Sospechas
Capítulo 2
2
Fue en la recepción de Año Nuevo, el jueves 16 de enero. «¿Por qué tan entrado el año?», pregunté la primera vez tras mi nombramiento, y también un par de veces después. ¿Por qué tan entrado el año, cuando todo el mundo por fin puede respirar aliviado porque las fiestas de Año Nuevo no volverán hasta el año que viene? La respuesta exacta se me ha olvidado. Algo sobre la tradición. «Las cosas son como son», recuerdo que respondió vagamente el secretario judicial (el ex secretario judicial; una de nuestras primeras tareas de aquel nuevo año fue buscarle un sustituto adecuado). Lo dijo encogiéndose de hombros, pero en la mirada le leí otra cosa. «Porque sí», decían sus ojos, como si hablara con un niño que quisiera saber por qué tiene que subir a comer en lugar de quedarse cinco minutitos más jugando en la calle.
Estaba todo el mundo. Del «triángulo» —así llamamos al triunvirato que formamos el comisario en jefe de la policía, el fiscal jefe y yo—, al principio solo vi al fiscal. Estaba al lado de la mesa de los aperitivos, metiéndose un puñado de cacahuetes o frutos secos en la boca. En la mesa había tablas con taquitos de queso y cuencos llenos de trocitos de arenque a los que habían clavado banderitas de color rojo, blanco y azul.
Según pude constatar de un vistazo, estaban todos los secretarios del ayuntamiento, así como la mayoría de los concejales. También había varios representantes del sector empresarial, gente del mundo del arte y el presidente del Ajax. Seguro que tarde o temprano iba a sacar el tema del homenaje. El de la temporada anterior, para ser exactos, que por tercera vez consecutiva se había celebrado en un solar cercano al estadio Amsterdam Arena, un terreno medio escondido entre el Heineken Music Hall y el bloque de oficinas del Deutsche Bank. Un lugar inhóspito y ventoso. El aire proveniente del Arena Boulevard desemboca ahí; la torre y el estadio hacen el resto. Los días de calma, remolinos y minitornados campan por el terreno a sus anchas. Arena, periódicos, bandejitas vacías de patatas fritas y cajitas de hamburguesa salen volando y revolotean sin parar hasta que el viento empieza a aburrirse y las suelta a un par de centenares de metros de distancia, a menudo sobre las cabezas de los clientes de Mediamarkt, Decathlon y Perry Sport.
Me abuchearon. Con toda la razón del mundo. Entendí que había cometido un irremediable error de cálculo, que me había dejado convencer con demasiada facilidad por los argumentos de los otros dos miembros del triángulo. La ciudad. El centro. Los riesgos de seguridad. Pero el homenaje a un club de fútbol que acaba de conseguir el título nacional tiene que celebrarse en el centro, sin duda. En el balcón del Stadsschouwburg, el teatro municipal, en Leidseplein; jugadores y entrenador levantan uno por uno el trofeo ante los aficionados que los vitorean. Sin embargo, en los últimos años estas celebraciones siempre habían derivado en disturbios: desperfectos en paradas de tranvía y autobús, escaparates rotos porque les habían tirado macetas. Saqueos. Grupos de hinchas borrachos y drogados encaramados a los postes eléctricos. Y finalmente, como colofón —como en una peli del Oeste, cuando llega la caballería al fuerte sitiado por los indios—, las cargas de la policía montada. Se habían producido «situaciones que entrañan un peligro mortal», como destacaron los periódicos al día siguiente citando al comisario jefe. Y las cosas aún habrían podido salirse de madre mucho más. Heridos graves. Quizá algún muerto.
Por eso lo del solar de los remolinos. Ahí había poco que destruir. Un puñado de escuadrones antidisturbios podía cortar fácilmente el Arena Boulevard, con sus atractivos escaparates; en la ciudad, con tantas calles y callejuelas estrechas, era bastante más difícil. Pero la verdad es que la imagen que ofrecía era penosa, a pesar de las bengalas rojas y el humo, y Three Little Birds de Bob Marley perdiéndose sin remedio entre los edificios altos. Sobre todo por la noche, cuando volví a ver las imágenes en las noticias, imágenes que darían la vuelta al mundo. El Ajax quizá ya no fuera esa gran potencia que había dominado el fútbol europeo en los años setenta y a mediados de los noventa, pero todavía era un nombre legendario que se mencionaba con respeto. Ese día, todo el mundo vio al mejor club de fútbol de los Países Bajos celebrando el título en un aparcamiento miserable.
Mi mujer siempre me acompaña a la recepción de Año Nuevo, aunque lo odia; de hecho, odia todos los actos oficiales. Sylvia nunca ha querido ser «la mujer de», la mujer en la sombra; prefiere vivir su propia vida, y en la medida de lo posible, intentamos limitar al máximo sus apariciones públicas. Pero la recepción de Año Nuevo es una excepción. Sabe que me aburro soberanamente en este tipo de celebraciones. Es más fuerte que yo. La copa en la mano. Los cuencos con cacahuetes. Tanta charla vacía. Seguro que se me nota a la legua que preferiría largarme cuanto antes.
—Si quieres que vaya, me lo dices —se ofrece Sylvia siempre—. Si de verdad quieres que vaya, lo haré. Por ti.
Así es como nos hemos repartido los papeles. Es nuestro pacto. Si pongo cara de pena y la miro con ojitos de súplica fingida que solo utilizo en casos de emergencia, lo pilla enseguida. Nunca hace falta que le diga nada.
—Vale, vale —contesta—. Te acompaño. ¿Qué me pongo?
De jefes de Estado extranjeros, inauguraciones de estaciones de metro, despedidas de directores de museos o septuagésimos cumpleaños de directores de orquesta, me ocupo solo sin problema. Los jefes de Estado suelen llegarme con un aire un poco perdido, pues ya llevan medio día en La Haya en compañía de nuestro primer ministro. Después de ese medio día, al jefe de Estado que nos visita y al primer ministro claramente se les ha acabado la conversación. El aburrimiento flota en el ambiente como un gas inodoro pero letal. Me dan pena esos jefes de Estado. Yo también he tenido que pasar alguna vez medio día con el primer ministro. No, ni medio día, máximo un par de horas; durante una cena, un paseo en barco por los canales, el estreno de alguna película. Metes algo, y siempre sale algo, pero casi nunca algo que te sirva. Hay gente así: hablas con ellos y te contestan enseguida, quizá demasiado rápido, sin tomarse el tiempo para pensar. No sé, quizá les da miedo el silencio, e incluso un silencio de medio segundo les parece una eternidad. En todo caso, no soy el único: al cabo de un par de horas con nuestro primer ministro, el jefe de Estado extranjero al que acompaña también empieza a buscar a otra persona, aire fresco.
Antes de seguir, debo decir algo sobre mí mismo. Algo que sin más explicación podría considerarse pura vanidad, pero que no lo es en absoluto. Intentaré ceñirme a los hechos. Es un hecho, por ejemplo, que conmigo nunca se aburre nadie. Veo que los jefes de Estado miran vacilantes a su alrededor; todavía están junto al primer ministro y el ministro de Asuntos Exteriores, pero quieren irse, ya no escuchan, se dedican principalmente a mirar al infinito. Quizá preferirían tumbarse un momento o, como eso es imposible, tomarse un vodka doble de un trago y fumarse un cigarrillo en el balcón. Solo tengo que esperar a que esos ojos vacilantes que miran al infinito se posen en mí, y tarde o temprano ocurre, no falla. Es algo que transmito sin hacer nada, se me lee en la cara como en un libro abierto: que yo esto ya lo doy por visto también, que me estoy aburriendo soberanamente, tanto como ellos.
Entonces se desembarazan de su compañía y se acercan a mí.
—Alcalde… —empiezan.
Mi nombre ya se les ha olvidado, claro, eso no se les puede reprochar.
—Robert —digo yo, y señalo con la cabeza las puertas del balcón, en la parte trasera de la sala—. ¿Un cigarrillo?
Hace veinte años que dejé de fumar, pero siempre llevo un paquete y un mechero para emergencias.
De camino al balcón, hago señas a uno de los camareros que se pasean por allí con bandejas llenas de copas de vino tinto y blanco, agua y zumo de naranja.
—¿A usted también le apetece otra cosa? —pregunto al jefe de Estado—. ¿Vodka, whisky? ¿Un coñac, quizá? Para mí, un vodka doble —digo al camarero, para predicar con el ejemplo—. Del congelador, si puede ser. Si no, con hielo. Estaremos ahí, en el balcón.
No, para las visitas oficiales de presidentes, primeros ministros, alcaldes y realeza de otros países me las arreglo sin la presencia de mi esposa. Muy de vez en cuando hago una excepción: cuando ella misma me hace saber que le encantaría acompañarme. Cuando vino Barack Obama, por ejemplo.
—Tienes que prometerme que me llevarás si viene Obama —me había dicho.
—¿Y eso? —inquirí, mera pregunta retórica, porque en realidad ya sabía la respuesta.
—Es tan solo que es un hombre de buen ver, cariño —dijo—. Para cualquier mujer, es un hombre de buen ver.
—¿Como George Clooney? —pregunté.
—Como George Clooney —respondió mi mujer—, aunque no me imagino a Obama protagonizando un anuncio de Nespresso.
En todo caso, siempre quiero tener a Sylvia a mi lado si alguien de nuestra Casa Real visita Ámsterdam. No sé por qué, pero me quedo literalmente sin palabras ante esa familia cuyos miembros tragan vino a raudales, se hinchan a cerveza y fuman como carreteros. Respiro de forma audible. Me pica algo en un punto que en ese momento no puedo rascarme. Una picada de mosquito debajo de la escayola. Empiezo a transpirar, manchas de sudor me calan la camisa, y ser consciente de ello solo me sirve para sudar aún más intensamente. Voy al baño, me desabrocho la camisa, y en la medida de lo posible me seco el pecho, las axilas y la barriga con pañuelos de papel. Intento tardar lo máximo posible en volver, me encierro en el cubículo del retrete y reviso las noticias de la aplicación de teletexto en mi iPhone sin enterarme de nada de lo que leo. Susurro para mí mismo, «Dios mío, que se acabe este día», o algo por el estilo.
A veces pasa lo mismo con una película: a los diez minutos ya sabes que no va a valer la pena, que tendrías que irte, pero te quedas un poco más de todos modos. A lo mejor después mejora, te dices para tus adentros, aunque todas las fibras de tu cuerpo ya se han tensado para la fuga inminente.
Con Sylvia a mi lado, aún se puede aguantar. Es buena conversadora. A todos sus compatriotas se les da bien charlar, les resulta tan natural como respirar. Pregunta a la princesa, ahora ya reina, dónde se ha comprado los zapatos. Con el príncipe, ahora ya rey, conversa animadamente sobre la caza del faisán. Ayuda el hecho de que en su cultura la caza se vea de otra manera. Como algo más común. En el país de mi mujer, la conciencia de que la carne de nuestros platos procede de animales vivos está más extendida que en el nuestro. A veces me permito imaginar que es porque hace menos que han dejado de depender de la caza para comer.
Lo que pasó en la recepción de Año Nuevo fue lo siguiente: efectivamente, el presidente del Ajax entabló conversación conmigo. Mi mujer anunció que iba a echar un vistazo a la mesa de los aperitivos.
—¿Queréis algo? —preguntó antes de irse, pero los dos negamos con la cabeza.
No había pasado ni un minuto —acababa de asegurar al presidente que este año el homenaje se celebraría en la ciudad sí o sí, independientemente de las posibles reservas que tuviesen los otros dos miembros del triángulo— cuando miré un momento a mi alrededor y la vi, no en las inmediaciones de la mesa de los aperitivos, sino más atrás, al lado de la puerta que daba al vestíbulo del ayuntamiento y a los lavabos. Su interlocutor estaba medio de espaldas a mí; vi que era un hombre, no pude distinguir a la primera de quién se trataba. Pero cuando Sylvia levantó su botellín de cerveza y brindó con él, y el hombre se dio la vuelta para mirar hacia la sala, reconocí al concejal Maarten van Hoogstraten.
—Nuestro club, por supuesto, estaría encantado de que pudiese volver a celebrarse en el centro —escuché que me decía al oído el presidente del Ajax —. Y haremos cuanto esté en nuestras manos para que todo transcurra lo más pacíficamente posible. Los disturbios tampoco son buena publicidad para la marca Ajax, por supuesto.
—Yo pienso en la ciudad también —dije—. Tenemos que ver qué pasa, pero sería el quinto título de liga consecutivo. Eso es algo que despierta una atención especial. En nuestro país y en el extranjero. En tal caso, no queremos imágenes de un aparcamiento penoso, sino canales, el Rijksmuseum, el Auditorio, el Teatro Nacional.
Conté hasta tres y volví a mirar a aquel punto cerca de la puerta, hacia el fondo de la sala. Justo en ese momento, mi mujer echó la cabeza hacia atrás y se rio; el concejal le había agarrado el codo con la mano y le cuchicheaba algo al oído.
—Mire, porque usted saca el tema —decía el presidente—. Pero habíamos pensado, justamente porque sería la quinta vez, hacer algo extra. Un paseo en barco por los canales, por ejemplo.
En ese momento Sylvia miró a su alrededor, escrutando a los presentes. ¿Me buscaba a mí? ¿O solo quería asegurarse de que nadie les prestaba atención, a ella y al concejal? Nuestras miradas se encontraron durante medio segundo, de eso no había duda, pero un instante después Sylvia apartó la mirada. ¿Me había visto? ¿O solo fingía no haberme visto?
—No voy a decir que eso ya se me había ocurrido —respondí—, pero un paseo por los canales es exactamente lo que yo tenía en mente. Miles de personas en las calles. Los telespectadores de Francia, Italia, China y América se llevan una imagen magnífica de Ámsterdam. También tiene que haber helicópteros que graben la ciudad desde el aire. Pero discúlpeme, ya comentaremos todo esto más adelante, ahora tengo que… —Señalé un interlocutor imaginario, en algún punto en dirección a la mesa de los aperitivos, que al parecer había llamado mi atención.
—Por supuesto. Vaya, vaya. Usted haga lo que tenga que hacer. Con lo que hemos hablado ya me doy por satisfecho. ¿Puedo comentárselo ya a la junta, o todavía es muy pronto?
—Espere un poco. Tengo que hablarlo con el triángulo, para que no sea dicho. Pero le daré una respuesta cuanto antes.
Avancé un par de pasos en diagonal, en dirección a la mesa de los aperitivos, y después corté hacia la izquierda. Tan cabizbajo como pude, para impedir que nadie intentase detenerme, me abrí camino entre los presentes.
—Maarten —dije.
—Robert…
Me había acercado a mi mujer y al concejal sin que me vieran, me metí en su campo visual con un último paso.
—¿Te aburres? —preguntó mi mujer.
Analicé su rostro buscando signos que se pudiesen calificar de inusuales: un ligero rubor, un pestañeo, o simplemente una indignación que no pudiese ocultar ante la interrupción de su conversación privada.
—Sí, me aburro —le respondí—. La verdad es que me gustaría irme ya a casa.
—Pero ¡si acabamos de llegar!
Maarten van Hoogstraten me miró; supuse que también miraría a Sylvia, pero no lo hizo.
—Voy a… —dijo el concejal—. Tengo que… En realidad iba a por algo de beber para Lodewijk. Está esperándome hace rato.
Llevó la mano al codo de mi mujer, la rozó un momento.
—Sylvia —se despidió. Después dio un golpecito con su botellín de cerveza contra el mío—. Robert.
Y se marchó.
—Nos vamos —dije.
—Pero ¿puedes irte así como así?
—Claro que puedo. Tú ve al lavabo, yo te sigo dentro de cinco minutos. Detrás de los baños está la escalera de servicio, solo es bajar dos plantas y estaremos en la calle.
—¿Pasa algo, Robert? ¿No te encuentras bien?
—Me encuentro perfectamente. Pero ya me he hartado. No tengo el día, mira. Además, ya lo hemos hecho otras veces, Sylvia. ¿Te acuerdas, en la boda de Bernhard y Christine?
—Sí. Y el día de la coronación.
En la recepción posterior a la boda de mi mejor amigo y su tercera esposa, primero nos escondimos en una habitación. Después huimos al canal con cinco minutos de diferencia. Y en la coronación de Guillermo Alejandro, encontramos una puertecilla lateral. Salimos a la carrera y nos metimos en un bar de una callejuela.
El truco era no despedirse de nadie. Desaparecer de repente. Los asistentes daban por sentado que todavía estabas. A lo mejor habías ido a la cocina, o a la planta de arriba, donde sonaba música a todo volumen.
—¿Nos vemos dentro de cinco minutos? —pregunté a mi mujer.
—Sí.