Shalom Sefarad

G. H. Guarch · Capítulo 7 de 28

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Shalom Sefarad

VI el Inquisidor

VI

 

EL INQUISIDOR

Uno tras otro, enlazados como las negras cuentas del rosario que me proporcionaron, pasaron los días, las semanas y los meses. Comencé a acostumbrarme a que me llamaran hermano Diego. Participaba en las ceremonias religiosas, y aunque a veces, mientras transcurrían, murmuraba fragmentos de la Torá que me sabía de memoria, con frecuencia los confundía con padrenuestros o con salmos cristianos.

Dentro de mí, como en un profundo pozo en el fondo de mi conciencia, pensaba que Dios debía ser el mismo para todos, y que no le importaría mucho si las oraciones eran de un credo u otro, sino que simplemente le llegarían o no, y ése, en todo caso, era el verdadero valor que tenían.

Pero aquella extraña hibridación también me produjo una pérdida adicional de la ya escasa fe que mantenía. No terminaba de comprender, y menos aún de aceptar, que el justiciero Dios de nuestro Talmud se mantuviese impávido ante el incontenible murmullo de angustia, de temor, de violencia, de maldad, que debía llegarle hasta su trono, donde lo tuviese.

Aquellos frailes, que delante de mí parecían aceptar su posición en el mundo y acatar los extraños y duros caminos que el Señor de sus oraciones escogía, no eran muy distintos de los que había visto actuando como siervos del Diablo. Por ello, día a día, fui, pues, aislándome de aquella realidad, refugiándome en otra interior, creada por mí, donde el orden era muy distinto.

Manasseh Ayish se apercibió de ello. Él creía firmemente en Dios, pero me reconocía que tenía momentos en que dudaba de todo y en los que no sabía bien cuál era el verdadero camino. Había también otros días en los que evitaba pensar en el mundo exterior y me refugiaba en las cocinas y en el huerto, adonde me mandaba fray José, el cocinero, para recoger las verduras que hubiera y las hierbas para aderezar el caldo, pues se había dado cuenta de mi habilidad para escogerlas. También me permitió preparar ungüentos y tisanas, y al hacerlo, creí notar el aliento de mi madre en el cogote. No podía dejar de pensar en ella. Me había transmitido muchos de sus conocimientos y habilidades. Sabía que aquella habilidad era la herencia de Mosés Revah y de otros antes que él. Recordé lo que Benassar me había dicho: la Medicina se iba de Castilla con los sefardíes.

Un día hablé con Salomón sobre mi huida de su lado, y lo tomó con indulgencia. Me hablaba con frecuencia de Toledo, aunque yo prefería derivar la conversación hacia otros temas, porque notaba que se me endurecía el corazón al recordar aquello. Así pues, fueron pasando los días. Entre Efraín Ashkenazi, Manasseh Ayish y Salomón Benassar me instruían cotidianamente, haciéndome estudiar Historia y Geografía, pues, según ellos, y los tres tenían mucha más experiencia que yo, un hombre debía saber cuál era su lugar en el tiempo y en el espacio. Según Benassar, ese conocimiento podía llegar a ser vital para un judío, por lo que me apliqué en el estudio, además de practicar el árabe y el latín con los frailes copistas en la biblioteca.

Todo parecía tranquilo. La vida en el monasterio era calmada. Las horas las marcaban las llamadas a los rezos. Había también mucho trabajo: limpieza estricta, labores en el huerto y en la granja, meditación, ayudar en el refectorio, fabricar velas para la capilla, cuidar de los frailes más ancianos, hacer de albañil, de herrero, de carpintero, copiar manuscritos, dibujar copias de viejos códices, vigilar las guardias desde la torre de la iglesia. Comencé a mirar con respeto a los frailes. Hasta entonces creía que sólo se dedicaban a la meditación y a la buena vida. Pero en aquel lugar no se paraba nunca, ni de día ni de noche. No se trataba de esos barbudos y solitarios anacoretas, escondidos del mundo en la entrada de una cueva, sino de hombres activos que preferían aquel reducido, pero sereno mundo, a las asechanzas y violencias que se hallaban extramuros. En cuanto a la comida, no era mala, ni escasa, aunque de lo que más sabía el fraile cocinero era de repostería, pero debo reconocer que pocas veces se probaban los dulces en el monasterio.

Lo que más duro se me hacía era levantarme dos veces por la noche para rezar. Con el buen tiempo aún era soportable, pero en pleno invierno, con un frío tan intenso que dolían los dedos al coger una palmatoria para encenderla, era un tormento.

A pesar de todo, no podía por menos que comparar aquel lugar con el mundo exterior, y entonces pensaba que había llegado al Paraíso. Pronto aprendí que los paraísos pueden desaparecer de la noche a la mañana.

Una tarde el tiempo se tornó ventoso, preludiando una tormenta. Al anochecer, comenzó a diluviar y los relámpagos iluminaban los claustros, haciendo brillar las oscuras piedras como si fuesen del más puro mármol. Nunca antes había vivido una tempestad como aquélla, en la que las ráfagas de viento helado arrastraban el agua hasta el interior de la capilla; incluso, un rayo cayó en un enorme nogal cercano al ábside de la iglesia. Fue como si repentinamente nos hubiese alcanzado una legión de demonios, y una espantosa explosión envolvió todo el monasterio. Toda la comunidad se refugió en la parte delantera de la iglesia, junto al altar mayor, orando para que terminase aquel espantoso temporal, cuando el monje que se hallaba de guardia en la portería entró corriendo en la capilla, llamando al prior a voces, olvidando el recato que debía mantener en cualquier trance, y más aún, en el lugar donde se encontraba. En voz alta anunció, nervioso y asustado, que una comitiva de nobles y prelados había llegado hasta allí, solicitando refugio debido a la violenta tempestad que asolaba la región.

Como si estuviéramos esperando una excusa para levantarnos, todos seguimos al prior a lo largo de los claustros y atravesamos corriendo la sala capitular para acceder al locutorio. En él se hallaban no menos de una docena de caballeros y dos prelados. Fuera, se oían los nerviosos relinchos de las caballerías y los gritos estentóreos de la comitiva.

A la movediza luz de las antorchas que algunos de los nobles portaban, adiviné que tras aquellos ropajes empapados y aquellos rostros chorreantes demacrados por la fatiga, se escondían gentes principales.

Así era. Apenas entró nuestro prior, cuando uno de los prelados se adelantó unos pasos y habló, presentándose como fray Tomás de Torquemada, mencionando que se encontraban viajando de Valladolid a Benavente, cuando el desbordamiento de los ríos y arroyos, que se habían transformado en torrentes, les había obligado a buscar refugio, habiendo tenido la fortuna de alcanzar el monasterio por aquellos vericuetos en los que el Señor había dejado el paso libre.

El prior no pudo evitar lanzar una nerviosa mirada hacia atrás, y sus ojos se cruzaron con los míos un instante. Allí, junto a él, estaba uno de los hombres que había causado la catástrofe. Ni más ni menos que Torquemada, el Gran Inquisidor. Por lo que me había explicado Salomón, se trataba de un hombre dominante, dogmático, cruel y fanático. Yo me encontraba situado justamente en la puerta del locutorio, y pude observar cómo el fraile que se hallaba junto a mí, al que no podían contemplar los que se hallaban entrando por la puerta principal, se santiguaba en un gesto instintivo.

Cuando todos los nobles, prelados y caballeros se hallaron a cubierto, nuestro prior se dirigió a ellos, diciendo que eran bienvenidos al monasterio, añadiendo que, en la medida que la bondad divina dispusiera, podían contar con todos los medios y bienes que en él había.

En el acto, se organizó la distribución de celdas para los recién llegados. Teníamos la fortuna de contar con algunas vacías, ya que la comunidad había disminuido en los últimos tiempos, después de una larga época de esplendor.

El prior delegó la organización de todo ello en el ecónomo, pues, según todos decían de él, estaba acostumbrado a los milagros y a realizar lo imposible. En un abrir y cerrar de ojos, dispuso lugar en los establos para los caballos y mulas del séquito. Los palafreneros, soldados, pajes, cocineros y criados, que en gran número acompañaban a la expedición, fueron alojados en la hospedería que previsoramente existía junto a las cocinas. En cuanto al escribano, otros seis frailes dominicos de aspecto adusto y avinagrado, así como los nobles, fueron alojados en las celdas sobrantes. Luego llegó a mis oídos que se trataba de señores de gran importancia, pues entre ellos se encontraban el hijo mayor del conde de Benavente y el caballero don Gaspar de Gricio, hermano de doña Beatriz Galindo, también conocida en todo el Reino de Castilla como La Latina por sus conocimientos y sabiduría, aunque el ecónomo me susurró que el apelativo era más debido a su astucia para mantenerse cerca de la Reina que a los latines, que tan bien dominaba. De los otros caballeros, no pude enterarme de quiénes se trataban, aunque por los lujosos ropajes que llevaban, se adivinaba en ellos gentes de gran prosapia y alcurnia.

El prelado que asistía a Torquemada era un tal Diego Rodríguez de Lucero. En un aparte, el prior me avisó que fuese con cuidado, pues se trataba del inquisidor de Córdoba, famoso por su cruel talante.

Eran, por tanto, todos ellos personajes muy principales, y el prior, algo nervioso y preocupado, nos indicó discreción y mesura, mientras cambiaban y secaban sus vestimentas. También dio órdenes para preparar la cena para ellos. En total, se trataba al menos de treinta personas. Tres frailes, designados por el mismo ecónomo, se prestaron a ayudar al cocinero para dar avío a toda aquella gente. No era un convite preparado, pero era preciso agasajarles tal y como su rango merecía, por lo que, aun siendo aquellas horas, y a pesar de la tormenta que no tenía trazas de amainar, hizo matar seis gallinas y cuatro lechones para dar abasto a tan numeroso grupo. En el monasterio, cotidianamente se comía de manera muy frugal, más bien pescados del río Cea, que los mismos monjes cogían con nasas de mimbre. También cangrejos y alguna caza, ya que los corzos y ciervos pastaban tranquilamente en las proximidades, incluso jabalíes, que se introducían en la huerta para regalarse con los frutos y verduras.

Hago mención de ello porque aunque mi verdadera religión nos prohibía algunas carnes como la de cerdo, las comíamos sin dudarlo, ya que otra cosa sólo habría traído sospechas sobre nosotros, y si bien es cierto ese antiguo refrán de que a buen hambre no hay pan duro, debo reconocer que, vencida la inicial repugnancia, eran viandas muy apetitosas.

Aquel refrigerio que tan improvisadamente se les ofreció, fue cualquier cosa menos una fiesta. Alumbrados por unas antorchas que oscilaban e, incluso, se apagaban de tanto en tanto debido a las fuertes corrientes de aire, se sirvió la cena en el refectorio a los prelados y caballeros, mientras el resto lo hacía con mayor naturalidad en las cocinas.

Los mismos pajes ayudaron a acarrear desde ellas una sopa de convento y las carnes asadas como se pudo, además de unos higos secos y algo de tasajo. A pesar del frío y la inclemencia que debían sentir aquellos principales, acostumbrados a otros ambientes menos austeros, todos comieron, según observó el ecónomo, como si en verdad se tratara de la última cena, y no dejaron más que unos huesecillos roídos que lanzaron a los numerosos perros que les acompañaban, y que, por no haberlo podido evitar, y quizás por caridad, el prior había autorizado a que también se refugiasen debido a las inclemencias de la noche.

Recuerdo cómo pude contemplar todo ello desde una angosta mirilla que, desde la galería superior donde se hallaba mi celda, daba al refectorio, y que debía haberse construido aposta por alguno de los primeros priores, ya que, desde aquel lugar, se podía vigilar bien a los que alguna vez arribaban al monasterio, como aquella misma noche había sucedido.

No podía apartar mi vista de Tomás de Torquemada, que comió poco y sin pronunciar palabra, como abstraído en sus pensamientos, por lo que los otros que con él iban tampoco se atrevieron a romper el extraño silencio, sólo alterado por el agudo silbido del viento que se filtraba por todas partes y el ulular de la tempestad que, muy lejos de arreciar, parecía querer demoler el monasterio.

No pudo ofrecérseles vino, pero ello no fue mayor inconveniente, ya que ellos lo portaban en unos odres a lomos de mula que se habían descargado en la despensa. Fray Gomes de Silva, que era el cocinero, me explicó que eso era lo normal. También llenó una botella para catarlo y dijo que nunca lo había bebido mejor, lo que, según él, demostraba que aquellas eran gentes sabias y prevenidas.

Más tarde, cuando los demás se retiraron agotados por la fatiga, quedaron solos en el refectorio Torquemada y fray Gregorio, el prior. Yo seguía observándolos desde mi atalaya, y se me antojó sorprendente y un tanto curioso que se hallasen allí dos judíos tan singulares como lo eran ambos. Tomás de Torquemada lo era de sangre, aunque creo que la hubiera dado toda para evitarlo. Eso lo sabía por Salomón Benassar que, por cierto, no había hecho acto de presencia desde que supo de quién se trataba. En cuanto a Manasseh Ayish, era tan judío como él, pero ciertamente había adoptado otra personalidad muy distinta para poder sobrevivir.

Salomón, que parecía obsesionado por aquel hombre, me había contado con detalle que Torquemada era de ascendencia judía, pues sus abuelos eran conversos, aunque él hacía gala de su linaje, ya que su padre era señor de Torquemada e, incluso, un tío suyo había llegado a cardenal. En cualquier caso, no había en todos los Reinos de Castilla y Aragón ningún otro inquisidor más convencido ni fanático que él. Su exagerada defensa de la cristiandad no se basaba sólo en el estricto cumplimiento de las reglas de la Santa Inquisición que los Reyes Católicos le habían encomendado, sino en su propia y particular forma de entender la conciencia, ya que con el tiempo, y tal y como me decía Benassar, se había ido transformando en uno de los más fieros y celosos guardianes de la fe. Aquel hombre, como antiguo confesor de una Reina, tan ancha para el poder y tan estrecha para la fe, con total certeza había influido en el ánimo real para promover la expulsión de nuestro pueblo, de todos aquellos que nos llamábamos, o mejor dicho, nos llamaban, judíos, sefardíes, israelitas, hebreos, semitas, gentes del Libro, chuetas en alguna parte del Reino de Aragón, y otros nombres y calificativos más directos como marranos o inmundos.

De hecho, no podía olvidar lo que Benassar me había contado sobre cómo se había gestado todo aquello, pues me causó gran impresión la manera en que llegó a ocurrir, y de cómo intervino en todo ello Torquemada.

Apenas hacía unos meses, cuando aún los Reyes no habían firmado el Decreto de Expulsión, se juntaron varios de los principales rabinos, alarmados por las noticias que ya se rumoreaban en todo el Reino, intentando parar aquella firma que, como después se vio, supuso el fin de una época. Allí habían estado Ben Arroyo y don Gaón, judíos del País Vasco, Isaac Ben Yudah Ababanel y su hijo León Hebreo, y muchos otros rabinos de los Reinos de Castilla, Aragón, Portugal, Navarra y aun de Sicilia.

Habían comisionado a Ben Yudah para ofrecer dinero a los Soberanos. Muchos miles de ducados, joyas y oro atesorado en lingotes, incluso cartas de crédito, para levantar los muchos y cuantiosos préstamos que el rey Fernando tenía hechos en el Reino de Nápoles para poder mantener allí su ejército.

Me contaba Benassar que, cuando el rabino tenía muy convencidos a los Reyes y ya estaba cierto de que podía enviar a un mensajero para que llevara la buena noticia al Gran Consejo a fin de tranquilizar a todos en el país, apareció, de improviso, Torquemada, avisado por Hernando de Zafra, secretario de los Reyes, que odiaba a moros y judíos por igual. En aquellos días, éste se hallaba muy cerca de la Reina, mientras terminaba la campaña contra los musulmanes en Granada. La carta recibida por Torquemada fue olvidada en el cajón de su escritorio y copiada por fray Bernardo de Ávila, amanuense del inquisidor, en realidad Isaac Abulafia, sefardí que llegó a ese cargo gracias a las maniobras y al oro del Consejo de rabinos, que sospechaba lo que se avecinaba. A todo trance querían estar advertidos, siendo de tal manera cómo los sefardíes supieron de todo ello con gran espanto y tristeza al imaginar lo que se avecinaba.

Benassar, que tenía mucho de histrión, me había representado varias veces aquella escena, pues según él allí se fraguó todo el estropicio.

Entró Torquemada en la cámara donde se hallaban los Reyes con el rabino Ben Yudah, y con precipitación, casi sin saludar a los Soberanos, sin poder ocultar su malhumor por todo aquello, sacó un crucifijo delante de ambos, mientras se colocaba entre éstos, y el rabino exclamando casi en un grito:

—Judas Iscariote vendió a su maestro por treinta monedas de plata, y Vuestras Altezas van a venderle ahora por treinta mil. ¡Aquí están, tomadlas y vendedle!

Terminada esta frase, dejó el crucifijo, dando con él un fortísimo golpe sobre la mesa, y sin decir más, y de nuevo sin saludar, abandonó la estancia, recogiéndose los hábitos para salir casi corriendo.

Don Fernando, indignado por la falta de respeto, quiso intervenir para castigar tan tremendo proceder, pero doña Isabel, que se esperaba aquello, alertada como estaba por Hernando de Zafra, hizo un gesto con la mano para detener a su esposo, mientras con la otra, y sin decir palabra, pero pálida y demudada, despedía al rabino, que en aquel gesto vio perdidas sus esperanzas y las de su pueblo.

Allí estaba, Torquemada al fin, pues, desde que huí de Toledo, tuve la certeza de que lo encontraría, de que un día cualquiera se cruzaría en mi vida. Había podido contemplar, como víctima y luego testigo principal, lo que su fanatismo había conseguido y de cómo el Reino de Castilla había salido muy perjudicado con tal decisión, porque en mi interior sabía que aquello no iba a traer más que funestas consecuencias para todos. Los sefardíes ya las habíamos sufrido, pero pronto seguirían otras minorías y otros hombres, diferentes al arquetipo creado por aquel siniestro personaje en su conciencia, si es que la poseía.

Mientras, le observaba, sentado frente al fuego que aquella noche, de manera excepcional, se había encendido en su honor, callado, severo, casi ascético. Parecía embargado por sus pensamientos, y de tanto en tanto se pasaba en un gesto compulsivo la mano derecha por la frente, como si él mismo quisiera apartar de su mente algunas de las cavilaciones que, poco a poco, se le irían haciendo insoportables. También veía al que ahora se había convertido de aquella extraña manera en mi mentor, Manasseh Ayish, ejerciendo su papel en aquel infausto drama que nos arrastraba a todos.

Fuera, la tormenta no tenía indicios de amainar, los relámpagos seguían lanzando fogonazos que me deslumbraban y que componían un cuadro dramático cuando su luz hacía brillar con un blanco cegador aquella escena. No podía por menos que reflexionar que la principal causa de toda la espantosa tragedia desatada era aquel hombre, cuyo único deseo, contra natura, era ver extirpados del país a los que eran de su misma raza, a los que no habían cedido ante las adversidades, salvaguardando su conciencia y su ética, sobre todo, lo que concernía a su justicia y su responsabilidad, como la describía el filósofo.

Él, en cambio, rumiaba su traición, porque en verdad había vendido, al igual que otros muchos en toda Castilla y más tarde en Aragón, su alma al Diablo, renegando de la Ley de Moisés y del Libro, como un mal fariseo que quisiera engañar a los demás, portando una túnica que no le correspondía, mientras la única verdad era que, bajo ella, asomaban las peludas patas de macho cabrío.

Ambos tendrían la certeza de que en el lugar donde se hallaban, con seguridad nadie podría oír lo que hablasen. El fragor de la tormenta, en aquellos instantes horrísona, se sobreponía sobre cualquier otro. Pero por algún raro fenómeno que me veía incapaz de entender, en el ventanuco donde me hallaba, un alargado boquete realizado en el grueso del muro de piedra, parecido a una flechera, el sonido se ampliaba de tal manera que parecía que me encontraba junto a la boca de ambos. Razoné que aquello no podía ser casual, sino que más bien algún antiguo prior de agudo ingenio había previsto la exacta posición de la mirilla para poder espiar a sus huéspedes y oír con claridad lo que hablaban en verano, porque aquel lugar era el más fresco del monasterio, y en invierno, porque nadie cuerdo se retiraría ni medio codo de la chimenea encendida.

Para aquella hora, todos se habían acostado en el monasterio. Unos, agotados por la fatiga y las desventuras del viaje; los otros, porque pronto vendría la hora prima y deberían levantarse para los rezos.

También yo me hallaba muy fatigado. Por un momento, dudé si también retirarme a mi celda, lo que con seguridad habría hecho si no hubiese sido porque una terrible curiosidad me retenía en mi escondite. Tenía la total certeza de que ambos hombres no se hallaban en pie por casualidad.

Mientras esperaba, aterido y casi temblando de frío, noté un extraño silencio. Al principio, no supe de qué se trataba hasta que me apercibí de que la tempestad había cesado de pronto, dejando tras ella una profunda quietud, sólo rota por el crepitar del fuego que, de tanto en tanto, se encargaba de avivar el prior.

De improviso, Torquemada comenzó a hablar muy bajo, casi en un susurro, pero que yo percibía claramente, gracias a mi posición. Lo que salió de sus labios hizo que mi cansancio se esfumara y que pegase mi oreja a la estrecha abertura para no perderme ni una sola palabra de aquel discurso.

—¿Qué tal os va primo Manasseh? Ahora, por la gracia de Dios, fray Gregorio. Hace mucho tiempo que no sé de vuesa merced. Es cierto que así es como debe ser. Pero ya que el destino nos ha reunido por azar, no puedo por menos que saludaros como primo mío que sois. No dudo de vuestra palabra, y sé que guardaréis el secreto que nos une hasta la tumba, porque sabéis bien, y en eso no os equivocáis, que si lo hicieseis, vuestra familia podría sufrir en sus carnes la indiscreción.

Torquemada hizo un leve gesto con la mano, como si no quisiera pensar en aquella posibilidad.

—Pero dejemos eso. Sólo quería que supieseis que os sigo teniendo el reconocimiento que merecéis por vuestra prudencia. También debéis saber que este monasterio, que tan sabiamente lleváis, sigue en pie por mi consentimiento y caridad. Así os lo digo con toda franqueza, para que no caigáis nunca en el error de creer otra cosa, ya que entonces no habría fortaleza que pudiese proteger vuestra garganta, ni muralla, ni torre, ni foso que pudiesen impedir mi respuesta. Pero otra vez os digo que seáis prudente y no divulguéis lo que no debe saberse. Dicho ello, es mi voluntad que sigamos hablando, olvidando viejos parentescos que no conducen a nada, ya que para vos, sólo soy fray Tomás de Torquemada, de la Orden de Santo Domingo. Sobre estos títulos llevo, a mi pesar, el de Presidente del Consejo Supremo de la Inquisición, que nuestros católicos Soberanos quisieron otorgarme en el año del Señor de mil cuatrocientos ochenta y dos, es decir, hace algo más de dos lustros. Muchas y graves cosas han ocurrido desde entonces. Pero por lo que os pudiese afectar, os recuerdo que el veintinueve de abril de mil cuatrocientos noventa y dos, hace apenas de ello dieciocho meses, se publicó el Decreto de Expulsión de los judíos, inspirado sin duda por el Espíritu Santo, y para mayor gloria de Dios Nuestro Señor.

Torquemada calló unos instantes, y en un movimiento compulsivo levantó la vista hacia donde me hallaba. Por un momento, creí que me había visto, o que había intuido mi presencia. Incluso pensé que me había olido, tal y como se vanagloriaba. Pero no, Tomás de Torquemada sólo estaba recordando viejos tiempos, cuando todavía no era ni inquisidor, ni tan siquiera fraile.

—Recuerdo con precisión que, cuando ambos éramos muy jóvenes, casi niños, tuvimos una gran discusión sobre esto mismo que ahora estamos hablando, y aquel día vuesa merced casi llegó a las manos en su excitación. Pero también yo os hice una promesa, que en gran parte llevo cumplida, bien es cierto que no como en mi caridad hubiese deseado. En ese empeño estoy, y no pararé hasta conseguir que en estos Reinos no haya más religión que la cristiana, católica, romana, ni más Soberanos que los Reyes, llamados por toda la cristiandad, Católicos, doña Isabel de Castilla y don Fernando de Aragón, y que esos Reinos, así como el de Portugal, se fundan en uno solo, que ese y no otro es el verdadero deseo de la Providencia, y terminen y acaben las herejías de judíos, moros, moriscos, iluminados y otras brujerías. Porque como sabéis mejor que yo, no son otra cosa que supersticiones y artes de hechiceros y adivinos, y no verdadera religión, que esa es sólo la nuestra, por voluntad divina de que la tuviéramos, y así demuestran los hechos que la endurecida y perpetua ceguedad de los judíos debe ser exterminada de una vez para siempre.

El inquisidor levantó el dedo índice de su mano derecha, como queriendo advertir a Manasseh.

—Quiero mentaros todo ello para que sepáis, a ciencia cierta, que los conversos de primera generación os halláis en gran peligro si no abandonáis estos Reinos, y de poco os valdría vuestro título de prior, ni tan siquiera vuestra fe, por muy cristianísima que ésta fuera, que pongo a Dios por testigo de que no dudo de ello. Pero en estos tiempos hay tantas y graves herejías que sólo podemos combatirlas y extirparlas, como hacen los cirujanos con las pústulas.

»Pero debo deciros, para que no dudéis de mi voluntad, que los sefardíes, esos judíos que se creen castellanos sólo por haber nacido en Castilla, han cometido, además, la imprudencia de acaparar los mejores oficios. Han sido, hasta hoy, mercaderes, banqueros, vendedores y arrendadores de alcabalas y rentas, médicos y cirujanos, administradores de bienes, fortunas y fincas, joyeros, plateros, y los que no alcanzaban a ello, bien por su menor inteligencia, bien por su menor fortuna, se hicieron sastres, zapateros, tundidores, curtidores, tejedores, especieros, buhoneros, sederos y otros oficios semejantes. Habréis de convenir en ello, pues no recuerdo, ni creo que vuesa merced alcance tampoco a recordar, a ningún judío sefardí que rompiese terrones, ni labrase o fuese carpintero, albañil, ni cantero o minero. Pues todos ellos buscaban oficios holgados y modos de ganar mucho con poco trabajo. Así, los que eran pobres pronto dejaron de serlo, y muchos de ellos tornáronse ricos sin mayor esfuerzo.

»No puedo dejar de reconocer que eran caritativos, pero más bien los unos con los otros, creando las aljamas para suplir por los necesitados de su misma raza. A fe mía, no he sabido nunca que prestasen a los cristianos sin interés, por el solo hecho de ayudarlos en sus necesidades, y sin embargo, bien que lo hacían con los otros judíos.

»A tanto llegaron que, con lo que les sobraba de aquellas abundancias, comenzaron a prestar a los vecinos. Más tarde, a los principales y señores, y aún se han atrevido a ello con los Reyes, que doña Isabel, nuestra Reina y señora, tuvo también que recurrir a ellos para entender del cobro y la administración de las rentas públicas.

»Vos conocíais bien a don Abraham Senior y a don Gaón, contador mayor de Castilla, que también se han convertido, renunciando y renegando de su antigua fe, lo que me satisface, y más aún, porque al hacerlo perdonaron sus préstamos a los Soberanos, reconociendo que lo que es del Rey es para beneficio de todos. Igual hicieron los que habían prestado a don Fernando para sus Reinos de Nápoles y Sicilia. Ese oro ha servido para atajar al turco en Rodas y en Malta, y es justo que si viene de herejes, sirva para evitar otras herejías.

»Quiero deciros con todo esto que lo hecho, hecho está, y además, en justicia, porque la Reina, nuestra señora en este mundo, comprendió en su piedad el gran daño que a la fe causaba la continua relación con los judíos, y más aún con los conversos, en los que su fe vacilante, y no lo digo por vuesa merced, hacía peligrosa esa comunicación.

Torquemada interrumpió el larguísimo monólogo por unos instantes, y con el pie empujó unos leños caídos de la chimenea para intentar reavivar el fuego. No pude, por menos, que pensar que a aquel hombre, lo de avivar hogueras, se le daba bien. En verdad, el frío arreciaba, y en el lugar donde me hallaba las corrientes de aire me helaban los huesos, lo que me hacía pensar continuamente en refugiarme en el jergón de mi celda, pues al menos, allí no sentiría aquel espantoso helor.

Me encontraba a punto de abandonar mi atalaya, cuando el inquisidor prosiguió su perorata, y decidí soportar mi frío, ya que era mucho mayor mi curiosidad.

—Recordad, primo —al decir esto su voz pareció dulcificarse—, que los Papas son infalibles. Pues bien, Benedicto XIII, que en gloria está, ratificó la pragmática de Valladolid, que promulgó la reina Catalina. Lo mismo hizo la bula de Valencia, y más tarde el Concilio de Zamora. No me quiero remontar a Alfonso X El Sabio, que en sus Partidas dejó claro el camino a seguir.

»Vos recordáis bien, pues sé que sois letrado en ello, cómo el Santo Tribunal de la Inquisición, a quien represento humildemente, fue creado en el Concilio de Toulouse, es decir, hace doscientos sesenta y tres años, con la finalidad y propósito de extirpar la herejía albigense, esos maniqueos, con sus consolamentum y sus enduras.

»Os voy a confesar un secreto que no conoce nadie más que nuestra reina Isabel. Cuando aún vivía su hermanastro, el rey don Enrique, intuí, como confesor suyo, que algún día aquella mujer de aspecto débil, pero de voluntad férrea, y que poseía una fe como no he conocido otra, llegaría un día al poder. Me prometió, después de que la instruyera en los perjuicios que ocasionaban los herejes a este Reino de Castilla, que si en algún tiempo ocupaba el trono, se consagraría a la extirpación de la herejía para mayor gloria de Dios y exaltación de la fe católica.

»Sabéis bien que me costó llegar a ello, pero al fin conseguí que tanto ella como don Fernando consintiesen en solicitar al Papa Sixto la bula Exigit sincerae devotionis para la introducción del Santo Oficio en Castilla. Os reconozco que influyó en ello el hecho de que parte de los bienes confiscados a los herejes irían a parar a la propia Iglesia. Pero, tal y como os he manifestado, en el caso de nuestros Reyes Católicos eso era lo debido, ya que el Papa era, y siempre ha sido, el comisario general de las cruzadas. En ese trance y no en otro nos hallamos, pues al fin esto no es más, ni tampoco menos, que una cruzada para llevar la cruz enhiesta, aunque para ello haya de ser preciso limpiar nuestra tierra de una manera u otra de herejes, apóstatas, iluminados, renegados, perjuros y relapsos, que no hacen más que atacar a ésta, nuestra verdadera religión, y con ello también a este reinado. Intuyen que si lo consiguieran, el Universo entero caería en manos del Malvado. Entonces Satán, Ariman, Belcebú, Lucifer y los demás príncipes de las tinieblas se conjurarían para terminar con la virtud, con la cristiandad, y todo no sería más que un caos, donde el vicio, la perversidad, la corrupción y la inmoralidad camparían para siempre jamás por sus respetos.

»Sabéis bien, pues sois hombre cabal, y entre nosotros, aunque converso, por tal os tengo, que en Sevilla ya han sido aprehendidos, juzgados y quemados más de dos mil judíos, la mayoría falsos conversos y criptojudaizantes, todos ellos convictos de sus prácticas herejes. También en otros lugares como Toledo, Segovia, Valladolid, Zamora y otras muchas ciudades donde aún existen juderías, gracias al Cielo casi todas ya vacías, como Torrijos, Maqueda, Jerez, Tarazona, Tudela, en las que se está haciendo demoler las sinagogas para que jamás puedan, desde estas tierras del Señor, alzarse otras voces que las de los verdaderos creyentes.

»Os cuento todo esto, de lo que en gran parte conocéis bien, para que sepan todos los judíos que ni en los monasterios, ya sean del Císter, franciscanos, o de cualquier otra, ni en las iglesias, catedrales, ermitas ni conventos, van a encontrar refugio ni descanso más que los cristianos de buena fe.

Aquí Torquemada hizo una larga pausa, mientras el prior, que no se atrevía a mirarlo de frente, reavivaba nerviosamente el fuego, ya que el tiempo había cambiado, dejando paso a una gran helada, que me tenía tan entumecido que llegué a pensar que si me ponía en pie de repente, me quebraría en menudos pedazos.

Pero por alguna razón el inquisidor quería dejar claro sus principios a Manasseh. Así lo había llamado, y eso que me había sorprendido al comenzar el monólogo me iba pareciendo cada vez más claro, porque aquel discurso, cargado de amenazas era, más que otra cosa, un aviso de hasta dónde podían llegar las represalias.

—Las gentes de bien saben y conocen —prosiguió Torquemada con el mismo tono monocorde— que esta maquinaria, que con tanto ahínco hemos creado, sólo pretende defender los principios en los que se fundamentan sus derechos. El Estado, ahora ya suma de los Reinos de Castilla y Aragón, es decir, Castilla, Al Ándalus (incluyendo Granada y todas las tierras, gracias al Todopoderoso, reconquistadas a los moros), León, Asturias, Galicia, Valencia, Aragón, Nápoles, Sicilia y, probablemente más pronto de lo que creéis, el Reino de Portugal, el Rosellón, La Cerdaña, Flandes, y si Dios nos asiste con su misericordia, añadiremos Milán, Malta, Jerusalén y otros principados, hasta formar con todo ello un bastión inexpugnable para nuestros enemigos, que no son otros que los de la cristiandad.

Torquemada se había ido levantando, entusiasmado con la retahíla de posesiones y territorios de los católicos Reyes. Mientras, Manasseh se había sentado en su jamuga, asustado y empequeñecido, sólo de pensar en el escaso refugio que el mundo ofrecía a los judíos.

—Ahora la Providencia ha ayudado a nuestros Soberanos a terminar con los moros —gesticuló el inquisidor, como si quisiera apartarlos de él—, gente infiel y equivocada que contaminaba nuestro país. Pero ahí están los turcos y sus emisarios los berberiscos, que aún campan por sus respetos, cometiendo tropelías en nuestras poblaciones costeras, asolándolas y llevándose a la buena gente cristiana a sus países. Pero eso es cuestión de tiempo, y os prometo que terminaremos también con esa plaga.

El inquisidor caminaba en aquellos instantes de un lado a otro de la gran chimenea, como un animal enjaulado que sabe que su libertad está tras los barrotes que lo mantienen preso. Seguía gesticulando con las manos, mientras, a cada vuelta, su capa formaba tras él un remolino que mostraba estremecedoras sombras en el muro, iluminado sólo por la chimenea.

Torquemada parecía estar hablando solo, como si ya Manasseh no estuviera allí, o como si en lugar de a él, se dirigiese a una multitud que sólo el inquisidor fuera capaz de percibir.

—Pronto seremos un solo Reino, un solo pueblo. Por ello, tendremos un único futuro, en el que no cabrán desvíos ni excesivas libertades y en el que sólo habrá una fe y unos principios iguales para todos. ¡Ay del que no los siga y practique!, porque sobre él caerá el peso de esta Sagrada Inquisición que, por voluntad de Dios, se me ha confiado.

»Esta institución debe controlar la fe de todos los súbditos, haciendo de ella un instrumento de unidad. Es por ello, por lo que a partir de ahora, no tendrán lugar aquí ni judíos, ni conversos judaizantes, ni heterodoxos de ninguna clase, ni iluminados, que de éstos cada vez hay más en estos Reinos y sólo ayudan a crear confusión, alterando las prácticas cristianas. Ni tampoco caben esos que se llaman reformadores, ni vamos a soportar desviación alguna fuera de lo que indican los Evangelios.

»Pero esto no es todo. Habréis adivinado que el Señor, en su infinita bondad, se vale de mí, aunque sólo soy un humilde siervo, para limpiar estos Reinos, terminando de una vez por todas con los pecados consentidos.

A pesar de la distancia que me separaba de él, pude ver como los ojos de Torquemada brillaban con el resplandor de las ascuas, y mentiría si no reconociese que me asusté. Aquel hombre desvariaba en su fanatismo, y Manasseh lo contemplaba estupefacto, como si en aquel mismo momento se hubiera dado cuenta de que se hallaba frente a la síntesis de la intolerancia y la maldad.

Pero el inquisidor no parecía haber completado su discurso y prosiguió, ante la cada vez mayor estupefacción de nuestro prior.

—Quiero añadiros que no va a existir piedad alguna para los que pretendan engañarnos, ni para los que crean que pueden pecar impunemente, ni para los traidores, ni para los que viven en el mal, como son los desviados sexuales, los bígamos, los instigadores de brujerías y magias, los astrólogos y adivinos, que no son gratos al Señor, porque el futuro está sólo en sus divinas manos. No vamos, por tanto, a admitir encantamientos, hechicerías ni conjuros, a que tan proclives son los judíos con sus cábalas, abracadabras y sellos de Salomón; ni a los gitanos, esa raza que astutamente pretende quedarse entre nosotros, y que en los pocos años que llevan en estos Reinos, sólo han traído desgracias y aflicciones, engañando, robando y mintiendo. Ellos también van a ser expulsados, junto a los moriscos y moros.

»De tal manera, que quedando estos Reinos limpios de inmundicias ajenas, aún tendremos la voluntad de rebañar a los distintos. Veo con aflicción, Manasseh, que no me entendéis, y os lo voy a aclarar, porque tengo gran interés en que precisamente vos comprendáis estas ideas que eviten de una vez y para siempre la ambigüedad y las falsas esperanzas.

El inquisidor volvió a sentarse junto a la chimenea. Por unos instantes, de nuevo, pareció abstraído por el fuego, pero no era más que una pausa, como si estuviera cogiendo aire para seguir sembrando su cizaña.

—Hay entre nosotros seres que deben ser eliminados, porque su presencia, su relación con las gentes normales contaminan el rebaño del Señor. En cuanto a ellos, os aseguro que me he propuesto llegar hasta el final, y espero que Dios me dé fuerzas para conseguirlo. Quiero acabar con los mendigos, vagabundos, pícaros y gentes perdidas. Terminar de una vez por todas con ladrones y criminales. Tampoco quiero aquí bohemios, cómicos de la legua, actores ni bailarines, que no hacen otra cosa que ofender al Señor y a los buenos cristianos. Os diré, en confianza, que me sobran los enfermos, los melancólicos, los locos, los borrachos.

»Pero no os alarméis. Me conocéis sobradamente y sabéis que me gusta dar un paso tras otro. Ahora les toca a los judíos, y a fe que estamos logrando vernos libres de esa plaga.

»Comprenderéis, mi buen hermano en Cristo —Torquemada sonrió torvamente, como si aquel apelativo no fuese más que una chanza—, que estoy abriendo vuestro juicio para que con certeza sepáis que os suplico que marchéis de aquí antes que tenga que venir a por vos. Bien sabe Dios que no tendría el menor reparo en quemaros vivo si supiera que con ello salvaba vuestra alma. Nacisteis Manasseh Ayish, y aunque ahora os llaméis fray Gregorio de Luna, sé de cierto que nada ha cambiado dentro de vos. Sirva esto de advertencia para que vuestro buen juicio atienda a razones antes de que sea tarde.

Aquí Torquemada hizo una breve pausa, observando el efecto que sus amenazantes palabras habían producido en Manasseh. Luego, con otro tono, pareció terminar su discurso.

—Muy temprano partiremos hacia Benavente. Para cuando llegue allí, vos debéis haber abandonado este monasterio, y si en él hubiese algún otro nacido judío, por muy converso que se declare, os prometo que será enjuiciado según las reglas de nuestro tribunal. Resuelto el caso, será sentenciado y ajusticiado, por lo que os hago la gracia, en recuerdo de otros tiempos, de que podáis marcharos de aquí sin traba alguna, y cuando lo hagáis, huid con premura, porque después no os daré tregua ni cuartel.

»Torquemada se levantó lentamente. Parecía sufrir de las articulaciones, como si el helor de las viejas piedras hubiese calado en sus huesos. Manasseh lo contemplaba, apoyado en la chimenea en la que las brasas se habían transformado en cenizas. En cuanto a mí, el corazón se me había empequeñecido y no lo sentía ni latir. Aquel hombre, al que quizás no podía dar ese título, había terminado con la más mínima esperanza que restase dentro de mí. Fui entonces consciente de que aquella época de lobos, que creí pasajera, no había hecho más que comenzar. Me debatía en una extraña mezcla de repugnancia y temor, porque mientras lo observaba saliendo de la sala envuelto en su capa negra, me pareció el inquisidor algo inhumano y viscoso que pretendía terminar con la libertad y con la conciencia de nuestro mundo. Recordé lo que en Toledo había sucedido. Aquel ser era el verdugo enviado por el Infierno para establecer su reino en este mundo. Él era el culpable del crimen cometido contra mi familia y contra mi pueblo.

»Supe, de pronto, como si alguien hubiese iluminado mi conciencia, que debía emplear mi vida en luchar contra lo que aquel inquisidor representaba, aunque eso fuese la última cosa que pudiera hacer en la tierra. Era la síntesis de todo lo maligno, lo infame, lo perverso, como si en él se hubiesen concentrado esas sustancias.

»Manasseh era culto y prudente, sabía bien lo que ocurría a su alrededor. No se llamaba a engaño, pero el tenebroso discurso que acababa de escuchar, repleto de amenazas, era como una execrable maldición que nos atañía a todos. También sabía que aquella intimidación no era en vano y que sus horas en aquel monasterio estaban contadas. Salió caminando lentamente por la otra puerta, como si quisiera evitar un mal encuentro.

»Miré el locutorio vacío y pensé en la maldad humana. Luego escuché la insistente llamada a maitines. Otro nuevo día había comenzado en el monasterio, y mientras me dirigía a la capilla, supe que aquel sería el último.