Shalom Sefarad

G. H. Guarch · Capítulo 6 de 28

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Shalom Sefarad

V Efraín Ashkenazi

V

 

EFRAÍN ASHKENAZI

Fueron pasando los días. El otoño anticipaba un invierno frío y tormentoso, pero me sentía bien en el monasterio. Creo que eso se debía, sobre todo, al hecho de que sentía una gran aprensión a lo que existía más allá de los muros de piedra. Nunca había visto el mar, aunque mi padre me había hablado de él muchas veces, pero en mi imaginación aquel lugar era algo así como una isla de serenidad en un océano proceloso.

Por otra parte, allí me hallaba entre amigos: Manasseh Ayish, Salomón Benassar, Efraín Ashkenazi. Los judíos habíamos adoptado nombres de conveniencia, y a mí todos me llamaban ya Diego de Toledo, que era como me había impuesto fray Gregorio de Luna, nuestro prior.

Sabía por mi madre, y ella lo había aprendido de su padre Mosés Revah, que existía una grave enfermedad que se daba de tarde en tarde, en la que el enfermo creía tener dos personalidades, y a veces más. Era un trastorno peligroso, porque los ignorantes y los malvados acusaban al demente de estar poseído por el Diablo. Quizás, también yo estaba afectado de aquel mal, porque día a día me sentía más y más como Diego de Toledo, antes paje del caballero, ahora novicio de la Orden del Císter. Podía entender a la perfección lo que me había explicado el prior, que dudaba permanentemente entre Gregorio de Luna y Manasseh Ayish. Veía, en mi caso, cómo David Meziel se alejaba raudo y aparecía Diego de Toledo, tras el cual me sentía a salvo de los avatares de la realidad.

Los monjes me llamaban hermano Diego, y apenas llevaba unos días en el monasterio, cuando ya me sentía aludido por ese nombre.

No quería pensar en mi padre, Abravanel Meziel, ni en mi madre, ni menos aún en mis hermanas, porque cuando lo hacía, algo dentro de mí se rebelaba y me negaba a aceptar que hubiesen muerto. Por otra parte, en los momentos en que conseguía abstraerme, llegaba a creer la fantasía de que era en verdad Diego de Toledo y que había nacido cristiano, por lo que no tenía nada que temer.

Pero a pesar de mis ilusiones, cuando me cruzaba en el claustro con otro monje, llegaba a recelar de que me señalase con el dedo diciendo: «Sé que eres judío. No puedes negarlo, pues soy capaz de oler a un judío desde una legua». Pero no, pasaba junto a mí, sigiloso, sin levantar la vista, murmurando latines. Yo me volvía al verlo pasar ensimismado, sin tener la certeza de que tan siquiera hubiese reparado en mí.

El único que en verdad me inquietaba era Efraín Ashkenazi. Tenía una mirada penetrante y misteriosa, que me recordaba constantemente quién era realmente yo y quién era él, haciéndome volver de la imaginación a la dura realidad de que nos hallábamos allí de prestado.

Una madrugada, después del oficio de maitines, en el que habíamos cantado los Salmos y dado las lecciones, me dirigía aterido a la celda a descansar hasta las cuatro, hora en que comenzábamos nuestra jornada, cuando oí que alguien me chistaba desde uno de los claustros. Aun antes de verlo, supe que se trataba de Efraín Ashkenazi, al que reconocí a pesar de llevar el rostro totalmente oculto por el capuchón.

Aunque apenas había hablado con él, sabía que era hombre inteligente e intuitivo. Me requirió para decirme, que aun cuando el prior no se lo había dicho, notaba algo especial en mi situación. Me persuadió para que le acompañase a la biblioteca con la excusa de que había encontrado un antiguo manuscrito en árabe, y por haberme visto trabajando en otros de esa lengua, deseaba que le ayudase a traducirlo. Así lo hicimos, a pesar de lo intempestivo de la hora. Parecía observarme con gran respeto mientras lo extendía sobre la mesa, y más aún cuando comencé a leerlo, traduciendo directamente. Era un fragmento de La Póntica Nicomaquea, de Aristóteles. Curiosamente, hablaba del valor y la cobardía, y aquel párrafo en boca de Héctor decía: «Aquél a quien yo encuentre zafándose de la batalla, no le quedará esperanza de escapar a los perros».

Me quedé mirando los ojos de Efraín Ashkenazi y supe que él no deseaba que le tradujese aquello, pues sabía con exactitud lo que decía el texto. No pretendía sino otra cosa que probarme, e intuí que conocía mi secreto. Pero no quería irme de ligero, y negué moviendo el rostro ante la interrogante mueca del suyo al tiempo que le replicaba que Homero ponía en boca de Héctor las palabras de Agamenón en La Iliada.

Fue entonces cuando Efraín asintió al tiempo que afirmaba que sabía bien quién era yo:

—Eres sefardí. Judío como yo, como el prior y como ese tal Esteban de Santa María.

No pude negarlo. A pesar de mi interés por ocultarlo, algo o alguien me había delatado. Sin embargo, tenía razón en una cosa. Yo me estaba zafando de la batalla, ocultándome bajo el disfraz de monje, mientras en el exterior muchos de los nuestros eran despojados, desterrados, violadas nuestras mujeres o, incluso, asesinadas.

Me quedé mudo ante la sorpresa. Por otra parte, no conocía bien sus intenciones. ¿Qué pretendía de mí Efraín Ashkenazi? No tuve que esperar mucho para saberlo.

Efraín, al igual que lo había hecho antes Manasseh, el prior, había elegido la seguridad de la biblioteca para confiarme su secreto y para que a la vez le confiase el mío.

Comenzó a hablar en hebreo con su fuerte acento tudesco. Parecía querer confiar su situación a alguien, como si no pudiese soportar más el silencio continuo de aquellos claustros, mientras en su interior escuchaba las sonoras voces del pasado, atronando su alma. Pude comprenderlo bien porque de alguna manera, yo también sentía una sensación idéntica.

Había nacido en Cracovia, donde sus padres habían emigrado debido a las pésimas condiciones de vida en Alemania. Ashkenazi, para los judíos, era una tierra dura y cada vez más difícil para sobrevivir en ella. Allí, el Consejo de las Cuatro Tierras (o sea, la Gran Polonia, la Pequeña Polonia, Podolia y Bolina) parecía asegurar el futuro de los nuevos asentamientos, pero las circunstancias eran algo con lo que no podían contar.

Apenas tenía Efraín ocho años, cuando la gran peste terminó con toda su familia. Su tío, León Mirsky, pariente lejano de su madre, hombre codicioso y cruel, hizo lo que ningún judío haría con uno de los suyos: lo vendió a una familia polaca católica para verse libre de responsabilidades. Esa gente quiso convertirlo en un siervo, pero a pesar de su edad, Efraín tenía firmes convicciones religiosas, y las demostró negándose a ser bautizado. Entonces los mismos que lo habían comprado lo entregaron a un monasterio cisterciense con la certeza de que allí terminarían por doblegarlo.

Aquel lugar se convirtió en una especie de infierno para Efraín. El prior se tomó a pecho convertirlo al cristianismo, como si conseguirlo fuese para él una cuestión de principios, y al lograrlo, estuviese doblegando el alma de toda una raza y no la de aquel muchacho. Era una especie de reto que pronto se transmitió al resto de la comunidad, y todos se dedicaron con ímpetu a lograr forzar la voluntad de Efraín Ashkenazi. A fin de cuentas, para ellos, conseguirlo era a mayor gloria de Dios, y ver la resistencia sobrehumana de un niño luchando contra todo el monasterio, les demostraba que tenían razón los más sabios, y que aquella intransigente raza debía permanecer encerrada entre los muros del ghetto. El más fanático de entre los monjes insistió en que aquel pueblo estaba mancillado por haber rechazado a Cristo, y por ello, se justificaban las persecuciones e, incluso, las matanzas que la gente común llevaba a cabo de tanto en tanto. Añadió, ante el Consejo de la Orden, que a cualquier precio debían doblegar la voluntad del joven judío, terminando con la superstición de aquella alma para conducirlo firmemente hacia el cristianismo. Aseveró también, como advirtiéndoles, que eran gentes enfermas por la peor dolencia, y que por ello se justificaban todos los medios, incluida la tortura, para conseguir que claudicaran.

Efraín Ashkenazi parecía recordar aquella época de su juventud aún atemorizado por ella, y noté un ligero temblor en sus párpados, mientras me contaba las circunstancias por las que había llegado hasta allí.

La comunidad al escuchar aquel discurso, decidió que aquel monje que parecía tomarse tanto interés fuese el responsable de la verdadera conversión de Efraín Ashkenazi, y dejó en sus manos el conseguirlo.

Aquel hombre, fogoso pero intolerante hasta lo más profundo de su corazón, era un tal Benedicto de Carintia. Desde que adquirió el compromiso, se convirtió en su sombra, consiguiendo incluso que Efraín llegase a dormir en su misma celda, en un jergón en el suelo para no perderlo de vista.

Aquella fue la peor época de la vida de Efraín. Continuamente perseguido por la intransigencia de su mentor, llegó a enfermar por la falta de sueño, ya que lo despertaba en cuanto se dormía, obligándole a recitar el Credo y otras oraciones, castigándole duramente por la más mínima falta, como el quedarse dormido durante los rezos y los oficios, o por no mostrar un exagerado interés y respeto por los ritos cristianos. Todo tipo de humillaciones, que le hicieron llegar a caer en una enfermedad melancólica, que comenzó a manifestarse en profundos delirios y alucinaciones. Alarmado ante lo que estaba sucediendo, fray Benedicto reunió a la comunidad para advertirla de que, a su juicio, el Maléfico se había apoderado de aquel infeliz. No había soportado su bautismo, y la sola visión del agua bendita o de la hostia consagrada conseguía que se transformase en el ser maligno que, según su tutor, todos los judíos llevaban dentro como un estigma. A fin de cuentas, afirmaba fray Benedicto, ese proceso era normal. Todo el mundo sabía que, en muchos casos, los judíos profanaban la hostia en sus ceremonias y cometían todo tipo de atrocidades, llegando incluso a asesinar a niños cristianos en sus supersticiosos rituales.

Una fiebre muy alta se apoderó de Efraín, haciéndole perder la conciencia, aunque me explicó que, a pesar de su febril estado, notaba cuando el fraile se encontraba cerca de él, arrojándole agua bendita, empapándole la manta, a lo que su debilitado organismo respondía con mayores escalofríos y convulsiones.

El fraile, pesaroso de no haber conseguido sus propósitos, comunicó al prior que pronto se produciría el fatal desenlace y que, como no había nada que hacer, debían transportarlo a un lugar donde al morir no contaminase la celda. Eso tenía mucho sentido, y el prior asintió, comprendiendo que era lo mejor para todos, ya que se decía que al morir, los judíos exhalaban unos espíritus inmundos, que eran muy difíciles de desalojar; por lo que, entre varios frailes, y ayudados por unas improvisadas parihuelas, lo depositaron en la parte posterior de un pajar abandonado detrás del monasterio.

Cuando ya todos en la comunidad daban por terminado el asunto, en la convicción de que el joven judío era un caso perdido y que iba a morir inminentemente, sucedió algo extraordinario. De una manera increíble, al tercer día, Efraín se recuperó —él lo achacaba a que había podido cubrirse con la paja seca, caliente a causa del estiércol que existía bajo ella—. Una madrugada, cuando los frailes se hallaban reunidos, orando absortos en los oficios matutinos, se presentó tiritando en la capilla totalmente desnudo, sin que se apercibieran hasta que se encontró delante del altar.

Fue el propio Benedicto de Carintia quien primero reparó en él, y no pudo por menos que soltar una exclamación ante aquel sorprendente hecho. El prior se santiguó al verlo y se adelantó a los demás cubriéndolo con su propia capa, mientras los demás frailes veían en su recuperación una señal divina.

Pronto, en apenas unos días, se restableció totalmente, y a partir de entonces, fray Benedicto recibió órdenes del propio prior para que dejara de hostigarle.

Reiteraron con gran pompa la ceremonia del bautismo, pero ya con la expresa avenencia de Efraín, que se mostraba humilde y dócil con los monjes, y al tiempo profundamente rendido a su nueva religión. Mantenía un semblante seráfico y contrito, lo que terminó de convencer a los más desconfiados de que, cosa extraña, la Divina Providencia, por fin, había tomado posesión de aquella alma perdida, ahuyentando a los demonios y súcubos que habían anidado en él hasta entonces y que, como se podía comprobar, habían huido en desbandada en el mismo instante en que decidió, en conciencia, convertirse.

Efraín Ashkenazi observaba mi reacción. Con una expresión, mezcla de sarcasmo y desprecio por los que le habían conducido a aquella situación, asintió repetidamente con la cabeza al ver cómo lo miraba. Había tenido que tomar por sí mismo una difícil situación. Quería vivir, y cuando ya se encontraba en un estado próximo a la muerte, cayendo en un insondable pozo del que era consciente que no podría salir, su mente se había rebelado, espoleándolo a resistir. Entonces, como un sonámbulo, se había levantado, y sin sentir el terrible frío, supo lo que tenía que hacer. Tal y como se hallaba, desnudo, caminó hacia la capilla. Desde aquel momento, nadie en el monasterio intuyó la verdad, porque tuvo buen cuidado de mantener una actitud convincente, tanto que incluso fray Benedicto tuvo que confesar públicamente su error a los demás miembros de la comunidad, y aseverar que estaba totalmente persuadido de aquella conversión.

Pasaron los años y Efraín Ashkenazi se transformó en Tomás de Bohemia. Tanto era su celo y tal su devoción que llegó a convertirse en el consejero del prior. Le advirtió éste que corrían tiempos difíciles en los que el Diablo permanecía siempre al acecho, a lo que fray Tomás le replicó que oraba constantemente para evitar sus asechanzas.

Eso era cierto, y toda la comunidad sabía que aquel monje permanecía orando o estudiando una y otra vez las Sagradas Escrituras cuando los demás dormían. También se fustigaba, aun en los días más fríos del invierno, hasta que su espalda se convertía en una llaga sanguinolenta. Más de una vez lo habían encontrado exánime, tendido en el suelo de su celda, empapado en sangre, como un estigma viviente de los suplicios y tormentos a los que su pueblo había sometido al Hijo de Dios.

Una noche, en mitad del invierno, el prior le despertó, rogándole que acompañase en sus últimas horas a fray Benedicto de Carintia. Una cruel enfermedad le había postrado en el lecho hacía ya unos meses y parecía que su fin se hallaba muy cerca. Fray Tomás de Bohemia obedeció solícito, y relevó al monje que se hallaba cuidándolo, diciéndole que se sentía en deuda con aquel hombre santo que había sido el causante de su conversión.

Estuvo durante días sin moverse de su lado, hasta que fray Benedicto abrió los ojos, susurrándole que iba a morir y le pidió, agonizando, que le perdonara todo el daño que una vez le había causado. Luego, desfallecido por el tremendo esfuerzo, aguardó la muerte. Entonces fray Tomás de Bohemia le contestó en hebreo, y en esa lengua le dijo que no tenía nada que perdonarle. Muy al contrario, si a alguien le debía agradecimiento, era a Benedicto de Carintia, porque le había hecho un gran favor al abrirle los ojos. Había estado a punto de ceder a su crueldad, al ensañamiento que con él había mostrado, y esa maldad y ese fanatismo le hicieron conocer un nuevo sentimiento que hasta entonces nunca había poseído: el odio.

Le confesó que la noche en que llegó desnudo a la capilla, había comprendido que no podía morir sin vengarse. Fue ese sentimiento el que le hizo levantarse y caminar, olvidando su verdadero estado. Hasta entonces nunca habría creído que el odio tuviese esa fortaleza. Pero cada paso que daba por los helados claustros le hacía ver más claro que debía ser implacable, y que, aunque tuviese que esperar, llegaría un día en el que podría saciar su venganza.

En aquellos instantes, fue cuando Tomás de Bohemia había dejado el paso libre a Efraín Ashkenazi, forzosamente oculto durante muchos años tras unos hábitos, unos ritos y unas costumbres que le habían impuesto con crueldad y sin misericordia. Pero él también había aprendido a esperar su Némesis.

Comprendí al escuchar a Efraín, que a través de la narración de su vida, me estaba ofreciendo sus experiencias, al igual que antes lo había hecho Salomón Benassar y más tarde Manasseh Ayish. Aquel hombre, que me miraba hablándome en hebreo, quería traspasarme sus vivencias, y como los otros, aunque en este caso fuesen los sentimientos negativos, me advertía que nada bueno podía esperar fuera de los nuestros. Habíamos nacido judíos, unos sefardíes, otros ashkenazis, otros efraimitas…, dispersas las doce tribus en una inexorable Diáspora, siguiendo la Ley mosaica, la Ley de Moisés, llevando dentro de nosotros la luz de la Torá, a la búsqueda eterna del maná, del Paraíso perdido, de la Tierra Prometida. Pero con la convicción de que esas pruebas nos demostraban que éramos, sin dudarlo un instante, el pueblo elegido, y que al final Yahvé nos daría la señal que estábamos buscando, rescatándonos de las tinieblas.

Tomás había hecho una pausa, como si aquellos recuerdos le agotasen físicamente. Ya, un día lejano, Salomón me había advertido que nada dolía más que el odio, y en verdad, Efraín era un hombre dolorido y enfermo de ese mal. Para él, los cristianos, y de entre ellos los curas y los frailes, eran aborrecibles enemigos. Era como si hubiese podido entrever la puerta de atrás del infierno.

Se quedó observando mi reacción, como si tuviese mucho interés en comprobar que también coincidía en su criterio. Luego prosiguió su narración, mientras yo no podía hacer otra cosa que mirarlo fijamente, absorbiendo cada una de sus palabras con la certeza de que, por fin, me hablaban con verdad y no como fariseos, logrando que la luz se hiciese dentro de mí.

Efraín prosiguió su narración. Noté que se hallaba poseído por sus recuerdos, ensimismado en aquellas vivencias, y en verdad, también yo había sido capaz de penetrar en su historia, porque a pesar de lo mucho que a ambos nos separaba, un nexo común nos unía, como si nuestros pasados fuesen hierros al rojo, golpeados una y otra vez en el mismo yunque del destino.

Al oír aquello, fray Benedicto de Carintia intentó incorporarse, pero no consiguió más que levantar la cabeza un palmo para inmediatamente dejarla caer hacia atrás al tiempo que exhalaba un largo suspiro, como si ese sobrehumano esfuerzo hubiese acelerado su agonía. Sus ojos buscaban en la penumbra los de Tomás de Bohemia, brillando enfebrecidos, sin saber bien si se trataba de un sueño atormentado, del delirio postrero de su enfermedad, o de la propia muerte, que así se manifestaba.

Pero Tomás de Bohemia quería culminar su venganza, y extrajo del bolsillo de su hábito la diminuta Torá, que se ataba con cintas a la frente, mostrándosela al moribundo. También se abrió el hábito para que fray Benedicto viese lo que llevaba colgado del cuello. Una estrella de David de hierro, brillante por el roce continuo con la piel, forjada por el sudor ácido a través del tiempo.

Eso fue definitivo para el agonizante fraile. Abrió los ojos de tal manera que parecía que fuesen a salirse de las órbitas, y movió los labios pronunciando unas palabras. Entonces Tomás de Bohemia se agachó, colocando su oreja junto a los labios del fraile, intentando oír lo que decía. Sólo pudo escuchar: «Vade retro». Luego fray Benedicto de Carintia dejó escapar un último estertor y murió.

Efraín Ashkenazi movió su cabeza. Una vez consumado, aquel desquite le había sabido a poco. No era eso lo que él andaba persiguiendo. Quería vengarse de todos los que no fuesen judíos, porque de una manera u otra todos habían participado en las persecuciones, en los pogroms encarnizados en los que se hostigaba con saña a los judíos, sin importarles que fuesen hombres, mujeres o niños.

Recientemente, habían llegado hasta el monasterio noticias de una gran matanza en Polonia. Los cosacos habían devastado todas las comunidades de Podolia, Volhynia, Ucrania y Lituania. Efraín pensó que todo seguía igual, periodos de falsa paz, periodos de gran violencia. Era algo tan previsible como las fases de la luna.

Para Efraín Ashkenazi las circunstancias estaban siendo propicias. El prior alabó su sacrificada entrega y le pidió un nuevo esfuerzo. Iba a confiarle la responsabilidad de un larguísimo y arriesgado viaje hasta uno de los monasterios de la Orden en Castilla. El superior veía con recelo los nuevos movimientos que se basaban únicamente en las Sagradas Escrituras, en los principios basados en la exégesis de: «Semper peccator, semper iustus ac semper poenitens». El superior deseaba aportar los valores de las comunidades de Castilla, porque sabía de la piedad y el ascetismo que en ellos se vivía, lejos de escolastismos y de la falsa cultura religiosa que producían aquellas gravísimas herejías.

Fray Tomás de Bohemia asintió con humildad. Él sólo era un insignificante siervo del Señor, y en la medida de sus fuerzas, haría con devoción lo que la Orden le exigiese. El prior le abrazó emocionado por la santidad que aquel hombre sencillo emanaba. Habían departido algunas veces y le había demostrado que su recato ocultaba una aguda inteligencia que ponía al mejor servicio de Dios.

Se le proporcionó una mula y unas pocas monedas. También, unas albardas con víveres suficientes para unos días. Después, Dios proveería, le manifestó con fe el ecónomo. Más tarde, la comunidad se reunió en el claustro, y oró con fervor por el éxito de su viaje. Debía volver con noticias de las comunidades de Castilla, ello mantendría la cohesión de la Orden y renovaría el sentido cristiano de los monjes. Algunos habían abandonado la Orden en los últimos tiempos, sometidos a las fuertes tensiones que la Iglesia, en general, estaba soportando. El prior le bendijo en la misma puerta y le hizo las advertencias pertinentes. El Diablo andaba por los caminos, y no debía fiarse de nadie. Mirándole a los ojos, añadió que ni tan siquiera de él mismo. Luego, con un chirrido, se cerraron tras él las puertas del monasterio, y Efraín Ashkenazi pensó que su aprendizaje había terminado. En aquel momento, creía saber bien cuál era su lugar en el mundo. Espoleó la cabalgadura y comenzó su viaje tras persignarse al observar que el prior había ascendido a la parte superior del claustro para verlo partir.

Efraín Ashkenazi comenzó un largo viaje. Llevaba apenas unas horas cabalgando, ya había cruzado unas aldeas, cuando observó que le seguían dos individuos a caballo. Pensó que su suerte estaba echada, y que si lo que pretendían era robarle, no podría huir, porque su mula en modo alguno podría competir con los veloces caballos. A pesar de esa certeza, cuando llegó a un recodo del camino, espoleó su montura. Vio, cerca de donde se encontraba, un molino, y sin dudarlo, se dirigió hacia allí.

La puerta se hallaba abierta, y dio una voz antes de entrar. No le contestó nadie, y al ver a los dos jinetes en un altozano cercano, como si lo estuvieran vigilando, penetró en el molino. Olía a salvado y humedad, pero aquel fuerte olor no le pareció desagradable. Se asomó a una de las ventanas y vio a una joven, casi una niña, lavando ropa en el arroyo, ajena a todo. Al verla, sintió dentro de él una extraña sensación. Hacía muchos años que apenas había visto mujeres. Observó la gracia con la que levantaba los brazos para golpear la ropa. Llevaba un corpiño tan ajustado que resaltaba sus formas, y sus pechos parecían querer salirse con los bruscos movimientos. Efraín, algo avergonzado de sí mismo, se sintió excitado, y durante un largo rato sólo pudo permanecer estático, temeroso de que aquel instante terminase.

Luego, de pronto recordó a los jinetes que le seguían, saltó por la ventana y se acercó, sin que ella se apercibiese de su presencia hasta que estuvo casi a su lado. La joven, asustada, se llevó la mano a la boca, y él quiso tranquilizarla con una sonrisa, pero vio, confundido, que se echaba a llorar. No sabía lo que le ocurría, hasta que la muchacha señaló un montón de tierra recién removida a los pies de unos abedules cercanos. Efraín comprendió inmediatamente, y le hizo un gesto de tranquilidad con las manos. A fin de cuentas, él llevaba el hábito de monje y era un hombre de la Iglesia.

La muchacha debió entender que no tenía nada que temer de aquel fraile. Ya más calmada, le dijo que podía utilizar el arroyo para refrescarse, y si tenía montura, llevarla a abrevar en el vado.

Efraín me contaba aquella parte de su historia por algún motivo. Vi que se había emocionado mientras hablaba, como si lo que aconteció aquel día hubiese sido muy importante para él, pues incluso jadeaba ligeramente al recordarlo.

Mientras hablaba con la joven, uno de los hombres que parecían seguirle, y a los que casi había olvidado, penetró de improviso en el molino. Efraín creyó que debía defenderse, pero el hombre se dirigió a él en latín, lo que le tranquilizó. Se trataba de dos clérigos que viajaban hacia Praga, adonde él también se dirigía, y que al ver a un monje cisterciense en su misma dirección, deseaban que les acompañase, pues no conocían bien aquellos parajes.

Más tarde, estuvieron departiendo, y mientras la muchacha les preparaba algo de comer, les explicó lo que había sucedido. El molinero había fallecido de unas extrañas fiebres, al igual que algunas gentes de las aldeas cercanas. Nadie sabía lo que estaba sucediendo. Al escuchar aquel relato, uno de los clérigos hizo la señal de la cruz, mientras ambos se ponían en pie gritando que se trataba de la peste. Se habían dado algunos casos en Cracovia, Breslau y Dresde. Entonces uno de ellos preguntó si su padre había tenido bubones en la piel. La muchacha asintió, mientras comenzaba a llorar desconsoladamente, y Efraín comprendió entonces que se hallaba en manos de Dios.

Los clérigos, muy exaltados, montaron en sus caballos y salieron a escape del molino, como aterrorizados por el hecho de haber permanecido en un lugar contaminado.

Efraín Ashkenazi no huyó. Una especial intuición le decía que no tenía nada que temer, y siguió comiendo tranquilamente. Sabía bien que la muerte cabalgaba más aprisa que cualquier caballo. Luego, Anna, la joven, le mostró una estancia en la parte superior de la casa que había junto al molino para que descansara aquella noche. Él notó una extraña sensación, la misma que sintió al observarla desde la ventana, algo que nunca le había ocurrido en el monasterio.

En aquel mismo instante, comprendió que no sabía nada sobre aquello. Nadie le había hablado nunca del amor, más que para prevenirle que era Satanás el causante del vicio y la inmoralidad que estragaban las almas.

Pero Efraín también sabía por experiencia propia que el mundo era un gran engaño, un cúmulo de falsedades y mentiras, de disimulos y artificios en el que, tal y como le estaba ocurriendo a él mismo, sólo podían sobrevivir los astutos y los osados, por lo que decidió aprender por sí mismo el arte de Venus. Al ver la turgente piel de los senos de la muchacha, subiendo y bajando, mientras le preparaba el lecho para que pudiese descansar, llegó a pensar si con el vino que le había ofrecido, no habría también tomado un bebedizo, porque en aquellos momentos no veía con precisión más que los abundantes pechos, las caderas de la joven molinera, y no podía pensar en nada más que no fuese aquello.

No sabría contarme cómo pudo seducirla, o si es que ella se hallaba también ansiosa de amor, pero el caso fue que no opuso fuerza alguna; bien al contrario, parecía sedienta de ello, como si en la vida que hasta entonces había llevado no hubiese habido más que trabajos, fatigas y golpes. Encontrar de improviso a alguien que sólo demandaba besos y caricias, era algo así como culminar todos los anhelos y suspiros de su existencia.

Efraín Ashkenazi aprendió aquel atardecer que la vida, como la luna, podía tener otra cara. Mientras permanecía desnudo, acostado junto al cuerpo tan distinto de una mujer, reflexionó que en adelante debía estar alerta, porque con seguridad había muchas cosas maravillosas por descubrir en el mundo exterior, tal y como le acababa de suceder.

Durante unos días, se olvidó del viaje y del monasterio, pero se instruyó a fondo en las artes y oficios del amor. Nadie, nunca, desde que su madre murió, le había dado aquella extraña, casi absurda, mezcla de cariño, placer y ternura. Muy al contrario, su vida había sido tan dura, tan violenta que no sabía más que ocultar sus verdaderos sentimientos y creencias ante unos hombres que no eran capaces de entender el mundo, bajo un prisma de fanatismo religioso y de autolimitación cotidiana, embruteciendo su espíritu a mayor gloria de Dios.

Los días que siguieron estuvieron llenos de increíbles descubrimientos, porque todo lo que le estaba ocurriendo era nuevo para él: la sensación del placer físico, de disfrutar de las cosas, incluso de la comida y la bebida, con la certeza de que hasta entonces le habían estado engañando, limitando sus posibilidades como ser humano, con las falsas ideas de una religión que ni tan siquiera era la suya.

En aquellos momentos, se sentía tan feliz, tan completo que llegó, incluso, a pensar que quizás debería quedarse para siempre en aquel molino, donde tanto había aprendido. Recordó a Aristóteles cuando hablaba de las virtudes del placer, aunque él creía que el filósofo estaba equivocado y que quien tenía razón en aquel asunto era Eudoxo de Cnido.

La muchacha no sólo fue generosa con él en el amor, también en lo material, cambiándole la mula por un caballo y dándole las mejores ropas de su padre. Así, cuando un día llegaron al molino unos parientes de la joven, a los que antes de su aparición ella había hecho llamar apenas falleció su padre, Efraín salió por la puerta de atrás transformado en otro hombre, dispuesto a seguir disfrutando y aprendiendo todo aquello que el azar quisiera ofrecerle. También era muy consciente de que no debía renunciar para ello a Tomás de Bohemia, porque se sentía bien seguro dentro de aquel personaje y tenía la intuición de que tal vez en el futuro seguiría necesitándole.

El resto del viaje lo hizo sin mayores dificultades que las normales en esas circunstancias. Había peste, era cierto, y la gente moría por doquier. La mortandad parecía haberse extendido hasta los Pirineos. Efraín volvió a colocarse los hábitos, porque dar consuelo a los moribundos, ayudarlos a morir, le sirvió para poder sobrevivir, mientras en derredor la hecatombe se multiplicaba. Vio morir a unos de peste, a otros ahorcados por robar en las casas de los difuntos, a otros por asesinar a los enfermos para acelerarles el trance y apoderarse antes de sus bienes. Por un momento, llegó a pensar que las tierras por donde viajaba iban a quedar vacías, y sólo habitarían en ella las ratas, a las que veía saltar de las ventanas a las calles, como si también quisieran huir, contagiadas de aquel apocalipsis.

Al cruzar los Pirineos, supo que la enfermedad había quedado atrás. Reflexionó que tal vez el morbo no era capaz de sobrevivir al frío, porque estuvo a punto de quedar sepultado en una terrible ventisca de nieve de la que pudo escapar, más por su voluntad de vivir que por otra cosa.

Llegó a Aragón cuando el estío apretaba de firme. Para entonces estaba entrando julio. Efraín no estaba acostumbrado a aquel caluroso clima. No sabía si después tendría oportunidad de hacerlo, y no quería privarse del sentimiento de libertad que le embargaba. Pero descendió a los valles envuelto en el recuerdo de la piel de Anna, convencido de que lo más sublime podía estar muy cercano. Absorto en sus fantasías, llegó hasta la ciudad de Zaragoza en un mal momento. Vio que la judería estaba vacía. Alguien le dijo en hebreo que casi todos los vecinos sefardíes habían huido a los bosques de las afueras, presas del pánico. Algunos de ellos, incluso, se habían refugiado en un cementerio judío, como si quisieran pedir consejo a sus mayores que se hallaban allí enterrados. Otros vivían en las cavernas de un roquedo cercano. Se acercó y comprobó que todos los que allí se hallaban se encontraban en una deplorable situación, con un aspecto miserable y enfermo.

Pensó Efraín Ashkenazi, al pasar por aquellos lugares, que era igual en todas partes. Meditó que no podía conformar su odio. Era como si su raza, la estirpe de los hebreos, estuviese maldita, a pesar del increíble esfuerzo por asimilarse, por confundirse con los pueblos donde vivían, de ser gentes trabajadoras y discretas. Algo las hacía diferentes. Cuando parecían alcanzar la tranquilidad, cuando parecía que llegaba la «edad de oro», de improviso todo se rompía en mil pedazos.

Observó a aquellos judíos. Sin saber por qué, los cristianos, vecinos amables hasta aquel momento, dejaron de serlo. Comenzaron primero las advertencias, luego las recriminaciones, las persecuciones, el destierro y finalmente las matanzas.

Lo mismo había ocurrido en Francia, en Bohemia, en Polonia, en Rusia. No parecía haber un lugar definitivo. Al pensar en todo ello, se acordó de su niñez y notó un nudo en la garganta.

Efraín Ashkenazi llevaba varias horas narrándome su historia. Aún era un hombre joven, pero mucho mayor que yo, tal vez de la edad de Benassar. Tenía unos ojos brillantes, hundidos en unas profundas ojeras, como si una fiebre interior le abrasara.

Reflexioné entonces que aquella biblioteca del monasterio se había convertido en una especie de refugio para nosotros los judíos. Era lógico, nuestra raza se encontraba bien entre libros y viejos manuscritos. Era, además, un lugar discreto y adecuado para poder hablar. En cualquier otro sitio no hubiésemos gozado de aquella intimidad, y quizás nos sintiésemos vigilados.

—Apenas llegué a Aragón —prosiguió Efraín—, cuando tuvo lugar un hecho dramático que influyó en gran manera en mi verdadera conversión, transformándome definitivamente en un verdadero judío dentro del humilde aspecto de un fraile cisterciense.

Efraín Ashkenazi, o Tomás de Bohemia, llevaba en Castilla desde el año del Señor de mil cuatrocientos ochenta y cuatro, el mismo en que Tomás de Torquemada pretendió establecer el Santo Tribunal de la Inquisición en el Reino de Aragón. Poco después de que Efraín solicitase al deán de la Catedral de la Seo que le permitiese descansar unos días, antes de seguir viaje al Monasterio de la Moreruela, en Valladolid, le entregó la carta escrita en latín que le había proporcionado el prior. Después de leerla, el deán le dijo que podía permanecer en la Seo el tiempo que considerase oportuno. Añadió también que quería que conociese a alguien que le sería de gran ayuda. Al cabo de unos días, fue presentado al inquisidor Pedro de Arbúes, hombre de confianza de Torquemada. Le preguntó con interés por la Inquisición en Alemania. Fray Tomás de Bohemia le contestó que poco sabía de ella, pero que esperaba aprender bien el funcionamiento y administración de los santos tribunales de Castilla y Aragón, para luego poder llevar ese conocimiento a otros Reinos, en los que ese ejemplo podía ser de gran utilidad.

El inquisidor Arbúes le comentó, exultante, que había llegado en buen momento, porque en Aragón existían muchos judaizantes, falsos conversos que debían ser severamente castigados, a fin de mantener la pureza de la fe y evitar los gravísimos perjuicios que con su conducta irresponsable ocasionaban a los Reinos cristianos. Le prometió que aprendería cosas de gran importancia, que le serían de gran utilidad e instrucción, y que le harían ver con claridad el gran daño y malicia que aquellos judíos realizaban entre los buenos cristianos.

Efraín Ashkenazi observó a aquel hombre y pensó que nunca en su vida había conocido a nadie que tuviese tan claro lo que debía hacer para separar a los buenos de los malos, como uno de los mejores discípulos de Manes.

El inquisidor añadió que, en breve, iba a tener la ocasión de ver cómo en aquel Reino, donde la herejía había campado por sus respetos, se iban a separar en el futuro los que quisieran pertenecer al rebaño del Señor de aquellos otros, muchos de ellos relapsos de prácticas judaizantes, que no quisieran convertirse a la verdadera fe. De hecho, manifestó que acababa el plazo del Edicto publicado para que los que se considerasen culpables se presentaran voluntariamente ante el Tribunal, a fin de que cumplieran sus penas canónicas; así como excomulgando a los que siguiesen con sus prácticas, y advirtiéndoles que, a partir de ese momento, el brazo de la justicia daría con ellos para castigarlos, aunque se escondiesen en lo más profundo del bosque.

Luego lo despidió, y Efraín Ashkenazi, aún aturdido por tal discurso, se dirigió a la judería. Quería conocer sin intermediarios lo que en realidad allí estaba ocurriendo.

Aquella misma tarde se habían preparado unas tribunas en la Plaza Mayor. Preguntó a algunos que por allí se encontraban. En ellas se colocarían los miembros del Santo Oficio, así como los principales de la ciudad, esperando a que llegasen los acusados para comenzar el auto de fe. Pensó que la casualidad había querido que presenciara aquello y se sentó en un muro de piedra que le proporcionaba una buena visión.

No tuvo que esperar mucho. El plazo se cumplió a las doce de la noche, y apenas unos instantes después, entró la comitiva en la plaza. Los inquisidores, portando grandes antorchas, precedían a los reos, la mayoría de ellos llevando la túnica amarilla con la cruz en forma de aspa. Alguien explicó junto a él que aquello se conocía como sambenito.

Efraín nunca había contemplado un auto de fe, pero pensó que era un espectador más de una ceremonia más cercana a una obra de teatro que a un juicio. Incluso, podría haber sonreído al contemplar la falsa pompa que casi caía en el ridículo, si no hubiese sido por lo dramático y cruel de la situación.

Los hachones, las velas y algunas fogatas iluminaban la plaza con una extraña luz. Las caras de los condenados parecían deformarse, contraerse en terribles muecas, como si ya estuviesen sintiendo las llamas lamiendo su piel. Efraín los vio pasar, arrastrando su miedo y sus cadenas. No podía dejar de pensar que aquellos hombres y mujeres iban a morir sólo por ser judíos.

La comitiva de los reos se detuvo frente a la tribuna. Allí el Inquisidor General pronunció un largo y tedioso sermón contra la herejía, contra aquellos que escondían hipócritamente sus artilugios judaizantes para celebrar las fiestas sefardíes. Se remontó, incluso, al libro de las Siete Partidas, de Alfonso X El Sabio, de las leyes que en él había y que aquellos judíos no cumplían desde esa época.

Luego explicó que todo eso había terminado y que, gracias a Dios y a los católicos Reyes, aquellos Reinos iban a verse finalmente libres de judíos.

Efraín Ashkenazi observó cómo la muchedumbre parecía seguir aquella farsa, como si participasen de una fiesta. Algunos, incluso, llevaban a sus hijos, y dada la hora, los más pequeños se dormían acurrucados en cualquier parte, mientras las madres repartían hogazas de pan y trozos de tocino salado, como queriendo escarnecer las tradiciones y costumbres de aquellos malvados judíos.

Efraín sintió ganas de vomitar, de gritar, de asesinar con sus propias manos a los inquisidores que se hallaban en la tribuna, de apalear a aquellas gentes ignorantes y crueles que se dejaban llevar hasta allí por una serie de falacias que exaltaban su maldad y su violencia. Reflexionó que muchos de ellos tenían otros intereses, antiguas venganzas, envidias. Los sefardíes, en una gran proporción, eran familias acomodadas, cultas y refinadas. Muchas de ellas poseían magníficas casas y buenas tierras. Eso era demasiado; y la religión llevaba a sus últimas consecuencias la codicia de unos cuantos y los más bajos instintos del populacho, formando una temible mezcla que había generado aquella espantosa situación.

Estaba casi amaneciendo, cuando los inquisidores entregaron los reos a la justicia seglar. El procedimiento fue muy corto, y enseguida la comitiva se dirigió en algarada al quemadero, situado en una explanada cerca de las últimas casas. Unas grandes estacas clavadas en el centro de unas piras, indicaban el número de las personas que iban a ser ajusticiadas. Efraín recordó los pogroms en su país. Aquello era violencia desalmada, pero aun así, quizás la prefería a la fría y macabra farsa que estaba viviendo. En Aragón, la crueldad lo tenía estupefacto. No creía en el hombre, por eso había sobrevivido, pero nunca hubiese pensado que se podía caer tan bajo. Víctimas inocentes sacrificadas a los ídolos de la cobardía, la codicia, la crueldad, la ira, la violencia. No cabía la menor duda de que el Diablo andaba suelto, haciendo de las suyas.

Apenas llegaron, cuando algunos de los reos, tres mujeres jóvenes y un hombre, aterrorizados, pidieron misericordia, chillando enloquecidos, gritando que se convertían a la verdadera fe. Sin inmutarse por ello, el Inquisidor General los bendijo, y varios dominicos comenzaron a orar en voz alta, mientras un grupo de frailes entonaba un salmo de gracia.

Inmediatamente, se hizo el silencio, mientras el verdugo se acercaba a los cuatro reos que habían pedido gracia. Sin más prolegómenos, se hizo con el primero, una mujer sefardí de rasgos agraciados, casi aniñados, pero con un terrible rictus de miedo que la hacía tener los ojos muy abiertos, como si los globos quisieran salirse de las órbitas. La condujo arrastrándola a una estaca clavada directamente en el suelo, mientras en la multitud crecía un murmullo, y algunos chillaban en contra de los judíos.

Efraín Ashkenazi al presenciar aquello, recordó algunas escenas de su niñez que creía haber olvidado, y como si se tratase de una alucinación, creyó confundir los rasgos de aquella mujer con los de su madre. El verdugo la ató con tanta fuerza y decisión que los cordeles se clavaron en la piel, por lo que comenzó a manar sangre. Luego, con un gesto de contrita humildad, se dirigió al tribunal, y el Inquisidor General le bendijo, mientras los frailes entonaban de nuevo una acción de gracias.

El verdugo se santiguó mientras se colocaba detrás de la mujer, que permanecía inmovilizada por el miedo, le pasó un cordel del grosor de un dedo meñique por el cuello y lo ató a un trozo de madera. Lanzó una leve mirada al inquisidor, que hizo un leve gesto con la cabeza. Entonces con gran habilidad hizo girar la madera, y al hacerlo, la mujer se estiró bruscamente, como intentando respirar, mientras el rostro iluminado por unas antorchas se amorataba para inmediatamente dejar caer la cabeza en un repentino gesto hacia delante. Había expirado.

La multitud, que por unos instantes había permanecido en silencio, lanzó un clamoroso: «Deo gratias», a la voz de varios dominicos que se hallaban entre ella. Efraín retrocedió hacia la oscuridad y vomitó.

El auto de fe siguió hasta cerca del mediodía. Las piras de madera ardieron. Para aquella primera ceremonia habían seleccionado madera seca y todo el ambiente se impregnó del olor a carne quemada. Luego los vecinos se fueron retirando poco a poco, agotados por la falta de sueño y las emociones. Muchos de ellos habían bebido vino y lanzaban gritos estentóreos; otros dormían su borrachera tendidos en el suelo, mientras las humeantes hogueras, repletas de brillantes huesos blancos y de restos humanos, atraían a centenares de cuervos y urracas, dispuestos a darse un festín con la carroña.

Efraín Ashkenazi montó a caballo y salió de aquel lugar espoleándolo, lleno de sentimientos encontrados sobre los que predominaba uno que conocía sobremanera: la venganza.

En cuanto entró en Zaragoza, se dirigió a la catedral. Había quedado allí con el deán para que le asignase una celda donde poder descansar. Mientras cruzaba la puerta principal de la catedral, meditó que Tomás de Bohemia debería aprender mucho. Durante el largo viaje desde su monasterio había tenido momentos de euforia, en los que la certeza de sus conocimientos y la superioridad que le proporcionaba el hecho de su doble personalidad le habían hecho creer equivocadamente que ya se hallaba preparado para su venganza. Aquella noche había aprendido que debía ser más humilde. Aún le quedaba un largo camino hasta el verdadero conocimiento. Mientras se bajaba del caballo, tenía la seguridad de que de una manera u otra llegaría hasta el final.

El deán se hallaba orando en el claustro, y Efraín se percató de que aquel hombre, grueso y de mejillas sonrosadas, con aspecto de vividor, por alguna razón se hallaba muy alterado. A pesar de ello, el sacerdote le saludó con afecto y le condujo hasta su celda, después de asegurarle que un mozo cuidaría de su caballo. Efraín meditó, mientras se dejaba caer en el catre de su celda, que aquellos clérigos vivían y actuaban como señores feudales, muy lejos del ascetismo y la vida sencilla que se llevaba en su monasterio de Bohemia.

Se hallaba agotado, pero no podía dormir. No cesaba de ver una y otra vez las espantosas imágenes del auto de fe. Eran algo semejante a como él se imaginaba desde niño los tormentos del Infierno. No podía haber mucha diferencia. Todo el ritual era de una refinada crueldad que al final, en el paroxismo, rayaba en la barbarie.

A pesar del terrible cansancio, se sentía tan agotado que, en modo alguno, podía conciliar el sueño, por lo que harto de dar vueltas en el jergón, decidió levantarse y visitar el claustro y la biblioteca. Necesitaba distraer su mente, o se volvería loco. A fin de cuentas, el deán le había insistido en que se encontrase allí como en su monasterio, y le había recomendado que visitase la biblioteca, en la que podría admirar los antiguos códices y manuscritos de los tiempos de Carlos El Calvo, y aun otros anteriores.

Era totalmente consciente de que Fray Tomás de Bohemia se hallaba poseído por Efraín Ashkenazi cuando bajó al claustro. Allí, temblando de frío y ansiedad, pero satisfecho de haber abandonado el lecho, se sentó en uno de los bancos de madera y comenzó a observar los capiteles, todos y cada uno distintos, finamente decorados con motivos de flores y animales, y pensó que los artistas que los habían creado tenían la absoluta certeza de que el Paraíso existía. Pero pensó que no querían ver el Infierno.

Estaba cayendo de nuevo la tarde, cuando penetró en la biblioteca. Clavada en la puerta, vio la bula Exigit sincerae devotionis, de Sixto IV. Aquel documento era la síntesis y el resultado de un poder mal entendido. El Papa, atemorizado, finalmente había cedido, permitiendo la creación de una terrible máquina contra la herejía y, en particular, contra los judíos conversos, acusados, muchos de ellos, de criptojudaísmo. Exigencia de devoción sincera. Efraín sonrió con tristeza pensando que la bula parecía señalarle a él, un criptojudío que tenía que ocultar su verdadera fe ante una despiadada y atroz persecución.

Recordaba el hostigamiento a los judíos en su país, los repentinos pogroms cuando en las noches heladas, de improviso, se escuchaba un sordo rumor que iba acercándose, transformándose en una brutal cabalgada. Una vez a través de un ventanuco había visto el brillo de los sables, golpeando, rajando, destrozando a todos aquellos que no habían sido capaces de encontrar refugio: el asesinato de su familia. El acoso constante, como si se tratase de una cacería. Realmente, en aquellos momentos había que tener una gran fe para creer en Dios, en Jehová, armarse de valor y esperar las tribulaciones, sin otra armadura que la fuerza interior.

Junto a la bula vio un manuscrito, también clavado en la pared, que un tal fray Alonso de Espina remitía al obispo de la Seo, un tratado contra los judaizantes: Fortalitium fidei contra Judaeos. Reflexionó que se hallaba en el corazón de una terrible ofensiva contra los judíos. Un movimiento de la monarquía para afirmar su poder sin contar con los nobles, ni con el pueblo. Sólo se podía y debía obedecer sin discutir aquellas bulas y decretos que alteraban y suprimían las libertades comunes. El rey Fernando de Aragón y la reina Isabel de Castilla habían decidido crear a toda costa lo que ellos entendían como una gran nación, sin importarles el sufrimiento de unas minorías. Su poder llegaba a través de decretos, y nadie se atrevería a discutirlo.

Se encontraba inmerso en aquellas reflexiones, cuando oyó que alguien se dirigía a la biblioteca. Por el sonido supo que se trataba de varias personas, y sin saber muy bien por qué, se ocultó tras una arcada, junto a unas estanterías cargadas de pliegos y manuscritos.

Desde allí, vio entrar a unos caballeros acompañando al deán, el mismo que le había atendido. Apenas penetraron en la biblioteca, los oyó hablar en latín. Estaban conspirando contra el inquisidor Pedro de Arbúes. Uno de ellos, el de más edad, llevaba un jubón de terciopelo cosido con hilos de oro. Hablaba el latín con gran corrección, empleando frases que aludían a los clásicos. El noble, pues por su porte no podía ser otra cosa, aludía a que era cierto que los judíos y los conversos se habían apoderado de una gran parte de las tierras, de los mercados, del comercio. Él mismo, insistía con voz enérgica, con todo su poder y su patrimonio tenía solicitados préstamos de oro para poder mantener a sus soldados. Pero eso era una parte del problema. Añadió con voz firme —que Efraín Ashkenazi podía escuchar perfectamente — que si aceptaban el Santo Tribunal de la Inquisición, podían dar por perdidas sus propias libertades. Los otros asintieron, y también lo hizo el deán. La Iglesia del Reino de Aragón podía perder su propio poder.

Habló entonces el deán, y para sorpresa de Efraín Ashkenazi insistió en la tesis de los que le acompañaban. Una cosa eran los herejes, lo que luego se podría discutir, contra los que él estaba como buen pastor del rebaño, y otra muy diferente, el poder de Castilla, que se infiltraba fuera de su Reino, llegando a los pies de los Pirineos. Igual que una vez habían estado dominados por los árabes, ahora podrían estarlo por una Reina cuyos primordiales intereses eran arrebatar el Reino de Granada a los moros y dominar desde Galicia y Asturias hasta Cataluña y Al Ándalus, sin admitir otra señoría ni potestad, subyugando a sus vasallos, aunque para ello hubiese de mantener horca y cuchillo sobre todos aquellos Reinos.

Añadió que si admitían la Inquisición, era sólo el camino para otras tiranías, por lo que únicamente había un camino para mostrarles a aquellos Reyes a quién pertenecía la autoridad en aquel Reino de Aragón, aunque fuese haciendo mascar barro al señor inquisidor.

Efraín Ashkenazi me contaba todos aquellos recuerdos enfebrecido, llevando el hilo de su relato como las riendas de un caballo sin domar, y yo, sin haber participado en aquello, veía con claridad cuál era el único camino para luchar contra la tiranía.

Por alguna razón, Efraín quería transmitirme toda su experiencia, aunque a causa de la tardanza para incorporarnos a la comunidad iban a echarnos de menos. Llevaba yo apenas unos pocos meses en el monasterio, pero ya no tenía nada que ver con el que una noche llegó allí. Había adquirido una gran experiencia a través de las vivencias de Manasseh Ayish, de Efraín Ashkenazi y antes, de Salomón Benassar.

Las palabras, como un torrente, seguían fluyendo de la boca de Efraín. Observándolo, nunca hubiese creído que fuese tan judío como yo. Su cabello era rubio y sus ojos claros. ¿Dónde se hallaba la diferencia? ¿Qué nos hacía similares a los que nos perseguían? ¿Sería, tal vez, que nos consideraban una amenaza, hiciésemos lo que hiciésemos como personas?

Efraín, escondido, escuchaba las palabras de los que participaban en aquella intriga. Todos ellos parecían conjurados para llevar a cabo su fin, a cualquier precio. Para entonces, de nuevo había oscurecido. Los caballeros salieron con rapidez de la biblioteca y se dirigieron al claustro. A través de una mirilla que atravesaba el muro de piedra, los vio introducirse en una capilla. Mientras, el deán salió al exterior como si esperase a alguien. Efraín se asomó al ventanal sobre la entrada y observó una comitiva que se acercaba a la catedral. Varios criados portaban antorchas que iluminaban un palanquín. El cierzo movía las llamas que arrojaban extrañas sombras sobre el cortejo.

Vio cómo el deán recibía a sus visitantes. Se trataba de Pedro de Arbúes, el Inquisidor General de Aragón. Al igual que Efraín Ashkenazi, residía en los aposentos dentro del recinto de la Seo.

Efraín intuyó lo que a continuación iba a ocurrir. Alguien había abierto la espita del odio, de él iban a salir los demonios que llevaban encerrados desde hacía casi un siglo. La venganza, la desgracia, el infortunio, la calamidad, el desastre ahora campaban por sus respetos.

El deán acompañó a Pedro de Arbúes al interior del claustro. Ambos caminaban lentamente, haciendo gala de la dignidad que correspondía a sus cargos. Todo se hallaba en silencio, y salvo por el silbido del viento que se filtraba a través de los grandes ventanales, sólo se escuchaban las palabras de bienvenida del deán.

El inquisidor respondió que había sido un día muy agitado y que se encontraba fatigado, ya que desde la madrugada anterior no había parado: el auto de fe, que había durado hasta el mediodía; luego, toda la tarde interrogando en las mazmorras del castillo a aquellos herejes judaizantes que amenazaban la fe de los Reinos de Castilla y Aragón. Pero todo fuese, añadió abriendo los brazos, porque al fin se estaban dando los pasos adecuados gracias al Santo Oficio, que con toda seguridad lograría acabar con los heterodoxos y criptojudaizantes.

Efraín vio cómo en aquel momento los conjurados salieron corriendo de la capilla lateral y cómo rodeaban a ambos clérigos. Observó cómo el deán de la catedral se apartaba de su huésped y cómo el inquisidor se detenía, asustado, ante aquella inesperada situación.

Entonces, con una voz ronca por la emoción, Pedro de Arbúes preguntó a los caballeros lo que pretendían, y el que parecía el jefe, al que Efraín reconoció por su cabellera blanca que parecía relucir como la plata a la luz de las antorchas, se acercó dando un paso hasta el inquisidor, y blandiendo una pequeña daga que brilló un instante en la penumbra, con un gesto tan rápido que Efraín dudó de si había ocurrido, degolló a su víctima, mientras contestaba a la pregunta gritando: «¡Nuestros fueros!». Mientras, sin un suspiro, el cuerpo del inquisidor se derrumbaba sobre las losas de piedra del claustro.

Efraín Ashkenazi, atónito ante aquel suceso, comprendió al instante que debía huir aquella misma noche. En la investigación que seguiría, fuese o no un crimen de Estado, caerían inocentes por culpables, y él no estaba dispuesto a servir de coartada de un crimen en el que no había participado, por muy de acuerdo que estuviese en que aquel hombre debía morir. A fin de cuentas, pensó, se lo tenía más que merecido, pues aún resonaban en sus oídos los alaridos de las víctimas del auto de fe.

Dios había escuchado sus plegarias, meditó mientras enjaezaba el caballo y le colocaba las albardas. No tenía más remedio que huir en la oscuridad con la esperanza de no tropezar y de que la luz de la brillante luna fuese capaz de ayudarle a poner tierra de por medio antes de que estallara la tormenta.

Efraín Ashkenazi no había terminado su narración, pero no teníamos tiempo para más. Por prudencia, debíamos incorporarnos a la comunidad. Me apretó la mano significativamente, en un gesto de afecto. Él sabía bien quién era yo, pues al igual que en mi caso, el prior, Manasseh, le había indicado quiénes eran de nuestra raza y en nuestra situación, de entre los miembros de la comunidad. Tenía la certeza de que nos había hecho partícipes de aquel secreto, por si en el futuro teníamos necesidad de apoyarnos los unos en los otros.

Mientras me dirigía a la capilla para asistir a los maitines a través de los inhóspitos claustros, iba reflexionando sobre la narración de Efraín Ashkenazi.

A pesar de la aparente paz y del ambiente de armonía que dentro de aquellos muros existía, en modo alguno podía olvidar la verdadera, la terrible situación que se vivía en todo el país. El Decreto de Expulsión había cumplido sus plazos, arrastrando como una tormenta de odio a miles y miles de judíos sefardíes que, de la noche a la mañana, habían tenido que abandonar el país, donde todos habían nacido, la Tierra Prometida en la que también sus padres, sus abuelos, sus antepasados en incontables generaciones habían intentado vivir, labrando los campos, plantando árboles, construyendo casas. Todo había sido inútil. Apenas algo más que un sueño que podrían contar a sus hijos, a sus nietos, rememorando sus historias en un país de leyenda, en el que una vez más lo habían intentado.

Para ellos, de nuevo, había llegado el invierno, gélido y oscuro. Tras de sí quedaban los campos vacíos, los huertos estériles, las casas abandonadas, las hogueras de la ira; aún estaban calientes los rescoldos mezclados con huesos de seres humanos.

Pero los más sabios entre ellos, tenían la certeza de que aquello no podía quedar impune. Tarde o temprano tendrían su castigo. Los que se llamaban a sí mismos «cristianos viejos», que se vanagloriaban de su limpieza de sangre, llevarían en su conciencia por muchas generaciones, dentro de su alma, las imágenes de aquellos niños golpeados por los soldados para que siguieran caminando, la terrible visión de las llamas mordiendo el cuerpo de los que, hasta ayer, habían sido sus vecinos. Soñarían con los latigazos, los apaleamientos, los asesinatos. Muchos de ellos por codicia, por los más bajos y viles instintos, como apoderarse de la huerta repleta de árboles cuidados, hacerse con la mejor casa de la aldea, satisfacer su deseo violando a la preciosa mujer del sefardí, a la hija del escribano judío.

No, no podrían olvidarlo. Pasarían los años, los siglos, y el tiempo lo suavizaría todo, pero la jactancia, el orgullo de lo que poseían, se vería empañado por un sinsabor lejano, por los fantasmas de los verdaderos propietarios, que seguirían allí reclamando, más que ninguna otra cosa, la verdad. Cuando levantaran la vista, verían los espectros de los que yacían bajo la húmeda tierra. Sus sueños se transformarían en pesadillas, y una interminable fila de sombras sin nombre reclamaría sus haciendas, sus vidas truncadas, todo lo que les fue un día arrebatado.

Salomón Benassar y después Manasseh Ayish me lo habían advertido. Ahora lo estaba haciendo Efraín Ashkenazi. Seguíamos rodeados de gente que, a toda costa, quería vernos muertos o desterrados. Si queríamos sobrevivir, sería por astucia, de continuos fingimientos y engaños, porque si sospechaban que éramos judíos, nos quemarían en un alborozado auto de fe. Efraín y yo entramos por separado en la capilla. Incluso horas más tarde en el refectorio, a pesar de la humildad y la discreción que exigían las normas de la Orden, no pude evitar observar algunas miradas de extrañeza, debido a nuestra anterior tardanza, por lo que durante la comida mantuve los ojos en el plato, haciendo gala de esas virtudes monacales, sin intuir lo cercana que se hallaba la prueba.