Shalom Sefarad

G. H. Guarch · Capítulo 15 de 28

Páginas del PDF

Shalom Sefarad

V el Viaje

V

 

EL VIAJE

Cuando Al Jindak leyó la carta de despedida de su amigo Abdallah Al Abdul, se emocionó vivamente. Reflexioné que me había hecho una idea equivocada de aquel hombre, creyéndole algo superficial y no tan humano y sensible como el que había sido mi maestro, pero tuve que rectificar al ver su reacción.

Me quedé, pues, sin la guía y la experimentada amistad de Al Abdul. Me sentía desorientado. A lo largo de mi vida, de una manera u otra había perdido a todos los que me habían dado su apoyo y su sabiduría, aunque intuía que seguían estando dentro de mí, apoyándome. A fin de cuentas, si no hubiese sido por ellos, me habría convertido en otra persona. Su conocimiento, al menos una parte, por mínima que fuese, de su sabiduría, se hallaba en mí, y eso era como un tesoro escondido que ya nadie podría quitarme hasta que también me llegase el turno.

Había pasado cerca de tres años en Fez, y durante ese tiempo había podido comprobar que árabes y judíos éramos muy parecidos. Mucho más de lo que quisiéramos aceptar y reconocer. De hecho, Al Abdul siempre me decía que éramos como primos que no se entendían del todo y que los culpables de esa falta de entendimiento no eran otros que los cristianos.

Por otra parte, veía ya con una cierta perspectiva mi pasado en Portugal y antes, velada con la bruma de la lejanía, mi niñez en Castilla. De allí no me había ido por mi propia voluntad, sino huyendo de las terribles circunstancias que sucedieron a mi alrededor.

No sabía qué podría haber cambiado de todo aquello, y en mi fuero interno seguía deseando, y al tiempo temiendo, volver algún día a Castilla. Mientras tanto, me hallaba decidido a seguir aprendiendo la ciencia de la verdadera Medicina que, como me había percatado, se hallaba entre los médicos musulmanes más que en ningún otro lugar.

Al Abdul, primero en vida y al final en su legado, me había encomendado a Al Jindak, y éste, correspondiendo a aquella confianza, parecía haberme tomado afecto, pues, en cuanto hubimos enterrado su cuerpo, y aún con el dolor que ambos sentíamos, me habló para decirme que contaba conmigo y que, para él, sería un honor que pudiese acompañarle a El Cairo, adonde pensaba partir en un breve lapso de tiempo, en cuanto yo pudiese dejar mis bienes heredados a buen recaudo.

Fui, acompañado por él, a ver al cadí. El juez no puso el menor reparo al testamento de Abdallah Al Abdul, ya que él mismo había recogido su legado hacía apenas un mes, por lo que no cabía ninguna duda legal de sus deseos, y por tanto extendió diligentemente un documento recogiendo todo aquello, que él mismo selló e inscribió.

A pesar de ser judío sefardí, por alguna extraña razón, era considerado por los musulmanes, a todos los efectos, como uno de ellos, mientras que los sefardíes que se hallaban recluidos en la mellah de Fez El Bali, tenían la consideración de judíos y debían atenerse a estrictas normas, como la que el Sultán acababa de decretar, por la que los judíos deberían pernoctar en la judería, y cuando saliesen de ella, llevarían en sus vestimentas una identificación.

Fue el propio cadí, Abu Muhammad Ibn Al-Kebir, el que explicó, el día que volví al registro a recoger el documento que me acreditaba como heredero de Al Abdul, que éste había obtenido del propio Sultán la venia para que yo fuese considerado como de la familia de Al Abdul. Sin decirme nada, mi maestro había querido adoptarme y facilitarme el camino. Reflexioné, emocionado, que aquel hombre no deseaba mi agradecimiento, sino mi bienestar.

A pesar de ello y de la consideración que tenían los judíos de pueblo protegido o dhimmis, aun existiendo en el Sultanato libertad de culto, se les había sometido a impuestos y restricciones especiales.

El Sultán se había percatado de cómo el número de sefardíes había ido creciendo a consecuencia de la expulsión, y más tarde, de la actitud ambigua del Soberano de Portugal. Por otra parte, al igual que en el caso de Isaac, otros conversos habían decido emigrar lejos, porque ni obtuvieron la consideración que ellos creían merecer, ni parecían haber menguado el odio y la envidia de sus convecinos, y en el temor de que volviese a ocurrir algo terrible, muchos de ellos decidieron marcharse de aquellas tierras para poder recobrar su verdadera religión.

Sabía bien que el viaje desde Fez a El Cairo era una aventura en la que me vería expuesto a todo y en la que fácilmente podría llegar, incluso, a morir. Pero no podía dejar de pensar en los tesoros que allí encontraría, ya que toda la sabiduría médica y científica de las otras escuelas eruditas, como eran Damasco, Bagdad o Kairouan, se hallaba concentrada en aquella ciudad.

Mi intuición me decía que debía marchar de Fez, arrostrar, de nuevo, la incierta seguridad de una larguísima travesía. Tal vez fuese aquel mi destino: no poder parar nunca, como si no pudiese evitar la maldición que asolaba a mi pueblo y que nos obligaba a permanecer vigilantes, atentos a cualquier señal del destino, a no poder relajarnos ni descansar jamás, a enterrar a nuestros muertos, sabiendo que siempre llegaría un día en que inexorablemente deberíamos abandonar sus tumbas cuando, de nuevo, llegase la inevitable Diáspora.

Fui a visitar a Isaac Ababanel y a su hija Ruth. Ellos intuyeron que aquélla era una despedida, pero no dijeron nada. Ambos recordaban el terrible dolor que habían sentido al tomar su decisión cuando, un día, forzados por las circunstancias, lo dejaron todo. No querían oír hablar de nuevos viajes.

Isaac me habló con amargura de lo que estaba ocurriendo en Castilla. Parecía que irremediablemente había llegado el turno a los moros. Cisneros los estaba obligando a convertirse, de buen grado o a la fuerza. De esta segunda manera se estaba logrando creer que ni en Valencia, ni en el Reino de Granada quedarían pronto vestigios de aquéllos a los que los cristianos llamaban con desprecio herejes.

No pude evitar recordar a Torquemada. Aquel hombre era como una obsesión para mí. El inquisidor había sido rotundo en sus amenazas. Uno tras otro, todos los que no se mantuviesen dentro del estrecho marco que él había diseñado, serían eliminados. Expulsión, destierro, mazmorras, torturas, muertes, eliminación de los signos visibles, a fin de terminar con la más mínima esperanza. Destrucción de las sinagogas y las mezquitas, también de sus culturas e identidades.

Imaginé, mientras escuchaba a Isaac, cómo se hallaría la que fue un día mi casa. ¿Se encontraría aún en pie? ¿Quién la habitaría en tal caso? Aún debía hallarse la espada del caballero escondida dentro del viejo roble, herrumbrosa, pues, en definitiva, ese y no otro era el fin de todas las armas, los brillantes escudos, las lanzas, los arcabuces, que no eran más que símbolos de la cara más negativa de los seres humanos. ¿Quién correría aquel mismo día, en aquel mismo instante, por las empinadas callejuelas de la judería en Toledo? ¿Habrían encontrado y desvalijado las genizahs? Suspiré. El único que siempre ganaba era el tiempo. Todo lo emparejaba. Las rocas caían de las montañas a los valles, los torrentes y los ríos arrastraban el lodo y la tierra, que un tiempo mejor fue fértil huerta. Todo se desmoronaba. ¡Cuánto más los absurdos empeños de algunos hombres!

Isaac parecía tener noticias recientes. El infante don Juan, heredero de los Reinos de Castilla y Aragón, había muerto hacía ya dos años. La reina Isabel, hija de los Reyes Católicos, había tenido un hijo, fruto de su unión con el rey Manuel de Portugal. Aquel niño heredaría el mundo, aunque fuese un mundo manchado de sangre y repleto de odio. El siglo había comenzado con funestos augurios, a pesar de que, según Isaac, el precio del oro había bajado mucho debido a las ingentes cantidades que los barcos españoles traían de las Indias.

Por otra parte, el Sultán, que era hombre prevenido y prudente, estaba preparando Fez para una posible invasión y un largo asedio por parte de los castellanos o, incluso, de los propios portugueses. Eran tiempos revueltos y muy difíciles para las gentes que sólo pretendían vivir en paz.

 

Más tarde, fui yo el que aclaré las cosas con Isaac Ababanel. Deseaba que me comprendiera. Tal vez tendría de mí el concepto de que no era más que un arrogante joven, embebido en mi profesión. No quería irme de Fez sin tener una larga conversación con él, pues quizás pensáramos de manera diferente, pero nos unían muchas cosas en común, y sobre todas ellas, ambos éramos judíos sefardíes. Podríamos entendernos en cualquier circunstancia. También le transmití mi interés de marchar a El Cairo acompañando a Ibn Al-Jindak y el deseo que tenía de que se ocupara de mi herencia. A fin de cuentas, era uno de los más preeminentes judíos de Fez, y aun con todas las limitaciones, contaba con la benevolencia del Sultán. Alguien tendría que administrar aquel importante patrimonio que consistía en varias casas, entre ellas, la que había elegido Abdallah Al Abdul para vivir, y dos grandes fincas, dedicadas al cultivo de olivos, similares a las que podía haber en Córdoba. Como compensación, le propuse quedarse las rentas hasta el día que yo volviese y le prometí que procuraría mantenerme en contacto con él por cualquier medio.

Isaac no se mostró muy proclive a aceptar aquella responsabilidad. Así me lo dijo con franqueza, pero añadió que si lo hacía era por el afecto que me tenían, tanto su hija como él. Además, no pudo negar que aquellas rentas le vendrían muy bien a la aljama de Fez, pues debía aplicarse en ayudar a la ingente cantidad de judíos que seguían llegando últimamente desde Portugal, muchos de ellos en la más absoluta indigencia.

Por otra parte, y a pesar de las diferencias que ambos manteníamos, comprendía mi interés por seguir aprendiendo. Esa necesidad, aseguró Isaac, se hallaba muy dentro del espíritu de los judíos: recoger la sabiduría del mundo y darle forma para que todos pudieran utilizarla. Esa era la verdadera idiosincrasia de nuestro pueblo. Era una poderosa fuerza que nos impelía a llegar hasta las mismas fuentes, sin que, para lograrlo, contase para nada el esfuerzo y el sacrificio personal.

Cuando finalmente aceptó mi propuesta, quedamos en ir con dos testigos a ver al cadí. Ese requisito legal no se debía a que yo tuviese la menor desconfianza, sino a la necesidad de que constase públicamente que Isaac Ababanel era el nuevo administrador de aquellos bienes.

Así lo hicimos. Al día siguiente, fui a caballo a buscarlo y encontramos al cadí en su casa, donde también impartía justicia. Allí declaré, en presencia de otro sefardí y de un vecino de Al Abdul que se había prestado a hacerlo por voluntad hacia el difunto, ya que siempre le había auxiliado en sus dolencias.

Firmamos, pues, la escritura por la que Isaac se convertía en mi administrador, y después me despedí de él y de Ruth con el corazón encogido, porque no sabía bien si volvería a verlos alguna vez.

Más tarde fui en busca de Ibn Al Jindak. Aún no tenía mucha confianza con aquel hombre, no sabía bien cómo era en su interior, aunque el hecho de haber congeniado con mi maestro, me proporcionaba garantías de que era alguien especial, pues Al Abdul se equivocaba poco en su criterio. Sin embargo, lo único que en aquellos momentos me importaba era poder acompañarlo a El Cairo.

Lo encontré en su casa terminando de realizar los preparativos para el viaje. Había organizado una caravana de unas treinta personas, doce a lomos de caballo, entre las que nos contábamos ambos, y no menos de cuarenta camellos. Iríamos hasta Oudjda, cruzando las colinas, de allí a Sidi Bel Abbes, para luego seguir la ruta hasta Constantina y Túnez. Si todo se desarrollaba felizmente, una vez allí embarcaríamos en un velero de su propiedad que permanecía anclado en aquel puerto para realizar la travesía hasta Alejandría.

Al Jindak estimaba que el viaje nos llevaría alrededor de dos meses hasta Túnez y entre tres y cuatro semanas en la mar hasta arribar a Egipto. Eso con suerte. Miró hacia el cielo como buscando su protección, porque en un viaje tan largo podían suceder muchos incidentes. Terminó su disertación encomendándose de nuevo a Dios.

Quedamos, pues, en vernos de madrugada. Apenas saliese el sol, nos pondríamos en camino. Era el mejor momento y también el más discreto para hacerlo.

Aquella noche apenas pude dormir. Otra vez más en mi vida, a pesar de que aún era joven, debía enfrentarme con lo desconocido. No tenía miedo, la suerte siempre me había ayudado. Era muy consciente de que, poco a poco, me estaba transformando en un verdadero médico y de que el azar o el destino me empujaban hacia las fuentes del conocimiento. Estaba en mi mano aprovechar aquellas circunstancias. Pero a diferencia de otras veces, Al Jindak era prácticamente un desconocido para mí. Pertenecía a una cultura muy diferente, porque entre los wattasidas, en Fez, había tantos andaluces que podía creer que seguía en Al Ándalus. Otra cosa era el Sultanato mameluco de Egipto, donde, según me había explicado Ben Gaón, el sentido de la vida y de la muerte era bien distinto al nuestro. Se trataba de una corte de esclavos transformados en individuos todopoderosos, en la que la traición, la conspiración y el crimen eran una forma natural de política.

Pero aquello aún se hallaba muy lejano y lo único importante era cómo iba a transcurrir el viaje. Aún era reciente en Fez la noticia de una caravana, de dimensiones parecidas a la nuestra, de gentes que se dedicaban al comercio, que había desaparecido misteriosamente, sin que nadie pudiese dar razón sobre ella.

Me levanté nervioso, harto de dar vueltas en el lecho. Fui hasta las cuadras, atraído por el continuo piafar de los caballos, que parecían intuir el inminente viaje. Una vez allí hice lo que Ben Gaón me había enseñado, que era no dejar nada al azar, y enjaecé mi caballo personalmente, mientras Ahmed y Ali, que me acompañarían en el viaje, preparaban sus monturas y cargaban la media docena de camellos que transportarían nuestra impedimenta.

No había tenido que adquirir prácticamente nada. Durante largos años, antes de que llegara el inevitable declive de su vejez, Al Abdul había sido un viajero impenitente. Encontramos en un almacén junto a la casa, tiendas, baúles especiales que se ajustaban a la particular anatomía de los camellos, alfombras de viaje, así como armas, odres para el agua y toda clase de herramientas necesarias.

No olvidé preparar un cofre destinado a transportar frascos, ingeniosamente compartimentado y forrado para protegerlos, todos ellos de vidrio grueso con tapones lacrados, en los que había introducido una gran cantidad de medicinas, ungüentos y pomadas. También llevaba todas mis herramientas de cirugía: afiladísimos escalpelos y pinzas de acero fabricadas en Toledo, estiletes de variado tamaño, cánulas, tenazas portuguesas, lancetas construidas según dibujos del propio Ibn Sina, encontrados en la biblioteca del Sultán. Todas ellas escogidas entre las que había heredado de mi primer maestro Abraham Revadel y las que me había legado Al Abdul. Estaba orgulloso de aquel cofre de cuero negro, porque tenía la certeza de que muy pocos médicos en todo el orbe poseían tan extraordinario y valioso instrumental.

Quería hallarme a la altura de las circunstancias y aprender todo lo que pudiera para que llegase un día en que Al Jindak me hablase de tú a tú. Era muy consciente de mis faltas y de lo mucho que me quedaba por aprender. El propio Al Abdul me lo había dicho más de una vez. Su única amargura era la certeza de su ignorancia. Sabemos poco, decía, y lo poco que sabemos es incierto en su mayoría. Pero eso no le había hecho transformarse en un ser melancólico, sino más bien al contrario, su pasión por aprender le empujaba siempre hacia delante, encontrando en cada paciente un nuevo motivo para indagar y hacerse otra vez la pregunta que le convertía en un verdadero médico: ¿por qué?

Ibn Al Jindak era un hombre imponente en todos los sentidos. Su peculiar humanidad lo hacía señalarse donde fuere, pero ante todo, era meticuloso y concienzudo hasta límites increíbles. Eso era, según él, una especie de deformación que había ido modificando su comportamiento como ser humano. Sabía bien que su mayor obsesión era la exactitud, por lo que resolví no llegar tarde a mi primera cita importante, y mucho antes de la salida del sol me hallaba ante su puerta, acompañado de mis dos criados, esperando que sus siervos terminasen de enjaezar y cargar las bestias.

Los animales tienen una especial intuición y parecían saber que partían para un larguísimo viaje. Los caballos piafaban y golpeaban con los cascos en el suelo y los camellos lanzaban una especie de mugidos nerviosos, intentando morder a los que pasaban junto a ellos. Apenas el sol despuntó en el horizonte, Al Jindak salió de la casa. Tras saludarme con una leve inclinación de cabeza, montó sin más preámbulos en su caballo, y levantando su brazo derecho, con un elegante gesto dio la señal de partida.

Yo, que no tenía su seguridad, ni tan siquiera me atrevería a decir su fe en Dios, imité torpemente su gesto, aun a sabiendas de que, tras de mí, sólo tenía a Ahmed y a Ali, que debieron sonreír al observarme.

Estaba comenzando la primavera, pero las madrugadas aún eran muy frías y el aire que penetraba en mi pecho parecía cargado de hielo. A pesar de ello, me sentía bien, nadie me había obligado a realizar aquel viaje, arrostrando una aventura que no sabía bien dónde podría llevarme.

Por unos momentos, no pude evitar pensar que podría haber optado por permanecer en Fez. Allí las gentes venían a buscarme, como si, además de los bienes terrenales de Al Abdul, hubiese heredado también su sabiduría. Cuando un paciente entraba en la consulta, me besaba la mano, lo que me avergonzaba, porque sabía bien que aquella muestra de respeto era para el desaparecido médico, y en absoluto para mí.

Allí en Fez hubiese podido prosperar, enriquecerme, llegar a convertirme en un afamado hakim, y tal vez hasta el propio Sultán me hubiese mandado llamar. Podría haberme desposado con la hija de Isaac Ababanel, el hombre más respetado de la aljama. Todo habría sido con seguridad más fácil.

Pero no aspiraba a vivir una vida tranquila y reposada. Tenía otras ambiciones, y a fe que no eran las materiales. No deseaba poseer bienes, ni joyas, ni oro. Lo único que me interesaba era aprender. No podía fallarle a Ben Gaón, ni a Revadel, ni a Al Abdul, y mucho menos a Salomón Benassar. Ellos habían confiado en mí para que pudiese llegar hasta donde el azar y mis fuerzas me llevasen, convencidos de una valía que yo debía ahora demostrar.

La caravana tomó la ruta lentamente. Eran muchos animales, un pesado equipaje, malos caminos. La otra alternativa hubiese sido más rápida, pero también mucho más arriesgada, tres o cuatro caballos y cabalgar para hacer al menos cinco leguas diarias, contra las dos, escasamente tres en algunos tramos, que podríamos llegar a hacer con todo nuestro bagaje.

Pero por otra parte, era indudable que Al Jindak poseía una gran experiencia. Él me había contado que conocía bien aquellos países. Incluso había llegado hasta Damasco y San Juan de Acre. También, a lo largo de su vida, había viajado por todo el Mediterráneo. Era un hombre aventurero y valiente que no parecía temer nada, excepto a Dios, pues cada vez que según su religión era preciso orar, la caravana se detenía y todos hacían sus abluciones con arena o agua si la había cerca. Cuando llegaba el momento, extendían las pequeñas alfombras para realizar sus plegarias y se colocaban de rodillas, inclinándose en dirección a La Meca. En esos momentos, yo descabalgaba en señal de respeto y me mantenía cerca hasta que terminaban. Luego el viaje proseguía hasta que cuando faltaban unas dos horas para la puesta del sol, nos deteníamos para montar el campamento y preparar una especie de cerca con arbustos espinosos, si podíamos encontrarlos, para proteger a las caballerías de las fieras, ya que en aquella zona abundaban los leones, los leopardos y las hienas. Eso sin contar a las verdaderas alimañas, los bandidos, que con toda certeza nos estarían vigilando para atacarnos a cualquier oportunidad, mordiéndose los puños al ver cómo una caravana tan rica y aparente se les iba de las manos. Pero Al Jindak era un viajero curtido y nos acompañaban unos fieros guardianes, armados de enormes cimitarras y lanzas, que con seguridad disuadirían a cualquier pequeña banda de forajidos.

Por la noche, Al Jindak me invitaba a cenar con él en su tienda, dado que tenía la especial consideración de invitado y amigo. Me admiraba comprobar cómo, en apenas el tiempo que yo necesitaba para montar una pequeña tienda, sus hombres preparaban una especie de opulenta mansión donde no faltaba de nada. Era un conjunto de tiendas alfombradas, incluso con los tapices preferidos por su amo, colocados a modo de ornamentos, un enorme brasero de cobre, al que se dedicaba un esclavo en exclusiva a tal fin. Mientras, los cocineros comenzaban su labor, ordeñando una hembra de dromedario a la que acompañaba su cría, preparando la cena con alguna pieza de volatería o un corzo, a los que inmediatamente de cazar se degollaba para cumplir con el ritual y exigencia de El Corán.

Después de cenar en silencio y cuando los esclavos nos acercaban el lavamanos perfumado con hierbas aromáticas, de las que también transportábamos abundante provisión, Al Jindak tenía la costumbre, casi un ritual, de tomar té con hierbabuena y le gustaba hablar conmigo sobre cualquier tema, haciendo gala de una vasta cultura y gran experiencia de la vida. En cuanto a mí, debo confesar, sin resquemor, que aquella vida me parecía la mejor de las posibles. En aquellos momentos, me era casi imposible imaginar otra manera de pasar la existencia.

Sin poder reprimirme, se lo comenté una noche a Al Jindak y asintió silencioso ante mis palabras, porque él siempre había pensado lo mismo. Después, tendidos sobre unas alfombras junto al fuego, observando las estrellas, intentó dar una explicación plausible a aquel sentimiento que nos embargaba.

Para él, el mayor y casi único bien que el hombre podía poseer sobre la tierra era la libertad. Los pueblos oprimidos, esclavizados o cautivos a causa de la guerra, sentían, dentro de su conciencia, que habían sido despojados de su mayor bien. Añadió, asintiendo con la cabeza, que el oro, las tierras, las casas, las vestimentas, incluso las armas y las caballerías, podían perderse. Pero el que sufría esa situación, en el fondo de su alma sabía que no había perdido nada importante, aunque no le quedase más que su cuerpo desnudo. En cambio, el hombre que perdía la libertad de elegir su destino, de llevar a cabo sus sueños, ya no era más que una leve sombra, incompleta como tal ser humano.

De hecho, muchos pueblos antiguos lo habían sabido. Era preferible morir antes que perder la libertad. Al Jindak me recordó Masada. Luego me señaló con su índice. También los sefardíes habíamos sido despojados de todo. Muchos de los nuestros habían sido enterrados en los áridos suelos de Castilla, pero no habían perdido su conciencia, ni habían cedido un ápice de su alma. Lo mismo ocurría con los moriscos. En aquellos mismos momentos, mientras nos hallábamos allí, discutiendo sobre lo divino y lo humano, muchos hombres y mujeres eran expulsados, denigrados, muertos, sólo por pertenecer a otra raza y a otra religión.

Al Jindak suspiró. Estaba acabando el Reino de los Nazaríes. Las peleas y traiciones entre zegríes y abencerrajes eran aprovechadas por los cristianos para terminar con lo que ufanamente habían llamado «Reconquista». Los Reyes Católicos se habían apoderado de Granada. Ahora dominaba aquella ciudad el arzobispo Cisneros, confesor de la Reina.

Al Jindak removió las brasas con una vara. Vi cómo brillaban sus ojos reflejando el fulgor de las ascuas. Él sabía bien lo que estaba ocurriendo en los últimos reductos del Islam en Al Ándalus. La rebelión de los moriscos en la Alpujarra. La historia volvería a repetirse, y en este caso serían los moros los expulsados. Ellos, que habían creado Al Ándalus. Allí quedaban Ibn Zamrak, Al Jatib, Hymyari y tantos otros.

Para él, los musulmanes eran los verdaderos creadores del sentido épico de los castellanos. ¡Cuánto tiempo había pasado desde Abd Al-Rahman! Los omeyas, en un orgulloso desatino, creyeron que el Islam podría adueñarse de Europa.

Un puñado de valientes, pero locos guerreros, habían abierto lo que entonces creyeron eran las puertas del Paraíso, y por allí entraron a raudales las mawlas bereberes, empujadas por la codicia y el ofrecimiento de un enorme botín, prometido por Muza Ben Nusayd y Tarik Ben Zigad.

La pregunté entonces a Al Jindak por qué se había empeñado en llevarme a El Cairo, cargando con una responsabilidad, cuando era evidente que yo no podía enseñarle nada a él y sólo le servía para añadir una carga más a su excesivo equipaje.

Tardó un rato en contestarme. Se trataba de un hombre tranquilo y pausado, al que le gustaba meditar sus palabras.

—Meziel —Al Jindak me llamaba siempre por mi apellido, como si la connotación árabe que éste tenía, nos acercase más—, Meziel, yo he podido orar en Samarra, en Kairouan, en Fez, en Damasco. He estado en La Meca, en Medina, en Bagdad, en Ispahán. Vivo en El Cairo. Soy un hombre creyente. «Tu Señor es el Dadivoso, que te ha enseñado a escribir con el cálamo; ha enseñado al hombre lo que no sabía».

»He visto muchas cosas en el mundo y he conocido a muchos hombres a lo largo de mi dilatada vida. Creo que no conoces las circunstancias por las que he llegado a ser quién soy. No nací árabe, ni turco, ni tampoco soy persa. Soy circasiano. Mis padres eran de algún lugar en el Cáucaso, una ciudad cercana al monte Ararat, una de las más altas montañas de la tierra, ya que, no en vano, fue elegida por Noé para desembarcar después del Diluvio. Es decir, soy armenio, y según un antiguo proverbio de mi tierra, un armenio es de todas partes menos del lugar donde ha nacido. Mis padres me enviaron a Tabriz para que me educase en casa de un tío mío. Allí aprendí árabe y latín. Se suponía que debía dedicarme al comercio, pero no deseaba entonces ser comerciante. Mi único interés era convertirme en guerrero para vengar a mi abuelo, que había sido enterrado vivo junto a todo un ejército armenio por las hordas de Timur.

»Allí, en mi tierra, siempre nos hallábamos en mitad de una batalla. Romanos, bizantinos, árabes, turcos, persas, todos querían conquistar Armenia. Eso había ocurrido desde el principio de los tiempos con las invasiones de los escitas y, más tarde, de los sumerios. Pasaron los años. Había aprendido a comerciar y también a pelear. Mi tío Aspiarian había comprendido que un armenio no es un hombre completo si no sabe defenderse. Volvía, pues, a mi hogar, dispuesto a que mi padre me confiase una importante caravana para llevar mercancías hasta Tbilisi. Pero aún no tenía la menor experiencia acerca de la realidad de la vida, cuando, apenas nos faltaba una jornada para llegar, los turcos cayeron sobre nosotros.

»Hicieron pocos prisioneros, porque a pesar de la emboscada, pudimos defendernos. En cuanto a mí, algo debió golpearme la cabeza y perdí la conciencia. Cuando la recuperé, me hallaba fuertemente atado a un madero que me inmovilizaba los brazos a la espalda.

»Aquellos turcos eran tan crueles como inteligentes. Nos privaron de comida para debilitar nuestros cuerpos y apenas nos proporcionaron unas gotas de agua para aliviar la sed. Así, regocijándose en nuestros sufrimientos, nos llevaron hasta su campamento en las montañas. Era imposible huir. Uno de nosotros, tal vez el más fuerte, consiguió librarse de las ligaduras y escapó monte abajo, creyendo que iba a recuperar la libertad.

»Los turcos lo dejaron huir sin alterarse, y como si no hubiese ocurrido nada, siguieron comiendo y bebiendo, ciertos de su ventaja. Luego, cuando les vino en gana, unos cuantos montaron a caballo y salieron a por él. Apenas tardaron media jornada en encontrarlo y traerlo al campamento.

»Aquella fue la primera vez en mi vida en que vi torturar a un hombre. Lo hicieron de una manera refinada para que durase. Al final, hincaron un poste en el suelo y lo afilaron con un hacha. Allí lo empalaron vivo con tanta habilidad que tardó mucho tiempo en morir.

»Hasta entonces no sabía que el ser humano pudiese sentir tanto odio por sus iguales. Creía que sólo las fieras se devoraban entre sí. Pero aquella noche supe que nadie ni nada en el mundo podría llegar a ser tan malvado como uno de nosotros.

»Otro prisionero me lo confirmó más tarde. A aquel desgraciado le habían aflojado aposta las ligaduras para que pudiese escapar y sirviese no sólo de ejemplo y de advertencia para los demás cautivos, sino también para saciar su sed de sangre, utilizándolo, además, como una mera pieza de caza.

»A pesar de aquello, todos intentamos escapar, pero sin conseguirlo. Fuimos conducidos en una larguísima travesía, primero a través de las inacabables montañas de Turquía, después por el desierto hasta una ciudad en el Mediterráneo desde la que fuimos llevados en barco a Alejandría.

»Muchos murieron en el viaje. La mayoría, agotados, enfermos. Otros simplemente se dejaron morir, como si tuviesen la certeza de que ya no merecía la pena vivir, al haber perdido su libertad. Yo aguanté. Era muy joven, apenas tenía veinte años, pero algo en mí me hacía resistir. Durante mucho tiempo, lo achaqué a mi propio valor, a mi fortaleza, a mi fe cristiana. No te sorprendas de ello. Entonces era yo cristiano. Mucho más tarde, comprendí que lo que me movía y me hacía capaz de todo era algo mucho más simple: la curiosidad.

»Por encima del dolor, la fatiga, el hambre, la melancolía, de cualquier otro sentimiento, se imponía, para mí, la necesidad de conocerlo todo. Nada me era ajeno, y ese fue el nacimiento de mi verdadera vocación.

»Ya durante el inacabable trayecto me sentí atraído por las heridas, las enfermedades, los padecimientos de los míos. Nuestros guardianes me dejaron hacer, al principio con cierto recelo, después debieron pensar que a fin de cuentas éramos una mercancía valiosa y que si alguien cuidaba de ella, eso redundaría en su posible beneficio. Al final, incluso me proporcionaban ungüentos y vendajes. Cuando ya creía que aquel era un viaje sin fin, un trayecto que no terminaría nunca, un día, de improviso llegamos a Alejandría.

»Allí tuvimos que enfrentarnos con una nueva realidad: no éramos prisioneros, tampoco personas; no éramos más que mamlucs, esto es, “esclavos”. Debíamos ser subastados en el mercado público. Nos permitieron lavarnos, y un barbero nos cortó el cabello y nos afeitó. Después, nos proporcionaron aceite de palma para que nuestros cuerpos brillasen. Los enfermos, los tullidos fueron apartados del grupo de los elegidos. Si alguien los adquiría por muy poco dinero, esa sería su fortuna, pues, en caso contrario, serían inmediatamente sacrificados tras el mercado.

»La suerte no quiso abandonarme otra vez. Fui adquirido por un médico, Ibn Bakhari. Alguien le habló de mi afición y aquel hombre también debió sentir curiosidad.

»Desde el primer momento, me trató con deferencia. En cuanto pisé el umbral de su casa en El Cairo, donde aquel hombre residía, dijo que me considerase manumitido. Sin esperarlo, comprendí que era, de nuevo, un hombre libre. Inmediatamente, me expresó su deseo de que le sirviese de ayudante, y a cambio, me instruiría en las artes médicas.

»No lo pensé dos veces y acepté. Tampoco me parecía tener alternativa, y el intentar volver hasta mi lejano hogar era sólo una idea suicida. Por otra parte, despreciar aquella oportunidad hubiese sido como escupir al cielo.

»Mi sorpresa fue grande al enterarme de que mi benefactor era judío y no musulmán, como en un principio había creído. Me explicó que era discípulo de la escuela de Mosés Ben Maimón, cuya sabiduría en todas las Ciencias le habían llevado a convertirse en rabí de El Cairo, donde también había creado escuela.

Al Jindak se quedó mirándome con insistencia. Luego avivó el fuego y dio una sonora palmada para que uno de sus esclavos nos sirviese más té. Aunque hacía mucho frío, yo no tenía ningún interés en acostarme. La narración de aquel hombre era para mí apasionante, y él debió notarlo, porque dio unos sorbos a su taza y volvió a ella sin que yo hubiese abierto la boca.

—Como tú, Meziel, Mosés Ben Maimón tuvo que huir de España. Como tú, era judío. Como tú, médico. También, como tú, era un hombre curioso que deseaba conocer el mundo. Todas esas coincidencias hicieron que me sintiese atraído por tu persona en cuanto te vi actuar.

»También el hombre que me compró para darme la libertad era, como te he explicado, un médico judío. Me siento, pues, en deuda con vuestra raza, porque lo que soy, lo que sé, lo que me ha sido permitido hacer por los demás, se lo debo a judíos.

»En el mundo cristiano, tenéis fama de codiciosos, de usureros. Ellos os empujaron a administrar su oro, utilizando vuestra bien conocida capacidad para los números y las filosofías. Más tarde, en su codicia, se arrepintieron del poder que habían puesto en vuestras manos, y con la excusa del daño que hacíais a su religión, os expulsaron, no sin antes cometer toda suerte de tropelías y crímenes contra vosotros. Los cristianos siempre tienen excusas para justificar sus fines. Su Iglesia no sólo tolera y ampara esos desmanes, sino que los fomenta y participa en el reparto del botín.

»Ahora nos toca a nosotros, los musulmanes. Esta vez la Pragmática se dirige contra nuestra religión. Ancha es Castilla, pero a codazos quisieran hacerla más ancha si cabe.

»Pero volviendo a lo nuestro, quiero que sepas que, desde el primer momento, admiré tu habilidad y conocimientos que, por otra parte, el propio Abdallah Al Abdul me había encarecido tanto.

La noche se había adueñado del desierto. Al Jindak se sentía allí como en su casa. El enorme brasero de cobre repleto de ascuas, en las que habían introducido sustancias aromáticas, iluminaba la puerta de su tienda, las alfombras y los tapices, convirtiéndola en un pequeño palacio. Me sentía fascinado por aquel hombre, lleno de vida y sabiduría, que deseaba transmitirme también sus experiencias.

Al Jindak bebió su té humeante a pequeños sorbos. Luego prosiguió su narración.

—Aprendí, pues, Medicina de la mano de un judío. Para él, el hombre está compuesto de cuerpo y alma, siendo ésta inseparable parte de aquél. Sabes bien que, según decía Ben Maimón, son cinco las facultades de las que disfrutamos: nutritiva, sensitiva, imaginativa, apetitiva e intelectiva. Pero personalmente sólo poseemos en propiedad el entendimiento pasivo, y éste se encuentra bajo la influencia del intelecto agente.

»Con ese fundamento, aprendí Filosofía, Cirugía y Medicina. Pero por encima de todo, pude ver cómo en el mundo islámico lo más importante para el hombre era la caridad. Tanto el zakat, como la sadaca.

»Así fue como poco a poco naturalmente me fui convenciendo de que la religión que ahora practico es la única verdadera. Mi maestro, Ibn Bakhari, no se opuso a mi decisión. Para él, esa elección, la más importante en la vida, simbolizaba la más alta expresión de la libertad, pues, sin verdadera libertad, no somos nada. Cuando nos la quitan por violencia, nos destruyen como seres humanos. Cuando se apoderan de ella con taimados engaños y sutiles argumentaciones, nos destruyen como seres espirituales.

»Así pues, me hice musulmán. Y creo que esa conversión fue fruto del entendimiento y de mi voluntad, porque nací cristiano y como tal me educaron, advirtiéndome de los graves peligros de perder la fe. Más tarde, quien más influyó en mí, como persona, fue un judío. Pero donde me encontré a mí mismo, fue en el Islam. La jihad, esto es, el ejercicio personal, hasta el límite de mi propia capacidad, me demostró que esa era mi verdadera religión. A diferencia del cristianismo, en el que pasé mi primera juventud, la prueba de lealtad en el Islam no radicaba en recitar el credo o en participar de ciertos ritos, sino exclusivamente en la conducta. Comprendí que una de las más valiosas formas de mi participación, de mi jihad, era aprender lo mejor que pudiera la profesión de médico para, después, distribuir ese conocimiento, esa riqueza acumulada entre los demás.

»Aprendí que en El Corán, al-akhira, significa vida después de la muerte. No es ésta, pues, el final de la verdadera vida del hombre. Sin embargo, mi obligación era sanar al enfermo, procurar que sus días sobre la tierra fuesen más largos y mejores.

»Llevé a cabo el hajj a la baitullah en La Meca. Después, mi maestro me incitó a viajar a los lugares donde la Medicina era considerada un arte. Durante muchos años, visité a los mejores médicos. De ellos, aprendí que los mayores errores provenían de la tendencia a relacionar entre sí causas y efectos inexistentes. Esto es, si un paciente se cura después de tomar una determinada medicina, ello no es prueba irrefutable de la bondad del remedio. Eso me lo repetían una y otra vez los mejores de entre los más sabios de los médicos, comenzando por mi maestro.

»Aprendí que, aun antes de Hipócrates, ya había verdadera Medicina. Así, Esculapio fue, o debió haber sido, ya que prueba irrefutable no poseo, un médico notable. Él transmitió a sus hijas, Higea, Taso y Panacea, los conocimientos médicos. Luego los médicos, los que se consideraban honestamente como tales, realizaban continuas observaciones sobre las enfermedades, sus síntomas, sus síndromes. Ellos descubrieron que la enfermedad no era un castigo divino, que no tenía origen sobrenatural, sino que, muy al contrario, era un fenómeno de la Naturaleza que acompañaba al hombre desde Adán.

»Fue en Hipócrates sobre quien recayó el difícil y arduo deber de liberar a la Medicina de la superstición. Luego Herófilo, Erasístrato, Celso, Dioscórides, Soran El Viejo y, sobre todos ellos, Galeno, sentaron las bases de la Ciencia que, tanto tú como yo, profesamos con amor y dedicación.

»Todo eso cristalizó en tu tierra, en Sefarad. Allí suenan aún los discursos y enseñanzas de Al-Abbas, de Razés, de Avicena, de Maimónides, de Abulcasir, de Avenzoar y de Ibn Rusd.

»Pero la expulsión de tu raza, primero, y ahora de los musulmanes, va a significar un terrible suceso para los enfermos de toda Sefarad. Allí, las epidemias, las pestilencias, el morbo y las dolencias de todas clases van a proliferar, porque, dejándose llevar de su codicia, de su envidia y de su falsedad, esos que se llaman a sí mismos cristianos, van a sufrir en sus propias carnes su gran desacierto.

Al Jindak me habló con sinceridad. Yo era consciente de que aquélla era mi primera clase de verdadera filosofía, sin la que nunca podría llegar a ser médico, y que otra vez más el destino me había ayudado, poniéndome en manos de un verdadero sabio.

Estaba amaneciendo, la aurora se adivinaba ya en el horizonte, y vi cómo Al Jindak se desperezaba para llevar a cabo el primer rezo de la mañana.