Shalom Sefarad

G. H. Guarch · Capítulo 17 de 28

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Shalom Sefarad

VII una Hoguera en Granada

VII

 

UNA HOGUERA EN GRANADA

Tardamos aproximadamente tres meses en llegar a Túnez. En aquel viaje pude llegar a comprender algunas cosas que hasta entonces me habían pasado desapercibidas. Las gentes del desierto vivían en un perpetuo viaje, como peregrinos que buscasen en las dunas la paz de su alma. Aquella forma de vida me hizo meditar sobre lo efímero que, en realidad, era todo. Nosotros, los sefardíes, nos habíamos visto obligados a abandonar la tierra en la que nacimos, al igual que aquellos negros, esclavizados por gentes extrañas a su cultura, arrastrados a lugares desconocidos incomprensibles para ellos. Otros muchos permanecían siempre en el mismo sitio, sin llegar a comprender que su único tránsito era a través del tiempo.

No era, por tanto, el viaje inacabable, ni siquiera el dolor de lo ausente, ni aun menos el perder haciendas y patrimonios. Lo verdaderamente duro era ser privado de la libertad, algo impalpable que no podía pesarse, ni medirse, pero que, cuando existía, colmaba el corazón de los hombres, sin que tan siquiera éstos la apreciaran, hasta que un nefasto día eran privados de ella.

Aprendí también cómo los hombres se amoldaban a las más duras circunstancias, sin que eso supusiese que perdían su alegría, su coraje o su entendimiento. Muy al contrario, cuanto más duro, más áspero, más reseco era el lugar en el que se hallaban, más vitales parecían, más animosos y cordiales los encontrábamos, como si la vida tuviese conciencia, en sí misma, de que ése era el único camino.

No era, pues, la dureza de la vida la que condicionaba el ánimo, ni tan siquiera la enfermedad. Había podido ver cómo los dolientes se resignaban a su mal, aun cuando éste pareciese no tener remedio.

Tampoco la religión parecía influir en el comportamiento íntimo de los seres humanos. El creyente parecía vivir en paz consigo mismo, ya se tratase de judío, mahometano o cristiano; incluso, los paganos, los idólatras como aquellos infelices negros esclavizados. ¿Quién era, en realidad, infiel? ¿Quién merecería el Paraíso?

Al Jindak me explicó pacientemente lo que él entendía sobre ello en una de aquellas noches del desierto, en la que las estrellas se veían tan cercanas que parecía que si nos pusiéramos de puntillas, podríamos llegar a tocarlas con la mano.

Su particular historia le hacía ver las cosas sin apasionamiento. Había sido cristiano, después se convenció, a sí mismo, de que el Islam se hallaba más cerca de la verdad. Luego finalmente había comprendido, y así me lo confesó, que la única verdad se hallaba en nosotros mismos.

Nada tenía que ver con el distinto modo de actuar en la vida. Sólo la capacidad de decidir, de actuar, quedando, después, en paz con nuestra conciencia. Ése era el verdadero camino, y elegir otro sólo podía llevarnos al desastre.

Una mañana, después de un esfuerzo final, nos hallábamos apenas a una legua de Túnez. Dos de los hombres se habían adelantado a la caravana, pues los animales de carga no podían ya con su resuello. Muchos de ellos sangraban por las pezuñas y cojeaban a causa del durísimo trayecto, por lo que viajábamos muy lentamente. Los emisarios habían desaparecido entre una nube de polvo, cabalgando para avisar de nuestra llegada. Según me advirtió Al Jindak, permaneceríamos unas semanas en aquella ciudad, en la que tenía muchos amigos, para poder preparar cuidadosamente hasta el menor detalle, la travesía en su bajel desde Túnez hasta Alejandría.

Yo tenía una amarga experiencia de mi único viaje por mar. Había podido comprobar cómo aquella aparentemente plácida superficie no era más que una lámina, un falso espejo, que ocultaba insondables simas, y cómo, en apenas unos instantes, todo podía cambiar para transformarse en un infierno. Por ello, toda precaución me parecía escasa y alababa la prudencia de mi mentor y amigo.

Al Jindak me había hablado mucho de aquella ciudad. Túnez era ya entonces una ciudad cosmopolita. Allí se cruzaban hombres de todas las razas y culturas. En aquel lugar, nada era extraño y todo parecía permisible.

Esa intuición se vio confirmada cuando nuestra caravana cruzó las murallas sin que nadie nos lanzase más de una mirada. Todos parecían afanarse en sus labores, como si aquella polvorienta caravana no llamase su atención en lo más mínimo. De nuevo, me envolvieron los aromas y los olores penetrantes que me recordaron a Fez. Unos chiquillos me tiraron de los faldones de la túnica, pidiéndome unas monedas. Los tenderos apenas se permitían observarnos de reojo, sopesando la mercancía que nuestros camellos podrían transportar. Debo reconocer que, en aquel lugar, me sentía como en casa. Nos dirigimos, a través de las tortuosas callejas de la medina, hacia la mansión de José Abenamir, un comerciante morisco, natural de Valencia, que llevaba casi una década residiendo en Túnez. Se trataba de un viejo amigo de Al Jindak, con el que se había comprometido a permanecer en su casa durante aquellos días.

Abenamir estaba advertido de nuestra llegada, y apenas nos vio entrar en la pequeña plazoleta frente a su puerta, levantó los brazos al cielo en señal de alegría. Su casa se hallaba situada prácticamente a la sombra de la gran mezquita aglabie. En la misma calle, pude ver varias medersas. Aquel barrio era algo así como el corazón religioso del país, pero no parecía existir ningún inconveniente en que un mahometano, convertido al cristianismo, viviese allí. Apercibirme de esa circunstancia me tranquilizó, pues denotaba que aquellas gentes eran abiertas de espíritu.

Abenamir nos saludó con afecto. No pudo evitar observarme de una manera particular, pues tanto él como yo teníamos un origen común que nos acercaba, aun antes de conocernos.

Enseguida, nos invitó a entrar, precediéndonos para indicarnos el camino, mientras unos siervos se hacían cargo de nuestras caballerías y equipajes. A pesar de mi experiencia en Fez, no terminaba de admirarme de aquel estilo de vida. En su exterior, la casa parecía una más entre las otras, sin ninguna señal de opulencia, muy al contrario, su fachada casi se confundía con las colindantes. Sin embargo, al penetrar en ella, no pude, por menos, que lanzar un silbido de admiración. Un patio construido alrededor de unas viejas columnas, solado con antiquísimos mosaicos que se me antojaron de la época de los romanos. Una esbelta palmera de, al menos, treinta codos de altura parecía querer dominar la medina. La fuente situada en su centro aliviaba nuestra sed, sin necesidad de beber de ella. Admiré a aquel José Abenamir, aun antes de escucharlo. Era, sin duda, un hombre particular, pues, al contrario que Al Jindak, había nacido musulmán y sin embargo, había hallado su fe y su paz en el cristianismo. Nadie parecía reprocharle aquella decisión, y por su aspecto, posición y cultura, tampoco se hubiera dicho que aquel hombre echaba de menos su país.

No cabía la menor duda de que Abenamir era un hombre afortunado. Lo que me había parecido una casa como otras era, en realidad, casi un palacio. De hecho, la dependencia que me asignó, me recordó la que durante tantos años disfruté en Lisboa, en la mansión del hombre que había sido para mí como un padre: Ben Gaón.

Pudimos, pues, descansar casi todo el día. A última hora, un esclavo vino hasta mi cámara para comunicarme que su amo deseaba que bajase a cenar con él y con Al Jindak, por lo que me puse una túnica que había adquirido en Fez, bordada al estilo de aquella ciudad, con la que me sentía como un príncipe, y precedido por el esclavo, me dirigí a la galería donde me esperaban mis amigos.

Ambos me saludaron con afecto. Al Jindak aprovechó para hacerme un panegírico tal que casi me sentí avergonzado. Desde aquel mirador se dominaba la ciudad, y aunque apenas veíamos a nadie en las azoteas, un imperceptible murmullo subía desde las calles, haciéndome comprender que estaba llena de vida. Al Jindak me observaba sonriente, escuchando a su amigo, que lanzaba una retahíla de improperios contra los inquisidores y otras gentes de mala voluntad.

Luego nos sentamos en el suelo, apoyándonos en unos cojines de seda, delante de unos manjares que se me antojaron deliciosos incluso antes de probarlos, aunque en modo alguno podía quejarme de cómo había resultado el viaje, ya que era imposible dar mayores comodidades que las que habíamos tenido en semejante trance.

Abenamir era hombre ingenioso. Nos dijo que no podía quejarse de cómo lo había tratado la vida, y a fe que no lo hacía. Me explicó que procedía de Valencia y que sus padres eran mudéjares, pues así conocíamos, en Castilla, a los musulmanes súbditos de un Rey cristiano. Sin embargo, habían sido obligados a bautizarse por expreso deseo de su señor. Unos dominicos le explicaron el Evangelio, y él lo asimiló. Le pareció que, a pesar de todo, aquella religión se hallaba más cerca de la que él creía como verdadera que la suya propia.

Al decir aquello, Al Jindak y Abenamir brindaron por la libertad. Debo reconocer que me hallaba sorprendido de las decisiones de uno y otro, pero sobre todo, de cómo a pesar de ellas, podían congeniar a la perfección. Esa forma de ser me maravillaba, y más aún, al comprender que aquél había sido el comportamiento de tantos y tantos hombres en aquellos Reinos que lo fueron de paz y concordia hasta que gentes perversas como Torquemada, Espina y otros como ellos habían abierto las redomas en las que, desde tiempo inmemorial, se escondían los demonios del Averno.

Abenamir nos explicaba con una insólita mezcla entre melancolía y sentido del humor, cuál era su concepto sobre lo que realmente estaba sucediendo en España y cuáles eran las verdaderas causas de todo aquello.

Para aquel hombre, de aspecto amable, pero de gran clarividencia, en el fondo de todo aquello, existía un pecado capital para los cristianos como él, que resumía a varios otros y que era la principal causa de todo: la codicia. Tanto en el Reino de Castilla como en el de Aragón, y tanto en el caso de la expulsión de los sefardíes como en lo que estaba sucediendo en Granada y en Valencia, había mucho más de avidez por lo ajeno que de fanatismo religioso.

Abenamir no parecía tener dudas sobre esto. Los castellanos, gentiles para los sefardíes, infieles para los mahometanos, tenían, muchos de ellos, una gran envidia de los bienes, patrimonios y, hasta sin ser conscientes de ello, de la forma de vida de los judíos. No podían soportar que aquella raza, estigmatizada por su religión y sometida a tantos recortes y trabas en sus libertades, tuviese paradójicamente una gran facilidad para mejorar tanto en lo económico como en lo social. Incluso, sentían envidia de los mudéjares y de los moriscos, pues si bien éstos no progresaban tanto como los judíos, parecían, en su sencillez, muy satisfechos de su vida. También, en muchos casos, ocurría que, mientras los campos y huertos de los unos no producían o se veían enfermizos y estériles, en los de los otros, los árboles se doblaban por la fruta y la mies era sana y abundante.

A todo ello, acompañó el hecho de que los judíos eran hábiles en el manejo del dinero, pues tenían la mente rápida para los números y además se adiestraban en su manejo desde corta edad. Entre ellos, incluía Abenamir a los conversos, gentes que habían optado por permutar, en muchas ocasiones, sus verdaderos sentimientos religiosos por la paz y la tranquilidad de los suyos.

No era, pues, la religión, ni la fe, ni tan siquiera el guardar las apariencias. Había algo más que se hacía insufrible a muchos cristianos, y era ver cómo otros progresaban en las tierras que con tantos esfuerzos se habían reconquistado. Ahí estaba, por tanto, el quid de la cuestión —manifestaba con contundencia Abenamir, mientras gesticulaba con sus manos para apoyar sus argumentaciones—. Eran las tierras las que se habían recobrado, que no las ánimas de los que las poblaban.

José Abenamir calló un momento, mientras nos escanciaba una copa de vino de Malta. Un vino rojo como un rubí, y debo reconocer que delicioso. Luego se quedó mirándome, mientras señalaba al Mediterráneo, cuyo horizonte se recortaba en el atardecer con un azul intenso.

—Tú, David, saliste de Castilla siendo muy joven. Cierto que tus sufrimientos fueron grandes, que, por tanto, tus recuerdos están, sin duda, marcados por los hechos terribles que viviste. Pero debes creerme si te digo que, aun después de todo lo que ha ocurrido, pienso que las cosas podrían haber sido de otra manera.

»Hubo un tiempo —prosiguió con convicción—, ahora ya olvidado, enterrado bajo el fango de los últimos hechos, en que los musulmanes, judíos y cristianos vivieron en paz y armonía, laborando los unos y los otros, intentando progresar entre las penurias cotidianas.

Abenamir cerró los ojos y suspiró. Parecía concentrarse en sus pensamientos. Luego, mientras bebía un sorbo de vino, prosiguió sus razonamientos. ¿Sabéis por qué? ¿Sabéis por qué nadie pensaba en lo que un día podría llegar a suceder? Porque entre ellos no eran diferentes. No, al menos, en lo esencial. Eran sólo hombres que vivían su época con la esperanza de no ser demasiado infelices. Pero algunos pensaron que aquella armonía podría romperse en beneficio de sus propios intereses. Gentes como ese tal Alonso de Espina, o como Tomás de Torquemada, o como ese bribón, que Dios confunda, de Diego de Lucero, inquisidor en Córdoba, que sembró de espanto y aflicción a los que vivían cerca de aquella ciudad.

Como ellos los hubo antes, y con seguridad los habrá después, porque donde va el hombre, va con él la maldad —afirmó rotundo, mientras tomaba asiento en el muro de la terraza y volvía a señalar con la mano derecha hacia el oeste—, aunque algunos parecen arrastrar toda la que a su paso encuentran. Hombres como esos fueron, pues, los que construyeron la infamia con mentiras, infundios y engaños, utilizando incluso los púlpitos y cátedras.

Observé que Abenamir parecía excitarse vivamente, como si todos aquellos recuerdos que mantenía dentro de él fuesen aflorando a su pesar. Pensé que aquel hombre hacía un gran esfuerzo por enterrar su pasado y mirar sólo hacia delante.

—Sabéis —prosiguió, mientras de nuevo alargaba la copa para que un esclavo se la llenase— que no hace más de cinco días que acabo de volver de Al Ándalus. De hecho, he estado en Almería, desde donde he embarcado a varios nobles musulmanes que, temiendo el hecho de que la rebelión de las Alpujarras se extendiese, obtuvieron, a fuerza de oro, un salvoconducto que les permitiese abandonar el Reino de Granada antes de que mayores desgracias pudieran ocurrirles a ellos y a sus familias. Entre ellos, venían: un cadí, Ibn Humeya, que algún tiempo estuvo sirviendo en la Corte de Muley Hacen; uno de los más grandes Reyes nazaríes; un poeta Muhammad Al Bayya, cuyos zejeles eran celebrados por todos, pues, al igual que Ibn Zamrak, también en ellos se hablaba de la guerra santa contra los cristianos, aunque mejor poeta era cuando hablaba del amor; y un médico, Muhammad Al Mundhir, que, durante un tiempo, atendió a ese Soberano. También viajaban sus familias y siervos, llevando consigo lo poco que habían podido salvar de entre los restos de ese gran naufragio que ha resultado ser la toma de Granada.

»Como podréis imaginaros, se trataba de gentes de edad avanzada, cuyo último deseo era morir a la sombra de la Alhambra, lo que no han podido ver finalmente cumplido, pues las circunstancias han sido tan adversas para ellos y los de su religión que Al Mundhir llegó a sufrir una enfermedad nerviosa que le impedía dormir y se pasaba las noches en vela, apurando su melancolía, tratando de encontrar una explicación, una razón, al menos, a lo que había ocurrido.

»Llegué, pues, al puerto de Almería y después de mostrar mi salvoconducto y repartir monedas de plata a diestro y siniestro, así como alguna moneda de oro, pude acceder a la Al Medina, un barrio que se halla bajo las murallas de la Alcazaba. Por cierto, que os he de decir que no he conocido otra fortaleza como la que protege a esa ciudad y que, a fe mía, creo que sólo pueden haberla tomado las traiciones antes que cualquier artilugio de guerra. Os decía que llegué a la casa donde me indicaron que se hallaban aquellos hombres sabios refugiados, a la espera de poder abandonar las tierras en las que habían vivido incontables generaciones de los suyos. De hecho, habían resistido a todo, primero en la propia Granada, más tarde, huidos a la mansión que en Sierra Elvira poseía Ibn Humeya, en una finca denominada “El haza de la bolsa”, frente a Benecid. En ella, Al Bayya compuso alguno de sus mejores versos, en pleno corazón de la Alpujarra, cerca del lugar de destierro del rey Boabdil, hasta que éste partió para Fez y los dejó allí, convencido de que un día podría retornar —eso al menos les dijo—, aunque todos, unos y otros, sabían que eso no era más que una vana ilusión.

»Aquellos hombres aguantaron por su hombría, por su fe y por su honor. Pero las cosas fueron torciéndose hasta tal punto que la rebelión de las Alpujarras se tornó un vendaval de sangre y muerte.

»Volvieron entonces con grandes precauciones a Granada. En estos tiempos revueltos, nadie puede viajar, ni vivir tranquilo en Al Ándalus. Pero confiaron en su suerte. Además Cisneros les prometió benevolencia si se convertían. Incluso un emisario les llegó a decir que el arzobispo aceptaría una conversión simulada y que no les forzaría a más, pues comprendía que por su edad y posición no podían hacer otra cosa, pero que con su ejemplo muchos otros aceptarían ser bautizados.

»No podían hacer más de lo que hicieron. Al Mundhir e Ibn Humeya consintieron en ello; no así Al Bayya, el poeta, que, en modo alguno, podía tolerar aquellas injerencias, que más se le antojaban indignidades que otra cosa.

»En cualquier caso, Cisneros era, y sigue siendo, hombre pragmático e hizo la vista gorda, haciendo ver que los tres habían sido bautizados, lo que con gran alharaca se hizo público por unos pregoneros desde una puerta a otra de Granada.

»Aquellos hombres no pudieron soportar la vergüenza. Dos, por haber aceptado un trato humillante; el otro, porque con su silencio consentía. Así anduvieron, medio escondiéndose, pues cada vez que uno de ellos salía a la calle, tenía la impresión de que los vecinos lo miraban de forma extraña, como si se preguntasen cómo era posible que hombres, de esa sabiduría y condición, hubiesen claudicado.

»Intentaron justificarse. Apenas hablaban entre sí, pues ya se lo habían dicho casi todo, y creían que lo poco que les quedaba dentro tal vez no mereciese la pena. Sólo Al Bayya se refugió en la poesía, escribió un zejel que hablaba de muerte y traición, de desesperanza y del final cercano. Así al menos consolaba su ánimo, aun con la certeza de que se engañaba a sí mismo al no querer aceptar la realidad.

»Pasó un tiempo. Nada parecía mejorar. Para Cisneros, la rebelión había supuesto que los mudéjares rompían el pacto, y con él roto, se anulaban todos los derechos. Todos. Era algo así como si ya los musulmanes fuesen menos que nada. No podían portar armas; con lo cual, no había defensa posible cuando les atacaban, y eso sucedía cada jornada, a cada instante. Tampoco los cristianos parecían aceptar que hablasen en árabe, obligándoles a contestar en castellano. No podían vestirse, alimentarse, orar, vivir como siempre lo habían hecho. Aquello se convirtió, poco a poco, en un infierno para los muchos mudéjares de Granada, incluso para los convertidos, que debían andar con mucho tiento y no dar la apariencia de lo que, en realidad, eran: moros.

»Cisneros había puesto en marcha un mecanismo que no les dejaba salida, que hacía el aire irrespirable, que les obligaba a convertirse por las buenas o por las malas. Forzados o convencidos, todos debían ser llevados al redil cristiano, como si en ello le fuese a aquel hombre su propia honra.

»Algo de ello debía haber. Cuando los Reyes se hallaban en Granada, él era confesor de la Reina. El rey Fernando tenía el suyo propio y no confesaba sus pecados más que al fraile dominico que siempre le acompañaba, que no hablaba más que catalán y ni el latín conocía, como si el ambicioso Soberano, tan acostumbrado a las traiciones y contubernios, no se fiase ni del sacramento de la penitencia.

»El arzobispo debió prometer a la Reina lo que ésta quería oír: que aquel Reino de Granada no iba a ser diferente de los que componían el resto de España, aunque para ello tuviese que emplear la persuasión, la caridad, la paciencia infinita o, incluso, otros medios más forzados y severos para lograr lo que se proponía.

»Los moros debían dejar de existir como nación. Serían como un cuerpo desmembrado, privados de sus costumbres, de sus leyes y también, por qué no, de sus propiedades y bienes: sus casas, sus muebles, joyas, oro. Ahora le tocaba el turno a la religión, pues, según la Reina, la cristiana era muy ancha, y ambas no cabían en el Reino.

»En ese terrible ambiente, Ibn Humeya, Al Mundhir y Al Bayya no podían tener la más mínima esperanza. El cadí no podía ejercer las leyes, porque ya sólo valían las de los cristianos, y ni sus escrituras, ni sus registros eran válidos. Poco más que algarabía, decían aquellos despreciativamente, que invalidaba propiedades y títulos, derechos y privilegios, no dejando a su paso más que una tabla rasa sobre la que era imposible convivir.

»Una noche de luna llena, vinieron a avisarles. Soldados, acompañados de frailes dominicos, heraldos, pajes, caballeros cristianos, jueces y notarios subían en comitiva hacia las puertas de la Alhambra. Los seguían familiares de la Inquisición y tras ellos, en una larguísima reata, centenares de acémilas transportaban en sus alforjas algo a lo que, en principio, nadie dio crédito. Manuscritos, códices, libros, incunables y pergaminos. Todos los textos que se habían podido encontrar, expoliados de los palacios, de las bibliotecas, de las mezquitas, de escondrijos insospechables, revelados a fuerza de persuasiones o quebrando voluntades.

»Allí iban literaturas, poesías, muchos de ellos copiados a mano, dibujados en sus márgenes al modo persa, con flores enlazadas, geometrías, extraños animales imposibles.

»Todas las Ciencias, todas las Artes, recogidas en una infame cosecha. Cuesta arriba, las bestias resbalaban sobre las pulidas piedras a causa del peso de los libros.

»Las gentes se asomaban temerosas. Muchos dudaban de si aquel cortejo silencioso sería un auto de fe. Alguien avisó a Ibn Humeya de lo que ocurría. Al Mundhir acudió presto a la llamada de su amigo, pero no así Al Bayya, al que parecía habérselo tragado la tierra.

»Fueron subiendo la cuesta, corriendo todo lo deprisa que las cansadas piernas les permitían. ¿Adónde llevarían los cristianos aquel tesoro? Al Mundhir tranquilizó a Ibn Humeya, hablando entrecortadamente con el corazón en la boca, mientras a trompicones subían por las callejuelas empinadas. Los médicos que acompañaban a las tropas de ocupación sabían de la existencia de enciclopedias y compendios árabes. En ellos, se resumía la Botánica, la Farmacología, la Filosofía de muchos años de experiencias y estudios. Probablemente, querrían apoderarse de ellos, al igual que hacía, casi una década, habían hecho con los libros sefardíes. Sin duda alguna, no era más que otro pillaje de los muchos que estaban sucediendo aquellos días.

»Al final, cuando ya las piernas apenas los sostenían, llegaron en el instante preciso para entrever las grupas de las últimas acémilas que entraban por la puerta de la Alhambra. Allí fue donde se dieron cuenta de lo que verdaderamente ocurría, aunque, por un instante, se frotaron los ojos en un gesto de incredulidad, al ver cómo unos soldados, ayudados por esclavos musulmanes, iban formando una gran pira. Los hombres descargaban con violencia los animales, vaciando las albardas a manotazos, maltratando aposta los documentos, como queriendo justificar su ira contra ellos, arrojándolos al suelo, tirándolos de cualquier manera al enorme e increíble montón que se iba formando, alrededor del cual se habían colocado, a modo de un gran círculo, los dominicos, curas, prelados, cancilleres, oficiales y tropa, todos los que acompañaban al cortejo de manera oficial, rodeados de curiosos, villanos y señores, que al mismo se habían adherido de manera espontánea.

»Cuando la muchedumbre comprobó cuál era la finalidad de todo aquello, algunos comenzaron a lanzar improperios contra los moros, insultos al Profeta, graves amenazas. La multitud fue creciendo como una marea, y muchos se colocaron en la falda de las torres, otros, incluso, subieron a las murallas, se encaramaron a los bastiones, treparon a los árboles para no perderse nada.

»De pronto Al Mundhir se sintió enfermo. La cabeza le daba vueltas, notó la sangre golpeándole las sienes, el corazón parecía querer salirse de su pecho, las piernas le flaqueaban, y no tuvo más remedio que sentarse agotado por la carrera, destrozado de antemano por la certeza de lo que allí iba a ocurrir. Ibn Humeya lo atendió como pudo, consolándole con palabras entrecortadas con las que quería a su vez convencerse de que todo aquello en realidad no sucedía.

»La reata había resultado interminable, borriquillos, mulas, caballos, incluso camellos. Todos los presentes parecían impresionados. Ibn Humeya, perplejo ante lo que veía, pensó que de dónde habrían sacado los cristianos tanto escrito, tanto documento. Parecía imposible que en Granada hubiese existido aquella enorme colección de textos, dibujos y grabados. Finalmente, un último animal rezagado fue descargado, esa vez con mayor parsimonia, intentando tal vez dar un efecto teatral, impresionar a los que allí se hallaban. Luego, a una señal convenida, varios dominicos se adelantaron. Se hizo, al fin, un gran silencio. Uno de ellos, el que parecía de mayor rango, comenzó una breve ceremonia de estigmatización.

»Ibn Humeya había presenciado varias veces el ceremonial de los autos de fe. En los últimos años, había visto quemar criptojudaizantes, hombres y mujeres abrasados vivos por las llamas. Todavía podía oír los alaridos de aquellos desgraciados, primero de terror, después de pánico incontrolado, a causa de los terribles dolores producidos por las llamas que lamían los cuerpos, chamuscando el cabello, las vestimentas, la piel, achicharrando la carne palpitante, calcinando enseguida, carbonizando todo, hasta formar una infame masa que se confundía con los leños.

»Pensaba que aquello volvería a suceder ahora. Era capaz de imaginar que los libros, los rollos atados con cintas de sedas, tenían también vida. Se tapó, en un gesto compulsivo, las orejas. No quería oír los lamentos de aquellos viejos manuscritos.

»Mientras, Al Mundhir permanecía tendido cuan largo era sobre una gran piedra plana. Se sentía algo mejor, pero no quería presenciar aquello. Pensaba que, de alguna manera, era hacerse cómplice del hecho. Prefería entreabrir los ojos un instante y observar las estrellas como cuando aún era niño.

»Ibn Humeya pudo ver cómo el prelado que dirigía el ceremonial, encendía una antorcha con la llama de un enorme velón y se la entregó al dominico que encabezaba la fila. Repitió el mismo gesto varias veces, mientras los frailes con los hachones iban colocándose alrededor de la enorme pira. Los soldados, alertados, tomaron posiciones, mostrando, amenazadores, las lanzas y las espadas para evitar que nadie se moviera.

»El prelado, con los ojos en blanco, en un trance de fe, levantó la cruz en medio de un silencio insoportable, y a la señal los frailes acercaron las llamas al montón de reseco papel que en un instante comenzó a arder, iluminando los ojos, los rostros asombrados. Entonces un alarido de angustia rompió el silencio. Fue un grito aterrador, horrísono, que parecía concentrar toda la angustia, todo el pavor por lo que aquel hecho presentía. Los que allí se hallaban, unos y otros, se sobresaltaron, pues aquel sonido llevaba en él la amenaza de algo horrible.

»La hoguera crecía vertiginosamente y las llamas habían alcanzado ya una altura insospechada, arrastrando con ellas fragmentos de papel que parecían danzar sobre las gentes algo aturdidas, que los seguían sugestionados con la mirada.

»De improviso, alguien rompió el cordón de seguridad. Moviéndose con gran rapidez, empujó para entrar a uno de los dominicos, un hombre corpulento que tropezó en su propia capa, cayendo de bruces al suelo.

»El desconocido se plantó un instante frente al fuego. Luego, sin apresurarse, se volvió a la multitud y pareció alargar los brazos hacia ellos. Fue sólo un momento. Nadie reaccionó, ni tan siquiera los soldados, que lo miraban entre estupefactos y nerviosos, sin saber bien lo que hacer, creyendo, incluso, que aquello formaba parte del drama.

»Ibn Humeya, a pesar de la distancia, adivinó quién era. No veía bien de cerca, lo que le causaba gran sufrimiento, pero de lejos conservaba una visión aceptable. Aquel hombre no era otro que Al Bayya.

»Inopinadamente, el poeta se lanzó de bruces a las llamas. Nadie pudo impedirlo. Nadie movió tampoco un dedo por evitarlo. Un sordo murmullo de asombro se mezcló con el crepitar del fuego. Una vaharada cálida acarició el rostro de Ibn Humeya, como si quisiera secar la humedad de sus ojos.

»Unos trozos de papel escrito volaron, empujados por el tremendo calor. Uno de ellos fue aleteando, como una mariposa nocturna, hasta donde se encontraba Ibn Humeya, que sólo tuvo que alargar la mano para hacerse con él. Era un trozo chamuscado, coloreado a mano. Supo, sin más, que se trataba de un mínimo fragmento de la obra esencial de Ibn Almuqaza, Calila e Dimna. Muchas veces había discutido sobre aquellos cuentos con Al Bayya, que mantenía el verdadero origen de las fábulas en el Pantchatantra indio, un lugar mítico y remoto.

»Ibn Humeya notó en su hombro la mano temblorosa de Al Mundhir, que se había incorporado y observaba sollozando la tragedia.

»La hoguera ardió durante horas. Todos fueron retirándose hasta que sólo quedaron los dos hombres que, tambaleándose, se acercaron lentamente a los humeantes rescoldos. Ambos tenían el corazón tan encogido que temblaban como hojas, a pesar de las olas de calor que los envolvían. Entre las ascuas, les pareció adivinar el esqueleto calcinado de Al Bayya, que aún mantenía los brazos extendidos, como si quisiera abrazar todos los textos.

En aquel punto, terminó José Abenamir su relato. No era necesario dar muchas más explicaciones. La intolerancia que se vivía en aquellos Reinos sobrepasaba lo imaginable. Era algo así como si aún no estuviesen satisfechos con lo que había ocurrido: la expulsión de los sefardíes, la persecución por la Inquisición de millares de familias conversas, la esquilmación de sus bienes por parte de los cristianos.

Ahora, le había tocado el turno a los musulmanes, a los moriscos, a los mudéjares, a los sometidos. De nuevo, se repetía la historia. Convertidos a la fuerza, expulsados en gran parte, pues eran obligados a marchar si no aceptaban convertirse, maltratados, usurpados. Abenamir insistía en su tesis: la Inquisición estaba haciendo el trabajo sucio, pero en definitiva el pueblo apoyaba la solución final, es decir, extirpar dos de las tres grandes culturas que durante siglos habían vivido en la Península. Todos de una manera u otra éramos cómplices.

José Abenamir dio una palmada, sacándome de mi ensimismamiento, y un esclavo rellenó las copas de vino. Luego se puso en pie y levantó su copa.

Por los viejos tiempos, cuando aún no éramos diferentes. Por el futuro, en el que deposito todas mis esperanzas de que volvamos a ser los que una vez fuimos.

Los tres, puestos en pie, bebimos por que aquellos deseos pudieran hacerse realidad. Luego Abenamir y Al Jindak se retiraron a descansar, pues se había hecho tarde, y me quedé solo en la terraza. Reflexioné que había pasado mucho tiempo desde que huí de Toledo, pero si cerraba los ojos, aún era capaz de oler la tierra, el perfume de sus campos en primavera, el pan recién hecho que mi madre sacaba del horno, el olor inconfundible de su piel. Aquella evocación me hizo suspirar.

El Mediterráneo tenía un color gris oscuro acerado y en el horizonte iluminado por la luna llena, se adivinaban unas nubes de tormenta. Más allá, muchas leguas hacia donde se había puesto el sol, se hallaba Sefarad, la Tierra Prometida.