Sospechas

Herman Koch · Capítulo 13 de 30

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Sospechas

Segunda parte

13

A mediados de los años ochenta, Bernhard, mi mejor amigo, y yo hicimos un viaje por una serie de países que no mencionaré aquí. Baste decir que estaban al sur, este y sudeste de Bélgica; más allá de París, en todo caso. Uno de esos países era el país de origen de mi mujer.

No quiero aburrir a nadie con un exceso de información autobiográfica, lo que se podría describir como «carrera política», aunque en aquel momento concreto de mi vida apenas se podía hablar de carrera. Si a alguien le interesa, lo encontrará todo en mi página de Wikipedia. Presidente de la asociación de estudiantes, militancia en el partido, concejal, secretario municipal, alcalde. En la página de Wikipedia también consta la nacionalidad de mi mujer, por cierto. Su nombre, su verdadero nombre, está mal escrito, hay una e donde debería haber una a. La primera vez que lo vi me propuse cambiarlo —es decir, pedir que lo cambiaran—, pero la cosa no pasó de ahí. De hecho, hasta hoy ni siquiera me había vuelto a acordar. ¿Cuántas veces en la vida miras tu propia página en Wikipedia?

Por aquel entonces, Bernhard Langer ya era el físico y astrónomo de los Países Bajos más brillante de su generación. En su campo de estudio — agujeros negros, el Big Bang, la expansión constante del universo—, el único que podía hacerle sombra era Stephen Hawking. Aunque entre ellos no había mala sombra alguna: Bernhard mantenía una buena amistad con Hawking, diez años más mayor; se visitaban con frecuencia, y en las publicaciones científicas se los mencionaba a menudo de un tirón. A sus treinta y dos años, Bernhard podría haberse convertido en el rector magnificus más joven de la Universidad Técnica de Delft, pero eligió la aventura y aceptó una cátedra en Estados Unidos, primero en Princeton, después en Harvard.

Partimos un sábado de julio sin un plan determinado. Por un momento incluso nos habíamos planteado dirigirnos al norte: en Holanda hacía un calor tan asfixiante que nos daba miedo pensar en la temperatura que nos esperaría en nuestro destino de viaje, situado al sur y al este. Pero no teníamos ganas de ver aburridos bosques escandinavos en países donde la comida era mala y el alcohol se vendía a precio de oro.

Nuestro país de origen nos granjeaba ciertas ventajas de las que no gozaríamos en el norte. Cuanto más al sur fuésemos, más sobresaldríamos respecto a la población local. Cuando entrábamos en un bar o un restaurante, todas las cabezas se volvían hacia nosotros. Ambos éramos rubios, Bernhard incluso un poco más que yo: a la una de la tarde, si tenía el sol justo encima de la cabeza, casi te dolía en los ojos. Éramos conscientes de las miradas (¡todas!) que nos seguían hasta que nos dejábamos caer sobre las sillas. Era una zona que en esa época visitaban pocos turistas. Una zona que, sin desvelar demasiado, llamaré «el interior». El caluroso interior: la guía de viaje incluso desaconsejaba visitar esa parte del país los meses de julio y agosto. Pero esto no lo leí hasta más adelante, cuando ya había conocido a Sylvia, y de repente me pareció que la guía de viaje estaba cargada de significado.

De nuevo en Ámsterdam, cuando hundía la nariz entre sus páginas, era como si la oliese a ella. Lavanda. Todo un prado morado, lleno. Las flores de lavanda no se movían, no soplaba viento, si acaso el calor las hacía vibrar un poco. Abejas, abejorros y otros insectos con abdómenes grandes a rayas rojas y negras que en Holanda no teníamos, y por tanto cuyos nombres desconocía, zumbaban de flor en flor.

No me molesta admitir que Bernhard era el más atractivo de nosotros dos. Unos diez centímetros más alto que yo, pero también más musculoso, y sobre todo más ancho de espaldas, enseguida tomaba la iniciativa en bares y pistas de baile bañadas de luz azul oscuro y con bolas de discoteca girando. Él siempre iba lo más directo posible a su presa, mientras que yo siempre he sido más bien de quedarme a la expectativa. Desde su gran altura, inclinaba la cabeza hacia la chica que había elegido como objetivo y le susurraba algo al oído. No le daba vergüenza presentarse con los peores clichés del mundo. Clichés que yo nunca sería capaz de llevarme a los labios, pero que a él le funcionaban. Las chicas soñaban con un Bernhard y alzaban la mirada, y después, simplemente porque estaba a su lado, también me miraban a mí.

«Más vale tarde que nunca», decía él en holandés, y me guiñaba el ojo. ¡Y a continuación se lo repetía en inglés a las chicas! Ellas, en lugar de darse la vuelta, soltaban risillas y se nos acercaban todavía más. Un día de la segunda semana de nuestro viaje por el interior, estábamos pasando la tarde sentados en el césped de la piscina de nuestro hotel con tres chicas, cuando de repente Bernhard empezó a palparse los inexistentes bolsillos de su bañador y acto seguido se puso a hurgar debajo de la toalla.

—¿Qué buscas? —preguntó la chica que yo tenía más cerca; quizá no la más guapa, pero sí la chica con la que tal vez acabaría yo.

—Una sonrisa —respondió Bernhard, y cuando la chica efectivamente sonrió, añadió la coletilla—: Pero ya la he encontrado.

—Creo que a la bajita le gustas —me decía, otra vez en neerlandés, dándose la vuelta hacia mí. O bien—: La morena te está mirando todo el rato, Robert. Estás loco si no vas a por ella.

«La bajita» o «la morena» era siempre, sin excepción, la menos atractiva de las dos (o tres, o cuatro) chicas que se hubieran acercado a nosotros, levantando sus miradas esperanzadas, anhelantes, sobre todo hacia Bernhard: la segunda opción, la segunda opción de Bernhard, la chica a quien se saca a bailar en último lugar. Él ya había puesto las miras en el premio gordo, la Miss Universo local, el tipo de chica que quedaba fuera de mi alcance.

Las segundas opciones no eran feas, ni mucho menos; como mucho, algo más corrientes que la amiga deslumbrante. Si no las comparabas con la Miss Universo, en realidad no tenían nada de malo. Eran chicas que no tenían de qué avergonzarse. Todas eran bajitas y todas eran morenas. «La bajita» o «la morena» era, quizá, solo medio centímetro más bajita y un tono, apenas perceptible a simple vista, más morena que la primera opción.

En resumen: para mí no había problema con esta situación y este reparto de papeles, podía vivir perfectamente con ello. La felicidad, me decía entonces, y todavía lo hago —o quizá, en lugar de felicidad, debería decir satisfacción—, está estrechamente vinculada a la aceptación de la realidad que te ha tocado. De tu propio cuerpo. De tu constitución. En cuanto al cuerpo, hay mucho que hacer. Puedes adelgazar si crees que estás gordo, puedes hacer pesas si te avergüenza que se te noten tanto las costillas. Pero respecto a la cara, poco se puede hacer. La cabeza hace lo que quiere. Se queda calva cuando le da la gana. La cara engorda, envejece y se llena de manchas de un modo que no habrías pensado que fuese posible. Lo ve todo el mundo, empezando por ti. No puedes esconder la cabeza bajo una camiseta o un jersey; está siempre a la vista, a cualquier hora del día o la noche. Te mira desde el espejo. «Esto es lo que hay —te dice sin parpadear—. Vas a tener que conformarte».

Como ya he dicho, yo estaba conforme con mi cara. Sabía a qué categoría pertenecía. En nuestro país, ni Bernhard ni yo éramos más altos ni más rubios que la media. O dicho de otro modo: en Holanda había muchos como nosotros, cualquiera podía elegir a un ejemplar mejor sin problemas. Y ahí no estábamos en una ciudad costera ni en otro lugar turístico, estábamos —y tengo que hacer hincapié en este punto— en el interior. No teníamos competencia, ni de compatriotas ni de otros dioses rubios del norte.

Una noche —ya eran casi las doce— de la tercera semana del viaje, yo estaba en la cama de nuestra habitación con dolor de cabeza cuando Bernhard me propuso dar una última vuelta por la ciudad. Era una ciudad pequeña sin nada especial. Gemí suavemente.

—¿No podemos quedarnos? En esta ciudad no hay nada interesante.

Según habíamos podido comprobar esa misma tarde, solo había tres restaurantes y cuatro o cinco bares, así que a la mañana siguiente seguiríamos el viaje hacia la capital.

—Vamos, Robert, no seas tan perezoso.

No recuerdo si después aun dijo lo de «Solo se vive una vez», o si se limitó a repetir por enésima vez su lema favorito: «Más vale tarde que nunca». Tampoco sé por qué al final acabé levantándome y yendo al baño para meter la cabeza debajo del grifo. Seguramente, por la sensación de que de lo contrario estaría perdiéndome algo: en aquella época, esa sensación me acompañaba veinticuatro horas al día. Una gran diferencia con ahora. Quizá es la principal ventaja de hacerse mayor: ya no me da miedo perderme las cosas. Sé que no me perderé nada.

Eché un último vistazo a mi cara en el espejo. Me dolía la cabeza, notaba palpitaciones suaves detrás de los ojos. Me retiré el pelo hacia atrás e intenté aplastarlo al máximo contra el cráneo, pero sabía que era un esfuerzo inútil: a nadie le apetecería esa cara. Si a mí ya no me apetecía mucho, imagínate a los demás.

Llegamos a una plaza vacía por la que ya habíamos pasado aquella tarde. Delante de un bar había tres mesitas y unas cinco sillas de plástico, todas libres.

—No sé —dije como respuesta a la mirada interrogativa de Bernhard—. ¿Miramos un poco más lejos?

Bernhard se tanteó los bolsillos.

—Voy a por cigarrillos, al menos —dijo—. ¿Me esperas aquí?

Al otro lado de la calle, en diagonal, también había un par de sillas y mesas de plástico vacías.

—Voy tirando hacia allí —dije—. Si tampoco vale la pena, quizá sería mejor tomar una copa en el mismo bar del hotel.

Me dirigí despacio al otro lado. Detrás de una ventana polvorienta brillaba una luz amarilla sucia, pero no se veía si había gente dentro.

Me quedé entre las mesas con las manos en los bolsillos y, sin dirigirme a nadie en particular, intenté adoptar la postura de «Estoy esperando a un amigo, ha ido un momento a por cigarrillos». Justo entonces la puerta del bar se abrió y salieron dos chicas. Como suele pasar cuando dos chicas salen juntas por la noche, una era más guapa que la otra. Sería exagerado decir que la otra era fea, no, ni mucho menos, si acaso algo más corriente; una chica sin nada especial, se me ocurrió de repente: la que habría estado destinada para mí si Bernhard y yo hubiésemos estado los dos juntos ahí delante del bar.

Pero solo estaba yo. Me di cuenta de que en primera instancia había mirado un poco más a la chica más corriente, y solo después había dirigido la mirada a la chica que en circunstancias normales se habría quedado Bernhard.

Ellas estaban charlando, pero al verme se pararon y sonrieron al holandés alto y rubio que estaba entre las mesas vacías con las manos en los bolsillos.

—Hello —dijo la más guapa, la más atrevida, la que tenía más autoestima de las dos. Ladeó un poco la cabeza y su media melena de rizos negros se separó de su rostro por un lado; al otro lado, un tirabuzón le cayó sobre el ojo, un tirabuzón que ella se puso detrás de la oreja con un movimiento ágil de los dedos—. Are you lost?

Durante medio segundo intenté pensar alguna respuesta aguda, pero era inútil. Estaba perdido. Había mirado en sus pupilas negras, rodeadas de un blanco reluciente, mientras ella abría los ojos con curiosidad. «¿Eres tú?», quise preguntarle. Era lo único que sabía en ese momento: que era ella. «Para siempre —entendí de pronto—. Después de esto, nunca va a haber otra».

Entonces noté una mano en mi hombro.

—Vaya, vaya —me dijo Bernhard al oído—. No puedo dejarte solo ni un minuto. Qué, ¿no vas a presentarme a tus nuevas amigas? —Y luego lo dijo, bueno, lo susurró, aunque en realidad no había motivo para susurrar—: ¿Me dejas que te felicite, Robert? Es verdad lo que dicen: más vale tarde que nunca.