena de injusticias que algún día debería romperse en mil pedazos.
Los argumentos de mi maestro terminaron de convencerme de que era un sabio, y en modo alguno un loco. Al reflexionar sobre sus argumentos, de pronto caí en la cuenta de que éramos un pueblo diferente al que todos parecían odiar hasta un punto inimaginable. ¡Qué lejos me parecían los días en que asistíamos juntos a la escuela judíos, cristianos y musulmanes! Y eso había sucedido hacía apenas unos meses, que lo habían trastocado todo. Aparecieron de pronto lobos entre las ovejas, también buitres y cuervos a rapiñar los despojos. Toda una fauna que se me antojaba demasiado cruel y peligrosa, y que me admiraba no haber sido capaz de discernir hasta que se habían quitado las máscaras.
Aquella misma noche, sin esperar más, pues no queríamos abusar de nuestra suerte, nos disfrazamos de titiriteros. Cierto que todo el mundo sabía que éramos judíos, pero para ellos debíamos ser antes que otra cosa locos y bobos a los que no merecía la pena tomar en serio, sino más bien utilizar nuestra locura en su provecho, porque no hacíamos más que demostrar a todo el que quisiera verlo que así éramos los verdaderos judíos, o más bien como ellos entendían que debíamos serlo. Eso parecía satisfacerles tanto que hasta creo que nos miraban con algún afecto.
Era Benassar un buen maestro y también astuto en sus elucubraciones, y pudimos escapar de Toledo sin más heridas y golpes que los que ya llevábamos en el alma. Cruzamos prestos las murallas y salimos, pues, a la fresca noche y a la oscuridad que nos amparaba con el convencimiento de que cada paso que dábamos ponía tierra de por medio entre nosotros y los que de improviso se habían declarado nuestros mortales enemigos.
Por todo ello, sentía una mortal rabia dentro de mí. Aquellas gentes habían asesinado a los míos después de torturarlos, y en el caso de mis hermanas, tras violarlas. Eso ya de por sí era suficiente para justificar mi odio. Pero sobre todo, me sentía engañado y frustrado, como si toda mi niñez no hubiese sido más que una enorme mentira, un descomunal embuste, y los que lo habían urdido y tramado lo supieran desde siempre. Comprendía ahora algunas miradas de reojo, algunos comentarios y murmuraciones escuchadas al vuelo o casualmente: «¡Esos judíos! ¡Pero si no son humanos! ¡Menos que bestias!… Si se atrevieron a matar a Jesucristo, Nuestro Señor, en la cruz, ¿de qué no serán capaces…?» Pero entonces, en mi ingenuidad, me parecieron sólo comentarios, otros más de los muchos que se oían entre las envidias y rencillas de las gentes, que las había, y graves, entre los propios cristianos y también entre los musulmanes, por lo que no llegué a imaginar que éramos diferentes, sino que aquellas rencillas eran algo normal en la vida cotidiana y no un odio larvado, agazapado hacia nosotros. Nunca creí que pasarían de ser más que palabras, casi sin mala fe. La realidad me había enseñado que aquellas demostraciones eran más bien el caldo de cultivo de una pócima mortal que al final deberíamos beber todos nosotros.
Benassar decidió, tras muchas vueltas de cabeza, que debíamos ir a Valladolid. Cierto que allí estaba aposentada la Inquisición, pero dijo con una cierta sorna que quizás el lugar donde el lobo no buscaría nunca sería entre sus propios dientes. Meternos en la boca de la alimaña era peligroso, pero también astuto, y comprendí que no teníamos otras alternativas si queríamos sobrevivir.
Durante el azaroso viaje, tuvimos que escondernos varias veces. Todo un ejército salido en apariencia de la nada conducía a muchos de los nuestros al destierro, a la expulsión, o a veces a la muerte. Estos últimos iban apartados, llevados por soldados que portaban en el pecho y la espalda las armas de la Reina, y entre ellos cabalgaban también frailes dominicos de severo semblante, en los que a pesar de todo, se notaba la satisfacción del cazador que ha tenido fortuna. Escondidos desde los ribazos o entre los setos, en donde las zarzas nos torturaban, veíamos pasar aquellos rebaños humanos, gentes como nosotros, rabinos, comerciantes, campesinos, hombres sin más, mujeres, niños, ancianos. Todos igualados por el blanquecino polvo del camino, y como los personajes de un antiguo drama griego, muchos de ellos con los pies sangrantes, o incluso heridos o maltrechos, con el brazo en cabestrillo, cojos, mancos, enfermos, caminando sin poder detenerse, porque al que no podía seguir o no podía ser llevado por los otros, era ajusticiado donde mismo caía, y eso lo presenciamos más de una vez. Allí junto al camino quedaban sus restos para pasto de fieras, entre la indiferencia de los guardianes y también de los propios cautivos que, salvo raras excepciones, parecían haber tornado su alma de hombres, que alguna vez tuvieron que tenerla, en seres egoístas y mezquinos, pues muchos de ellos veían caer a su vera a otro ser humano sin que su gesto cambiara y sin hacer ni tan siquiera remedo de agacharse a ayudarlo. No fue sino muchos años después cuando comprendí que el corazón de las víctimas se igualaba a veces al de los sicarios que las torturaban, como si un mal aire les hubiera afectado a ambos por parejo, o como si entre ambos se estableciera una extraña afinidad.
Escondidos, mirábamos atónitos lo que estaba sucediendo, porque de otra manera nunca nos hubiésemos creído lo que nuestros ojos testificaban. Junto a mí, Benassar murmuraba oraciones, incrédulo a pesar de lo que acontecía, cuando un soldado fustigaba a alguno que se sentaba exhausto al borde de la calzada sin poder continuar. Daba igual que se tratase de viejos que de niños, o de mujeres tan ancianas que más parecían arrastrarse que caminar. Alguien había dado unas órdenes estrictas, y eran golpeados sin misericordia para que caminasen al ritmo que imponían los guardias.
Se estaba cumpliendo con holgura el Decreto de los Reyes Católicos, al dictado de Mendoza, Torquemada y otros como ellos. Benassar me explicó que las Órdenes Militares tenían que ver en ello, como también los frailes dominicos, la Iglesia Católica y Romana, junto a otros estamentos que temían y odiaban a los judíos, que más que otra cosa, necesitaban dirigir un odio irracional hacia ellos, ya que su expulsión, la muerte de muchos en los autos de fe, pues antes que conversos eran judíos de raza, no podían servir a objetivo humano alguno.
Al igual que hacía dos mil años, cuando grandes contingentes de judíos fueron deportados a Babilonia, de nuevo estaba sucediendo. Pero Castilla siempre me había parecido un Reino adelantado, lejano de las supersticiones y brutalidades de los asirios. Ya no tenía sentido repetir un holocausto entre las gentes del Libro, y sin embargo, estaba ocurriendo frente a nuestros propios ojos.
Íbamos, pues, callados, más indignados que temerosos, puesto que éramos muy conscientes de que nos hallábamos rodeados de maldad, como si alguien hubiese destapado una enorme olla donde se estuviese cociendo el odio a los que no eran iguales, y en ella hervían la violencia, la envidia, la maldad pura, el ansia de terminar con la vida de los demás. Aquellos campos que cruzábamos, los caminos, los pueblos que íbamos dejando tras nosotros, todo ello alguna vez me había parecido parte de mí, como una extensión de mí mismo, hasta que la realidad se impuso con su cruel recado. Había acompañado varias veces a mi padre a buscar leña caída. Ése era el mayor privilegio que el Rey había concedido a sus súbditos. Ahora ya no lo éramos. Se nos consideraba parias, enemigos, algo que había que aniquilar y expulsar a toda prisa.
Benassar caminaba junto a mí murmurando constantemente, divagando sobre todo lo que se le ocurría, reflexionando sobre la vida y la muerte en un larguísimo monólogo que no tenía fin ni cuando teníamos la suerte de poder comer algo. Aquel hombre no estaba loco, lo que ocurría era que la indignación le subía a borbotones por la garganta, y no quería quedarse con ella dentro. Algo de lo que él decía lo asimilaba, pues prestaba entonces más atención que nunca a las palabras del que volvía a considerar mi maestro.
Él me instruyó en la forma en que tenía que actuar y en los personajes que debería interpretar según las circunstancias. Lo mismo debía ser un lazarillo, que un bobo cabal, que su discípulo. Todo dependía de quien tuviésemos delante. Así, caminando siempre a buen paso, llegamos a un pueblo como otros muchos que habíamos dejado atrás, casi siempre dando un gran rodeo para evitar tener un mal encuentro. Pero estaba anocheciendo, y cuando llegaba la hora de dormir, a veces nos introducíamos en un pajar para ponernos a cubierto tanto de las inclemencias como de las alimañas.
Fue también la curiosidad la que hizo que nos acercásemos, pues oímos gritos y golpes desde lejos, y eso nos extrañó. En aquel lugar parecía que los mismos infiernos habían dado cuenta de la tranquilidad que allí debería haber. En las afueras vimos un grupo de hombres a caballo, soldados casi todos, menos dos dominicos y un caballero de paisano. Llevaban con ellos no menos de treinta personas en dos carromatos de los que se utilizan para transportar la mies. Y eso fue lo que aquello me pareció más que otra cosa: una cosecha de gentes que iban de pie, apretados como gavillas, gimiendo la mayoría, otros callados sin decir palabra, como si algunos ya hubiesen dicho todo lo que tenían que decir y se encontrasen agotados. Debía tratarse de varias familias, al menos cuatro o cinco, porque iban viejos y también niños, tan pequeños algunos que debían ser llevados en brazos por sus madres.
Comprobé, algo espantado, que mi corazón se estaba convirtiendo en una piedra, pues no fue para nosotros ninguna sorpresa ver aquel espectáculo. Pero sí el ver cómo eran tratados por sus propios vecinos, que les gritaban y les tiraban piedras sin motivo aparente, por verlos más torturados si cabía. Una joven de mi edad fue alcanzada en la cabeza por un canto, y cayó desmayada dentro del carro como si la hubiese fulminado un rayo, mientras escuchaba el grito de júbilo del que tan buen tino había tenido.
Entonces, sin poderlo evitar, me puse a llorar con desconsuelo. Era verdad que durante todo aquel tiempo me estaba haciendo el hombre que quería aparentar que ya nada me impresionaba, pero aquello era demasiado. No podía asimilar tanta maldad y tanto odio sin que se desmoronara dentro de mí todo lo que me hacía permanecer vivo.
Unos vecinos, entre grandes risotadas y aspavientos, estaban formando una enorme pila con muebles, enseres y ropas, gastándose entre ellos macabras bromas y pullas, haciendo remedo de todas las intimidades que estaban violando, alborozados por sus descubrimientos en un paroxismo de brutalidad.
Entonces, con voz queda pero firme, Benassar dijo que me fijase bien, que esa sería la mejor clase que había recibido nunca, porque allí no quedaba ya más que la desnuda realidad. No había hipocresías ni otros intereses más que terminar de una vez con el asunto que les ocupaba, es decir, con nosotros los sefardíes, que debíamos aprender de una vez por todas que aquélla no era nuestra tierra, ni aquellas gentes nuestros vecinos, ni mucho menos nuestros amigos. Sólo quedaba, pues, el mero fuego que comenzaba a arder en los pocos muebles astillados y en los libros de rezos que habían encontrado, y también las piedras que eran lanzadas por todas las manos para que nadie pudiese decir luego que no participó en aquello. Sólo quedaba una crueldad tan fría como la piel de una culebra.
De pronto, todo se agitó aún con más interés. Fue porque encontraron a una mujer que se había escondido bajo el tejado de su casa. Parecía hallarse enloquecida de miedo. Tenía los ojos abiertos, tanto que creí que se le iban a salir de las órbitas, y del gran pavor que sentía no era capaz de articular sonido alguno. A pesar de hallarnos escondidos a una distancia prudencial, aunque había caído la noche, la luz de los grandes fuegos que habían prendido en la plaza iluminaba los rostros, descomponiendo los rasgos con las fluctuaciones de las llamaradas, y pude percibir en aquel rostro una angustia tal que sentí dentro de mí cómo era capaz de compartir el miedo, la ansiedad y el espanto que aquella mujer sufría.
En mi zozobra miré a Benassar de soslayo, pero él tampoco estaba para consolarme. Comprendí que hasta aquel instante había estado haciendo un gran esfuerzo por evitar mi miedo y aliviar mis cuitas, pero que, como él decía, la realidad finalmente se había impuesto. Ya no teníamos, ni él, ni yo, donde ampararnos ni socorrernos, ni tan sólo el gemir ante lo que estábamos viendo. Sólo quedaba rezar por dentro para que no diesen también con nosotros y averiguasen el engaño, pues aunque por alguna extraña razón mis rasgos tenían poco de sefardí y mis cabellos eran como del color de la paja, Benassar era, en contraste, uno de los judíos más judíos que en mi corta vida había conocido, e incluso se le escapaban unos rizos que se le enroscaban en las mejillas, poniendo en evidencia una nariz que era algo así como el símbolo vivo de Judea.
Han pasado ya muchos años, pero aún recuerdo con espanto lo que ocurrió a continuación, y de lo cual fuimos testigos de excepción, ocultos en un almiar al que habíamos trepado, introduciéndonos con grandes fatigas entre la apretada paja que por todas partes nos pinchaba impidiéndonos casi respirar.
Aún seguía sin poder comprender cuál era la causa por la que aquella tranquila vecindad se había transmutado en una especie de demonios y trasgos que bailaban, como sugestionados por su propia violencia, alrededor de la pira en la que habían colocado varios postes enhiestos a los que habían atado sin misericordia a dos ancianas que sin duda eran sefardíes, y con ellas también a la joven que había pretendido ocultarse. Entonces los verdugos, pues no era otro su título, se retiraron unos pasos, comprobando satisfechos que todo estaba en orden, para enseguida tomar unas antorchas y por varios lugares, con gran diligencia, prender fuego. Eso lo consiguieron con dificultad, porque la leña era tierna y se hallaba húmeda a consecuencia de algunos chaparrones que habían caído aquella misma tarde.
Los gritos de júbilo de los villanos fueron tornándose en imprecaciones al comprobar que la hoguera no ardía, y todos ellos parecían defraudados hasta que uno que se hallaba cerca de donde nos ocultábamos se acercó al almiar y comenzó a rebuscar paja seca, tan cerca de mí que sentí gran temor de que por azar me cogiese de la cabeza y tirase hacia afuera, porque si eso hubiese sucedido, creo que habría muerto de espanto sólo de imaginar lo que a continuación ocurriría.
Varios de los vecinos aplaudieron la idea y corrieron hacia el almiar para repetir la operación, pero tuvimos la fortuna de que la paja estuviese más seca por el otro lado, y de allí extrajeron un gran montón que apilaron entre los leños. Con la certeza de que todo iba a arder conforme a sus propósitos, de nuevo se animaron; cierto que empujados a ello por un fraile dominico que parecía el más interesado en llevar a cabo aquella barbaridad.
Benassar me había advertido del odio que aquella Orden tenía por los sefardíes, a los que acusaban constantemente de todas las atrocidades que ocurrían, ya fuese rapto de niños a los que, según divulgaban, los judíos extraían los fluidos vitales en ceremonias espantosas, o el de vírgenes raptadas para violarlas por los ancianos o cosas similares, todas ellas tremebundas, pero que bien les servían para azuzar a las gentes ignorantes contra nuestra raza. Supe más tarde que lo que realmente temían era que transmitiésemos nuestro afán por los libros y las Ciencias, que entre nosotros estaban muy acendradas, y terminásemos con muchas de las supersticiones que ellos propalaban, que mantenían a las gentes ignorantes en un estado de temor y dependencia hacia ellos.
Fue el fraile el que con grandes esfuerzos, logró hacer arder la enorme pira, y se le veía orgulloso de ello, como si hubiese conseguido algo trascendente, mientras que los que le rodeaban comenzaban a aullar y danzar como energúmenos, poseídos por un estado de ánimo parecido al de un trance en el que todos hubiesen caído.
Yo no quería mirar. Ni por edad ni por valor podía hacerlo, pero algo más fuerte que mi voluntad me impelía a levantar la vista, y aunque nublados los ojos por las lágrimas, veía retorcerse entre atroces espasmos aquellos cuerpos, a pesar de estar bien sujetos por muchas sogas y nudos a los postes. Aquello duró más de lo que hubiese pensado. El humo se arremolinaba y los asfixiaba, las llamas laceraban los cuerpos y sus espantosos gritos sonaban en toda la plaza, aterrorizándome. Luego, cuando finalmente la muerte se apoderó de ellos, se hizo un gran silencio, roto solamente por el crepitar de las llamas, y los vecinos fueron retirándose de aquel lugar maldito lleno de olor a carne quemada. Se habían quedado silenciosos, como si de pronto todos ellos se hubiesen dado cuenta del terrible crimen que acababan de cometer. Allí sólo quedó el fraile, alzando una gran cruz de madera sobre su cabeza, como si quisiera hacer cómplice de todo aquello a Jesús crucificado, o tal vez buscando en aquellas tablas mal clavadas una justificación que encubriera lo que no era más que un criminal acto.
Mis sollozos debían escucharse desde lejos, pero nadie parecía oírlos, ya que el fraile, el último testigo que restaba, pues los soldados habían abandonado el lugar al poco de llegar nosotros, parecía insensible a nada que no fuese su propio fanatismo.
Benassar no podía tampoco articular palabra, y con la cabeza oculta entre sus brazos parecía exhausto y desfallecido en cuerpo y alma, incrédulo ante lo que acababa de suceder; y como yo, consciente de que siempre habíamos vivido rodeados de gentes como aquellas a las que nunca habíamos temido, porque si bien era cierto que alguna que otra vez había un brote de animadversión entre ellos y nosotros, parecía más bien una pelea familiar, algo casi normal en una convivencia tan cercana. Nunca hubiésemos podido imaginar que pudiese existir un odio tan insondable entre cristianos y judíos.
Al final debí quedarme dormido, casi exánime, y lo mismo debió ocurrirle a Benassar. Allí, entre la paja, me sentía abrigado y protegido. Soñé con mis padres, con mis hermanas. Era de noche, y me hallaba dormido en la cama. Me veía a mí mismo encaramado en la gran viga de roble oscuro que cruzaba nuestra alcoba. Veía abrirse la puerta y entraba mi madre, que se quedaba observándome sin pestañear; luego la seguía mi padre, portando con las mismas vestimentas que utilizaba cuando iba a los juzgados. Por fin entraban mis hermanas, pero ellas iban vestidas sólo con una especie de camisa de dormir. Todos se encontraban muy pálidos, como si fuesen de la misma cera blanca de los velones de la sinagoga, y rodeaban mi cama mirándome fijamente. Yo me despertaba aterrorizado, porque de repente caía en la cuenta de que todos ellos estaban muertos. Veía con precisión sus rasgos, su piel grisácea y sus ojos vidriosos. Era tal el terror que sentía que no podía tampoco moverme y sólo podía cerrar los ojos, porque aquella visión me resultaba insoportable. De pronto, notaba que caían gotas sobre mí y al abrir los ojos, veía espantado que eran lágrimas de sangre que brotaban de sus ojos y que empapaban mis sábanas y mi lecho.
Luego, sumergido en tanto pánico, volvía a abrirlos, y me hallaba sentado en la misma viga, con la habitación vacía, sabiendo que sólo era una espantosa pesadilla dentro de otro sueño.
Me desperté gesticulando, lleno de pavor al recordar lo que en realidad había sucedido, picándome todo el cuerpo por la paja que se había ido clavando entre la ropa.
Benassar me tapaba la boca con sus manos, atemorizado de que pudiesen llegar a oírnos a pesar de lo temprano de la hora, porque apenas acababa de amanecer, y aunque era el momento de levantarse, todos en aquel lugar se habían acostado muy tarde aquella noche.
Entre la paja hice un hueco para poder observar lo que acontecía en la plaza, y la visión que me aguardaba me hizo sentir arcadas y una enorme angustia, porque los cadáveres requemados, ennegrecidos por el humo, dejaban entrever huesos blanquísimos y algunas calaveras que entre los rescoldos asomaban y que parecían sonreír con extrañas muecas de sus dientes. No pude ver más, pues Benassar tiró de mí con fuerza, sacándome del almiar. Dijo entredientes que debíamos irnos de aquel lugar maldito cuanto antes.
Mientras caminábamos envueltos en los primeros albores, le oía murmurar que todos habíamos enfermado de una extraña peste que anidaba en la cabeza, en el cerebro. Alguien, hacía ya muchos siglos, la había traído de un remoto país. Tal vez en uno de los barcos que llegaban de Berberia. Él sabía, porque su padre había estado alguna vez allí, que las caravanas cruzaban los inacabables desiertos que desde Orán llegaban hasta Egipto y después a Mesopotamia. Allí entre dos ríos, el Eúfrates y el Tigris, había estado una vez el Paraíso y también el Diablo, el Señor del Averno, que tentó a Eva, porque creyó que era más débil.
—Todo había terminado —dijo con pesadumbre Benassar—. El Paraíso se había enterrado en la arena, sus selvas como jardines llenos de frutas maduras se habían agostado, sus pájaros se dispersaron por lejanas islas, la mayoría de sus animales maravillosos y llenos de amor por el hombre se habían extinguido. Los lagos y fuentes, sus torrentes cristalinos, los ríos que bajaban de las lejanas cumbres de hielo y nieve se habían secado para siempre.
»Pero algo había quedado en aquel lugar. —Benassar me miró con sus ojos enrojecidos por el llanto, mientras andaba arrastrando los pies inflamados y llenos de llagas—. Allí, en aquel ignoto sitio, no todo había terminado. Había sobrevivido la serpiente. Vivía entre las ruinas, las viejas piedras, la reseca arena. Tenía sus propios súbditos: las arañas, escorpiones, cucarachas y ratas que durante un enorme espacio de tiempo habían sido los guardianes de lo que había restado del Paraíso. La maldad, la violencia y la codicia se habían adueñado de todo; y en aquel lugar, donde sólo se habían escuchado los cristalinos torrentes, los cantos de los pájaros, el rumor de la fresca brisa, ahora se oían los frenéticos chillidos de las ratas devorándose unas a otras. También el espantoso rugido de la maldad, que ascendía de los profundísimos pozos que conducían a los abismos infernales.
»Allí había ido creciendo la envidia, la brutalidad —Benassar se detuvo mirándome a los ojos—. Era una enfermedad terrible —aseguró—, un veneno que se transmitía por el éter sin necesidad de que nadie lo inoculara directamente. Una especie de peste, como la que hacía pocas décadas había asolado toda Europa. Pero —insistió— era algo peor, mucho peor.
Sin apenas darnos cuenta, habíamos entrado en un bosque, atraídos por el refugio de aquella penumbra. Yo tenía un hambre atroz, y Benassar ya no podía ni con su alma. Pero teníamos la certeza de que si aquellos soldados que el día anterior habíamos visto por los caminos nos capturaban, con seguridad nos conducirían a la hoguera o a la horca.
Nos adentramos en la espesura, al igual que un animal herido busca refugio en lo más profundo de la selva. A pesar de la sensación de temor que me acompañaba, de la amargura que sentía dentro de mí por lo que le había sucedido a mi familia, a pesar del cansancio y del hambre, supe que en aquel bosque estábamos seguros. Benassar caminaba con decisión, como si supiera adónde nos dirigíamos, y yo no podía hacer otra cosa que seguirle sin rechistar, pues tenía la certeza de que con él me hallaba a salvo.
Llegamos después de una fatigosa caminata a un lugar casi impenetrable. Allí los árboles eran mucho mayores y cubrían con sus copas el suelo, tanto que a nuestro alrededor parecía haber oscurecido. Dentro de mí sentía miedo, pero vi que poco a poco se iba desvaneciendo, dejando paso a una gran serenidad, la misma que sentía cuando me acostaba en mi casa y veía revolotear a mi madre de un lugar a otro a la luz trémula de un candil hasta que al final todo quedaba en paz.
Benassar se introdujo entre unos grandes arbustos que crecían al socaire de unas formidables raíces, parecidas más bien a las garras de un desmesurado dragón que se hallase sobre nosotros.
Penetramos por aquella especie de orificio al interior. Una vez allí, me quedé anonadado. Aquel lugar era un impresionante claro en el bosque y nos hallábamos en el borde superior de un valle circular de al menos una legua, rodeado de gigantescos árboles en todo su contorno. Al ver aquello, sentí un gran alivio dentro de mí, porque supe con certeza que en tal escondite nunca podrían hallarnos.
Comprendí entonces que Benassar no me había hablado gratuitamente del Paraíso. Él sabía bien dónde se hallaba, conocía aquel lugar secreto y lo había compartido conmigo para poder salvarnos. Vi correr unos conejos entre la fresca hierba, también bandadas de tórtolas, ciervos, jabalíes que se acercaban a beber a un arroyo rebosante de truchas.
Mi maestro, agotado, se había sentado al pie de un roble y parecía observar todo aquello con un rictus de tristeza, sabiendo que toda la belleza de aquel lugar, su serenidad que casi nos abrumaba, se debía al hecho de que ningún ser humano parecía haberlo hollado antes.
Cuando hubimos descansado me explicó cómo podíamos capturar un conejo. Y con gran habilidad, que yo no esperaba en aquel hombre de letras y pensamientos, armó una trampa aprovechando unas mimbreras que crecían junto al arroyo. Luego, después de beber la fresca y clara agua que por él corría, nos sentamos pacientemente a esperar.
Sin embargo, por la razón que fuese, yo tenía más curiosidad que hambre, por lo que le rogué a Benassar que siguiese hablándome de aquella rara y cruel enfermedad, y así lo hizo sin demora.
Aquella extraña peste que destruía el corazón de los hombres, arrastrada por alguna violenta tormenta, había cruzado el mar. Tal vez había llegado aferrada a las entrañas de un hombre malvado. Benassar, asintiendo con la cabeza, dijo que quizás eso era lo que con mayor certeza había ocurrido. Esa infección era fácilmente transmisible, sólo tenía que rozar a un hombre ignorante para apoderarse de él sin que el infectado supiese que lo estaba, salvo quizás en que creía haber alcanzado la verdad. Luego la propagaba por las aldeas, por los pueblos y ciudades de Castilla y otros Reinos.
Benassar me explicó, mientras devorábamos un conejo cazado por su infalible artilugio, y casi crudo, porque el hambre no nos permitía mayor espera, que a pesar de todo, era fácil descubrir quiénes estaban contaminados por aquella peste. Eran hombres de apariencia similar a los demás, pero a los que gustaba vestirse con uniformes, bien de soldados, bien de clérigos, bien de alguna Orden de caballería. A esa clase de seres les atraían los desfiles, las banderas, los redobles de tambor, el llevar el mismo uniforme, igual que los que habíamos visto entrando a saco en el pueblo o merodeando por los caminos, buscando a gente como nosotros.
También tenían algo en común sobre todas las otras cosas. Por alguna razón desconocida, odiaban a los que no eran como ellos: a los sefardíes, a los moriscos, a los gitanos. Tenían tan enorme miedo de los que eran distintos, de los extranjeros, que preferían vestir todos idénticos, portando el anagrama de los Reyes, o de la Iglesia, o de una Orden para impedir la confusión.
Tampoco les agradaba el conocimiento, ni los libros, ni apenas las Ciencias, salvo las que fuesen inmediatamente útiles para sus fines. Odiaban la cultura, pues no podían comprenderla, ya que por su propia definición era la suma de los conocimientos de todos los hombres que antes que nosotros habían vivido.
Por esos motivos habían decidido expulsar a los moriscos y a los judíos sefardíes. Pero los que creían que se iban a contentar con eso, aseveró moviendo la cabeza Salomón, sólo eran unos ingenuos, porque luego seguirían otros: irían eliminando, unos tras otros, a todos los que no fueran exactamente igual que ellos. Después, probablemente arremeterían a dentelladas entre ellos mismos hasta que sólo quedase uno. En él se encontraría la síntesis de toda la maldad, de todos los vicios y pecados. Ése sería el mismo Diablo, que aprovechando la estupidez de los hombres, habría conseguido su fin.
El maestro quedó silencioso, observando mi reacción ante sus palabras. Pero yo no me conformaba con su silencio, quería saber más, y le pregunté por qué la habían tomado contra nosotros. Que yo supiera, éramos un pueblo tranquilo, trabajador, amante de nuestras tradiciones y costumbres. Creíamos en Dios, y buscábamos en el Talmud, en la Torá, la fuente de nuestra luz. ¿Por qué nosotros?
Benassar suspiró. Me miró sin decir palabra, como buscando una respuesta a aquella pregunta infantil. Permaneció largo rato callado, reflexionando. Después, algo más descansado y habiendo recuperado fuerzas con el refrigerio, contestó a aquella difícil pregunta.
—Éramos un pueblo distinto. Siempre lo habíamos sido. Cuando alrededor nuestro, los hicsos, los asirios, los seguidores de Baal, de todos aquellos ídolos que representaban la muerte, la lujuria y la codicia fueron contaminados por la peste que infectaba el espíritu, comprendieron que su mundo era incompatible con el nuestro. Ellos miraban a Judea, a Samaria, a Galilea, a los lugares donde habitaban nuestros abuelos, y vieron, asombrados, que aquellas gentes sencillas parecían distintas. Eran pastores, agricultores, comerciantes. Observaron que llevaban vidas tranquilas. Miraron desde las alturas de sus montañas y vieron pueblos y aldeas en paz. Sólo se veían algunas hogueras que destacaban en el cielo, de los que habían sacrificado un cordero a su dios, Jehová. Escucharon cómo reían las madres, felices al ver correr a sus hijos seguros por los campos. Vieron sonreír a los hombres, mientras medraba el trigo, la cebada, crecían los corderos. Los vieron, serenos, recogiendo los frutos de las plantas, cosechando el vino, el aceite. Vieron que aquellas gentes parecían vivir en paz, alegres, contentos de su vida, y compararon aquella vida con la suya.
»Entonces, un día cualquiera, un malvado sacerdote de Baalbek, después de sacrificar a un niño recién nacido en un altar de piedra, supo que no podía dejar de pensar en aquel pueblo. Ese día apareció la envidia. Habló con sus gentes, y les inspiró la maldad. Dijo que sus cosechas no crecían, porque los hombres de Samaria, de Judea y de Galilea rezaban a sus dioses para que así fuera. Les mintió, consciente de que todas sus enfermedades, sus miedos, sus frustraciones al ver que la reseca tierra de aquellas montañas, de aquellas inhóspitas mesetas donde vivían no fructificaba, eran culpa únicamente de aquellos a los que llamaban judíos. Les azuzó para que acabasen con ellos. Debían conseguir que abandonasen aquellas tierras. También debían conseguir que renunciasen a su dios. No contento con ello fue más allá: instigó a sus gentes para que aniquilasen a los que quedaran. Fue entonces cuando comenzó la Diáspora. Una huida hacia adelante, tan larga, tan insistente que parece no tener fin. Una huida que se calma de vez en cuando, que aparenta desaparecer, pero que vuelve, siempre vuelve. Llámense asirios, o romanos, o castellanos, como nos ocurre ahora.
Había ido oscureciendo, y Benassar me llevó hasta una escondida gruta que alguna vez debía haber estado habitada por osos. Era un buen lugar para refugiarse del frío de la noche, y recogimos algo de hierba seca para que nos sirviese de yacija. Allí nos mantendríamos secos, calientes y protegidos. De mutuo acuerdo permanecimos en aquel lugar muchos días. Lejos y ocultos de los que se habían declarado nuestros enemigos, no teníamos aparentemente nada que temer, ya que era muy difícil que alguien diese con aquel lugar.
Sin embargo, no podía dejar de pensar en lo que estaba sucediendo fuera de allí. Había sido testigo de cómo en apenas unos días todo había cambiado, y eso me inspiraba una gran inseguridad. Me despertaba varias veces durante la noche, convencido de que finalmente habían dado con nosotros y de que todo iba a terminar para ambos.
Pero sólo eran extrañas pesadillas en las que confundía la realidad con el sueño y en las que mezclaba la visión de mis hermanas aterrorizadas y torturadas por aquel sayón, al que al menos había podido dar muerte. Pero meditaba con amargura que la venganza no mitigaba mi dolor.
Insistí con frecuencia a Benassar para que siguiera hablándome de la locura que parecía haber invadido el país. Al principio no quería hacerlo. Siempre me respondía que intentase olvidar. Tal vez para distraer mi ánimo, y acuciados por la necesidad, me enseñó a poner lazos y trampas, a pescar, a tejer cestas de mimbre, a curtir la piel de los ciervos. Creo que hubiese llegado a ser feliz en otras circunstancias. Pero me sentía prisionero, porque era muy consciente de que tras la tupida arboleda que coronaba el valle, otro mundo muy distinto nos acechaba, esperando que volviésemos a él para tal vez terminar con nosotros, o aún peor, para hacernos ver el terrible sufrimiento sin sentido que por doquier surgía.
Allí al menos nos sentíamos seguros. No existía odio, ni maldad. Cazábamos sólo por necesidad, y los animales hacían su vida sin que les inspirásemos temor. Medité que aquella maldita peste era sólo cosa de humanos.
Esas reflexiones me dolían. No podía olvidar lo que había visto. No era capaz de huir de los recuerdos, echaba de menos a mis padres. Comprendí tarde lo que era una familia, y me recriminé por ello. Aunque Benassar se esforzaba más de lo que podía, hacía de padre, de madre y de compañero de juegos y fatigas. Él quería que yo olvidase, distrayéndome con sus habilidades, contándome pacientemente relatos sobre cazadores y otras anécdotas que en otro tiempo hubiesen sido mi mejor entretenimiento. Pero en aquellas circunstancias, después de haber vivido terribles experiencias, y sobre todas ellas, la aniquilación de mi propia familia, apenas tenían sentido para mí, por lo que de pronto un día desistió al comprender que era algo imposible.
Entonces, al ver lo que yo realmente quería aprender, que no deseaba volver al engaño permanente en el que una falsa bondad me había mantenido, Benassar tomó la decisión de enseñarme todo aquello que debía conocer.
Una tarde, después de cazar un conejo con unos lazos que Benassar hábilmente había dispuesto, nos sentamos a descansar a la entrada de la caverna que se había transformado en nuestro hogar.
Permanecimos un largo rato en silencio, hasta que Salomón comenzó a hablar, igual que si estuviese dando una clase en la escuela, aunque creo que evitaba mirarme a los ojos, porque también se sentía culpable de lo sucedido.
—Los sefardíes —decía con amargura— nos habíamos dejado llevar al matadero como si fuésemos un rebaño de ovejas. Ese había sido nuestro pecado y nuestra debilidad, no sólo por creer que todo había terminado, sino por convencer a las mujeres, a los niños, de que éramos iguales a los demás, que se nos castigaría por nuestras faltas y se nos premiaría por nuestros esfuerzos; que podíamos construir casas de piedra con gruesas vigas, hogares que soportasen las inclemencias del tiempo por generaciones. Creían que había llegado el momento de plantar árboles centenarios, nogales, castaños, encinas, olivos. Árboles que crecerían con el paso de los años, a los que cuidarían y podarían los hijos de nuestros hijos. Éramos otros más, iguales, sin diferencias esenciales. Sólo la circuncisión, el Libro, nos hacían distintos. A fin de cuentas, nuestra propia existencia como pueblo, nuestra identidad, era un misterio. Éramos algo así como un árbol frondoso que se alimentaba de profundas raíces. Unas raíces que se remontaban a la noche de los tiempos, que hurgaban en lo más remoto, en lo más mítico. Goliat, Sansón, David. En una mezcla increíble de relatos de amor y odio, de luchas imposibles, de esperanzas. Eso era lo que realmente nos salvaba, nos redimía como pueblo. La convicción de que al final, cuando las estrellas hubiesen dado otra vez infinitas vueltas sobre el firmamento, alguien seguiría encendiendo un candelabro de siete brazos para celebrar el Shabbat. Los sabios, los rabinos, los hakham, creían que la Cábala, el estudio, el conocimiento de los secretos de la vida y de la muerte, del universo, podrían llegar a proteger a su pueblo.
»Pero la realidad siempre resultaba peor que los sueños. Probablemente, los más sabios intuían lo que un día volvería a ocurrir, pero no quisieron que su pueblo viviese en otro temor que el de Jehová. Decidieron que había llegado la hora de ser como los demás. Tal vez quedaba en el fondo de su corazón una sombra de temor, pero eso no podía transmitirse a los niños, a los jóvenes, porque entonces su vida hubiese sido demasiado triste. Había que hacer algo para olvidarlo. Creyeron que lo mejor era convencerse de que todo había terminado y que aquel lugar, Castilla, era su Paraíso.
»Luego vino una larga era de paz, sólo interrumpida por algunos momentos de angustia, como en mil trescientos noventa y uno. Pero quisieron creer que eso era el último espasmo de la Bestia antes de desaparecer definitivamente.
»En mil cuatrocientos sesenta y nueve, cuando el desposorio de los Reyes Católicos, el gran rabino de Castilla, Abraham Senior, intuyó que se acercaban malos tiempos, y así se lo comunicó a los otros rabinos del Consejo. Aquella ambiciosa Reina que se había apoderado de un Reino que no le correspondía y a la que le gustaba mandar y ser obedecida, tanto que hasta a su propio esposo tenía atemorizado, le recordaba constantemente que más que un matrimonio aquello era un pacto político entre Castilla y Aragón. Aquella alianza hubiese podido ir de otra manera, pero la enorme codicia, la intransigencia de la Iglesia obligando a los moros de las poblaciones conquistadas a convertirse al cristianismo, eran una puñalada en el ánimo de los judíos sefardíes.
Benassar lo había intuido desde que tuvo uso de razón, aunque no por su menor sorpresa, fue menos doloroso para él. Melancólicamente, me confesó que la muerte de su mujer, a la que amaba por encima de todas las cosas, le había acostumbrado al dolor, o al menos eso creía hasta que supo realmente lo que era sufrir.
Era, pues, cierto que la mayoría habíamos vivido engañados con la certeza de que éramos iguales a los otros, que no había diferencias.
Sin embargo, allí nos encontrábamos. Escondidos, viviendo como los animales del bosque y con el mismo riesgo de ser cazados, pasamos en nuestro escondite cerca de un año. Lo supe por las lunas que observaba todas las noches. En aquella caverna que llegamos a considerar nuestro hogar y que nos sirvió de cómodo refugio, mi maestro intentó transmitirme sus experiencias, y al comprobar mi reacción, no se anduvo con subterfugios, ni con falsa piedad. Yo lo prefería así. Puesto que la muerte podría hacer presa de nosotros en cualquier momento, era preferible mirarla a los ojos, sabiendo lo que significaba, que vivir y morir engañado dentro de una enorme farsa que no nos permitía llegar a tocar la realidad.
Allí aprendí a valerme por mí mismo, a utilizar mi cuerpo para poder escapar, a permanecer inmóvil durante un larguísimo espacio de tiempo para poder acechar a un animal, o a correr tras de él con toda la rapidez que mis piernas me permitían.
Salomón tampoco deseaba volver al mundo exterior. A pesar de su experiencia y su sabiduría, reconocía que nunca había sabido cuál era la verdadera realidad, y eso le hacía dudar de si realmente podría llegar a entender alguna vez el mundo. Pero él, más que yo, sabía que no podíamos permanecer allí para siempre, y que si lo hacíamos, caeríamos en el riesgo de volvernos seres egoístas, aislados en nuestros propios pensamientos.
Eso fue lo que le llevó a cambiar su criterio, y un día al despertar, Benassar me dijo que había llegado el momento de partir. Deberíamos llegar hasta Valladolid. De allí bien podríamos dirigirnos hacia Portugal, o bien seguir camino de Francia. No teníamos ninguna otra posibilidad, y ambos éramos conscientes de ello. Él, Salomón Benassar, se basaba en su experiencia, y yo, en mi intuición, un don que había heredado de mi madre, al igual que la capacidad de saber elegir las plantas, distinguiendo las que tenían propiedades curativas de las otras.
Recogimos lo poco de utilidad que podíamos llevarnos: unas pieles de corzo cosidas para abrigarnos por las noches, un rústico arco para cazar y poco más. Luego echamos una última mirada a nuestro alrededor, y sin más dilaciones trepamos hasta la cumbrera. Detrás quedaba el que había sido refugio durante muchos días y noches; delante, un largo camino que con suerte nos llevaría a alguna parte.