Sospechas

Herman Koch · Capítulo 15 de 30

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Sospechas

Capítulo 15

15

Aquel viernes por la noche, me descubrí prestando más atención de lo acostumbrado. A Bernhard y a Sylvia. Todos aquellos años me había creído a pies juntillas en esa versión cinematográfica con final feliz en la que Bernhard no era el tipo de Sylvia y ella me elegía sin pensárselo dos veces. Quizá yo era la casa sin chimenea, la casa con las vistas relativamente corrientes, pero también la casa en la que ella se sentía más cómoda. Mientras tanto había aparecido en escena el concejal Van Hoogstraten. Un simple pisito en un bloque, la sala de estar daba a una pared ciega. ¿Era él el tipo de alguien? ¿Por qué iba a querer Sylvia trasladarse a una casa más pequeña de repente? ¿A un piso en un suburbio?

Hablamos de las cosas de siempre. De los hijos —Bernhard tiene cuatro de sus dos matrimonios anteriores, y un niño de cinco años con Christine—, de vivir en Estados Unidos, en Boston, de la política norteamericana, del presidente Obama y de la guerra civil en Siria. Sylvia había hecho su estofado de siempre, un éxito infalible de su tierra, y durante el postre —un pastel de caramelo horneado, con una corteza fina y crujiente— salió el tema de Ámsterdam.

—Lo que más nos llama la atención al pasear por la ciudad después de un año en Boston es que haya tantísimos extranjeros —dijo Christine.

Se hizo un breve silencio. Bernhard no parecía haberse enterado de nada y solo asintió para apoyar a su mujer, pero en el rostro de Sylvia había aparecido una amplia sonrisa.

—Dios mío, ¡no quería decir eso, claro! —exclamó Christine, y dejó la cucharilla en el flan y agarró la mano de Sylvia—. Lo tuyo… es distinto. Además, ¿cuánto tiempo llevas aquí? No, me refiero a las hordas de turistas extranjeros. Hace diez años no era así. Ni hace cinco. Ahora hay calles… ¡Como la Damstraat! Ayer pasamos por ahí, apenas se oye una palabra en neerlandés. Y en los canales también es horroroso. La cola para visitar el Rijksmuseum… La de la Casa de Ana Frank daba la vuelta a la iglesia Westerkerk. Tú hasta hiciste el cálculo, Bernhard —añadió, dirigiéndose a su marido—. ¿Cuánto duraba la cola?

—Uy, fue solo un cálculo a ojo —dijo él—. Pero tres horas y media, seguro. Hay que tener muchas ganas.

—¿Tú cómo lo ves, Robert? —preguntó Christine—. Me imagino que como alcalde debes de alegrarte por la ciudad, por el dinero que trae toda esa gente. Pero ¿qué opinas realmente? Tú tampoco querrás que Ámsterdam se convierta en una especie de Venecia, donde los habitantes autóctonos se largan en masa y los que quedan trabajan en la industria turística, ¿no?

Iba a responder cuando oí la llave en la cerradura de la puerta principal, y poco después Diana y su novio entraron en el comedor. Mientras Bernhard y Christine se levantaban para abrazarla y besarla en las mejillas, intenté con todas mis fuerzas acordarme del nombre del chico. Pero no me salió. En realidad tampoco tenía tanta importancia, porque aquí habría tenido que darle otro nombre, como a mi mujer. Solo con oír el nombre del novio de mi hija, todo el mundo entendería enseguida de qué tipo de persona se trata. Su trasfondo cultural también tiene vinculados ciertos prejuicios, como partículas de polvo a una prenda con electricidad estática. «Eso explica muchas cosas»: la gente quizá no se atrevería a decirlo en voz alta, pero seguro que lo pensaría al leer una noticia sobre un tiroteo o una puñalada en los que estuviesen implicadas personas de esa cultura.

—Diana, ¡qué guapa estás! —exclamó Christine mientras la abrazaba—. Y ¡qué mayor! Ay, perdona, he sonado como una tía abuela.

—¿Y tú eres…? —Bernhard había tendido la mano al chico y me miraba inquisitivamente.

—Te presento a… —empecé yo, pero por suerte el novio de Diana dijo su propio nombre, y yo me hice el firme propósito de no volver a olvidarlo.

—Mucho gusto, señor —dijo el chico.

—¿Queréis un poco del delicioso postre que he preparado? —preguntó Sylvia.

—No, gracias, mamá —dijo Diana—. Vamos a subir a ver el final de True Detective.

—Hasta la vista, señor, señora —dijo el chico aun antes de desaparecer escaleras arriba—. Encantado de haberlos conocido. —Miró a mi mujer—: Sylvia. Señor.

Esto último iba dirigido a mí.

—Se ha convertido en una chica guapísima —comentó Bernhard cuando Diana y el chico se hubieron ido—. Bueno, en realidad ya no es ninguna chica, es toda una mujercita.

El matiz no se me escapó. Bernhard siempre hablaba de mujeres guapas o feas, para él no había otra distinción posible. «Simpática» no constaba en su vocabulario.

Yo era un padre orgulloso, por supuesto. Después de Sylvia, no, junto con Sylvia, Diana era la mujer más bonita de mi entorno directo. Tenía los ojos de su madre, el mismo brillo oscuro y profundo en los cabellos negros. Negros como ala de cuervo; si se puede decir algo así, es para describir el color de cabello de mi mujer y mi hija. No era como para ser modelo, eso no, el padre orgulloso también lo veía. En el idioma nativo de mi mujer hay un adjetivo más que en el nuestro para definir el atractivo de alguien. La escala comparativa de atractivo empieza por asqueroso, repulsivo, feo, y pasa por majo —como en «qué chica tan maja»— para ir subiendo a atractiva, bonita, guapa, irresistible… ¿Y qué más? Deslumbrante, quizá.

Pues en el idioma de mi mujer, además de bonita, atractiva y fea, para limitarnos a las tres categorías principales, hay otra palabra que se traduce como «atractivo» pero tiene un sentido distinto al que tiene en nuestro idioma. «Atractivo», en nuestro idioma, solo significa una cosa: a saber, que alguien quizá no sea un modelo deslumbrante, pero aun así tiene buen aspecto. Nos dice algo del exterior. Para nosotros, «atractivo» solo se refiere al aspecto de alguien; en el idioma de mi mujer, sobre todo al carácter. En otras palabras: alguien puede tener una nariz demasiado grande que destruye el equilibrio de toda la cara, una hilera de dientes salidos y unas encías enormes, una piel deslucida por manchas, pelos o eccema, un cuerpo al que le sobran veinte kilos, y a pesar de todas estas lacras, ser extraordinariamente atractivo. En primer lugar, quizá debido a alguna característica externa: una sonrisa irresistible que nos hace olvidar los dientes y las encías, una caída de ojos que nos obliga a mirarlos desde el primer momento y dejar en segundo plano la cara que los rodea, una voz con un timbre tan profundo que todas nuestras fibras vibran con su sonido, una voz que nos toca en lo más hondo, que por la noche, en la cama, nos transporta a un país más allá del horizonte en el cual querríamos quedarnos a vivir el resto de nuestros días.

«Atractivo», en el idioma de mi mujer, se sobrepone a muchas cosas: una pierna algo más delgada y corta que la otra, o incluso una pierna que se termina debajo de la rodilla; falta de dedos, o un pulgar tan deformado que parece la garra de un animal muy distinto al ser humano; ausencia casi total de vello corporal en un hombre, pechos casi planos en el caso de las mujeres.

—Sí, está maja, ¿no? —dijo Sylvia, la madre orgullosa que yo sabía que estaba utilizando «maja» en el sentido de «atractiva», atractiva en el sentido que tenía en su idioma.

—Ahora me apetecería… —empezó Bernhard, y se sacó un paquete de Marlboro Lights y un encendedor—. Pero no sé si aquí…

—Por favor, ¡sal a fumar al jardín! —exclamó Christine antes de que Sylvia o yo pudiésemos decir algo. Bernhard me miró un momentito, un poco como cuando a un niño se le cae un vaso y se le rompe.

—Estoy embarazada —dijo Christine. Se hizo un silencio de unos segundos, un silencio que solo interrumpió Sylvia al dejar la cucharilla en el plato—. De gemelos.