Shalom Sefarad
IV el Prior
IV
EL PRIOR
Al acercarnos, sonó un toque de campana y el portón se abrió de par en par, como si estuviesen esperando nuestra llegada. Cruzamos el dintel bajo la curiosa mirada de otro fraile, que debía ser el portero, y penetramos en el patio.
Nunca antes había estado en un monasterio, y si eso me atemorizaba, más aún lo hacían las circunstancias. No me sentía capaz de mirar a los ojos a los frailes que se iban acercando, por temor a delatarme. Algunos de ellos hicieron comentarios jocosos sobre el carbón y un tal Pedro Botero al oír el nombre de Matiste.
El fraile nos condujo hacia unos almacenes que se hallaban junto a la cocina. En aquel mismo momento cayó repentinamente la noche, y eso me alegró. Prefería la oscuridad, como si así pudiese evitar que me reconociesen. El cocinero, un fraile obeso y calvo, nos indicó la trampilla por la que teníamos que realizar la descarga. Mientras sujetaba las mulas, Pedro Matiste soltaba los nudos laterales de los grandes sacos a modo de alforjas, donde iba el carbón. Al abrirse, caía directamente en la embocadura de la trampilla, y los escasos trozos que quedaban fuera, los empujaba el fraile con una pala.
Reflexioné en aquel momento que aquellas personas, al igual que yo, sentían un profundo temor del mundo exterior y que se habían refugiado en un lugar escondido, alejado de los caminos y de los hombres, y allí habían construido su porción del Paraíso. Debo decir que el primer sentimiento que me invadió fue la envidia. Ellos, a su manera, habían conseguido escapar de un mundo hostil, y encontraban la paz en las pequeñas necesidades cotidianas, renunciando para ello a las ambiciones humanas.
Esos pensamientos me tranquilizaron, pues no podían ser malas gentes las que huían del mundo, y reflexioné que, fuese cual fuese su religión, teníamos mucho en común.
Apenas estábamos terminando de descargar la última mula, cuando el fraile que nos había llevado hasta allí volvió acompañado de otro de mayor edad, un hombre muy alto y delgado, de aspecto ascético y mirada penetrante que parecía escudriñarlo todo.
Instintivamente, me coloqué de espaldas a él, aprovechando que la mula se asustó y reculó nerviosa, pero aun así, notaba sus ojos recorriendo mi nuca como si quisiera penetrar dentro de la cabeza para poder averiguar mis pensamientos.
Llevaba aferrada una pequeña bolsa de cuero, y de reojo observé cómo contaba lentamente las monedas para pagar el carbón a Pedro Matiste. Cuando terminó la operación, le dijo al cocinero que nos diese algo de cenar. Añadió que nos permitiría utilizar unos corrales vacíos para pasar la noche. Luego, en latín, que yo comprendía por habérmelo enseñado mi padre, exclamó: «Usus fructus est ius alienis rebus utendi et fruendi salva rerum substantia». Al escuchar aquello, precipitada e irreflexivamente, como mi padre me recriminaba siempre, no pude por menos que contestar: «Boni viri arbitratu», y en el mismo instante en que lo dije me mordí la lengua al caer de pronto en el gran error que había cometido.
El fraile se acercó hasta donde me hallaba y me alumbró con una vela el rostro. Sus ojos reflejaban la enorme sorpresa que sentía, estudiando mis facciones, intentando encontrar algo en ellas que le aclarase aquello, mientras me preguntaba en latín quién era yo.
En vano, intenté disimular sin abrir la boca, ni parpadear, pero yo mismo había sido el culpable de todo lo que pudiese sucederme, y aunque en mi interior me abofeteaba con la mente, sabía que la suerte estaba echada.
Se acercó tanto a mí que notaba en mis ojos el calor de la vela y el olor penetrante de sus hábitos me envolvía. Me observaba en silencio, mientras el otro fraile que nos había llevado hasta allí y el propio Pedro Matiste me miraban estupefactos, como si no pudiesen entender lo que estaba sucediendo. De nuevo, en latín, haciendo un esfuerzo por contener su curiosidad, me preguntó quién era yo y qué estaba haciendo allí.
A pesar de lo repentino de la situación, provocada por mi inconsciente error, gracias a los consejos de Salomón Benassar me había preparado para ella. Tenía la completa certeza de que mi vida podría llegar a depender de mi sangre fría para poder contestar sin dudar y sin que ningún gesto, por mínimo que fuese, delatase que mentía.
Volví, pues, a la historia que en su día había contado a Pedro Matiste y a los otros carboneros. Repetí lo acontecido a don Diego de Sandoval y Fajardo, y de cómo había resultado muerto por unos malhechores cerca de Toledo cuando nos dirigíamos a Valladolid procedentes de Santa Fe, de Granada, donde la Reina le había encomendado llevar unos documentos. Mi nombre era Diego de Toledo y era uno de sus pajes, adoptado por la casa de los Sandoval, que me recogieron al fallecer mi madre al poco de nacer yo. En cuanto a mi padre —añadí ya convencido de la bondad de mi historia— no lo tuve nunca.
El prior, fray Gregorio, que tal era su nombre, no se dio por vencido e insistió en hablarme en latín. Le contesté que me lo habían enseñado los Sandoval, así como algo de árabe y de italiano, pero añadí que en lo que más cómodo me hallaba era en castellano.
El prior, alterado, seguía sin creerse todo aquello. No se separaba de mí ni medio codo, escudriñándome de tal manera que tenía la sensación de que iba a traspasarme con los ojos. Fueron unos instantes muy tensos para todos, y mientras transcurrían, vi cómo Pedro Matiste me maldecía entredientes por haberlo complicado en una situación ajena a él. Debo excusarlo, pues aquellos tiempos no eran propicios para los extraños, y si yo a causa de mi torpeza tenía una dificultad, él podría verse arrastrado. A fin de cuentas, habíamos llegado juntos al monasterio, y al menos, en apariencia, parecía ser responsable de mi persona.
El prior, un poco más calmado, como si estuviera intentándolo por todos los medios, aunque noté que respiraba fatigosamente igual que el hombre que se encuentra sin poder controlar sus emociones, me rogó en castellano que le acompañase, pues quería hablar conmigo en privado. No podía hacer otra cosa, y le seguí a través de unos larguísimos y fríos claustros, sin poder imaginarme lo que pretendía de mí aquel hombre. Caminamos con rapidez hasta el otro extremo del conjunto de edificios, que desde el exterior me había parecido más pequeño, y subimos por una pronunciada escalera de caracol para finalmente llegar hasta una gran sala que se me antojó la biblioteca, pues allí, en una especie de pupitres, vi extendidos varios manuscritos que parecían estar copiando los frailes.
Me acompañó, presuroso, hasta una de las mesas que se encontraba vacía y colocó la vela sobre ella, haciéndome un leve gesto con la mano para que tomase asiento. Luego encendió otra que se encontraba sobre la mesa y se dirigió hacia las estanterías de madera adosadas a los muros, repletas todas ellas de libros y manuscritos. Durante unos instantes, buscó en ellas hasta que pareció encontrar el que buscaba. Volvió caminando de una extraña forma, pues más semejaba deslizarse por el suelo que otra cosa, portando unos grandes manuscritos cosidos por el borde. Abrió uno de los pliegos y durante un rato pareció olvidarse de mí hasta que encontró lo que estaba buscando, y por primera vez lo vi sonreír. Me señaló el párrafo, indicándome que leyese. Dudé un momento, pero no podía negarme y lo hice con resignación: «Cum subit illius tristissima noctis imago, qua mihi supremum tempus in urbe fuit, …». Levanté la vista y seguí recitando sin necesidad de leer. Mi padre amaba a Ovidio sobre todas las cosas, y nos leía continuamente aquellas elegías, Tristes y Poéticas, que hablaban del destierro. Medité que tal vez aquel buen hombre intuyó en algún momento que ese era nuestro verdadero destino, y no atreviéndose a decírnoslo con claridad, prefirió que lo hiciese Ovidio.
Al levantar la mirada, vi que fray Gregorio no podía dejar de observarme estupefacto, porque lo que en aquellos instantes le estaba sucediendo, era algo que nunca antes le había ocurrido. Hizo un gesto brusco señalando el pergamino, y entonces, no pudiendo controlarse, retrocedió trastabillando como si yo fuese el mismo Diablo.
El hombre se dejó caer en uno de los pupitres como si le hubiesen faltado las fuerzas, y con la voz en un hilo de nuevo me preguntó quién era yo realmente.
A pesar de que hasta aquel mismo momento creía haberme preparado para aquella pregunta, algo dentro de mí hizo que no pudiera volver a mentirle, y como si alguien me estuviese dictando, me cubrí los ojos con las manos y comencé a hablar, contándole mi verdadera historia a aquel fraile desconocido, que podía llevarme a la hoguera con solo mover los dedos. Al hacerlo, y mientras la narración fluía de mis labios como un torrente incontenible, ocurrió algo extraño, porque el hombre comenzó a sollozar ocultando también la cabeza entre sus brazos, apoyándose contra la tapa del pupitre. Mientras eso sucedía, por primera vez en muchos meses, sentía que me estaba liberando de un enorme peso, que sin saberlo me agobiaba y me estaba impidiendo vivir.
Le conté toda mi historia sin omitir detalle, y fray Gregorio, aunque dejó de llorar, no podía dejar de hipar de tanto en tanto, mirándome fijamente con sus ojos húmedos, como si la historia que estaba escuchando le hubiese afectado profundamente.
Llegó un momento en que la vela se consumió totalmente, pero a pesar de ello, ninguno de los dos nos movimos, porque yo no podía dejar de hablar, notando dentro de mí un increíble alivio al hacerlo. Él parecía sorber mis palabras hasta que después de un largo rato, finalicé el relato y me quedé casi resollando por el esfuerzo, igual que si hubiese subido corriendo una empinada ladera.
Fray Gregorio alargó su mano para tomar la mía en un gesto impulsivo, y noté que movía la cabeza ligeramente, arriba y abajo, como si asintiera. Luego ambos permanecimos silenciosos, apenas entreviéndonos, iluminados por un rayo de luna que penetraba por una de las ventanas de la biblioteca.
Unos instantes más tarde, retiró su mano y se cubrió el rostro con ambas, mientras volvía a sollozar intensamente. En aquellos momentos era yo el sorprendido, porque no entendía aquella inesperada reacción, hasta que se levantó haciendo al tiempo un gesto para que no me moviese, y en un tono muy bajo, casi susurrando, comenzó a hablar, mientras iba de un lado a otro de la estancia, como si no se atreviese a mirarme directamente.
—Aunque eres muy joven y no nos une en apariencia nada, has hecho hoy por mí más que todos los que me rodean en muchos años. Has confiado en mí. Has sido sincero, aun a sabiendas de que esa sinceridad podría costarte muy cara. Nunca podré olvidarte, porque me has traído el aliento de la verdad, y en esta oscuridad que nos envuelve me has hecho ver la luz que creía mortecina, casi apagada, de mi conciencia.
Hizo el prior una larga pausa y se sentó junto a mí. Era tal la penumbra que nos envolvía que a pesar de hallarse a mi lado, apenas era capaz de distinguir sus facciones. Luego suspiró profundamente y comenzó su sorprendente relato.
—Mi verdadero nombre es Manasseh Ayish. También yo soy sefardí, hijo de padres judíos, y aunque nací en Lisboa, donde mi padre comerciaba con especias, he vivido casi toda mi vida en Castilla, ya que mi madre era natural de Valladolid, y mi padre murió al poco de nacer yo. A causa de aquel trance, regresó ella a su tierra natal.
Me quedé atónito al escuchar la confesión de aquel fraile, porque lo que estaba contando sobrepasaba mi capacidad de asombro. No lo hubiese creído de no ser por su conmovedora reacción, por sus abundantes lágrimas y porque algo muy dentro de mí me decía que aquel hombre no me estaba mintiendo.
El prior prosiguió su narración sin mirarme, pues parecía concentrado en sus pensamientos y recuerdos.
—Mi madre era una mujer sensible e inteligente —continuó con voz más decidida, como si hubiese pretendido hacerme partícipe de sus experiencias —. Ella me enseñó latín y, como en tu caso, lo aprendí bien haciendo de él una lengua más, que en mi hogar se hablaba naturalmente al igual que el castellano, el hebreo, el portugués y el italiano. Más tarde, asistí a la Universidad de Salamanca, donde aprendí Derecho y Filosofía. En aquellos momentos, es decir, hace cuarenta años, a mitad de este siglo, no parecía extraño que nosotros, los judíos sefardíes, asistiéramos a la universidad, o incluso que impartiéramos clases en ella, pues muchos de los profesores también lo eran.
»Sin embargo, mi tío materno, Abraham Baruch, hombre influyente y capaz, cometió el tremendo error de ser justo. No sé si recuerdas el proceso que hubo en Valladolid contra don Álvaro de Luna. Pues bien, en él Abraham Baruch se puso de parte del Condestable, quien pagó con su vida la estúpida idea de ser fiel a su Rey. Sí sabrás que Juan II de Castilla recuperó su trono, sus riquezas y su honor gracias al esfuerzo de don Álvaro, que recibió como pago por su lealtad la muerte en el patíbulo.
»Allí cayó el linaje de los Luna, y Abraham Baruch perdió también su fortuna que tenía empeñada en ellos, y no sólo eso, sino que se acusó a los sefardíes de Valladolid de traidores, por lo que deberían abandonar la ciudad y sus bienes bajo pena de muerte en caso de negarse.
»Como puedes comprender —el prior se dirigió a mí coloquialmente convencido de que entre nosotros existía un especial vínculo—, no era más que una excusa para evitar que la Corona, que iba apropiarse de los bienes y haciendas de Álvaro de Luna, tuviese que devolver los muchos préstamos, que Baruch había hecho a esa casa para pagar los considerables gastos del proceso. También para castigarlos por haber ayudado a un traidor, y además con esa reacción veían cómo mataban dos pájaros con la misma piedra, liberándose del ascendente poder económico de los judíos de Valladolid.
»Allí terminaron los días de tranquilidad para mí, ya que se nos prohibió a los miembros directos de la familia Baruch asistir a las universidades de Castilla, ni ocupar ningún cargo público. Tuve, pues, que abandonarla oficialmente, pero en modo alguno deseaba hacerlo, porque para mí lo único entonces importante era aprender. Mi madre, antes de fallecer consumida por la pena y la amargura, me dijo algo que se me ha quedado grabado toda la vida. Lo único que nos podía hacer distintos era la sabiduría.
»Estuve alejado de la universidad durante dos años, sin saber muy bien lo que debía hacer, vagando por las calles hasta que, igual que a ti te está sucediendo ahora, el prior del monasterio de esta Orden en Zamora, me hizo la caridad de refugiarme y adoptarme como a uno más de los monjes. Tú has creído al llegar esta tarde que éramos dominicos, pero no. Éste es un monasterio cisterciense, la Orden que fundó San Roberto en la abadía de Citeaux, cerca de Dijon, en Francia.
»Eso ha ocurrido muchas veces, y seguirá ocurriendo. Nos llaman “criptojudíos”, “falsos conversos”, utilizando todo tipo de apelativos que nos menosprecian. Pero aunque en mi caso, por una extraña situación mi corazón está partido, porque si bien mantengo la fe mosaica heredada de mis padres, también es cierto que cuando ejerzo de prior de esta Orden cristiana, como fray Gregorio de Luna —adopté este apellido en honor de don Álvaro—, no puedo por menos que creer también como cristiano, llega un momento en que ya no sé quién soy en realidad, si Gregorio o si Manasseh.
»Esta noche, cuando has llegado, acabábamos de celebrar vísperas, y en ellas he estado a punto de tomar una decisión, enterrando en el fondo de mi conciencia a Manasseh y dejar vivir sólo a Gregorio para que aun con gran dolor, poder seguir hacia delante, esperando tal vez mejores días, que con certeza tendrán que venir para nosotros los sefardíes, mientras termina de pasar esta gran tormenta, que otra vez parece que va a acabar con nuestro pueblo. Esta tierra prometida de Sefarad, al igual que el Paraíso del Libro, se nos niega. Somos expulsados como raza, como credo y como tradición, sin saber bien por qué ni por qué no.
»Al saber quién eras y ver que no has sido capaz de mentirme —después te daré razón de mi certeza, y comprenderás todo—, he reflexionado que debo seguir siendo Manasseh Ayish Baruch, judío sefardí, aunque deba vestirme y disfrazarme de Gregorio de Luna, prior de este monasterio de la Orden del Císter, que a partir de ahora te acogerá a ti como fray Diego de Toledo. Aunque tú también eres y seguirás siendo toda la vida David Meziel, hijo, por cierto, de Abravanel y Sara.
Cuando mencionó el nombre de mis padres, una rara sensación recorrió mi cuerpo. En mi narración no le había proporcionado ese dato. De eso estaba completamente seguro, y el hecho de que los conociera me resultaba del todo incomprensible.
Gregorio de Luna me observaba con aspecto sereno y relajado, como si al vaciar su conciencia en la mía y otorgarme su total confianza, hubiese creado un vínculo indestructible entre ambos, y al tiempo me asombrase con su conocimiento de mi persona y mis circunstancias.
La luna entraba en aquellos momentos por el ventanal alargado de la biblioteca, iluminando el rostro del prior, y sus ojos parecían brillar todavía humedecidos por la emoción. No llegaba a entender cómo podía verme, pues me hallaba en la sombra, pero estaba bien seguro de que podría notar hasta el más leve de mis parpadeos, como si estuviese dotado de un don especial que no alcanzaba a entender.
Pero para ganarse mi confianza, él quería contarme toda su vida sin olvidar la más mínima parte. Siguió hablando con una voz entonada, cada vez más clara, propia del hombre que está acostumbrado a mandar sin que nadie pueda rebatir sus argumentos, al apoyarlos en el conocimiento y la experiencia.
—Entré pues en el Monasterio de Moreruela, utilizando mi nueva personalidad e hice ver pronto mis ansias de aprender y trabajar, no descuidando en nada el fervor y humildad, propios del último que a aquel lugar de austeridad y oración había llegado. Pronto, mi especial relación con el prior debida a nuestro secreto, hizo que me dedicasen su atención los más sabios de todo el monasterio. Allí perfeccioné el latín, aprendí el griego y estudié Teología y Filosofía, ya que la esperanza de mi prior era que llegase a serlo yo también en el futuro, y sabía que el único camino para conseguirlo era la perfección de la sabiduría. No por ello descuidé mis labores en la comunidad, y apoyado en mi voluntad, y debo reconocer que también en mi ambición, pecadora para Gregorio, pero necesaria para Manasseh, me esforzaba en levantarme antes que ningún otro, en ayudar y consolar a los enfermos, en realizar las labores más modestas y sencillas, en trabajar para los otros antes que para mí. Cierto que el propio reglamento de la Orden lo exigía, pero yo forzaba esos límites en mi ansia de poder llegar a ser un día el prior, tal y como finalmente he conseguido. Aunque en verdad debo también confesarte que todo ello fue a costa de mi salud física y mental, porque llegué a enfermar del esfuerzo, y en el enfebrecimiento que me poseyó, por la debilidad y melancolía que invadió mi organismo, creí morir sin llegar a conseguir lo que me había propuesto.
Hizo una pausa, como si se encontrase absorto en sus recuerdos, pero luego prosiguió con la misma energía su relato.
—Te cuento esto, porque tengo la certeza de que tu camino es paralelo al mío, como si fuésemos ambos discípulos de Plutarco, y no quiero ni deseo que cometas los mismos y graves errores que yo he cometido en mi vida. Aunque bien sé que lo que a ti te ha ocurrido, es suficiente para volver loco a un hombre hecho, cuanto más a un muchacho, por muy capaz que sea, como es tu caso.
No pude entonces hacer otra cosa que interrumpirlo, pues me hallaba impaciente por saber de qué manera había llegado a conocer quiénes eran mis padres. Aquello me tenía sobre ascuas, y sin poder evitarlo, se lo pregunté directamente a fin de terminar con aquella incógnita que me obsesionaba.
Al hacerle la pregunta, me miró un instante a los ojos para ver qué impresión me producía su contestación, y murmuró un nombre que casi me hizo saltar del pupitre.
—Salomón Benassar. Lo conocí siendo él casi un niño en Salamanca. Luego durante muchos años no he sabido más hasta que hace poco, apenas dos meses, llegó de improviso al monasterio. No lo había guiado hasta aquí Dios, sino Jacob Cohen, un judío sefardí también amigo de mi juventud.
Al escuchar aquello, me sentí de nuevo culpable y me encogí en el asiento. Había pensado mucho en ello, y aunque tenía la convicción de que había hecho lo que debía, una sombra de duda sobre si ese deber era ético, mantenía mi alma en vilo. También me preocupaba mucho lo que pudiera haberle llegado a ocurrir a Salomón, porque de una parte, aquella noticia liberaba mi conciencia, pero de otra, me hacía enfrentarme a la realidad, y no quería pensar en el momento en que volvería a verlo.
El prior me dio su versión de cómo Salomón Benassar había llegado al monasterio para refugiarse en él, después de que Jacob Cohen le dijese que fuese hasta allí y preguntase por Gregorio de Luna, el prior. Insistió en que cuando estuviese con él a solas, mencionase quién lo enviaba.
Sin embargo, todo ello no hizo falta, porque a pesar de los muchos años transcurridos desde los días de Salamanca, al verse frente a frente se reconocieron, y no hubo de dar muchas explicaciones para que el prior también lo acogiera e inmediatamente lo adoptara como fray Esteban de Santa María. Ante mi asombro, mencionó que de los veintiocho monjes, tres, contándole a él, eran judíos sefardíes y conmigo iban a ser cuatro, esto es, la séptima fracción de los miembros del claustro.
Salomón Benassar estaba, pues, allí. Eso me tranquilizó, ya que aunque no quería reconocerlo, había llegado a temer por su vida. No sabía cómo me acogería y si me guardaría rencor por haberlo abandonado de manera tan súbita.
Fray Gregorio, pues aún no podía pensar en él como Manasseh Ayish, se acercó a una estantería de madera en la que rebuscó hasta que encontró velas, así como yesca y pedernal. Yo seguía sentado, absorto en su relato que se me antojaba apasionante, por cuanto —él mismo lo había intuido— tenía de paralelo con mi historia. Encendió una de las velas golpeando con habilidad el pedernal y la colocó entre ambos. Para entonces debía ser ya casi de madrugada, porque de súbito interrumpió su historia para decirme que tenía que asistir a maitines, añadiendo que lo aguardase allí mismo, ya que no deseaba demorar todo lo que tenía que terminar de contarme.
Cuando abandonó la biblioteca y me quedé solo, noté frío y cansancio. Nos encontrábamos ya muy avanzado el otoño, y durante las noches el helado relente se hacía notar. A pesar de mi voluntad por permanecer despierto, no pude evitar tenderme y acurrucarme, mientras sin apenas darme cuenta, el sueño me invadía.
Debí caer entonces en un profundo sopor y comencé a tener una pesadilla tan real que se me antojó una espantosa alucinación. En ella vi entrar a Salomón Benassar en la biblioteca. Iba encadenado y lo conducían unos soldados de la Reina, acompañados por unos dominicos. Yo me hallaba escondido en el exacto lugar en que me había tendido para dormir, y desde allí lo observaba todo con perfecta nitidez.
No podía oír lo que hablaban, era una especie de murmullos ininteligibles. Vi cómo lo condujeron hasta el pasillo central y una vez allí, Salomón era bárbaramente golpeado en la espalda por sus guardianes hasta que confesaba. Llegado ese punto, los dominicos se dirigían a uno de los armarios donde se guardaban los manuscritos, y buscaban en él hasta que hallaban el que Salomón había declarado. Luego lo colocaban sobre una de las grandes mesas y lo extendían.
Extrañamente, sin moverme de donde me hallaba escondido, podía leer de forma clara lo que en él decía. Se trataba de la Torá. Entonces los dominicos exclamaron llenos de odio: «¡Falsos conversos! ¡Son marranos! ¡Hay que terminar con todos ellos!» Y cogiendo una de las antorchas que portaban los soldados, uno de ellos, el que parecía el principal, prendió fuego al manuscrito, al tiempo que los otros hacían lo propio con las estanterías. Luego todo se llenó de humo. Yo, aterrorizado, no sabía por dónde podía huir, y estaba convencido de que iba a morir abrasado al igual que si me hubiesen enviado a la hoguera.
En ese espantoso trance me encontraba cuando me despertó fray Gregorio, golpeándome ligeramente en la mejilla. Lo hice sobresaltado y respirando dificultosamente, en el convencimiento de que todo aquello era demasiado real para ser un sueño.
Al incorporarme, aún aturdido, vi que estaba acompañado de otro monje, y con una mezcla de vergüenza y emoción, supe que no era otro que Salomón Benassar. No tuve que decir palabra, pues Salomón me abrazó afectuosamente como si nada hubiese ocurrido. Parecía muy contento de verme sano y salvo, porque según me confesó más tarde, había llegado a estar convencido de que las fieras me habían devorado, creyendo que nunca más volvería a verme en este mundo.
Fray Gregorio me explicó que debía referirme a Salomón como fray Esteban de Santa María y nos advirtió que incluso cuando hablásemos entre nosotros, debíamos usar nuestros nuevos nombres. Luego me explicó que el monje que nos había llevado a Pedro Matiste y a mí hasta el monasterio se llamaba Efraín y de apellido Ashkenazi, aunque en la Orden era conocido como Tomás de Bohemia. Había llegado desde Praga, huyendo de las persecuciones, y se refugió en el monasterio cisterciense, ya que procedía de otro de la misma Orden en Alemania. Añadió que debíamos tener la confianza de encontrarnos, no en un monasterio cristiano, sino sobre él, en Bet-El, la Casa de Dios. Allí una vez Jacob había tenido un sueño, y también nosotros podíamos dormir tranquilos en aquel lugar.
Después de las efusiones por habernos encontrado y vernos, por el momento sanos y salvos, el mismo prior me acompañó para mostrarme el monasterio. El claustro era una amplia galería compuesta de arcadas a dos niveles, y subiendo una escalinata se llegaba a la iglesia construida en piedra, formando una gran bóveda central y dos más pequeñas a ambos lados. Fray Gregorio parecía satisfecho de la belleza y serenidad que emanaba todo ello, porque como después aprendí, era también alguien muy humano, y como tal disfrutaba con sus obras.
Subí tras de él por una empinada escalera, que desde la propia iglesia daba acceso al largo pasillo en el que se encontraban los dormitorios de los monjes. Una vez allí me asignó el que se hallaba al final de esa galería, contiguo al de Salomón Benassar. Después de hacerme las advertencias pertinentes, y en consideración a las circunstancias, me permitió no asistir aquella mañana al refectorio, sugiriéndome que fuese allí a la hora de vísperas para presentarme al resto de la comunidad.
Me quedé, pues, solo en mi celda, un estrecho habitáculo por el que a través de un ventanuco penetraba una gélida corriente de aire. Observé la agreste sierra que rodeaba el valle, meditando sobre las extrañas circunstancias que se daban en la vida y lo mucho que en ella intervenía el azar. Luego, al poco, comencé a sentir de nuevo frío y cansancio, y me tendí en el jergón colocado sobre unas tablas de madera que lo protegían del helado suelo. No pude por menos que repasar los últimos meses de mi existencia desde el aciago día en que infortunadamente encontré al caballero malherido hasta el momento en que me hallaba allí tendido, sin entender muy bien los extraños caminos del azar.
En la celda, colgado tras la puerta, encontré un hábito muy usado pero limpio, indudablemente destinado a mí, como si el prior, fray Gregorio, hubiese decidido que mi salvación y mi refugio se hallaban tras los gruesos muros de aquel monasterio.
Así me lo había expresado antes de dejarme solo, porque en esos días en el mundo exterior, en los caminos, las aldeas, las ciudades se alzaba un mortal enemigo, dispuesto no sólo a expulsar a todos los miembros de nuestra raza, sino también a torturarlos y aniquilarlos como alimañas por el solo hecho de ser sefardíes. No pude evitar esbozar una cínica mueca, mientras pensaba en que éramos el pueblo elegido.
A pesar de los esfuerzos que hacía para ello, no podía entender lo que estaba aconteciendo. Recordaba muy bien las palabras de Salomón, mi maestro. La Bestia había despertado y tomaba a cada coyuntura la forma que le convenía: ora como inquisidor, ora como soldado, o cualquier otra encarnadura que conviniese a sus aviesos fines. Cuando, vencido por la fatiga, cerraba por un instante los ojos, no podía dejar de ver a la gente, que hasta entonces creía normal, para nada diferente a nosotros, bailando y gritando hasta desgañitarse alrededor de una hoguera, donde se abrasaban los judíos ante el júbilo y alborozo de los presentes.
Cuando haciendo un alarde de valor, era capaz de pensar en todo lo que estaba ocurriendo en los pueblos cercanos, veía en mis figuraciones que los lobos y las alimañas del bosque eran en realidad seres bondadosos, que sólo mataban por necesidad para poder mantenerse con vida, mientras que nosotros, los que nos llamábamos humanos, lo hacíamos por algo profundamente perverso como era disfrutar del mal ajeno, revolcándonos en nuestra propia crueldad y mezquindad.
Salomón me lo había advertido en multitud de ocasiones. Ahora nos había tocado a nosotros, los judíos sefardíes. Enseguida llegaría la hora a los moriscos que aún quedaban en algunos lugares de los Reinos de España. Después a los gitanos, gente sin maldad y sin codicia, a los que impedían asentarse y trabajar, a los que acusaban de robar una gallina o coger leña en los bosques por los que pasaban, y que por esos atroces delitos eran tildados de delincuentes, golpeados sin misericordia, encarcelados y aun ahorcados. Más tarde les llegaría el turno a los que no creían exactamente en los mismos credos que los inquisidores. Luego a los que fuesen pobres de solemnidad por el enojoso hecho de serlo y de pedir por las calles y caminos. No podía olvidar a los lisiados, a los cojos, mancos y, en especial, a los ciegos, que iban estorbando por calles y mercados, haciéndose atropellar en su torpeza por las carrozas que cruzaban veloces o por las impetuosas caballerías de militares y señores.
Así, poco a poco, la Bestia, el señor de las tinieblas, iría reclamando sus parcelas. Ésa era la ineludible teoría de Salomón Benassar que, poco tiempo después, vi ratificada por el principal protagonista. En un espantoso remolino de violencia y fanatismo caerían los campesinos, los clérigos humildes, los locos, que en muchos casos lo eran por querer escapar de tan atroces mundos, los que no enseñasen lo que la Bestia quisiera oír. Todos iríamos en macabra procesión, en un extravagante auto de fe que iría quemando vidas y agostando libertades.
Eso era lo que probablemente sin saberlo traía el mensajero. El caballero negro, al que encontré malherido, había trastocado mi vida. Llevaba con él la semilla de esa maldad en forma de pergamino firmado por la Reina, expulsándonos de aquellas tierras, sólo porque éramos diferentes.
Me angustiaban hasta tal punto aquellas reflexiones que tuve que ponerme en pie y comenzar a caminar delante y atrás, como si en vez de celda de un monasterio fuese una jaula de fieras, igual que la que había visto, hacía ya algunos años, a unos titiriteros trashumantes que arribaron a Toledo para animar las ferias.
Apesadumbrado por aquellas amargas reflexiones, me asomé al hueco hecho en el muro a modo de tragaluz y vi cómo el cielo iba aclarándose con el inminente amanecer, y una ligera brisa matutina traía hasta mí el aroma de resina de una pineda cercana.
Me di cuenta, sorprendido, de que estaba llorando. No tenía la certeza de si mis lágrimas se debían a todas aquellas elucubraciones y pensamientos que habían conseguido alterarme hasta ese punto, o quizás al alivio que sentía al saber que tras aquellos muros me hallaba finalmente a salvo.
Exhausto y aterido, me senté en el jergón. En aquel instante, comprendí lo mucho que debía aprender de Salomón Benassar, de Manasseh Ayish, de gente como ellos, y recoger la sabiduría de mi pueblo. Sólo así podría ayudar a los míos y algún día, intentar vencer a la infame Bestia.