Shalom Sefarad

G. H. Guarch · Capítulo 13 de 28

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Shalom Sefarad

III Isaac Ababanel

III

 

ISAAC ABABANEL

En un espacio de tiempo que se me hizo muy corto, me amoldé a las costumbres de mi tutor. Ciertamente, aquel hombre incansable no me dio ni un minuto de descanso, y la sola reflexión que pude hacer fue que aún me quedaba mucho por aprender. Abraham Revadel me había enseñado todo lo que sabía y de lo que hasta entonces había estado tan orgulloso. Pero tenía que reconocer que los árabes, tal y como me demostraba cada día Abdallah Al Abdul, iban muy por delante de nuestra Medicina tradicional. A pesar de la enorme influencia que había tenido la Península, la verdadera Ciencia se hallaba en Fez, en Kairouan, en El Cairo, en Bagdad y en Damasco.

Mi nuevo preceptor había viajado y aprendido en aquellos lugares, bebiendo de las mejores fuentes. Me contaba con un deje de melancolía, a causa del rápido paso del tiempo, que en aquellas ciudades había universidades y bibliotecas donde se encontraba la compilación de los conocimientos humanos. Él había estudiado con los mejores médicos, hombres sabios que conocían a Galeno e Hipócrates mejor que los griegos. Lugares donde se apreciaba a Dioscórides y su Materia medica, a Dinawari y su Botánica. También había profundizado en obras enciclopédicas, como El paraíso de la sabiduría, de Abu Yafar, y naturalmente Avicena y su Canon medicinae.

Mi maestro había estudiado Patología General, había aprendido a palpar, a observar, a examinar en profundidad, a interrogar a los pacientes para poder diagnosticar sin dejarse llevar por falsas apariencias.

En Bagdad y en El Cairo, había visitado infinidad de veces sus bibliotecas. Cuando me explicaba las ingentes cantidades de libros y manuscritos que en ellas había, le brillaban los ojos de entusiasmo. Pero además, aquellos viejos pergaminos, los antiguos códices y legajos se analizaban continuamente. Allí los escribas, los copistas, los dibujantes, los traductores y los encuadernadores no paraban jamás de trabajar, inmersos en las increíbles cantidades de información acerca de todas las Ciencias del conocimiento humano.

Al Abdul me decía, casi enfebrecido por su entusiasmo, que debíamos llegar a ser hombres completos, insistiendo en que todas las Ciencias estaban ligadas entre sí como los nudos de un tapiz. Cada una era una parte mínima, infinitesimal, aparentemente inconexa, pero entre todas, surgía la maravillosa alfombra que a nuestros pies se hallaba.

Igual, decía, ocurría con la sabiduría, que no era más que la hija de la experiencia y que, a lo largo del tiempo, se transmutaba en cultura. Allí se hallaba la clave de todo. Para Al Abdul, la Religión, la Historia, la Filosofía, las Matemáticas, el Álgebra, la Botánica y la Geografía eran partes esenciales de lo mismo. No se podía entender una parte sin el todo. Por ello, los mejores de entre los médicos, los hombres sabios que nos había legado su cultura, eran, al tiempo, hombres completos, y sólo así podían llegar a comprender los complejos mecanismos de la vida. Me dijo él, que era un verdadero musulmán, que los sabios talmúdicos habían aportado mucho a nuestra Ciencia. Hombres como el rabí Hanina Ben Dosa, como Yosef Harofé de Gamla, como Samuel Ben Aba Hakohén.

Al Abdul había leído el Talmud con detenimiento. En sus páginas, se citaban los diversos brebajes, emplastos, inhalaciones, compresas y bálsamos que, aún, después de tantos siglos, seguíamos empleando.

Después, como tristemente estaba sucediendo en aquellos mismos días en Al Ándalus, habían llegado los Reyes cristianos, acompañados de sus señores feudales, que, como perros de presa, habían expulsado a los que detentaban esa cultura milenaria de ciudades como Córdoba o Granada.

Al Abdul, que era un sabio completo, me hablaba apasionadamente de la historia, explicándome que, desde los remotos tiempos de las rebeliones omeyas, se había formado en el Emirato de Córdoba una cultura de influencia oriental, pero exquisitamente depurada. Allí los médicos, los astrónomos, los alquimistas, los literatos y poetas habían filtrado los conocimientos universales para llegar a una situación en la que Al Ándalus había sustituido con ventaja a los antiguos centros del conocimiento. Ni Damasco, ni Bagdad, ni El Cairo podían rivalizar con ella en Ciencia, ni en Arte. Los mejores talleres de orfebrería, las más finas sedas, las más exquisitas tallas de madera y marfil, los mejores labrados de la piedra, el mármol, los más elaborados estucos, los más preciosos azulejos, todo se difundía desde Al Ándalus.

Pero también todo estaba desapareciendo con las conquistas de los cristianos. Parecían no poder soportar aquella belleza inalcanzable y al tiempo incomprensible para ellos, destrozando las mezquitas, los palacios, los maravillosos jardines de Medina Azahara. Preferían destruir el Paraíso que poseerlo, así nada les recordaría la cultura que supo crearlo. Al final, añadió melancólicamente Al Abdul, sólo quedarían meros vestigios, cuatro piedras olvidadas de lo que una vez fue la cima del mundo.

Al escuchar aquellas tristes palabras, no podía evitar reflexionar sobre el espantoso desastre que estaba ocurriendo en mi país. Sefarad no podría resistir aquel afán destructor de unos y otros. La incultura y el fanatismo se habían apoderado de todo. Donde antes había jardines, ahora crecían las malas hierbas. Los libros y manuscritos que los árabes no habían podido llevarse eran quemados en las plazas entre las estúpidas mofas de los que pretendían burlarse de todo aquello que no eran capaces de entender. Algo que se repetía con la Inquisición, con la expulsión de nuestro pueblo. Era algo así como si aquellas gentes hubiesen decidido volver a la barbarie. Recordé las palabras de Benassar y de cómo la ambición, la falta de escrúpulos y la pérdida de los valores espirituales iban a sumergir a aquel país en que reinó la cultura de Al Ándalus, que convivía en plenitud con Sefarad, en un extenso páramo donde la única razón era la espada.

Pero Al Abdul no culpaba únicamente a los cristianos. Los bereberes y sus ejércitos tribales, los taifas y las desmedidas ambiciones personales de algunos gobernantes árabes habían colaborado grandemente en el desastre final.

Eso no sólo había llevado al ocaso del Califato omeya, sino que las propias comunidades sefardíes se habían visto arrolladas por la misma ola. Pero el fondo de todo aquello la verdadera cuestión —decía él— era que los cristianos no deseaban competencia alguna. Los que no eran y pensaban como ellos, fuimos llamados herejes, y comenzó una guerra santa, en la que los cristianos llevaron la mejor parte, tal vez por ser más aguerridos, más astutos y crueles o, simplemente, más numerosos.

Fueron, pues, transcurriendo con rapidez los días, las semanas y los meses. A pesar de la bondad de mi mentor, no podía dejar de pensar en Ben Gaón. Me preocupaba lo que hubiese podido sucederle, pues no me perdonaría nunca si le ocurría algo. Me recriminaba por no haberle acompañado, en la íntima convicción de que no había ido con él debido a mi propio egoísmo.

Pero no tenía demasiado tiempo para pensar en mí mismo, ya que Al Abdul me reclamaba constantemente para que le acompañase o le sirviese de ayudante en sus operaciones y diagnósticos. No había otra manera para llegar a ser médico que salpicarse a menudo con la sangre y no cejar en la búsqueda de la enfermedad un día tras otro.

Recuerdo cómo muchas veces subíamos noche y día, empapados por las frecuentes lluvias, a los cerros, donde una tragedia humana nos llamaba. No podía comprender cómo me encontraba al límite de mis fuerzas y aquel sabio, de aspecto frágil, seguía y seguía sin alterarse.

Por otra parte, la vida en Fez resultaba agradable. El frío intenso del invierno me recordaba el de Toledo. De alguna manera, eran ciudades parecidas en muchos sentidos.

La gente se afanaba en sus quehaceres, en el interior de la poblada medina. En sus estrechas callejuelas resonaba continuamente el vocerío de los vendedores ambulantes. Las recuas de asnos, transportando todo tipo de mercancías, leña, carbón o delicados tejidos, obligaban, a los que con ellos se cruzaban, a introducirse en los portales por no haber anchura suficiente.

Allí todo el mundo realizaba alguna actividad, incluso los niños corrían hacia las madrasas para aprender el Corán y la Gramática.

En aquella ciudad se mezclaban los olores de la vida al cruzar, uno tras otro, el barrio de los curtidores, el de los teñidores de lana, el de los perfumistas, el de los especieros, entremezclándose los efluvios del estiércol recién dejado por los animales con las fragancias provenientes de los muchos pequeños huertos situados dentro de las murallas, el perfume del azahar y de las hierbas aromáticas. Aquella mezcla que en los primeros tiempos me aturdía, luego se convirtió en la clave para recorrer con seguridad aquel inmenso laberinto.

En aquel lugar podía encontrar a unos rabinos discutiendo con un jeque o con unos ulamas, comparando los hadiths con la midrach, y no podía, por menos, que recordar con melancolía los viejos tiempos, en mi niñez, cuando en Toledo aún se podía dialogar de cualquier cosa sin temor a la represión y a la Inquisición. En las intrincadas callejuelas nos cruzábamos los unos con los otros, unos yendo a la sinagoga, otros a la mezquita, otros más simplemente a los baños a purificarse.

Un día festivo en la ciudad, le pedí a Al Abdul permiso para ir a la judería. Allí habitaban una gran cantidad de sefardíes, y con seguridad encontraría incluso gentes de la misma Toledo. Había demorado demasiado tiempo la visita, y no me pareció prudente posponerla más. Pensé que podían llegar a molestarse. A fin de cuentas, era una obligación moral por mi parte presentarme a ellos y ponerme a su disposición.

Bajé, pues, al barrio donde vivían la mayoría de los judíos de Fez El Bali. Un lugar cercano al río. Lo hice caminando, pues, aunque Al Abdul había puesto sus cuadras a mi disposición, pensé que no me hallaba muy lejos de allí y me pareció una manera más discreta de llegar. Por otra parte, había adoptado permanentemente las vestimentas árabes, que me parecían más cómodas e, incluso, más elegantes que las nuestras, además de evitar, al utilizarlas, que nadie pudiese señalarme con el dedo como extranjero. Eso lo había aprendido de Ben Gaón, para el que la máxima de «Donde fueres haz lo que vieres» era algo fundamental.

Aquel era el día de descanso de los musulmanes, y los vi entrando en las mezquitas para realizar sus rezos. Tampoco Ben Gaón me había insistido mucho acerca de cumplir los ritos de nuestra fe. Quizás, había colaborado en ello el hecho de que, desde que lo había conocido, vivíamos simulando ser conversos, por lo que, en Lisboa, asistíamos los domingos a las iglesias cristianas y desde entonces no volví a entrar en una sinagoga.

Debo reconocer que nunca, desde que era niño, había sentido una profunda fe. Conocía bien las tres religiones: la cristiana, la musulmana y la hebrea. Durante mi infancia en Toledo había visitado la mezquita y la iglesia, sin encontrar demasiadas diferencias con la sinagoga. Ben Gaón tampoco era demasiado religioso, pero sí lo suficientemente astuto como para no dejar traslucir sus ideas.

Sabía que eso no era algo normal. De hecho, en mi interior, en algunos momentos difíciles, consideraba que me faltaba algo. No quería significarme por aquella causa, y para los que me rodeaban seguía siendo uno más. A fin de cuentas, todos querían aparentar ser buenos judíos, moros o cristianos.

Sin embargo, me di cuenta de que Abdallah Al Abdul no parecía muy preocupado por su fe. Era un hombre permanentemente ocupado, y yo sabía bien que no dejaba de trabajar ningún día, porque para él lo importante era aprovechar el tiempo. Varias veces reflexioné si esa postura nos la daba lo que éramos, o si éramos diferentes por adoptar esa postura.

Absorto en todas aquellas disquisiciones, llegué hasta la judería. Allí hombres y mujeres se afanaban en sus tareas, y hasta que no terminara aquel día y comenzara el Shabbat, no las abandonarían. Quedé asombrado al caminar por aquel barrio, pues si la parte que conocía tenía un gran parecido, aquel lugar era como si hubiese vuelto a Toledo. Creo que, incluso, me emocioné. Aquellas gentes vestían y parecían comportarse como los vecinos que había tenido en mi infancia. Olía los mazzots cociéndose en el horno. Unas familias parecían celebrar el Bar Mitzvah de uno de sus hijos, tal y como yo lo había hecho en la sinagoga de Toledo. Vi cómo un carnicero degollaba una cabra, haciendo que se desangrase completamente, igual que lo había visto hacer tantas veces en mi barrio, tanto a los nuestros como a los moros que cerca vivían.

No quería reconocer que tenía los ojos húmedos, pues, por un momento, hubiese jurado que mi madre y mis hermanas iban a salir de cualquiera de aquellas casas.

Fue entonces, en aquel justo instante de mi vida, cuando empecé a comprender. Podrían desterrarnos, obligarnos a abandonar nuestras casas y tierras, matar a muchos de los nuestros e intentar aniquilarnos. Mediante decretos nos expulsaban violentamente de nuestro mundo. Recordé la larga fila de gentes de mi raza, golpeados con saña por los soldados que los obligaban a caminar, abandonando todo lo que poseían, cambiando, a toda prisa, una casa por un carromato y una huerta por una mula. Recordé aquellos pobres viejos que apenas podían caminar, sentándose resignadamente a esperar la muerte, sin saber bien lo que les estaba sucediendo; y también a aquellos niños de mirada triste, que lloraban desconsoladamente al ver que también su madre lo hacía.

Pero como en la Biblia, otra vez más habíamos sido capaces de cruzar el mar embravecido, de volver a empezar sin desfallecer, sin dejar que lo acontecido nos abatiera definitivamente, pues aquello que mis ojos contemplaban era más que otra cosa un milagro, como si una fuerza gigantesca hubiese transportado hasta allí toda la judería de Toledo, con sus sinagogas, casas, personas, incluso las humildes acémilas y hasta la última piedra de sus calles.

A mi alrededor, de nuevo, oía hablar ladino. También algunas palabras de hebreo cuando me cruzaba con los rabinos. Ya no me quedaba ninguna duda de que el prodigio se había consumado y de que, además, lo material, hasta el menor detalle, se hallaba allí, a incontables leguas de distancia de donde supuestamente debía hallarse. Asimismo, lo que me parecía casi mágico era, sobre todo, comprobar que el espíritu de las personas que allí habitaban era el mismo que había vivido en mi niñez, como si nada hubiese podido doblegarlos, ni desposeerlos de su alma.

Nunca terminaba de sorprenderme con la increíble fortaleza de los míos. Eran muchos los que nos odiaban. Benassar me había explicado que el odio lo generaba el miedo y que éste era hijo de la ignorancia, la más común de las condiciones humanas.

Creía encontrar a aquellas gentes, destruidas, desmoronadas por la aflicción y la melancolía. Pero para mi asombro, allí no veía nada de eso, y muy al contrario, parecían satisfechos de vivir. Los oía reír y disfrutar de la vida, como si lo que les había ocurrido no fuese más que un mal sueño del que ya hubiesen despertado.

Admirado de todo ello y envuelto en una especie de hechizo, llegué, casi sin darme cuenta, hasta la casa de Isaac Ababanel. Una reja daba a la calle, y dentro, una especie de pasadizo me permitía ver el jardín. Sabía que era aquella, pues no tenía pérdida, ya que me habían advertido que era la que se hallaba al final de la calle, destacándose por el pequeño torreón de piedra que sobresalía ligeramente de la azotea.

Por alguna razón, aquel lugar me resultaba familiar. Era como si ya hubiese estado alguna vez allí. No dudé en entrar empujando la cancela, y noté la sensación de volver a estar haciendo algo que había repetido muchas veces.

Unos milanos lanzaron sus agudos chillidos sobre mí y me volvieron a la realidad. Miré hacia el cielo. Era ya cerca del mediodía, el sol empezaba a calentar, y agradecí la umbría de aquel pasaje que conducía hasta el jardín. Pero fue al entrar, cuando comprendí que aquellas gentes se sentían como si hubieran nacido en aquellas casas. Los naranjos, los limoneros, la fragancia de las hierbas aromáticas, la albahaca, el espliego, los jazmines. Me inundaron de nuevo, todos los aromas que, siendo niño, había aspirado en mi hogar, y de pronto me sentí feliz al comprobar que aquellas gentes, a las que consideraba como los míos, también lo eran allí.

En un pequeño porche, situado delante de la entrada, una muchacha de apenas dieciséis años se hallaba cosiendo, tan absorta en su tarea que me permitió acercarme hasta que pude apreciar la delicadeza de sus dedos, el sedoso brillo del cabello oscuro y la transparencia de su piel.

Sin saber bien lo que debía hacer, me quedé quieto apenas a unos pasos. No deseaba asustarla con mi presencia, y por otra parte, no deseaba dejar de contemplarla. De pronto, fui consciente de que hacía mucho tiempo que no sentía aquella paz interior, y de improviso, como si un relámpago hubiese iluminado mi mente, tomé conciencia de mi situación. Llevaba huyendo de mis recuerdos demasiado tiempo. Aunque a veces recordaba mi niñez, eran sólo fragmentos de mi propia vida, como si ésta fuese un plato de loza que se hubiese roto en mil pedazos.

Pero en aquel instante, por alguna razón desconocida, pude volver a contemplar el plato íntegro. Fue una sensación bella, pero también demasiado violenta, como si todo el tiempo transcurrido hubiese sido apenas un mero instante y bruscamente volviese a mi niñez, aquel jardín fuese el de mi casa y aquella niña, una de mis hermanas.

Es doloroso percibir de repente la fugacidad del tiempo. Ver que se trata de algo que no sólo no podemos controlar, sino que muy al contrario nos lleva a sus espaldas, cabalgando sin cesar, y a pensar que la muerte debe ser algo así, como caer violentamente de ese caballo desbocado.

Me encontraba absorto, estático, dispuesto a dar la vuelta y marcharme en silencio, pues me embargaba la certeza de que, por una extraña magia, había sido capaz de romper el tiempo y volver a lo imposible, a lo que sólo se me permitía llegar en mis sueños, que cada mañana se truncaban bruscamente para dar paso a la realidad.

Súbitamente, alguien me tomó del brazo. Me volví azorado y encontré, a mi lado, la serena y sonriente mirada del que no podía ser otro que dom Isaac Ababanel, al que no tuve, ni tan siquiera, que presentarme, pues por dos veces repitió mi verdadero nombre, David Meziel.

Al escuchar la voz de su padre, la joven se levantó presurosa y se acercó a besarle la mano. Fue Abravanel quien me la presentó, musitando orgulloso su nombre, Ruth. Me sonó como música, mientras ella me observaba con manifiesta curiosidad. Luego Isaac Ababanel, un hombre de alrededor de cincuenta años, de fuerte complexión y rasgos agradables, me invitó a pasar al interior de su casa. No puedo negar que se me humedecieron los ojos. Al cruzar el umbral, de nuevo se repitió el fenómeno, y me sentí empequeñecido no porque la altura de aquella estancia fuese excesiva, sino porque otra vez tuve la sensación de volver a la infancia y de que Isaac Ababanel se hubiese transformado en mi padre, ya que la atmósfera, el ambiente que me rodeó al penetrar allí, era idéntico, como si se tratase de un escenario recreado con los mismos muebles, iguales puertas y ventanas a las de mi casa en Toledo.

Isaac Ababanel entendió mi turbación, y hasta cierto punto, creo que la esperaba. Lo miré de soslayo, pues no quería que notase lo que estaba ocurriendo dentro de mí. Hacía tanto tiempo que reservaba mis sentimientos más íntimos, sin atreverme tan siquiera a atisbarlos, como si mi alma fuese un cofre cerrado del que hubiese perdido la llave, y en aquellos instantes y por aquella causa la tuviese de nuevo en mis manos y fuese sólo mía la decisión y la responsabilidad de volver a abrir el cofre, en el que se hallaban los más recónditos recuerdos, las verdaderas sensaciones, la impronta que una vez, no sabía cuándo, me había marcado. Así me convertí en el que ahora era, a pesar de las desdichas, las desventuras, la distancia y, también, porque de otro modo hubiese sido ingrato con mi destino la fortuna de haber encontrado a hombres buenos y llenos de sabiduría que me habían empujado a vivir, enseñándome todo lo que ellos sabían acerca de la existencia y sus azares.

Allí me hallaba, pues, silencioso en mi asombro, sin poder articular palabra alguna, dejando sólo que la cascada de recuerdos me inundase, con la sensación de que aquello era una cura para mi mente que se liberaba de los viejos fantasmas que frecuentemente la asolaban, impidiéndome terminar de comprender la realidad.

Durante unos instantes, Isaac respetó mi silencio y mi emoción. Cuando, por fin, logré sobreponerme, hice un rictus con los labios, queriendo transmitirle que, de nuevo, me hallaba allí. Él comprendió perfectamente mi estado de ánimo y antes de que empezásemos a hablar, me ofreció un vaso de vino. Como en aquellos momentos sentía la boca tan seca como el esparto, acepté gustoso la propuesta, por lo que Ruth trajo una botella y dos copas que colocó frente a nosotros, mientras me observaba sin disimulo.

Isaac Ababanel quiso romper el hielo y me pidió que le contase mis andanzas, pues sentía curiosidad por saber cómo el azar me había arrastrado hasta allí.

Creo que estuve hablando durante largo tiempo. Empecé haciéndolo de mis padres, de mi familia. Yo mismo me asombré de la nitidez con que aquellos apagados recuerdos volvían a mi mente y de cómo los acompañaban unas emociones que creía olvidadas.

Hablé después de mis maestros, de mis amigos y bienhechores. También de Torquemada, de las gentes atormentadas, de aquellas espantosas hogueras que no conseguía olvidar.

Isaac guardó silencio durante mi relato. Al igual que Ruth, que se había sentado en una escalera que llevaba a la planta superior. Por algún motivo que desconocía, aquellas personas no me resultaban extrañas, ni ajenas a mí. Muy al contrario, me eran tan familiares que no sentía ante ellas ninguna timidez. De hecho, a medida que iba vaciando mi conciencia me sentía más liviano, como si los recuerdos fuesen a veces una pesada carga que nos atase a nuestro pasado, convirtiéndose al fin en un lastre que nos impidiese caminar hacia delante.

Terminé mi relato, explicándoles cómo Abdallah Al Abdul, el célebre físico, me había tomado como su discípulo y lo que eso estaba significando en mi formación, pues, en un breve espacio de tiempo, había sido capaz de comprender que debía afrontar el dolor, la enfermedad, el sufrimiento de mis pacientes como algo propio, y también que necesitaba trabajar duramente para llegar a ser alguien parecido a mi nuevo maestro, al que admiraba desde el primer momento.

Isaac Ababanel se quedó mirándome. Veía cómo también sus ojos reflejaban la emoción por todo lo que allí se había evocado, y pensé que, quizás, había sido imprudente por mi parte renovar las heridas de aquel hombre, que, tal y como había podido observar, había dejado atrás todo lo malo y que, gracias a su esfuerzo y valor, había vuelto a ser lo que una vez fue en otros lugares lejanos y en otros tiempos mejores.

Luego, quizás sintiendo de pronto la ligera vergüenza del que se confiesa a desconocidos, comimos frugalmente. Aquella tarde, se encenderían las velas que indicaban la víspera del sábado. Al anochecer, Isaac pronunciaría la familiar bendición: «Alabado seas, Eterno, Adonai, Dios nuestro, Rey del Universo, que nos has santificado con tus mandamientos y nos has mandado encender las luces del sábado».

Todo aquello era lo mismo que yo había aprendido una vez, aunque ya lo llevaba tan dentro de mí que paradójicamente casi lo había olvidado. Pero el cálido y hermoso hogar de Isaac se había convertido en un revulsivo para mi aletargada conciencia. Aquella tarde fue muy importante para mí, porque sin apercibirme, me estaba transformando en una especie de vagabundo, sin más hogar que unos leves recuerdos que más me dolían que otra cosa.

Fue, en efecto, algo más tarde cuando Isaac Ababanel encendió las velas. Lo hizo con mucho cuidado y respeto, queriendo demostrar lo que aquello significaba para él, para su familia, que era ya sólo Ruth, pues el resto descansaba bajo unas perdidas losas en un olvidado cementerio de Córdoba. Luego nos sentamos frente al brasero de cobre que su hija había encendido. Fez era un lugar frío y húmedo, y era necesario el fuego.

Ambos nos quedamos un largo rato mirando fijamente las brasas. El fuego podía ser el símbolo de todo lo bueno y de todo lo malo. Era el aliento vital, el calor del hogar, la cocina de mi infancia. Pero también las hogueras donde había visto morir a hombres y mujeres por el solo hecho de ser judíos, las casas incendiadas, las sinagogas ardiendo, los libros quemados, el infierno terrible de la maldad humana. Sabía bien que Isaac tenía los mismos pensamientos. Observé el brillo de las llamas en sus abstraídas pupilas, y por un momento pensé que podría penetrar en aquel oscuro y profundísimo pozo que tal vez me condujese a sus más íntimas ideas.

Luego, al cabo de un largo silencio, Isaac habló. Lo hizo al principio con dulzura. Posiblemente, quería convencerse de que ya sólo eran reflexiones, recuerdos del pasado, algo que había comenzado y terminado. Hablaba meditando mucho lo que decía, como si las cavilaciones naciesen en aquellos mismos momentos. Sólo después, al terminar su narración comprendí que mi intuición era exacta.

Nací en Córdoba. Otra vez más su voz me recordó a la de mi padre. Mis padres eran gentes de bien que sin esperarlo, sin apenas recelarlo, sufrieron por el solo hecho de ser judíos sefardíes un terrible, un espantoso trauma. Fueron obligados a convertirse por la fuerza. Amenazados, intimidados, cuando eran ya casi ancianos. También yo tuve que hacerlo, todos en mi familia, mi esposa e, incluso, mi hija.

En un principio, estábamos convencidos de que aquello no era más que otra humillación. Debíamos una vez más, como tantas veces le había ocurrido a nuestro pueblo, agachar la cabeza y seguir sobreviviendo con la esperanza de que alguna vez todo lo que nos acechaba en la oscuridad, el mal que se manifestaba de tarde en tarde y el recelo que acompañaba las miradas de nuestras mujeres terminasen, y pudiésemos vivir como el resto de las personas, con sus alegrías y sufrimientos, con sus esperanzas y realidades.

Todo se había venido abajo en poco tiempo. Fue precisamente en Córdoba, en nuestra hermosa ciudad, donde la Inquisición se manifestó antes. Donde fue luego más brutal. Aún permanece allí ese demonio del Averno con figura humana, el inquisidor Diego Rodríguez de Lucero. ¡Dios lo maldiga! No tiene nada que perder, haga ya lo que haga, pues tan grandes han sido sus desmanes, tan atroces sus hechos que, en su negro corazón, debe tener la certeza de que Dios no lo puede perdonar, ni los hombres tampoco.

Nos conminaron, por tanto, a renegar de nuestra fe públicamente. Si no lo hacíamos, corríamos nosotros, todas nuestras familias, grandes y graves peligros. Debíamos, pues, someternos a una religión que no era la nuestra, aceptar implacablemente sus dogmas y sus credos.

Es bien cierto que lo hicimos, convencidos entonces de que dar aquel paso no tenía mayor trascendencia en nuestras convicciones. No era para nosotros más que una especie de farsa con tintes dramáticos, en la que todos nos veíamos implicados para que todo siguiese como antes. Los unos, porque conocíamos bien cuál era la verdadera religión. Los otros, porque sabían que sus exigencias no eran más que fruto de ambiciones desmedidas por nuestros patrimonios, pero sobre todo, también por las envidias y resquemores que se escondían tras el estandarte de una fe que, en realidad, ellos mismos no sentían.

Era como si quisiesen hacer cruzadas con nosotros, llevarnos hasta el límite, empujarnos al borde de un precipicio, y una vez en ese trance, salvarnos la vida, haciéndonos perder el alma.

Pero no era tal juego; no, al menos, como nosotros lo entendíamos. Era algo mucho más profundo, más trágico, más doloroso, porque aquello parecía más un pacto, una tregua en una larga batalla, que otra cosa. Fuimos, pues, convertidos, bautizados, hechos cristianos, fabricados en su fe. Todo entre felicitaciones y algazaras, falsas como los sentimientos que expresaban, porque muchos hubiesen deseado vernos manteniendo nuestra religión, obligados a abandonar todo, camino de un destierro o de una muerte cierta, que eso era casi lo mismo. No teníamos otra opción, y casi todos aceptamos aquel infernal trato.

Fueron muy pocos los que se resistieron. Unos cuantos, contados con los dedos de las manos, que entonces nos parecían más fanáticos que otra cosa, a los que con vergüenza reconozco que critiqué e induje a que cambiaran de opinión, ya que nuestro argumento era que más valía aquella comedia en la que nos obligaban a participar que tener que huir, empobrecidos, arriesgando las vidas de nuestros mayores y de los que aún no podían comprender nada.

Todos nos equivocamos. Tomamos a chanza una situación que se nos antojó casi ridícula. Recuerdo cómo la misma tarde en que nos convertirnos en cristianos nuevos celebramos la Pascua judía, la Pessah, y encendimos con más devoción si cabía, los candelabros que habíamos guardado en el fondo de los armarios junto con la Torá. Nuestras mujeres habían preparado de antemano la comida ritual, eliminando el hametz en nuestro pan. Nos sentíamos, sin dudarlo, más judíos que nunca, como si en lugar de convertirnos, nos hubiesen confirmado en nuestra religión.

Nadie podía creer otra cosa. A fin de cuentas, eso lo habíamos hecho otras veces en nuestra historia. ¿Quién podría creer que olvidábamos a Jehová? ¿Cómo podríamos borrar de nuestras mentes el Talmud? Toda la gesta de un pueblo, demasiado larga. Una historia que se prolongaba hasta confundirse en la noche de los tiempos con lo mítico. Una historia con demasiados héroes como para ser los primeros traidores. Todos conservábamos la mezulah, con los versículos de la Sagrada Escritura. Todos sabíamos que los Patriarcas seguían observándonos desde el Paraíso y que Moisés podría comprender lo que estábamos haciendo.

Pero no pensábamos en Moloc. De alguna manera, en un remoto tiempo, parte de nuestro pueblo había escogido la senda equivocada. Ellos también habían celebrado sacrificios en los que las víctimas eran humanas. También, con el ritual del fuego y las hogueras. El sacrificio del hijo primogénito en honor a Yahvé. Aquello, como una maldición, se volvía ahora contra todos nosotros.

Todo se transformó en una pesadilla. Las oscuras frases bíblicas, que no eran para nuestro pueblo más que lejanas advertencias, empezaron a convertirse en realidad: «Vuélvete desde el cielo para mirarnos y contempla cómo nos hemos convertido en la irrisión de los pueblos: somos las ovejas que conducen al matadero; se nos golpea y se nos mata, se nos maltrata y llena de reproches. Pero no hemos olvidado tu nombre. Te suplicamos que no nos olvides Tú tampoco, Oh Eterno, Dios nuestro…».

Cuando verdaderamente comprendimos la gravedad de aquella decisión, acudimos a los rabinos. Debíamos hacerlo con precaución, pues sabíamos que, día y noche, éramos observados, vigilados con saña por nuestros enemigos, que sólo esperaban un mínimo tropiezo para abalanzarse sobre nosotros y terminar lo que habían comenzado.

Los hombres sabios nos dijeron que debíamos orar. Ya no era momento de convertirnos en mártires, porque eso era exactamente lo que muchos deseaban. Sólo una mera excusa para destruirnos y arrebatárnoslo todo. Nuestra honra, nuestros bienes, nuestras vidas.

Algunos de los nuestros acudieron a los cabalistas. Indagaron en los sephiroth para saber si otra vez se había interrumpido la relación entre ellos, y de nuevo volvían a estar entre nosotros las fuerzas oscuras primordiales. Estudiaron el Sefer ha-Zohar, pero no encontraron explicación alguna en el libro de Moisés de León, ni en los textos de Abulafia.

Pronto, con gran desesperación, comprendimos que nos hallábamos ante un dilema insoportable. No podíamos volver a renegar públicamente de una religión impuesta por la fuerza de la espada. No éramos lo suficientemente valerosos para ver sufrir, y tal vez morir, a nuestros hijos. Tampoco podíamos permanecer insensibles a sus miradas, que, a pesar de su juventud e inexperiencia, parecían ser conscientes de todo lo que sucedía, de nuestra cobardía.

Entonces nos reunimos de nuevo. Nuestra desesperanza era tal que corrimos un enorme riesgo, pues aquella reunión podía ser la excusa que algunos cristianos estaban buscando con ahínco para darnos el golpe de gracia y destruirnos definitivamente. No nos atrevíamos a mirarnos a la cara, porque cada uno tenía una excusa para lo que había hecho, pero todos sabíamos cuál era el verdadero fondo de la cuestión.

Después de un larguísimo y ominoso silencio, uno de nosotros, Jacob Beniel, el rabino, al que teníamos por el hombre de mayor sabiduría, tomó la palabra.

—Hermanos —su voz resonó en nuestros corazones como un aldabonazo —, ¿recordáis la carta a los desterrados, la carta que el profeta Jeremías envió desde Jerusalén a los ancianos, a los sacerdotes y a todos los que el sátrapa había desterrado a Babilonia? ¿La recordáis? Pues os la voy a refrescar para que la tengáis presente en estos momentos de duda y aflicción:

«Así dice Yahvé, Dios de Israel, a todos los deportados:

Edificad casas y habitadlas; plantad huertas y comed su fruto; casaos y engendrad hijos; casad a vuestros hijos e hijas para que tengan hijos; y multiplicaos ahí, no mengüéis. Buscad el bien del país a donde yo os he desterrado, y rogad por él a Yahvé, porque su bien será también el vuestro.

Porque así dice Yahvé Sebaot, Dios de Israel: No os dejéis

engañar por los profetas que hay entre vosotros, ni por vuestros adivinos. No hagáis caso de los sueños que os cuentan, porque son mentiras que os profetizan en mi nombre. Yo no los he enviado. Pues así dice Yahvé: Cuando acaben los setenta años concedidos a Babilonia, yo os visitaré y cumpliré en vosotros mi buena palabra de volveros a este lugar, porque yo sé los pensamientos que tengo sobre vosotros, pensamientos de dicha y no de desgracia, de daros un porvenir lleno de esperanza. Entonces, cuando me invoquéis y supliquéis, yo os atenderé, y cuando me busquéis, me hallareis. Sí, buscadme de todo corazón, y yo me dejaré hallar por vosotros y cambiaré vuestra suerte. Os reuniré de todos los países y de todos los lugares adonde os he echado, y os volveré a este lugar de donde os desterré.

En cuanto al Rey que se sienta en el trono de David y a todo

el pueblo que vive en esta ciudad, hermanos vuestros que no fueron al destierro, así dice Yahvé Sebaot: Yo voy a mandar contra ellos espada, hambre y peste. Los dejaré como los higos malos, que de malos no se pueden comer. Los perseguiré. Haré de ellos un objeto de horror para todos los Reinos de la tierra, de maldición, espanto, irrisión y vergüenza entre todas las naciones adonde los arrojé por no haber escuchado mis palabras. Sin cesar les he enviado a mis siervos, los Profetas, pero no los han escuchado; y vosotros, todos los desterrados que mandé a Jerusalén de Babilonia, escuchad la palabra de Yahvé. Ya que decís que Yahvé os ha suscitado profetas en

Babilonia, así dice Yahvé Sebaot, Dios de Israel, sobre Acab, hijo de Colaya y Sedecías, hijo de Masaya, que os profetizan mentiras en mi nombre. Yo los entregaré en manos de Nabucodonosor, Rey de Babilonia, que los matará a nuestros propios ojos».

Entonces, al escuchar aquellas palabras de Jeremías, puestas en boca de Jacob Beniel, todos, de pronto, supimos lo que debíamos hacer, y en lugar de llorar y lamentarnos, reíamos y sollozábamos de dicha, porque Yahvé, nuestro Dios de Israel, nos había mostrado el camino.

Nadie se arrepintió de aquello. Cogimos nuestros carros y los cargamos con lo más preciso: nuestros libros y manuscritos, los candelabros, la mezulah, el rollo de la Torá de la sinagoga, y también alimentos para poder mantener a nuestros hijos y a nuestros ancianos; poco más. Allí quedaron muebles y vajillas, los aperos de labranza que no podíamos acarrear por su tamaño, las ovejas y cabras, las gallinas y palomas, los huertos cargados de frutas y hortalizas, nuestras casas que nos habían resguardado por generaciones.

Salimos de ellas y delante de sus puertas oramos por los que quedaban bajo las sepulturas, por los que nos habían cuidado y educado. Luego cerramos las puertas con dos vueltas de llave en un gesto simbólico, porque contra la maldad no valen cerraduras, sino sólo fe, y nos fuimos uniendo unos a otros, formando una larguísima caravana. Íbamos cantando y dando gracias al Señor, y los cristianos que nos veían pasar no sabían bien lo que pensar, pues algunos, incluso, creían que íbamos de romería para volver a los pocos días. No podían creer que lo abandonábamos todo para marchar lejos de allí, y jamás podrían sospechar lo que en realidad había ocurrido: que Dios, en su misericordia, nos había iluminado y prevenido, y que debíamos partir a tierras lejanas, llevando en nuestros corazones la certeza de que Él nos protegía.

Aquellos barrios, que los cristianos llamaban juderías, quedaron desiertos, de la noche a la mañana, en muchos lugares de Córdoba. Fue una decisión nuestra, mucho antes de que esos Reyes, llamados «católicos», firmasen el Decreto de Expulsión.

Bajamos, pues, lentamente entre tristes y contentos, empujados por el aliento de Jehová, siguiendo la ribera del Guadalquivir, el Ouad Al Kebir, de nuestros primos de raza, los moros de Al Ándalus, que en cuanto conocieron la determinación que nos empujaba a marchar de nuestras propias tierras, sin que entonces nadie nos obligase a hacerlo más que nuestra conciencia, nos ofrecieron toda su ayuda, como luego se vio, para poder llevar a cabo aquella difícil empresa.

Por fin, después de muchas jornadas y penalidades sin cuento, arribamos a Tarifa. Una vez allí, como pudimos, aprovechando un tiempo como no se había conocido en muchos años, pues el estrecho estuvo durante semanas como una balsa de aceite, lo que maravillaba a los pescadores a los que habíamos alquilado sus barcas, que no habían visto en toda su vida aquella falta de vientos y una mar tal calma, fuimos pasando todos a fuerza de remos, como si otra vez Moisés hubiese separado las aguas para mostrarnos el camino.

En Tánger, fuimos bien acogidos tanto por moros como por judíos, que a los cristianos que allí había, así fueran castellanos o portugueses, los aplacamos al entregarles unas bolsas con monedas de plata.

En aquella ciudad, nos organizamos para realizar el resto del viaje hasta esta ciudad de Fez El Bali, que, como ves, nos acoge como si en ella hubiésemos nacido.

Isaac Ababanel terminó el relato en ese punto, y no pude, por menos, que admirarme de aquella decisión. Obligados por la fuerza a aceptar la conversión, comprendieron que su única salida era elegir ellos mismos un lugar donde poder seguir siendo verdaderos judíos. De otra manera siempre hubiesen vivido en su propia vergüenza, sin ser capaces de mirar a sus hijos a los ojos.

Ruth que al igual que yo había permanecido escuchando a su padre sin pestañear, trajo entonces el candelabro, y ambos comenzaron los preparativos para el Shabbat. Al percibir mi nostalgia, Isaac me invitó a permanecer aquella noche allí. Comprendí que no me consideraban un extraño, sino que me habían aceptado naturalmente como uno más de la familia.

Ruth miró interrogante a su padre, quien asintió con un ligero movimiento de cabeza, y ella trajo una vela de la cocina para encender el candelabro, mientras Isaac pronunciaba la ritual bendición. Después, bendijo una pequeña jarra de vino y los tres bebimos. Observé a Isaac mientras cortaba el pan y de nuevo vi entre brumas a mi padre haciendo lo mismo.

A pesar de que aquellas tradiciones casi se me habían olvidado, porque Joel Ben Gaón, que tenía otras muchas virtudes, no era hombre muy piadoso, participar en aquella fiesta fue algo extraordinario para mí por otro motivo. Hasta aquel momento y desde que habían asesinado a los míos, nunca había vuelto a estar en familia. Allí, en la casa de Isaac Ababanel, un judío sefardí de Córdoba que había preferido marcharse y abandonarlo todo, antes que ir contra su conciencia, sentí de nuevo el calor del hogar, y algo que creía definitivamente apagado volvió a encenderse en mi interior.