Sospechas
Capítulo 9
9
Nací en esta ciudad. Bueno, en realidad Ámsterdam no es una ciudad de verdad, solo es una ciudad a los ojos de los forasteros. Nosotros, los que hemos nacido aquí, reconocemos inmediatamente, por cómo se mueve, por la manera de caminar, por la postura de la cabeza, quién es de provincias. El hombre de provincias cree que ha ido a parar a una ciudad de verdad. Se pasea como si estuviera en París o Roma, contempla su reflejo en los escaparates y se congratula por la decisión de haber cambiado una existencia provinciana por una vida en esta ciudad que no es una ciudad.
En este plan se sienta en las terrazas, come en los restaurantes (siempre, sin excepción, en los que no debería comer); en este plan va a museos, cines y teatros: como si se hubiese liberado del barro y del olor a estiércol de su pueblo natal, de las cadenas de una existencia innoble.
«¡No pienso volver jamás!», declara con firmeza. Pero un hombre de provincias en Ámsterdam es como un prisionero que se ha equivocado al cavar el túnel para escapar de la prisión y acaba saliendo al patio de la cárcel y no más allá de los muros. Ámsterdam es una ciudad de juguete, una piscina de bolas para adultos, un museo al aire libre donde se muestran oficios antiguos.
Para no complicarme la vida, podría decir que lo primero que delataba al concejal Van Hoogstraten era su acento. Pero eso sería demasiado fácil, sí. Al fin y al cabo, a mi esposa también la delataba enseguida su acento. Había gente que se ponía a hablar más fuerte cuando se lo oía, como si diesen por supuesto que también era sorda, o retrasada. El mismo volumen con el que los paramédicos de las ambulancias hablan con la gente mayor que se ha mareado en un cruce. «¿Me oye, señora? ¿Hola, señora? ¿Cuántos dedos ve?»
En todo caso, se hacía raro oír al concejal Van Hoogstraten diciendo algo sobre los amsterdameses en un discurso. Especialmente cuando se incluía a sí mismo entre los amsterdameses. Decía, por ejemplo, «nosotros los amsterdameses», pero su manera de pronunciar «amsterdameses» te hacía pensar en azadas, cerdos y botas altas en el barro. En el telediario no se cortaban a la hora de subtitular a gente con menos acento que él.
El concejal se comportaba como un niño pequeño que visita la gran ciudad por primera vez. Ya llevaba unos cinco años viviendo en Ámsterdam, pero todavía lo miraba todo con los ojos abiertos como platos. Seguía maravillándose con todos aquellos carteles luminosos, con la cantidad de motos; todavía se sobresaltaba cada vez que un tranvía chirriaba al doblar una esquina. Al mismo tiempo, se le notaba que estaba encantado consigo mismo, encantado de haber dejado atrás el patio de la granja y la fuente de la plaza del pueblo, y de haberse atrevido a sentarse en una terraza en pleno corazón de la gran ciudad.
¿Por qué tiene alguien una aventura? Por un calentón, por aburrimiento, porque se le presenta la ocasión. Taché enseguida el calentón. Incluso yo, que al fin y al cabo era un hombre, hombre y parte perjudicada, un hombre engañado, podía reunir suficiente objetividad para no ver al concejal como un objeto de deseo.
¿Qué tiene Maarten van Hoogstraten que yo no tenga? Solo un par de semanas atrás habría calificado de loco a cualquiera que hubiese dicho que me tendría que plantear esta pregunta.
Tal vez… No, seguro que me habría molestado menos que mi mujer hubiese empezado algo con una estrella de cine americana. Con Brad Pitt, o Ryan Gosling. ¡Matthew McConaughey! O alguien más cercano a su edad: George Clooney. O por lo que a mí respecta, diez o veinte años más mayor: Jack Nicholson, Clint Eastwood, Sean Connery. Esto habría sido digerible, porque todos esos hombres son claramente más atractivos que yo, a ojos de todo el mundo. Más glamurosos. En cierto sentido, la perjudicaría más a ella que a mí. «Es una trepa —diría la gente—, se ve que no le basta con ser la mujer de un alcalde».
Pero Maarten van Hoogstraten era un retroceso evidente, se mire como se mire. Menos atractivo que yo en la escala de atractivo masculino. En todos los sentidos, tanto en estatus como en aspecto.
Además, el concejal defendía todas las cosas a las que mi mujer tenía manía. Normalmente se burlaba de la gente como él, o hasta se les reía en la cara. Maarten van Hoogstraten estaba muy implicado en la defensa del medio ambiente. Creía sinceramente en el calentamiento de la Tierra. Llegaba al extremo de intentar no viajar mucho en avión. Si podía, se iba de vacaciones a lugares a los que fuese capaz de llegar en tren.
—Pero ¿qué te crees? —le pregunté una vez—. ¿Que las compañías aéreas van a cambiar algo porque saben que tú has dejado de ir en tal o cual vuelo? ¿Que dirán: «Quitemos ese vuelo porque Maarten van Hoogstraten va en tren»?
No le hizo ninguna gracia; intentó bromear para disimular. Fue poco después de la reunión del concejo que hacíamos todos los lunes, cuando varios de nosotros estábamos al lado de la mesa del café, pero yo vi enseguida que no le había sentado nada bien.
—Ya, pero si todo el mundo pensara como yo, se volaría mucho menos — dijo.
¿Desde cuándo soportaba mi mujer estar más de diez minutos en compañía de un hombre sin sentido del humor? La historia del conejo y los cables roídos no podía considerarse realmente humor, ¿no? Maarten van Hoogstraten era un ferviente partidario de los molinos eólicos. Quería cargarse el perfil urbano de Ámsterdam con aquellas aspas que giraban lentamente encima de unos palos. Era un plan inteligente de los urbanistas. Estaba tan blindado que no podías rebatirlo de cualquier manera. Nada de molinos eólicos en los barrios residenciales o cerca de edificios, todos en las afueras: a orillas del IJsselmeer, en Ámsterdam Norte, en el eje sur. Eso sí, el resultado sería que, cuando llegases a Ámsterdam, lo primero que verías serían los molinos. Con lo bien que nos iba con nuestro skyline. Un skyline en miniatura, eso sí, pero bueno. En mi opinión, ninguna ciudad que se tome en serio a sí misma puede estar rodeada de molinos eólicos.
Maarten van Hoogstraten creía en la carne ecológica; se complicaba la vida de mala manera para comprar toda su carne en una carnicería ecológica, todavía no sabía que el mito de la carne ecológica había caído hacía mucho tiempo. La carne ecológica apela directamente al sentimiento de culpa del carnívoro. Pero eso tenía un precio, claro.
¿Desde cuándo podía estar mi mujer más de diez minutos con un hombre que no usa desodorante porque es perjudicial para el medio ambiente? En concreto, para la famosa capa de ozono. No es que yo sea burro, sé perfectamente que los aerosoles dañan la capa de ozono, pero eso no tiene por qué significar que la gente de tu alrededor —en tu entorno— tenga que disfrutar de un olor de axilas que recuerda a agua estancada con ranas muertas. Seguramente usaba algo, un desodorante de barra o roll-on de la tienda naturista, un perfume a base de algas y pipas de girasol molidas, pero en todo caso algo cuyo efecto no duraba mucho. En la pausa del almuerzo, Maarten van Hoogstraten ya empezaba a apestar a sí mismo. El calentamiento de la Tierra había empezado por él.
Eso es lo que siempre me había resultado más molesto del concejal: se había venido de su poblacho a la gran ciudad, pero se había traído el campo consigo. Los molinos. Los cerditos ecológicos que chapoteaban alegremente en el barro. Su propio olor a estiércol.
El jueves pasado se alargó una reunión con algunos concejales, entre los cuales también estaba Van Hoogstraten, así que al acabar fuimos al Schiller a tomar una copa.
Es agotador ser siempre el centro de atención, estés donde estés. Ser el motor de todas las conversaciones. Seguro que esto suena arrogante, pero es tan solo mi realidad diaria. Lo he puesto a prueba suficientes veces como para saber que es verdad. Con compañías distintas, he cerrado la boca de repente, en un momento cualquiera. Primero la gente no se da cuenta y sigue hablando un ratito como si no pasara nada, pero la conversación se torna como un avión que se ha quedado sin combustible volando a gran altura. Los motores se detienen, el aparato empieza a caer, se precipitará al vacío sin remedio. La gente se mira, de vez en cuando alguien me echa un vistazo. Los silencios entre frases se alargan gradualmente. Entonces uno, el primero, se encoge de hombros, mira la pantalla de su teléfono y anuncia que no va a quedarse hasta muy tarde. Otro lanza una ojeada a su vaso medio vacío y toma un sorbo rápido. Un tercero finge tener frío y se sopla en las manos. Aunque lo cierto es que todos tienen frío de verdad. Se han calentado un rato con mi presencia, mis palabras; el motor que mantenía la conversación en marcha. Como si hubiesen estado alrededor de una fogata que se ha apagado sin que nadie se diera cuenta.
Una vez incluso hice la prueba definitiva. Una sola vez, porque normalmente me siento aliviado cuando la gente por fin me da por visto y va a entretenerse a otra parte. En la prueba definitiva, tomo un último sorbo de mi vaso. Miro a mi alrededor, como si buscase caras nuevas; los demás ya se han dado un poco la vuelta, solo tengo que contar hasta tres y se irán de verdad. Cuento hasta tres. Uno… dos… tres. Y entonces todavía digo algo. Un comentario tardío con el que nadie contaba.
—Una ciudad como Ámsterdam no debería tener molinos eólicos —digo.
Se paran todos, los que ya habían empezado a darse la vuelta retroceden. Tengo que esforzarme para no sonreír; lo veo ocurrir delante de mis ojos, las miradas esperanzadas que me dirigen. No dicen nada, solo miran.
—En las ciudades de verdad no hay molinos —añado, medio segundo antes de que el silencio pueda volverse doloroso. Pero ni siquiera esto último es cierto: no hay silencio doloroso en presencia de una personalidad fuerte como la mía. La personalidad fuerte puede alargar el silencio tanto tiempo como quiera, nadie se atreverá a romperlo. Chissst, no digas nada, debe de estar pensando.
Así es. Soy el motor de la conversación. De todas las conversaciones. Aquella vez en el Schiller también lo puse a prueba. En plena conversación, me callé. De repente no dije nada más, como mucho «sí» o «no» cuando alguien me preguntaba algo. Al cabo de un par de minutos ya habían empezado a mover sus sillas. También se acallaron las conversaciones que mantenían entre ellos. De vez en cuando alguien me miraba de reojo.
—¿Estás bien, Robert? —preguntó el más atrevido del grupo—. ¿Estás enfermo?
—No, estoy bien —dije—. ¿Qué iba a pasarme?
No se piden más rondas. Todos se ponen en pie de uno en uno, pagan su parte de la cuenta en la barra y se van, cada cual por su camino.
—Adiós.
—Adiós.
—¡Nos vemos!
—Hasta el lunes.
—¡Que te mejores!
Esto último salió de la boca del concejal Hawinkels, el mismo que acababa de preguntarme si me encontraba bien. Me los imaginé en la calle abriendo el candado de la bicicleta. El corrillo que formarían un momentito en la acera.
«¿Qué le ha pillado de repente?»
«¿Estará enfermo?»
«Bah, más vale no preocuparse demasiado, seguramente solo está cansado de toda la semana. Ya lo verás, el lunes volverá a ser el de siempre».
Pensé en el concejal Van Hoogstraten. ¿Parecería más preocupado que los demás? ¿Se estaría haciendo sus propias cábalas sobre mi comportamiento? «Quizá sospecha algo, y por eso está tan callado…» Ya en la bici, llamaría a mi mujer, o le enviaría un mensaje. «Tengo que hablar contigo cuanto antes. Creo que lo sabe. Que sabe lo nuestro». Bastaría con un par de segundos de distracción. La rueda de delante se le metería en el raíl del tranvía. Cuando el taxi que circulaba en sentido contrario se diese cuenta, ya sería demasiado tarde. En el funeral, mi esposa llevaría gafas de sol, pero yo por fin sabría la verdad. Una aventura extramatrimonial puede ocultarse mucho tiempo, pero la tristeza es muy difícil de esconder, rezuma por todas partes.
La noche antes, Sylvia y yo nos habíamos peleado. No fue una pelea insignificante: nosotros nos saltamos directamente la movilización gradual — amenazas al país vecino, movilización de los soldados en activo, llamada a filas de los reservistas— y en un abrir y cerrar de ojos estamos frente a frente, armados hasta los dientes. Ya no sabía cómo había empezado. Ni siquiera sabía exactamente de qué iba la pelea. Habíamos comido en el pequeño restaurante chino que tenemos cerca de casa, adonde vamos cuando no queremos encontrarnos a nadie. Siempre está medio vacío. Un par de comensales solitarios, alguna pareja mayor. Nadie que empiece a hablar más bajo y a darse codazos cuando entra el alcalde, ni gente que se saca el móvil del bolsillo y pregunta si puede hacerse una selfie con él. Mientras me comía la sopa wantán y Sylvia cortaba su siu mai en pedacitos —una costumbre que, según de qué humor esté ese día, me resulta molesta o enternecedora; en todo caso, nada que hubiese podido desencadenar una pelea—, no había nubes en el horizonte. Literalmente, ni una nube en el horizonte. Como la tarde antes de Pearl Harbor, la noche antes de la Guerra del Yom Kippur, o la mañana radiante y despejada del 11 de septiembre. No hubo movilizaciones ni se detectaron movimientos sospechosos de tropas. El factor común a todos fue el elemento de la sorpresa. Cuando los marines salieron corriendo de la caserna —la mayoría de ellos todavía en pijama, alguno con la navaja en la mano, la espuma de afeitar aún en la cara—, los grandes buques insignia de la flota estadounidense ya ardían en llamas o estaban en el fondo del mar. Ya no soy capaz de recordar qué ocurrió exactamente entre que nos recogieron el segundo plato —gambas con champiñones chinos para Sylvia, cha siu para mí: en los restaurantes chinos siempre pedimos lo mismo— y el momento de pagar. Un cambio de humor mínimo cuando volvíamos a casa a pie. Una fluctuación apenas perceptible en la atmósfera, como cuando se acerca una nevada o una tormenta. Una ligera presión detrás de los ojos: el presagio de una jaqueca intensa.
—¿A qué te referías exactamente con eso? —preguntó Sylvia mordaz.
Quizá era algo sobre Diana. Nada sobre el nuevo novio, porque a Sylvia le caía bien; debía de ser algo relacionado con la escuela, o con la cantidad de alcohol que bebe los fines de semana. En eso mi esposa y yo somos de pareceres distintos. Yo soy más laxo en ambos ámbitos. Así que quizá se trataba de nuestra hija, o quizá no, da igual. El hecho es que al cruzar la Rembrandtplein ya no nos esforzábamos por contener la voz. En aquel momento, además, caminábamos a más de tres metros el uno del otro. De vez en cuando, mi esposa intentaba apretar el paso y adelantarme, pero entonces yo también aceleraba y la volvía a alcanzar. Una vez lo probé yo. Di unas zancadas tan largas que en pocos segundos ya la había dejado veinte metros atrás. Pero al volver la cabeza lo más discretamente que pude, solo hasta llegar a verla de reojo, me di cuenta de que no había hecho el intento de ponerse a mi altura.
—¡Vete, cobarde! —gritó en ese momento—. ¡Vete y ya está! Siempre haces lo mismo cuando las cosas se complican demasiado: irte.
Me detuve. Di media vuelta, hundí las manos en los bolsillos del chubasquero y cerré los puños. Un par de transeúntes también se habían parado. Un taxi que venía de Reguliersdwarsstraat redujo la marcha, el conductor bajó la ventanilla y dijo algo a mi mujer.
—¡Largo! —gritó ella—. ¡No te metas donde no te llaman!
Me pregunté en qué medida la gente nos había reconocido. Cualquiera habría podido sacar el móvil y grabarnos, y después vender el vídeo por un dineral a RTL Boulevard o De Telegraaf.
Hace años, una noche cenamos en el restaurante Sluizer, en la Utrechtsestraat. En un momento dado noté, sin previo aviso, que la sangre se me iba de la cabeza. Dije a mi mujer que salía un rato porque de lo contrario tenía miedo de no llegar siquiera al baño y vomitar sobre nuestra mesa. Me abrí paso entre las mesitas. Las conversaciones se detuvieron, las cabezas se dieron la vuelta con discreción. Seguramente caminé demasiado deprisa, pienso ahora. Además, a pesar del mareo repentino y de la sensación de vértigo, me había levantado demasiado rápido. Fuera, al aire libre, me recuperé enseguida. Me dirigí al puente que cruza el Keizersgracht, me desabroché la chaqueta y apreté el vientre contra el metal frío de la barandilla. Inspiré profundamente un par de veces mientras miraba hacia abajo, a unos patos que flotaban por allí, al lado de una lancha medio hundida, y al cabo de unos diez minutos volví al restaurante.
Todo empezó menos de una semana más tarde, durante una cena. Un buen amigo me preguntó si iban bien las cosas entre nosotros. «Como pareja», aclaró, mirando a su alrededor y bajando la voz. Entre mi esposa y yo, en nuestra relación. En nuestro matrimonio. Había oído algo, quizá no había nada de cierto, tal vez eran solo rumores, pero le había parecido mejor preguntármelo a mí en primer lugar. Dos días más tarde volvió a ocurrir. Una recepción en el hotel Hilton. Un amigo de un amigo, en realidad apenas un conocido.
—¿Va todo bien? —preguntó el conocido impertinente—. ¿Entre tu mujer y tú? No, es solo que había oído algo. Algo sobre una pelea en un restaurante.
Mientras tanto ya casi habíamos llegado a casa y volvíamos a caminar uno al lado del otro, aunque fuese con más de un metro y medio de separación. En silencio. Yo todavía con las manos en los bolsillos del chubasquero; Sylvia, adrede o no —acababa de empezar a llover—, con el paraguas abierto sobre la cabeza de modo que le cubría la cara.
Delante de la puerta todavía rezongamos durante un rato. Metí la llave en la cerradura. Mi mujer hizo un último comentario sobre mi testarudez, sobre que nunca era capaz de admitir que me había equivocado, o alguna cosa por el estilo. Estábamos en el recibidor. Encendí la luz. Sylvia cerró el paraguas. Ahí en el recibidor, de repente tuve la sensación de que nuestra pelea era cosa del pasado, como una tormenta marítima que pierde fuerza al tocar tierra.
—No es verdad —dije—. No es verdad que nunca reconozca mis errores.
—¡Lo ves! —dijo mi mujer.
Entonces nos reímos los dos. Y todavía con las chaquetas puestas, nos fundimos en un abrazo que empezó torpe, pero se volvió cada vez más seguro.
—¿Por qué nos estábamos peleando? —preguntó Sylvia.
A través de la tela de mi chubasquero, noté que sus dedos me masajeaban la espalda.
—Ni idea —dije yo, e intenté también hacer algo con los dedos, pero su chaqueta era demasiado gruesa, así que la estreché todavía con más fuerza.
Era cierto: ya no tenía ni idea. El origen y desarrollo posterior de nuestra discusión ya se estaban desvaneciendo, y mientras subía la escalera detrás de ella, no pude reprimir una sonrisa.
¿Qué podía significar esa pelea si no era que todavía nos queríamos? Mejor dicho, que mi esposa todavía me quería. Las únicas parejas que nunca se pelean son las indiferentes: esas como mucho suspiran profundamente, o ponen los ojos en blanco cuando el otro toma la palabra.