Shalom Sefarad

G. H. Guarch · Capítulo 4 de 28

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Shalom Sefarad

III el Monasterio

III

 

EL MONASTERIO

Durante días vagamos por los caminos sin saber muy bien lo que debíamos hacer. Llegamos a pensar que el país estaba en guerra consigo mismo, pues había patrullas de soldados que cabalgaban de un lugar a otro surgiendo o desapareciendo entre nubes de polvo, como si el quinto ángel hubiese tocado la trompeta y todo el Apocalipsis se hubiera desatado de repente.

Volvimos a ver columnas de prisioneros, todos o casi todos sefardíes, custodiados por soldados y también por campesinos cristianos que los acompañaban, como si quisieran cerciorarse de que en realidad aquellos judíos eran expulsados. Lo que vimos hizo reflexionar a Benassar. Una noche me dijo que lo había pensado bien y que quizás nos fuese mejor si abandonásemos la idea de llegar a Valladolid. Me explicó pacientemente que lo había meditado mucho y que no sería aquél el mejor lugar para nosotros. En aquella ciudad casi todos eran cristianos viejos, y aunque quisiéramos disimular y pasar por lo que no éramos, con seguridad terminarían descubriéndonos, y si lo hacían, iríamos a parar con nuestros huesos a las mazmorras del Santo Tribunal de la Inquisición.

Mientras caminábamos huyendo de los caminos reales y yendo por senderos y veredas de pastores, siguiendo en muchas ocasiones el cordel de los trashumantes, Benassar me contó la terrible historia sucedida a su familia. Dijo que era mejor que la conociera, pues tal vez así podría comprender muchas cosas.

Dos de sus hermanos habían sido quemados en un auto de fe que había tenido lugar en la Plaza Mayor de Madrid. Ambos por judaizantes, pues para poder seguir en su oficio, el mayor, Jacob, que era joyero en la Corte de Castilla, tuvo que convertirse al cristianismo, y se transformó en Jaime Benassar. Su hermano Abraham, que le ayudaba, se convirtió en Ramón.

Durante un tiempo les fue bien. Ellos y sus familias parecían a salvo. Pero Abraham, que era el más remiso a olvidar los usos y costumbres de su Ley, convenció a Jacob para forjar de nuevo el candelabro. Al principio Jacob se opuso, porque intuía que ello les podría traer desgracia, ya que por entonces parecían más vigilados los conversos que los propios judíos, pero las argumentaciones y lamentos de su hermano terminaron por convencerle. Fundieron el caldero de bronce para hacer el candelabro. Era un caldero enorme, pesaba treinta y cinco libras.

No lo eligieron al azar. Aquel caldero era el mismo candelabro que habían fundido anteriormente cuando no tuvieron otra salida para poder permanecer en Madrid.

Era un candelabro de un tamaño descomunal, y tenían la certeza de que no podrían ocultarlo en ninguna parte. No sabían lo que hacer con él, hasta que Sara, la hija mayor de Jacob, sugirió que la mejor manera de ocultarlo era fundirlo. Fue una idea que a todos les pareció bien; para eso eran joyeros, y sabían que podían volver a recuperarlo cuando quisieran. Previamente, sacaron moldes de yeso del candelabro, los despiezaron y, a trozos, los barnizaron con aceite de linaza teñido, distribuyéndolos por las dos casas y el taller. Nadie podía averiguar a qué pertenecían. Luego fundieron el candelabro, mientras todos rezaban a Jehová.

Pasaron largos años como conversos al cristianismo. Debían aparentar en todo que habían abjurado de su Ley mosaica, y no solamente eso, sino que eran incluso más cristianos que los auténticos. Los dominicos desconfiaban de sus aspavientos y protestas de fe. Era algo peligroso, porque en cualquier momento podrían descubrirlos, y eso sería fatal.

A pesar de todo, de algún pequeño susto, de algún enfrentamiento con los vecinos cristianos, las cosas parecían ir bien. Los dos hermanos eran expertos joyeros y buenos artesanos, capaces de fabricar cualquier joya o relicario que les encargasen por difícil y complicado que fuese.

Después de su trabajo, de hacer la vida como los demás, imitando los usos y costumbres de los cristianos, aunque siempre con el ánimo de que eran vigilados, cuando toda la vecindad parecía dormir, Jacob y Abraham trabajaban susurrando el Libro de la Consolación de Isaías:

 

«¿Con quién vais a comparar a Dios?,

¿dónde encontraréis quien lo iguale?,

¿el ídolo que funde el artesano

y que el orfebre recubre de oro,

adosándole cadenas de plata?»

De pronto, habían sentido la necesidad de recuperar su candelabro. Habían comprendido que no podían llevar a cabo sus ritos sin él. Mientras montaban el complicado molde, se dieron cuenta de que no debían haber cometido aquel pecado, y tuvieron prisa por volver a dejar las cosas como antes.

Tardaron varias semanas, ya que sólo podían dedicarle un rato cada día para evitar que nadie sospechara. El Yom Kippur se acercaba, y los dos estaban nerviosos y preocupados con la intuición de que algo iba mal, pero también contentos por la decisión de haber recuperado su símbolo.

Una noche lo terminaron. Era ya muy tarde, pero decidieron acabarlo y no demorarlo más. Trabajaron hasta el amanecer y tuvieron que mantener encendido el crisol toda la noche. Abraham se encargaba de que estuviese a la temperatura adecuada, mientras Jacob terminaba de unir los moldes de cera. Era el momento más delicado. Todo dependía de aquellos instantes.

Cuando finalmente rompieron los moldes y apareció de nuevo el candelabro, vieron sorprendidos que la aleación era de un color rojizo, mucho más oscura que el tono amarillento que antes tenía el caldero, y aun antes el candelabro original. Pero cuando Abraham lo golpeó con un atizador de hierro, ambos permanecieron mudos, mientras una vibración sonora surgía del candelabro recién fundido, llenando el taller, haciendo vibrar las herramientas, el horno, el suelo, creciendo y multiplicándose como si hubiesen golpeado una de las campanas de la iglesia cristiana que tenían cerca y a la que acudían los domingos con sus familias para que nadie sospechara de ellos.

Pero aquella vibración los dejó mudos, aterrorizados. Era parecida a un gemido profundo con resonancias cristalinas, un lamento que parecía no tener fin. Ambos retrocedieron sin poder reaccionar, hasta que Jacob se decidió a cubrirlo con una manta, y el sonido se fue apagando poco a poco, diluyéndose, aunque todavía durante un largo espacio de tiempo emitió una ligera vibración, como si todas y cada una de las partículas de aquel candelabro tuviesen vida propia.

Las mujeres habían acudido alarmadas por aquel insistente sonido que las había despertado al igual que a sus hijos. Al ver el candelabro, se quedaron maravilladas, porque salvo por el extraño color del bronce, era absolutamente idéntico al anterior. Incluso tenía unas pequeñas muescas en una de las patas que el molde de escayola había recogido fielmente.

Pero había una gran diferencia entre ambos. Éste parecía tener vida propia, y el menor roce, simplemente el hecho de tocarlo, era suficiente para que comenzase a vibrar y a gemir.

Tras terminar el candelabro, se dieron cuenta de que habían cometido un gran error. Era demasiado grande para ocultarlo, y su sola presencia los denunciaba como judíos. A pesar de ello, tomaron la decisión de correr el riesgo, porque paradójicamente el hecho de volver a poseerlo les hacía sentirse seguros después de tanto tiempo de simulación.

No fue culpa del menorah, el candelabro de siete brazos que traía la luz eterna. Se podía haber achacado al destino, pero el verdadero culpable de lo que después ocurrió fue el criminal que violó y dio muerte a una niña en el mismo barrio. Los acontecimientos se precipitaron, no tuvieron tiempo de reaccionar, y antes de que fueran conscientes de lo que había ocurrido, los alguaciles prendieron a los miembros de ambas familias. Acusaron a Jacob y a Abraham de aquel crimen, y al rebuscar por todas partes intentando hallar alguna prueba, uno de los alguaciles encontró el candelabro escondido tras una vieja puerta que separaba el granero de la despensa en casa de Jacob. Aquello fue la demostración palpable de que seguían siendo judíos, y aunque una vecina cristiana explicó a los alguaciles que había visto a un hombre alto y desgarbado saltando la tapia de la casa en la que habían encontrado a la víctima, no sirvió de nada. Incluso llegaron a amenazarla si mencionaba aquel hecho. Lo único importante para ellos era el candelabro. Además, uno de los vecinos lo recordaba de cuando todos eran niños, y explicó en el tribunal que anteriormente era de otro color. Los miembros del tribunal reflexionaron sobre esto, hasta que uno de ellos, alborozado por su perspicacia, sugirió que el tono rojizo se debía a que lo sumergían en la sangre de sus víctimas.

Fueron estériles las protestas de Jacob y Abraham. No sirvieron de nada. Sara y Susana estaban tan asustadas que no hacían otra cosa que llorar. Temían por la vida de sus esposos y por la muerte de sus hijos. Sabían cómo las gastaba el tribunal.

Todo fue inútil. La decisión de los inquisidores era dar un gran escarmiento y terminar de una vez por todas con aquellos falsos conversos. Los inquisidores, acuciados por el severo rigor que Torquemada exigía, hicieron aplicar tormento a los dos hermanos convictos.

A Jacob, que era el mayor de ambos, le sometieron al potro. Asustado, confesó prontamente que era judío y que lo seguiría siendo. No parecía dolerle tanto el cuerpo como el alma. Pero los inquisidores no parecían satisfechos con aquella confesión, y quisieron obligarle a que les dijese cómo y cuándo habían violado y asesinado a la víctima.

Ni él, ni Abraham dijeron nada sobre ello, hasta que a un inquisidor, un hombre enteco, tan creyente que se fustigaba con un azote para cumplir sus penitencias, se le ocurrió que tal vez si aplicaban tormento a los familiares, los hombres confesarían. El método pareció oportuno a los demás miembros del Santo Tribunal. A fin de cuentas, todo era a mayor gloria de Dios, y aquellos judíos no harían más que porfiar en su religión, empleando toda clase de tapujos y ocultaciones para engañar a la Iglesia, al igual que se habían hecho pasar por conversos cuando no eran más que miserables judíos.

Eligieron a Ezequiel, el hijo mayor de Jacob. Un chico avispado y bondadoso, algo aniñado para su edad, porque aunque contaba diecisiete años, parecía más niño, posiblemente debido a la ligera cojera que le había quedado a consecuencia de una epidemia que había asolado Castilla cuando apenas tenía cuatro años, y que había sido causa de una gran mortandad entre los más jóvenes.

Lo sacaron a rastras de la mazmorra donde tenían apiñadas a las dos familias, con excepción de los padres, y lo llevaron a la sala de tormentos. La sola visión de aquel lugar imponía con sus extrañas y diabólicas máquinas construidas para causar el mayor dolor posible, aplastando, descoyuntando, pinchando y despedazando.

Aquellos frailes que lo conducían parecían muy satisfechos de la ocurrencia. El joven Ezequiel no sería tan obcecado y pertinaz como su padre y su tío. En cuanto el verdugo le colocase los grilletes con cadenas para atarlo al potro y tan sólo diese un cuarto de vuelta a la rueda, el horrible dolor le haría confesar. Quizás, ni tan siquiera fuera necesario eso, porque aquel temeroso joven temblaba como la hoja de un álamo.

Ezequiel quiso hacerse el fuerte, pero la espeluznante realidad lo sobrepasó. Tenían razón los frailes. Apenas lo ataron a la rueda, comenzó a llorar, gritando desesperadamente como si ya le doliese, y eso que ni tan siquiera habían comenzado a torturarlo. Los dominicos se miraron asombrados, y uno de ellos, fray Agustín, que era natural de Utiel, reflexionó con gran cordura que probablemente no haría falta mucho más para que hablase.

Así fue. Lo contó todo. Sollozando a causa del terror que sentía, les confesó que era cierto, que seguían siendo judíos y que sólo se habían convertido para evitar su expulsión. Le preguntaron por el candelabro, y llorando dijo todo lo que sabía. Luego le insistieron en el asunto de la niña. Pero Ezequiel no sabía nada, y los inquisidores se dieron cuenta de que decía la verdad.

Era más que suficiente. Al igual que habían mentido sobre la conversión, los frailes estaban convencidos de que aquellos judíos, falsos conversos, también lo habían hecho en relación con la niña violada y asesinada.

Jacob y Abraham Benassar fueron condenados a morir en la hoguera. Tuvieron compasión de Ezequiel, y en el último momento cambiaron la sentencia: moriría ahorcado. El resto de las dos familias sería expulsado del país. De hecho, serían entregados a los berberiscos, que llevaban a sus compatriotas hasta Argel para venderlos como esclavos.

Luego, en apenas una semana, se cumplió la sentencia. Fue una especie de auto de fe que debía servir de ejemplar escarmiento para todos los herejes, judaizantes y demás enemigos de la Iglesia Católica.

A Jacob no le importaba morir. Estaba preparado para ello, pero no era capaz de asumir que su hijo Ezequiel iba a ser ahorcado. Eso era superior a su capacidad como ser humano, y se derrumbó en una especie de locura obsesiva en la que sólo podía negar con la cabeza, al tiempo que emitía un gemido como si rechazara aquella absurda y cruel realidad.

Salomón, que había sido avisado, había viajado a marchas forzadas desde Toledo, porque deseaba ver a sus hermanos antes de morir. No consiguió hablar con ellos, pues los inquisidores no le permitieron acceder hasta las mazmorras, pero sí estuvo presente en la plaza donde se celebró la ejecución. No podía creer lo que estaba sucediendo, y era tal su estado de ansiedad que respiraba fatigosamente y su corazón le dolía, palpitando como si quisiera salirse de su pecho.

Vio como en un mal sueño toda la ceremonia, repleta de ensañamiento y truculencia, con la pretensión de servir de escarmiento a los falsos cristianos, a todos aquellos que vivían en el desatino, marrando en su verdad.

Unos dominicos subieron al cadalso, con gran pompa, el candelabro que había sido la causa indirecta de aquella situación. El verdugo y sus ayudantes lo colocaron en el tajo, y entonces todos los frailes se adelantaron y uno tras otro lo estigmatizaron como el símbolo de aquella raza que mancillaba la verdadera religión. Después, a una señal del inquisidor que dirigía la penitencia, los sayones comenzaron a golpear el candelabro para romperlo en mil pedazos. Fue entonces cuando ocurrió una especie de milagro, porque apenas el primer mazo cayó sobre él, un sonido largo y profundo, como un larguísimo lamento, se elevó sobre las voces de todos los que chillaban muerte a los judíos, sobre los rezos y los salmos de los frailes y sobre el piafar de los caballos de los guardias, incluso sobre ese sordo rumor que surge de las multitudes. Empezó como un lejano zumbido. Fue creciendo en intensidad hasta tal punto que los verdugos no fueron capaces de dar el segundo golpe, porque no podían soportar aquel sonido que se iba transformando en un murmullo, en un zumbido, en un rugido, en un terrible estruendo que hizo que todos los que allí se hallaban, la mayoría satisfechos de la justicia impuesta, tuvieran que arrojarse al suelo, taparse los oídos con las manos, incapaces de soportar el espantoso bramido que surgía de aquel candelabro.

Después de un largo rato, en el que algunos optaron por salir corriendo y otros por esconderse en sus casas y corrales, el sonido fue apagándose, convirtiéndose en un murmullo que tardó mucho en extinguirse.

Salomón no dudó de que aquello era como la conmemoración del Purim, el milagro que permitió a sus antepasados escapar de Babilonia. Al presenciarlo, los inquisidores se apartaron del candelabro para no dar más motivos a la muchedumbre, y lo dejaron caer en un montón de paja que alimentaba la pira donde se hallaban atados Jacob y Abraham.

No deseaban más dilaciones, ni inoportunos prodigios. El verdugo prendió fuego a la hoguera con una antorcha que había sido encendida arrimándola a uno de los velones del altar mayor.

Para fortuna de los condenados, la pira ardió como la yesca, y pronto murieron ambos asfixiados por el humo antes de que las llamas los abrasasen. Salomón no fue capaz de mirar. Se tapó los ojos y lloró a lágrima viva, mientras recordaba los juegos compartidos de su niñez, las fiestas rituales en familia, el enorme cariño que sentía por sus hermanos, a pesar de que la vida los había separado.

Todo aquello terminó al poco de caer la noche. Sólo quedaron algunos rescoldos, porque los cuerpos, lo que de ellos restaba, fueron llevados a un vertedero para eliminar todo vestigio, y sobre todo para impedir que fuesen inhumados por los de su raza. No deseaban aquellos señores inquisidores, mártires, sino escarmientos, y ya habían tenido algunas duras experiencias que les enseñaron lo que tenían que hacer.

Salomón se mantuvo allí, medio agazapado detrás de unos barriles vacíos, sufriendo el relente que le caló el cuerpo, porque el alma ni se sentía.

Cuando todo quedó en silencio, roto únicamente por los lejanos ladridos de los perros y el ulular insistente de una lechuza, Salomón se dirigió, sigiloso como una sombra, hacia los restos de la pira. No podía dejar de sollozar, aunque lo intentó varias veces. Se agachó y rebuscó entre los restos humeantes, removiéndolos con un palo. No tardó en encontrar lo que buscaba. Algo retorcido y deformado, extrajo el candelabro, lo introdujo aún caliente en un saco de arpillera y se lo cargó al hombro, mientras exhalaba un largo suspiro de alivio. Luego se alejó de allí para buscar su mula.

Cargó el saco en las alforjas y se alejó espoleando a la mula con el convencimiento de que debía preservarlo. Viajó de vuelta a Toledo rezando por sus hermanos, sorbiéndose las lágrimas, pero satisfecho de haber podido recobrar la menorah. Eso era algo muy importante, pues recordaba a su abuelo Ofer Bar Israel encendiéndolo las vísperas del Shabbat.

Lo escondió en la genizah del cementerio judío de Toledo, donde mucho después llevó también los rollos de la Torá, varios ejemplares del Talmud, e incluso un viejísimo manuscrito del que se decía había sido traído desde la misma Babilonia.

Al recordar todo aquello, Salomón Benassar lloraba como un niño. Ese triste suceso había tenido lugar hacía casi dos años, pero la narración había avivado el recuerdo, y el hombre se frotaba los ojos con las mangas, intentando inútilmente secar sus amargas lágrimas.

Por mi parte, cada día que pasaba me demostraba que si estaba vivo era de milagro, porque las gentes que nos rodeaban eran en su mayoría crueles y sanguinarias como lobos. No dejaba de oír murmurar a Salomón:

—En la nuca tenemos a los que nos persiguen, nos agotamos sin hallar respiro…

Fue entonces cuando decidí que me vengaría. A pesar de mi juventud, comprendí que sólo a fuerza de astucias y engaños lograría sobrevivir, pero no debía ser tan incauto como casi todos los sefardíes. Mis padres habían muerto como corderos, igual que muchos de nuestros amigos y vecinos. Benassar me estaba demostrando que ni tan siquiera como conversos estaríamos seguros. La única solución sería empezar de nuevo, olvidarme de que era judío sefardí y hacerme pasar por cristiano viejo. Gracias a que había heredado los rasgos, la piel y el cabello de mi madre, me sería más fácil. Tenía la tez clara, los ojos grises claros y el cabello pajizo. Nadie me tomaría por judío si yo no lo revelaba. Además, podía hablar a la perfección con acento castellano, porque a diferencia de otros sefardíes a los que sólo gustaba hablar ladino, en mi casa preferían hablar castellano debido al oficio de mi padre.

De repente, intuí que sería mucho más seguro para mí separarme de Salomón Benassar. Era un buen hombre y me había ayudado mucho, pero ir con él era igual que si llevásemos un estandarte proclamando que éramos judíos. Tenía el pelo negro, ligeramente rizado, la nariz grande y afilada, la piel olivácea y el labio inferior prominente, apoyándose en una mandíbula que lo denunciaba a una legua. Pero a pesar de todo, no hacía falta fijarse en todo ello para descubrirlo. Sólo con mirarlo a los ojos era más que suficiente. Los tenía almendrados, el blanco no era tal sino algo amarillento, y sus pupilas negras, brillantes, casi amenazadoras, lo delataban. Mi padre comentaba de él que tenía ojos de profeta, y más tarde, cuando comenzaron sus síntomas de locura, decía que sus ojos revelaban su enfermedad. En eso estaba equivocado, porque yo mismo había podido comprobar que no estaba loco, muy al contrario que todos aquellos que se hacían pasar por gente bondadosa y amable, por buenos vecinos, incluso por amigos, hasta el día en que sonaron las trompetas, y al igual que en Jericó, las murallas se derrumbaron sobre nosotros.

Me convencí de una manera egoísta, como más tarde comprendí, que debía abandonar a Salomón. Llegué incluso a pensar que, al contrario de lo que yo creía, me estaba utilizando como coartada, porque quizás pensaba que mi aspecto le servía para disimular el suyo, cuando en realidad era al contrario.

Pero todo eso no eran más que elucubraciones, ya que por mi parte tenía la decisión tomada. Me separaría de él cuanto antes, tal vez aquella misma noche. Me escabulliría en la oscuridad sin ningún remordimiento, porque en mi conciencia tenía la certeza de que tanto para él como para mí era la mejor solución, ya que día a día nuestro aspecto se iba deteriorando, y no podíamos seguir escondiéndonos indefinidamente de los soldados de la reina Isabel, ni robando gallinas de los corrales traseros de las ventas como si fuésemos zorros en lugar de personas.

La única ventaja que teníamos, si como tal se podría considerar, era que el tiempo nos acompañaba. Nos hallábamos casi en junio, y aunque por las noches refrescaba mucho, no se hacía insoportable, y menos caminando. De día nos escondíamos donde podíamos. En aquellos momentos echaba mucho de menos el recóndito valle en el que habíamos permanecido casi un año, alejados de toda aquella locura contagiosa que había invadido los campos de Castilla, infectando de maldad a todas las gentes.

No hacía más que pensar en algo que me agobiaba el alma. Estaba cada día más convencido de que aquel mal del que tanto me hablaba Salomón se hallaba agazapado en el fondo de todos los seres humanos, ya fuesen castellanos, portugueses, flamencos o moriscos. También nosotros debíamos tenerlo. Era como si algo ajeno desencadenara en todos y cada uno una reacción irreversible que conducía al odio hacia los que no eran iguales al afectado. Y todo venía de la palabra: un edicto colgado en la puerta de la iglesia o un ayuntamiento; un discurso inflamado, excitando el ánimo de las gentes sencillas. De pronto, el extraño mal parecía crecer dentro de ellos, tornándoles la amable faz por una perversa máscara. Entonces salían de su oculto escondrijo la violencia, la maldad, y aparecía el crimen. Todo estaba en las palabras. No se podían utilizar impunemente, pues ellas despertaban los demonios ancestrales.

Un mensajero cabalgando desde lejos, portando un discurso, unas órdenes escritas, y todo cambiaba como si las gentes estuvieran esperando que aquello sucediera. Expulsar a los moriscos. Expulsar a los judíos. Expulsar a los gitanos. Expulsar a todos los que no sean exactamente iguales que nosotros. A los que no piensen y crean lo que nosotros pensamos y creemos.

Ahora nos había tocado a los sefardíes. De pronto, aquellos lejanos Reyes, tan católicos, habían querido demostrar que no estaban dispuestos a aceptar súbditos que no lo fuesen. Para ello no paraban en barras, y sin mayor miramiento, nos desterraban fuera de su Reino. Y a fe que era mejor irse que quedarse, porque los acólitos que rodeaban el trono susurraban consejas que al pronto eran como brisas maléficas que enseguida se tornaban tempestades de odio y exterminio.

Caminando hasta la extenuación, llegamos al amanecer a un sotobosque cercano a un arroyo que al menos calmó nuestra sed, porque desde la tarde anterior no habíamos apenas bebido, ni tampoco comido. Salomón era, en verdad, hábil eligiendo los escondites donde pasar el día, y buscó en la umbría hasta que halló una especie de refugio que algún animal había estado utilizando. Nos dejamos caer en él, después de cortar con una navaja algunas ramillas tiernas que sirvieran de soporte a nuestros agotados huesos.

A pesar del terrible cansancio, estaba decidido a alejarme de la compañía de Benassar, pero me sentía algo ruin, porque él no había hecho otra cosa que ayudarme y consolarme siempre. Envuelto en aquellos viles pensamientos, veía amanecer a través del dosel de hojas que nos cubría, mientras esperaba a que Salomón cerrase los ojos y comenzara a roncar, lo que a él le preocupaba grandemente, porque se figuraba que podrían escucharlo y descubrirnos. Yo, de tanto en tanto, le asestaba un ligero golpe con la pierna, y al pronto se callaba, aunque sólo unos instantes para volver a empezar; por lo que cansado de aquel juego, me olvidaba de sus ronquidos, y terminaba por dormirme yo también.

Pero aquella noche, a pesar de la fatiga y el hambre que sentía, pensaba huir de su vera en cuanto me asegurase que se había quedado dormido. Incluso tenía pensado que si por alguna circunstancia me oyese levantar, le diría que iba a orinar o algo semejante.

No tardó mucho Salomón en caer vencido por el sueño y la fatiga, y aunque a mí me picaban los ojos, hice un esfuerzo por mantenerlos abiertos. Aún esperé un rato, escuchando su respiración hasta que se hizo regular, e incluso así tuve la voluntad de esperar algo más hasta que comenzó a roncar profundamente, lo que era señal de que ya no se despertaría ni aunque me pusiese a bailar a su lado.

Me incorporé entonces, y con las mayores precauciones, andando casi a gatas para no rozar las ramas que llegaban hasta el suelo, salí del soto. Nos hallábamos en una zona boscosa, pero enseguida encontré una vereda que como una gran cicatriz la partía, y sin querer pensar en Salomón Benassar, porque hacerlo me dolía el alma, comencé a caminar por ella dirigiéndome hacia el norte. Lo de orientarme, aunque fuese de día, se lo debía a él, que me había obligado a aprenderlo, y era algo de agradecer, porque de otra manera podría estar varias jornadas dando vueltas sin avanzar.

A medida que me alejaba de aquel lugar, en el que había abandonado a mi maestro, iba sintiéndome más y más vil, comprendiendo que lo que había hecho era algo despreciable. Me calificaba como el mayor miserable de la tierra, pero había tomado aquella decisión después de mucho meditar, y ni tan siquiera mi propia conciencia iba a poder contra mi voluntad. También me escudaba en que sería más fácil para él huir sin tener que depender de mí, ya que era hombre acostumbrado a la intemperie y a vivir sin recursos. De hecho, aunque mi madre me había enseñado a distinguir qué clase de hierbas eran comestibles, como las collejas, los cardos y otras muchas que incluso se podían masticar crudas para intentar apagar la sensación de hambre, Salomón, además de otras filosofías y experiencias, me había instruido en varias artes útiles: hacer fuego con pedernal, cazar, despellejar y asar un animal. También a conocer cuándo el agua de un estanque no estaba contaminada. Por todo ello, no me preocupaba mucho el subsistir. Si era preciso, trepaba a los árboles como una ardilla y siempre encontraba un nido, o las bayas y moras de los zarzales que cerraban a veces el sendero. Allí abundaban los algarrobos, las nogueras, los castaños. Entre unos y otros siempre podía paliar el hambre, o al menos engañar mis tripas que se rebelaban contra mi mente, descargando de tarde en tarde tal tormenta de truenos que me hacía a veces retorcerme por los retortijones producidos por alguno de los frutos demasiado verde.

Iba tan abstraído en mis pensamientos que me extravié, sin saber de pronto dónde me hallaba. Intenté volver atrás, pero no fui capaz de reconocer por qué camino había llegado hasta allí. El cielo tampoco me servía de orientación, pues poco a poco se había cubierto por unas nubes tan espesas como las lanas de los merinos. Aquello no me auguraba nada bueno. Por experiencia, sabía que de un momento a otro caería un chubasco, o lo que podría ser peor, llovería durante días, y no veía lugar alguno donde guarnecerme.

Iba caminando resignado a mi suerte, absorto en no perder el sendero, cuando de improviso, sin apercibirme de ello, me vi rodeado de unos cuantos hombres armados con afiladas hachas que me observaban con desconfianza. Al pronto no supe qué hacer, pero no pude evitar pensar que había llegado el final de mis días, que se me antojaron cortos y malhabidos. No era para menos, pues aquellas gentes tenían un aspecto rudo y amenazador. Todos ellos parecían forajidos y muchos estaban tan sucios y desastrados que me convencí de haber caído en las garras de una tribu salvaje, aunque mi razón me decía que eso en Castilla era imposible. Entonces no sé cómo, pero con gran alivio me di cuenta de que aquellas gentes eran en realidad carboneros, ya que por doquier había montones enormes de leña que apenas humeaban y también otros de carbón. Uno de ellos, quizás sería el jefe, se dirigió a mí, y bruscamente, sin más contemplaciones, me preguntó qué hacía en aquellos apartados parajes en los que raramente se aventuraba un cristiano.

En los meses pasados Benassar, además de otras muchas cosas de utilidad, me había enseñado a mentir, advirtiéndome de que de hacerlo bien y convencer en cada momento a mi interlocutor, me podría ir en ello la vida. Con tal aprendizaje tenía preparadas una serie de respuestas, a cada una más ingeniosa y convincente, acompañada de toda una interpretación que me asegurase que el que escuchase mis invenciones quedaba totalmente convencido.

Sin dudarlo, pues, contesté rotundo que mi nombre era Diego de Toledo, paje de un importante caballero y que íbamos de Granada con destino a Valladolid, cuando nos vimos asaltados por una banda de malhechores. De mi cuenta y riesgo añadí, para mayor veracidad de la historia, que debían tratarse de judíos expulsados de sus casas y haciendas. Se habían lanzado sobre nosotros con tal saña y ferocidad que antes de que nos recuperáramos de la sorpresa, habían asesinado al caballero para robarle, y yo pude huir, porque en el momento en que todo aquello ocurrió, me hallaba agachado entre unos matorrales haciendo mis necesidades. Eso había ocurrido hacía ya muchos días, los mismos que llevaba vagando, intentando sin gran fortuna dirigirme hasta la Corte de Valladolid.

No dudaron de mí, ni de mi narración. A fin de cuentas, aquello ocurría cada vez con mayor frecuencia, por lo que después de mirarse unos a otros, me preguntaron, ya casi convencidos, que quién era mi señor. Contesté con aplomo que se trataba de don Diego de Sandoval y Fajardo. Ése era en realidad el nombre del caballero al que mis padres habían socorrido, portador del Decreto que había desencadenado la tormenta que todavía estaba asolando Castilla. Ese nombre lo había escuchado a unos soldados, y ya no se me iba a olvidar en todo el resto de mi vida.

Aunque seguían observándome con recelo, lo que era propio de aquellas gentes, supe que los había convencido. Además, el hecho de formar parte del séquito de un noble me protegía, porque nadie que se encontrase en sus cabales se atrevería a tocarme.

Así fue como salí de aquella deplorable situación en que me encontraba, y no sólo eso, sino que me dieron alimento y cobijo. Eran una clase de gente muy sencilla, pero no eran tontos, y no tenía ningún interés en llamar la atención sobre ellos. Solicité la venia al que me había interrogado, y que efectivamente parecía ser el cabecilla del grupo, para quedarme con ellos algún tiempo. Aunque al principio me miró con detenimiento de arriba abajo, luego, sin decir palabra, aceptó mi propuesta, entregándome una pala para que les ayudase en su tarea. Comprendí que no tenía de momento otra salida, y cogí la herramienta de buen grado.

Apenas habían transcurrido unas horas, cuando aquel mismo atardecer me di cuenta de que no me distinguía de ellos. Un polvillo negro más fino que la harina que utilizaba mi madre para los postres, me cubría de arriba abajo, mimetizándome y ocultándome como uno más a los ojos de cualquiera. Esa certeza me llenó de júbilo, porque no lograba superar el miedo de que me capturasen y también a mí me condujesen al tormento, igual que había visto hacer con otros judíos que pretendían ocultarse. Aquel polvo de carbón era para mí muy importante en aquellos momentos, y aunque algunos de mis nuevos compañeros al dar la mano se lavaron en un arroyo próximo, otros no lo hicieron. Yo imité a estos últimos, pues prefería seguir cubierto por él, como si fuese una armadura que me protegiese.

Aquella fue la primera vez que dormí como un tronco, en una especie de cabaña construida toscamente con ramas y mimbres, pero tan perfectamente realizada que aunque llovió a cántaros durante toda la noche, no entró en ella ni una gota.

Aún no había amanecido cuando todos se levantaron, y yo me apresuré para no ser el último. Quería integrarme lo antes posible, convertirme en uno más, desaparecer entre los otros, y a fe que lo conseguí de inmediato, pues no llevaba allí ni una jornada completa cuando ya andaba como ellos y trepaba al humeante montón como el más ágil. Me dolían los brazos y las piernas, me sangraron las manos que se habían llenado de ampollas, pero estaba lleno de júbilo, porque tenía la certeza de que había alcanzado la seguridad. Nadie adivinaría que bajo aquel mozalbete espigado se hallaba un judío repleto de miedo y odio. Debo reconocer que apenas si recordé aquellos días a Salomón Benassar. Era una clase de vida dura y difícil, y al principio sufrí bastante, porque no estaba acostumbrado a aquellas penalidades, trabajando de sol a sol y comiendo sólo dos veces al día.

Eran gente silenciosa en extremo, tanto que en el claro en el que ardían las piras de madera cubiertas de tierra, donde me dedicaba a extraer el carbón ya formado, sólo se oía el golpeteo de las hachas que retumbaban en el bosque que nos rodeaba. A pesar de ello, apenas habían pasado unos días cuando ya me había acostumbrado, de tal manera que apenas recordaba algo que no fuese acarrear carbón.

Algo había sucedido dentro de mí que me impedía pensar en mi vida anterior, y cada vez que intentaba rememorarla, mi mente la rechazaba de plano, obligándome a volver al mismo momento en que me hallaba.

También comencé a distinguirlos. Aquellas sombras idénticas y oscuras de los primeros días fueron transformándose en seres distintos. Aprendí sus nombres y sus motes en las cenas, pues unos a otros se hablaban sólo para pedirse lo que les faltaba. Supe entonces que me había convertido en una hormiga más de aquel hormiguero humano, que no era otra cosa aquella carbonera. Eran cerca de sesenta hombres de distintas edades, aunque me sorprendió ver que no había allí ninguna mujer. Pero no logré que me hablasen sobre eso, pues dos veces que intenté preguntarle a otro muchacho de mi edad, ni tan siquiera me contestó.

Fueron pasando con rapidez los días, y aunque dentro de mí se mantenía el temor de que me encontrasen, se fue imponiendo la razón y la realidad de que eso era algo imposible. Ya nada, ni el más mínimo detalle me distinguía de ellos, incluso me habían tenido que proporcionar ropa y calzado, fabricado por uno de ellos que hacía las veces de zapatero remendón y sastre de apaños con las pieles y cueros de los mismos animales que con trampas cazaban en los alrededores, porque los que yo llevaba, prácticamente se habían deshecho en las duras condiciones en que vivíamos.

Se me antojó que aquél no era mal oficio. Vivíamos inmersos en un mundo gris a causa de la niebla, el humo y el carbón. También silencioso de palabras, pues nadie abría jamás la boca. Sólo se oía el interminable golpeteo de las hachas, convirtiendo el bosque en cenizas, en un proceso aparentemente absurdo, continuo y destructor, que en mis sueños transformaba en una alegoría de la muerte. Desde entonces asimilaba el latido de mi corazón con el paso del tiempo y con el golpe no de un hacha, sino de una guadaña que iba segando la vida sin cesar. No éramos en el fondo más que minerales. El ánima del bosque se escurría en un humo blanquecino hacia el cielo, desgajándose en jirones y confundiéndose de inmediato con las nubes.

Ni la lluvia, ni el calor, ni el frío parecían poder alterar aquel infernal ritmo. Aquellas gentes habían aceptado su destino, y quizás no lo hubieran cambiado por ningún otro. Tenían la ventaja no sólo de su aislamiento, sino sobre él, de su ensimismamiento. Eso para mí no era poco, porque el mundo que me rodeaba me inspiraba un gran temor, ya que lo que había visto y experimentado de él me hacía comprender que no había sitio ni para los distintos, ni para nosotros los sefardíes.

Trabajé, pues, allí aquel estío y todo el otoño. Tenía las manos duras y encallecidas y me notaba mucho más fuerte. Sólo podía pensar en lo que estaba haciendo en cada momento, y me negaba a mirar hacia delante o atrás. De hecho, en mis fantasías durante los sueños, había construido un mundo irreal en el que era hijo de un carbonero y en el que mis padres naturales eran sólo un leve recuerdo que iba difuminándose rápidamente.

Una mañana se quebró el sonoro silencio. Un agudo lamento ascendió sobre las copas de los árboles, seguido de varios alaridos que más recordaban a un animal herido que si hubiesen sido proferidos por garganta humana. Un hombre, que no se me antojó muy viejo, se había golpeado con el hacha en una pierna, y por la brecha manaba abundante sangre.

Allí no había nada que hacer, y todos se miraron entre sí, sabiendo que a partir de aquel momento todo dependía de la fortaleza del herido.

Algo dentro de mí me impulsó a actuar. Nunca antes lo había hecho, pero sin encomendarme a nadie, le rasgué las calzas y dejé el corte al descubierto. Luego me solté el lazo que me servía de cinturón y lo apreté alrededor de su pierna, un palmo sobre la rodilla. De inmediato dejó de manar la sangre. Aquello fue como un revulsivo, porque otro compañero, que parecía avezado, extrajo de una pequeña faltriquera aguja e hilo. Era el sastre de la comunidad, por lo que no me extrañaron las primorosas puntadas que realizó uniendo los labios de la brecha de dentro a afuera en varias capas, utilizando una bota de vino para lavar la herida.

Cuando terminamos de trasladarlo hasta la cabaña para que reposara, noté en la mirada de los hombres un cierto respeto, y me vino a la mente la figura de mi abuelo Mosés Revah, el cirujano, como si fuese él quien me hubiese inspirado.

El hombre se salvó. A pesar de que la pierna se le inflamó y de que se quejaba de grandes dolores, apenas unos días después se levantó, arguyendo que no podía permanecer ni un instante más sin su hacha. Cierto que le quedó una fuerte cojera, pero pudo volver al trabajo, no sin antes manifestarme su agradecimiento por lo que había hecho por él.

Luego siguieron los días, los golpes, los graznidos de los cuervos que se acercaban a disputarse las escasas piltrafas y restos de comida, y todo volvió a la normalidad. Aunque a partir de entonces mi segundo oficio fue el de enfermero, pues tuve que aguzar el ingenio para dar remedio a los que se quejaban de reumas, golpes y heridas, por lo que me puse a recolectar plantas para hacer emplastes y tisanas. En la soledad del bosque, cuando rebuscando me alejaba del campamento, a veces al agacharme, tenía la extraña sensación de ver a mi madre tras un árbol, o cruzando un arroyo como si de alguna manera permaneciese vigilando cerca de mí. No podía evitar sentir un leve escalofrío al arrancar una planta o extraer un bulbo, pues me parecía escuchar el nombre de cada una pronunciado por su misma voz.

Pero si hay algo cierto, es que todo termina en la vida. Cuando los días se acortaron mucho y comenzó a nevar y hacer verdadero frío por las noches, aquellas gentes decidieron que había llegado el momento de dar por terminada la temporada.

El que me había tomado bajo su tutela, Pedro Matiste, que ese era su nombre, me pidió que le acompañase al menos hasta Tordesillas, donde llevaba su carga de carbón, una recua de mulas, no menos de una docena, cargadas de tal manera que parecía imposible que aquellos animales pudiesen tirar de las enormes albardas.

Una mañana gris y silenciosa como las anteriores, pero extraña, porque no se oía el rítmico golpeteo que me había acompañado tanto tiempo, se dispersaron todos, casi sin decirse adiós, como si el oscuro mineral que nos impregnaba los hubiese contagiado de su naturaleza. Nosotros dos fuimos los últimos en abandonar el campamento. Lo hice con cierta pena y algo de resquemor, pues no sabía bien lo que me iba a deparar el destino, y creo que en aquel momento me hubiese conformado con seguir quemando leña toda mi vida, ya que no veía nada mejor en el futuro.

No quiero decir que le hubiese tomado afecto a Pedro Matiste. A decir verdad, entonces no lo sentía por nadie, ni tan siquiera por mí mismo. Curiosamente, tampoco me sentía miserable por haber abandonado a Benassar, o por haber sobrevivido a mi familia. Era más bien una sensación de vacío, como si el alma y la conciencia, tal vez ambas, hubiesen huido de mi cuerpo. Ni tan siquiera tenía ganas de llorar o de recriminarme. En verdad, sólo deseaba una cosa: sobrevivir.

Acompañé, pues, a Pedro Matiste. Tampoco podía hacer otra cosa, porque el valle donde se encontraba la carbonera quedaba desierto hasta la lejana primavera, y todo el bosque permanecería silencioso, roto sólo por el aullido de los lobos, que cada día se habían ido acercando más y más a las cabañas como si presintieran el duro invierno y el hambre que pronto les acosaría de nuevo.

Caminamos callados, siguiendo la recua de mulas, sin tener tampoco nada que decirnos. Tenía la seguridad de que en todo el Reino de Castilla, en los apartados y remotos confines de Asturias, Aragón, Cataluña, Al Ándalus, Valencia, no existía ningún hombre ni mujer, niño o anciano, que albergasen sentimientos positivos hacia nosotros los sefardíes. Y si los tenían, los ocultaban en lo más profundo de su alma, como si les avergonzasen o les pesasen como el plomo. Esa certeza, ni tan siquiera me provocaba ya ira, ni miedo, ni dolor, ni el más mínimo sentimiento, pues estaba convencido de que así era la vida, y no de otra manera, y que lo mejor a que se podía aspirar era a gastar la ira golpeando con un hacha, ya fuesen árboles o personas. No era capaz de pensar en mis padres, ni menos aún en mis hermanas, como si aquella parte de mi vida nunca hubiese sido más que un mal sueño.

Tampoco tenía mucho en que pensar más que en ajustar las albardas y tensar las guarniciones, pues lo peor que podía suceder era que por aquellos agrestes senderos los sacos se viniesen al suelo, arrastrando incluso a los animales.

A pesar de la terrible carga, las mulas andaban a buen paso. Puesto que cerraba la marcha, tenía que caminar sin descuidarme si no quería quedar rezagado, con la certeza de que si me sentaba un instante para recuperar el resuello, tal vez Pedro Matiste me preguntaría si me quedaba allí, porque no parecía tener ningún deseo de detenerse, ni de perder el tiempo. De hecho, creo que lo único que le preocupaba era llegar cuanto antes a Tordesillas para vender su carbón.

Aún no conocía aquel paraje, pero intuía que en un lugar así pasaría desapercibido y nadie se fijaría en mí. Sólo sería otro más, llegado a buscar fortuna, o al menos, huyendo de las hambrunas y la soledad de los enormes y vacíos páramos de Castilla. Intentando apiñarse con otros seres humanos, como si eso de alguna manera pudiese protegernos de la desazón y la melancolía.

De improviso, Matiste se detuvo en seco al tiempo que me hacía una señal, señalando la silueta que se recortaba en la colina. Desde un altozano cercano un jinete nos vigilaba, y vi cómo Pedro Matiste lo observaba de soslayo con recelo, porque en los tiempos que corrían, y tal y como yo había podido sufrir en mi propia carne, la sospecha y la desconfianza eran la mejor defensa, y el extraño era un enemigo antes que nada.

Ambos teníamos la certeza de que no teníamos nada que hacer ante un hombre a caballo. Si era miembro de una partida de bandoleros, sólo podíamos confiar en que nuestra apariencia le demostrase que no poseíamos nada de valor.

Vi con alarma cómo bajaba rápidamente la abrupta pendiente, dominando con destreza el caballo para evitar que se despeñase o lo tirase. Luego, una vez en el sendero, se acercó con un ligero galope a nosotros, haciéndonos un gesto con la mano abierta.

Al tenerlo cerca, me sorprendió comprobar que se trataba de un fraile, lo que me hizo poner en guardia, aunque tenía motivos para temerlos a todos ellos, ya fuesen cartujos, dominicos, o de cualquier otra Orden. Además, estaba entonces convencido de que tenían el extraño poder de reconocer a los judíos, como si algo especial nos distinguiese del resto de los humanos. De hecho, en el pueblo donde vi torturar y quemar a unos sefardíes, y con el que soñaba frecuentemente, uno de los frailes dominicos que dirigían la sangrienta ceremonia gritaba exaltado, mientras corría de un lugar a otro, que era capaz de oler a una legua a los judíos. Parecía aquél un hombre malvado y ruin, que lanzaba confusos improperios y amenazas a los malditos judíos que habían asesinado a Jesús de Nazaret.

Pero el jinete que teníamos delante no se parecía a aquel otro fraile. Éste nos miraba serenamente, pareciendo sólo interesado en calcular cuánta carga llevábamos. Eso era en realidad lo que estaba haciendo, y enseguida le preguntó a Pedro Matiste si le vendía el carbón.

Matiste le devolvió la mirada. Aseguró que no tenía inconveniente en cerrar un trato, pero que quería por ella cien maravedíes. Aseguró que en Tordesillas no le pagarían menos de ciento veinte por aquella carga, aunque a mí me había dicho al cargarla que al menos valía setenta. En verdad, me maravilló su sentido del negocio, pues hasta aquel mismo momento lo tenía por alguien ajeno a la realidad.

Después de regatear durante un largo rato, el fraile y Pedro Matiste llegaron a un acuerdo en sesenta y cinco maravedíes, y ambos se dieron, satisfechos, la mano. El monasterio no se hallaba lejos, apenas a media legua, aseguró el fraile, y como estaba anocheciendo con rapidez, allí nos dirigimos siguiéndolo, mientras montado en su caballo, encabezaba la fila de mulas por un estrecho camino.

Tuvimos que pasar por una senda tan abrupta que el fraile, prudente, desmontó, y de las riendas condujo a su caballería, aunque a pesar de las precauciones, no podía evitar que de tanto en tanto rodasen las piedras hasta el fondo del barranco. En aquel terreno las mulas se hallaban a sus anchas, y a pesar de la tremenda carga, pasaron todas sin más apuros.

Yo, según me había asignado Pedro Matiste, cerraba la comitiva, y no podía dejar de pensar si no me estaría introduciendo en una ratonera, porque si lo que decían era cierto, y nos podían oler entre una multitud, no sabía lo que podía llegar a ocurrir, rodeado de frailes olisqueándome en un lugar cerrado.

En esos lúgubres pensamientos me hallaba cuando de pronto, al tomar un recodo del sendero, vi el monasterio. Los últimos rayos del sol de la tarde iluminaban sus tejados, y a pesar de mi estado de ánimo, no pude dejar de pensar que el lugar emanaba paz y belleza.

Se trataba de un conjunto de pequeños edificios y una iglesia, todo ello rodeado de altos muros de piedra que lo separaban de los huertos y corrales.

Aquél era un lugar remoto e inaccesible, y eso fue precisamente lo que me sedujo. Desde aquel mismo instante, comprendí que, de alguna extraña manera, mi destino estaba ligado al escondido monasterio.